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¿Qué era exactamente un hábito?
Superficialmente, una conducta repetitiva, algo a lo que uno se acostumbra... Entonces, para ella, esto ya era un hábito.
—Es... Complicado —aguzo el oído, prestando especial atención a cada palabra —¿no te estoy quitando tiempo con ésto?
Nature negó. Si alguien la necesitaba, siempre podía hacer tiempo para esa persona. Siempre. Después de todo, le gustaba escuchar; la hacía sentirse un poco menos inútil.
Palmer, a su lado, dejó la taza de té en la pequeña mesita de centro, observando cómo el humo se disipaba lentamente. Por su parte, Nature le dió un sorbo a su propia taza de té. Intentó, vagamente, disimular la mueca que se formó en su rostro apenas tocó su garganta. Ya se le había enfriado.
—Helios... Ella me preocupa —se encorvo un poco, con los brazos en las rodillas — su enamoramiento con Ruby definitivamente no es nada sano para ella...
El amor... Nunca fue un tema que encajará mucho con ella. No lo negaba, pero simplemente se le complicaba compartirlo. Abrirse emocionalmente a otra persona, entregar cuerpo y alma, lo que sientes y piensas... No, definitivamente no podría hacer eso. Además, Nature era una oyente, y estaba feliz con sólo eso. No necesitaba ser escuchada, nunca lo necesitó.
Sin embargo, gracias a ese hábito, había escuchado más de una vez problemas relacionados con el romance. Todavía recordaba esa curiosa vez que Teio, tan abochornada, le confesó lo que sentía hacia su eterna compañera y rival, McQueen. "Por eso me costó tanto darle un simple gracias... ¡Oye, no te rías de mí!" . En ese entonces, parecía un cachorrito confuso buscando guía.
—La persigue cómo si fuera una diosa, y Ruby a penas le regresa los buenos días, y eso es solo por cortesía —cuando Palmer prosiguió, Nature volvió toda su concentración a ella — y Helios está tan ilusionada... Y... ¡Eso de verdad me frustra!
Se cubrió el rostro con las manos, su voz quebrándose de rabia con cada palabra. La pelirroja ladeo un poco la cabeza, pero no dijo nada, esperaría que terminará de desahogarse. —Porque ella es mi mejor amiga, y se está comportando cómo una imbécil... A veces agradezco que Ruby no le ha contestado feo hasta ahora. Pero tampoco le pone límites, y Heri se sigue ilusionando por nada...
Palmer, entonces, suspiro. Sólo se le veían parcialmente los ojos por detrás de los dedos.
—Ya veo... En ese caso, deberías decírselo de frente —comenzó Nature, la otra muchacha apenas se inmutó con una sacudida de orejas —a este punto probablemente no se de cuenta por si sola, y si sigue, el peso se irá acumulando y acumulando, y cuando le caiga encima... —hizo un ademán con la mano, simulando una explosión. Palmer, que la veía de reojo, asintió con un ligero movimiento de cabeza.
—Pero... ¿Y si no me hace caso? Se ha convertido en una completa simp, probablemente su capacidad de pensar se hiper bugueo.
No respondió de inmediato, se había perdido intentando descifrar la curiosa jerga que, tanto Palmer cómo su amiga, parecían amar usar... Bueno, eso no era tan importante por ahora.
—Ambas se tienen cariño, al menos por lo poco que he visto —se inclinó un poco, dejando la taza a medio tomar junto a la de la Mejiro —tal vez, lo que necesita es que alguien de confianza le haga ver. Y si realmente te aprecia, estoy segura que escuchará.
El silencio que siguió no fue incómodo. Palmer organizaba sus pensamientos. Nature... No tenía pensamientos en los que sumirse, entonces sólo esperó, paciente.
—Creó que tienes un punto —sus pupilas casi brillaron, cómo si hubiera recibido un consejo millonario. Se levantó del sofá, sacudiéndose la falda; agarró su taza, casi completamente llena, pero pudo beberse el té rápidamente; ya estaba tibio —muchas gracias, Nature, lo voy a tomar en cuenta.
Aprovechó su reverencia para dejar una vez más la taza, ahora vacía, sobre la mesita. Caminó hacía la salida, despidiéndose con la mano por encima del hombro, y desapareció al cruzar el umbral de la puerta. Y Nature... Sólo se quedó ahí, devolviéndole la despedida con una sonrisa hasta que ya no entrará en su campo de visión.
