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enfocando el amor

Summary:

Cuando Peach es contratado como el nuevo fotógrafo para una película independiente, lo último que pensó fue que terminaría enamorándose del lindo director.

Notes:

son tan lindos <3

Work Text:

El rodaje del cortometraje del joven director era un desastre técnico: un reflector se había fundido, un asistente derramó café sobre unos papeles y el tiempo se agotaba. Sin embargo, en el centro del ojo del huracán, estaba Day, quien se había arremangado las mangas de su camisa y estaba agachado junto a un técnico, ayudándole a desenredar un cable de alta tensión mientras le explicaba con una sonrisa:
—No te preocupes, vamos un poco atrasados, pero la luz de la tarde todavía nos favorece. Tómate tu tiempo, Phi.

Peach, acostumbrado a sets tensos y directores que simplemente gritaban órdenes, observaba la escena a través del visor de su cámara, se sentía un poco fuera de lugar; Day era un joven líder que sabía liderar sin pisotear. Peach terminó disparando el obturador justo en ese momento:
Day, con la luz dorada del atardecer en el cabello oscuro, riendo genuinamente mientras ayudaba al técnico de iluminación.

Peach bajó la cámara y sonrió para sí mismo. En sus años como fotógrafo, había visto directores perder los estribos por mucho menos. La paciencia de Day era algo refrescante, casi magnético.

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Al principio, Peach se mantenía solo al margen, como suele hacer siendo el buen fotógrafo profesional que era moviéndose entre los cables y los focos sin hacer ruido; sin embargo, su cámara siempre terminaba enfocando a Day.

Al pasar los días en el rodaje, Peach notó que a pesar de lo diligente que era Day con su trabajo, siempre trataba a todos con la misma amabilidad; saludando a cada miembro que trabajaba para él por su nombre, asegurándose de que el catering fuera de calidad y de que nadie trabajara horas extra sin descanso.
Peach, que ha trabajado con directores arrogantes, sentía que su respeto crecía con cada clic del obturador.

Sin embargo... en su afán por cuidar de todos, Day solía olvidarse de sí mismo.
En el cuarto día, el rodaje se extendió hasta la madrugada. Day estaba inclinado sobre el monitor, con el ceño fruncido por el cansancio, ajustando la colorimetría de una escena. Peach se acercó en silencio y se sentó ligeramente sobre el borde de la mesa de madera, extendiendo su mano, ofreciéndole una barra nutritiva y un café caliente.

—Director, una pausa de treinta segundos no arruinará el cronograma, pero un bajón de azúcar sí —dijo Peach con una voz suave.

Day levantó la vista, sorprendido. Al ver a Peach allí, con esa expresión serena y el gesto generoso, sintió el calor subir hasta sus orejas. A pesar de ser el líder del set, se sintió de repente como un estudiante siendo mimado por alguien que entendía su esfuerzo; Day soltó una risita nerviosa, rascándose la nuca. Era la primera vez que alguien lo hacía sentir atendido en lugar de ser él quien atendía a los demás.

—Ah... no tenías que molestarte, Phi Peach —respondió Day mientras extendía su mano, sus dedos rozaron accidentalmente los de Peach— Solo quería terminar esta secuencia antes de que todos se agoten.

—Lo sé, pero tú también eres parte del equipo y pareces el tipo de persona que olvida comer por revisar una toma diez veces. Ahora, come —replicó Peach con una media sonrisa.

Day asintió, bajando la mirada hacia el chocolate como si fuera el objeto más valioso del set. Esa timidez repentina caló hondo en Peach; era un contraste adorable con el hombre que hace diez minutos daba órdenes con voz firme y decidida.

Se quedaron ahí unos minutos, hablando del encuadre de la última toma, pero Day no podía dejar de mirar de reojo cómo Peach lo observaba con una calma que le bajaba las revoluciones al corazón.

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Era el séptimo día de rodaje y Peach llegó al set con una remera negra básica, lo que hizo que Day olvidara por completo qué escena estaban filmando.

Day estaba sentado frente al monitor, intentando concentrarse en el guión, cuando Peach se agachó cerca de él para cambiar un lente. El contraste de la tela negra con la piel clara de Peach, y la forma en que sus músculos se tensaban al cargar el equipo, hizo que Day se quedara sin aire.
Day abrió la boca para decir algo sobre el encuadre, pero se limitó a responder con monosílabos.

