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Pequeños Extraños

Summary:

Leigh guarda una foto en el bolsillo. Hellen lleva una máscara que cubre cicatrices viejas. Sam sostiene a tres niños dormidos en el piso.
Ninguno de los tres habla de lo que perdió. Esta noche, no hace falta.

Notes:

Esta es la traducción al español de mi historia original en inglés, Little Strangers, publicada en esta misma cuenta. Traducción realizada por mí. Cualquier error de adaptación regional es mío.

Work Text:

«Incluso cuando me haya ido, no te olvidaré, Saltamontes.»

La carta crujía y comenzaba a rasgarse entre las garras de Leigh mientras su visión se nublaba de rojo. «…¡¿por qué tuvo que ser tan ESTÚPIDO?! ¡Solo quería una disculpa! ¡Eso era todo! ¡De eso era todo el asunto!»

El rostro de Martin destelló en su mente antes de convertirse en el cadáver a medias comido del Saltamontes, ahora pudriéndose afuera del apartamento de Leigh. Sabía horrible: igual que él.

Martin nunca sabrá por lo que ella pasó, cuánto tiempo había estado esperando sus mensajes y una disculpa, cuántas noches tranquilas pasó llorando sola, odiándose a sí misma, deseando poder interesarse en algo —cualquier cosa que genuinamente la entusiasmara, cualquier cosa que la hiciera suficientemente buena para alguien como Martin—, deseando ser como sus hermanas de una manera u otra, deseando que él se hubiera quedado, deseando que algo terrible le hubiera ocurrido a ella, preguntándose si esta vida como «Leigh» valía la pena vivirse.

Leigh arrugó la carta y el anillo juntos y alzó el brazo hacia atrás, lista para arrojar ambos objetos al abismo profundo de su apartamento.

—Espera. —La mano de Sam atrapó su brazo. Leigh, por alguna razón, dejó que él lo bajara como si ofreciera algo. ¿Quizás fue porque el tacto de Sam se sentía gentil y cálido contra su brazo frío y ensangrentado? ¿O cómo Sam susurró tan quietamente? Menos que un ratón, parecido al aire sin aliento. Podía arrancarle el otro brazo. Arrojar todo al vacío. Fácil.

Claro, dejaría a Sam sin ambos brazos, pero Leigh estaba tan cansada. Quería tener clausura en sus propios términos. Lista para olvidar, para soltar, para seguir adelante, para ser libre, para ser la Bestia y nunca mirar atrás; recordó esa noche y cuánto había sangrado y había aulado hacia un apartamento vacío. Era demasiado…

—Puedes ser las dos cosas. —Sam susurró, y Leigh notó lo pequeño y frágil que sonaba. —Leigh y la Bestia.

¿Las dos? Eso era… Leigh mordió su labio inferior con fuerza mientras más lágrimas amenazaban con desbordarse; saboreó la sangre de inmediato. Sus manos temblaban mientras miraba el anillo… luego a Sam… luego al abismo.

Todo lo que tenía que hacer era arrojar los objetos. Ignorar a Sam, o decirle que se fuera a la chingada: lo que llegara primero, porque ¿qué sabe él? ¿Qué sabían… cualquiera de sus raros amigos?

Y sin embargo… todo lo que Leigh podía hacer era abrir la boca antes de cerrarla, y parpadear rápidamente para alejar sus lágrimas.

—Sí, está bien… —dijo Leigh, con la voz áspera. Tomó una respiración profunda antes de soltar un suspiro exasperado y su cara se desmoronó. Los bordes afilados del anillo todavía presionaban contra la palma de su mano, casi cortando la superficie suave. Recordándole lo que pudo haber sido, mientras guardaba el anillo y la carta en el bolsillo. El sonido del papel arrugado llenó miserablemente el silencio.

∞∞∞

Hellen permaneció en silencio, sus múltiples ojos siguiendo a Leigh. Papineau acomodó su peso junto a ella, probablemente queriendo decir algo… pero ninguna palabra salió del «honorable» conserje mientras reajustaba el agarre en su trapeador.

¿Qué podría decir cualquiera de ellos?

