Work Text:

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“Prohíbenos algo, y eso será lo que más desearemos”.
Geoffrey Chaucer
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—Sensei… ¿tiene un minuto? Necesito un consejo.
Había entrado a hurtadillas, eso era evidente, por lo que no le dio tiempo a esquivarlo.
A Yuji no le desagradaba hablar con su alumno Satoru, más bien todo lo contrario y ahí estaba el problema. Era un hombre centrado y que no haría una tontería, pero esa dosis de sufrimiento que le provocaba el adolescente, era como echarle agua salada a una herida y no le gustaba la sensación en absoluto.
—Claro, siéntate, te escucho.
Estaban en la sala de profesores, siempre era más seguro que no se encontraran totalmente a solas, reitero, no porque Yuji no supiera mantener los límites, era más bien su alumno el que se volvía salvaje de un segundo a otro. Nunca había conocido espíritu más persistente.
Satoru se sentó, una de sus rodillas rozando la de su maestro, muy a propósito, porque lugar había de sobra. Era algo habitual en él, esta necesidad de skinship, de toquetear al otro, aunque fuera sutil, o no tanto.
El joven se quitó sus anteojos negros, otro movimiento que pareció casual. Era albino de nacimiento y la resolana dañaba sus retinas, de manera que tenía un permiso especial para usar anteojos oscuros la mayor parte del tiempo. Sin embargo, sabía de sobra que el encanto de sus ojos celestes era algo que podía usar a su favor.
—¿Sensei no usa anteojos de sol? —susurró con suavidad.
Yuji ya conocía ese tono, uno creado exclusivamente para él. Con el resto eran puros agudos, chillidos, burlas, de hecho, se destacaba en clase por ser uno de los más ruidosos, tanto que había momentos en que era inevitable mandarlo a callar. Pero cuando estaba a solas con él, dejaba toda esa personalidad jocosa y agrandada, los sonidos que salían de sus labios eran como seda que se arrastra por el cuerpo, seductores, cálidos, una espiral donde fácilmente alguien podía perderse si no tenía el suficiente autocontrol y madurez.
—Mi trabajo me tiene confinado casi todo el día dentro de la institución —respondió Yuji con tranquilidad, aplomo, como diciéndole: guarda tus tretas, chiquillo que no me perturbas—, así que no necesito, la verdad.
—Yo creo que sensei se vería muy lindo con un par.
Satoru le sonríe, está arriesgándose, contento de poder dejar salir, aunque más no sea un poquito de todas las cosas que se le revuelven por dentro. Mira con atención a su profesor, expectante al mínimo cambio en su expresión, como un perrito faldero esperando la aprobación de su dueño. Yuji finge no haberlo oído y sigue tecleando en su computadora, al parecer algún tipo de aburrido informe para los aburridos altos mandos de la escuela. Buh.
—Sensei, usted no me está escuchando —acusa, pero sin dejar de usar ese tono especial que, ambos saben, es único.
—Si te escucho, Gojo, es solo que pensé que venías por un consejo y solo estás perdiendo el tiempo, tú sabes que tengo razón.
Por el rabillo del ojo, Yuji captura un pequeño puchero de parte de su alumno. Sabe que le irrita cuando lo llama por su apellido, porque es una forma de ganar distancia, de mantenerlo al margen.
—De acuerdo, alguien me gusta —decide ser frontal—, me gusta tanto que hasta me cuesta dormir por las noches, me distrae. Quiero acercarme, pero no sé cómo hacer porque me evita todo el tiempo —Satoru repiquetea sus largos dedos sobre el escritorio, solo para que su maestro note lo cerca que está su extremidad.
Los dedos de Yuji se paralizan, deja de escribir y se gira para enfrentar esa cristalina mirada que ahora parece estar empañada por un puñado de tristeza. Pero también conoce de primera mano de lo que es capaz ese jovencito rebelde, es muy bueno interpretando al pobre chico enamorado. Siendo honesto, tiene que aceptar que probablemente le gusta un poco, muy en el fondo, su persistencia. Yuji no es de piedra, los constantes “ataques románticos” de su alumno han ido haciendo mella, han hecho grietas y le han infiltrado algunos sentimientos que ya no sabe cómo erradicar. Es como un virus que lo infecta, se multiplica y no se detiene.
