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Choque de voluntades

Summary:

Khaotung domina la pista, pero fuera de ella, First es su verdadero desafío. Celos, provocación y deseo se mezclan en un juego donde solo uno puede ser dueño del otro.

Notes:

Holaaa:)
Espero que se encuentren muy bien, cuando vi el tema del LOL de este año lo pase por alto, pero justo ayer por la noche me surgió esta idea.
Sí esta basada levemente en algo real de la F1 jajja a mi hermano le gusta así que a veces me cuenta sobre eso, y decidí adaptarlo al FirstKhaotung.
Así que espero y lo disfruten.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La carrera está al rojo vivo. Apenas once segundos separan a los tres pilotos que dominan la pista.

Khaotung, el mejor piloto de la fórmula 1, lidera una vez más, como si fuera una ley natural. Otro campeonato parece inevitable, otro reconocimiento para sumarse a su leyenda. Todo fluye perfecto… hasta que deja de hacerlo.

Sin previo aviso, el monoplaza pierde ritmo.

Primero es sutil. Luego brutal.

“¿Qué mierda?” gruñe, apretando el volante mientras el coche vibra en la recta.

Ha tomado una decisión arriesgada: saltarse la última parada de boxes. En teoría, es una jugada maestra. En la práctica, ahora mismo, es un error que le está costando todo. Los neumáticos están muertos, sin agarre, sin respuesta.

Cada curva se convierte en una lucha.

“Esta porquería me está frenando.” Escupe por la radio, con la frustración quebrándole la voz.

Y entonces sucede.

Earth, su rival más cercano, se le echa encima. Con neumáticos frescos y precisión impecable, recorta la distancia en segundos. Khaotung intenta defenderse, pero el coche ya no responde.

En la recta, Earth lo supera.

Limpio, inevitable.

“¡Joder!” golpea el volante, sintiendo como la victoria se le escapa.

No hay tiempo para asimilarlo.

“Khaotung” dice su ingeniero, con tensión evidente. “First está justo detrás de ti. Es más rápido. Déjalo pasar por favor”

 El mundo se reduce al rugido del motor.

¿Dejarlo pasar?

Aquí un segundo se estira como una eternidad.

“Khaotung, ¿Qué pasa?” Insiste el ingeniero ahora con urgencia. “Necesitamos que cedas la posición”

Khaotung no responde. Sus manos se aferran al volante mientras el carro tiembla en cada recta, en cada curva al límite.

“No.” Murmura bajo, firme. “Tengo mis razones.”

Del otro lado del circuito, First escucha la comunicación del mismo ingeniero, clara y directa:

 “Khaotung te va a dar el pase, prepárate.”

First no duda. Se acerca, calcula, espera el momento exacto. Lo intenta por el exterior en la siguiente curva… pero Khaotung se cierra con precisión milimétrica, bloqueando cualquier espacio.

No hay hueco, no hay error.

Vuelve a intentarlo en la recta. Se lanza por dentro.

Otra vez Khaotung lo cubre.

Defiende como si le fuera la vida en ello.

La tensión es insoportable. La carrera está en la última vuelta, cada metro cuenta, cada decisión pesa.

“Vamos.” Murmura First, más para sí mismo que para la radio.

Pero no hay concesiones.

No esta vez.

La última curva llega, Khaotung la toma al límite, el coche deslizándose, rozando el desastre, pero aguanta.

La línea de meta aparece frente a ellos.

Khaotung la cruza primero.

First lo hace justo detrás.

Un silencio pesado invade la radio durante unos segundos.

Luego la voz del ingeniero rompe la quietud:

“Lo siento First…”

First exhala lentamente, aun con la mirada al frente.

“Está bien” responde con calma, aunque la tensión aun vibra en su voz. “Esto habla por él.”

Al otro lado de la pista, Earth celebra la victoria. El primer lugar es suyo. Su equipo lo rodea a gritos, palmadas y sonrisas desbordadas; la euforia es contagiosa. Su compañero llega corriendo y lo abraza con fuerza, como si en ese gesto se condensara todo el esfuerzo de la temporada.

Mientras tanto, en contraste casi violento, Khaotung detiene el monoplaza y desciende con movimientos firmes. Se quita el casco de un tirón, dejando al descubierto un rostro tenso, marcado por la adrenalina.

Algunos miembros de su equipo se acercan al coche, inspeccionándolo con rapidez. Pero no lo miran a él como otras veces. Esta vez, solo hay ceños fruncidos, miradas incomodas, una molestia apenas disimulada.

