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Cerró los ojos con firmeza. Deslizó sus dedos por sus sienes y se maldijo mentalmente ¿Qué tan estúpido podía ser? No, bueno no es que fuese estúpido, Suguru sabe que lo hizo por algo, pero aún así era inevitable no castigarse mentalmente. El dolor en su cabeza hacía que su cerebro pareciera que palpitara y que martilleaban su cráneo. Tarareó bajo, como si aquello relajara la ansiedad que sentía. El azabache siempre pensaba que hacía lo mejor, de verdad creía en el bienestar de las personas, pero las mismas no cooperaban para nada. Fue una voz masculina la que lo sacó de ese remolino de pensamientos que siempre terminaban por amargarlo, un hombre que ya comenzaba a perder fe en la humanidad.
—Geto—. El pelinegro levantó la vista. Yaga, su superior, el jefe de la sección de protección de menores estaba apoyado en el marco de la puerta con una expresión que Suguru conocía bien. Era la misma que ponía cuándo iba a dar una noticia que no quería escuchar, y dios, que no quería oír nada ahora, no cuando está a dos casos más de querer cometer un crimen de odio.
—jefe—. Murmuró, su voz sonó suave, falsamente tranquila, intentando ocultar el amargor que subía como náuseas por su estómago.
—Hay reunión, ven.
Suguru no quiso preguntar de que reunión era. Se levantó, se arremangó la camisa y siguió al hombre por el pasillo, ¿Siempre el camino por el pasillo se sentía tan incómodo? Era como si todo fuese infinito y nunca acabara todo. Es cansancio mental, se dijo a si mismo, sabiendo bien que era más que eso. Pero no podía luchar mucho, él mismo escogió este camino.
Al llegar a la sala de juntas, notó la presencia de tres personas más allí. Utahime, la subdirectora de la fiscalía, un hombre del departamento jurídico que no conocía, pero podía ver en su gafete algo sobre Higuruma, pero el pelinegro no quiso dar muchas vueltas, porque en verdad ya las demás personas se difuminaban en sus memorias y sinceramente, no importaban.
Suguru se sentó, ignorando cada mirada hacía él, bueno más bien ignora todo desde hace tiempo.
—Las pruebas de ADN no fueron alteradas. — Habló primero, con esa voz serena y tranquila que siempre tenía— Se amplió el contexto sociofamiliar con información que el equipo original omitió.
Se estaba defendiendo, lo hizo por un bien mayor ¿De acuerdo? No lo hizo por corrupto, lo hizo porque esta exhausto de que siempre a los inocentes los lastimen y los más débiles queden desprotegidos.
—Usted sabe perfectamente a que me refiero, Geto.
Lo sabía. Había cambiado la redacción de un informe de entorno para que las gemelas fueran asignadas a un hogar de acogida fuera de la prefectura, lejos de la comuna donde habían pasado los primeros siete años de su vida, en una comunidad ignorante que las violentaba, que ignoraba los derechos básicos de unas menores. No había falsificado datos, solo había matizado, había hecho que las verdades incómodas pesaran más que las inconvenientes, y lo volvería a hacer.
—Entiendo—. Respondió al fin, con un filo en su voz que lo sorprendió.
Utahime intercambió miradas con Higuruma, y Suguru sintió que las paredes se achicaban un poco.
—No se le va a abrir un expediente disciplinario. Pero se le va a reasginar temporalmente a una comisión de evaluación externa.
—¿Qué clase de evaluación? — Frunció sutilmente el ceño.
—Custodias en un lugar irregular, casos que requieren revisión.
El pelinegro asintió lentamente. Un exilio administrativo, lo suficientemente lejos para que su presencia no incomodara, lo suficientemente vago para que no pudieran llamarlo sanción.
—El primer caso. — Habló Utahime, deslizando una carpeta fina sobre la mesa. — Es en una isla de la prefectura de Fukuoka, Ainoshima.
Suguru abrió la carpeta, la primera página tenía un sello oficial y la fotografía de un niño de unos seis años, de pelo oscuro y expresión seria. Megumi Fushiguro, decía el encabezado, custodia en revisión por petición de la familia biológica.
—Los Zenin—. Leyó en voz alta, levantando la vista y alzando una de sus cejas, esa familia…no era famosa por las mejores razones, pero la curiosidad en el peliengro era evidente.
—La familia paterna, quieren recuperar la custodia del menor.
Asintió con un movimiento lento de su cabeza. —¿Y quién tiene la custodia actual?
—Un tutor legal sin parentesco. Satoru Gojo.
Suguru hojeó las siguientes páginas. La información era escasa. El tutor era mayor de edad, con recursos económicos suficiente, residencia estable, no había antecedentes, nada que justificara una revisión urgente.
—¿Cuál es el problema? — Preguntó, sin levantar la mirada del expediente, leyendo cada línea con atención.
—El tutor es ciego— Fue allí que Suguru levantó la vista y cerró la carpeta.
—¿Ciego? —. Preguntó, como si hubiese oído mal, como si algo en su cabeza le dijera que había oído mal.
—Neuropatía óptica de leber. Es una enfermedad degenerativa, genética —aclaró el hombre del departamento jurídico, ajustándose las gafas con una frialdad que a Suguru le revolvió el estómago—. Una pérdida de visión severa y permanente; el nervio óptico simplemente deja de enviar señales al cerebro. Los informes dicen que ocurrió casi de la noche a la mañana. Los Zenin se están agarrando de eso para invalidar la tutoría, argumentando que Gojo es "no apto" por su discapacidad.
Suguru guardó silencio un momento, procesando la información mientras el eco de la palabra "genética" rebotaba en su cabeza. Mantuvo su expresión impecable, esa máscara de cortesía que utilizaba para que nadie viera cómo se estaba desmoronando por dentro.
—Una enfermedad mitocondrial —murmuró Suguru, más para sí mismo que para los demás. Cerró la carpeta con un golpe seco, el sonido resonando en la sala silenciosa.
En su mente, ya estaba redactando el final de esta historia. Un hombre ciego contra la maquinaria legal y el dinero de los Zenin. Era un caso perdido. Sintió esa conocida punzada de amargura: lo enviaban a una isla remota no para evaluar, sino para ser el verdugo oficial de una custodia que el sistema ya había decidido romper.
—Así que me envían a Ainoshima para que firme el papeleo y le entregue el niño a los Zenin en bandeja de plata —dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Porque, lógicamente, un hombre que no puede ver no puede proteger a nadie. ¿Es esa la conclusión que esperan de mí?
Utahime no respondió, pero la mirada que intercambió con Higuruma fue suficiente. Suguru se levantó, sintiendo que el peso de su propio cansancio mental era más difícil de cargar que el maletín.
—Entiendo perfectamente —concluyó, su voz recuperando ese tono suave y falsamente tranquilo. —Irle a quitar un hijo a un hombre ciego por "su propio bien". Qué humano suena todo.
Utahime e Higuruma intercambiaron una mirada densa, de esas que se dan entre quienes prefieren no ensuciarse las manos con los detalles morales. El hombre del departamento jurídico simplemente asintió, recogiendo sus notas con una eficiencia robótica que a Suguru le pareció insultante ante la gravedad de lo que discutían. No hubo espacio para el debate ni para la duda; el sistema ya había dictado su sentencia de exilio administrativo y ahora solo esperaban que el azabache cumpliera con su parte del guion.
—El ferry a Ainoshima sale mañana a las ocho de la mañana desde el puerto de Hakata —dijo, levantándose—. Su billete está en la recepción. El caso se resuelve en una semana.
Suguru no se movió.
—Y los Zenin —dijo, sin mirarla—. ¿Van a presionar para que el informe salga cómo quieren?
La subdirectora hizo una pausa en la puerta.
—Los Zenin tienen intereses legítimos en el bienestar del menor. Como los tiene esta fiscalía. Usted se limitará a hacer su trabajo, Geto. Nada más.
Suguru sintió un extraño peso en su pecho, pero sobre todo en sus manos, aunque el informe solo era un par de hojas, se sentía como si cargara cemento.
Cuando el azabache llegó a su apartamento en la noche, no encendió las luces. Conocía el camino hasta la cocina por memoria, y la penumbra le resultaba más tolerable que el resplandor blanco de las lámparas. Abrió la nevera, sacó una lata de cerveza y se sentía en el sofá a oscuras, con las luces de la ciudad colándose por las persianas.
Podía ver por la luz tenue en la mesita de centro, aún visible la foto de las gemelas. Mimiko y Nanako. La habían hecho al día de su marcha al nuevo hogar. Las dos llevaban mochilas nuevas, demasiado grande para ellas, y sonreían con una timidez que a Suguru le había roto algo por dentro.
Se había jurado a si mismo que no volvería a sentirse así. Y no lo había hecho, desde entonces había tramitado decena de casos. Había Visto niños devueltos a familias que no lo querían, adolescentes derivados a centros donde los educadores estaban tan quemados como él, informes favorables escritos por presión política que acababan con menores en situaciones de riesgo. Y todo eso lo había aceptado, porque si dejaba de aceptarlo, tendría que hacer algo, y si hacía algo, volvería a arriesgarse. Y si se arriesgaba, volvería a perder.
Abrió la lata. La cerveza estaba fría, pero el sabor le supo a nada. Miró la carpeta que había dejado sobre la encima. Megumi Fushiguro, un niño de seis años con cara no confiar en nadie. Un tutor ciego que seguramente había aceptado la custodia por dinero, compromiso o por…amor paternal. No lo sabe, realmente ya no sabe como funciona el mundo. Pero sobre todo le resonaba la familia Zenin que solo quería recuperar lo suyo, como si el niño fuese un objeto.
