Chapter Text
"No puedes controlar el viento, pero sí ajustar tus velas"
(Séneca)
.
.
– Satoru, el jefe te llama –susurró una de sus colegas con evidente temor, como si se tratara de una sentencia.
– ¿A mí? –al arquear una ceja–. ¿Y dónde se encuentra precisamente mi verdugo?
– En gerencia.
Para cualquiera, aquellas palabras habrían sonado a advertencia. Un expediente abierto y seguramente, un discurso incómodo. Para Satoru, en cambio, fue poco más que una formalidad repetida y una pequeña variación más en su rutina.
Podría decirse que sospechaba la razón por la cual lo habían citado y, a decir verdad, no podía importarle menos. ¿Cuántas veces iban ya? ¿Tres? ¿Cuatro? Había perdido la cuenta. Además, el no obligaba a nadie a pelear por su atención. Si los extras decidían montar escenas por provocaciones imaginarias, ¿era realmente su responsabilidad?
Con sus apenas veinticinco años y una seguridad que rozaba la insolencia ante su autoproclamada inocencia, avanzó hacia el ascensor con paso firme, casi coreográfiado. Pulsó el botón sin prisa.
Podría usar las escaleras, claro. Pero, ¿por qué renunciar al pequeño ritual? Aquel ascensor era un santuario de espejos, un cubo brillante donde cada superficie parecía conspirar para favorecerlo. Una cuarta dimensión dedicada exclusivamente a exaltar su figura, Satoru lo sabía y no dudaba en sacar provecho.
El interior lo recibió como siempre: espejos en cada ángulo, reflejos multiplicados hasta el infinito. Una cámara de ecos visuales donde su imagen se repetía una y otra vez, perfecta, intacta, inmutable.
Mientras ascendía, inclinó apenas el rostro y alzó el móvil. Una foto, luego otra. La luz era perfecta. Siempre lo era ahí dentro y sus seguidores que no eran pocos para un simple empleado de ventas, agradecerían el contenido. Porque sí, podía ser un trabajador común pero su belleza no lo era. Nunca lo había sido y, en el reflejo multiplicado de los espejos, Satoru parecía menos un trabajador y más una presencia que el lugar apenas podía contener.
Gerencia lo esperaba, sin embargo, nada en su expresión demostraba preocupación, solo curiosidad.
– Nanamin~ ¿Me llamabas? –canturreó Satoru mientras abría la puerta sin tocar. Un hábito que su jefe le corregía como si recitara un mantra de buenos modales y, por supuesto, esta vez no fue la excepción.
La mirada de Nanami se alzó lentamente desde los documentos sobre su escritorio. No sorpresa, no enfado visible. Solo esa severidad impecablemente planchada que lo caracterizaba.
– ¿Cuántas veces debo recordarte que toques antes de entrar?
Satoru sonrió, ignorando la reprimenda anticipada.
– Pierde la emoción si aviso –respondió Satoru, cerrando la puerta tras de sí con despreocupación. Tomó asiento sin que se lo ofrecieran. Se recostó y cruzó una pierna.
Su mirada, descaradamente indiscreta, se detuvo en el pectoral del hombre frente a él. Podía ser su jefe directo, pero debía admitirlo: Nanami Kento tenía un porte hipnotizante. Demasiado sobrio para su gusto, sí, pero atractivo sin dudas.
– Satoru, saca las manos de los bolsillos y siéntate recto, por favor.
El aludido rodó los ojos, aunque obedeció con un puchero exageradamente fingido.
– ¿Cuántas veces tengo que corregir tu postura?
Satoru desvió la mirada, examinando el despacho como si encontrara algo fascinante en las paredes. Se encogió de hombros en respuesta.
– He recibido quejas.
– ¡Qué novedad! –Satoru inclinó la cabeza–. Esta vez, ¿cuál fue el motivo? ¿Celos? ¿Distracción? ¿Corazones rotos? ¿Sentimiento de inferioridad?
Nanami exhaló con paciencia medida.
– Por conducta inapropiada.
– Eso es muy ambiguo.
– Coqueteas con clientes, provocas conflictos entre compañeros, desobedeces protocolos básicos. –la voz de Nanami no subió de tono, pero se volvió más firme–. Y actúas como si nada tuviera consecuencias.
Satoru apoyó el codo en el reposabrazos y sostuvo por fin la mirada de su jefe. Azul contra marrón.
