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Heavens were laughing as we danced

Summary:

"Las sirenas son los monstruos más temidos del mar", es lo que Bucky ha leído en leyendas y escuchado en las anécdotas que los navegantes susurran entre ellos para atemorizarse antes de zarpar, el tipo de realidad que ningún pirata cometería el error de ignorar.

Hasta que un día, el canto de sirena lo llama a vivir.

 

sambucky week 2026 — day 6: pirate/siren.

Notes:

¡EDITADO!

Anoche no daba más, pero construí mejor el escenario de esta historia y agregué los elementos que deseé desde el inicio. Una disculpa y la promesa de un futuro smut de este universo, why not.

Aclaración: utilicé la descripción original de las sirenas (no iba a perder la oportunidad de una sirena alada con Sam Wilson, saben). ¡Disfruten la lectura!

Work Text:

Heavens were laughing as we danced

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“Aquí yace James Buchanan Barnes”, imagina que será ésa la forma con la que su placa conmemorativa iniciará una vez que el grupo vuelva a casa, sin él, cargando consigo nada más que su equipaje abandonado, ropas sucias a las que su madre llorará y cartas con despedidas incompletas que nunca tuvo tiempo de finalizar entre tormentas apenas libradas y asaltos inesperados de un gobierno que agrega un cero más a cada una de las cabezas a bordo del Centinela de la Libertad.

Tal vez, no existirá ninguna placa porque el grupo no volverá a casa. No pueden. Dos años fugitivos de las autoridades a las que alguna vez sirvieron antes de descubrir su relación directa con la red de esclavitud les impiden tocar tierra, especialmente su tierra, sin ser inmediatamente apresados y colgados en la horca. 

“Aquí yace James Buchanan Barnes”, piensa de cualquier modo mientras la fuerza de su herido cuerpo apenas puede retener la tabla bajo sus brazos, aferrado a un trozo más roto que la esperanza de un regreso a la casa que añora y no volverá a ver nunca más. “Otra alma en el mar, otro nombre que la historia olvidará”, al abrir los ojos, sólo ve agua y noche, una oscuridad que se extiende tan inmensa en mar y cielo que no le sorprendería caer al abismo en cualquier instante de su naufragio.

Los Howling Commandos, nombre que adoptaron en su cruzada para desmantelar las redes de esclavitud impulsadas por el gobierno, probablemente lo han dado por muerto. Fue una emboscada desafortunada, lamenta, mas la rabia supera el consuelo que no merece sentir incluso en los últimos momentos de su combativa vida: debió verlo venir

Debió ser más rápido. Debió ser más fuerte y ágil e inteligente, debió recordar que la vida no era un obsequio, sino una batalla continua cuya victoria nunca estaría segura hasta asestar el último golpe. Todos lo sabían. Y él, tan cansado de las batallas, cometió el error de ser lo suficientemente descuidado para que el punzón del enemigo atravesara su brazo izquierdo y lo arrastrara a la profundidad del océano.

Lo último que escuchó, fue el grito de Steve llamando por él.

Lo último que vio, fue el cielo perdiendo el último destello del sol.

Después, negado de la compasión de una muerte rápida, cayó del borde de la cascada a la que empujaron la nave gubernamental durante el enfrentamiento, cayó entre rocas y corriente y trozos de un bote destruido al que se sujetó en la violenta marea del inestable pero fiel compañero al que perteneció desde su niñez: el mar… siempre supo que sería el mar donde iría a encontrar su final.

“Aquí yace James Buchanan Barnes. En el mar, donde las almas vagan sin tocar el sol”.

 

Vive.

Es pronunciado como un suspiro lejano, una petición onírica que traspasa la inconsciencia de su agotamiento resignado a fallecer ahogado o padecer la agonía de convertirse en alimento de aves carroñeras, imponiéndose a la desesperanza con la fuerza del viento que golpea su rostro y trae consigo el repentino dolor de absolutamente todo: su brazo desgarrado, las fracturas de la caída, la sed y el hambre y la tristeza abismal de que esto es lo último que tendrá en su vida, dolor y mar, arrepentido por siempre de haberse permitido caer en batalla y no triunfar en ella; o peor aún, arrepentido de haber marchado a la guerra en primer lugar.

— Duele —lamenta y su mano se extiende por la madera, reflejo del instinto de supervivencia actuando en lugar de la rendición.

No halla la madera que lo sostuvo durante el doloroso naufragio, sino carne viva y cálida.

Vive, repite la voz lejana, suave y compasiva, envolviéndolo como una manta de hogar, calor que recorre su débil brazo en un firme agarre de piel, aunque no puede ver nada, está muriendo y todo es oscuro, así que no distingue el mar del cielo, sino que mantiene los ojos cerrados y simplemente espera por la desaparición absoluta del dolor.

Vive, transmite el calor y su repentino llanto lava el salado mar de su rastro, pues el sueño suena similar a una canción antigua que le sacude su corazón y lo convence de que hay esperanza en ello, en vivir, en volver a casa, en abrir los ojos y ver el cielo una vez más.

Vive, viajero, este no es tu fin.

El sol golpea su vista cuando intenta enfocar la raíz del canto y, si no fuera por el dolor que aún sacude su cuerpo en los aires o por los pecados cometidos en la lucha de la libertad, James Buchanan Barnes creería que ha muerto y el cielo tuvo la indulgencia de llamarlo a sus puertas, pues la voz proviene de un ángel que lo sujeta lejos del mar.