El mismo teatro de siempre. Gente que usaba a los niños como piezas de tablero. Suguru dio otro trago a su cerveza, un solo trago para consumir todo su contenido y dejó la lata vacía sobre la mesa.
—Una semana— Dijo en voz alta, solo para oírse a si mismo—. Escribo el informe, digo que no es viable y me largo.
Lo resolvería rápido, sería objetivo. Frío, profesional y dejaría de importarle tanto la gente. No volvería a hacer excepciones, seguiría siendo el esclavo del maldito sistema japonés.
A la mañana siguiente, cuando salía de su edificio con una maleta pequeña y la carpeta bajo el brazo, un coche negro estaba aparcado frente a la entrada. La ventanilla se bajó, Higuruma estaba al volante.
—Geto— Saludó. Sin bajar el tono de voz a pesar de que no había nadie en la calle. —¿Podría darte un consejo?
El pelinegro quería decir que no. Pero prefirió guardar silencio ¿qué importaba lo que pensara?
—Tomaré eso como un sí. Los Zenin tienen contactos en toda la prefectura. En la fiscalía, en los juzgados, en el gobierno. No le gusta que les lleven la contraria.
Suguru alzó una ceja.
—¿Me está advirtiendo?
—Le estoy informando El informe puede decir lo que usted quiera. Peri si dice lo que ellos no quieren oír, va a tener problemas, y esta vez no va haber un traslado administrativo para protegerlo.
Suguru sostuvo la mirada con el hombre. Vio en sus ojos el cálculo frío de alguien que ya había elegido su bando. Suguru suspiró, sacando todo el aire en sus pulmones.
—Gracias por el consejo—. Su voz sonó amarga, incluso, apretada. Se dio la vuelta, comenzando a caminar hasta la estación, no se giró a mirar el coche, pero sintió el peso de la carpeta bajo su brazo como nunca.
Otra vez a arriesgarse por un caso qué no lo merece. Pensó. Y luego, inmediatamente después, con un cinismo que ya era parte de él, pensó que si este si lo iba a merecer, pues, siempre encuentran la forma de que lo merezcan.
El tren hacía Hakata salía en veinte minutos y Suguru subió sin mirar atrás.
El ferry traqueteaba contra el oleaje, provocando un vuelco en el estómago de Suguru. Sentado en cubierta, lejos de los pasajeros, prefería el aire salino al ruido de la gente. Sobre sus rodillas descansaba la carpeta que se negaba a abrir; ya conocía el guion: un tutor ciego, parientes ricos y un informe condenatorio que redactar. No necesitaba más.
Al reducirse el motor a un ronroneo grave, Ainoshima emergió como una joroba verde en el horizonte. Sin grúas ni cemento, solo una hilera de tejados oscuros apiñados bajo la vegetación de un monte que parecía devorar el puerto.
—Una postal —murmuró Suguru. Y de inmediato, el cinismo: —Voy a desperdiciar una semana atrapado en una postal.
El ferry atracó con un crujido de neumáticos y hormigón. Suguru bajó la pasarela con su maleta de cabina, lo justo para un trámite rápido, pero se detuvo en seco. El muelle era una asamblea de gatos: naranjas, negros, tricolores; ovillos de indiferencia majestuosa que lo evaluaban con la mirada antes de volver a sus redes de pesca.
—Forastero, ¿eh? —un pescador sentado junto a un felino obeso rompió el silencio—.
—Evaluador de la fiscalía. Voy a casa de Satoru Gojo.
El hombre soltó una risa seca que hizo vibrar al gato a su lado. —A casa de Satoru, ya veo. Suerte, amigo. Sube la cuesta, gira donde huela a mar. No tiene pérdida. Los gatos te guiarán.
No era una metáfora. Mientras ascendía por las calles empedradas, un pequeño séquito felino marcaba el paso, deteniéndose cuando él lo hacía. Suguru se sintió ridículo, un investigador de la fiscalía escoltado por animales callejeros en una isla que ayer ni siquiera sabía que existía.
A medida que avanzaba, el aire cambió. Ya no era el gris estancado de la oficina, sino una mezcla de salitre, tierra húmeda y flores silvestres. Sin darse cuenta, sus hombros —tensos desde la reunión— cedieron un par de centímetros.
Es solo el oxígeno, se mintió a sí mismo. No significa nada.
Siguió el sendero de tierra flanqueado por hortensias, acompañado por el maullido insistente de una gata blanca que parecía darle órdenes. Entonces, entre el susurro de las olas, emergió el sonido de una radio
La radio emitía un jazz antiguo, una compañía persistente que flotaba entre los árboles. La villa apareció entonces: madera oscura, tejas grises y un mantenimiento impecable que desafiaba al expediente. Un shishi-odoshi golpeaba rítmicamente el agua en el jardín, marcando un orden que Suguru no esperaba encontrar. No había descuido, ni maleza, ni rastro de la negligencia que los Zenin denunciaban.
Está demasiado bien cuidada, pensó, mientras los gatos se dispersaban tras cumplir su misión. El rumor del mar, constante tras la casa, era lo único que llenaba el silencio cuando la radio se apagó de golpe.
Suguru escuchó pasos: lentos, seguros, carentes de la vacilación que asociaba a la ceguera. Enderezó la espalda, aferró el asa de su maleta y compuso su máscara profesional de investigador.
La puerta se abrió.
Y ahí las palabras que Suguru tenía listas como un mantra, murieron en su boca. Su cerebro olvidó todo lo que tenía que decir. El hombre frente a él era…demasiado. Demasiado alto, demasiado delgado, con un desorden de cabello blanco que parecía recién salido de la cama, y una bata de yukata de algodón azul que llevaba mal atada, mostrando más clavícula que probablemente era apropiado para recibir a un funcionario público.
Pero lo que lo dejó en aire no era esa apariencia. Sino…sus ojos, azules, de azules tan intenso, tan cristalino, que parecían hechos de vidrio soplado. El tipo de azul que no se encuentra en la naturaleza, solo en las películas donde el presupuesto de efectos especiales es generoso o en los cuentos donde los personajes pagan un precio por tener algo tan hermoso.
Pero no lo miraban. Suguru tardó un par de segundos en darse cuenta de ello. De darse cuenta de que esos ojos eléctricos, deslumbrantes, estaban enfocados en algún punto ligeramente a la izquierda de su cara, como si escuchara su voz, pero no pudiera —o no quisiera— encontrarla.
—¿Eres el repartidor de provisiones? —. Preguntó el hombre, con una voz era todo lo contrario a su mirada perdida. Rudiosa, despreocupada, casi cantarina—. ¿Trajiste las sardinas en conserva? Porque la última vez mandaron atún y yo odio el atún en conserva, tiene una textura…
—Señor Gojo— Lo interrumpió Geto, recuperando la compostura con esfuerzo—. Soy Suguru Geto, de la fiscalía de menores. Vengo enviado para realizar la evaluación de custodia del menor, Megumi Fushiguro.
Su voz sonó robótica. De verdad que estaba intentando hacer lo que el sistema siempre le mandaba a hacer, siempre como un mantra, como una IA que no sabe de emociones humanas y solo de una burocracia aburrida, inhumana.
El silencio que le siguió fue incómodo, espeso, lo suficiente para que Suguru pudiera estudiar un poco más los alrededores, un silencio que solamente era interrumpido por uno que otro maullido y por el murmullo del mar.
Los ojos azules del hombre parpadearon un par de veces. Y luego, lentamente, una sonrisa se extendió en el rostro del peliblanco. No era una sonrisa amable, era la sonrisa de alguien que acaba de encontrar un juguete nuevo y está decidiendo cuánto tiempo dedicarle antes de romperlo.
—¿Evaluación? —. Repitió. Su voz sonó divertida, algo que realmente descojonó al azabache. El hombre se apoyó en el marco de la puerta con una languidez que parecía deliberada—. Que aburrido, yo pensaba que eras el de las conservas, me había hecho ilusión y todo.
Suguru entrecerró sus ojos.
—Lamento la decepción.
—Ya le creo que lo lamenta. Al menos él traía comida, tú traes papeleo y mala cara.
Suguru alzó una ceja ¿cómo sabría que era su cara de todos modos? Sacudió su cabeza, borrando ese pensamiento de su mente.
—¿Puedo pasar? — Preguntó. Esta vez su voz sonó extrañamente más…suave.
—¿Pasar? Claro, claro, adelante. Pero no esperes lujo, esto no es la fiscalía. No tenemos máquinas ni café, ni secretarias que te sonrían mientras te arruinan el día—. Respondió el peliblanco con un obvio sarcástico y una sonrisa burlesca tatuada en su expresión.
El hombre se apartó de la muerta con un movimiento amplio, casi teatral, y Suguur entró. Pero allí apenas cruzó el umbral, se detuvo nuevamente.
El suelo bajo sus pies cambió. Donde el recibidor tenía madera lisa y oscura, el pasillo que se abría ante él estaba cubierto de un material diferente. Una especie de vinilo texturizado que, bajo las suelas de sus zapatos, se sentía como arena compacta. No era liso, tenía un patrón de pequeños relieves que se podían distinguir incluso con el calzado puesto.
Suguru avanzó unos pasos, observando. Las paredes eran de un blanco cálido, sin adornos. Pero los marcos de la puerta —tres a la izquierda, dos a la derecha—. Tenían cintas adhesivas de colores. Rojo en una, azul en otra, amarillo entre las más alejadas. Cintas que estaban puestas a la altura de la mano, como si alguien las usara para guiarse.
Como si alguien las usara para guiarse.
—¿Qué miras con tanta atención? — La voz de Satoru llegó desde algún lugar más adentro, seguida del ruido de una tetera—. ¿Estas tomando notas mentales? ¿Ya vas a empezar con el informe? “El suelo es raro, punto negativo”; “El ciego tiene mal gusto de decoración, punto negativo”.
