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Epistŏla dulthïs

Summary:

Una tradición cuya descripción, repetida en casi todos los libros de costumbres de los sustos, era técnicamente correcta… aunque omitía ciertos detalles.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

✧Historia y folclor del Topus Terrentus- volumen XI✧


✧Glosario:

"Epistŏla Dulthïs"

Proveniente del enkarik de rama variante Tecothia, significa: Carta de dulzura.

—"Un ritual prenupcial practicado por las hembras de la especie, destinado a bendecir la unión matrimonial mediante la escritura de deseos dulces que ahuyentan la discordia. Acompañado de un regalo representativo por parte del novio; simboliza la entrega de fidelidad entre los prometidos."


 

Esa fue la definición que había en varias de las enciclopedias de historias y costumbres sustiles que Frankelda había leído cuando escuchó sobre la tradición. La reina Veritena le había indicado que ésta misma se remontaba generaciones atrás; usada por las parejas para atraer buena fortuna y comenzar el matrimonio de la mejor forma.

Cuando Frankelda, o mejor dicho; Francisca en este caso, era humana no habría creído en ese tipo de supersticiones, mucho menos se habría imaginado algún día contrayendo matrimonio. Pero después de haber viajado al Topus Terrentus, conocer a su príncipe de los sustos y haber estado encerrada en la consciencia del antiguo pesadillero real por 150 años... No estaba dispuesta a atraer ningún tipo de malas vibras a su boda.

Estaba muy nerviosa, quería ejecutar el ritual de la forma correcta. Por fortuna, las respuestas que no podía encontrar en las enciclopedias podían ser resueltas por su dama de honor asignada por la reina: la mejor soldado del ejército, la teniente Ipandua.

Se le confió tal rol con la finalidad de que sirviera de su guardaespaldas y pudiera volverse su amiga; ya que la monarca pensaba que quizás podría haber ciertos temas en los que como futura suegra de la chica, le daría pena preguntarle.  

Ipandua emanaba respeto con solo entrar en una habitación. Su complexión robusta, la máscara metálica que cubría parte de su rostro y la mirada penetrante de su único ojo bastaban para recordar el rango que poseía.

La soldado era bastante intimidante a simple vista, pero cuando conversaba con Frankelda se suavizaba por completo. Cada que la escritora fantasma tenía alguna duda, ella estaba dispuesta a responder de la mejor forma posible.

Y con los preparativos de la boda no era la excepción. Ipandua apoyó lo más que pudo en cada decisión, duda, queja o anécdota que la chica tuviera que contarle, afianzando su amistad en poco tiempo.

Ahora ambas se enfrentaban al último reto antes del gran evento. Aunque estaban experimentando ciertos choques culturales.

—Ipandua, yo creo que mejor no continuamos con esto, me siento extraña. ¿Tiene que ser precisamente éste?

—Princesa Frankelda, le aseguro que no hay nada de malo con el vestido. Nosotras estamos aquí para apoyarla. — Afirmó la Tecotia de plumaje turquesa dentro de los aposentos de la joven, mientras las otras damas de compañía esperaban con cestas llenas de flores, perfumes y distintos accesorios la señal de que podían comenzar su trabajo.

—Ya te dije que puedes decirme solo Frankelda, no soy una princesa.

—Bueno, bueno, una vez que se case con el príncipe lo será~

Ipandua replicó entonada, burlona. Provocando que Frankelda se sonrojara.

Quería seguir la tradición, pero no le gustaba sentir que tenían que hacer las cosas por ella. Su abuela la había acostumbrado a no pedir ayuda nunca, como una muchacha decente.

Le era sumamente vergonzoso pensar que tendrían que arreglarla como una muñeca... y sobretodo, verla así.

No es que el vestido fuera revelador, (al menos no para los estándares actuales) era inclusive bastante bello; de un azul profundo y tela ligera que parecía flotar junto con su figura, poseía bordados plateados por debajo de la cintura, asemejando las constelaciones del Topus Terrentus. Lo que desconcertaba a Frankelda era la parte de arriba.

El corte del vestido dejaba a la vista la parte alta de su pecho, el azul descansaba suavemente sobre sus hombros descubiertos, insinuando la curva de sus clavículas. Sintió el rostro caliente al creerse tan expuesta.