—Creo que no soy la persona indicada para darte consejos sobre… sentimientos y confesiones, pensé que te referías a un consejo académico.
—¿Usted nunca se ha enamorado, sensei?
—Gojo, hemos dicho que no tendremos conversaciones de tono personal en la escuela, ¿recuerdas?
—Eso quiere decir que fuera de la escuela si se puede.
Yuji suspira, su alumno es inteligente, el más inteligente de la clase, probablemente no solo de esa escuela sino de toda la maldita región, está buscando salirse con la suya, por lo que debe tener extra cautela.
—Un profesor y un alumno conversando fuera de la escuela no creo que sea lo adecuado.
—Pero usted da asesorías a alumnos de aquí, eso no parecer ser tan malo.
—En la biblioteca, en horarios arreglados con los padres de esos alumnos.
—Bien, entonces lo busco en la biblioteca, ¿qué días va?
—Detente, Gojo —Yuji endurece un poco su voz, solo un poco. Satoru tiende a emocionarse demasiado y a querer avanzar por donde sea y no. Ya fue suficiente—. No voy a darte asesorías.
—¿Por qué? —esta vez Satoru lo mira con seriedad, se siente herido.
—Eres el mejor de todos, no las necesitas, no eres el primero de la escuela simplemente porque no te apetece.
—Entonces solo debo bajar mis notas, ¿así funciona?
—¿Qué es lo que quieres? Harás que me dé una jaqueca.
—Quiero compartir un poco de tiempo con sensei, no pido mucho.
Yuji se pierde un segundo en ese celeste atractivo como un imán y frota la punta de su lengua contra los dientes suspirando con pesadez, pensando de nuevo que palabras debería elegir para mantener las cosas en su lugar.
—Nos vemos diario, eso es suficiente tiempo.
—¿Soy una molestia para usted, sensei?
Yuji nota que el ánimo de su alumno decae y aunque poner límites es lo correcto, no le gusta que sea a costa de lastimarlo. Abre un pequeño cajón de su escritorio, saca un bombón de chocolate relleno de avellanas y toma la mano de Satoru.
El albino siempre tiene la piel fría, tal vez porque sus extremidades son largas, o porque es un dios de las nieves atrapado en el cuerpo de un jovencito, quien sabe. El profesor coloca el dulce, disfrutando del breve roce de sus dedos y se permite hacer una sonrisa casi imperceptible, aunque Satoru la ha notado, ¿qué cómo lo sabe? Porque sus pálidas mejillas se han coloreado un poco.
—No, no lo eres. Bueno, no ahora, pero a veces…
—Sensei, cumpliré dieciocho el mes que viene —saca el tema con rapidez, los ojos fijos en el más grande (al menos en edad), las aletas de su nariz se expanden y se contraen, está nervioso.
—Que bien.
—Quiero, quiero que me haga un regalo.
—Siempre que sea algo que esté al alcance de mi bolsillo.
Como profesor gana bastante bien, es una escuela privada después de todo, ha heredado la casa familiar donde hace años vivía con su abuelo, así que no debe pagar renta, pero sabe que incluso con su economía más o menos arreglada, no es competencia para el hijo de una corporación enorme que se dedica a la tecnología. Así que hay que pensarlo bien. La sonrisa del joven lo saca de sus pensamientos.
—No iba a pedirle algo caro, ni siquiera es algo que necesite comprarse con una tarjeta de crédito —suelta todo pícaro y se muerde el labio inferior—. Diría que, no tiene precio.
—Gojo —que mal le sienta tener que ser el villano y bajarlo de esa nube de lasciva imaginación que, es muy obvio, tiene, pero ni modo, el adulto (aunque los separen solo 6 míseros años de diferencia) es él—, no te pases de listo.
—¿Qué? ¿Qué se estuvo imaginando, sensei? —dice y entrecierra los ojos como un zorro que se está saliendo con la suya, y luego bate las largas pestañas con esa coquetería natural que tiene.
—No he imaginado nada, pero puedo adivinar, o casi, lo que ronda en tu cabeza.