—Deberíamos regresar —dijo Sam. Ah, sí… eso podía decirse.

Leigh asintió bruscamente una vez, sin mirar a ninguno de ellos. Los tres salieron lentamente. Cuando Hellen se dio la vuelta para ver si Leigh estaba detrás de ella, vio a la mujer bajita todavía de pie, mirando fijamente hacia el abismo, aparentemente hipnotizada por la oscuridad. Los ojos vidriosos, el rostro desanimado, la postura desesperanzada.

Los múltiples ojos de Hellen parpadearon; la mano de Leigh estaba sobre su abdomen bajo. Su mano permaneció ahí por unos segundos antes de que Leigh se abrazara a sí misma y se alejara del borde.

Los ojos de Hellen dejaron de girar. Comprendió.

Pero no dijo nada. Todavía no.

∞∞∞

El camino de regreso a casa a través de los pasillos deformados y desfigurados fue silencioso, pesado. No los atacaron monstruos ni individuos que habían perdido la razón: gracias a Dios. Cuando llegaron a casa, Hellen todavía no podía creer la rapidez con que ella y los demás habían llamado «hogar» al apartamento de Sam; todos los presentes en la sala-cocina soltaron suspiros exhaustos de alivio.

Regresaron enteros.

Papineau se mantuvo ocupado revisando los perímetros, luego en el primer turno de guardia junto a la puerta, mientras Sam se sentaba en el sillón. Hizo una mueca levemente cuando comenzaron los dolores fantasma, como un dolor persistente. A su lado, Sophie tenía su resortera, jugueteando con ella pero sin decir nada ni siquiera reconocer la presencia de Sam. Sus ojos sin enfoque.

Durante la cena, el grupo comió en silencio. Joel intentó preguntar sobre la misión, miró sus caras, y se retiró. Uno por uno, la gente fue encontrando lugares para dormir. Para la medianoche, el apartamento se había asentado en una quietud inquieta.

∞∞∞

Llegó la noche; Leigh estaba sentada en el borde del sillón de Sam, mirando fijamente la pared sin parpadear siquiera una vez. Los pensamientos rápidos giraban sin fin mientras no procesaba nada. Todo estaba extrañamente silencioso, solo roto por el goteo ocasional de la llave, los movimientos quietos de Papineau en la puerta de entrada, y los ronquidos combinados suaves y entrecortados de los inadaptados durmiendo en la abarrotada sala.

Después de cenar, Sam le dijo a Leigh que esa noche dormiría en el piso. Leigh ni siquiera respondió nada mientras observaba con la mirada en blanco cómo el hombrecito de corazón sangrante se hacía un colchón improvisado en el piso. Joel, Sophie y Ratty se acurrucaron alrededor de él, durmiendo en el mundo de los sueños. Era tierno en realidad, y si Leigh no hubiera visto a Martin o su carta, ahora estaría sonriendo genuinamente.

Sam se veía tan cursi… como un Papá…

Leigh metió la mano en el bolsillo del pantalón y buscó entre el contenido hasta que lo sintió: una foto. La sacó y la alisó. A pesar de todos los pliegues que había experimentado en las salidas de suministros y protegida en la carne de la Bestia, seguía clara. Granulada y en blanco y negro, pero muy clara para Leigh.

Una pequeña figura en forma de frijol descansando en el vientre de su madre.

Leigh aferró la foto como si pudiera desintegrarse, el pulgar trazando el contorno en forma de frijol. Su hija. Con tres meses de gestación cuando…

No podía terminar el pensamiento.

—¿Qué es eso? —Leigh pegó un brinco ante la voz de Hellen y chasqueó la cabeza hacia la mujer más grande, detrás del sillón.

Los dedos de Leigh se apretaron sobre la foto. —Nada.

—Es algo.

Leigh no dijo nada mientras los ojos de Hellen giraban con paciencia e implacabilidad.

Y por un momento, el silencio continuó. Hasta que la mandíbula de Leigh se tensó. —No es nada, ¿okay? Déjalo ir.

—No puedo.

Leigh le mostró los colmillos, enojada y exhausta. —¿Por qué no?

