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Era un sábado común y corriente por la tarde; Draco se encontraba en el arenero del parque, jugando con otros niños.
Desde que se habían mudado de casa meses atrás, sus padres tomaron el hábito de llevarlo al parque cada tarde para que hiciera amigos; el niño tenía la característica de ser muy enérgico, cualidad que le hizo formar su grupo de amigos sin esfuerzo.
Nunca se lo perdía, ni aunque sus padres estuviesen ocupados; era uno de los pocos caprichos que les costaban negar al infante; y para otras personas eso llegaba a ser un problema, y con ello me refiero a sus hermanos; ese día les tocó suplantar a su madre y eran los niñeros de repuesto, un cargo que no les gustaba para nada.
Ninguno de los tres lo estaba vigilando; solo se quejaban de su madre entre ellos para matar el tiempo, ya que hablar con las madres de los niños los hacía sentir como unos viejos.
—¿Puedes creer que mamá nos haya obligado a quedarnos? —Dorian masculló por tercera vez consecutiva en la conversación—. ¿A los tres?
—Sí, desde que se cayó del árbol anda paranoica; lo hubiera dejado en la casa entonces. Por un día que no viniera al parque no se iba a morir. —El robusto de los hermanos opinó, tenía cara de pocos amigos—. Ya había pagado el día en el gym, y no voy a ir de noche, no me gusta.
—Ella siempre es así; a Draco sí lo complace siempre, por eso es que está tan malcriado.
—Chicos, ahorita nos vamos, tampoco es para tanto —Dexter intervino con un ademán de manos, indicando que bajaran la intensidad de sus quejas.
—Oh sí, y puntual, no pienso perderme el final de Batallas Estelares por ese niño.
Dexter rodó los ojos, aprovechando el hecho de que no podían verlo bajo su espeso flequillo. Escuchar tantas quejas lo desgastaba, así que se quedó haciendo lo que le había pedido su madre; se echó el flequillo hacia atrás para poder vigilar a su hermano menor.
Tenía un grupo considerado de amigos, niñas y niños; nunca se había tomado el tiempo para preguntarle a Draco por sus nombres, no era de su interés. Sin embargo, ahora que se tomaba el tiempo para prestarle atención, lucía como un líder natural entre los niños; les contaba una historia y todos se encontraban sumidos en su relato, un contraste con las dinámicas dentro de la casa.
Estaba muy lejos para escuchar con claridad, pero estaba seguro de que lo que sea que les estaba contando Draco era falso; ese niño tenía demasiada imaginación para su gusto y se ha salido con la suya varias veces en casa gracias a eso.
Aunque se le veía contento, muy contento. Era extraño.
Uno de los niños —el de cabello azulado en específico— se levantó del suelo y alzó la mano de Draco, como si anunciara una victoria, y el resto del grupo les aplaudió. Dexter juraba que vio a su hermano menor ponerse rojo antes de que escondiera la cara. Decidió no analizarlo, pensando que simplemente le abrumaba ser el centro de atención.
La niña albina intentó hablar con Draco, pero el mencionado solo negaba con la cabeza; se le notaba abrumado. La contraria se limitó a reír por su actitud.
Conforme los minutos transcurrían, el sol se escondía, lo cual indicaba que la hora de juegos en el parque había concluido para Draco.
—¡Draco!, ¡nos vamos! —exclamó el de lentes; se escuchó casi como un regaño.
El pequeño se enderezó del susto y volteó a mirar a sus hermanos con incertidumbre, como si hubiera olvidado que lo estaban acompañando ellos y no su madre.
—¡Voy! —se despidió de sus amigos y salió corriendo hacia el auto familiar, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Sin correr!
—Ya suenas como mamá, Dorian. —Damian le propinó un codazo amistoso.
—Silencio, Damian.
Dorian sacó las llaves del auto y se sentó en el asiento del conductor; Damian se sentó en el puesto copiloto; Dexter y Draco iban en la parte de atrás. Irónicamente, la persona más contenta dentro del vehículo era el menor de los hermanos, quien reposó la cabeza en el vidrio de la ventana.
No dejaba de sonreír.
Dexter ladeó la cabeza; imaginaba un berriche por su parte, no esa calma extraña que traía. Se animó a sacarle conversación durante el trayecto a su hogar.
—¿Cómo te fue, Draco?
—Bien, hicimos castillos de arena y les conté la historia de mi dragón.
Incluso hablaba de su día; esto era nuevo.
—¿De tu dragón de peluche? —preguntó a modo de mofarse con sutileza—. ¿El que decapitó Damian?
—Sí, mañana se los enseño.
