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El torneo

Summary:

El hijo de Valarr y Daeron está por nacer.

Notes:

Hacen buena pareja y ese canon tan cruel que no los deja vivir juntos.

Work Text:

Su vestido se atasca en la esquina de una mesa, así que lo jala porque lleva prisa. Ya le pedirá a la modista que le dé un retoque. Corre con las jarras de vino que colocarán en el palco real. El rey fue directo. Perfección y orden. El pueblo concentrado en la justa y la otra mitad del castillo estará asistiendo el parto del príncipe. A este punto, se queja con los Siete que le haya tocado servir en los palcos y no con las parteras y los maestres. 

El castillo está decorado, con todas las velas encendidas, el olor a incienso y aceites para proveer una bienvenida ideal a los invitados. Esquiva a sus compañeros de personal, con una técnica perfecta para no derramar las gotas de vino y ganarse una cachetada por parte de la cocinera. El ama de llaves la apresura desde unas gradas, donde está esclavizando a los sirvientes para que acomoden mejor las alfombras de hilo proveniente de Myr. 

Llega al palco, en el tiempo justo para ver las puertas abrirse y que la multitud entre para esperar a los concursantes del torneo. Se queda un momento desde esa altura, apreciando la vista. Los escuderos están preparando a los caballos y terminando de acomodar las lanzas. Los sirvientes ajustan el nivel del suelo y los guardias vigilan que nadie se quiera pasar de listo y escabullirse por los muros en busca de asustar a las princesas. Los banderines ondean con el viento del verano y las nubes proclaman un día sin lluvia o frío. Los músicos de la corte están acomodándose en sus lugares, muy cerca de la primera fila para ver la carne mutilarse y bañarse con la sangre de los que no corran con suerte. 

Sabiendo que debe prepararse para la larga jornada, se limpia las manos con su delantal y sale antes de que los nobles lleguen. 

Baja por las escaleras de piedra, apresurándose para ayudar con los largos platos que contendrán los bocadillos. El príncipe Baelor pidió cuernos de crema y miel, pero el príncipe Maekar eligió hojaldres con jalea. Aerys pidió higos con crema y Rhaegel dijo que su esposa quería duraznos en vino. El rey dijo que era bueno hacerlos todos, así que las cocinas no han parado de meter leña en los hornos desde hace cuatro noches.

Se topa con sus amigas en la cocina, unas que mencionan sobre la mala suerte de todos aquellos que están en la torre de partos, porque ahí los únicos jueces son los Dioses y a veces son crueles. 

Desde que se supo del embarazo del príncipe Daeron, el castillo se volvió al servicio de todo lo que su majestad quisiera pedir. En su vientre vive la sangre que heredará y gobernará los Nueve Reinos, claramente los príncipes adultos y el rey se preocuparían porque su heredero nazca en las mejores condiciones. En los primeros meses, el príncipe Daeron sufrió de leves náuseas. Los antojos se convirtieron en el castigo para el príncipe Valarr y los cocineros. Porque Daeron fue tranquilo. Valarr no.

A veces bajaba a las cocinas a pedir algún dulce y se podía ver su necesidad cruda por llenarse de azúcar. 

Las casas nobles enviaron regalos y buenos deseos, cada uno con las claras intenciones de mostrarse ideal para formalizar nuevas alianzas.

Ella aún recuerda la gran boda que se celebró cuando el príncipe Valarr se unió en matrimonio con el príncipe Daeron, una unión que fue más celebrada por el propio rey al ver que la sangre del único doncel en su familia permanecería entre ellos. Muchos pensaban que ese matrimonio sería una tragedia, marcado por el distanciamiento por Valarr y por la evidente ebriedad de Daeron, pero no fue así. Ella perdió algunas estrellas de cobre debido a las apuestas que corren por las cocinas. 

El magnífico matrimonio demostró ser estable, tan bien concretado que incluso el príncipe Daeron logró gestar la semilla de Valarr. 

