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tercera planta

Summary:

"Podías haberme dicho que te asustaba, que nos habían visto, que necesitabas tiempo. Cualquier cosa que no fuera el silencio. Pero preferiste subirte a tu atril de presidenta y convencerte de que podías prescindir de mí."

Quince días de silencio, un acto oficial ineludible y una enfermera tocándole el brazo al doctor Moa son suficientes para que Patricia Segura decida que la prudencia está sobrevalorada.

O: Patricia intenta autoconvencerse de que no tienen nada, y Néstor se encarga de desmontarle el argumentario en un despacho de la tercera planta.

Notes:

Gracias a Lidia por dejarme sus ideas y a Elena por ese tuit que lo inspiró todo.

Work Text:

El acto había sido idea de comunicación.

Eso era lo que Patricia se repetía mientras estrechaba la mano del director del hospital con esa sonrisa medida de los actos importantes, la que no le llegaba a los ojos pero tampoco era del todo falsa porque veinte años de política le habían enseñado que las mejores mentiras necesitan algo de verdad para sostenerse.

Era un acto necesario. Era presencia institucional. Era gestión del cambio y era precisamente lo que requería este momento.

No era una trampa.

No era el universo siendo específicamente cruel con ella.

Era un acto necesario en un hospital cuya gestión ella había privatizado. No era ella caminando hacia la boca del lobo de manera voluntaria y consciente porque llevaba dos semanas sin dormir bien y había llegado un momento en que incluso Patricia Segura se cansaba de sus propias decisiones.

Saludó al consejero. Respondió preguntas sobre el modelo mixto de gestión con la precisión que solo tiene quien ha trabajado más de cinco años en la propuesta. Sonrió en dos fotos.

No lo buscó con la mirada.

O, al menos, eso intentó.

Pero lo tenía localizado desde el momento en que había entrado.

Al fondo, con el grupo del sindicato. Llevaba en la mano esa copa de cava que sabía que no iba a beberse y que sostenía con esa incomodidad específica de quien está en un sitio que le parece una afrenta y no va a tomarse la molestia de fingir que no es así. La chaqueta oscura, la camisa, la barba de dos días. Esa mandíbula apretada que Patricia había aprendido a leer como un termómetro: cuanto más apretada, más contenido estaba. Y en ese momento, incluso desde la distancia que los separaba, podía comprobar que estaba muy apretada. Eso, probablemente, significaba que llevaba dos semanas conteniendo lo mismo que ella, salvo por el detalle de que él no había salido corriendo. Él se había quedado.

Eso era lo que más le jodía.

Que se había quedado.

A su derecha, Laura.

Patricia desvió la mirada hacia el consejero y respondió otra pregunta sobre ratios de eficiencia que sonó completamente convincente.




Había visto a Laura por primera vez hacía ahora quince días.

Bueno, seguramente la había visto antes. Pero no se había fijado en ella. Patricia tenía esa capacidad, desarrollada por pura necesidad en estas dos décadas de política, de registrar a las personas sin procesar del todo su existencia. Laura era una enfermera de oncología, castaña, alta, con esa manera de moverse con soltura por los pasillos del hospital que tiene la gente que está acostumbrada a ese tipo de entornos.

Irrelevante.

Hasta que Patricia había venido a hacerse una analítica hacía quince días, un trámite de veinte minutos que había encajado entre una reunión con urbanismo y otra con la diputación, y al pasar por el control de enfermería, lo había visto.

Néstor en el centro de un corrillo. Ese jersey oscuro que ella conocía de memoria. Delante, un trozo de tarta seca con una vela clavada en el medio. Su equipo alrededor. Risas. Esa atmósfera de hospital que celebra todo lo que puede porque su trabajo les hace muy conscientes de que son afortunados de poder celebrarlo.

Y Laura. Con la mano en su antebrazo, inclinada hacia él, riéndose de algo que él había dicho.

Patricia había tardado tres segundos en procesar la escena antes de entender lo que estaba mirando.

Era su cumpleaños.

Eso había sido lo primero. Que no sabía que era su cumpleaños. Que llevaban meses viéndose y a ella no se le había ocurrido preguntarle. Porque los cumpleaños eran para las personas a las que se les daba espacio real en la vida, y lo que tenían no tenía nombre, y las cosas sin nombre no tenían cumpleaños.