Draco no cayó ante su intento.
—Pero está descocido.
—No importa, yo lo coso.
—¿Sabes coser? —preguntó el de lentes, mirando a través del retrovisor.
—Mami me enseñó.
—Ey, ahora que lo pienso, nunca has dicho quiénes son tus amigos —comentó Dexter.
—Ah. —Alzó los hombros en desinterés—. Es que ustedes no me preguntaron. Se llaman Buster, Maisie, Lumi y... —Desvió la mirada hacia el suelo cuando sintió el cosquilleo de sus mejillas—y Fang. Hacemos todo juntos.
Dexter notó que actuaba raro otra vez después de mencionar a esa tal "Lumi"; antes de que pudiera preguntar, Dorian pasó rápido sobre un bache y la moderada turbulencia del auto molestó a todos.
—¡Dorian! —Dexter y Draco exclamaron al unísono.
—¡Mira bien, hombre!
—¡Okay! Perdón, no vi.
El resto del trayecto hasta la casa fue silencioso; la conmoción aniquiló cualquier incentivo de conversar entre ellos.
Hasta que llegaron a la casa. Seguía sola; sus padres no habían llegado todavía.
Dorian se lanzó hacia el sofá de la sala y agarró el control remoto; no perdió el tiempo para sintonizar el estreno de su serie favorita, mientras que Draco entró a la habitación de sus padres en busca de materiales para coser su peluche. Los otros dos hermanos fueron los únicos que entraron sin prisa al hogar; antes de que Damian se encerrara en su habitación, Dexter lo tomó del brazo.
—Damian, adivina —murmuró.
—¿Qué pasó?
—A Draco le gusta alguien.
—Nah —negó con la cabeza, pensando que se trataba de una broma; sin embargo, Dexter parecía decir la verdad—. Espera, ¿en serio?
—En serio, yo los vi. Vamos con Dorian y te explico.
El robusto seguía confundido, pero lo siguió de todas formas.
—Dorian —el de flequillo le tocó el hombro.
—No me interrumpan. Este es el final de temporada. —Hizo una señal de alto con la mano, sin dignarse a mirarlos.
—Es importante —prosiguió.
—Batallas Estelares también es importante, chicos.
Damian chasqueó la lengua; no era alguien de mucha paciencia, así que decidió desconectar la televisión.
—¡Damian! ¡Estaba empezando!
—Lo puedes ver mañana, no seas tan dramático.
—No es lo mismo.
—Pues te aguantas, porque tenemos que contarte algo.
—¿Qué? ¿Qué cosa?
Draco regresó a la sala de estar con su peluche, aguja e hilo; se sentó en el sofá al lado de Dorian y comenzó a coser, ajeno a la tensión en el ambiente.
—Draco tiene novia —el de flequillo le susurró a Dorian.
—¿Qué? —soltó una carcajada y le desordenó el cabello a Draco—. ¿El malcriado tiene novia?
Draco soltó el peluche del asombro.
—¡No! ¡Mentira!
—Pero te gusta alguien, ¿no? —contraatacó Dexter.
—...
—¡Ajá! ¿Quién es?
—¡Nadie! —chilló.
—Estás rojo, niño —comentó el robusto.
—¡No! ¡Cállense!
—Bueno, ¿ya puedo ver mi serie?
—¿No vas a ayudar a Draco? —dijo Dexter.
—¿Ayudar? —Dorian y Draco preguntaron al unísono.
—Claro, con tus "múltiples conocimientos amorosos" —el de flequillo le puso el brazo encima a Dorian, consciente a la perfección de su nula experiencia en el amor; Damian reía en voz baja ante la sutil burla—. Estoy seguro de que podemos ayudarlo.
—No.
—Vamos, Dori. —Insistió el robusto.
—No me llames así, suena a nombre de niña.
—Dori, Dori, Dori, Dori, Dori... —Damian tocaba constantemente su mejilla para molestarlo.
El menor de los hermanos yacía mudo; desconfiaba de esta súbita obra caritativa por parte de sus hermanos. Estaba tan acostumbrado a sus burlas que esperaba el momento en el que se rieran de él.
El gruñido de Dorian lo sacó de su trance.
—¡Okay! Está bien, prepárate, malcriado —lo señaló de forma dramática—. Serás todo un conquistador.
Draco no entendió a qué se refería, pero no sonaba nada bien para él.
—Ya está hablando como en sus juegos de citas...
—Silencio, Damian.
El sonido de las llaves llamó la atención de todos; Draco soltó un suspiro de alivio.
—¡Trajimos la cena! —la voz de su madre resonó en la casa.