Trató una vez más de persuadir a su dama, quien la tenía acorralada fuera de las puertas de su armario.

—Ipandua, no creo que este sea el vestido correcto.

La soldado suspiró, sabía que la joven opondría resistencia. Pero aún no había perdido la batalla.

—Princes- perdón. Frankelda. Juro por Enkara que nadie en esta habitación la hará sentir avergonzada, antes me encargo yo misma de aquel que siquiera se atreva a pensar mal de usted. ¿Oyeron bien?— vociferó, apuntando a las otras dos jóvenes dentro del cuarto.

Ellas asintieron, un poco nerviosas por el cambio repentino en su tono de voz, la teniente continuó:

—Le juro que todo va a salir bien. Ande, salga para que podamos verla.

Dudó, pero finalmente se armó del poco valor que tenía en el momento (creyendo que si su abuela la viera, se retorcería en su tumba) y salió. Las reacciones de sorpresa de las 3 sustos casi la hacen querer volver a esconderse, hasta que la rodearon para admirarla de cerca.

—Se ve preciosa, pesadillera real.

—Sí, parece una estrella arrancada del firmamento.

Añadió una de las damas. Ella volteó a ver a Ipandua, un poco apenada.

—¿No es... demasiado revelador?

—Para nada. Bueno, creo entender el porqué lo siente así, generalmente los hombros al descubierto serían para dejarle espacio a tus alas por debajo de los brazos. Y así relucir tu plumaje del pecho, es parte de la moda Tecotia.— Afirmó la teniente, dándole vueltas a la chica, examinándola.

—Le sienta bastante bien ¿Eh? sabíamos que el azul profundo resaltaría su piel y su figura. La reina supervisó el diseño del vestido personalmente antes de mandarlo hacer.

Frankelda sonrió de forma tímida, el plano de los sustos le demostraba nuevamente que ese era su verdadero hogar, con una nueva familia que en lugar de relegarla, la hacía pertenecer.

Volteó a ver a sus damas, que ahora poseían sonrisas traviesas. Antes que pudiera reaccionar, Ipandua la tomó de los hombros.

—Muy bien, ahora nos toca terminar a nosotros. Toda suya señoritas.

La chica iba a protestar, pero ya no hubo forma. La arrojaron a las garras de las otras dos Tecotias en el cuarto. Y aunque al inicio sintió que debía impedirlo, después comenzó a disfrutarlo.

Ellas le comenzaron a hacer preguntas sobre sus escritos, el plano de la existencia y le pedían desmentir todos los rumores que conocían sobre los humanos; haciendo que soltara varias carcajadas y se relajara considerablemente.

Le soltaron el cabello y lo cepillaron con cuidado, mostrándole distintos broches de pedrería y flores, que terminaron colocando entre sus rizos. Le aplicaron un poco de rubor, ajustado a su tez fantasmal sin cubrir sus pecas y realzaron sus pestañas.

Las 4 admiraron el resultado. Frankelda no se reconoció al inicio. Y no es que se considerase poco agraciada, sino que los estándares de belleza dentro de la que era antes su vida eran bastante diferentes a los del plano de los sustos.

—No cambiamos nada realmente. Si nos permite decirlo, es bastante bonita, alteza.

—Muchas gracias... En verdad. Fue un gesto muy lindo de su parte.

Ipandua acercó un estuche entre sus garras, con el emblema del príncipe de los sustos grabado en oro. Lo colocó en el tocador y lo abrió con cuidado, de él presentó dos objetos a la escritora: una peineta y un tocado de plata, ambos adornados con plumas; que resultaban inconfundibles para ella.

—Es sabido que los novios no pueden verse antes de la boda, pues traería mala suerte. Sin embargo, el epistŏla dulthïs representa el nuevo vínculo que van a compartir.  

Frankelda flotó con cuidado justo por encima de las palmas de la teniente, admirando lo que tenía ante sus ojos.

—Es por eso que el príncipe Herneval realizó como regalo para usted estos dos accesorios, elaborados con las plumas más brillantes de su última muda.