– ¿Y si las tiene? –la pregunta no era para nada inocente. Nanami entrecerró sus ojos apenas.
– Eres mi mejor elemento –continuo Nanami–. Tu rendimiento supera a todos y tus cifras son sobresalientes. Por eso sigues aquí.
– Sabia que me apreciabas –al sonreír con autosatisfacción.
– No lo confundas con indulgencia –una respuesta inmediata provocando que la sonrisa de Satoru vacilara apenas.
Kento se levantó. Rodeó el escritorio y se detuvo frente a él, lo suficientemente cerca como para invadir su espacio personal sin tocarlo.
– Tu talento Satoru, me temo que no te hace intocable –al suspirar tras hacer sonar su cuello con pesadez–. No todos los conflictos que provocas son inofensivos.
Silencio.
Gojo le sostuvo la mirada desde su puesto, pero algo en su expresión cambio. No era miedo, no exactamente.
Interés.
– Eres un dolor de cabeza constante.
– Pero soy tu mejor dolor de cabeza, ¿no? –replicó Satoru con media sonrisa.
– Satoru Gojo –el tono fue suficiente para hacer enderezar al albino–. Hay dos demandas formales en tu contra. Acoso y mala praxis comercial. Recursos Humanos ya intervino. Desde este momento, quedas desvinculado de la empresa.
Se produjo un silencio. Uno pesado. Irreal.
– ¿Perdón? –parpadeó–. No estarás hablando en serio.
– Lo estoy.
– ¿Me estás despidiendo? ¿A mí?
– No es una decisión impulsiva.
– ¿A MÍ? –estalló, poniéndose de pie de golpe–. ¡Tus números existen por mí! ¡Tu ascenso existe por mí!
El golpe sobre el escritorio hizo vibrar la pluma de Nanami.
– Las metas trimestrales, el viaje a Malasia, el reconocimiento regional... Todo fue gracias a mis ventas. ¡Yo sostengo esta empresa!
Nanami también se enderezó y entonces la diferencia se hizo evidente: Satoru ardía. Nanami quemaba en silencio.
– No confundas rendimiento con impunidad –respondió, la voz más grave de lo habitual–. Te he cubierto demasiadas veces.
Satoru se quedó quieto un segundo.
–¿Cubierto?
– He suavizado quejas, he mediado conflictos, he archivado advertencias –cada frase era medida, más no fría–. ¿Sabes cuántas veces puse mi cargo en juego por ti?
– No te pedí que lo hicieras.
– No, claro que no –la paciencia empezó a resquebrajarse–. Tú nunca pides nada. Tomas, provocas y cuando el incendio empieza, sonríes como si no fuera tu problema.
– ¡Porque no lo es! –replicó Satoru, señalándolo con el dedo–. No es mi culpa que la gente no soporte perder.
– No se trata de perder –Nanami dio un paso al frente–. Se trata de límites.
El espacio entre ambos se redujo peligrosamente.
– Coqueteas con clientes comprometidos, ridiculizas compañeros frente al público, prometes beneficios que no siempre están por escrito esperando que alguien más asuma la responsabilidad de responder.
– Consigo resultados –rebatió con urgencia.
– Estás generando riesgos legales.
Satoru soltó una risa breve, incrédula.
– ¿Ahora te importan más dos demandas de mierda que todo lo que he construido aquí?
– Me importa porque esto dejó de ser manejable –eso sí lo golpeó.
– Así que... ¿Me sueltas? ¿Así de fácil? ¿Después de todo?
La frustración ya no era rabia pura, había algo más, algo herido. Nanami apretó la mandíbula.
– No fue mi primera opción –confesó con pesar.
– Pero es la que elegiste.
Más silencio. La tensión dejó de ser solo laboral, era personal. De orgullo, de traición.
– Eres brillante, Satoru –admitió Nanami, casi con dureza–. Pero eres irresponsable y no puedo seguir sosteniéndote cuando tú no te tomas en serio tu trabajo.
Satoru lo miró fijamente, respirando agitado.
– Tal vez nunca necesitaste sostenerme.
– Tal vez nunca entendiste que lo estuve haciendo todo el tiempo.
Esa vez el silencio fue distinto, más crudo, más honesto y sin saberlo, mucho más peligroso.