Suguru rodó los ojos. —No estoy tomando notas—. Respondió.
—Mentiroso. Los de la fiscalía siempre están tomando notas. Es como su superpoder, también su maldición.
Suguru dejó la maleta junto a la entrada y siguió la voz. El pasillo desembocaba en una estancia amplia que hacía las veces de salón y comedor. Había una mesa baja de madera, cojines en el suelo, una estantería con libros que —Suguru se acercó lo justo para ver— eran todos en braille o audiolibros en la caja. Una radio antigua descansaba en un rincón, con los botones marcados con pegatinas de diferentes textura, las ventanas del jardín trasero y más allá, el mar.
Satoru estaba de espaldas, moviéndose entre los pocillos con una fluidez que no tenía nada que ver con la torpeza que Suguru había esperado. Sus manos encontraban las asas sin dudar, los dedos rozaban el borde de cada taza como si estuviera saludando a un viejo amigo, conocía cada rincón, cada movimiento era la fluidez de alguien que conocía toda su cocina de memoria.
—Té verde—. Nuevamente la voz de Satoru lo sacó de su trance, el hombre giró con una taza en cada mano y se la estiró al pelinegro—. No preguntes que tipo, porque no lo sé. Megumi dice que es el “el que está en la lata verde”. Eso es todo lo que puedo ofrecerte, si quieres café, tendrás que bajar al puerto y pedírselo a la señora Tanaka, pero te advierto que ella te va a contar la historia de su rodilla durante cuarenta minutos y tú vas a ser demasiado educado para interrumpirla.
—Gracias—Murmuró Geto, rodeando con sus dedos fríos la taza caliente que expendía un aroma relajante.
Satoru se dejó caer en el cojín frente a la mesa, estirando las piernas largas bajo de esta con una falta de protocolo que hacía juego con la bata mal atada. Los ojos azules sin mirarlo estaban fijos en algún punto sobre su hombro, como si hubiera alguien más detrás.
—Trabajador social, supongo. — Suguru asintió, hasta que se dio cuenta que sería obvio que el hombre no vería el movimiento de su cabeza, así que murmuró un pequeño “Si” —Y bueno, ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—Una semana.
El peliblanco alzó una de sus cejas. —¿Una semana entera? — Satoru puso una expresión de autentico horror— No me dijeron que iba a ser una semana. Pensé que sería un día, dos como mucho ¿qué vamos a hacer en una semana? No tengo tantas anécdotas divertidas. Bueno, sí, pero la mayoría implica a los gatos y no creo que a tu jefe le importe saber que hay un gato que se mete en mi cama cuándo hace frío, el pequeño Gumi dice que es naranja, yo no lo sé, pero es esponjoso y adorable.
Suguru estaba impresionado con la fluidez que hablaba el hombre. Siempre que Suguru se presentaba frente a un tutor, algún adulto. Siempre hablaban con él con cuidado, como si fuera una figura de autoridad —que podría decirse que lo era— pero siempre había cuidado, incluso cierto temor. Pero Satoru le hablaba como se conocieran de toda la vida.
—No me interesan los gatos—. Mintió. Si le gustaban los gatos, siempre alimentaba a los gatos que rondaban cerca de su vecindario, y además mientras venía a la casa de los Gojo, tres gatos lo siguieron.
—Mentira otra vez. Llegaste en el ferry, los gatos te guiaron hasta aquí. Todo el mundo que viene por primera vez dice lo mismo, que no le interesan los gatos. Una hora después están enviando fotos a sus familias.
Suguru tomó un sorbo de su té para no tener que responder. El sabor lo hipnotizó. Era sorprendentemente bueno.
—¿Trajiste dulces? — Preguntó Satoru de repente, con un cambio de tema tan brusco que parecía adrede.
—¿Eh? ¿Perdón?
—Dulces. Los de la fiscalía siempre traen dulces cuando vienen a evaluar gente. No sé si es para compensar o para que uno se calle, pero siempre traen. Mi favorito son los karinto, Crujientes por fuera, dulces por dentro ¿no trajiste nada?
Suguru parpadeó.
—No…No traje dulces.
—Que aburrido eres— Protestó el peliblanco, suspirando con cierta exageración.
Luego, Satoru inclinó la cabeza ligeramente, y por un momento, la luz que entraba por la ventana golpeó sus ojos de lleno. Siguieron siendo azules, siguieron sin mirarlo. Pero hubo algo en esa inclinación, en la forma en que el cabello blanco le cayó sobre la frente, que hizo que Suguru recordara que no había dormido bien en días, que llevaba meses sin sentir nada que no fuera fatiga o amargura, y que de repente su corazón había dado un pequeño salto que no estaba preparado para procesar.
Se repitió mentalmente que es porque el hombre solo era demasiado guapo. Hay gente así, guapa, hermosa, y eso no significa nada.
—Realmente eres el peor invitado. Y eso es decir mucho—. Dijo Satoru, y su voz sonó genuinamente apesadumbrada—. Llegas sin dulces, con mala cara y encima te quedas una semana. Si al menos tuvieras gracia, pero…se nota que es serio, bastante serio. De esos que nunca se ríen, ni en las fotos.
—Si me rio—. Respondió Suguru, sin estar seguro si se sintió ofendido o simplemente para defenderse.
—Suenas como si te doliera decirlo.
Suguru iba a responder con algo cortante, con ese tono profesional del cuál esta acostumbrado a usar para restablecer el equilibrio de poder en la conversación, pero fue interrumpido cuándo oyó un ruido leve el cuál venía del pasillo.
Un roce de pies descalzos sobre el suelo texturizado.
El peliblanco igual lo escuchó. Su expresión cambió, la actitud despreocupada no desapareció del todo, pero se suavizó, como si alguien hubiera bajado el volumen de una radio demasiado alta.
—¡Oh! El pequeño Gumi—. La voz de Satoru sonó suave, como el arrullo del sol en las tardes otoñales. —Sal pequeño Gumi, no te escondas, vinieron visitas.
Suguru miró hacía el lado de la puerta. Por un momento no pasó nada, pero luego se asomó un cabello negro alborotado, con ojos verdes que se encontraron con sus ojos morados.
Era pequeño para su edad, o al menos así pensó Suguru al verlo. Llevaba una camiseta gris y pantalones cortos, estaba descalzo, pero lo que llamó la atención de Suguru no fue la ropa ni el aspecto, sino, la forma en que lo miraba. Con una desconfianza sólida, densa que no era propia de un niño de seis años.
No saludó. No dijo nada, solamente se quedó detrás de Satoru a una distancia que permitía huir si era necesario, pero lo suficientemente cerca como para tocar su espalda.
Satoru extendió una mano hacía atrás, sin mirar, y encontró el hombro del niño con una precisión que Suguru reconoció como práctica, un lenguaje no verbal que solo aquel adulto y niño sabían hablar.
—Gumi—. La voz de Satoru sonó suave. No era la ruidosa con la que le dio la bienvenida esa mañana al pelinegro, sino, un tono más real, más aterciopelado. Algo que el azabache no esperaba encontrar en alguien que parecía haber nacido con una sonrisa burlona en sus labios—. Este es el señor que viene a visitarnos. Se llama Suguru Geto, viene de la fiscalía.
El niño no respondió, pero sus ojos: Verdes y enormes, no se apartaron de Suguru.
—Solo hay que aguantarlo unos días—. Añadió Satoru, y aunque las palabras eran las mismas que había usado antes, ahora sonaban diferentes, más tiernas…más paternal—. Luego se irá y nos dejará en paz.
El niño no dijo nada, pero dio medio paso más cerca de Satoru, su mano encontró el borde de la bata azul y se quedó allí, mirando.
Suguru se encontró a si mismo devuelvo la mirada. El niño —Megumi— No tenía la mirada de un niño curioso, más bien era la mirada de alguien que estaba evaluando si eres una amenaza. Y en ese momento, Suguru supo que no podría tratar este caso con la distancia fría que se había prometido.
Porque ese niño no era solo un expediente, y el hombre que lo protegía, con sus ojos ciegos y su sonrisa ruidosa, no era el incompetente que había imaginado.
—Megumi— Habló al fin Suguru, con la voz más suave de lo que se creía capaz— Encantado de conocerte.
El niño no respondió, pero su agarre en la bata de Satoru se aflojó un milímetro. El peliblanco sonrió, una sonrisa mucho más real y lejos de esa arrogancia que demostraba.
—Bienvenido a Ainoshima, señor trabajador social— Dijo, y esta vez no había sarcasmo en sus palabras—. Espero que no sea tan terrible como parece.
Suguru sostuvo la taza de té entre las manos y sintió el calor filtrarse a través de la cerámica.
—Espero que así sea—. Se sorprendió a si mismo al decir esas palabras que salieron sin su permiso. Notó la sonrisa juguetona del peliblanco. Y por primera vez en meses no estaba seguro de que resultado quería que tuviera su informe.
El segundo día, Suguru se despertó antes del amanecer. No era algo inusual. En Tokio, solía levantarse con el primer tren, cuándo la ciudad todavía tenía ese silencio tenso que precede al caos. Pero aquí no había trenes, no había el ruido del tráfico ni sirenas, ni el ruido constante de la urbe que te hace recordar el infierno de concreto en el que vives. Solo el mar, golpeando contra las rocas con un ritmo relajante y el canto de algún pájaro que Suguru no sabía como identificar.
Se vistió en silencio y salió de la habitación que le habían asignado —una pequeña estancia al final del pasillo, con tatami recién puesto y una vela de citronela en la ventana— No tenía intención de espiar, pero los sonidos que venían de la cocina lo atrajeron como un imán.
