Work Text:

"Los pensamientos que tenemos no pueden ser entendidos sin nuestros sentimientos"
(Friedrich Nietzsche)
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¿El cómo pasaban mis días?
No fui consciente de ello... Hasta que comencé a olvidar su rostro. No fue de golpe. Primero fue su voz, luego su risa. Después, los pequeños gestos y ahora... Ahora su cara se difumina en mi memoria como si nunca hubiera existido.
Mate a Yuuji. No fue difícil.
No por nada soy el hechicero más fuerte. Aunque ese título a estas alturas, es una mierda. Ser "el más fuerte" implicó cargar con decisiones que nadie más podía tomar. Implicó cumplir su último deseo y aunque intenté convencerlo —de muchas formas, más de las que me gustaría admitir—, ninguna fue suficiente para doblegar su voluntad.
Era terco. Es decir, era un niño muy terco. Uno especial. Pensar en él todavía me resulta extraño.
¿Realmente merecía morir? Para mí, no. Para los altos mandos, sí.
Para él... Sí.
Yuuji lo pidió. Como el gran hechicero que era, contuvo a Sukuna hasta el final. Incluso cuando esa cosa se rehusaba a morir de una forma que consideraba patética. Yo me reí. Aún hoy me pregunto por qué.
¿Reír estuvo bien?
Nunca le pregunté si quería algo más. Si deseaba algo más y creo que sé por qué: tenía miedo. Miedo de escuchar algo que no pudiera darle, porque Yuuji era un joven. Un chico con una vida por delante. ¿Se enamoró alguna vez? ¿Tuvo su primer beso? ¿Soñó con algo simple, como vivir sin preocuparse por morir?
No tengo derecho a sentir tristeza. No cuando fui yo quien, con estas manos, detuvo su corazón. Ya no recuerdo su risa.
Ha pasado casi un año. Un año desde que asesiné a Itadori Yuuji.
Recuerdo la reacción de mis estudiantes.
Megumi fue el peor.
– ¡¿Qué derecho tenías?! ¡Era mi amigo! ¡Debiste decirme!
No lloré. Pero algo dentro de mí reaccionó.
– No estuvo solo, me tenía a mí.
– Odio esa parte de usted, Gojo-sensei. ¿De verdad cree que él quería morir?
Claro que no. Lo supe en el momento en que me acerqué. Sus manos estaban atadas. Selladas. Sus ojos cubiertos. Todo estaba bajo control y aun así... tembló. No por miedo a morir. Por mí y, sin embargo, no retrocedió.
– Yo solo respeté su última voluntad –dije entonces.
– Hasta el final eligió morir solo –respondió Megumi, con la voz quebrada–. No fui capaz de entenderlo... No pude salvarlo.
No respondí. Porque no había nada que decir. Más tarde, él mismo decidió no culparse. Pero sus ojos... Sus ojos decían lo contrario.
Yuuji me pidió algo. Un favor simple. Que le diera el botón de su uniforme a Megumi. Dijo que podía usarlo como amuleto o maldecirlo si quería. Que sería justo.
Nunca lo entregué.
Al principio, era un objeto insignificante. Un simple botón, pero con el tiempo... Se volvió todo. Mi castigo. Mi consuelo. Mi único vínculo tangible con él. A veces lo observo. El dorado tenue me recuerda a sus ojos, pero no es él. Nunca lo será.
Un día noté algo estúpido. No tenía fotos de Yuuji. No una donde estuviera solo. En todas aparecía con los demás. Sonriendo. Siempre sonriendo. Quise una solo de él. Para recordarlo. Para no perderlo y me sentí ridículo.
¿Por qué ahora? ¿Por qué cuando ya no estaba?
– Por favor... –le dije a Megumi– No quiero olvidarlo.
Creo que mi voz se quebró. Él lo notó y en silencio, me envió las fotos.
– Es... tierno –murmuré.
– ¿Tierno?
– Sí. Lindo.
En cada imagen, Yuuji sonreía como si el mundo no pesara nada. Como si vivir fuera fácil.
Nunca le di el botón, porque entendí algo demasiado tarde. No era para Megumi. Era mío. Egoístamente mío.
Con el tiempo, las maldiciones disminuyeron. El mundo se volvió más silencioso. Más vacío. Mis días se redujeron a papeleo, misiones menores, clases sin entusiasmo. Ninguno de ellos era Yuuji. Nadie lo era.
– Ha bajado de peso –dijo Megumi un día.
– Imaginaciones tuyas.
– Gojo-sensei...
– Estoy bien –mentía.
Estaba cansado.
Cansado de este mundo. Cansado de seguir.
– Ver a un viejo amargado no es agradable –añadió Nobara y yo sonreí.