Yuji cruza los brazos sobre el fornido pecho y se apoya en el respaldar de la silla, buscando mantener cierta distancia, después de todo no están a solas y no hace falta mucho para darle alas a ese adolescente desbocado. Satoru sabe aprovechar hasta la más mísera migaja.
—¿Y qué es lo que ronda mi cabeza, sensei?
—Toma —dice y le entrega una pila de fotocopias—. Se las llevas al tercero D en el segundo piso, gracias, Gojo.
Al joven se le apaga la alegría, pero aun así se niega a retirarse.
—Sensei —Yuji vuelve a mirarlo con estoica inexpresión, sabe que su alumno está usando un tono que raya en lo indecente—, lo único que deseo para mi cumpleaños, es que usted sea mi regalo.
Y antes de que el adulto pueda replicar pega un brinco y se va rápidamente. Yuji larga otro suspiro, contiene la respiración, porque siente que su pulso se ha acelerado y vuelve al trabajo y las planillas y las correcciones, intenta encaminar a su mente que en vez de trabajar quiere tirarse por ese tobogán de pensamientos nada puros y no, no puede permitirse derrapar de ese modo.
Durante varios días Yuji piensa y piensa. Conocer a Satoru desde que el chico tenía quince años tiene que haberle dado algo, tiene que haber aprendido en todo ese tiempo, junto a las charlas que el muchachito le saca cada que puede. Sabe lo que su alumno desea más que nada, y lo sabe porque se reconoce en esos ojos que lo anhelan, en esos cristalinos y enormes iris se ve a si mismo reflejado, a esos incendios que cada vez le cuesta más y más apagar. Pero no quiere, no va a ceder a la inmoralidad. Yuji es una persona de principios, no va a faltar a su vocación, a su compromiso como docente, no va a cruzar ninguna línea por muy atractiva y deliciosa que sea la recompensa.
Apenas inicia Diciembre, sale del trabajo y anda deambulando por algunos shoppings y negocios locales. Más o menos tiene una idea de como sorprenderlo, ¿esta mal darle un regalo? No debería, ¿verdad?
De regreso a su casa, otra vez con las manos vacías, se sienta frente al ordenador, piensa, piensa, busca, entra a e-Bay y se fija aquí y allí, hasta que encuentra algo que lo hace sonreír, si, eso podría ser, así que encarga uno, porque le parece bonito y adecuado.
Al día siguiente, llega temprano a la escuela y se reúne con algunos colegas en la cocina. Necesita tomar un café expreso para empezar el día bien despierto.
—Y entonces me mandó como tres cajas a mi casa —Kugisaki, la profesora de economía doméstica, está contando algo sobre uno de sus tantos pretendientes.
—Oh, si, ya sé a que te refieres. Son finos y bastante caros, pero creo que ese es el punto, demostrar que puede regalarte algo distinguido, ¿no? Ese tipo de regalos está de moda ahora —responde Shoko, la profesora de química orgánica.
Si Yuji fuera un perro tendría sus orejitas erguidas encima de su cabeza, ya que está atento al parloteo femenino. Es cierto, él también ha escuchado que eso se hace en estos tiempos. ¿Debería intentarlo? Después de todo, aunque el primer regalo elegido es algo que demuestra que conoce bastante bien a Satoru, no deja de ser casi una baratija, algo demasiado económico para el estatus del joven. Se lo plantea con seriedad, ¿sería demasiado? Ugh, su cabeza está hecha un lío. Tal vez lo sea, pero lo cierto es que realmente quiere sorprenderlo y no va a lograrlo únicamente con su primera elección. Por lo que les pide a sus compañeras que le indiquen donde se puede conseguir eso de lo que han estado hablando, y ellas le colaboran, claro. Le hacen bromas de que, que bueno, y que ya era hora que se pusiera en serio con alguien. Si supieran...
En un abrir y cerrar de ojos, ese esperado siete de Diciembre, finalmente llega.
Yuji está nervioso, en el auto tiene los dos regalos envueltos apropiadamente. Satoru lo ha estado acosando los últimos días, tanto que hasta Megumi, el profesor de matemáticas, lo ha regañado por venir tan seguido a la sala de profesores.