Es bien sabido por todos los reinos que los donceles no pueden dar a luz si el padre muestra rechazo hacia su pareja. Los maestres lo llaman: la fertilidad de los dioses. Si el padre no ama a su pareja, entonces es porque los dioses han determinado que esa sangre no debe reproducirse por el bien del los reinos. 

—Deja de comer, eso es para los príncipes —regaña la señora de la cocina a un sirviente, quien se metió un cuerno de crema de un sólo bocado.

—Muero de hambre —se queja el otro, apenas masticando.

—¡Apresúrense, el rey no puede esperar! —dice otro señor al mando, corriéndolos como hormigas. 

Las nobles casas ya están en sus lugares junto a los príncipes jóvenes y los mayores. La animosidad hace que nadie se dé cuenta de la deficiencia de postres en los servidores de plata. 

Ella deja los cuernos de crema y da una reverencia antes de marcharse en silencio, sin que nadie vea el cuerno que lleva entre los bolsillos de su ropa. 

—¡Miren, es Lord Tully!

—¡Qué horrible capa, parece manto para cerdos!

—Rhae —reprende su madre, pero nadie contradice lo que menciona la princesa.

El palco real está a reventar de príncipes, cada uno con sus distintivas ropas de colores rojo y negro, junto con los broches de dragón. Sólo los nobles más allegados están junto a la casa real, compartiendo los postres que se sirven en honor al príncipe que nacerá en pocas horas. 

Pensando en eso, la joven sirvienta escabulle de la torre de palcos y apresura para llegar al otro lado del castillo, buscando el lugar donde se vivirá la verdadera acción. Las personas ahí se mueven con más tensión, la carga sobre sus hombros para que el parto ocurra sin dificultades. Se infiltra y se coloca una túnica sobre su vestido, cubriendo sus ropas manchadas de harina y azúcar. 

—¿Todo bien? —pregunta quedito a otras compañeras.

—La partera dice que el príncipe está tranquilo, pero el Extraño no tardará en aparecer —dice una—. Siempre llega.

—Que los cuervos te arranquen la lengua —regaña otra compañera, ofendida—. Los dioses han sido buenos. El príncipe y el bebé estarán bien. 

—¡Más agua!

Pide alguien desde el dormitorio y esa parte del castillo se mueve, llevando con prisa lo que se ha solicitado. 

—¿No deberías estar sirviendo en los palcos? —le pregunta alguien.

—Quería ver —responde como niña curiosa, encogiéndose.

Su amiga sonríe, entendiéndola.

—Iré a buscarte cuando asome la cabeza —le susurra antes de separarse.

Confiando en su amiga, se quita la túnica y regresa a su lugar de servicio, agarrando las jarras de vino dulce y aromático. Sube por las gradas y el griterío del torneo la deja sorprendida, pues el rey está listo para iniciar.

—¡El príncipe Daeron ha iniciado labor! ¡Nada me emociona más que prometerles un nuevo heredero! —proclama y los habitantes de King's Landing se alzan en gritos y ovaciones para el joven príncipe que sostiene el legado del dragón—. ¡Declaro iniciado el torneo!

Escucha el ruido de los escuderos preparando las armas, así que estira el cuello para ver un poco más.

—Vino —escucha que alguien pide, así que agarra una jarra y busca con rapidez la copa.

El príncipe Maekar luce nervioso, pero no por los competidores. Su cabello está algo encrespado y las líneas de tensión en su rostro no ayudan a disimular su malestar. A su lado, Lady Dyanna le sonríe con amabilidad, agradeciendo por el vino. La muchacha da una reverencia corta y está por irse, pero alguien más pide vino al otro lado.

El príncipe Matarys extiende su mano, pero su vista está enfocada en la competencia.

—¿Quieres vino, hermano? —pregunta hacia Valaar.

—No, gracias —rechaza al instante, retorciendo un anillo entre sus dedos.

—Trae una copa —le pide Matarys, así que ella busca la más pulida entre la copas libres y la llena con una cantidad ideal. 