Más tarde, mientras Peach ajustaba la correa de su cámara, se dio cuenta de que Day lo miraba fijamente. Peach levantó la vista y le dedicó una de esas sonrisas que podría hacer que sus rodillas se doblaban.
« Esa remera le queda increíble. Sus manos... sus manos son tan bonitas cuando sostiene la cámara. No. Concéntrate, Day, eres un profesional, ¡Day, di algo inteligente! »

—Phi Peach... esa remera... te sienta... funcional. Es muy funcional para el trabajo.

—¿Funcional? —arqueó un ceja— Gracias, Day. Me alegra que apruebes mi vestuario técnico.

Day se cubrió la cara con el guión, deseando que la tierra se lo tragara, mientras Peach soltaba una risita baja —pensando que Day se veía como un cachorro triste—, que solo aumentó el caos mental del director.

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En el noveno día, llevaban una hora con una escena compleja y justo cuando estaban por lograr la toma perfecta, un asistente tropezó con un cable, derribando una luz, provocando un gran estruendo y arruinando el encuadre por completo.
El silencio que siguió fue casi doloroso. El asistente palideció, encogiéndose de hombros mientras esperaba la explosión. Todos los ojos se clavaron en Day.

Day cerró los ojos un momento, apretando el guion entre sus manos, luego se pasó la mano por el cabello, despeinándose un poco, y soltó un suspiro largo que pareció liberar toda la frustración del equipo.

—Está bien, no pasa nada, los errores son parte del proceso. Vamos a tomar diez minutos para hidratarnos y respirar y lo haremos mejor, confío en ustedes.

El ambiente, que estaba a punto de estallar en tensión, se desinfló en un suspiro de alivio colectivo y el asistente casi se pone a llorar de gratitud.

Peach aprovechó el descanso, él sabía que, aunque Day se mostraba tranquilo, la presión de perder una hora de rodaje era inmensa para un director joven con un presupuesto ajustado. Se acercó a él con una botella de agua fresca y una manzana.

—Eso fue muy noble, Director. Otros habrían incendiado el set.

—Gritar no recupera la toma, Phi Peach, solo hace que el equipo trabaje con miedo, y el miedo no hace buen cine.

Peach lo miró fijamente, había una luz de orgullo en sus ojos que Day no supo cómo manejar.

—Gracias, Phi —dijo Day mientras tomaba la bebida y la fruta— A veces dudo si soy demasiado blando para esto.

—No confundas la amabilidad con la debilidad, Day, se necesita mucha fuerza para mantener la calma cuando todo sale mal. Eres un director increíble.

Day bajó la mirada, sintiendo ese calor familiar subiendo por su cuello y abrió la botella de agua solo para tener algo que hacer con las manos, sintiéndose repentinamente pequeño bajo la mirada cálida del fotógrafo.

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Poco a poco, el rincón donde Peach guardaba sus estuches de lentes se convirtió en el refugio oficial de Day durante el almuerzo; es que los pies de Day lo llevaban mecánicamente hacia donde estuviera Peach.

Day se acercó con su bandeja, luciendo un poco más despeinado de lo habitual después de una mañana intensa de rodaje. Se sentó frente a Peach, dejando escapar un suspiro de alivio que, al parecer, solo se permitía soltar cuando estaba con él.

—Phi Peach... ¿cómo logras que incluso el desastre de los cables parezca arte en tus fotos? Te he observado hoy; disparas en momentos donde parece que no pasa nada, pero la foto final cuenta una historia completa.

Peach apartó la mirada de la cámara y se encontró con los ojos de Day, que brillaban con una admiración tan honesta que le resultó casi abrumadora.

—El arte ya está ahí, Day, solo hay que saber esperar a que se revele. Tú creas la atmósfera, yo solo me aseguro de que nadie olvide lo que se sintió estar aquí.

Day ladeó la cabeza, dedicándole una sonrisa tan brillante que Peach sintió un vuelco en el pecho.

—Me gusta cómo ves el mundo. Me haces sentir que lo que hago tiene un propósito más allá de solo cumplir un horario.

Peach sintió un calor inusual subiendo por su cuello. Se aclaró la garganta, tratando de recuperar su compostura habitual.

—Bueno... es fácil encontrar belleza cuando el director pone tanto corazón en lo que hace.