Lo segundo había sido Laura.

La mano en el antebrazo. La inclinación hacia él. Esa familiaridad específica de dos personas que comparten espacio durante doce horas al día durante años, que se conocen los tics y los turnos malos y los días en que alguien necesita un café antes de que lo pida. Una familiaridad que Patricia no tenía con él. No podía tenerla. No en público. No en ningún sitio donde alguien pudiera verla.

Había cruzado el pasillo con la excusa de preguntarle algo sobre los resultados de la analítica.Él había salido del corrillo encantado. Se había metido en el despacho con ella y había cerrado la puerta.

Y ella le había besado.

Le había puesto la mano en la nuca y le había susurrado un feliz cumpleaños contra la boca y él había tardado el tiempo justo en responder, siempre ese medio segundo de procesamiento, y luego sus manos habían subido hasta acunar su cara y ella había sentido el golpe de su espalda contra la mesa. El mundo se había reducido a esa habitación y a esa boca y a tres días sin verse que se deshacían rápidamente.

Y entonces habían escuchado la manilla de la puerta bajando. La cara de Biel asomando en el marco.

Lo siento. Pensaba que estabas solo.

Y la puerta cerrándose.

Y Patricia recogiendo los pedazos de su compostura y envolviéndolos bajo lo que ella consideraba lo correcto: que lo de Biel era una señal, no una casualidad. Que esta era exactamente el tipo de situación que llevaba meses diciéndose que tenía que evitar. Y quince días de silencio le parecieron un precio razonable.

Catorce días después seguía pagando ese precio, pero empezaba a no estar muy segura de qué había comprado exactamente con él.


El acto había durado cuarenta minutos que Patricia había gestionado con la parte del cerebro que podía hacer eso de manera automática mientras la otra parte hacía otras cosas. Registraba, por ejemplo, que él no la había mirado. O si la había mirado, ella no lo había visto, porque estaba muy pendiente de no mirar en esa dirección. Pero sabía que Laura se había reído de algo que él había dicho con esa risa de alguien que comparte algo con otro alguien y Patricia no tenía ningún derecho a que ese gesto le cayera en el estómago de la manera en que le estaba cayendo.

No tenían nada.

Bueno.

Tenían algo que Patricia llevaba dos semanas redefiniendo activamente en su cabeza como nada, que era una labor más complicada de lo que había anticipado, especialmente a las tres de la mañana cuando su casa estaba en completo silencio y el cerebro hacía lo que hacía el cerebro a las tres de la mañana.

Cuando la sala empezó a vaciarse Patricia terminó la conversación que tenía y buscó la salida.

Sus ojos se encontraron con los de él.

Néstor no apartó la mirada.

Patricia tampoco, porque apartar la mirada primero era perder y ella no perdía, aunque en este momento concreto no estuviera completamente segura de qué era ganar.

Los pasos no fueron una decisión. Fueron lo poco que quedaba cuando ya no queda argumentario.

Se acercó. La sala se había reducido lo suficiente para que esto fuera posible sin que nadie lo registrara como nada más que dos personas conocidas cruzando unas palabras al final de un acto.

—Doctor Moa. —La voz le salió correcta—. Gracias por venir.

—No he venido. —La voz de Néstor, seca de una manera que Patricia le había escuchado en tantas ocasiones previas. En tantas discusiones. Desde hacía tantos meses que ya no sabía si en algún momento iba a ser posible eliminar eso entre los dos—. Me han obligado a estar aquí. Hay una diferencia.

El golpe fue tan limpio y directo que a Patricia le costó un segundo procesarlo. No era solo lo que decía, era cómo lo decía. Sin la ironía habitual. Sin la complicidad escondida bajo el sarcasmo que últimamente usaban como escudo. Era la respuesta de alguien a quien se le había agotado la paciencia quince días atrás y no pensaba disimularlo para salvarle a ella la papeleta institucional.

Patricia notó que el pulso le latía en la garganta. Iba a replicar, a tirar del argumentario sobre la importancia de que el sindicato estuviera presente en el nuevo modelo, cualquier cosa que devolviera la conversación a un terreno seguro.

Pero no hizo falta.