En ellos, él entrega su confianza y simboliza el deseo de acompañarla siempre como su compañero de por vida. ¿Podemos?—

La Tecotia hizo un ademán que ella entendió al instante, permitiéndole que le colocarán aquel presente que su prometido había hecho para ella. Sintió su corazón palpitar con fuerza al recordar que estaban a punto de formalizar su unión frente a todo el reino al día siguiente.

Ajustaron también el tocado a la altura de su pecho, que se acomodaba perfectamente a la forma del vestido, pasando a parecer un broche del mismo. Pasó uno de sus dedos encima de las plumas, que siempre le habían parecido tan hipnotizantes y suaves en textura.

“Mi querido Herneval" pensó enternecida, mientras los accesorios complementaban su imagen.

—Y ahora, ¿Es momento de hacer mi respuesta, verdad?

Ipandua y las damas ya le habían comentado que parte del ritual era la creación de dos obsequios simbólicos para el novio, haciendo contraste a los que acababa de recibir: una epístola, destinada al corazón de ambos; explayando sus deseos y promesas para el matrimonio. Eso para ella era fácil, más aún si se trataba de Herneval.

Sin embargo, dichos deseos debían ir acompañados de un retrato; para que tuvieran un rostro al cuál volver y pertenecer. Frankelda había dibujado de toda la vida, pero nunca había hecho ninguna pieza que fuera enteramente de su persona.

La Tecotia más grande hizo un movimiento con su garra y las otras dos se movieron en total sincronía que terminó por asombrarla; parecían soldados atendiendo la orden de su capitana, trayendo los materiales necesarios para dicha tarea: papiros, un frasco de tinta oscura y su pluma de escritura. Acercaron también su tocador a uno de los ventanales que daba al balcón.

Frankelda observó la escena con algo de desconcierto. No sabía si esto era parte de la tradición, o si lo hacían porque creían que tenían que atenderla por ser parte de la corte real.

Sus ojos se desviaron hacía el espejo, encontrándose con una versión de sí misma que aún le resultaba ajena. El azul profundo del vestido, el brillo sutil de los bordados, las plumas… toda su apariencia parecía ser una historia que no estaba segura de comenzar.

—Pero ¿Cómo se supone que debo hacerlo?

Ipandua se acercó, guiando el rostro de la futura novia nuevamente a su reflejo.

—Solo debes ser tú Frankelda. No estás retratando a la pesadillera real, tampoco a la escritora.

Acomodó unos rizos, dejándolos caer por encima de su hombro y reajustó su peineta.

—Debes plasmar a la mujer que ve cuando está contigo, a esa versión que te permites ser con él y nadie más, esa es la Frankelda que escribió la carta.

Volvió a enfrentarse a su mirar. Esta vez con más detenimiento. Luego, casi sin darse cuenta, tomó asiento.

Las damas tomaron su distancia, ocupándose en todo y nada al mismo tiempo, reacomodaron las flores, siguieron guardando los perfumes, hojearon libros y se mantuvieron lejos del tocador, para no ser invasivas. El cuarto quedó en silencio, interrumpido únicamente por el papel siendo rasgado bajo el trazo ágil de la escritora.

Comparaba sus proporciones y dibujaba con algo de duda al inicio. Inclinó su rostro levemente para hacer relucir la peineta; permitiéndose realizar líneas sin ensayo, no corrigió su postura, tampoco la dirección de su mirada.

Mientras detallaba con tinta, casi por inercia llevaba una de sus manos hacía el tocado en su pecho, acomodándolo y rozando las yemas de sus dedos contra la textura aterciopelada.

Recordando a quien pertenecían y el nuevo capítulo que comenzarían juntos, volvió cada trazo más cálido e íntimo.

Ipandua observaba intrigada la concentración de la poltergeist, cruzándose de brazos y manteniéndose al fondo de la escena.

Las otras dos observaron también.

—¿Viste eso? Ni siquiera tuvo que indicarle qué hacer.— susurró una de ellas. Apenas moviendo los labios.

—El príncipe no va a sobrevivir a esto.— complementó la otra, con una risa ahogada. Llevándose ambas garras a la boca para no ser escuchadas.

Ipandua volteó en su dirección y les dedicó una mirada un tanto amenazante, indicándoles que se callaran.

Pero Frankelda no notó nada de lo que ocurría a su alrededor. Continuó dibujando en silencio, dándose el tiempo de representarse desde los ojos de Herneval.