Luego de almorzar todo ambos se levantaron par seguir con sus respectivas tareas, el pie de Peach chocó contra una caja que no vio y, por un segundo, el mundo se inclinó peligrosamente hacia adelante.

Antes de que Peach pudiera siquiera soltar el equipo para protegerse, sintió unos brazos fuertes rodeando su cintura. Day se había movido rápidamente sosteniendo el peso de Peach contra su pecho.
El tiempo pareció detenerse. Peach tenía el rostro a escasos centímetros del cuello de Day; podía oler la frescura de su loción y sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Las manos de Day eran firmes, sujetándolo con seguridad.
Day, por su parte, mantenía la respiración contenida. Sus dedos se hundían ligeramente en la tela de la remera de Peach, asegurándose de que estuviera estable.

—¿Estás bien, Phi? ¿Te hiciste daño? —preguntó Day en voz baja.

Peach tardó un segundo en reaccionar. Su corazón, que normalmente funcionaba con tranquilidad, empezó a latir con un ritmo errático y ruidoso que temía que Day pudiera sentir a través de la ropa.

—Yo... sí, estoy bien. Gracias, Day.

Day lo soltó lentamente, pero sus manos permanecieron un segundo extra rozando los costados de Peach, como si le costara romper el contacto. Cuando finalmente se separaron, Day se rascó la nuca, volviendo a esa timidez encantadora, con las orejas encendidas.

—Que alivio.

Peach asintió mecánicamente y caminó hacia el set, pero su mente se había quedado atrapada en ese abrazo improvisado.

Esa tarde, mientras sostenía su cámara, Peach sentía sus manos extrañas. Le hormigueaban. Por primera vez en sus años de carrera, le costaba enfocar, no podía dejar de pensar en la firmeza de los brazos de Day y en cómo, por un instante, se había sentido completamente seguro siendo sostenido por él.

«¿Qué me está pasando?» se preguntó Peach.

Esa noche, de vuelta en su apartamento, Peach se encontró revisando las fotos del día. Tenía tomas increíbles de los protagonistas, del paisaje, del diseño de producción... pero su dedo se detenía, una y otra vez, en las fotos de Day.

Capturó a Day con el ceño fruncido por la concentración, a Day riendo, a Day mordiéndose el labio mientras revisaba una escena. Peach se quedó mirando una foto en particular donde la luz del atardecer delineaba el perfil del joven director.

—¿Desde cuándo me fijo tanto en la línea de la mandíbula de un hombre? —murmuró para sí mismo, sintiendo un nudo extraño en el estómago.

Siempre se había considerado un hombre heterosexual, alguien con una vida lineal y predecible. Pero la forma en que Day lo miraba, con ese respeto que rozaba la devoción, y la forma en que él mismo sentía la necesidad de proteger la encantadora sonrisa de ese chico, estaban empezando a desdibujar sus etiquetas.

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Al día siguiente en el set, Peach se volvió hiperconsciente de cada centímetro de aire que los separaba.

—¡Phi Peach! Mira esto, el enfoque en los ojos es perfecto —exclamó Day, apareciendo de la nada al lado de su hombro.

Day se inclinó tanto que su brazo rozó el de Peach de arriba abajo. No fue un choque, fue un deslizamiento suave de piel contra piel, Peach sintió una descarga eléctrica que recorrió su columna, pero Day ni siquiera se inmutó; estaba demasiado absorto en la imagen. Su rostro estaba tan cerca que Peach podía sentir su respiración cálida contra su mejilla.

Peach se quedó rígido, sosteniendo la cámara con una fuerza innecesaria.
« Respira, Peach. Es solo un colega emocionado », se repetía mentalmente. Pero su cuerpo no recibió el mensaje; el aroma de Day —una mezcla de protector solar, café frío y algo dulce— lo mareaba.

Poco después, mientras Peach ajustaba un trípode, Day se acercó por detrás para señalar una luz en el fondo. En lugar de rodearlo, Day simplemente pasó un brazo por encima del hombro de Peach, quedando casi pegado a su espalda para señalar hacia el horizonte.

—Si movemos ese reflector un poco a la izquierda, la sombra no te estorbará, ¿verdad? —preguntó Day, girando la cabeza.