Khaotung lo nota, claro que lo nota, pero no dice nada.

Se limita a alzar el mentón y apartarse, ignorándolos con frialdad arrogante. Para él, el resultado sigue siendo sólido. Segundo lugar, podría haber sido peor.

Y aun así…

A lo lejos, algo capta su atención.

La mayoría del equipo –su equipo- está reunido unos metros más allá. Risas, aplausos, voces que se superponen. En el centro de todo esta First.

El mismo uniforme, los mismos colores.

Su compañero.

Lo rodean, lo felicitan, le dan palmadas en la espalda como si hubiera hecho algo extraordinario. Tercer lugar.

Khaotung rueda los ojos, incapaz de ocultar el enfado que le arde por dentro. Sin pensarlo demasiado, camina directo hacia el grupo, y su sola presencia parece cortar el aire. Las risas se apagan, las conversaciones se desvanecen, el ambiente cambia, pesado, incomodo.

Ya puede imaginarlo: su manager llenando las redes con excusas, entrevistas controladas, intentos desesperados por suavizar su imagen. Sonríe con ironía para sí mismo.

No le importa.

Lo ha dicho antes y lo sostiene ahora: tiene sus razones.

Aunque claro… eso nunca ha impedido que lo señalen. El piloto talentoso, sí. El mejor, incluso. Pero también el arrogante, el difícil, el que, según muchos, no merece a su propio compañero.

“Buen trabajo Khaotung.”

La voz del director general lo saca de sus pensamientos. Se acerca con una sonrisa profesional, medida.

“Es momento de pasar al podio.”

Khaotung asiente apenas.

A unos pasos de él, First sigue rodeado de pilotos. Conversa con ellos, sonríe con naturalidad, como si nada hubiera pasado en la pista. Como si la tensión, la orden ignorada, la defensa agresiva… no existiera.

Ni siquiera lo mira.

Ni una sola vez.

Se suben al podio.

Earth alza el trofeo y la celebración estalla. La champaña vuela en todas direcciones, empapando el podio entre risas y gritos. Mix sube de un salto, uniéndose a la euforia junto a otros pilotos; todos brincan, celebran, se dejan llevar por la victoria.

Es el momento perfecto.

El caos feliz de un triunfo merecido.

Khaotung toma su botella con calma, casi con desgana. La observa un segundo, como si evaluara que hacer con ella… pero en lugar de lanzarla en el aire, la acerca a sus labios y bebe.

Lento.

Deliberado.

Y entonces levanta la mirada.

Directo hacia First.

Frío. Seguro. Intocable.

El contraste es evidente. Mientras el podio estalla en celebración, el permanece inmóvil, ajeno a todo… excepto a esa mirada fija.

First lo siente.

Y responde.

Su expresión cambia apenas, pero lo suficiente. La mandíbula se tensa, la sonrisa desaparece y en sus ojos aparece algo más oscuro. Más contenido.

Más personal.

Khaotung lo percata.

Y sonríe.

Una sonrisa leve, ladeada, cargada de intención.

Sabe exactamente lo que ha provocado.

Sabe que First no va a reaccionar ahí, frente a todos, frente a las cámaras, frente al mundo. No es su estilo, no es su papel.

First es control, disciplina, imagen.

Y Khaotung… bueno Khaotung siempre ha sido todo lo contrario.

Da otro trago a la botella sin apartar la mirada, como si el desafío continuara en silencio, más allá del ruido, más allá de la celebración.

Cuando bajan del podio, el ruido lo envuelve de inmediato.

Micrófonos, cámaras, voces que se superponen.

“¡Khaotung! ¿Por qué no dejaste pasar a tu compañero?” “¿Fue una decisión personal?” “¿Ignoraste órdenes del equipo?”

Las preguntas llegan con disparos.

Pero Khaotung no responde.

Ni una palabra.

Sigue caminando, lento, seguro, con esa calma que roza lo provocador. Sus ojos pasan por encima de los reporteros como si no fueran más que ruido de fondo. Y entonces, justo cuando una cámara se acerca demasiado, sonríe.

Una sonrisa mordaz, calculada.

Perfecta.

Sabe exactamente como se ve. Sabe el efecto que provoca. Frente al lente, se muestra impecable, casi magnético. Como si toda la controversia solo alimentara su presencia.

Y eso, más que cualquier respuesta, enciende aún más a la prensa.

A unos metros, la escena es distinta.

First es rodeado por otro grupo de reporteros. No puede escapar tan fácilmente.