Al cabo de un rato, inclinó el papiro para permitirle a las últimas líneas secar su tinta, mientras bajaba su pluma en señal de victoria.

De su libro de pesadillas sacó la carta que ya había escrito para él y la adjuntó con el retrato, satisfecha con el resultado.

Ipandua se acercó a ella con un cilindro de resguardo labrado con tapas de obsidiana, al abrirlo reveló el espacio destinado a proteger ese regalo tan frágil, pero con enorme carga sentimental.

Antes de entregárselos, Frankelda colocó un beso en cada uno, “Espero que te gusten... Herneval." pensó para sí misma. E introdujo su respuesta dentro.

La escritora volvió a sonreír ante sus damas.

—Ojalá que la forma en la que lo hice haya sido la correcta.

Las tres se voltearon a ver, casi de manera cómplice, Ipandua tomó la palabra.

—Por supuesto que sí, cada novia lo hace a su forma y estilo. Le aseguro que el presente es más que apto para el príncipe.

—¿En serio?— Preguntó, ilusionada.

—Si, alteza. Es un regalo que querrá conservar por siempre.— comentó una de las damas.

—Por siempre...— repitió la otra, conteniendo una risita nerviosa.

Frankelda asintió, aunque algo en la forma en que lo dijeron le dejó una ligera inquietud que no supo explicar.

.

..

...

Las copas se alzaban bajo las luces de los candelabros, dando paso a una de las fiestas más grandes que se haya visto en el castillo de los Tecotia, criaturas de todas las formas y tamaños desfilaban sus mejores atuendos, mientras el emblema de la familia real adornaba el gran salón.

Los reyes observaban la velada desde sus tronos, atendiendo a los nobles que se acercaban a presentar sus respetos a los novios.

—Siguen bailando. Afortunados ellos, que aún son jóvenes —bromeó Ficturo con una cortesana araditia.

—No se habían visto en toda la semana… —añadió Veritena, entre una combinación de sarcasmo y risa genuina. — Ahora ya no habrá quien los separe.

Al centro del salón, la música envolvía a las parejas en un vals continuo. Sin embargo, todas las miradas terminaban por volver a ellos.

El vestido de la novia ondeó en uno de los giros, como si flotara por voluntad propia. Las alas del novio se extendieron con elegancia, dejando ver el brillo carmesí de su plumaje.

Por un momento, parecieron irreales, como un mismo espejismo que se desplegaba en dos. Ambos enamorados suspendidos en su propio mundo.

—¿Y te gustaron mis regalos, querida? —preguntó Herneval, guiándola con suavidad.

—Sí… mucho —respondió Frankelda. — ¿Tú ya recibiste el mío?

Herneval sonrió, acercándola de nuevo a él.

—Aún no. Mitélitas dijo que tus damas debían entregármelo en tu nombre —ladeó el rostro. — Supongo que es parte de la costumbre.

Frankelda le sostuvo la mirada, con un remolino de mariposas en el estómago en respuesta, tenía que admitir que se veía aún más atractivo de traje.

La música descendió en un último acorde, marcando el final de la pieza. Todos aplaudieron a la pareja, Herneval tomó la mano de la escritora y la besó, guiñándole un ojo.

—Podría acostumbrarme a esto.

—¿A bailar?— preguntó mientras dejaba escapar una pequeña risa.

—A estar así de cerca de ti, querida.

Frankelda sintió que se sonrojó. “Mendigo coqueto, se aprovecha de que es guapo" pensó para sí misma. Iba a responderle con una frase audaz, pero se vieron interrumpidos por una voz en tono de urgencia.

—Alteza Frankelda, Ipandua me pidió que viniera por usted ¿Podría robarle un momento?

Ambos se miraron confundidos, sin querer soltarse aún.

—No tardará mucho.— afirmó la Tecotia en voz baja.

La joven asintió, mientras que el príncipe tardó unos segundos más en soltar su mano; él se quedó observando cómo se abrían paso entre la multitud de invitados,  la música aún sonando. Fue entonces que un brazo fuerte y firme lo envolvió. 

—¡Herneval! Ven a brindar conmigo antes de que desaparezcas tú también—. Alegó Mitélitas, alegre.