—Bueno, seguimos después de la cena.
[...]
Después de la cena, los hermanos se encontraban en la habitación de Draco; Dexter inspeccionaba su clóset mientras los demás hablaban. Draco cosía su peluche en un intento vago de distraerse de sus nervios.
—Entonces, lo primero que debes saber es: No seas tú mismo —declaró Dorian—. Tu rareza espanta a cualquiera; no cuentes tus historias, no le hables de dragones, nada de eso. ¿Okay?
Draco sintió un nudo en el estómago; esto del amor sonaba más difícil de lo que parecía.
—¿Entonces qué hago?
—Fácil, le dices que es bonita.
—¿Bonita? —Draco ladeó la cabeza.
—Sí.
—No, no puede ser directo; a las chicas les gusta perseguirnos, hazte el duro. —Dexter aclaró, sacando un conjunto de ropa con estampado de rayas que Draco no había estrenado todavía—. Te arreglas el cabello, te vistes bien y le hablas a todas las demás excepto a ella; así te perseguirá.
—No entiendo...
—Tampoco yo —Damian intervino, cruzado de brazos—. Yo digo que si le gusta, no hay nada de malo con que sea él mismo. Hacer lo que le diga su corazón... No sé. Si le gusta, será por cómo es y no por una máscara.
—Eso me gusta —comentó Draco más animado.
Dexter y Dorian miraron en silencio al robusto.
—Por eso no tienes novia —dijo el de lentes.
—Ustedes tampoco, tarados.
—Como sea, mañana veremos quién sí ayudó —añadió.
—Eh, mañana mami me lleva —el hermano menor le recordó con voz suave.
—No, nosotros lo haremos.
[...]
Ese domingo por la tarde le provocaba estrés a Draco; parecía un muñeco de cera de lo arreglado que estaba, era demasiado para verse casual como su estilo, incluso su cabello estaba lleno de gel.
Dexter se encargó de elegir su conjunto y no se vio capaz de negarse, porque, aunque su ayuda era contraproducente, le gustaba que sus hermanos hubieran acordado no molestarlo con tal de ayudarlo.
Le costó bajarse del auto y, cuando lo hizo, abrazó con fuerza su peluche; no salió corriendo hacia los toboganes, ya que Dorian le dijo que eso no era "cool".
Sus hermanos se veían orgullosos, sin percatarse de su tensión, excepto Damian, el menor. Deseó por un momento que lograra enterarse de lo incómodo que estaba con todo esto y, de alguna manera, detenerlo.
—Okay, ve. —Dexter le dio una palmadita en la espalda.
—Hicimos un buen trabajo, ¿no creen?
—Ya veremos... —murmuró el robusto, consternado.
Draco fue al arenero con timidez y, en lugar de acercarse a sus amigos, se escondió al lado del tobogán. No quería que lo vieran así.
—Ey, ¿a dónde va? —pensó en voz alta el de lentes.
—No, espera. —Dexter interpuso el brazo, deteniéndolo cuando notó al niño de coleta dirigiéndose hacia Draco.
—Está bien, pero si en cinco minutos no sale de ahí, lo sacaré yo.
Draco escuchó unos pasos acercarse a su escondite y no se atrevió a voltear.
—¿Draco?, ¿qué haces aquí? —La voz de Fang lo puso más nervioso.
—Me escondo.
—¿Por qué?
—Porque me veo tonto...
—¿Y? —el de coleta alzó los hombros en desinterés—. Ser tonto es divertido.
—¿...Tú crees?
—¡Sí! ¿Y qué le pasó a tu pelo?
—Mi hermano Dexter me echó un slime para el pelo —Fang estalló en risas—. Gel, lo siento, me equivoqué.
—Qué tonto —Fang respondió con una dulzura que era imposible considerar sus palabras como insulto en lugar de ternura.
Las palabras de Damian resonaron en la cabeza del pecoso: «Hacer lo que le diga su corazón»
Y en ese momento, quería reír junto a Fang.
—Sí, me veo tonto —sacudió la cabeza, buscando desordenar su cabello a su estado natural.
El de coleta colocó las manos sobre su cabello y lo sacudió con fuerza. Draco rio un poco porque le generaba cosquillas; ahora parecía un puercoespín rojizo, pero se sentía más cómodo consigo mismo.
—¿Mejor? —preguntó Fang, sin apartar las manos de su cabello.
Draco sentía que le faltaba el aire para hablar.
—Mejor —murmuró, y ambos sonrieron—. A Junior le gusta —alzó el peluche y se aclaró la garganta, forzando un tono de voz más agudo como si se tratara de su peluche hablando—. Tiene estilo.