— Eres… —parpadea, inclinándose a uno de los brazos que lo sujetan—, ¿un ángel...?

El aleteo de las doradas alas emplumadas le obsequian un suspiro de vida instantánea que le devuelve la razón y, con la razón de un marino que no despide la batalla ni siquiera al enfrentar la muerte, surge el terror del destino que ha hallado en el mar.

El peor destino que podría esperar a un pirata, corsario o incluso a un respetable navegante que sabe mejor que hacer oído sordo a las leyendas de mensajeros del Inframundo ocultos en las zonas rocosas del inmenso cielo acuoso.

— No, no un ángel, eres-, —la melodiosa risa del ave mitad hombre interrumpe la acusación, los brazos lo envuelven como serpientes que amenazan con asfixiarlo y comerlo ahí, en los aires, sin dejar cuerpo que yazca en el mar o en el reino de los cielos, o al menos, es lo que su instinto cree.

— Sssh…—la burla inicial se torna un susurro, la opresión de los brazos vuelve a ser un consuelo, la visión de un rostro oscuro que lo observa desde la posición del sol le dedica una sonrisa de dientes divididos que lo hace considerar por un instante, delirante y esperanzador instante, que es verdaderamente un ángel y no el temido mercenario mítico que protagoniza las leyendas susurradas con temor en las tabernas de hombres sin tierra.

Duerme, viajero, y vive mañana. No debes temer.

Eres una sirena, es la acusación que muere en sus labios cuando da la bienvenida al sueño en el que el canto lo ha sumergido, consolado por la entonada mentira de la mítica criatura que los navegantes aborrecen.

No debes temerme, te ayudaré a vivir, cantó el hombre alado, y la posible muerte nunca pareció tan simple, tan celestial, para un hombre como James Buchanan Barnes.

 

Al soñar, Bucky vuelve a casa.

Entre los puertos que recorre, él no es un cadete desertor, no es el vigía Winter Soldier, apodo que ha cruzado los mares de una embarcación tras otra debido a la fría y temida puntería de sus proyectiles, en casa no es un pirata por consecuencia más que por profesión, no hay batallas ni guerras ni ángeles que reclaman su último aliento.

En casa, Bucky es sólo Bucky, el mayor de cuatro hermanos, el productivo hijo con la misión de proveer y cuidar, talentos tan arraigados a su naturaleza que encuentran una extensión de cuidado en Steve, aun incluso después de que Steve dejara de necesitarlo.

En casa, Bucky lee sobre tierras míticas que los marineros hallan al caer de los bordes del mundo, sueña criaturas de capacidades tan inmensas como el mismo mar, habla de ellas con Steve y lo escucha expresar ideales sobre libertad, sueños y el propósito humano de servir a un propósito mayor, contagiando su naturaleza simple de una visión en la que pueda ser más que un cuidador; quizá, un héroe del que los juglares canten ante cortes reales y obras le sean dedicadas en las plazas de la ciudad.

El sueño dentro del sueño es ridículo, sabe Bucky, pero aún deja que la melodía lo envuelva y lo aparte del dolor, llevándolo a casa en un sueño, una fantasía, una tregua que se le ha permitido antes de morir.

Quizá, las sirenas realmente son ángeles.

En la casa onírica que el canto creó para él, Bucky desea poder contárselo a Steve y dejar que la pequeña Becca se una también al relato de su experiencia cercana a la muerte para compartir el hallazgo más importante de su vida entregada al mar.

— Las sirenas son ángeles…

La melodía quiebra ligeramente, mas el encanto de la risa que se desliza entre las notas es abrumadoramente más dulce y cálida que el canto entero, así que Bucky mira al cielo desde casa y trata de distinguir las alas doradas que dan vida al sol en sus sueños.

 

Vive.

Contra todo pronóstico, herida, ahogamiento y posterior secuestro en las garras de una criatura del mar cuya existencia es atraer marineros a la muerte, él despierta tendido en una superficie suave de mantas y dos sombras se inclinan sobre él en la oscura habitación, comparten sonrisas brillantes que se burlan de su apariencia desaliñada mientras juegan a provocarle un estornudo con una pluma suelta.

Antes de que pueda entender dónde está y quiénes son los niños de traviesas intenciones, Bucky estornuda y una inmediata queja le comprime el pecho ante la corriente de molestia que recorre su cuerpo entero.

Molestia, nota, no dolor.

— Cass, AJ, ¿esto es lo que significa “cuidar” para ustedes? —los niños se apartan de la cama inmediatamente.

— ¡Cass me retó! —chilló la voz más aguda, siendo retado al instante por el mayor de ellos, hasta que la voz del hombre cortó la pequeña discusión con un: “fuera, demonios, no recibirán ni una sola moneda prometida”, quejas instantáneas, un suspiro resignado seguido de una suavidad a la que Bucky reacciona desde sus entrañas, “está bien, les daré la mitad del pago por su casi buen trabajo”.

Cuando los niños festejan y salen corriendo, la luz de la mañana en el exterior iluminan al dueño de la sonrisa dividida que admiró en los cielos.

Encanto y terror convulsionan sus músculos al intentar buscar su espada por puro reflejo, ocasionando una punzada de dolor en su hombro izquierdo que lo desploma de vuelta en la cama.

— N-No te acerques, ¡te lo advierto! ¡Eres-!