Ambos se dirigieron a otra parte del gran salón y alzaron sus copas.

—Por ti Herneval, que eres casi mi hermanito... Y por la señorita Frankelda, la fantasma más hermosa de este plano. ¡Que vivan los novios!

Los tragos se encontraron con un leve tintinear, Mitélitas no bebió de inmediato, sino que se limitó a ver a Herneval por encima de su copa, como si estuviera esperando algo.

Fue entonces cuando una de las damas de la novia apareció por detrás de ellos, llamando la atención del Tecotia de plumaje ocre y carmesí. Traía consigo el cilindro de resguardo finamente trabajado, hizo una reverencia e inclinó ligeramente la cabeza.

—Su alteza Herneval, este presente viene por parte de la pesadillera real.

Sintió algo de nervios. ¿Iban a entregárselo justo ahora?

Tomó el cilindro entre sus garras, retirando la tapa de obsidiana con cuidado. No había prisa en sus gestos, pero sí expectativa, como el de un niño que va a abrir un regalo. Desenrolló el papiro que contenía la caligrafía que reconocería entre mil. Dándose el tiempo de disfrutar de las palabras de su amada:

"Herneval:

El deseo es una forma de anhelar por algo que queremos que suceda. En mi corazón siento que no podría pedir nada más en esta vida. Pero sí he de seguir esta tradición de la forma adecuada, mi única petición sería que nuestra historia nunca conozca su final.

Saber sobre tu existencia y tener la oportunidad de vivir en el mismo plano que tú va más allá de mi imaginación. Soy afortunada porque una criatura tan maravillosa como tú me ama en la forma que lo haces.

Prometo permanecer a tu lado en medio de las tempestades, ser tu luz en los momentos de mayor oscuridad y guardar para ti la dulzura que no muestro ante nadie más.

Si alguna vez dudaras de ti mismo o de mi lealtad; permíteme ser tu fuerza en ese instante, como todas las veces que abracé tus páginas.Y encuéntrame en la forma en que mi voz se aquieta cuando pronuncias mi nombre.

Por siempre tuya en la eternidad

                                      -Frankelda."

Al costado de la carta, estaba un beso impregnado en el papiro, mismo por el cuál Herneval posó una de sus garras, conmovido. Justo por debajo, el contenido del segundo papiro dejó a la vista unas cuantas líneas de tinta, él removió la misma, curioso por ver el segundo presente.

Miró una vez.

Luego dos.

Había algo en la forma de los trazos que lo hizo petrificarse. De pronto sintió también que el aire abandonó sus pulmones, como cuando se da un golpe certero.

Su plumaje se erizó, recorriendo su espalda en una forma que no pudo controlar; sus alas se tensaron y sus garras hicieron crujir los bordes del papel.

Por primera vez en toda la noche, agradecía portar su banda heráldica.

Le permitió ocultar.

Un poco.

—Contrólate...— Se dijo a sí mismo, tratando de obligar a su cuerpo a responder.

Intentó darle orden a lo que estaba viendo, pero no era una imagen ceremonial.

Aquella no era la escritora fantasma.

Ni la pesadillera real.

Era:

Su Frankelda.

La que lo había elegido a él.

De forma instintiva llevó ambos papiros contra su pecho, quizás demasiado rápido.

Mitélitas lo notó de inmediato y meneó el contenido de su copa, disfrutando. Finalmente habló con una calma inquietante.

—Herneval.

Él en cambio, guardó silencio, respondiendo apenas girándose hacia su padrino.

—¿Recuerdas que fue lo que entregaste?

El príncipe tragó saliva.

—Bueno pues, entregué... Mi confianza hacia ella, tal como dice la tradición.

—Mhm. Esa es la explicación que hay en los libros, en las enciclopedias.— Respondió el capitán, volviendo a dar un sorbo a su trago.

El aire entre ambos se volvió más pesado.

—Pero en realidad, no estabas entregando únicamente un símbolo—. Murmuró.—También era una invitación.

Se acercó más, dándole una palmada en la espalda, apenas conteniendo su sonrisa.

—Y por tu reacción... parece que la señorita Frankelda acaba de aceptar.