Al hacerlo, sus labios quedaron a escasos milímetros del lóbulo de la oreja de Peach. Peach cerró los ojos un segundo, sintiendo que el mundo se balanceaba, era una invasión tan inocente, tan carente de malicia, que Peach no podía pedirle que se alejara sin sonar extraño.

Day no lo hacía para provocarlo; lo hacía porque, en su mente, Peach ya era alguien seguro, alguien en quien confiaba tanto que no sentía la necesidad de mantener distancias.

Se descubrió a sí mismo anticipando esa cercanía. Se encontraba dejando espacio a su lado en la mesa, esperando que Day lo ocupara. Se sorprendía mirando las manos de Day cuando este gesticulaba, imaginando cómo se sentirían entrelazadas con las suyas.

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El rodaje de la semana había terminado, y mientras el equipo recogía los cables y demás, Day estaba sentado en una silla leyendo el guión, pero su mente estaba en un campo de batalla. Él había estado media hora ensayando mentalmente lo que iba a decir, pero cada vez que miraba a Peach —tan sereno y profesional— el pánico lo golpeaba; para empeorar las cosas, Peach estaba ahí tan hermosamente —llevaba una camiseta blanca básica junto con una camisa ligera abierta de color beige y un pantalón marrón ancho de cintura alta—, que lo ponía más nervioso.

« Es demasiado para mí » pensaba Day « Él es un hombre con experiencia, un artista de verdad. Seguramente me ve como un niño con una cámara » apretó el guión ligeramente « Y además... seguro le gustan las mujeres elegantes, no un director que se pone rojo cada vez que le rozan el brazo. ¿Y si lo asusto? ¿Y si arruino nuestra amistad de trabajo? »

Day se sentía como un cachorro frente a una puerta cerrada, queriendo entrar pero temiendo que no hubiera nadie del otro lado.
Day respiró hondo, se puso de pie y caminó hacia Peach. Sus pasos eran decididos, pero su corazón martilleaba tan fuerte que sentía que se le iba a salir por la boca.

Peach terminó de cerrar su maleta y se colgó la cámara al hombro. Estaba a punto de despedirse cuando sintió unos pasos rápidos y pesados detrás de él.

—¡Phi! —exclamó, tal vez un poco más fuerte de lo necesario debido a los nervios.

Peach se giró, sorprendido por la repentina energía repentina de Day, se encontró con una imagen adorable: Day estaba parado frente a él, con los hombros tensos, el cabello revuelto y una expresión de determinación mezclada con terror, parecía un cachorro que acababa de traer una pelota y no sabía si lo iban a acariciar o a regañar, y no pudo evitar sonreír.

—¿Sí, Day? ¿Pasó algo?

—No, no, es que quería hablar contigo de algo, Phi —Day empezó a hablar rápido por el nerviosismo— Y entiendo perfectamente si prefieres mantener esto en lo profesional, o si... si no te gustan los chicos, no quiero incomodarte.

Peach soltó una carcajada suave, lo que hizo que Day se pusiera aún más rojo.

—Pero —continuó Day, dando un paso adelante— Me gustaría mucho invitarte a un café, no como equipo de trabajo, sino... solo nosotros dos. Me gustaría hablar contigo de fotografía, de cine... y de cualquier cosa que no tenga que ver con un guión, ¿aceptarías una cita con este director inmaduro?

Day cerró los ojos un segundo, esperando el «no» amable, el «eres un buen chico, pero...» estaba listo para aceptar el rechazo con la misma caballerosidad con la que trataba a su equipo.

Sin embargo, lo que sintió fue la cálida mano de Peach apoyándose en su antebrazo.

—No eres inmaduro —dijo Peach con esa voz de seda que calmaba todos los nervios de Day— Pienso que eres la persona más auténtica que he conocido; y me encantaría tomar ese café... aunque confieso que ahora mismo estoy más nervioso que tú.

Day abrió los ojos de par en par, brillantes de alegría y dió un saltito mientras asentía frenéticamente, luciendo exactamente como ese cachorro feliz que finalmente había conseguido su premio, provocando que Peach volviera a reír.

—¡Bien! ¡genial! conozco un lugar que... bueno, es tranquilo, como tú. ¡Vamos!

El joven director empezó a guiar al hermoso fotógrafo hacia su auto con una sonrisa que no le cabía en la cara. Había ganado el premio más importante de todo el rodaje.