El silencio seguía vibrando entre ambos, donde uno buscaba mantener la calma y el otro se esforzaba en que la verdad no sea arrancada a la fuerza. Satoru soltó una risa breve, amarga.
– ¿Sostenerme? Ni que fuera un niño, Nanami.
– Nunca dije que lo fueras.
– Entonces deja de tratarme como si necesitaras salvarme.
Nanami apretó la mandíbula. Durante un segundo pareció debatirse entre callar o cruzar una línea que no tendría regreso.
Pero Kento no era un hombre de dudas, y la cruzó.
– No lo hacía solo por la empresa –Satoru frunció apenas el ceño.
El aire cambió.
– ¿Qué?
Nanami sostuvo su mirada. Ya no había distancia profesional en sus ojos. Solo cansancio y algo más visceral.
– No archivaba las quejas únicamente porque fueras el mejor vendedor. No negociaba con Recursos Humanos solo por los números –su voz comenzó a flexibilizarse de repente–. Lo hacía porque eres tú.
Satoru no parpadeó.
– ¿Qué significa eso?
– Significa que fui parcial –admitirlo parecía costarle–. Significa que toleré cosas que no debía, que justifiqué actitudes que, en cualquier otro empleado, habría sancionado sin dudar.
Satoru tragó saliva, pero su orgullo no le permitió retroceder.
– ¿Y por qué?
Nanami exhaló lento.
– Porque me importas más de lo que debería –la confesión no fue dramática. Fue directa, honesta, áspera. Satoru sintió el golpe más fuerte que cualquier despido.
– Eso es ridículo –murmuró, aunque su voz ya no tenía la misma seguridad, más aún sabiendo la cantidad de veces que entre bromas le coqueteaba pensando que tal vez él tenia el control, que no era nada serio, ¿o si?
– Lo sé –Nanami dio un paso atrás esta vez, como si necesitara recuperar el control volviendo así a su escritorio–. Soy tu superior. Debí mantener distancia. Pero cada vez que entrabas aquí, cada vez que sonreías como si el mundo no pudiera tocarte... –hizo una pausa mínima–. Quise ser quien se asegurara de que realmente no pudiera hacerlo.
El orgullo de Satoru vaciló.
– No necesito que me protejas, no te pedí eso, así que no esperes que te lo agradezca.
– No –Nanami lo miró con firmeza–. Pero eso no cambia que quise hacerlo.
El silencio que siguió no fue de rabia. Fue de exposición. De algo demasiado personal para una oficina.
– Entonces no me despidas –dijo Satoru, casi como un desafío, casi como una súplica disfrazada.
Nanami cerró los ojos un instante.
– Precisamente porque me importas, no puedo seguir siendo tu escudo. Si me quedo protegiéndote, te destruirán cuando yo ya no esté en posición de hacerlo.
La distancia entre ellos ya no era física, era emocional, y por supuesto, mucho mas difícil de cruzar.
– Satoru, toma asiento, por favor –insistió Nanami con una calma cautelosa. Se quitó los anteojos y los dejó a un costado del escritorio, como si necesitara ver aquello sin filtros–. Dada la cantidad de conflictos internos, Recursos Humanos está evaluando tu salida de manera inmediata. Es preciso que sepas que si investigan las acusaciones, encontrarán la forma de desvincularte bajo el artículo 160 del Código Laboral. Lo que significa-
– No necesito que me lo expliques como si fuera un junior –añadió, herido–. Solo dime si ya decidiste dejarme caer.
Por primera vez, Satoru no estaba sonriendo, ya que ese artículo significaba: término de contrato sin derecho a indemnización por años de servicio ni sustitutiva del aviso previo.
Nanami lo observó en silencio, sosteniendo la mirada sin vacilar.
– No voy a cambiar la decisión –Satoru sintió el impacto, pero no apartó la vista.
– Claro. Porque eres racional cuando te conviene.
– No –respondió con firmeza–. Soy racional incluso cuando me duele –el silencio fue breve, pero cargado. Nanami continuó, sin esconderse detrás del escritorio esta vez–. Sí, me importas. Más de lo profesional, más de lo apropiado y precisamente por eso no puedo seguir siendo tu jefe.
No hubo titubeo.
– Recursos Humanos ya tiene argumentos suficientes para invocar el artículo 160. Si permiten que la investigación avance, te irás sin indemnización y con antecedentes internos que complicarán cualquier recomendación futura –Satoru apretó los dientes.