Se detuvo en el marco de la puerta y se quedó mirando. Satoru estaba de espalda a él, con el cabello blanco desordenado, pero no como ayer, era un desorden bien pensado. Suguru se pilló a si mismo mirarle la nuca, dándose un golpe mental por eso. Satoru llevaba una camiseta negra de manga larga y un delantal de tela gruesa que había visto colgado detrás de la despensa el día anterior. Sus pies estaban descalzos sobre el suelo de piedra, los dedos apretándose contra las losetas con una conciencia que Suguru reconoció como un mapa táctil del espacio.
Sobre la encima todo estaba en orden, pero un orden sistemático que a Suguru le dio un poco de escalofríos. Los cuchillos descansaban sobre una tabla magnética fijada a la pared, organizados por tamaño y tipo: El más grande a la izquierda, el de deshuesar a la derecha, los de verduras en el medio. Los mangos miraban hacía afuera, todos en la misma dirección. Los ingredientes estaban dispuestos en una secuencia que Suguru tardó un momento en comprender: Los que necesitaban más tiempo de cocción al fondo, los que se añadían al final más cerca del fogón. Un pequeño cuenco con sal y otro con azúcar tenían tapas de diferentes texturas. Rugosa en una, lisa la otra.
Satoru movía las manos con una fluidez que no tenía nada que ver con la torpeza. Sus dedos rozaban los bordes de los ingredientes, palpaban el filo del cuchillo con un gesto que parecía de cariño, y luego cortaban. Rectos, precisos y sin dudar.
Suguru observó como pelaba una zanahoria; el cuchillo contra su pulgar, girando la verdura con movimientos cortos y seguros, la cáscara cayendo en una tira continua sobre una hoja de papel de periódico extendida en el suelo para recoger los restos. Cómo comprobaba el punto del caldo —un miso que empezaba a burbujear en la olla —. Inclinando la cabeza para escuchar el sonido, oliendo el vapor que subía, metiendo una cuchara de madera y probando con la punta de la lengua antes de añadir una pizca más de dashi.
Nunca dudaba.
Suguru se dio cuenta que estaba conteniendo la respiración y que llevaba demasiado tiempo estudiando cada movimiento del peliblanco. Había llegado esperando encontrar ¿qué? ¿desorden? ¿peligro? ¿un hombre incapaz que apenas podía valerse por si mismo intentando criar a un niño? En lugar de eso, veía a alguien que había convertido su limitación en una coreografía.
—Vas a cansarte de estar ahí parado —. La voz suave de Satoru lo sacó de sus pensamientos, sintiendo un extraño tirón en el pecho. Se aclaró la garganta, fingiendo que tosía.
—No sabía que me habías escuchado.
—El suelo cruje justo en la entrada. Está pensando para eso, así sé si alguien se acerca. Pero no me esperaba que te levantaras tan temprano para venir a mirarme cocinar —. Murmuró. —Es decir, sé que soy atractivo, pero no sé si verme cocinar es lo más entretenido del mundo —. Bromeó, su voz sonaba cantarina entre el burbujeo del agua hirviendo. —¿Qué esperabas señor supervisor? ¿qué me cortara un dedo?
—No — Respondió demasiado rápido, demasiado bajo los impulsos. Apretó sus labios, tosiendo bajo.
—Que mentiroso.
—Está bien — Admitió Suguru, cruzándose de brazos —. Esperaba algo menos controlado — Confesó.
Satoru soltó una risa corta, más honesta que las del día anterior.
—Lo sé, todo el mundo lo espera. Es decir ¿un ciego cocinando? Es un peligro andante —. Respondió con sarcasmo, pero Suguru encontró algo más…dolido bajo esas capaz de ironía. —Pero te cuento un secreto. Los accidentes en la cocina no los tiene los que no ven. Los tienen los que no prestan atención. Y yo tengo que prestar atención todo el tiempo. Así que, paradójicamente, soy más cuidadoso que la mayoría de la gente que conozco.
Vertió el miso en dos cuencos. —dos, no tres, porque Megumi todavía dormía— y los colocó sobre una bandeja con cuidado, como si estuviese todo calculado. Aún Suguru se encontraba ¿hipnotizado? ¿ensimismado? No sabría decirlo, pero allí estaba como idiota mirando cada acción del peliblanco.
—¿Quieres probar? — De verdad debía dejar de estar mirando con tanta atención, seguía diciéndose que era porque el hombre era jodidamente atractivo, pero algo le decía que era por otra cosa, cosa que Suguru ignoraba adrede. —¿O prefieres seguir juzgando desde la puerta? Da igual, a mi me da lo mismo. Pero si pruebas, te llevas una cucharada de mi orgullo, y eso, es un lujo que no se le ofrece a cualquiera.
Suguru se acercó. Tomó la cuchara que Satoru le tendía, con el mango exactamente en la dirección de su mano y probó. El miso era perfecto. Ni demasiado salado, ni demasiado suave. El dashi estaba en su punto, el sabor umami se desplegaba en la lengua con una profundidad que no esperaba encontrar en un desayuno tan sencillo.
—Está bueno—. Confesó sin pena alguna, era la verdad. Aunque debía admitir que el tono que usó, le sorprendió.
—Claro que está bien ¿por qué iba a hacer algo que no lo estaría? Yo tengo que comer esto todos los días, sería un castigo si fuera malo, además Megumi no me lo dejaría de recalcar todos los días.
Arrugó su nariz, pero el tono que usó para referirse al niño era bastante…suave. Satoru se sirvió su propio cuenco, encontró la cuchara que había dejado en el borde de la encimera, y se llevó el primer sorbo a los labios con una naturalidad que hizo que algo se retorciera en el pecho de Suguru.
No era lástima, tampoco admiración. Era algo más incómodo, más parecido a darse cuenta de que había estado esperando encontrar debilidad, y en su lugar, se estaba topando con una forma de fuerza que no sabía como clasificar.
No es lo que esperaba; pensó; nada de esto es lo que pensaba. Y eso, ese pensamiento hizo que algo cálido floreciera en su pecho.
Al tercer día, Suguru siguió a Satoru hasta el puerto. No fue difícil, pues Satoru caminaba con un bastón blanco que se extendía frente a él en arcos amplios, pero lo hacía con seguridad que parecía ofender a los adoquines. Esa tarde llevaba lentes oscuros ocultando unos ojos azules eléctricos que podían verse un poco entre los lentes oscuros.
Suguru caminaba a su lado con cuidado, con las manos en su bolsillo, con un “¿Quiere que lo ayude?” atrapado en la punta de su lengua. Notaba como el peliblanco conocía cada irregularidad del suelo, cada cambio de nivel, cada esquina donde un gato dormido podía cruzarse en su camino. En una ocasión se detuvo justo antes de tropezar con una caja de pescado que un comerciante había dejado en medio de la acera, y el hombre soltó una disculpa apresurada a la que Satoru respondió entre risas, esas risas contagiosas que los pescadores igual correspondieron.
Suguru realmente estaba sorprendido. Siempre pensó que la sociedad en si miraba con lástima a la gente ciega, bueno tal vez en la capital si, pero…aquí se nota la comodidad, con una familiaridad dulce.
—¡Satoru! —. Gritó un hombre desde un barco de pesca, con una voz que cruzó todo el puerto—. ¡Llegó tu pedido!
—¿Llegó? — Satoru aceleró el paso y Suguru lo siguió con el mismo ritmo, sintiendo el aroma de pescados cosquillear de forma incómoda en su nariz. —¿Trajeron las conservas de bonito? Porque si trajeron atún otra vez, juro que voy a ir a Hakata en persona a devolvérselas al almacén.
El repartidor, un hombre joven, estaba descargando cajas de una furgoneta blanca, y cuando vio a Satoru acercarse, su sonrisa se ensanchó.
—Trajeron las de bonito. Y también esas galletas japonesas que te gustan, las de la marca de Kioto. La señorita de la tienda dijo que te las mandaba con cariño.
—¿La de la tienda? — Satoru frunció el ceño con un gesto teatral—. ¿La que me intentó cobrar el doble la última vez? Que cariño tan caro.
El repartir se rio, pero Suguru solo observó como Satoru recibía las cajas una por una, sopesándolas en las manos antes de apilarla a sus pies.
—Esta es la de las conservas —dijo, tocando la primera—. Las galletas son esta, más ligera. Y esto... ¿qué es? Está caliente.
—La señora Tanaka te mandó sopa. Dijo que como estás con el evaluador, no vayas a descuidarte.
Satoru levantó una ceja.
—¿Todo el mundo sabe lo del evaluador?
—Hombre, en una isla de doscientos habitantes... —el repartidor hizo una pausa, miró a Suguru, y añadió en voz baja—: Todo el mundo sabe todo.
Satoru soltó una carcajada, fuerte y sincera, que resonó en el puerto y provocó que varios gatos levantaran la cabeza con curiosidad.
—¿Ves? Te crees que estás haciendo una evaluación en secreto, y todo el pueblo ya sabe que estás aquí. La próxima vez que bajes a por café, la señora Tanaka te va a contar la historia de su rodilla y te va a dar su opinión sobre cómo creamos a Megumi. Prepárate.
Suguru no supo qué responder. Se limitó a recoger dos de las cajas más pesadas mientras Satoru tomaba las otras.
—No hace falta que ayudes —dijo Satoru, pero no sonó como un rechazo.
—No me importa.
—Qué educado. ¿También eres así de servicial con todos los casos, o solo con los que te parecen interesantes?
—Con todos —mintió Suguru.
Satoru sonrió. Y en esa sonrisa había algo que Suguru no supo descifrar.