Bajó la mirada hacia sus manos, entrelazadas elegantemente en su regazo. Cómo siempre, se sentía satisfecha de poder apoyar, y que las personas tuvieran la confianza suficiente de soltar sus cargas con ella. Y, igualmente habitual, guardó cada palabra con llave y candado. Lo que los demás le decían, fuera donde fuera, no saldría de ahí. Para ella era suficiente, tan sencillo cómo parecía, escuchar.
Ni tampoco necesitaba que la escucharán a ella. No necesitaba convertirse en la carga de alguien más, la sola idea le parecía tan ridícula a este punto. Estaba bien así, escuchando, siendo el hombro para llorar. No había necesidad de que fuera al revés.
Así que sólo se quedó ahí, acomodándose un poco mejor sobre el mueble, bebiéndose lo que le quedaba de té.
───────── ♡ ─────────
En algún momento de la conversación, dejó de intervenir. Camino hasta la puerta, rezando que su ausencia no fuera notada, y apenas tocó el pasillo corrió, corrió y corrió hasta que sus piernas, agotadas y quemando, ya no pudieron más. Sólo entonces pudo respirar, apoyándose con el antebrazo de la pared. Pero no se sentía mejor, si al caso, estaba aún peor.
¿Por qué la gente tenía que seguir repitiéndolo? Lo había escuchado tantas veces que ya le dolían los oídos: otra carrera, otra victoria ajena, y ella, tranquilamente (no, la verdad) en su noveno lugar. Ni siquiera pudo llevarse otro bronce para meter miserablemente en su estúpida colección. Aunque debía esperarlo, aspirar al tercer lugar quizás estaba siendo mucho pedir. Y luego llegaban los demás con sus comentarios innecesarios de "la coleccionista de bronce está bajando su desempeño..." o "cualquiera que siquiera haya querido pisarle los talones a Brian debería considerarse una perdedora".
Efectivamente, ella era una perdedora. Todo era patético, ella era patética por seguir levantándose y seguir corriendo, con el vago, pequeño y totalmente inútil pensamiento de que alguna vez lo va a lograr. ¿Es que ya no ha tenido suficiente?
Y con todo eso, incluso cuando era consciente de que aspiraba alcanzar talentos natos y feroces, cuyos brillos se alejaban más y más de sus manos hasta el punto de ser un borrón en la distancia... Ahí estaba, una vez más. Y una vez más, había sido totalmente pisoteada.
Tal vez lo hacía por lástima. En contra de si misma y el afán de no llamar la atención, habían personas que la apoyaban, no sólo de su propia familia, o del distrito comercial. Y para su agobio, no era una cantidad específicamente reducida. Oh, Dios, ¿por que simplemente no se quedó con las G2 y G3? El universo se burlaba en su cara.
Bueno, realmente sus propias decisiones eran las que la habían llevado hasta ahí. Ni ella misma se entendía. Conocía su lugar mejor que nadie, pero en el fondo, ansiaba el oro, la gloria, cómo cualquier otra. Porque, quisiera o no, seguía siendo una uma, seguía siendo una corredora. No iba a vivir toda su vida negando que los logros menores, aunque suficientes, no llenarían ese vacío en su corazón, creado desde el esfuerzo... Y eso dolía.
Era tan, tan ridícula, tan patética... A veces le gustaría ser cómo una nube, flotando en el vasto cielo, sin preocupaciones, sólo estando ahí, probablemente entreteniendo a un grupo de amigos que se divierten buscándole sentido a cualquiera que sea la floja forma que tomé. Pero, tristemente, no era una nube; no podía evitar sentir.
Las lágrimas, sin permiso, comenzaron a acumularse en sus ojos vidriosos, amenazando desbordarse. Le ardían, el pecho le quemaba. Las uñas se le clavaban en las palmas, las marcas rojizas casi volviendose grietas que sangrarian.
No quería, no le gustaba sentirse así, un desastre... Solía tener sus emociones bajo control, consolandose a si misma con palabras simples y crudas que, de alguna manera, la mantenían en pie. Sin llorar, sin quejarse, sólo seguir adelante, porque no es cómo que pudiera hacer algo mejor.
Pero no puedes contener un río con cajas de cartón por mucho tiempo...
Luego recordó donde estaba, sentada en el suelo, con expresión lastimera y en medio de un pasillo, para su único alivio, desierto, ensombrecido. A esas horas casi todo el mundo estaba en la pista, o fuera donde fuera lejos de la Academia.
Ella nunca había llorado en la escuela. Ni tenía la intención de hacerlo. Pero cada vez que buscaba fuerzas para levantarse e irse de ahí... No las conseguía. Así que, sin otro remedio más que el de para su propia vergüenza, decidió soltar. Con el rostro entré las rodillas, que abrazaba cómo si fueran un ancla.