– Entonces ya decidiste sacrificarme antes de que lo hagan ellos.
– Decidí proteger lo que aún puedo proteger –Nanami tomó una carpeta del escritorio–. Negocié tu salida como renuncia voluntaria con acuerdo mutuo. Recibirás indemnización proporcional y carta de recomendación por desempeño comercial.
Eso sí lo tomó por sorpresa.
– ¿Qué?
– Es lo mejor que puedo ofrecerte sin exponerte más.
Satoru bajó la mirada un segundo. Solo uno. Tenía el orgullo herido, pero su mente funcionando, después de todo sabía que su jefe tenía razón. Si Recursos Humanos intervenía formalmente, lo destrozarían.
– Así que este es tu acto final de caballerosidad —murmuró, no sin cierto cinismo.
– No –replicó Nanami con serenidad–. Es mi último intento de que no te cierren puertas.
El silencio ya no era explosivo. Era resignado. Nanami tomó una tarjeta del cajón, la cual deslizó sobre el escritorio.
– Este es el contacto de un director de agencia. Me debe un favor.
Satoru frunció el ceño.
– ¿Una agencia?
– Modelaje –la palabra quedó suspendida–. Tienes presencia, carisma, imagen. Lo sabes. Yo lo sé, el mundo entero lo sabe –Nanami lo observó con calma—. En ese ámbito, lo que aquí genera conflictos... Allá es una ventaja.
Satoru miró la tarjeta, pero no la tomó de inmediato.
– ¿Me estás echando o redirigiendo?
– Ambas cosas –directo, sin adornos–. No naciste para este lugar –añadió–. Y si te quedas, tarde o temprano alguien va a destruir lo que tienes por puro resentimiento.
Satoru levantó la vista, ya no había rabia. Había algo más complejo.
– ¿Y tú? –preguntó, más bajo–. ¿También crees que no nací para quedarme? ¿Después de todos mis resultados?
Nanami sostuvo la mirada.
– Creo que mereces un escenario más grande del que yo puedo ofrecerte –y eso fue lo más honesto que pudo decirle en toda la conversación.
Satoru tomó finalmente la tarjeta, la sostuvo entre los dedos.
– Sigues sosteniéndome, ¿eh? ¿Así lo habías dicho?
– No – negó apenas–. Esta es tu elección. Yo solo te abrí una puerta –un silencio final–. Acepta el acuerdo –añadió Nanami empujando los documentos hacia el albino–. Es la mejor opción para tu finiquito y para tu futuro.
Satoru asintió despacio, con su orgullo intacto aunque su corazón golpeado.
– Está bien –dijo al fin–. Pero no creas que esto termina aquí –se dio media vuelta. Caminó hacia la puerta con la misma seguridad con la que había entrado tantas veces. Pero esta vez no se detuvo para provocar. No canturreó. No bromeó. Cuando su mano tocó el picaporte, la voz de Nanami lo alcanzó.
– Satoru –el mencionado se detuvo, solo un segundo–, no desperdicies lo que eres.
– Tu tampoco –y salió. La puerta no se cerró con fuerza pero el sonido del cierre fue definitivo.
Nanami sonrió, lo sabía. Era una despedida.
Con el tiempo entendió que las luces blancas del estudio no se parecían en nada a los fluorescentes de la empresa. Aquellas no vigilaban; no juzgaban, no corregían. Simplemente, iluminaban.
No había quejas internas.
No había Recursos Humanos.
No había artículos del código laboral.
Solo había cámaras.
– Mentón un poco más alto, Gojo –pidió el fotógrafo sonriente al ver el monitor–. ¡Eso es! ¡Perfect!
No necesitaba instrucciones, necesitaba confirmación. El modelaje no le pedía que bajara el brillo; le exigía que lo amplificara.
En el mundo del modelaje, la provocación es capital. Una mirada intensa es virtud. El coqueteo, herramienta fundamental y el ego no era problema, mucho menos un defecto, es producto, mercancía y Satoru, sabía vender. La agencia había resultado ser legítima, por sobre todo, rentable.
Su rostro ya circulaba en campañas digitales, vitrinas y redes sociales. Lo que antes generaba celos, ahora traía contratos. Donde antes había murmullo, ahora había cifras.
"Presencia magnética", lo habían descrito. "Estrella en ascenso", dijeron otros.