El director de comunicación de la Consellería, que acababa de aparecer a su izquierda con esa antena parabólica que los de prensa tienen para las respuestas hostiles, hizo ese gesto que hacía siempre cuando alguien no seguía el guion.

Una sonrisa tensa, rápida, dirigida a intentar tapar el agujero.

—Bueno, es parte de sus funciones institucionales como representante sindical —dijo, intentando quitarle peso a la respuesta de Néstor.

Néstor ni siquiera lo miró.

La miraba a ella.

Con esa cansancio oscuro que a Patricia le caía encima con el peso de las dos últimas semanas enteras. Catorce días en los que no había habido mensajes, ni encuentros en hoteles, ni en casas, ni madrugones para irse antes de que sonara el despertador. Catorce días de silencio absoluto que Patricia había justificado, blindado y etiquetado bajo el epígrafe de lo que era correcto, pero que ahora mismo, con él a menos de un metro, le parecían simplemente una estupidez gigantesca.

Patricia notó el pulso en la base del cuello.

—Aprovechando que está aquí —dijo ella, y la voz le salió tan plana que casi podía pasar por profesional—, necesito comentarle la propuesta de modificación del cómputo de las horas de guardia antes de que llegue a la mesa sectorial. Es urgente.

El director asintió, aliviado, y se apartó hacia los periodistas.

Néstor la miró.

—¿Qué propuesta de guardias? —dijo.

—La que me acabo de inventar para largarnos de aquí —respondió ella, sin alterar el volumen, sin cambiar el gesto. Uniendo las palabras lo justo para que no las oyera nadie más—. Tu despacho. Ahora.

Él no sonrió. No hizo ningún gesto de victoria. No le dio la satisfacción de demostrar que aquello le importaba. La miró durante un segundo con esa expresión que Patricia no sabía muy bien cómo catalogar y luego dijo, muy quieto:

—Tercera planta —dijo.

Y se dio la vuelta.


Caminaron por el pasillo hacia los ascensores. Patricia medio paso por detrás de él, lo suficiente para que a los ojos del mundo fuera la presidenta de la Generalitat siguiendo a un representante médico a una reunión improvisada.

Pero a sus propios ojos, era otra cosa.

Era la espalda de él, los hombros bajo la chaqueta oscura, esa manera que tenía de moverse como si el espacio le perteneciera. Patricia se descubrió mirando la nuca de Néstor, el roce del cuello de la camisa con el pelo corto, y tuvo que obligarse físicamente a mirar al frente, a las puertas de los ascensores, a los fluorescentes blancos del techo.

A cualquier cosa que no fuera la evidencia de que llevaba dos semanas huyendo de esto y acababa de meterse sola en la jaula.

El ascensor tardó.

Había una celadora con ellos en la cabina del ascensor, mirando su móvil con el cansancio de quien lleva ocho horas de turno. Patricia mantuvo la postura. Recta. La mirada en los números rojos de las plantas que subían. El bolso colgado del hombro.  Llevaba meses tapando cada grieta emocional con una capa de cemento institucional, convenciéndose de que la versión oficial de sí misma bastaba para mantenerla en pie. Pero ahí, encerrada a medio metro de él, la golpeó el agotamiento puro y duro de sostener el personaje. El traje de presidenta le apretaba en los pulmones, asfixiante, dejándola sin aire ni para defenderse de sí misma.

Néstor, al otro lado, con las manos en los bolsillos, mirando la puerta metálica.

No se tocaron. No se miraron.

Pero el silencio que había entre ellos era tan denso, tan pesado, que Patricia sintió que le faltaba un poco el aire.

Tercera planta.

Las puertas se abrieron.

El pasillo olía a lo de siempre. A lejía industrial, a comida de hospital y a humedad estancada. Ese era el problema, que lo conocía, que había cruzado ese pasillo tantas veces que el cuerpo lo reconocía antes que la cabeza. Patricia caminó detrás de él, pasando por delante de la sala de curas, del control de enfermería, de los carritos de medicación.

Néstor abrió la puerta del despacho y se apartó.

Patricia entró.

Se giró.