Valarr frunce el ceño, mirando a su hermano con enojo.

—No puedo beber. Mi esposo está esforzándose al otro lado del castillo mientras que yo estoy bebiendo vino y viendo a estos inexpertos jugar.

—Es una tradición —explica su hermano, como si fuera tan natural como el agua.

—Viserys hizo lo mismo y mira como terminó —masculla Valarr, irritado de estar ahí.

—¡Cinco dragones! —dice Daella hacia Aelor, sonriendo con victoria.

Aelor empalidece por su mala suerte y mira a su madre, quien le dice un absoluto no con la mirada. Es Aerys quien le da el dinero para que siga en su lucha por elegir a un buen caballero y competir contra Ser Duncan y Egg.

La sirvienta se sorprende del buen oído que conserva, pues aún puede escuchar lo que dicen los príncipes por sobre la música del torneo y los gritos.

—Descuida, Daeron lo tiene todo bajo control —dice Matarys, tan flojo que Valarr se empina la copa por las ganas de salir corriendo.

Se marcha del palco mientras los gritos de otra victoria la dejan con los nervios de punta. Más compañeros de servicio se encargan de llevar los platos con los postres, obligándola a pasar por los pasillos desolados. Se detiene cuando observa que, al otro lado del castillo, se abre una ventana en la torre de partos. 

Corre como nunca antes lo haría y casi se saca un ojo con una cabeza de venado. Llega hasta la cocina, donde se moja las manos y luego vuelve a correr con prisa, con un objetivo claro. 

Se encuentra a su amiga a medio camino, quien le dice que estaba por buscarla porque el nuevo príncipe está por llegar. Se coloca la túnica con rapidez y se une al cuerpo en servicio del príncipe Daeron. Sus gritos son adoloridos, tan ebrios de angustia y esfuerzo que ni siquiera una buena copa de vino lo ayudará. 

—De nuevo, majestad. La cabeza-

—¡Ya lo sé! —ruge el príncipe, tan enfurecido que podría haber lanzado fuego como sus antepasados dragones.

El dormitorio huele a sangre y otra mezcla de fluidos que puede apostar que alguien vomitó de los nervios en algún pasillo. 

El príncipe Daeron suda a mares, con la ropa de algodón pegada a su cuerpo mientras se sostiene de la cama para pujar. Las matronas esperan con mantas limpias, una daga y paños húmedos para ayudar con el calor del príncipe. El maestre es el que sacrifica su existencia al estar cerca del príncipe, el más vulnerable al ataque de un doncel enfurecido. 

—¿Dónde... dónde está mi esposo? —exige saber, apretando los dientes mientras puja otra vez.

Nadie se atreve a responderle, porque decirle que está bebiendo vino en el palco mientras observa la justa, sería provocar que Daeron pida la cabeza de Valarr en ese momento. 

—Otra vez, majestad. Falta muy poco —le pide una matrona, levantando la sábana para ver el progreso.

Daeron respira profundo dos veces antes de volver a pujar, gritando para desahogar la presión de su cuerpo. 

—¡Falta muy poco, mi príncipe!

—¡Sólo un poco más!

Lo animan y la sirvienta se acerca para ver mejor. No importa que el príncipe esté al color de una cereza madura, que sude como obrero bajo el sol y esté cubierto de sangre y quizá orina. Para ella, está realizando el acto más valiente y digno que los Dioses pueden otorgar. Arriesgando su vida y desgastando sus fuerzas para que un nuevo príncipe conozca la luz del sol y admire las nubes tal y como ella hizo durante esa mañana. 

Junto a ella, el resto de sirvientas comienzan a lagrimear de orgullo, conmovidas al ver que todas esas horas de esfuerzo y esos meses de cansancio se resumirán en esto. En el pequeño bebé que ahora llora con todas sus fuerzas.

—¡Patea como una cabra! —celebra una de sus compañeras, tan feliz como el resto.