Caminaron de vuelta hacia la casa, los gatos siguiéndolos a distancia, y Suguru no pudo evitar notar cómo la gente se detenía para saludar a Satoru. La mujer de la tienda de ultramarinos. El pescador del ferry. Un grupo de niños que venían de la escuela y que gritaron "¡Satoru-san!" al pasar, a lo que él respondió con un saludo exagerado que los hizo reír.
No era lástima lo que veía en sus rostros. Era respeto.
Y eso, Suguru lo entendió, era algo que no se compraba con dinero.
El cuarto día, el "expediente Gojo" en la mente de Suguru ya no era una lista de datos, sino un campo de minas.
Se encontró en el porche trasero, oculto tras la sombra de los aleros, observando. Sus notas oficiales decían: “El tutor demuestra habilidades de cuidado básico”. Sus notas mentales, las que no se atrevía a escribir, decían: “No puedo dejar de mirar cómo sus dedos encuentran siempre lo que buscan”.
En la hierba, Satoru estaba arrodillado. No era la pose rígida de un mártir, sino algo fluido, casi animal. A su lado, Megumi sostenía a un gato naranja con la solemnidad de quien guarda un tesoro nacional. El animal tenía la pata en un ángulo doloroso.
—Escucha su respiración —murmuró Satoru.
Su voz había perdido el filo sarcástico que usaba para torear a Suguru; era una vibración baja, cálida, que parecía sostener al niño y al gato al mismo tiempo. Suguru sintió un escalofrío involuntario. Él, que se enorgullecía de su "cortesía impecable", se dio cuenta de que su amabilidad era un muro de hielo comparada con este calor.
—¿La oyes, Megumi? —insistió Satoru.
El niño asintió. Luego, recordando que Satoru no habitaba el mundo de los gestos visuales, soltó un "Sí" casi inaudible.
—Si el dolor fuera insoportable, el ritmo sería un galope. Pero él confía en ti. Siente tus manos. Si tú tiemblas, él entra en pánico. Así que... respira tú también.
Suguru, desde las sombras, inhaló profundamente sin darse cuenta. Se sentía como un intruso, un voyerista de una intimidad que no merecía. Sus prejuicios —aquella idea de que un hombre ciego sería una carga para un niño retraído— se estaban desmoronando de la peor forma posible: demostrándole que el "discapacitado" emocional era él.
Vio a Satoru guiar la mano de Megumi hacia la articulación del gato. Fue un movimiento de una precisión quirúrgica, pero cargado de una sensualidad inconsciente que hizo que Suguru apretara el puño contra la madera del porche. Satoru no solo "veía" con las manos; las usaba para anclar a los demás a la realidad.
—Sostén aquí. Firme, como si fueras su raíz —instruyó el peliblanco.
Satoru sacó un frasco y vertió el antiséptico. Cuando el gato maulló, Satoru ni siquiera parpadeó. Con una eficiencia que Suguru envidiaba, vendó la pata y, en un gesto absurdamente doméstico y encantador, cortó el esparadrapo con los dientes.
—Listo. Eres un buen médico, Gumi. Mejor que los que envían de la capital con maletines y caras largas.
Suguru hizo una mueca. Touché.
—¿Se puede quedar? —preguntó el niño.
Satoru ladeó la cabeza, el sol de la tarde encendiendo su cabello blanco como un halo de neón.
—Si estás dispuesto a que te robe los calcetines y te llene de pelos, se queda.
Cuando Megumi abrazó al gato y Satoru dejó escapar una risa suave, Suguru tuvo que apartar la vista. Le dolía el pecho. No era la fatiga del trabajo; era el reconocimiento de una envidia pura y destilada.
Se retiró al interior de la casa, apoyándose contra la pared del pasillo texturizado. Se sentía torpe. Se sentía como un hombre que ha pasado años estudiando la estructura del agua pero que se está ahogando en su primer chapuzón.
“Tú también lo estarías si te hicieras daño”, había dicho Satoru sobre el gato.
Suguru miró sus propias manos. Eran manos que habían alterado informes, que habían estrechado manos de burócratas corruptos, manos que intentaban "salvar" personas mientras su dueño se hundía en el cinismo. Satoru, sin poder ver el color de sus ojos, parecía estar leyendo su alma con mucha más claridad que cualquier colega de la fiscalía.
Se sentó a la mesa y abrió la carpeta de Megumi. El papel en blanco lo desafiaba. Intentó escribir: "El entorno es idóneo", pero su mano trazó un garabato sin sentido.
La atracción no fue un rayo, fue algo peor: fue la comprensión de que Satoru Gojo era el único punto de luz en un mundo que Suguru ya había decidido pintar de gris. Y esa luz, aunque no pudiera mirarlo de frente, lo estaba quemando vivo.
—Maldita sea —susurró Suguru, frotándose las sienes—. Me voy a arrepentir de esto.
Pero por primera vez en años, el miedo a arrepentirse se sentía mejor que el vacío de no sentir nada.
Esa noche se miró en el espejo. Sus ojos lila le devolvieron la mirada. Suguru siempre traía ojeras, el brillo de sus ojos sutilmente apagados y el alma cansada. Y no es que ahora esté con toda la energía, es solo que esa carga que el azabache siempre sintió sobre sus hombros era incómoda, era desgastante, mucho, a decir verdad.
Tal vez era el ambiente, tal vez era el aroma salado del mar, o la tranquilidad de la aldea. Pero había algo que hizo que la amargura de Suguru desapareciera un poco de su pecho.
Llevó sus manos a sus cabellos largos y los amarró en una coleta, dejando ir un pequeño suspiro. Apretó sus labios, los mensajes en su correo estaban ahí aún sin contestar. “¿Cómo te está yendo, Suguru?”; “¿Qué tal el ciego?”; “¿Qué tal el niño?” Preguntas hirientes, preguntas prejuiciosas, preguntas que Suguru en su amargura habría dejado pasar, pero si no hubiesen visto al peliblanco siempre tan atento a Megumi, a ese niño de ojos color esmeralda mirarlo con tanta atención…Y ese cuidado que los dos tienen, que emanan un aroma a hogar, a calidez, a…sopa de miso.
Quiso salir a dar un paseo, la noche se veía hermosa, quizás debería aprovechar para ver el mar; sin embargo, se encontró con algo inesperado. O bueno, no tan inesperado teniendo en consideración que el hombre vive allí. Satoru estaba allí en el porche trasero, oyendo el ruido constante del mar, como si el mar le estuviese hablando entre los murmullos de las olas, del choque sutil contra las rocas.
Lo vio allí, sentado y tranquilo, como si estuviese en una conversación profunda con el mar. Llevaba una sudadera gris, el cabello suelto y tenía las manos apoyadas en las rodillas con una quietud que no encajaba con el hombre ruidoso y sarcástico de los días anteriores.
Suguru debió haberse quedado atrás, solo beber un poco de agua y volver a la cama, pero sus pies ya estaban cruzando el jardín antes de que su cerebro pudiera detenerlo.
—¿No duermes? — Preguntó con una voz que intentó sonar neutra y fracasó.
Satoru no se giró. Pero sus hombros se relajaron un poco, como si hubiera estado esperando compañía.
—El mar está revuelto. Me cuesta dormir cuando cambia el sonido.
Suguru se sentó a su lado, dejando un espacio prudente. Miró el mar. No sabía distinguir si estaba más revuelto que otros días. Solo veía oscuridad, un movimiento de sombras que se alargaban hasta perderse en el horizonte.
—¿Puedes escuchar las diferencia de sonido? — La pregunta sonó más estúpida una vez dicha, en su mente había sonado mejor. Era obvio que podía oír la diferencia, llevaba años viviendo allí.
Pero Satoru en cambio, no se burló, solo esbozó una sonrisa suave.
—Cuando las olas rompen más fuerte y el intervalo entre una y otra es más corto, significa que el viento ha cambiado, que la marea está subiendo o bajando según el día. También el olor cambia. Cuando hay tormenta, el mar huele más intenso, como a hierro.
—No lo había pensado.
Admitió. Es obvio, no vive cerca del mar.
—Yo tampoco…No lo pensé hasta que empecé a perder la vista.
Suguru no habló, se quedó en silencio. No sabía si era incómodo, no sabía si preguntar o no ¿y si Satoru se lo tomaba mal?
—No me tengas lástima ¡oye, pude ver los colores y formas antes de perder la vista! No me tengas lástima…
Aquello no sonó como un reclamo, sino como una petición. Era una vulnerabilidad disfrazada de ironía, la súplica silenciosa de alguien que se niega a ser reducido a un diagnóstico médico.
—No te tengo lástima —mintió Suguru, aunque la palabra le supo a ceniza en la boca. En realidad, lo que sentía era algo mucho más pesado que la lástima: era una admiración que lo hacía sentirse pequeño.
Satoru soltó una risa corta, esta vez sin rastro de su habitual arrogancia defensiva.
—Mientes fatal, Suguru. Suenas como si estuvieras redactando un pésame —Satoru estiró las piernas, rozando con el talón la madera del porche—. Pero te entiendo. El mundo está diseñado para que la gente como yo sea una nota al pie de página, un "pobrecito" que necesita que le sostengan la mano. Los Zenin no me ven a mí, ven un impedimento legal. Tú, al principio, viste un informe que rellenar en una semana.
Satoru giró la cabeza hacia él. Aunque sus ojos azules seguían fijos en un punto indefinido, Suguru sintió el impacto de esa mirada eléctrica como si fuera física.
—Pude ver los colores, las formas, el desorden de Tokio... antes de que el nervio decidiera apagarse. Sé lo que hay ahí fuera. Pero no quiero que me mires y pienses en lo que me falta. Quiero que mires lo que hay. Lo que he construido aquí con Megumi. No soy un "sujeto de cuidado", Suguru. Soy un hombre que cuida.