Él seguía en la puerta, apoyado en la madera, con la mano aún cerca de la manilla. No estaba cruzado de brazos. No estaba en una postura defensiva. Solo estaba ahí, mirándola, con esa mirada suya de médico que era capaz de ver lo que había debajo de la piel. Esa mirada que llevaba tres meses desnudándola sin pedir permiso y que ella llevaba quince días echando de menos de una manera que le daba terror.

Había subido para recuperar el mando, para ponerle un nombre político al desastre y volver a encerrarlo en la caja de lo manejable. Pero la imagen de la mano de Laura seguía latiéndole en la sien con una posesividad oscura e irracional que detestaba, una punzada territorial que le confirmaba que el cargo ya no la protegía de nada.

—No hemos hecho ninguna propuesta de modificación de guardias —dijo él.

La voz le salió baja, sin eco en ese despacho pequeño.

No era una pregunta.

Patricia alzó la barbilla. Un centímetro. Lo justo para recomponer el personaje.

—No.

Néstor asintió una vez. Seco.

—Entonces, explícame qué haces aquí. Porque si vienes a decirme que esto es un error, ya lo entendí hace dos semanas, cuando decidiste desaparecer de la faz de la tierra.

La frase no tenía filo cortante. No había sarcasmo. Había algo mucho peor: cansancio real. Ese cansancio específico de alguien que ha estado esperando durante quince días y ha llegado a un punto en el que ya no sabe si seguir esperando o no.

Patricia sintió que la coraza se le abollaba un poco.

—Biel nos vio —dijo ella, aferrándose al argumento oficial.

—Biel nos vio a un palmo de besarnos. Y cerró la puerta. Y no ha dicho una puta palabra en quince días. —Néstor se separó de la madera, pero no avanzó—. Esa es la excusa oficial, Patricia. Y no me la trago.

—Soy la presidenta de la Generalitat. No puedo permitirme—

—¿Qué? —La cortó. Suave, pero tajante—. ¿Que la gente sepa que tienes una vida? ¿Que existes fuera del cargo? —Hizo una pausa para tomar aire, y Patricia vio que estaba conteniéndose—. Biel es mi amigo. Y el tuyo. Si no dijo nada el primer día, no lo va a hacer ahora. Pero tú necesitabas un motivo para huir de algo que te asustaba bastante más que él.

Patricia apretó los labios.

La precisión de Néstor era siempre lo que más le jodía. Porque no gritaba. No perdía los papeles. La diseccionaba en tiempo real, mostrándole las tripas de su propio miedo, y a ella no le quedaba más remedio que mirarlas.

—No hui —dijo, la voz más fría ahora, endureciéndose para compensar—. Puse  distancia. La que tú no eres capaz de poner.

Néstor soltó el aire por la nariz.

—Distancia. Claro. —Se pasó una mano por el pelo, el único gesto de frustración contenida que se permitió tener—. Y eso consiste en ignorar mis putos mensajes durante quince días. En no decirme ni "hola, estoy viva, necesito un poco de aire". En leerme y dejarme en visto como si yo fuera un puto loco que se ha inventado los últimos tres meses.

—Era lo más seguro.

—Era lo más cruel.

La palabra aterrizó en el suelo del despacho y se quedó ahí, vibrando.

Patricia tardó un segundo en encontrar algo que decir.

—No quería ser cruel.

—Pero lo fuiste. —La miró fijamente—. Porque en tu cabeza, la única forma de protegernos era tratarme como si no hubiéramos existido. Como si no nos hubiéramos pasado juntos noches enteras y madrugones de mierda y toda esa vida que no le cuentas a nadie pero que es tan real como la mía.

El silencio volvió. Denso. Asfixiante.

Patricia miró las manos de él, grandes, limpias, cruzadas ahora sobre el pecho. Las manos que llevaba dos semanas necesitando.

—No podía hacer otra cosa.

—Podías haberme hablado. —Dio un paso hacia ella—. Podías haberme dicho que te asustaba, que nos habían visto, que necesitabas tiempo. Cualquier cosa que no fuera el silencio.Pero preferiste subirte a tu atril de presidenta y convencerte de que podías prescindir de mí.

Patricia tragó saliva. La distancia se acortaba y el oxígeno también.

—Puedo prescindir de ti.

La mentira le salió por puro instinto de supervivencia. Porque admitir lo contrario era caer al vacío sin red, y Patricia Segura no caía al vacío sin red, esa era la norma, esa había sido siempre la norma.