— Creí que las sirenas éramos ángeles —lo interrumpe el hombre, cerrando la puerta y yendo al otro extremo del cuarto para humedecer un trozo de tela.

Durante los primeros segundos, Bucky no tiene idea alguna de a qué se refiere, tentado a responder: no, las sirenas son demonios del mar que asesinan a los marineros sin piedad, pero entonces, el sueño del puerto de su hogar resplandece como una memoria que consuela la tensión de sus heridas, sustituyendo el momentáneo dolor por un profundo bochorno que arrebata una risa terrenal, aunque todavía melódica, de los labios del desconocido.

— Lo que sea que haya dicho, debió ser bajo tu maligno hechizo —declara Bucky, temiendo la naturalidad con la que su cuerpo y cabeza ceden a la calidez de la cama, mas sus puños permanecen tensos, preparados para dirigir un golpe que permita su huida de la guarida.

La sirena sólo encoge los hombros.

— Si eso te hace sentir mejor —comenta, exprimiendo el trapo en el tazón de agua y girándose a su dirección. 

Hasta ese momento, Bucky nota que las alas de la criatura no están a la vista y por una fracción de segundos se pregunta si quizá  todo ha sido una obra de alucinación, o realmente ha muerto y el hombre no miente, es un ángel que-

— Ustedes los piratas siempre tienen toda clase de ridículas e inexactas leyendas sobre horribles muertes en el mar, y aún así, ¿ante quienes mueren? Otros hombres de espadas tan filosas como su ambición —la reprimenda es demasiado personal para creer que se trata únicamente de un hombre cualquiera, pero la confirmación llega en el susurro siguiente: — Las sirenas los tememos más que ustedes a nosotros.

Sin embargo, la sirena se sienta al borde de la cama y extiende el trapo hacia el rostro de Bucky, quien exhala un suspiro de alivio ante la oleada de frescura que la tela le proporciona. De manera refleja, se inclina al consuelo frío y el hombre frente a él resopla una risa.

Avergonzado, eleva su mano para arrebatarle el trozo de tela y lo manipula por su cuenta, mas su brusquedad no le brinda consuelo alguno y pronto el malestar de su pecho le complica la tarea. El desconocido aún lo mira con humor casi sádico, extendiendo su mano de forma tan condescendiente que Bucky le entrega el trapo con un ligero rencor brillando en sus cansados ojos.

— Buen pirata —la burla le arrebata un quejido inmediato, pero sus puños se relajan ante el tacto húmedo que alivia el calor en su cuello, hombros y pecho adolorido, sigue cada movimiento con cautela desconfiada hasta que pierde el hilo de ella; todo lo que resta, es curiosidad y encanto.

La piel de la sirena resplandece incluso a falta de luz solar dentro de la habitación, contrastando con la blanca tela y la palidez de su propia piel. Bucky lo examina, ¿cómo no hacerlo a esa distancia? ¿Cómo no mirarlo, si cualquier señal podría costarle la vida? 

Pese a la ausencia de un acto agresivo, pues todo es bondad y cuidado en sus movimientos, Bucky siente que pierde un trozo de vida en ese par de ojos oscuros, cual si la melodía que lo acompañó desde el viaje por los cielos hubiese causado un hechizo drenador en él que reclama una parte de su alma ante cada precioso detalle que percibe en la mitad criatura, mitad humano. Hermoso, piensa conteniendo el aliento, las sirenas son ángeles.

— ¿Qué me estás haciendo…? —es lo que termina diciendo en voz alta.

— Por ahora, disminuyendo tu fiebre. Te encontré varado entre las rocas y utilicé la sanación melódica. Es lo que realmente hacemos las sirenas, ¿lo sabías? —ante la confusión de su rostro, el hombre suelta un resoplido. — Por supuesto que no, ustedes los hombres sólo saben cazar, herir y conquistar.

— ¿Sanan…? —la sirena se levanta a hundir el pedazo de tela en el agua fresca, exprimiéndolo con fuerza antes de volver a la cama y levantar el brazo izquierdo de Bucky. Al instante, un agudo dolor le provoca quejarse en alto, pero inmediatamente muerde su labio inferior y soporta el daño.

— No hay cobardía en sentir dolor. Puedes quejarte, es una herida terrible —incluso si no ha cantado las palabras, la observación de la sirena remueve su interior con el deseo de obedecerlo. 

Resiste, los primeros segundos, pero cuando el trapo continúa ardiendo en su piel, se permite gruñir un poco y cerrar los ojos, inclina la cabeza hacia atrás y sus piernas se remueven bajo las mantas. La vergüenza es eclipsada por el gozo agónico de expresar lo que duele porque, tan pronto como la vida volvió a él, lo hace el dolor también, el ardor en su brazo, la opresión en su pecho, la inmensa tristeza de haber defraudado a la tripulación del Centinela de la Libertad, a Steve, a su familia. Dios, su familia… pensar en ellos, quienes no recibirán siquiera una placa conmemorativa para un traidor, lo lleva a abrir los ojos y percibir los daños de su cuerpo maltrecho.

— ¿Q-Qué es esto? —el color dorado en su brazo lo congela un instante previo al estallido furioso de la confusión. — ¡¿Qué me hiciste?! —Bucky detiene a la sirena con un firme agarre en su muñeca, esforzándose en ignorar que la piel oscura es cálida también, pero a diferencia de su cuerpo febril, el hombre emite un calor similar al del océano bajo el sol.