Satoru ha conseguido su número de teléfono, le ha escrito innumerables veces, le ha rogado para quedar en casa de su sensei. Se ha negado, todas y cada una de las veces, lo ha bloqueado incluso, aunque temporalmente, porque sería un pase directo a la ruina si alguien llega a enterarse de semejante cosa. Aunque tampoco es como si pudieran ir a un restaurante, u otro lugar de la pequeña ciudad, no, eso sería peor. Tiene que buscar un lugar neutro, donde ninguno sea capaz de cometer un error.
Lo cita en la biblioteca, a las ocho, que es la hora cuando cierran las puertas y no queda nadie más en el lugar. Sabe que se está jugando la cabeza, ¿pero que otra opción tiene? Bueno, la otra es decirle que no, pero no puede, mucho menos en su cumpleaños, y encima uno tan especial.
Yuji sabe demasiadas cosas del famoso clan Gojo. Los padres de Satoru pasan bastante de él, su padre vive de viaje de negocios, y su madre también, pero de ocio. El joven tiene una relación más cercana con su chofer, Ijichi, que con el resto de su familia de sangre. Son personas bastante frívolas, y que dejaron la crianza del albino en manos de nanas, mucamas y otros empleados de la mansión donde viven.
Yuji ha visto esa mirada derrotada que Satoru cubre con una sonrisita falsa, cada vez que hay una presentación, un acto, una reunión, y nadie viene por él, ni a festejarle, ni a mostrarle un poco de interés genuino. Yuji conoce esa soledad, porque sus padres murieron cuando él era muy pequeño, y su abuelo trabajaba para mantenerlos. No es lástima, tampoco pena, sino auténtica compasión, porque incluso si Satoru tiene dinero como para comprarse medio país, ni un solo billete llena esas ausencias y vacíos.
Pega un brinquito cuando dobla en un pasillo para acomodar unos libros y ahí está su alumno, como una sombra al acecho, enorme y silenciosa.
—¡Sensei! —Dice con alegría, con los ojos llenos de brillos y emoción.
Yuji sonríe, acomoda los libros y se devuelve adonde está el más alto.
—¡Dígalo, dígalo, dijo que lo diría!
—Feliz cumpleaños, Satoru.
El chico sonríe como el gato de Cheshire, porque la sonrisa parece que se le va a salir de la cara, y los pómulos se le colorean y se bambolea de un lado a otro. ¿Cómo puede ponerse tan feliz con un simple saludo? Esa es una de las cosas que a Yuji le aceleran el pulso, ese jovencito es simple y transparente, también es torpe y atropellado, y todo ese conjunto caótico que representa Satoru… es irresistible en muchos sentidos.
—¿Me da un abrazo, por favor?
Están solos, sin embargo, Yuji mira a su alrededor, con una cautela que raya en la histeria, pero es que ¡vamos! Está a solas ¡con un alumno!, debe haber quebrado al menos la mitad de las reglas y normas de la institución.
Yuji abre sus brazos y Satoru se prende como una garrapata y lo aprieta y lo estruja con una alegría desbordante y plena. Nunca habían estado tan cerca, ni tan pegados y al profesor se le prenden todas las alarmas, especialmente al sentir el aroma que exuda el joven cuerpo. Ha puesto esmero, huele exquisito. Tiene que ponerse en puntas de pie, por la diferencia de alturas, mierda, se siente tan bien.
—Satoru…
—Un ratito más, por favor, por favor, por favor.
Al fin lo suelta, sus rostros están demasiado cerca.
—Sensei, ¿me dará mi regalo ahora?
—Sí.
Satoru se pone rojo hasta las orejas, pero Yuji se gira y con la mano le indica que lo siga. Se trasladan a una pequeña oficina al fondo de la biblioteca, allí donde tienen archivos del año de Matusalén, en un costado hay un pequeño escritorio y dos sillas. Los paquetes, bellamente adornados con papel planco y moños plateados, reposan encima, al igual que un pastel blanco con detalles en celeste de tamaño chico, tiene un cartel de Happy Birthday encima y una velita plateada.
—Siéntate, Satoru —indica Yuji.