Néstor se paró a menos de un metro. Demasiado cerca para que la mentira colara. Demasiado cerca para que ella pudiera ignorar el calor que su cuerpo desprendía bajo la camisa.

La miró con esa mezcla de incredulidad y cabreo que le conocía tan bien.

—Pues si puedes prescindir de mí, ¿qué coño haces aquí?

Patricia abrió la boca.

El cerebro buscó una respuesta certera. Buscó la agenda. Buscó a Biel. Buscó el modelo de gestión.

Pero el muro institucional terminó de derrumbarse bajo el peso de su propio cansancio. La urgencia de reclamar lo que sentía suyo fue más fuerte que el instinto de supervivencia política, y el veneno de esos pensamientos que llevaba semanas teniendo encontró la grieta perfecta para salir.

La boca, traicionándola, hizo lo que mejor sabía hacer. Atacar.

—Has estado muy ocupado, ¿no? —soltó.

Néstor parpadeó. Una vez.

—¿Qué?

—Ahí abajo. —La voz le salió afilada, cargada de una acidez que no había planeado—. Con tu gente. Me alegra que el hospital te proporcione tanto apoyo táctil en los actos públicos.

La frase quedó flotando en el despacho.

Patricia supo, en el instante en que la pronunció, que acababa de destruir su propia defensa. Porque no sonaba a comentario casual. Sonaba exactamente a lo que era: a una mujer que se había pasado el acto contando las veces que otra persona le toca el brazo al hombre que ella no podía tocar.

Néstor la miró.

Patricia vio cómo lo encajaba. Cómo procesaba el apoyo táctil. Cómo recordaba a Laura. Cómo unía la escena de abajo con la mujer que tenía delante, rígida y orgullosa y, aunque le costaba admitirlo incluso en la privacidad de su propia cabeza, muerta de celos.

—Estás celosa.

Néstor soltó el aire por la nariz. Era un sonido corto, entre el asombro y algo que empezaba a parecerse peligrosamente a la ternura.

No era una burla. Era más bien una confirmación.

Patricia sintió que el orgullo le daba un latigazo en la espalda.

—Qué ego tienes —dijo, la voz afilada como un cúter—. No te montes películas. Solo digo que, para alguien tan preocupado por la discreción, os faltaba poner un cartel.

—Llevas quince días sin existir —dijo él, ignorando el sarcasmo por completo—. Me apartas de un acto oficial con una excusa inventada. Me encierras en mi despacho. Y lo primero que haces es sacar a relucir a una compañera de planta porque te ha jodido que me toque el brazo.

—No me ha jodido nada.

—Te ha jodido muchísimo.

—Vete a la mierda.

—Te ha jodido porque tú llevas quince días sin poder hacerlo.

Esa frase le dio de lleno debajo de la línea de flotación. Patricia abrió la boca para soltar el siguiente dardo, el más cruel que encontrara, pero la garganta se le cerró.

No encontraba nada.

—No te des tanta importancia —dijo, tirando de lo único que le quedaba—. Si te toca el brazo la enfermera me da exactamente igual. Como si te lo tocan diez.

—Qué bien.

—Sí. Porque al final del día tú te quedas aquí y yo me vuelvo a mi vida.

Néstor asintió despacio. Como si aceptara las reglas del juego. Se apoyó en el borde de la mesa cruzando los tobillos con una tranquilidad que a Patricia le encendió la sangre porque era la tranquilidad de alguien que ya no tiene nada que perder y eso lo hacía más peligroso, no menos.

—Pues sí. Tienes razón. Yo me quedo aquí. Con mi vida. —Usó ese tono de quien está recitando algo tan simple como la lista de la compra— Y en mi vida trabajo con cincuenta personas. Setenta, en un día malo. La mitad son mujeres. Y, fíjate qué cosas, me llevo bien con ellas.

—Fascinante. Deberían darte un premio al compañerismo.

—Laura, que es como se llama esa enfermera, me toca el brazo. Nuria, la de rayos, me trae café los martes porque sabe que hago doble turno. Carmen, de admisión, se sienta conmigo a almorzar los viernes y a veces nos reímos tan alto que hasta que nos miran mal en la cafetería.