Sin embargo, la cómoda sensación no es suficiente para ignorar su exigencia. El dorado le recorre el brazo entero como una hiedra brillante, puede sentirla moverse entre sus venas y probablemente sea la verdadera razón de la fiebre que lo marea.

— Es sólo roca, pirata, compórtate —el hombre sacude su muñeca para liberarse del agarre, mas la confusión debe ser demasiado clara en la expresión de Bucky, pues un suspiro anticipa a las palabras siguientes: — Las sirenas somos criaturas sanadoras y, en nuestra tierra, esta roca dorada nos ayuda a componer tejidos. La fundí a tu brazo, de otra forma, lo habrías perdido —el hombre sirena vuelve a la tarea de procurar sus heridas, aunque un murmuro es añadido a la explicación. — Quizá, incluso tu vida. No estaba en discusión.

La franqueza, envuelta en bondad y calidez, distrae a Bucky del verdadero objetivo. Más tarde se cuestionaría por qué no entró en detalles sobre la naturaleza de dicha roca, qué efecto tendría en un humano como él, ¿aún podría perder su brazo? Las preguntas racionales en ese momento deciden escapar de su mente y dejar detrás sólo un sentimiento.

En el naufragio, hizo las paces con la muerte, deseando recibirla pronto.

Lo que obtuvo a cambio… 

— ¿Por qué me salvaste?

— Porque voy a curarte, llenarte de nutrientes y comerte frente a las puertas del Inframundo —a pesar de la seriedad en el tono de la sirena, Bucky puede saber que no es más que una broma de pésimo sentido del humor; tétrico, insensible y abrumadoramente encantador.

Sin sorprenderse por ello, se descubre a sí mismo resoplando una risa a medias.

— Hablo en serio.

El hombre acomoda con cuidado el brazo de Bucky sobre su pecho vendado. Al levantarse de la cama, aún no responde, trae consigo otro pedazo de tela, más extenso y seco, con el que cubre el brazo en sanación y se inclina para atarlo detrás del cuello de Bucky, quien apenas tiene fuerza para mantenerse despierto, ¿qué fuerza le resta para aspirar el aroma a sol y mar que emite la hermosa criatura ante él?

Las sirenas son ángeles, piensa y lo siente en cada nervio de su cuerpo.

— No lo sé —es la seca respuesta cuando la sirena se aparta de él. — Tu clase nos caza y no sé por qué te salvé —la franca honestidad es un respiro de aire fresco después de habitar un mundo de eterna hipocresía, huyendo de ella hacia los mares para aspirar su propio gran propósito.

Ahora, tras haber deseado la muerte y anhelar permanecer oculto de la guerra, siente vergüenza del alcance de su cobardía, o quizá rencor por los límites de su fuerza siempre proveedora y cuidadora de otros. No hay propósito.

— ¿Por qué te salvé? —la voz del hombre rompe el silencio, aunque Bucky puede ver en la tensión del hermoso rostro un atisbo de reproche y confusión, hasta que el cuestionamiento personal y los oscuros ojos están de vuelta en él. — Cuando vuelvas a casa, vive, averígualo.



Su nombre es Samuel.

Sam, insiste, y Bucky lo ignora absolutamente por el simple afán de molestarlo, deleitado en ser la razón por la que Samuel es más que estoicismo y protección abrumadora de sus tierras cuando un barco es visible a lo lejos, disfruta poder atraerlo a la tierra y causar una mirada furibunda que batalla para no mostrar la risa que oculta detrás, pero Bucky ríe y Sam lo hace también, le golpea el brazo, le arroja un objeto, lo insulta en un idioma que Bucky no conoce, pero cada contacto es más prolongado que el anterior y cada sonrisa quita un peso de su alma hasta que es completamente suya, sin necesidad de cantos, sin temor de ellos tampoco.

Samuel existe, salvándolo en todas las formas que un náufrago puede ser salvado, y vivir nunca fue una cosa tan simple para James Buchanan Barnes.

Al anochecer, con el aroma de sol y mar que Sam lleva consigo a donde quiera que vaya, Bucky sueña con viajar a casa, pero al llegar al puerto de su niñez, Steve y Becca susurran: las sirenas son ángeles, y él levanta la mirada al cielo, preguntándose cuándo volverá a su hogar, cuándo volverá a Samuel, si decide partir mañana.



Bucky, insiste el pirata. James Buchanan Barnes, fue la manera completa en la que se presentó a la mañana siguiente de haber despertado tras ser víctima de las travesuras de sus sobrinos, pero llámame Bucky, ése es mi nombre, aclaró, el roce de su mano sobre la suya, la fijeza de sus azules ojos como si éstos no comprendieran las normas humanas sobre mirar demasiado y una sonrisa fácil en sus labios, tan natural donde alguna vez existió una mueca de rechazo y temor, que Sam recordó la voz de su padre al declarar: los humanos son los verdaderos monstruos en el mar.

Es el agradecimiento, se convence al rehuir del contacto y continuar huyendo de cualquier intento de cercanía que el pirata emprende los días siguientes. La actitud desafiante, aferrada e incluso coqueta del náufrago le produce una constante náusea que no logra poner en palabras, pero basta ver a Cass y AJ batallando con comprender sus instrucciones de vuelo para recordar por qué están solos, para reforzar el rechazo al humano y su clase entera, él no es culpable, pero su gente lo es, corazones vacíos de emociones y rebosantes de ambiciones que sólo entienden el idioma de la guerra, dominio y crueldad.