Un sollozo, un hipido. Y luego, se deshizo en pedazos
No recordaba que soltar se sintiera tan solitario... De hecho, ¿cuando fue la última vez que realmente se desahogo? En esos años, sólo era una pequeña niña, frustrada por una tarea de la primaria. Y su madre, siempre a su lado, la abrazo hasta que se calmó.
Cómo desearía tenerla cerca. Un deseo infantil; y aún si ella estuviera ahí, Nature sabía con certeza que no botaría una sola lágrima en frente de ella. Odiaba preocuparla. Odiaba ser una carga. Además, ¿no consideraba todo esto demasiado estúpido ya? Sólo lloraba porque no podía evitarlo, listo. No necesitaba palabras de apoyo, no necesitaba ser escuchada. Cuando acabará, se iría de ahí, y todo continuaría tal cómo estaba hace unos minutos. Probablemente, o no, correría cómo una idiota de nuevo. Seguiría escuchando a los demás, seguiría guardándose sus problemas para si misma. Tal cómo debía ser.
Tal cómo ella consideraba que debía ser...
...
—¿Nature?
Oh, carajo.
No alzó la cabeza, ¿como podría hacerlo en ese estado? Y más cuando el suave susurro venía de una voz, para su desgracia, tan familiar... Sólo pudo dejar de sollozar, mordiéndose el labio con desmedida fuerza para contenerse. Y este, a diferencia de sus manos, si logró sangrar. Sus orejas se aplastaron encima de su cabeza.
Pero... Le pareció curioso no escuchar más insistencias. Podía sentir la presencia de Mayano parada a su lado. Incluso podía imaginarse su rostro preocupado. Porque así era la chica, Nature la conocía, más de lo que pretendía.
Si tuviera que definir su relación... Diría que se llevaban bastante bien. Ella era una torpe y revoltosa amiga que sabía cómo sacarle una risa y entibiar su a veces agotado corazón. Comenzaron a pasar tiempo juntas desde que Mayano, con su pequeña fijación de volverse una adulta, le pedía consejos casi a diario a la pelirroja de coletas.
Y en un momento indeterminado de su relación, Mayano pareció tomarle un cariño especial. Invadía su mesa en los almuerzos, si la veía caminar sola a la Academia, corría hasta ella para acompañarla. Incluso en el regreso a clases después de Diciembre, no perdió el tiempo en ser la primera que le diera un presente de Navidad. Ese día Nature se sintió bastante contenta, pero claro, no admitiría tal cosa en voz alta.
Era una chica tan opuesta a ella... Tal vez por eso le agradaba tanto.
Aunque, en este preciso momento, preferiría que ni siquiera se conocieran. Ya se lo veía venir, una avalancha de preguntas que Nature, una a una, iría desviando, restandoles importancia hasta que la otra se fuera, o ella misma, con una excusa mal armada, saldría de ahí tan rápido cómo llegó.
Y esperó... Pero Mayano no decía nada. Se sintió tentada de levantar la mirada. Sólo movió un poco la cabeza, lo suficiente para que su ojo derecho observara exactamente que estaba sucediendo.
Y Mayano seguía ahí, cómo era de esperarse. Sólo que, a diferencia de lo que Nature pensaba, estaba tranquilamente sentada a su lado, con las piernas cruzadas, y mirando la pared que tenían enfrente.
Pocas veces la veía tan calmada. Y cuando lo estaba, no pasaban ni diez minutos, y volvía a su energía habitual...
—Supongo que no me dirás nada, aunque yo te lo pida... —murmuró de repente. Sus orejas enguantadas se sacudieron de la impresión.
Otro silencio. Pareció que Mayano lo predijo. Suspiro y continuó.
—Está bien, puedes seguir... En lo tuyo. Pero por favor, al menos déjame acompañarte, prometo quedarme callada...
Hablaba con un tono tan bajo y fluido que por un momento se preguntó si era la Mayano Top Gun con la que había estado conviviendo el último año. O quizás sólo era el hecho de que no estaba acostumbrada a recibir a si sea la empatía silenciosa de alguien más. Ni tampoco quería acostumbrarse a ello.
Pero se escuchaba tan sincera...
Volvió a enterrar la cabeza en las rodillas. Había perdido las ganas de llorar a cántaros, pero aún se sentía mal. Si quería quedarse que lo hiciera, de todos modos fue decisión suya. Y, tal cómo aseveró, no volvió a escuchar una palabra salir de sus labios.