—Néstor—

—Y luego están las residentes. —No paró, su voz suave, implacable—. Cristina siempre me pide consejo y se me pega al codo cuando miramos pantallas. Marta tiene la costumbre de darme un abrazo cada vez que conseguimos que un paciente remonte. Un abrazo de verdad, ¿eh? De los de apretar.

Cada nombre caía como una gota de ácido. Patricia sentía el aire del despacho volverse irrespirable, sentía el calor subiéndole por el cuello y la rabia mezclándose con algo más oscuro y más difícil de nombrar, algo que tenía que ver con saber que todo eso que él describía era completamente inocente y que sin embargo no podía hacer nada con lo que le producía.

—Me importa una mierda tu agenda social —escupió.

—No lo parece.

—Que me importa una puta mierda, Néstor.

—Claro. —Él ladeó un poco la cabeza—. Entonces tampoco te importará saber que el sábado estuve de cena con las de enfermería de la cuarta planta. Luego fuimos a tomar algo. Que hubo risas, bailes, alguna copa de más. Lo normal cuando la gente no tiene que esconderse.

El cuerpo de Patricia se tensó hasta doler. Las uñas se le clavaron en las palmas de las manos. Se imaginó la escena sin quererlo: él, con esa manera suya de mirar que hacía que parecieras la única persona en la habitación, aplicando ese puto foco a cualquier otra. A una Carmen, a una Nuria, a una Laura. A mujeres que no tenían que medir los tiempos, ni la agenda, ni el miedo. Mujeres que podían tocarle sin tener que mirar constantemente a la puerta. Sin miedo de perder su trabajo por ello.

La envidia y el cabreo se le mezclaron en el estómago hasta darle náuseas.

—Pues me alegro muchísimo por ti —dijo, y le salió tan afilado que su voz casi cortaba el aire—. Seguro que Carmen, Nuria o la puta madre que las parió estarían encantadas. Total, eres el médico majo. El que escucha. El que se deja tocar el bracito.

—Soy exactamente eso.

Él no retrocedió ni un milímetro.

—Pues vete con ellas.

—Están ahí fuera. Podría hacerlo.

—Pues hazlo. —La voz le tembló, de rabia pura, de impotencia—. Llama a la del café, o a la del abrazo, o a Laura, y que te quiten ellas el calentón de quince días que llevas, ya que estás tan disponible para todo el mundo.

Néstor se separó de la mesa.

El movimiento fue tan rápido y tan silencioso que a Patricia se le cortó el aliento antes de entender qué estaba pasando. En dos pasos estuvo encima de ella.

No le dio tiempo a retroceder.

La acorraló contra la puerta sin tocarla, usando todo su cuerpo para cerrarle el espacio, y Patricia sintió el calor de él antes de que la tocara, ese calor suyo tan especifico que su cuerpo reconocía de una manera que le resultaba absolutamente desleal hacia sí misma.

La miró desde arriba. Ya no había rastro de tranquilidad en sus ojos.

—Ah, ¿sí? —murmuró él. La voz ronca, pegada a su cara.

El pánico a verse tan expuesta, a haber dicho demasiado y haber mostrado demasiado y haber perdido de la única manera que Patricia Segura no podía permitirse perder, le hizo buscar la salida más sucia que encontró. La política. La mentira frontal.

—Sí —jadeó ella. El pulso le reventaba en los oídos—. O qué te crees, que tú eres el único. Yo también tengo vida. Yo también me acuesto con otros.

Pero la política le falló. La mentira salió rasgada, carente de esa convicción blindada de sus intervenciones en el Parlament, porque la grieta que llevaba semanas intentando tapar se le estaba haciendo cada vez más grande.

Néstor se quedó quieto.

La estudió de cerca durante un segundo. Sus ojos leyeron la tensión en su cara, la respiración que se le había acelerado sin que ella lo hubiera decidido, la mentira monumental que acababa de soltar solo por puro instinto de supervivencia.

Y se echó a reír.

Fue una risa baja, ronca, llena de una devoción cansada que a Patricia le rompía todos los esquemas, porque era la risa de quien la ve perfectamente a través del blindaje y no se deja impresionar en absoluto.

La risa de alguien que la conoce demasiado bien como para que esto funcione con él.