—¿Puedo preguntar…?
La pregunta se le quedó atravesada en la garganta, sintiéndose tan torpe como un niño que está a punto de romper algo valioso. La pregunta se sentía impertinente, como si no debiera hacerla.
—En el informe debieron decirte…Pues, herencia supongo. La única que tendré—. Bromeó, Suguru se rio sin querer, pero fue la risa más genuina que ha tenido en años, una risa baja, torpe que fue contagiada por la del peliblanco. —Tenía 19 cuándo empezó. Tardé muchísimo en aceptarlo—. Se tomó una pausa que el azabache no quiso interrumpir, que escuchó como la voz se entremezclaba con el oleaje del mar.
—Un día empecé a ver borroso de un ojo. Pensé que era fatiga. Estudiaba mucho en ese entonces, para intentar demostrar que podía con todo. Que mi apellido no era solo dinero y conexiones. Fui al médico, me hicieron pruebas, me dijeron que no era nada—. Otra pausa, como si ambos a la vez estuviesen procesando todo. —Un mes después, el otro ojo empezó. Seis meses más tarde, ya no podía leer.
Su voz era plana, no dramática. Como si estuviese recitando los ingredientes de una receta.
—Si…Algo leí—. Confesó con cierta torpeza, como si hubiese hecho algo indebido.
—Te has leído mi historias médico, que detallista—. Su voz ahora sonó entre divertida y coqueta, haciendo reír bajito al pelinegro. —¿También te sabes mi grupo sanguíneo? Porque ni yo me lo sé.
—B positivo —. Respondió Suguru, con un tono divertido, siguiendo ese ambiente vulnerable y tranquilo que había entre ambos.
—Que miedo. Eres de esos que se aprenden los expedientes de memoria. Megumi tiene razón cuándo dice que das miedo.
Suguru frunció el ceño. Ahora que lo piensa, nunca ha escuchado al niño. —Megumi no habla.
—Megumi habla conmigo, contigo no porque aún no confía en ti. Pero da por hecho que me ha dicho que tienes cara de asesino en serie.
—Él dice que sí. Yo le creo, porque él puede verte y yo no. Así que oficialmente, en esta casa, tienes cara de asesino en serie.
—No tengo cara de asesino en serie—. Se defendió, sonriendo involuntariamente.
El ambiente se hizo más ligero, Suguru se encontró allí sintiendo que el mundo al fin se detenía un poco.
—Perdona—. Dijo Suguru, volviendo al tema anterior con cuidado— No quería ser indelicado con lo del grupo sanguíneo.
—No pasa nada, prefiero que me preguntes a que te lo imagines. La gente se imagina muchas cosas sobre cómo es no ver. Que si todo oscuro, que si es como cerrar los ojos, que si te acostumbras o no lo haces. La respuesta es que no es oscuro. Es…nada. Y no, no te acostumbras, pero aprendes.
—¿Qué es lo más difícil?
Satoru inclinó la cabeza. El gesto era familiar ahora, esa forma de orientar el oído hacía la voz.
—¿Quieres la respuesta sincera o la que suelo dar cuándo me pregunta la prensa?
—La sincera.
—Perder los colores— Dijo Satoru, y su voz cambió, se hizo más íntima, más frágil— La gente no lo entiende. Piensan que lo más difícil es no poder ver la cara de la gente o no poder leer, o no poder conducir…Pero para mi fue el azul.
Suguru sintió algo en el pecho, un apretón.
—Yo tenía los ojos muy azules. Tanto que la gente se quedaba mirándome. Mi madre decía que parecían de otro mundo. Y un día dejé de verlos. Sé que siguen ahí, la gente me dice que siguen siendo azules, pero yo ya no los veo y nunca volveré a ver mi propio color favorito.
Se llevó una mano a la cara, rozando sus propias pestañas con un gesto que parecía inconsciente.
—A veces sueño con colores—. Continuó, más bajo—. Son los mismos sueños que tenía antes, cuando podía ver. El azul del mar en invierno, el verde de los árboles en primavera, el rojo de las flores de hibisco que había en el jardín de mi abuela. Cuando me despierto, tardo unos segundos en recordar que ya no están, y esos segundos son los peores.
Suguru no supo qué decir. Había leído sobre la enfermedad, sabía que la pérdida era rápida, que muchos pacientes conservaban algo de visión periférica, que Satoru probablemente aún distinguía luces y sombras, aunque su expediente dijera “ceguera funcional”. Pero leerlo en un informe era muy diferente a escucharlo así, en la oscuridad, con la voz del hombre temblándole apenas al hablar de colores que ya no veía.
—¿Por qué Megumi? — Preguntó Suguru, cambiando el tema porque necesitaba un respiro. Porque si seguía escuchando, iba a hacer algo estúpido, como tocarle la mano o decirle algo que no debía.
Satoru pareció agradecer el cambio, su postura se relajó.
—¿Qué quieres decir?
—No es tu hijo ni tu familia. Tenías una vida antes de esto, supongo. Dinero, contactos, oportunidades. Podías haberte quedado en Tokio, contratar a diez enfermeras y seguir siendo el heredero Gojo sin que nadie te cuestionara. Y elegiste venirte a una isla perdida, con un niño que no es tuyo.
Se detuvo, consciente de que estaba a punto de decir algo insensible.
—Ibas a decir “a vivir una vida limitada” —. Dijo Satoru, y aunque no podía verlo, Suguru supo que estaba sonriendo con tristeza—. No pasa nada. Todo el mundo lo piensa. Incluyo yo lo pensé al principio “¿Cómo voy a cuidar a un niño si no puedo verlo?”
—No lo dije.
—Pero lo pensaste.
—Si—. Admitió en un susurro, bajo y doloroso. — Lo siento—. Musitó avergonzado.
—No te disculpes. Prefiero que me juzgues a la cara. La gente piensa que cosas a mi espalda es mucho más molesta. Por lo menso tú tienes los arrestos de sentarte aquí y preguntar.
Satoru se inclinó hacía atrás, apoyando las manos en la madera del porche.
—Megumi no tenía a nadie. Los Zenin no lo querían, solo querían su sangre. Su madre murió, su padre desapareció, y en esa familia, un niño sin protector es como un cachorro en una jaula de perros de pelea. Alguien tenía que sacarlo de ahí. Y yo sabía lo que era perder algo que no podías recuperar. Sabía lo que era que la gente te mirara con lástima, o con desprecio, o con esa mezcla rara de las dos. No quería que él pasara por eso solo.
—¿Y por qué tú? —insistió Suguru—. Había otras opciones. Servicios sociales, familias de acogida...
—Las viste —dijo Satoru, y su voz fue de repente muy aguda, muy directa—. En tu trabajo, ¿has visto muchas familias de acogida que realmente cuiden a los niños como merecen?
Suguru no respondió.
—Yo sí —continuó Satoru—. Porque antes de perder la vista, antes de que todo esto pasara, yo también quise hacer algo con mi vida que no fuera ser el heredero de una familia que solo ve a las personas como activos. Estudié trabajo social dos años. Hasta que me quedé ciego y me dijeron que "quizá no era el camino adecuado para alguien con mi condición".
—No lo sabía.
—No está en el expediente. Es de las cosas que no pongo en los formularios porque luego la gente se pone rara. "Ay, pobrecito, quería ayudar a los niños y no pudo." Prefiero que piensen que soy un ricachón aburrido que se compró un niño porque no tenía nada mejor que hacer.
Suguru pensó que realmente ese hombre si que no perdía el humor, pero…eso lo hacía aún más atractivo, hipnotizante diría. Pero más que nada, porque Satoru parecía hacerle olvidar la amargura del mundo.
—Nadie piensa eso.
—Tú pensabas algo parecido hasta hace tres días.
Suguru no pudo negarlo.
Satoru se rió, pero no era una risa alegre. Era una risa que reconocía algo doloroso y lo dejaba estar.
—No necesito que me evalúes para saber que puedo cuidarlo —dijo, y su voz se quebró apenas un milímetro, tan poco que Suguru casi no lo notó—. Lo que necesito es que no me lo quiten. Porque si me lo quitan, si se lo devuelven a esa familia que lo mira como si fuera un objeto, entonces todo esto... haberme ido de Tokio, haber dejado atrás mi apellido, haber aprendido a cocinar con las manos temblándome porque no sabía si iba a cortarme, haber pasado noches como esta escuchando el mar para no pensar en que ya no puedo verlo... todo habría sido para nada.
Se llevó una mano al pelo, pasándosela con un gesto cansado.
—Y yo no puedo permitir que haya sido para nada. Porque si fue para nada, entonces soy solo un ciego que intentó hacer algo que no podía. Y eso —su voz se hizo muy baja, casi un susurro— es lo que más miedo me da. No el informe. No los Zenin. Que tengan razón.
Suguru sintió la confesión como un puñetazo en el esternón.
No era la primera vez que alguien le decía algo así. En su trabajo, había escuchado a padres desesperados, a niños asustados, a tutores al borde del colapso. Pero esto era diferente. Porque Satoru no estaba pidiendo lástima. No estaba actuando. Estaba diciendo la verdad con una desnudez que dolía solo de escuchar.
Y Suguru, que llevaba meses protegiéndose detrás de informes y objetividad y un cinismo que había confundido con madurez, se encontró sin armadura.
—No voy a quitarte a Megumi —dijo, y aunque no era cierto —porque no era su decisión, porque el informe solo era una recomendación, porque los Zenin estaban presionando y él no era nadie—, en ese momento lo sintió como una promesa.