El chico está con la boca abierta, pero no por sorpresa, sino haciendo una mueca de absoluta decepción. Larga un suspiro y se sienta al lado de Yuji, sus rodillas rozándose, aún así siguen estando cerca.
—Espero que te gusten —dice su sensei con una sonrisa franca, cálida, y Satoru se deja arrastrar, incluso si aún no ha conseguido lo que realmente quiere.
Toma el paquete más grande, lo examina y lo abre rasgando el papel. Cuando finalmente se hace con la caja, sus ojos se vuelven a abrir a su máxima capacidad, y ahora sí está sorprendido.
—Wowww, ¡que lindo es! ¿Qué es?
—Es una lámpara de mesa —aclara Yuji divertido.
La lámpara es un Patamon, un personaje tierno y bonito de la franquicia Digimon. Es un artículo genial, cuando se enchufa, se enciende tocándole la cabeza y le brota luz de la pancita. Es en verdad un excelente regalo, a Satoru le fascina, porque es de parte de su sensei.
Va con el siguiente regalo, la caja es más pequeña, lo abre con desesperación y se encuentra con una cajita negra, de letras doradas, sabe que es de una de las chocolaterías más destacadas de la ciudad. Lo abre, y encuentra 7 bombones rellenos, seis contienen las letras de su nombre y el último un corazón. Mira a su profesor conmovido.
—Ese regalo es porque eres un glotón sin remedio, y como te gustan las cosas dulces... espero que los rellenos sean de tu agrado.
Yuji prende la vela del pastel, y le canta un feliz cumpleaños con bastante afinación, le recuerda que debe pedir tres deseos y al fin, el albino, sopla y la apaga.
—Es el mejor cumpleaños de mi vida —afirma el joven y mira a su profesor—. Sensei, muchas gracias por hacer todo esto por mí, jamás olvidaré todo esto, y también… Yuji, me gusta, me gusta mucho, estoy enamorado de usted desde hace tiempo, por favor —toma las manos del mayor y están algo temblorosas, por los nervios de lo que acaba de confesar—, dígame la verdad, a usted, ¿yo también le gusto?
Yuji no quiere mentir, pero decir la verdad tampoco es una opción, por lo que opta por permanecer en silencio. Satoru avanza, se inclina sobre él.
—Yo le gusto, ¿verdad?
—Satoru, no se trata de gustar o no, es que no es posible.
—¿Por qué?
—Porque no está bien, soy tu profesor, no es correcto.
—Ya veo, entonces, solo debo dejar de ser su alumno y ya.
—Satoru —saca sus manos de las de su alumno y las pone alrededor de ese agraciado rostro, cuyos ojos se están opacando de nuevo—, no te precipites. En apenas tres semanas más, vas a graduarte. Júrame que no harás nada descabellado o loco, anda, júralo.
El albino hace un puchero y frunce el ceño.
—¡Satoru!
—Ya, ya, está bien, está bien. Si me gradúo, entonces-
—Dije: no te precipites. Oye, nada nos apura.
Al chico los ojos le vuelven a brillar y mira a su sensei con un amor irremplazable y único, porque es el primero, porque se siente como si la primavera más linda del mundo le brotara en el pecho y le regara flores por todo el cuerpo.
—Yuji, te amo.
Y aquí es donde caen todas las murallas, los escudos, las barreras, todo se desmorona como un castillo de arena embestido por la marea.
Yuji se acerca, despacio, hasta que las distancias dejan de existir finalmente y sus labios se unen, ya no puede fingir, ni esconderse, ya no más.
Aunque las manos de Satoru siguen frías, su boca es caliente, y sus movimientos descoordinados, su respiración se agita y se están derritiendo con el primer beso que se permiten después de tanto esperar. Satoru se emociona, y se le quiere tirar encima y entonces Yuji tiene que volver a poner distancia.
—Suficiente —dice mientras se aleja, siente un poco de dolor, pero es necesario—. Por ahora, eso es todo.
—Entonces, ¿habrá más?
Yuji, sonríe y acaricia una de las mejillas ruborizadas del albino, un roce simple, cargado de afecto y promesas.
—Ya lo veremos...