Su silencio fue inquietante al principio. No podía familiarizarse a eso tan rápido. ¿De verdad estaba ahí, quieta, y no saltando de un lado a otro y diciendo cosas en su mayoría ridículas? Tal vez no la conocía tan bien cómo creía. O, quizás, no le había dado a Mayano la verdadera oportunidad de acercarse. Pero así era con todo el mundo, independientemente. Nadie ha visto lo que hay realmente debajo de toda esa fachada de "estoy bien, no te preocupes por mi". Porque así era Nature.
Y... ¿Acaso estaba tarareando? Suponía, Mayano no iba a poder estar tanto tiempo sin hacer algo, así fuera mínimo. Sin embargo, no se sentía invasivo. De hecho, era bastante tranquilizador.
Entonces sintió una mano en su espalda, y todo su cuerpo se puso rígido cómo una piedra. Pero no se movió. Repentinamente dócil, se dejó hacer. Trazó un camino desde la nuca hasta la espalda baja. Volvió a subir por su columna, un poco, y se quedó allí, dibujando círculos invisibles con el pulgar. La pelirroja apretó un poco más fuerte sus piernas contra su pecho.
Su lado insistentemente terco le gritaba que ya estaba mostrando demasiado. Debía apartarse, de paso pidiéndole que por favor olvidarán toda esa situación que en primer lugar, jamás debió suceder. Y así continuarían con el curso de las cosas tal cómo iban.
Pero, ahora que lo pensaba... ¿Mayano realmente sabía consolar? Tal vez, pero estaba completamente segura que lo suyo era dar ánimos, que se reducían a solo eso, palabras simples y rebuscadas que servían para al menos subirle un poco el brío a los demás. Porque así era Mayano.
Y aún así, ahí estaba, en un silencio apenas roto por el sutil susurro de su tonada, tocando a Nature cómo si fuera un objeto increíblemente frágil. Porque, así debió considerarlo, era la mejor manera de consolarla. Se estaba comportando de una manera totalmente distinta... Sólo para intentar ayudarla, aunque fuera un poco.
Vaya, dió perfectamente en el centro del blanco. Nature sentía que el corazón se le iba a derretir. Eso la desconcertó.
—Deberíamos volver, probablemente nos estén buscando.
El vacío que quedó donde su mano había estado lo sintió un poco patético. Un gemido quejoso apenas se le entendió por detrás de los labios. Para su buena suerte, Mayano no le prestó atención a eso. Agradeció, también, que la dejará incorporarse por su cuenta. Una tarea que le pareció mortificante y lenta. Todavía tenía las piernas flácidas.
Lo primero que vió en el rostro de la más baja fue un ceño fruncido.
—Que descuida eres, Nature, ¡mira cómo te quedó el labio! —extendió la mano hasta la boca de Nature, pasando el índice con la suficiente fuerza para limpiar la mancha roja. Nature la dejo hacerlo, aunque su cola se tenso detrás de ella.
Lo había olvidado. Incluso el sabor metálico había pasado desapercibido. Y también se le había olvidado por completo la razón principal por la que se había tirado en el suelo a lloriquear cómo un gato al que le habían pisado la cola.
Mayano retrocedió un paso, dejando caer el brazo a su costado. Tenía los pómulos teñidos de un rosa tenue, del cual Nature se abstuvo de cuestionar. Ninguna dijo nada después de eso.
—Perdón que tuvieras que ver todo... Eso —Nature fue la primera en romper el silencio, rascándose la mejilla con una sonrisa apenada, cómo si lo anterior hubiera sido una simple charla de enamorados. La pelinaranja negó al instante.
—¿Sabes?, no tienes que afrontar todas las cosas sola.
—No te tienes que preocupar por eso...
—No, lo digo enserio —cuando Mayano insistió, a Nature se le hizo difícil replicarle —sea lo que sea que tengas, deberías decirle a alguien... Esas cosas duelen si las llevas mucho tiempo dentro.
Ella... No encontró las palabras, realmente no podía hacerlo. ¿Acaso esa muchacha tan inmadura la estaba reprendiendo? Bueno, siempre se aprendé algo nuevo. Mayano captó su silencio, y para su salvedad, decidió no presionar
—Tal vez no sea tan buena para consolar cómo tú, pero... —se colgó de su brazo con confianza, cómo si fuera a guiar a un ciego por una autopista —al menos me gustaría quedarme a tu lado, así sea en silencio. Y si quieres hablar... Te prometo que te escucharé.
Suspiro, dejándose arrastrar nuevamente al salón por la uma más baja, que ya había recuperado su energía. En un momento del camino empezó a hablar de cualquier cosa que se le ocurriera, y Nature la escuchó, sintiéndose mucho mejor.
Y, quizás no le pareció tan descabellada la idea de, al menos, tomar en cuenta su propuesta...
