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El sol de la tarde bañaba con su calidez el distrito comercial. A diferencia de otros días, no estaba tan concurrido. Eso, para Nature, fue un alivio. Amaba el distrito comercial, después de todo creció ahí. Y lo amaba aún más cuando podía caminar libremente sin chocar con otra persona cada dos minutos.
De cualquier manera, ¿que hacía ahí en lugar de en la Academia? Sencillo: fue a llevarle algunas cuestiones a su madre. Y de paso, por petición de su alegre compañera de cuarto, llevarle un bizcocho. Sin embargo, apenas puso un pié dentro de la panadería, la vitrina donde debía estar el delicioso pan estaba completamente desierta. Bueno, se lo debería a Marvoleus para otro día.
Ahora caminaba tranquilamente de regreso, con las manos en los bolsillos de la chamarra, observando su alrededor.
El viejo de la verdulería la saludo contento con la mano, Nature le devolvió el saludo con una corta reverencia y una sonrisa. Los niños, revoltosos y llenos de energía que pasaban por ahí, se detuvieron a hablar animadamente con la uma. Ella los conocía, eran de una escuela cercana, y por lo tanto solían recurrir frecuentemente al distrito comercial. De vez en cuando llegaban corriendo a la entrada del bar familiar, y Nature les daba algún dulce que quedará por el establecimiento. Eran un amor.
Luego, se detuvo unos instantes cuando la figura de un felino naranja se atravesó entre sus piernas. Se agachó lo suficiente para poder acariciarlo, desde las orejas, bajando por el lomo hasta cepillarle la cola. Y la gata, dócil, se dejaba tocar, pegándose contra su mano con ronroneos. "Tigresa", decía la placa de su collar. No era la primera vez que la veía. La señora de la pescadería era su dueña, y constantemente se le escapaba. Cuando estuvo satisfecha, con un maullido, salió corriendo hacía el lado contrario.
Nature, por su parte, se pliso un poco la falda antes de incorporarse. Sacudió la muñeca, más por maña que una verdadera razón, sólo para revisar la hora. No había pasado tanto tiempo cómo creía. Se metió una vez más las manos en los bolsillos, y continuó su camino.
Eso, hasta que se detuvo en frente de una tienda en particular. Las altas y anchas vitrinas permitían vislumbrar la variedad de dulces que ofrecían dentro.
No es que no le gustará comer los bocados azucarados, al contrario. El problema recaía en que no solía comprar con frecuencia. Las veces que llegaba a probar era porque alguien más le daba. Cómo esa vez hace unas semanas, cuando Kitasan, sin razón aparente más allá de que, tan sencillo cómo suena, quería hacerlo, la acompaño a hacer sus recados. Ese día se encontraron casualmente en una tienda de papelería, y la chica no se le despegó de la espalda hasta que regresaron a la Academia.
Hubo un momento en el que pasaron, justamente, frente a la susodicha tienda. Kitasan no perdió el tiempo en entrar, y para sorpresa de Nature, salió con una bolsa de mercado llena de golosinas. Hubiera pensado que la pobre muchacha agarraría un malestar por el exceso de azúcar, hasta que le explicó que algunos eran para compartir entre ellas, y los demás se los llevaría a su grupo. Esa chica no tenía remedio.
Una corta campanada, aguda pero no molesta, resonó cuando empujó la puerta. El lugar estaba llenó principalmente de jóvenes, y uno que otro adulto, la mayoría quizás comprando un capricho de sus hijos. Se deslizó entre los estantes. Sólo se llevaría algo sencillo para picar y darse un pequeño gusto.
Fue entonces que una caja roja llamó su atención. Delgada, era apenas más larga que su mano. Tenía escrito "Pocky" con letras blancas y grandes. Recordaba haberlo probado de niña, cuando una de sus compañeros de la escuela le convidó amablemente de los suyos. Desde ese entonces, no los había vuelto a probar. El sabor volvió vagamente a su boca, no era nada del otro mundo, pero a su yo pequeña le parecieron sabrosos. Así que, sin darle muchas vueltas a buscar otras opciones, pagó la cajita y se marchó del local.
En el camino a la Academia apenas había sacado tres. Se los metía a la boca y los mordía deliberadamente lento, disfrutando de su sabor, recordando cosas pequeñas y nostálgicas de su infancia.
Casi igual que el distrito comercial, el Instituto estaba relativamente solitario. Sólo unas pocas estudiantes que paseaban por ahí. Supuso, al igual que ella, la mayoría debían estar en algún lugar lejos de Tracen. Quizás en el karaoke o el mall. De cualquier manera le resultaba agradable la calma que se había formado.
Se sentó en un banco cercano. Con la caja entre las manos, deslizó otra varita fuera, manteniéndola firme con el índice y el pulgar. Se la llevó a los labios, presionando, parcialmente, para que no se le fuera a caer. Comenzó a masticar en silencio.
Recostandose cómodamente del espaldar, cerró los ojos, sumiendose en la calidez del sol, el sonido de los pájaros cantando en la distancia. El chocolate se iba diluyendo lentamente en su boca también, antes de tragar y dejar marcado el tenue sabor en su garganta.
—¡Holi, Nature!
Casi se atraganta con el pedazo de Pocky que le quedaba entre los dientes. Si no fuera porque unos brazos se le enredaron en el cuello, habría saltado dramáticamente de su asiento cómo un gato asustado. Con la mano en la boca, tosió violentamente contra la palma.
Mayano se despegó inmediatamente de su espalda. Para cuando rodeó la banca, Nature ya se había calmado.