—¡Junior! —Los ojos de Fang brillaron, arrebatándole el peluche para verlo de cerca; Draco apreciaba el genuino interés hacia sus bromas—. Es tan genial... ¡Vamos a enseñarle a los chicos! —lo jaloneó de la camisa con gentileza.
—¡Voy, voy!
Cuando ambos corrieron hacia su grupo de amigos, los hermanos mayores tuvieron la sospecha de que sus planes estaban tomando otro rumbo que no esperaban.
—Bueno, supongo que hablando con chicos también sirve para ignorarla —comentó Dexter.
—¿Quién dices que le gusta, Dexter? —interrogó Damian.
—La de pelo blanco y liso.
—Okay...
Los tres continuaron hablando sobre otros temas, mirando de vez en cuando si Draco se acercaba hacia esa niña, o si la trataba diferente al resto, pero la mayoría del tiempo la atención de Draco caía sobre el de coleta.
—No creo que sea ella —declaró Damian, como si fuera una sospecha que ninguno quería sacar a relucir por miedo a sonar como estúpidos.
Ninguno dijo nada, aunque tampoco intervinieron; en ese momento, decidieron confiar en que, sin importar la circunstancia, Draco sabría manejarse por sí solo. Un voto de confianza que no solían otorgarle así de fácil.
Aunque esta vez era diferente, porque Draco estaba creciendo. Lo mejor que podían hacer como sus hermanos era darle un respiro para que lograra desenvolverse.
Una vez el sol empezó a esconderse, Draco comenzó a despedirse de sus amigos sin necesidad del llamado de Dorian. Cuando era el turno de despedirse de Fang, tomó un respiro hondo.
—Fang.
—¿Qué?
—Tienes razón, ser tonto es divertido.
—¡Lo es! Yo soy muy inteligente —presumió de forma orgullosa.
El de cabellos rojos plantó un beso sobre su mejilla; el contrario se congeló ante el gesto.
—¡Hasta mañana, Fang! —tartamudeó antes de retirarse con rapidez, sin siquiera esperar a la reacción de su amigo.
Fang se acarició la mejilla despacio, como si hubiera experimentado algo mágico por primera vez; la ovación del grupo lo hizo reaccionar, limpiándose la mejilla, fingiendo que no le gustó, aunque su cara estaba roja a más no poder.
Cuando vieron la reacción del de coleta, fue suficiente para saber que venía una larga historia por delante a ambos, y eso les derritió su fría coraza de hermanos mayores testarudos, más cuando Draco se abalanzó para un abrazo grupal.
—Gracias, chicos, los quiero.
Se escuchó un sollozo leve en el abrazo, que en definitiva no provenía de Dexter; los hermanos correspondieron el abrazo.
—Damian, ¡tenías razón! Solo debo escuchar mi corazón.
—Me alegra, estamos orgullosos de ti —le desordenó aún más el cabello a modo de juego.
—¡Draco, espera!
—¿Fang?
—Hola, señores hermanos de Draco. Draco, eh, yo...
—¿Sí?
Fang se puso de puntillas y le devolvió el beso en la mejilla.
—Eso —su voz tembló—. Buenas noches, señores hermanos de Draco —hizo una reverencia que ni él mismo entendía el motivo detrás de ella y se retiró.
Nunca habían visto a Draco sonreír tanto.
—Te dije que serías todo un conquistador.
—Pero si no ayudaste en nada, Dorian.
—Silencio, tú tampoco ayudaste, Dexter.
—¿Pueden callarse los dos?
El hermano menor se dirigió al auto, caminando de saltitos, mientras que el resto se mantuvo pensativo en sus lugares por un momento. La alegría de Draco era un neutralizante efectivo para su reciente enojo.
—Entonces... ¿Draco tiene novio? ¿Es gay? —Dorian rompió el silencio.
—¿Qué importa? Está feliz —Dexter acotó.
—Tienes razón... ¿Le vamos a contar esto a mamá?
—Ni de broma, no sabemos si es homofóbica —habló Damian—. Miren, sé que nosotros lo molestamos bastante, pero no dejaré que alguien más le quite la paz por ideas cerradas. Así que si alguna vez papá o mamá sueltan un comentario de esos, vamos a defender a Draco. ¿Okay?
—Claro —Dorian contestó serio, como si la duda ofendiera.
—Qué bueno que nos quedan algunas cosas morales. Proteger al gay será nuestra misión —Dexter bromeó.
—No puedo con ustedes. —Damian negó con la cabeza entre risas.