– Nobara, siempre tan dulce.
– ¿Por qué porta un objeto maldito?
Parpadeé.
– ¿Eh?
Señaló mi bolsillo. Saqué el botón y por primera vez en mucho tiempo... me quebré. Reí, pero ya no era lo mismo.
– Era de Yuuji.
Megumi me observó en silencio.
– Necesita descansar.
No respondí, porque sabía la verdad. Ese objeto... no estaba maldito por Yuuji. Lo estaba por mí. Por todo lo que no dije. Por todo lo que no sentí a tiempo.
Esa noche soñé con él. Con su voz. Con su risa. Con ese tono ligero, casi infantil.
– Viva una larga vida, sensei. Lo estaré cuidando.
Desperté sobresaltado y entonces... Lo entendí.
No era solo mi estudiante, no era solo responsabilidad. No era solo culpa.
Yo lo amaba.
Lo amaba por quien era, por su bondad absurda. Por su forma de cargar con todo sin romperse, por seguir sonriendo incluso al borde de la muerte. Y nunca... nunca me permití sentirlo, porque yo era el más fuerte. Porque no podía fallar, porque amar implicaba perder y yo ya sabía cómo terminaba eso.
Ahora lo sé. Demasiado tarde.
Sostengo el botón entre mis dedos. Cierro los ojos. Intento recordar su rostro, pero se desvanece y eso... eso es lo único que realmente me destruye.
– Lo siento, Yuuji –mi voz apenas existe–. Estoy viviendo. Tal como pediste.
Pero no es una vida larga lo que me dejaste. Es una condena. Una en la que seguiré adelante. Sabiendo que, incluso si te olvido por completo, nunca voy a dejar de amarte.
Los días pasan, el tiempo sigue. Olvidar no es inmediato. Es un proceso silencioso, cobarde. Primero se van los detalles, luego la voz. Después la risa y finalmente... el rostro.
Esa noche soñé con su muerte. No como un recuerdo. No como algo distante. No. Lo viví otra vez.
El aire estaba inmóvil. Denso. Como si el mundo entero contuviera la respiración ante lo inevitable: muerte.
Yuuji Itadori estaba frente a mí. De rodillas, las ataduras marcaban su piel. Los talismanes vibraban con una energía que no dejaba espacio para errores. Sus ojos, cubiertos. Todo bajo control. Todo perfectamente ejecutado. Como debía ser.
Di un paso. Luego otro. El sonido de mis pasos rompía el silencio con una violencia absurda y entonces; tembló. Apenas, casi imperceptible. Pero lo hizo.
Mi mano atravesó la distancia entre nosotros.
Toqué su pecho, ahí estaba: Su corazón, latiendo, tranquilo. No acelerado, no desesperado. Tranquilo. Como si no estuviera a punto de morir. Como si confiara en mi.
– Sensei –su voz. Clara, sin miedo –. Gracias.
Gracias.
¿Por qué...? ¿Por qué me agradecía?
– Viva una larga vida –mis dedos se tensaron– Lo estaré cuidando.
Y sonrió. Yo...
Yo lo sentí.
Ese instante en el que todo podía romperse. En el que podía elegir. En el que podía desobedecer. En el que podía salvarlo.
Pero no lo hice.
La energía maldita se concentró en mi mano; precisa, letal. Irreversible. Atravesé su pecho. Sin error. Sin titubeo. Sin permiso para fallar.
Desperté.
El aire no entraba en mis pulmones. Mi cuerpo temblaba. Mis manos, mis manos aún recordaban la sensación.
No lloré de inmediato.
Primero vino el vacío, luego el frío y finalmente... el quiebre.
Tomé vacaciones. Por primera vez en años. No porque quisiera descansar. Sino porque, si seguía moviéndome, si seguía trabajando iba a terminar rompiéndome en medio de una misión y eso... Eso sí sería patético.
Regresé a las dependencias del clan Gojo. Silenciosas, inertes, vacías, como todo lo demás.
Me encerré en el almacén de objetos malditos. Filas interminables. Objetos cargados de odio, miedo, dolor, vínculos.
Eso buscaba: algo. Cualquier cosa. Un rastro. Una forma de atarlo a este mundo.
Como Yuta Okkotsu lo hizo con Rika Orimoto. Un amor convertido en maldición. Un vínculo que desafiaba la muerte.
Extendí mi mano.
La energía maldita respondió; ansiosa, hambrienta. Lista. Podía hacerlo, podía forzarlo, podía traerlo de vuelta. Aunque fuera de esa forma.
No.
Retiré la mano de golpe. Como si el solo contacto me quemara.
No.