“First ¿Qué opinas de lo ocurrido en la pista?” “¿Esperabas que te dejará pasar?” “¿Esto afecta la relación dentro del equipo?”

First respira hondo antes de responder. Su postura es recta, su expresión controlada, pero ya no hay rastro de la sonrisa del podio.

“Son decisiones que se toman en la carrera.” Dice con voz firme, pero midiendo cada palabra. “Todos estamos compitiendo.”

Hace una pausa breve.

“Claro que hay cosas que se deben de hablar dentro del equipo… pero ahora mismo, lo importante es el resultado.”

No evade del todo la situación, pero tampoco la expone.

Se mantiene en ese equilibrio tenso entre la honestidad y el deber.

Profesional. Contenido.

A lo lejos, Khaotung lo observa por un instante, apenas perceptible entre el caos y las cámaras.

Su sonrisa no desaparece.

 

Khaotung se dirige a los vestidores sin mirar atrás. El bullicio queda lejos, sustituido por un silencio más denso, más real. Solo se escucha el eco de sus pasos y el leve roce de la tela mientras se baja el cierre del uniforme, dejando que el aire le enfríe un poco la piel.

“Khaotung.”

La voz llega desde atrás.

La reconoce al instante.

No se detiene.

Sigue caminando como si no hubiera escuchado nada.

“Khaotung.”

Esta vez, más cerca. Más insistente.

First acelera el paso, acortando la distancia entre ambos. La tensión es evidente incluso antes de que lo alcance.

Pero Khaotung no se inmuta.

“Mierda…” masculla First, y entonces lo agarra del brazo, deteniéndolo de golpe con contacto firme.

Inevitable.

Khaotung se ve obligado a parar.

El silencio que sigue es corto, pero pesado.

“¿Qué carajos te pasa, eh?” La voz de First tiembla apenas, cargada de un enojo que ya no se molesta en ocultar.

Khaotung gira lentamente.

Lo mira.

Y sonríe.

Una sonrisa afilada, cargada de una burla que no intenta disimular.

“¿Qué me pasa?” repite, casi divertido.

Sus ojos se clavan en los de First sin rastro de culpa.

“Gane mi posición” responde con calma, como si fuera lo más obvio del mundo.

First aprieta la mandíbula.

“Ignoraste una orden del equipo.”

“¿Y qué?, competí” corrige Khaotung, encogiéndose de hombros. “¿No es eso lo que hacemos?”

El agarre en su muñeca sigue ahí.

Tenso.

First da un paso más cerca, bajando la voz, pero no la intensidad.

“No conmigo.” Dice entre dientes. “No así.”

Por un segundo el aire cambia, se vuelve más denso, más peligroso.

Pero Khaotung no retrocede, al contrario, inclina la cabeza, acercándose lo suficiente para invadir su espacio.

“Entonces la próxima vez…” murmura con una calma que roza la provocación. “se más rápido.”

Un silencio. Brutal.

No solo es enojo, es orgullo, choque.

“¿Por qué haces esto?” Pregunta First, con la voz cargada de frustración, tratando de leer algo en la expresión de Khaotung.

Khaotung lo recorre con la mirada, fría y calculadora, como si solo el recuerdo de eso lo amargara. Sus ojos destilan una mezcla de desdén y desafío. No dice nada. Solo lo observa un instante más, pesado, antes de dar un paso atrás, intentando alejarse.

Pero First no lo permite. Intensifica el agarre en su muñeca, firme, decidido. No lo deja ir.

“No me digas que es por aquella reportera…” susurra casi con certeza.

Bingo.

Khaotung traga saliva con fuerza, un gesto mínimo que traiciona su compostura. Desvía la mirada, incomodo por primera vez, aunque se esfuerza por no hacer que se note la tensión.

First se pasa la lengua por los labios, apenas un movimiento, pero suficiente. Una pequeña sonrisa de satisfacción cruza su rostro; la confirmación de sus sospechas lo llena de un triunfo silencioso.

El ambiente está cargado de palabras no dichas y emociones contenidas. Ninguno cede, pero la tensión ha cambiado de forma: ya no es el orgullo y desafío por el primer lugar, ahora es algo más complicado, delicado y peligroso.

“No deberías estar perdiendo el tiempo aquí…” susurra Khaotung, con una sensualidad afilada que corta el aire entre ellos mientras vuelve a acercarse. Sus palabras queman, cargadas de desafío y deseo. “Deberías estar con esa puta.”

No puede evitar que los celos se filtren, esa pequeña grieta en su control perfecto, aunque sabe perfectamente que First los va a usar en su contra.