Hellen inclinó la cabeza. —Reconozco ese deseo de sangre. De violencia. Yo también lo tengo.

Leigh se puso muy rígida.

—Sé lo que se siente. —continuó Hellen, con la voz plana y factual—. Cuando quieres destruir todo porque todo te quitó algo.

La respiración de Leigh se aceleró mientras apretaba la foto contra su pecho todavía más fuerte.

Hellen rodeó el sillón y tomó asiento gentilmente junto a Leigh; el sillón se levantó ligeramente con su peso. Se inclinó hacia adelante, codos en las rodillas, manos entrelazadas con fuerza.

—Mi esposo murió el primer día. —dijo Hellen. Sin preámbulo. Sin suavizar. —Vino un monstruo hacia nosotros. Él me empujó a mí y a mi hijo detrás de él. Nos ganó tiempo. Escuché sus gritos. No miré atrás.

Los ojos de Leigh se elevaron hacia la máscara de Hellen, con las manos temblando.

—Mi hijo tenía cuatro años. Lo cargué. Le dije que mirara a Mamá. Mira a Mamá. No apartes la mirada. —La voz de Hellen permaneció uniformemente controlada—. Salimos afuera. Él miró más allá de mis ojos. Directo a los ojos del Visitante.

Una pausa. Solo el ambiente del apartamento, adentro y afuera en los pasillos: madera crujiendo, gemidos ocasionales de aflicción, ronquidos, la llave goteando, rugidos distantes, la llave goteando.

—Se transformó. Entró en pánico. Me rasguñó la cara durante el pánico. —Hellen señaló su máscara—. Los rasguños se convirtieron en esto. Luego los Malditos nos encontraron. Varios de ellos. Era pequeño. Confundido. Lo atacaron.

Los ojos de Leigh se habían puesto pálidos.

—Lo intenté. —dijo Hellen—. No pude detenerlos a todos.

Dejó de hablar. Sin más elaboración, sin lágrimas, solo hechos entregados como si fueran un inventario.

Las manos de Leigh temblaban más fuerte; la imagen casi se le escapó de los dedos.

—¿Cómo…? —La voz de Leigh se quebró—. ¿Cómo eran? ¿Cómo eran tu esposo y tu hijo?

La máscara de Hellen se inclinó ligeramente como si la sorprendiera la pregunta.

—A Marcus le gustaba la gente —dijo Hellen lentamente—. Y aunque me decía por qué me amaba, todavía no sé qué vio en mí. Yo prefería la soledad. Todavía prefiero. Él hablaba con extraños. Hacía amigos en los supermercados. Nunca lo entendí.

Hellen hizo una pausa, más larga que su preferencia habitual.

—Nuestro hijo… —Hellen se detuvo, luego volvió a empezar—. Nuestro hijo era independiente. Me ayudaba con las plantas. Teníamos un huerto. Él regaba los jitomates, arrancaba las malas hierbas. Era gentil con ellas. A veces apartaba mi mano cuando yo intentaba ayudar. «Yo puedo, mamá.» Lo decía tan seriamente.

Había la más pequeña, la más ínfima grieta en su voz: tan pequeña que alguien más podría haberla ignorado. Leigh emitió un sonido, casi parecido a un sollozo.

Los múltiples ojos de Hellen se fijaron en ella. —¿Era niño o niña?

La respiración de Leigh se atascó en su pecho. —Niña.

—¿Pudiste cargarlo en brazos?

—No. No tuve… no tuve la oportunidad.

Hellen se recargó ligeramente hacia atrás. —Cuéntame.

Leigh sacudió la cabeza, incapaz de hablar. No quería: no podía, ¿cómo podría?

—Cuéntame —repitió Hellen. Insistente, no cruel.

—Descubrí que estaba embarazada. —Leigh susurró—. Tres meses. Estaba tan… —Tragó saliva—. Martin tenía una oferta de trabajo en otro estado. Me lo dijo el mismo día que yo iba a contarle lo del bebé. Dijo que necesitábamos hablar sobre nuestro futuro. Pensé…

La voz de Leigh se quebró.