Yuuji no era eso. No era odio, no era rencor. No era una maldición y yo no iba a reducirlo a algo tan miserable.
Yo...
Yo quería atesorarlo. No mancharlo.
Salí. Sin mirar atrás.
Esa noche no pude dormir. Así que hice lo único que alguna vez funcionó. Bajé al sótano que alguna vez compartimos. El viejo televisor seguía ahí. Las películas intactas.
Elegí una al azar: El sexto sentido.
Siempre me pareció deprimente. ¿Ahora? No tanto.
"En ocasiones, veo gente muerta."
Sonreí. Una risa seca. Vacía.
– Ojalá fuera tan simple.
Me quedé dormido.
– Sensei...
Abrí los ojos.
¡Ahí estaba! Yuji Itadori.
De pie frente a mí. Como siempre. Como si nada hubiera pasado.
– Se ve horrible.
Parpadeé.
–¿Perdón?
– Ha bajado de peso –frunció el ceño–. Y esas ojeras... Wow, ni en nuestras maratones de series quedaba así.
Reí. De verdad.
Por primera vez en... No sé cuánto.
– Vaya, qué falta de respeto.
– Se lo merece –se cruzó de brazos.
Molesto, preocupado. Igual que siempre.
– Pensé que me estabas cuidando –dije, casi en broma.
– Lo estoy haciendo –respondió sin dudar.
Mi risa se apagó.
– No te he visto.
– Porque no ha querido.
Silencio.
– Si no me cree... –añadió, encogiéndose de hombros– Revise el cajón de su escritorio.
Fruncí el ceño.
– ¿Eh?
– Le dejé algo.
Lo miré.
Quise decir algo más. Cualquier cosa.
Todo.
"Lo siento."
"Debí luchar más."
"No quería hacerlo."
"Te extraño."
"Te amo."
Pero ninguna palabra salió.
– Gojo-Sensei –su voz, más suave–. Viva una larga vida.
Sentí algo romperse dentro de mí.
– Se lo dije, ¿no? –sonrió.
Y entonces desperté. Llorando, pero sonriendo.
Fue un sueño, claro que lo fue.
Mi mente. Mi culpa. Mi deseo y aun así... tenía frío. Me quedé quieto. Mirando la nada. Sintiendo ese frío recorrerme la espalda. Igual que en la película.
Ridículo... ¿Verdad?
No lo pensé más. Desaparecí.
Mi oficina estaba oscura. Silenciosa. Intacta. Me acerqué al escritorio y entonces dudé. Ese cajón... nunca lo abría. Tragué saliva y lo abrí.
Al principio, nada; papeles, uno que otro caramelo, cosas inútiles. Entonces... una libreta. Pequeñita, de bolsillo, con un post-it.
Mis manos temblaron.
"Para que Gojo-sensei no se sienta tan solo."
Yuuji.
La abrí.
Recetas; simples, torpes. Dulces, demasiado dulces.
Sonreí.
Entre las páginas... chistes. Estúpidos. Nuestros y entonces una fotografía cayó. La tomé. Una polaroid. Él sonriendo y yo... Dormido en el sillón.
Le di la vuelta.
"Viva una larga vida, Gojo-sensei."
Mis labios temblaron.
"Porque yo lo estaré cuidando."
Apreté la fotografía contra mi pecho y entonces lo entendí: No era solo mi estudiante. Nunca lo fue.
No era deber. No era responsabilidad. No era solo culpa. Yo... lo amaba. Lo amaba por quien era. Por su forma absurda de salvar a todos. Por preocuparse incluso por alguien como yo. Y nunca... Nunca me permití sentirlo. Porque amar... era perder y yo ya sabía cómo terminaba eso.
Reí. Entre lágrimas.
– Qué problemático eres, Yuuji... – cerré los ojos–. Voy a vivir.
Mi voz apenas fue un susurro.
– Aunque duela.
Apreté la libreta. La fotografía. El botón. Todo lo que me quedaba de él.
– Pero esta vez... –respiré–. No voy a huir de lo que siento.
Porque incluso si el tiempo borra tu rostro, incluso si mi memoria te traiciona, hay algo que no va a desaparecer.
Nunca.
Que te amé y que, aunque haya sido demasiado tarde para decirlo... Esta vez, voy a vivir lo suficiente para no volver a callarlo.
"Prometí cuidarlo"
Morir no dolió.
Eso fue lo primero que noté. No hubo oscuridad inmediata, ni vacío absoluto, ni siquiera miedo. Solo... Silencio. Uno distinto, más ligero. Como si algo dentro de mí hubiera dejado de pesar.
Pensé que desaparecería. Que todo terminaría ahí. Después de todo, era lo correcto. Era lo que había elegido. Pero no fue así.