Satoru se giró hacia él. Por primera vez en cuatro días, sus ojos se alinearon casi exactamente con los de Suguru. No del todo. Seguían desviados unos grados, apuntando a su mentón en lugar de a sus ojos. Pero era lo más cerca que había estado.
Y en esa penumbra, con la luz de la luna filtrándose a través de las nubes, Suguru pudo verlos de cerca. Esos ojos azules que Satoru había descrito como "de otro mundo". Eran cristalinos, casi translúcidos, con un tono que no parecía real. Y estaban vacíos. No en el sentido de que no sintieran, sino en el sentido de que la señal no llegaba, de que detrás de esa belleza extraordinaria había una oscuridad que Satoru llevaba consigo todos los días y que nadie veía porque sus ojos seguían siendo azules.
El azul, pensó Suguru. Perdió el azul.
—Eso —dijo Satoru, con una sonrisa pequeña, triste, real— es lo que dice todo el mundo antes de irse.
Y se levantó.
Pero antes de dar media vuelta, dudó. Un segundo. Solo uno.
—Tus ojos —dijo Satoru, y su voz era extraña, como si estuviera buscando algo en la oscuridad—. Son oscuros, ¿verdad? La primera vez que hablamos, te oí girar la cabeza y supe que me estabas mirando. La gente que me mira por primera vez suele quedarse callada. Tú también te quedaste callado. ¿Fue por mis ojos?
Suguru tragó saliva.
—Sí.
—¿Son muy azules?
—Son los ojos más azules que he visto en mi vida—. Quiso decir que azules como el mar, pero las palabras murieron en su boca, y se sonrojó. Sentía que sería demasiado si lo comparaba con la naturaleza, aunque no era una mentira.
Satoru esbozó una sonrisa que no llegó a ningún lado. Una mueca de algo que podría haber sido dolor o podría haber sido gratitud o podría haber sido las dos cosas mezcladas.
—Qué suerte la tuya —dijo—. Al menos alguien puede verlos.
Y se fue.
Suguru se quedó solo en el porche, con el mar revolviéndose allá abajo, los ojos azules de Satoru grabados en la memoria y un nudo en el pecho que no sabía cómo deshacer.
"Perdí el azul."
Cerró los ojos y vio el color. Y entendió, por primera vez, que no había nada romántico en perder algo que amas. Solo un vacío que otros no pueden llenar porque ni siquiera saben que está ahí.
No voy a ser como todo el mundo, pensó.
Y supo, con una certeza que no podía justificar ni explicar, que estaba dispuesto a arriesgarse otra vez. Aunque eso le costara el trabajo, porque cuándo decidió estudiar, siempre pensó en ayudar a los demás.
Fue al quinto día que algo amaneció extraño. Una sensación amarga que no podía describir bien, pero quiso ignorar. Tal vez es por todo lo que ha pasado, como en tan poco tiempo conociendo a Satoru, ha hecho que su perspectiva sobre la vida, sobre los demás…ha cambiado.
El cielo amaneció despejado y un viento frío que venía del norte fue lo primero que notó al salir al jardín a estirar las piernas antes del desayuno. El aire olía diferente, más seco, y las olas rompían con violencia contenida que no había visto en los días anteriores. Los gatos, que solían desperezarse perezosamente en los tejados, se habían refugiado en los porches, con las orejas gachas y los ojos entrecerrados.
Debió haberlo tomado como un presagio.
Pero estaba distraído. Llevaba días sin poder escribir una sola línea del informe que no sonara a defensa apasionada en lugar de una evaluación objetiva. Cada vez que tomaba la pluma, recordaba la voz de Satoru sobre perder el azul. Entonces lo único que quería escribir era que los ojos de Satoru eran los más hermosos que había visto en su vida, y que merecían ser vistos por alguien que supiera apreciarlos, y maldita sea, como ansiaba ser él esa persona.
Pero eso era tan poco profesional y tenía que ser profesional, o al menos intentarlo.
Pero la pluma no se movía.
Escuchó el barco antes de verlo. El motor era más potente que el del pequeño ferry que hacía la ruta diaria entre la isla y el continente. Era un sonido grave, profundo, de esos que anuncian algo grande. Suguru subió al camino que bordeaba las colinas hasta un punto desde el que se veía todo el puerto, y allí estaba: Un barco privado, blanco, impecable, atracando en el pequeño muelle con la elegancia de un cuchillo cortando seda.
Dos figuras quebraron la paz del muelle.
Suguru reconoció el corte de los trajes antes que los rostros: esa uniformidad de los clanes donde la seda de las chaquetas y el brillo de los zapatos son la primera línea de batalla. Era el lujo que solo ostentan quienes están acostumbrados a dictar la ley, no a obedecerla.
Al frente caminaba un hombre de cabello gris y facciones afiladas como un bisturí. Lo seguía un abogado de mirada robótica y maletín de cuero negro. Eran los Zenin.
En el papel, la revisión de custodia era un trámite preliminar. En la realidad, las familias con ese nivel de influencia no esperan plazos legales; los incineran.
Suguru descendió la colina a paso rápido, con el corazón martilleando contra sus costillas. El miedo no era por él, sino por lo que ocurriría si esos hombres acorralaban a Satoru sin testigos.
Llegó justo cuando el puño del mayor iba a golpear la madera de la villa.
—Señor Naoki —intervino Suguru. Su voz, aunque forzada a la neutralidad, cortó el aire con la tensión de un cable a punto de romperse.
Naoki Zenin se giró lentamente. Sus ojos negros no miraban a Suguru, lo tasaban, buscando el precio exacto de su integridad. Era el tío abuelo de Megumi, el arquitecto de la petición de custodia y el hombre que veía a un niño de seis años como una simple transacción de linaje.
—Geto —pronunció Naoki. Su voz arrastraba ese desdén gélido que Suguru conocía de los pasillos de la fiscalía —. Nos informaron que usted era el verdugo asignado. Qué fortuita coincidencia encontrarlo aquí.
—Me alojo aquí durante el periodo de observación —cortó Suguru.
Naoki arqueó una ceja. Un milímetro de desdén.
—¿Se aloja? Qué... irregular. No es habitual que un evaluador comparta techo con el evaluado.
—La isla es pequeña. Las opciones, nulas —respondió Suguru, sosteniendo la mirada—. Las circunstancias lo requieren.
El silencio que siguió se cargó de sospechas no verbalizadas. El abogado, tras Naoki, evaluaba a Suguru con la precisión de quien busca una grieta en un muro.
—He venido a ver a mi sobrino nieto —sentenció Naoki. El énfasis en la posesión hizo que Suguru apretara la mandíbula—. Y a confrontar al tutor. Es mi derecho legal.
—Tiene derecho a solicitar una visita, no a irrumpir —replicó Suguru, sin moverse un ápice del umbral.
—No irrumpo. Llamo a una puerta. ¿Acaso la ley prohíbe a un familiar visitar a un menor?
Suguru guardó silencio. Naoki conocía las reglas: sin una orden de alejamiento, la villa era territorio abierto para su linaje.
Antes de que la tensión estallara, la madera cedió.
Satoru apareció en el umbral. Llevaba una camisa blanca, impropiamente formal, y el cabello recogido con una cinta negra que exponía la palidez de su nuca. Sus ojos, ese azul eléctrico que desafiaba la lógica, apuntaron al origen del ruido. Suguru notó el matiz: el oído guiaba la mirada, buscando el centro de la amenaza.
—Qué estruendo —soltó Satoru. Su voz recuperó ese tono cantarín, la máscara de arrogancia que usaba para blindarse—. Parece una comitiva real. Espero que no sea la reina de Inglaterra; no tengo pastel de frambuesa y detesto las visitas ofendidas.
Naoki lo recorrió con la vista. Era la mirada de un carnicero decidiendo por dónde empezar el corte.
—Gojo —pronunció con una frialdad que marchitó el ambiente—. Veo que mantiene su... particular alegría.
—Y usted su rigidez. Debería reír más, señor Naoki. Dicen que suaviza las arrugas.
—No he cruzado el mar para hablar de estética.
—Ya me lo imaginaba. Con ese traje solo se viene a hablar de activos, de herencias o de cosas que a los humanos normales nos aburren mortalmente.
Satoru se apoyó en el marco con una languidez estudiada, pero Suguru no perdió detalle: sus dedos se hundían en la madera vieja hasta que los nudillos blanquearon. La fachada era de acero, pero el soporte temblaba.
—¿Dónde está Megumi? —escupió Naoki, eliminando cualquier rastro de cortesía.
—Está en la escuela —cortó Satoru—. Si hubieran avisado, habría preparado té. Como no lo hicieron, se quedarán en el umbral.
—No busco hospitalidad. Busco respuestas —replicó Naoki.
El abogado dio un paso al frente. El clic metálico de su maletín sonó como el amartillar de un arma.
—Señor Gojo, represento los intereses de la familia Zenin en la revisión de custodia del menor Megumi Fushiguro. Tengo aquí la notificación oficial que...
—Ahórrese el papel sellado —lo interrumpió Satoru. Su voz perdió el tono burlón—. Ya sé que vienen a arrebatármelo.
—No es un robo, es una restitución —intervino Naoki, afilando el tono—. Gojo, usted no es nada para ese niño. Ni padre, ni sangre. Es un extraño que se apropió de un linaje que no le pertenece.
Suguru sintió el aire espesarse. Sus puños se cerraron por instinto.
—Megumi estaba en un centro de acogida —soltó Satoru. Había un temblor eléctrico en sus palabras—. Ustedes lo abandonaron. Dos años de silencio absoluto.
—Asuntos internos de la familia que no le incumben.
—Megumi es mi única incumbencia —rugió Satoru, abandonando toda fachada—. Desde que firmé esa custodia, soy su muro. Eso es lo que significa ser un tutor.