—Lo siento, sólo quería sorprenderte... —Se disculpó. Nature negó con la cabeza.
—No, no, está bien. Sólo me tomaste con la guardia baja —aclaró, restándole importancia con un ademán. Generalmente, no le molestaba de verdad su juguetona actitud, y está vez no era la excepción. Simplemente la había agarrado desprevenida.
Sin embargo, Mayano no respondió al instante. Se quedó observando a la pelirroja con curiosidad. Bueno, no a ella en sí, exactamente.
—No pensé que te gustarán —señaló la caja de Pocky que descansaba en el regazo de Nature. Está ultima la agarró con una mano, meciendola de adelante a atrás.
—Ah, ¿esto? Sólo tenía ganas de cumplirme un antojo — entonces sacó un palito, extendiendolo hacía Mayano —¿quieres?
Con los ojos brillantes, la enérgica chica aceptó la chuchería, sentándose a su lado. A diferencia de Nature, está la devoró en un santiamén.
Ambas guardaron silencio después de eso.
Eran tan pocas las veces que ambas se quedaban así, sin decir nada, que podría contarlas fácilmente con los dedos. Pero... Nunca resultaban silencios incómodos. Eran bastante agradables cuando se presentaban.
Mayano se volvió hacía Nature, con un brazo apoyado despreocupadamente encima del espaldar. Si, sólo estaba pensando que decir.
—¿Conoces el juego del Pocky?
—¿Juego del Pocky?
Ok, ¿acaso un dulce tan básico tenía un juego? Eso definitivamente la sorprendió. Sus orejas se sacudieron. Todavía no se acostumbraba a las modas actuales. O quizás siempre estuvieron ahí, y era Nature la desadaptada social.
—¡Si! No es tan complicado —ni siquiera pudo reaccionar bien cuando Mayano le quitó la caja, sosteniéndola a la altura de la cabeza y sacudiendola un poco —si quieres puedo enseñarte.
Mentiría si dijera que no tenía curiosidad acerca de aquello.
—Vale, supongo que está bien.
Y con esa afirmación, y una sonrisa extrañamente satisfecha (que Nature pasó por alto) la más baja sacó otro de los flacos palillos. Le indicó a Nature que sostuviera un extremo entre sus labios, justo la punta, y está ultima siguió las instrucciones al pié de la letra. —Solo debes masticar, es todo.
Ya podía imaginarse como iría ésto. Tal vez era tan simple cómo ver quien se lo terminaba primero, probablemente sin usar las manos, o algo por el estilo. La idea sonaba sencilla, se ajustaba perfectamente al dulce en sí. Tenía que ser eso, estaba segura.
Entonces Mayano tomó el otro extremo con sus labios y Nature sintió que se le revolvía el estómago. ¿Que estaba haciendo?... Oh, maldición, ¿acaso estaba comenzando a morderlo también? Así que así irían las cosas... Podía notar los pequeños detalles de su rostro. La forma en que su semblante ligeramente fruncido se concentraba en cada mordisco que daba...
La reacción fue instantánea. Sus pupilas se movían nerviosamente por el mar gris de sus ojos. Subiendo, bajando. Iban por los orbes ámbar de Mayano y luego volvían a bajar a la inocente chuchería que conectaba sus bocas.
El corazón le retumbaba tan fuerte en los oídos que por un momento temió que la otra lo escuchará. No podía tan siquiera concentrarse en el sabor del chocolate. Mayano estaba tan cerca que podía sentir el cálido aliento escapando de su nariz... Nature ni se inmutó en todo el rato, sus labios igual de temblorosos que sus sudorosas manos. El calor era casi sofocante. Y Mayano no paraba de masticar y masticar.
Inconsientemente bajo la mirada a sus labios...
Sus labios...
Estaban tan cerca que podía rozarlos. Cerca... Demasiado cerca...
¡Crack!
El sonido resonó débilmente entre sus bocas. Maldición, ¿¡Que demonios era ese juego!?
Nature se apartó, cómo si la hubieran quemado, con el rostro encendido en un rojo que podía competir con el de su cabello. Se cubrió la boca con una mano. Por otro lado, Mayano observaba algo perpleja. Su mitad del Pocky sobresalia apenas de sus labios hasta que terminó por tragársela.
—¡Supongo que está es una victoria para mi! —y aún tenía el descaro de burlarse en su cara. Nature quería gritar, cavar un hoyo y enterrarse ella misma en el. —hey... Tienes la cara un poco roja.
Sin embargo, pese a toda su confianza, Mayano también estaba bastante sonrojada. Oh, definitivamente le hubiera devuelto la burla si no fuera por...
—¡Hey, Maya, por aquí!
A lo lejos, una figura conocida saludaba animadamente, con el brazo en alto y agitando la mano. Mayano inmediatamente le devolvió el saludo, haciendole una seña de "espérame un segundo".
—Le prometí a Curren que la ayudaría con unas fotos —explicó, levantándose de un salto —bueno, ¡nos vemos luego!
Cuando la jóven de cabellos naranja se alejó un par de pasos, Nature por fin pudo soltar el aire que había estado conteniendo. Y cómo si no fuera suficiente humillación, Mayano le gritó por encima del hombro. —¡la próxima podemos tener una revancha, sólo no te pongas tan nerviosa!
Y con una risita, ella finalmente se fué.
Nature enterró la cara entre sus manos, su cola moviéndose inquieta detrás de ella. La caja de Pocky había quedado olvidada a su lado en ese momento. Oh, por el amor de las diosas, esa chica algún día la iba volver loca.