El día que Bucky enseña a sus sobrinos un par de movimientos con la espada a cambio de satisfacer su curiosidad por la cultura de las sirenas, Sam despliega sus alas y un aleteo basta para arrojar al humano hacia el suelo. La furia halla su camino hacia su voz y, cuando habla, lo hace cantando, una orden que los pequeños sirenas no pueden desobedecer al ser desterrados del campo abierto.

Sam siente la amargura del arrepentimiento al instante. Tendrá que disculparse con ellos esa misma noche. Tendrá que disculparse con Sarah, donde quiera que su amada hermana esté. Sin embargo, en ese instante, Samuel sólo puede decir: — ¿Quieres saber sobre las sirenas? Te mostraré.

Lo guía al interior de la isla, donde las sirenas trabajan las piedras doradas y pasean de una cabaña a otra, apenas notan la presencia del humano; algunas personas miran, pero ignoran; otras, detienen su mirada y el rencor surge como una segunda piel en sus expresiones.

Sam lo hace entrar a una de las cabañas. Allí, la fila de camas es un hospital a medio sobrevivir de sirenas mutiladas. Alas rotas, arrancadas, plumas opacas, cicatrices que no cierran y lucen extrañamente familiares, cual si fueran látigos que arrancan la piel, el tipo de heridas que Bucky vio en decenas de esclavos que el Centinela de la Libertad trató de liberar.

— Esto es lo único que importa ahora para nosotros —Sam no es un hombre cruel, no está en su naturaleza, pero las heridas que revela su alma ante la tragedia de su gente agrega una incómoda, casi dolorosa, brutalidad en sus palabras. — Sobrevivir.

Sam no espera a que Bucky responda, no le permite tal oportunidad, negando incluso el contacto de su expresiva mirada, a la defensiva de que el azul de sus ojos sea tan engañoso como el océano y, en cualquier instante, la naturaleza de su clase brote maligna y acabe con lo último que Sam tiene en esa isla.

Tiene que expulsarlo pronto.

Sin embargo, a la mañana siguiente, Bucky vuelve a la zona de cabañas reservadas para las sirenas heridas y da utilidad a su cuerpo recuperado. Pasea de una cama a otra con telas humedecidas que limpian heridas y facilitan la labor de otras sirenas, lleva agua, comida, mantiene largas conversaciones con las sirenas más ancianas, genuinamente interesado, y al atardecer busca a Cass y AJ para entrenar.

La tarde que Sam le expresa su desacuerdo en las prácticas violentas, Bucky dice:

— La batalla no es sinónimo de violencia. Es también un acto de protección.

Sam tiene que expulsarlo pronto, antes de que sus ideas convenzan a su corazón de poder luchar para proteger lo poco que le queda.



Sam le cuenta sobre Sarah, su hermana menor y madre de AJ y Cass.

Un año atrás, un barco sorprendió la costa y arrasó con un cuarto de la comunidad. Sarah era una de las sirenas en el exterior, había iniciado esa tarde las prácticas de vuelo con sus pequeños, a quienes logró esconder en los frondosos árboles de la isla, sacrificando su libertad por ellos.

Bucky escucha el relato completo en absoluto silencio, comprendiendo con mayor detalle la firmeza de Cass en cada uno de los ejercicios de espada que ofrece para ellos, su voz todavía infantil al declarar: protegeré a todas las personas que amo.

A cambio, Bucky le habla sobre su tiempo como oficial marítimo y las crueldades descubiertas al empeñar el cargo, razón por la que decidió desertar con el resto de la tripulación, lo que produce un efecto de alivio inmediato en las alas de Sam, expuestas ante el mar que observan mientras el sol cae, besando las olas; Bucky envidia el encuentro, dorado y azul y la promesa de que la unión llegará todos los atardeceres del mañana.

— Nos volvimos piratas por ese motivo, para defender esclavos que ni siquiera sabíamos que todo este tiempo eran… sirenas.

— ¿Habría cambiado algo?

Bucky piensa en la caída de su última batalla a bordo del Centinela de la Libertad. A ese punto, ni siquiera comprendía cuán cansada se sentía su alma de navegar lucha tras lucha, sobrevivir una batalla para sobrevivir la próxima y la siguiente a ésa, pero incluso con el agotamiento consumiendo su última voluntad de vida y el arrepentimiento de elegir el mar cuando pudo quedarse en casa y proteger su pequeño mundo, nunca se arrepintió de las vidas que salvó más allá del puerto de su niñez.

— No —Bucky extiende su mano cuando el sol ha desaparecido, rozando los dedos de Sam. 

Aún en la noche que augura una próxima tormenta, es cálido como agua bajo el sol, por lo que la naturaleza ambiciosa que Sam reclama en la humanidad se hace presente y Bucky lo encierra en un agarre de manos firme. Sam no rehúye su tacto, dejando que sus dedos se entrelacen con los ajenos.

— ¿Crees que ella…? —Sam detiene sus palabras, temeroso de escuchar una confirmación a la peor conclusión que su mente ha formado en la penumbra de la desesperanza.

— Salvamos mucha gente, Sam —Bucky refuerza la firmeza entre sus manos, buscando mirarlo, una costumbre que Sam encuentra incómoda por el efecto debilitante que transmite. Ante esos ojos, podría creer que los mares se abren y Atlántida vuelve a resurgir para reclamar su sitio en la tierra que la olvidó.