—Pensé que me iba a proponer matrimonio. Tenía la prueba en mi bolsa. Pero en cambio me habló del trabajo. Se iba. —Las manos de Leigh temblaban—. Dijo que era solo temporal. Que regresaría en tres meses y que resolveríamos todo juntos. No le dije: no pude. Pensé que se lo diría cuando regresara.

Su voz cayó a apenas un susurro. —Pero nunca volvió. Dejó de contestar mis mensajes. Solo… desapareció.

Leigh presionó la mano contra su abdomen de nuevo, con más fuerza esta vez. La foto del ultrasonido todavía apretada en la otra mano. —Y luego el estrés, las finanzas, todo: sufrí un aborto espontáneo dos semanas después.

El silencio que siguió era lo suficientemente pesado como para asfixiar y cortar con un cuchillo.

Luego Hellen habló con un tono oscuro. —¿Estabas emocionada por tu hija porque ser madre curaría tu aburrimiento?

La cabeza de Leigh se disparó hacia arriba, con sorpresa genuina en su rostro mientras sus pupilas se reducían. —¿Qué?

—Estabas aburrida antes. —dijo Hellen sin rodeos—. Así lo has dicho. La tienda era aburrida. Tu vida era aburrida. ¿Acaso el bebé solo era algo nuevo?

El rostro de Leigh se torció mientras sacudía la cabeza vigorosamente. —¡No! ¡No, eso no es…!

—¿Entonces qué?

—¡Estaba emocionada! —La voz de Leigh subió, cruda y desesperada—. ¡Estaba genuinamente emocionada por ella! Yo… yo quería…

Leigh no pudo terminar. Sus palabras se ahogaron y su cara se desmoronó mientras la foto del ultrasonido se le escurría de los dedos.

—La quería. —Leigh susurró. Mordió su labio tembloroso antes de comenzar a sollozar, doblándose sobre el sillón con una mano sobre su boca, la otra todavía presionada contra su abdomen vacío.

Hellen se movió. No rápido: nada en Hellen era rápido, pero sí deliberado. Extendió el brazo y jaló a Leigh hacia su costado.

Leigh se derrumbó. Sin resistencia, sin Bestia, solo una mujer cediendo ante el duelo. Sus sollozos se arrancaron de ella, crudos y feos, el rostro enterrado en el overol de mezclilla de Hellen.

Hellen la sostuvo. Sólida. Inamovible. Y luego, tan quedamente, las lágrimas comenzaron a deslizarse por las partes expuestas de su rostro mutado, humedeciendo los bordes de su máscara.

El anillo se deslizó fuera del bolsillo de Leigh, solo, desatendido, olvidado.

En ese momento, eran solo las dos mujeres, sosteniéndose en un mundo arruinado. Ambas de luto por sus hijos que nunca crecerían ni volverían a sentir el sol.

∞∞∞

Sam suspiró profundamente, haciendo su mejor esfuerzo por no molestar a los niños descansando sobre él.

Joel estaba acurrucado contra su lado izquierdo, donde ahora está el muñón, como si protegiera la ausencia. Sophie yacía en su lado derecho, una pequeña mano cerrada en su suéter, aparentemente con miedo de soltar. Y Ratty se había hecho una bolita sobre su pecho, las pequeñas garras hundiéndose en su suéter y piel, respirando suavemente.

Joel, Sophie y Ratty habían venido antes a preguntar si podían dormir con Sam en el piso.

—Tuvo una pesadilla —explicó Joel. Sophie protestó inmediatamente, pero Sam había visto eso en sus ojos: desorbitados, demasiado asustados. ¿Qué sueñan los niños de siete años ahora? Probablemente ya no monstruos debajo de la cama. Ahora los monstruos eran reales, y algunos de ellos solían ser sus madres.

Los chamaquitos se amontonaron alrededor de él, y Sam los había dejado. No podía decir que no; su corazón sangrante no se lo permitiría. Y además, ¿qué más podía hacer?

Sam había escuchado el intercambio de Leigh y Hellen pero no había dicho nada por respeto. Su corazón se apretó y su estómago se hundió mientras más escuchaba. Pero en la fría verdad, no podía decir nada…

¿Cómo podría?