Nanami había tenido razón y eso era lo que más le molestaba admitir. Porque cada vez que alguien le decía: "Eres perfecto para esto", podía recordar a Nanami diciendo: "No naciste para este lugar", y entonces ya no era un halago, era una sentencia. ¿Por qué le costaba tanto admitir que el rubio había tenido razón?
– Cinco minutos de descanso –anunció Yuu Haibara, quien se desempeñaba como manager de Gojo. Siempre entusiasta, siempre alegre–. ¡Lo estas haciendo genial!
Satoru tomó su teléfono. Notificaciones, propuestas, invitaciones. Marcas que antes lo habrían ignorado ahora competían por su atención. Tenía que enfocarse.
El estudio olía a metal caliente, maquillaje, cremas. No era una tienda, no era una oficina, no había escritorios que lo contuvieran ni paredes que lo limitaran. Había espacio, demasiado.
– Si aceptas un consejo –dijo Geto, su estilista, ajustando apenas el cuello de su chaqueta luego de acomodar un mechón de su cabello–, no fuerces la mirada. No necesitas hacerlo. Confía en ti.
Satoru casi sonríe, porque relajarse no era el problema. El problema era decidir cuánto de sí mismo soltar.
Se colocó frente a la cámara. La chaqueta negra abierta dejaba ver el cuello expuesto, líneas limpias. No había clientes que impresionar ni compañeros que irritar. Solo un lente. Solo flashes.
– No coquetees con la cámara, cariño –el fotógrafo, Miguel, e hizo una pausa, inclinando la cabeza, evaluando su postura–. Domínala.
Algo en esa frase le molestó. ¿Dominarla? Elevó apenas el mentón. Bajó la intensidad de su sonrisa. Dejó que el azul de sus ojos se volviera frío, calculador. Miguel sonrió complacido y entonces..
Click.
No seducía, evaluaba a su presa.
Silencio y entonces...
Click.
– ¡Perfect, pretty boy! –exclamó Miguel, emocionado por ese diamante en bruto.
Satoru no estaba jugando; estaba reclamando espacio, territorio, reconocimiento. Durante el descanso escuchó el nombre con quien actualmente rivalizaba.
– Si este proyecto funciona, podrías competir por la campaña que normalmente toma Toji Zenin –Haibara lo creía capaz, porque, después de todo Satoru fue recomendado por Nanami.
– ¿Toji Zenin? –repitió como si lo estuviera probando.
– Es el rostro más fuerte de la agencia. Marcas de lujo, relojerías, editoriales trabajan con el. Toji no sonríe, él dice que no lo necesita, y aun así vende más que cualquiera –informó con emoción–. Me han llegado rumores de pasillo, ya que has causado tanto revuelo en estos meses al parecer su representante quiere hacer una colaboración contigo –afirmó todo emocionado.
Interesante. Satoru pidió ver su portafolio. Las fotos de Toji no eran llamativas; eran contundentes.
Postura firme, mirada que no pedía permiso ni aprobación, cero esfuerzo visible, y a cambio se percibía una fortaleza contenida. Una confianza tal que no necesita ser validada.
Satoru sostuvo el iPad más de lo necesario. Estaba seguro de conocer ese nombre. Lo había visto años atrás, en revistas que hojeaba sin admitir por qué. Toji no era estridente, era inevitable y sí, Toji era exactamente su tipo.
– ¿Ese es el estándar? –preguntó, analizando la postura imponente pero relajada en la portada.
– Diría más bien, el referente.
Una chispa se encendió, no de celos. Era ambición, hambre. Si Toji era el modelo que las marcas respetaban, entonces él sería el modelo que no podrían ignorar.
Regresó al set distinto, la segunda ronda de fotos fue más silenciosa. Menos sonrisa, más presencia. No seducía, acaparaba.
El clima a su alrededor cambió. El equipo lo notó. Nadie dijo nada, pero todos lo sintieron. Mientras la cámara disparaba, un pensamiento se deslizó inevitable: "No naciste para este lugar."
Nanami lo había dicho como despedida. Satoru decidió convertirlo en desafío.
Si iba a brillar, lo haría tan alto que incluso desde una oficina sobria, alguien tendría que verlo en una portada, y sabía justamente quién sería ese alguien: Nanami Kento.
El desafío apenas comenzaba.