— Todos ellos, heridos, despojados de sus alas y canto —imaginar a Sarah, su pequeña hermana de coraza inquebrantable y corazón inmenso, ser reducida a un objeto a conveniencia de otros le revuelve el estómago de rabia, pero no hacia el mundo, hacia sí mismo.

Si tan sólo hubiera sido más rápido, ella estaría ahí en la isla. Si hubiese sido más fuerte, más ágil e inteligente, Sarah sería quien dirija las lecciones de vuelo de AJ y Cass, y Riley lo estrecharía entre sus alas cada noche, alas completas, plateadas y brillantes, no el fantasma incompleto que lo visita en pesadillas que enlistan todo lo que ha hecho mal. Si Sam hubiese sido el verdadero protector de todo lo que ama, no tendría que cantar sobre despedidas abruptas, tumbas sin cuerpo y melodías que no escuchará más.

 Pero entonces, la mano libre de Bucky atrae su rostro hacia él.

— ¿Ella es fuerte?

— La persona más fuerte que he conocido en mi vida —responde al instante.

— Entonces está viva y volverá a casa —asegura Bucky, utilizando ese truco humano tan suyo en el que lo mira como si en sus labios albergara la verdad absoluta, aunque Sam sabe que tal talento es únicamente una mala costumbre de aferrarse a sus propias convicciones.

Bucky Barnes es un cabeza dura, ha aprendido en las últimas semanas, pero aún le resulta imposible retener una tenue sonrisa en respuesta, tan imposible como controlar una de sus alas que se despliega hacia arriba y protege el cuerpo de Bucky al momento que las primeras gotas de lluvia caen sobre ellos.

— ¿Cantarías para mí esta noche? —la petición arrebata de Sam otra sonrisa que Bucky bebe como agua viva, inclinándose más cerca del cálido cuerpo.

— Podría cantar que saltes de aquí, directo a las rocas, y obedecerías. Lo sabes, ¿verdad? —Bucky resopla una risa, acompañada por el atisbo de una sonrisa burlona y orgullosa en los labios de Sam, ese gesto arrogante que Bucky desea arrebatarle con un beso.

No obstante, dado que no quiere tentar la maravillosa suerte que le sonríe esa noche, se limita a atraer la mano de Sam hacia sus labios, depositando un prolongado beso en el dorso, devoción, anhelo y esperanza desbordándose del pequeño gesto como si Bucky se hubiese sacado el corazón con una espada ahí mismo, entregándose sin condición ni temor.

Todo lo que Sam ve, escucha y siente, es al pirata que roza la mejilla contra el dorso de su mano, azul resplandeciente en la petición anhelante de sus ojos que lo invita a hundirse con él, cumpliendo las leyendas que han crucificado a los suyos y reafirmando la advertencia del pasado: los humanos son los verdaderos monstruos en el mar.

— “Aquí yace James Buchanan Barnes”, —recita Bucky, respirando el sol y el mar en la oscura piel de Sam, el suave dorso sanador es apenas un destello de todo lo que desea tomar de él, pero basta esta noche, tiene el resto de su vida para cantar por ello, — “Tuvo el final más temido del hombre. Murió de amor no correspondido”.

Sam suelta una carcajada. La lluvia incrementa. Bucky descubre, sin sorpresa alguna, que las rocas no lo llaman cuando la melodía supera el clima, pues el canto de la sirena entona estrofas sobre un viajero que supera el infierno en tierra, añorando su hogar, arrastrándose de vuelta, con el corazón en la mano y la vida en los labios que esperan por él.



Sam no espera que la pelea llegue a la isla tan pronto, no de esa forma, no al día después de reforzar su maltrecha esperanza en el retorno de su hermana y la libertad de su gente, pero ahí está el barco humano, aproximándose a una velocidad bendita por los aires que desmantela el protocolo de volar hacia ellos y dirigirlos a las rocas, es demasiado tarde, y aún así, Sam despliega las alas, listo para alertar a las pocas sirenas que tienen el entrenamiento necesario de enfrentarse a los hombres.

La única razón por la que no vuela, es porque una mano lo retiene.

Bucky no lo mira, el océano en sus ojos entregado a la embarcación que arriba.

— Es el Centinela de la Libertad —anuncia, su voz tiembla y sus ojos se cristalizan ante la posibilidad, tan cercana y real, de volver a casa. — Es Steve.

— Son hombres —desdeña Sam, soltándose del agarre con mayor brusquedad de la que tenía intención de expresar, aunque Bucky no parece afectado por ello, sino que su mano vuelve a buscarlo, esta vez tomándolo por la mejilla para obligarlo a caer en ese hechizo humano suyo, la mirada que penetra y conquista con mayor habilidad de lo que, quizá, jamás hizo su espada.

— Son piratas. La libertad es lo que nos define —Sam no está convencido, pero cuando emprende el vuelo y canta, lo hace para retener las escasas tropas en su sitio y esperar, todavía cautelosos, lo que sea que la tripulación de Bucky trae consigo.

Tras un año de absoluto desamparo, Sam ni siquiera se detiene a considerar que lo que desciende del barco es la esperanza misma, una imagen viva que corre y respira y lo encierra en un abrazo que sólo existió en sueños (o pesadillas, perdiéndola sin remedio al despertar) durante los últimos meses.