Herneval sintió un vuelco al corazón, ¿Sería posible que ella realmente lo estaba eligiendo a él de esa forma? tenía que hablar con ella. Se despidió de su amigo, para comenzar a buscarla entre los invitados. Mitélitas por su parte, se limitó a observar como su trabajo estaba hecho, alzó una nueva copa hacía la dirección del príncipe y dio otro trago.

Sabía a victoria.

Mientras tanto, al otro lado del salón; se desenvolvía otra revelación.

—¡¿QUE YO HICE QUÉ?!—. Exclamó la escritora, esperando que alguna de sus damas le dijera que era mentira.

Ipandua estaba al frente de las tres, contenta consigo misma.

—Eso mismo, aceptaste pasar la noche con él, al portar sus plumas, lo reconoces cómo tú compañero oficial y aceptas su propuesta.

—No, no, no Ipandua. Nunca me dijeron que significaba ESO. La tradición decía que...— Antes de poder terminar, ella misma unió los hilos.

El vínculo, el retrato, la pose, la carta, el beso que colocó en cada uno.

Pudo sentir como su rostro se encendía.

"Oh"

"Oh no"

—Esto no puede ser. No puedo verlo a la cara ahora.

—Si nos permite decirlo, lo hizo bastante bien alteza.— complementó una de las damas.— Ni siquiera tuvimos que persuadirla demasiado. Fue como si ya supiera.

—Pero ¿Por qué no me dijeron?

—Simple, de haberle dicho no lo hubiera hecho por pena. Es lo divertido de esta costumbre ¿No cree?

Se llevó las manos al rostro en desesperación. "¿Qué va a pensar de mí ahora? Que soy una mañosa".

Ipandua se apiadó un poco de ella y la tomó de las manos.

—Frankelda, la verdadera intención del epistŏla dulthïs es simplemente darle un empujoncito a los novios. Pero ninguno es forzado a nada que no desee hacer.

Miró a su dama, con los ojos un algo llorosos. Se quedó pensando un poco en sus palabras, técnicamente era verdad. Todo lo había hecho por y para Herneval, creyendo que obedecía a una tradición pero ¿Y si realmente lo que seguía era su propio deseo de estar junto a él?

Ipandua se acercó aún más, susurrándole al oído.

—Además, digamos que la tradición real es que los padrinos se aseguren de que ustedes no vuelvan antes del amanecer. Y creo que ya vinieron por usted.~

Antes de poder decir algo siquiera, una nueva voz se había incorporado a la conversación.

—¿Frankelda?

El corazón se le detuvo.

"Ay no, no, no, no. ¿Por qué ahora?"

Ambos se miraron nerviosos, pero Frankelda notó que a él le costaba sostenerle la mirada durante mucho tiempo. Definitivamente ya sabía.

—¿Crees que podamos hablar un momento a solas?— Musitó el príncipe, con un hilo de voz.

—¡Sí!—. Respondió la joven, demasiado a prisa.— Perdón, sí. Vamos.

Herneval realizó una leve reverencia hacia las damas y tomó con cuidado a Frankelda por la cintura, guiándolos hacía una de las salidas del salón. Las damas se retiraron hacia la fiesta; dónde Mitélitas ya las esperaba con más tragos para festejar su cometido.

Cuando la música pareció apagarse detrás de ellos y el bullicio se calmó, pasaron unos 10 eternos segundos en los que ninguno se animaba a hablar. Finalmente, fue Herneval quien tomó la palabra.

—Fran... Yo—

Su voz falló buscando las palabras.

—¿Sabías qué significaba todo esto?

Frankelda titubeó, sin poder mirarlo directamente a los ojos.

—Herneval, yo-yo no sabía realmente. Creí que estaba haciendo lo correcto al seguir la tradición. Luego Ipandua me dijo y... No quiero que pienses que-

—Frankelda.

Se forzó a mirarlo, aún sí sentía que estaba más roja que nada. Aunque notó que su semblante había cambiado, como si hubiera un tinte de ¿Decepción? 

—Querida, está bien. No tenemos por qué apresurarnos a nada, no quisiera que creas que debes presionarte por seguir una costumbre antigua, si no quieres-, si no te sientes lista...

—¡No!

Tomó ambas manos del Tecotia y las entrelazó con las suyas.

—No, Herneval. No pienses así, por favor.