La sirvienta se apresura para ayudar a las matronas que atienden al príncipe, quien cae rendido sobre la cama, apenas observando a su bebé. El maestre se apresura a decirle a sus ayudantes que busquen al rey y al príncipe Valarr, que el nuevo heredero ha nacido. 

Es precioso.

Mírenlo, es enorme.

La sirvienta refresca con paños la frente del príncipe, pero su mirada está sobre el bebé. Su llanto agudo y fuerte, que sólo demuestra la sangre del dragón que corre en su pequeño cuerpo. Ayuda para acomodar al príncipe y a limpiar las ropas donde está. El maestre le proporciona una infusión y las matronas revisan que todo esté en orden para la llegada de la placenta. 

—Aún falta, majestad —le dicen, pero Daeron ya lo sabe, así que sólo pide un momento de calma.

. . .

Vivirlo en primera fila es algo de lo que presumirá, pues no muchos pueden estar sirviendo en el palco y atender un parto real. Pero no hay nada tan lindo como ver a un príncipe doblegado por su esposo, a quien le dicen que los Dioses lo castigarán.

—El rey insistió.

—Pero yo soy tu esposo —dice Daeron, arisco—. ¿Acaso te acuestas con el abuelo? ¿Será él quien tendrá a tus vástagos? —sisea.

Valarr sostiene las manos de su esposo, intentando algo.

—Son nuestros-

—Cállate antes de que me arrepienta y decida lanzarme del último piso de ésta estúpida torre —taja y Valarr aprieta los labios con obediencia.

Daeron mira hacia su hijo, uno que descansa en los brazos de su abuelo y es presumido frente a su familia.

—Lucerys, el traidor. Ese será su nombre —determina.

Valarr mira hacia donde está su hijo, mismo que ya besó y adoró por varios minutos.

—¿Por qué?

—¿No lo viste? En esa cabecita no saldrá ni un sólo cabello mío. Ni siquiera plateado —expone, con tal ofensa que alguien pensaría que Daeron no quiere a su hijo—. Esa criatura estuvo en mi cuerpo, lo cuidé, dejé el vino por él, y me paga siendo idéntico a ti —chilla, delirando por el cansansio.

Valarr intenta no sonreír. La sirvienta puede comprobar que de verdad se esfuerza, pero el gesto nace en su rostro y Daeron se pone aún peor.

—Creí que te gustaba mi cabello.

—Lo dije en mis noches de ebriedad, los Dioses lo saben —rechaza, pero no tiene la fuerza para escapar del abrazo que le da su esposo, rodeándolo mientras besa su rostro con adoración.

—Y sólo los Dioses saben cuánto te amo —susurra Valarr, pero ella puede escucharlo tan fuerte como el rugido de un dragón.

Daeron se ablanda como las galletas de mantequilla, dejándose abrazar por su esposo.

—Gracias, mi amor —le dice Valarr a su esposo, sujetándolo con la ternura que solo el verdadero amor puede dar. 

Daeron le devuelve el abrazo y se apoya en su hombro, con una sonrisa orgullosa brotando de sus labios al ver todos los halagos que recibe su bebé.

—¿Quién ganó el torneo?

Valarr mueve su cabeza para ver su esposo, compartiendo una mirada íntima y melosa.

—Me debes unos cuantos dragones de oro —le dice Valarr, sonriendo de una forma que podría enamorar a todos los Siete Reinos juntos.

Daeron regresa a su mal humor en ese instante.

—Te cortaré las pelotas si vuelves a pedirme una sola estrella de cobre, amado esposo —le dice, con tal furia que Valarr sonríe aún más. 

Sabiendo que debe irse, la muchacha se despide con una reverencia y pasa junto al bebé, mirándolo por última vez en ese día. Quizá pueda infiltrarse en el servicio del príncipe Lucerys para ponerle esos adorables vestiditos y enseñarle las cabras mientras sus padres están ocupados reinando sobre ellos.