Abrí los ojos y lo vi. A Satoru Gojo. De pie, inmóvil. Con esa postura que siempre parecía despreocupada, pero que ahora se sentía rígida. Incorrecta. Sus manos... Manchadas.
Ah...
Entonces entendí.
– Sensei... –intenté llamarlo.
Mi voz no salió o tal vez sí. No lo sé. Di un paso. No sentí el suelo. No sentí mi cuerpo y aun así... Me moví.
– Viva una larga vida –le había dicho.
Lo recordé. Claro que lo recordaba. Sonreí en ese momento. Lo hice de verdad. Porque si alguien podía seguir adelante... Era él.
¿Verdad?
El tiempo dejó de tener sentido después de eso. No sé cuánto pasó; días, semanas. Tal vez meses. Pero lo observé. Siempre.
Al principio, no entendía. Pensé que era un sueño o una ilusión. O algo temporal. Pero no desaparecí. Y él... no estaba bien.
Se reía. Como siempre. Hablaba. Molestaba a los demás, pero algo estaba... Mal.
No comía como antes. No dormía bien y a veces... A veces se quedaba en silencio. Mirando nada. Como si algo faltara. Como si... yo faltara.
– Oye... –intenté otra vez.
Nada. Fruncí el ceño.
–No es justo –murmuré.
Él no podía oírme, pero yo sí podía verlo. Así que decidí quedarme. Porque lo prometí.
"Lo estaré cuidando."
No sabía cómo. No sabía si servía de algo, pero... No iba a irme.
Lo vi entrar al almacén. Sentí algo extraño. Como una presión. Una llamada.
Ah... Energía maldita, su energía. Por un segundo pensé, "No".
Negué. Con fuerza.
- ¡No!
No iba a dejar que hiciera eso. No conmigo. No así. Porque si volvía... si me quedaba... Si me convertía en algo, ese algo ya no sería yo y él lo sabía. Por eso se detuvo.
Sonreí.
– Bien hecho, sensei.
Aunque no pudiera oírme. Aunque no pudiera verme. Aún así... me escuchó.
¿Verdad?
Pasaron más días o lo que fuera que fueran. Hasta que bajó al sótano.
Las películas. Recordé esas tardes. Sin misiones. Sin presión. Solo...
Tiempo.
Se sentó. Eligió algo al azar.
"El sexto sentido".
– Qué mal gusto... –murmuré.
Y entonces... Se durmió. No sé cómo pasó, pero esta vez...
– Gojo-sensei...
Me escuchó. Sus ojos se abrieron. Directo hacia mí y sonrió.
– Se ve horrible.
Se rió y eso... Eso valió todo.
– Ha bajado de peso –añadí, cruzándome de brazos–. Y esas ojeras... Wow, ni en nuestras maratones de series quedó así.
Era más fácil así. Hablar como siempre, como si nada hubiera pasado. Porque si lo hacía serio... si decía lo que realmente quería decir... No iba a poder.
– Pensé que me estabas cuidando.
– Lo estoy haciendo –y era verdad.
Aunque no supiera cómo. Aunque no pude tocarlo. Aunque no pudiera hacer nada tangible. Yo estaba ahí.
– No te he visto.
– Porque no ha querido.
Silencio. Quería decirle tantas cosas. Que estaba bien. Que no se culpara.
Que no dolía. Que había válido la pena, pero sabía algo. Él no necesitaba eso. Necesitaba... Seguir.
– Revise su cajón –dije.
Parpadeó confundido. Sonreí.
– Le dejé algo.
Lo recordaba; la libreta. La había preparado hace tiempo. Como broma, como detalle. Como algo sin importancia, pero ahora... tal vez sí lo tenía.
Quiso hablar. Lo vi, pero no lo hizo. No hacía falta.
– Viva una larga vida.
Lo repetí, porque eso... eso era lo único que importaba. Después de eso ya no pude quedarme. No de la misma forma.
Lo vi despertar. Llorando y sonreí.
– Qué problemático...
Cuando se fue... Lo seguí. Siempre lo hice.
La oficina. El cajón.
Dudó.
– Ábrelo... –susurré.
Lo hizo y ahí estaba la libreta. Sonrió y entonces supe que iba a estar bien.
Tal vez no ahora. Tal vez no pronto, pero iba a vivir. Como prometió. Como le pedí.
Me acerqué, intenté... No pude tocarlo, pero no importaba.
–Sensei.
Mi voz ya no salió. Pero sonreí, porque aunque no pudiera verlo... Aunque no pudiera oírme... Yo sí estaba ahí y eso... Eso era suficiente.
Porque lo prometí y yo siempre cumplo mis promesas.
"Lo estaré cuidando."
Siempre.