— ¡Samuel!

Su nombre en labios de Sarah es el último golpe de realidad que necesita para fundirse con el presente, para acunar a su hermana en sus alas y elevarse metros del suelo, girando con ella en una danza de consuelo mutuo que sus padres solían emplear con ellos en las noches de pesadillas sobre monstruos que descendían de barcos humanos para arrastrarlos a una vida sin melodía ni sol.

— Es la persona más fuerte que jamás he conocido —la correcta voz de un hombre llama su atención cuando Sarah y él han vuelto al suelo. Su hermana se aparta primero del abrazo, sonriendo al pirata rubio que se acerca hasta ellos.

Sam entrecierra los ojos, pero no logra encontrar ninguna amenaza en el marino. Contrario a ello, piensa que un hombre de su complexión, de ojos claros y sonrisa humilde y perfecta, ligeramente cubierta por una barba castaña clara, sería un total desperdicio si albergara malicia en su corazón.

— Ni siquiera tuvimos que hacer mucho. Cuando llegamos a la base militar, ella ya había liderado un motín por su cuenta —felicita el hombre, mas Sarah no tiene tiempo para regocijarse en orgullo propio de la fuerza que Sam siempre vio en ella, pues sus ojos buscan entre las sirenas los dos seres a quienes dio vida.

— Cass y AJ están al interior de la isla, resguardados con las sirenas heridas —informa, a lo que Sarah libera un suspiro de absoluto alivio. Lo abraza de nuevo, la firmeza que aún es capaz de transmitir pese a su delgadez lo abruma, pero Sarah no es el tipo de persona que se rompe, así que la abraza con la misma fuerza de vuelta y la deja ir hacia su familia.

El capitán del barco mantiene su distancia, pero una vez que Sarah corre, con su espalda vendada y tenues plumas aún comprimidas debajo de la tela hasta desaparecer, Sam se gira al hombre y su voz se corta cuando trata de hablar.

— No podré pagarlo jamás —las palabras aún arden y no halla la manera de externar un Gracias de sus labios, Gracias, ella es todo para mí. Gracias, ella lo es todo para sus hijos. Gracias por reunir a mi familia. Gracias por traerla a casa.

— No tienes qué —el capitán pirata se inclina a él, el roce de su mano en su brazo lo lleva a mirarlo directamente y reconocer, una vez más, la bondad en su expresión. Aunque no es todo lo que Sam reconoce, pues sus facciones rápidamente se moldean por la sorpresa, una fría impresión de quien ha visto a un fantasma.

Sin girarse, Sam sabe a quién mira.

— Bucky… Dios, Buck, estás vivo —el capitán pasa de Sam hasta Barnes, atrayéndolo en un brazo asfixiante que provoca una fácil sonrisa en la sirena cuando nota que Bucky apenas puede decir algo de vuelta por la fuerza con la que he sostenido.

— Maldición, Steven, harás que mis heridas se abran y todo el trabajo de Samuel habrá sido en vano —reprende, pero sus ojos se humedecen y se cierran al hundirse en el abrazo del hermano que tomó por decisión, permitiéndose la indulgencia de tenerlo cerca una vez más, de respirar el hogar del pasado a través de él.

Cuando se separan, Steve aún sostiene los hombros de Bucky al girarse hacia Sam.

— No tenías qué, pero parece que estamos a mano —Samuel apenas separa los labios para rebatir con algún comentario inteligente sobre: tu amigo lucía tan miserable que incluso las sirenas tuvimos lástima de él; o probablemente algo como: me arrepiento, es un dolor de cabeza, acompáñalo a hacer sus maletas y que desaparezca; sin embargo, ninguna burla es posible, pues Steve atraviesa el espacio hasta él y lo envuelve también en uno de sus abrazos de amabilidad extrema.

La sirena parpadea, sus brazos aún estáticos mientras el hombre lo sujeta, y todo puerto de raciocinio que busca, lo encuentra en la expresión divertida de Bucky.

— Sí, ése es Steve Rogers —comenta, provocando la risa de Steve contra su oído.

Sam piensa en su padre y en la manera que solía decir: Los humanos son los verdaderos monstruos en el mar. El recuerdo lo entristece profundamente. Darlene y Jon probablemente habrían amado el hallazgo de hombres como el capitán Steve Rogers, o mejor aún, habrían amado un corazón tan dispuesto a proteger incluso a los más fuertes, habrían amado el corazón humano de Bucky Barnes de la forma que Sam aprendía a hacer.



— Las sirenas son ángeles… —comienza Bucky cuando vuelve al Centinela de la Libertad y la tripulación pide la historia de su aventura a las islas rocosas de las sirenas.

Al final de su relato, Steve toma una decisión.

— El hogar puede esperar —anuncia, seguido de un brindis conjunto.

El hogar puede esperar, dice, como si el hogar de Bucky fuera todavía el puerto de sus sueños y no la realidad de rocas, sol y Sam, la realidad por la que desea vivir y está a un beso de distancia fuera del camarote.



Los piratas han dicho que se quedarán a pelear. ¿A pelear por qué?, cuestiona Sam, quien no termina de comprender por qué los hombres traen consigo la guerra, por qué los humanos no entienden que son ellos el verdadero augurio de muerte en los mares al cargar cañones, empuñar espadas y reclamar tierras con un simple pedazo de tela.