—Mentirosa.

No hubo aviso. No hubo ternura inicial. Fue un golpe de boca contra boca, desesperado y sin sutilezas, como si él llevara esos quince días necesitando romper algo y hubiera elegido esto. Patricia soltó un sonido ahogado que se perdió en la garganta de él. Las manos de Néstor le agarraron la cara, firmes, grandes, inmovilizándola mientras la devoraba. Ella quiso empujarlo, o creyó que quería, pero sus manos terminaron agarrándose a las solapas de su camisa, tirando de él hacia sí misma con un instinto casi territorial. Lo agarró con una fuerza que desmentía una a una sus palabras, reclamando con violencia lo que llevaba quince días convenciéndose de que no le pertenecía.

La mano de Néstor bajó directamente a su cadera. La apretó hacia arriba, encajándola contra él con una exactitud que a Patricia se le desconectaron todos los cables del cerebro de golpe.

Se le aflojaron las rodillas.

Las piernas le temblaron con tal violencia que tuvo que colgarse del cuello de él para no escurrirse hasta el suelo. Notó cómo él la sostenía sin esfuerzo, sin interrumpir lo que estaba haciendo, con esa calma suya de hombre que parece tener todo el tiempo del mundo aunque no lo tenga. El beso sabía a rabia y a abstinencia y a todas las verdades que no se estaban diciendo. Néstor le mordió el labio inferior con suficiente presión para hacerle soltar un sonido que no pudo contener, y ella dejó de intentar contener nada porque el cuerpo ya había tomado sus propias decisiones sin consultarla.

El mundo se borró. 

No había hospital, no había Laura, no había Generalitat. Solo la espalda contra la madera de la puerta, las manos de él sosteniéndola, y ese calor encendiéndose en el bajo vientre que era la razón por la que llevaba dos semanas sin poder dormir bien aunque ella no se lo hubiera admitido a sí misma en estos términos exactos.

Cuando se separaron fue lo justo para respirar. Néstor tenía la frente apoyada en la de ella. Los dos respiraban el aire del otro. Las manos de él seguían en su cintura, posesivas, sin moverse, quemándole a través de la tela de la falda.

—Te odio —susurró Patricia, con los ojos cerrados.

Era la única defensa que le quedaba, aunque sonara a rendición absoluta. Pero era verdad. Lo odiaba por lograr desmantelarla en menos de diez minutos. Lo odiaba por

—Ya. —Él le pasó el pulgar por la mandíbula, despacio, calmando lo que acababa de encender—. Pero para que te quede claro.

—El qué.

Néstor la miró a los ojos. Todo el cabreo habían desaparecido, dejando paso a esa certeza aplastante suya que a Patricia la aterraba porque era inamovible, porque no pedía permiso, porque existía con independencia de lo que ella hiciera o dejase de hacer con ella.

—Me río con ellas. Las escucho. Las abrazo cuando toca y dejo que me abracen a mí —Las yemas de sus dedos trazaron la línea de su cuello, bajando hasta la clavícula, deteniéndose justo donde el pulso la delataba—. Porque soy así y porque es mi trabajo y porque sería un médico de mierda si no lo fuera.

Hizo una pausa.

Levantó la vista del cuello de ella y la miró a los ojos.

—Pero esto... —Lo dijo muy bajito, rozándole la piel sensible con el pulgar mientras sus ojos no se movían un milímetro de los de ella—. Esto no lo hago con ninguna. Solo contigo.

La frase cayó entre los dos sin adornos. Sin escapatoria.

Patricia tragó saliva. La coraza se le había rajado por completo, y no tenía con qué tapar la herida. Tenía el pulso disparado de una manera que sabía que él podía sentir perfectamente porque tenía el pulgar exactamente encima.

—Eres un cabrón —dijo, pero la voz le salió completamente rota.

Néstor soltó esa media sonrisa suya. Cansada. Infinitamente cálida.

—Ya. —Se inclinó y le dejó un beso en la comisura de los labios, suave, de esos que no pedían nada—. ¿Sigues queriendo que llame a Laura?

Patricia le clavó los dedos en el pecho a través de la tela de la camisa.

—Llama a Laura y te juro que te mato.

La risa baja de él le vibró contra el pecho.

—Eso me parecía.