Él se quedó inmóvil, no sabía sí quería oír lo que diría o se arrepentiría.

—Me daba vergüenza que creyeras que era una descarada. — Admitió, bajando la voz.— Pero si hay algo de lo que estoy segura, es precisamente esto.

Acortó la distancia entre ambos.

—Te amo, Herneval. No quiero... ni pretendo frenarnos.

El silencio que siguió no se sintió ajeno, sino que los hizo sentir más reales, presentes.

Frankelda llevó una de sus manos a la mejilla de él.

—Quiero estar contigo.

Herneval no respondió de inmediato. La miró, como si quisiera asegurarse de que aquello era real.

Luego... la besó, como si temiera romper la fragilidad del momento.

Frankelda contuvo el aliento apenas un segundo, antes de corresponder. Cuando se separaron, ninguno de los dos se movió.

—Entonces… —murmuró él, aún cerca. Deslizando sus garras entre los dedos de ella.

—Vámonos, mi corazón.

Frankelda parpadeó dos veces.

Él nunca le había dicho así.  Y algo en su voz la hizo perder el equilibrio por dentro.

—¿Cómo? ¿Ahora?

Herneval sonrió de forma peligrosa.

No había sonreído así en toda la noche. Y tiró suavemente de su mano, guiándola de a poco cada vez más lejos de la puerta.

—Sí, ahora.

La escritora sonrió de vuelta, dudando un último segundo.

—Herneval, ¡No podemos desaparecer de nuestra propia boda!

Él soltó una risa traviesa, sin detenerse.

—Bueno, técnicamente ya nos casamos.

Y eso fue suficiente. Frankelda no volvió a resistirse. Ambos comenzaron a correr por los pasillos vacíos del castillo, entre risas nerviosas dejaron atrás la música, las luces y las miradas.

No huyeron como el príncipe de los sustos y la princesa consorte, sus títulos quedaron atrás.

Se permitieron ser ellos mismos, siendo también testigos uno del otro de lo que ocurrió después.

.

.

.

De la noche anterior solo quedaban los ecos de la fiesta.

Los pasillos estaban vacíos, y una quietud suave se extendía por todo el castillo, mientras sus habitantes aún recuperaban el sueño.

Dentro de una de las recámaras, uno de los primeros rayos de sol intentaba colarse entre las gruesas cortinas, haciendo que Frankelda abriera los ojos con dificultad.

Por un momento no supo dónde estaba… hasta que bajó levemente la mirada.

Herneval descansaba sobre su pecho, cobijándolos a ambos con una de sus alas.

Entonces… sí pasó.” Sonrió para sí misma. Feliz. Y un poco avergonzada.

Rozó uno de sus dedos sobre la nariz del Tecotia, haciendo que la arrugara levemente. Abrió un ojo, sin intención de moverse.

—Buenos días~

Él afianzó su agarre a ella, cubriéndolos aún, rendido por el sueño.

—Mmm… Buen día, querida.

Frankelda pasó su mano entre las plumas de su cabeza, recordando todo lo que había sucedido, soltó una risita.

—Querido... Huimos de nuestra propia boda.

—Creo que- mmvalió la pena.

—Esto fue culpa de Ipandua… y de Mitélitas.

Herneval dejó escapar su lado atrevido una vez más.

—Definitivamente tendré que agradecerles cuando los vea. 

Frankelda sonrió, recargando su cabeza contra la de él. Dispuesta a continuar acurrucada a su lado, sin prisa alguna de volver a la realidad fuera de sus puertas.

Ambos ahora formaban parte de un mismo capítulo, su tinta se volvió una sola... Solo necesitaban el salto de fé para aventurarse en ella.

Fin.

Notes:

Hello! Nuevamente me pegó la esquizofrenia y me dio por escribir un One-shot sobre la que se transformó en una de mis ships favoritas 🩵✨💗

¿Qué tradiciones creen que existan en el Topus Terrentus? Me encantaría leer sus comentarios, así como también sí tienen alguna sugerencia o crítica constructiva.

Y sí llegaron hasta aquí, les agradezco enormemente que le hayan dado oportunidad a esta mini historia, que surgió precisamente de la pregunta que les hice 🫶

¡Por la verdad y la ficción!