First lo mira un segundo, evaluando, midiendo. Y entonces, como un gesto calculado, pero deliberadamente seductor, su cuerpo se aligera.

Entra en el juego.

Abandona la muñeca de Khaotung y lo rodea por la cintura, cercano, marcando el territorio sin decir nada.

“¿Así que todo esto… solo es por tus malditos celos?” Cuestiona First, la voz baja, retadora, dejando que la tensión crezca entre ellos.

Khaotung sonríe, ladeando la cabeza, plenamente consciente de que esta batalla ya no tiene nada que ver con la pista.

Lentamente, sube las manos, deslizándolas por el uniforme de First. Primero juega con el tejido, deja que sus yemas rocen su nombre bordado, y luego continúa hasta rodear suavemente su cuello. Ahora para sostener su mirada, tiene que levantar la cabeza, enfrentarlo directamente.

“Espero que te la hayas cogido.” Dice Khaotung, con una sonrisa que suena divertida, ligera, aunque por dentro se quema en un infierno de celos. “Así como yo me divertí con Kant.”

Su sonrisa se ensancha, afilada, provocadora.

Justo lo que quería.

First no puede contenerse. En un instante, une sus labios con los de Khaotung en un beso brusco, cargado de intensidad y de todo lo que no se atrevido a decir. Cada gesto, cada movimiento, marca territorio, deseo y pertenencia.

El nombre de Kant, apenas mencionado, provoca una reacción inmediata. Ese estúpido piloto que siempre lo sigue, siempre lo observa, siempre intenta acercarse. First lo sabe.

Ve en Khaotung un juego de celos, un desafío, un llamado silencioso a algo más. Y actúa. Sin dudas. Sin reservas.

Khaotung se retira, mordiendo con fuerza el labio inferior de First, un gesto más intenso de lo habitual. La provocación lo hace sentir vivo, la respuesta no tarda.

Las manos de First se aprietan con firmeza, rodeando casi por completo la pequeña cintura de Khaotung y acercándolo más hacia sí. No hay espacio entre ellos, y la tensión que antes chispeaba como electricidad ahora se vuelve tangible, casi sólida.

First baja la cabeza lentamente, dejando una serie de besos cortos sobre la mandíbula de Khaotung, suaves pero precisos. Cada uno es un aviso, un recordatorio de lo que siente, un contraste con la intensidad del beso anterior.

Luego su boca desciende, abierta, dejando que se pierda la agresividad inicial. Lo que antes era pura provocación se suaviza y la tensión se transforma en algo distinto: un momento íntimo, ligeramente tierno, con un toque romántico que ambos sienten.

Cambia la densidad del momento. El deseo sigue ahí, pero ahora se revuelve con algo profundo y cercano.

Las manos de Khaotung se enredan con firmeza a los mechones de cabello de First, atrapándolo, tirando lo suficiente para que levante la mirada y lo enfrente.

“Eres mío.” Susurra Khaotung, apretando con posesividad, sus ojos oscuros y profundos escondiendo un hilo de inseguridad que solo él conoce. “Dilo.”

First lo mira, y su sonrisa es tranquila, orgullosa, desafiante a la vez. Sus dedos recorren la columna vertebral de Khaotung, alargando el momento y la respuesta, pero es un acto sutil que solo envía electricidad por todo su cuerpo.

“Soy tuyo.” Responde finalmente, con firmeza y sin titubear.

Las palabras caen como un bálsamo. La incertidumbre que Khaotung arrastraba desde la pista parece disiparse en un instante. Sus hombros se relajan y sus labios buscan de nuevo los de First, entrelazándose con fuerza, deseo y ternura a la vez, como si sellaran más que un beso.

“No vuelvas hacerme enojar.” Susurra Khaotung, la respiración agitada, mientras siente las manos de First recorriendo todo su cuerpo como si lo estuviera reclamando. “Sabes que no me importaría estrellar mi coche contra el tuyo.” Agrega con un tono que mezcla advertencia y provocación, dejando claro que sus palabras no son solo un juego.

Luego, con una sonrisa apenas perceptible, vuelve acercar los labios hacia First. Esta vez no hay provocación ni desafío, solo certeza, cercanía y la promesa silenciosa de que, pase lo que pase, nada ni nadie podrá separarlos.

Y mientras sus cuerpos se entrelazan, la tensión, los celos y la adrenalina se transforma en algo más profundo, en el vínculo imposible de romper, intenso y definitivo que viven día con día.

 

 

 

Notes:

Muchas gracias por legar hasta aquí.
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