Sam nunca se casó ni tuvo hijos propios. No experimentó esa parte de su vida: estaba casi seguro de ser demasiado viejo para encontrar a alguien. El apocalipsis le había dado un alivio de pensar en todas las cosas «de vida normal» que se suponía debía hacer como ser humano.

Y sin embargo… escuchando los sollozos amortiguados de Leigh y el silencio de Hellen, todo tenía sentido ahora. El corazón de Sam se agrietó más mientras recordaba la ternura de las mujeres con los niños.

Leigh alimentando a Ratty con su sangre, la manera en que Hellen manejó y aceptó gentilmente la máscara de Ratty para ella, Leigh enseñándole a Sophie cómo apuñalar, Hellen arrodillándose al nivel de los niños para no asustarlos, Hellen diciéndole a Joel que se defendiera, la manera en que Leigh sostuvo a Sophie después de que Sam y los demás se vieron obligados a matar a Harriet cuando apareció convertida en Maldita a su puerta, Sophie gritando por su mamá mientras Leigh la recogía gentilmente y la sostenía hasta que los gritos de Sophie se convirtieron en hipo y luego en murmullos temblorosos.

Sam recordó la cuna. La había vislumbrado entre las ruinas del apartamento de Leigh: madera astillada, pintura rosa descascarándose de los barandales, un móvil con estrellas desvanecidas colgando torcido. La había mirado por tres segundos. Luego había apartado la vista y nunca la mencionó.

Sam no había entendido lo que significaba hasta ahora.

El pecho de Sam dolía.

Sophie comenzó a quejarse y Sam acomodó cuidadosamente el brazo para acercarla más. Ella apretó el suéter de Sam todavía más fuerte y hundió la cabeza en el hombro de Sam. Los dientes de Joel castañetearon levemente mientras roncaba. Ratty acomodó sus garras antes de relajarse de nuevo.

Tres. Tres niños aquí mismo, usándolo como un gran cojín de comodidad. Durmiendo, soñando, respirando.

Vivos.

No era justo. Sam estaba aquí; los adultos en la sala y en su habitación estaban aquí. ¿Qué había pasado con los otros niños?

Rosie, la hermana bebé de Joel, la fuente de la infección de dientes de Joel y su familia, perdida en algún lugar en las paredes. Benjamín, quien ahora era una estatua de carne y dientes. Los niños con necesidades especiales de la clase de David: Alice, Coralie, Florence, Oliver, Thomas, Tristán, Víctor, Zacarías. Darryl, cuyo cuerpo frío yacía en el estacionamiento después de jugar a las escondidas una última vez con Sam. Los otros niños todavía en el edificio de apartamentos: los que habían mirado afuera accidentalmente, cuyos padres se habían sacrificado o habían sido transformados o simplemente habían desaparecido.

Pequeños extraños… pensó Sam. Todos ellos.

Niños que nunca serían adolescentes. Que nunca aprenderían a manejar, nunca irían a la fiesta de graduación, nunca descubrirían en quiénes se suponía que debían convertirse.

Sus sobrinas y sobrinos estaban ahí afuera en algún lugar. ¿Seguían vivos? ¿Seguían siendo humanos?

El corazón de Sam volvió a doler por las mujeres que lloraban quedamente en su sala. Por los niños durmiendo en su pecho y brazos. Por cada persona pequeña a quien el Visitante le había robado un futuro brillante.

Los sollozos de Leigh se iban apagando; el abrazo de Hellen nunca se aflojó; Sam cerró los ojos y sostuvo a los niños más cerca.

Afuera, más allá de las cortinas, la luz del Visitante pulsaba a la vista de todos. Hermosa, caótica, injusta, luminosa, colorida, terrible, y completamente indiferente. Ofreciendo una multitud de horrendas opciones a quienes habían mirado o habían sido expuestos a una nueva vida. Pero adentro del Apartamento 33, todos seguían siendo humanos: transformados o no. Todos guardaban duelo, todos comían juntos, todos sobrevivían.

En la habitación de Sam, la «mañana» ya filtraba. Todos dentro del Apartamento 33 sobrevivieron otro día. No era mucho…

…Pero era algo. Algo menos extraño.

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