Alguna vez, Samuel conoció la pelea.

Alguna vez, antes de perderlo, Samuel peleó por sus tierras y su gente, pero Riley cayó de los cielos, un cañonazo impactó contra su cuerpo y no quedó mucho de él para llorar, sólo plumas, sangre y recuerdos.

— ¿A pelear por qué? —cuestiona Sarah desde su cama, acunando entre sus brazos los pequeños sirenas que finalmente la han recuperado, mas la calidez de su materno amor no es suficiente para despejar la dureza en su rostro al declarar: — ¿Cuál es el punto de todo este sacrificio y dolor, si no estás dispuesto a pelear de nuevo?

Fuera, Bucky extiende sus lecciones de defensa y combate entre las sirenas de la isla, apoyado por las diversas áreas que los Howling Commandos dominan con destreza. Son una tripulación feroz y cuentan con importantes contactos en los mares, una red de piratas que ha seguido el rastro de la esclavitud en el mundo de los humanos y están dispuestos a frenar el genocidio gubernamental, aliándose a las criaturas que alguna vez creyeron monstruos.

Los humanos son los verdaderos monstruos en el mar, recuerda Sam, pero Bucky Barnes lo llamó ángel la primera vez que lo escuchó cantar, así que quizá el pasado puede equivocarse y el presente aún merece una oportunidad.



Tres semanas después de la llegada del Centinela de la Libertad a la isla, seguido de otras embarcaciones piratas que se unirán a la defensa de sus tierras, los cuernos de la isla anuncian el temible destino del que han huido las sirenas por las últimas décadas; toda una especie oculta entre rocas y mares salvajes para evitar la expansión del hombre, sin embargo, ahí están de nuevo, las velas de quienes no toman, sino exigen y conquistan.

Sucede mientras Bucky se encuentra en el primer cuarto de hora de su rutina en las cabañas de las sirenas heridas cuando Apenas un par de segundos después de la carrera de Bucky al frente de la isla, tras haber ayudado a otras sirenas y a los Howling Commandos a resguardar a los menores y heridos de la comunidad, Sam aterriza a su lado, a la orilla del precipicio en el que una noche se sentaron a observar el sol besar el mar.

Las doradas alas se contraen con una mezcla de rabia y temor que nubla la calidez de sus oscuros ojos, emociones que Bucky desea consumir para sí mismo, hasta que Sam no sienta más que sólo lo que merece sentir: libertad y amor y… 

… pero Bucky teme también, sólo que esta vez, no teme únicamente por él y la placa sin nombre que nadie podrá entregar a su familia, allá en el puerto de su niñez, sino teme por la vida que desea y ama, y ante una embarcación lúgubre que arriba la costa, podría perder.

— Una batalla más —anuncia, mas no es resignación lo que inunda su propio comando, sino la firmeza de un pirata que nunca aprendió a dejar de ser un soldado cuando necesita proteger lo que ama.

— Te hallaré al otro lado de la guerra —la mano de Sam encuentra su camino a la suya, un fugaz pero sólido agarre que lo infunde de valor, tal cual haría un canto suyo en el desamparo del naufragio que su vida fue incluso antes de caer. — Y cuando sobrevivamos a ella, averiguaremos juntos por qué.

— Tienes un encanto tan natural, Samuel, para hacer que la muerte se escuche hermosa en tu voz —la inevitable y cómplice burla arrebata de ambos una sonrisa impropia de la serie situación que enfrentarán, pero están vivos y es lo que la gente viva debe hacer mientras los latidos permanezcan; reír, amar, besar. — Quizá las leyendas sobre sirenas no se equivocaban.

— Ve a reclamar una muerte terrible y nunca vuelvas —rebate Sam, quien todavía ríe cuando sujeta el cuello de Bucky y lo atrae hacia sus labios para reclamar el primer beso de sus vidas unidas; en el tacto, desboca el temor, la ansiedad y la ira contra los humanos que se aproximan, pero entre el rencor y las heridas de las pérdidas pasadas, o las pérdidas que vendrán, Samuel encuentra un hilo de amor del que tira y tira, mientras las manos de Bucky estrechan sus alas con la misma devoción que la noche anterior besó su mano, encerrándolo en su abrazo un segundo más.

— Hállame al otro lado de la guerra —murmura al besar su mejilla.

— Hasta entonces, Bucky Barnes.

Sam despliega sus doradas alas y vuela hacia la batalla, la sonrisa inmediata en los labios de Bucky se mantiene hasta que la figura del hombre sirena se pierde en la batalla, invisible entre la densa tormenta que sacude los barcos en marcha al encuentro, pero el canto de Sam que llama a los suyos a proteger su libertad, se instala en el corazón de Bucky como un latido doble.

La voz de Sam es parte de él, su canto es una guía, un recordatorio del valor con el que mantendrá sus pulmones respirando y su espada blandiendo, una existencia que siente tan inmensa como extenso es el mar y continuará siéndolo incluso si muere en esta guerra. Es un protector, después de todo.

Lucha, viajero, y vive mañana. No debes temer, nos hallaremos ahí.

Esta vez, James Buchanan Barnes no piensa en lo que dirá la placa de su muerte, sino que avanza a la batalla guiado por la melodía de la vida por la que lucha. Una vida donde el mar es su casa y el cielo su destino, una vida digna de juglares en cortes reales, si los nobles tienen apetito para un canto que hable de amor.