Naoki lo recorrió con una lentitud insultante, deteniéndose en los ojos que no podían devolverle la mirada.
—¿Hacerse cargo? —Naoki escupió las palabras—. ¿Usted? Un hombre que no puede ver si el niño cae, si sangra o si tiene fiebre.
—Lleva dos años vivo, sano y sin pesadillas bajo mi techo —replicó Satoru, enderezando la espalda—. ¿Pueden decir lo mismo de los niños que cría su familia?
Naoki enrojeció. El sutil oscurecimiento de sus facciones fue el preludio de la crueldad.
—No compare la disciplina Zenin con...
—¿Hablamos de su "disciplina"? —Satoru dio un paso al frente. Su voz bajó a un registro peligroso, casi un susurro mortal—. ¿Hablamos de los niños que desaparecen de sus registros o de las denuncias que su dinero archiva? ¿Quiere que lo discutamos aquí, frente al evaluador de la fiscalía?
El silencio fue absoluto. Incluso el mar pareció contener el aliento. Naoki lo miró con una oscuridad ancestral, la de quien cree que el apellido está por encima de la decencia.
—Usted —sentenció Naoki— es un ciego arrogante que confunde posesión con derecho. La ley no es sentimental, Gojo. Un hombre sin vista no es idóneo. Es un hecho. Y su informe, Geto... —se giró hacia Suguru con una sonrisa gélida— será objetivo, ¿verdad? Sería una lástima que el expediente de las gemelas volviera a abrirse por una "mala apreciación" en este caso.
A Suguru se le heló la sangre. Lo sabían. Cada detalle.
—No me amenace —soltó Suguru. Su voz vibró con una furia contenida que superaba su máscara profesional.
—Es un recordatorio de cómo gira el mundo, Geto. Haga su trabajo. Evalúe la incapacidad de este individuo... o aténgase a las consecuencias.
—¿O qué? —intervino Satoru. Ya no estaba apoyado en la puerta; era una cuerda tensa a punto de romperse—. ¿Va a comprar al juez o a hacerme desaparecer? Es el estilo Zenin, ¿no? Si la ley no sirve, el dinero manda. Y si el dinero falla....
—Gojo, basta —advirtió Naoki.
—¡No me voy a callar! —Satoru vibraba de rabia. Sus ojos azules brillaban con una intensidad aterradora para alguien que no veía—. Yo fui el que lo sacó del centro de acogida. Yo aprendí a vestirlo, a cocinar y a conocer su tristeza sin tener que verle la cara. ¿Usted qué hizo? ¿Esperar a que creciera para reclamarlo como un objeto de valor?.
Naoki no respondió. Su mirada tenía la paciencia letal de un depredador que sabe que tiene la trampa lista.
—Terminaremos esto en los tribunales —sentenció Naoki, dándose la vuelta—. Tanaka, nos vamos. Ya hemos visto suficiente.
—Solo saben escupir amenazas y huir —soltó Satoru. Su voz vibró con un resto de adrenalina que empezaba a amargarle el tono.
Naoki se detuvo en seco. Suguru esperó el impacto de una última crueldad, esa estocada final que deja la herida abierta de par en par. El hombre no se giró, pero su voz, cargada de una autoridad gélida, cubrió el porche.
—Megumi merece una estirpe, no un tutor que apenas puede valerse por sí mismo. Presentaremos las pruebas de su incapacidad y la ley hará el resto. Y usted, Geto... —esta vez sí clavó sus ojos negros en los del azabache— recuerde el precio de su informe. No es solo su carrera lo que está en juego; es el destino de un niño que no debería estar con un extraño que ni siquiera puede verle la cara.
Se marcharon.
El motor del barco rugió, un sonido violento que profanó la calma de la cala hasta que la embarcación no fue más que una mancha blanca desapareciendo en el horizonte.
Cuando Suguru se giró, el umbral estaba desierto.
La puerta se había cerrado sin ruido. Dentro, el silencio era absoluto, denso, casi sólido.
Suguru levantó la mano para llamar, con las palabras quemándole la garganta, pero se detuvo. ¿Qué se le dice a un hombre al que acaban de despedazar con los mismos argumentos que él mismo había usado en su mente días atrás? "No es suficiente", "no puede", "no es apto".
Eran las etiquetas del sistema. Las etiquetas de su propio cinismo.
Bajó la mano. Los dedos le temblaban.
Y se quedó allí, esperando que el mar o el silencio le dieran una respuesta que no tenía.
El impacto no fue inmediato; fue una erosión lenta.
Satoru no volvió a cruzar el umbral en toda la tarde. Suguru permaneció anclado al porche, sitiado por un vacío que no sabía cómo llenar. Vio a Megumi regresar de la escuela y escuchó el "estoy aquí" del niño, una frase plana que la puerta de entrada devoró al cerrarse de nuevo.
No hubo radio. No hubo cena. Solo un silencio que pesaba más que cualquier sentencia judicial.
Suguru dejó que la noche lo cubriera sin moverse. Intentó llamar un par de veces, pero el mutismo de la casa era un muro infranqueable. No durmió. En la oscuridad, los fantasmas de las gemelas regresaron, mezclándose con la voz de Naoki Zenin escupiendo la palabra "incapacidad" como si fuera un veredicto definitivo. Recordó el azul de Satoru —hermoso, eléctrico y roto— y la crueldad de llamarlo "un extraño que ni siquiera puede verlo".
A las dos de la madrugada, la parálisis cedió.
Se adentró en la casa como un intruso. Al pasar frente a la habitación de Satoru, el silencio se trizó. No era una respiración; era un sollozo ahogado, el llanto de alguien que se esfuerza por no existir para los demás.
Suguru se quedó inmóvil, con la mano suspendida en el aire.
No llamó. No tenía el derecho ni la medicina para ese tipo de herida. Entrar habría sido una profanación de la última dignidad que le quedaba a Satoru.
Pero la pasividad ya no era una opción.
Regresó a su cuarto, tomó la pluma y abrió la carpeta de Megumi Fushiguro. El papel, hasta entonces un enemigo, se convirtió en su única arma.
Y empezó a escribir.
No hubo sueño esa noche, pero tampoco cansancio.
A diferencia del insomnio gris de Tokio, esta vigilia traía una claridad cortante. Suguru escribió con pulso firme, transformando cada duda en una decisión y cada riesgo en un blindaje para Satoru.
"Informe de evaluación de entorno: Condiciones de vida del menor Megumi Fushiguro y su tutor legal, Satoru Gojo. Observación in situ, Ainoshima".
Sus dedos volaron sobre el papel, traduciendo la "coreografía" de la villa en evidencia técnica. Describió el sistema de orientación táctil, las texturas que servían de mapa y la autonomía absoluta de Satoru. Relató la disciplina del desayuno, el ritual de los cuentos en braille y esa conexión invisible que permitía a Satoru detectar la fiebre o la tristeza sin necesidad de ver.
"El menor presenta un apego seguro y una estabilidad emocional que solo se manifiesta ante su tutor. Se ha constatado que el desarrollo verbal de Megumi Fushiguro está intrínsecamente ligado a la figura de Satoru Gojo".
Luego, Suguru cruzó el punto de no retorno.
Abrió el cajón de los secretos que la fiscalía prefería ignorar. Listó las denuncias por maltrato del clan Zenin que terminaron en vía muerta y los nombres de niños de ramas secundarias que se desvanecieron de los censos como si nunca hubieran nacido. No era una acusación emocional; era una autopsia legal de la negligencia.
"Resulta una contradicción jurídica pretender la entrega de un menor a una estirpe con historial documentado de maltrato, bajo el pretexto de una discapacidad visual que, en la práctica, no constituye factor de riesgo alguno".
Firmó. Selló. Eran las cinco de la mañana y acababa de incinerar su carrera por segunda vez.
Salió al pasillo con el informe como quien carga un arma cargada. Al pasar frente al cuarto de Megumi, vio al niño dormir con el gato naranja custodiando sus pies. Pero al llegar a la habitación de Satoru, el silencio cambió de naturaleza.
No era el aire pesado de alguien sumido en el sueño; era el vacío de una estancia deshabitada.
Suguru apoyó la mano en la madera, aguzando el oído. Nada. Solo el eco lejano del mar.
Empujó la puerta con una premonición helada en las venas.
La cama estaba hecha. Las sábanas frías. El cuarto olía a mar y a colonia suave que Satoru usaba por las mañanas, pero no había nadie. Suguru sintió un nudo en el estómago.
Buscó en la cocina, en el salón, en el jardín, pero nada.
El porche trasero estaba vacío, pero la puerta estaba abierta, y el camino de piedras que bajaba hacia la playa estaba húmedo, como si alguien lo hubiera recorrido hace poco.
Salió, el cielo empezaba a aclararse, pero las nubes grises lo cubrían todo, y el aire olía a lluvia inminente, el viento era frío y cortante. El azabache bajó por el sendero que serpenteaba entre las rocas, hasta la pequeña cala que había detrás de la casa. La marea estaba baja, la arena expuesta, las algas secas formando círculos irregulares en la orilla.
Y allí estaba Satoru.
De pie, frente al mar, con los pies descalzos sobre la arena húmeda. Llevaba solo la sudadera gris y el pantalón de pijama, y su cabello blanco se movía con el viento de una manera que le recordaba a los diente de león cuándo el viento sopla, tan ligero, como si pudiera deshacerse en cualquier momento.
No lloraba, al menos no cuándo Suguru llegó a su lado. Pero cuándo se acercó lo suficiente para ver su rostro de perfil, vio las mejillas húmedas, los ojos azules fijos en el horizonte que no podían ver, pero…parecía comunicarse con el mar. Sus labios los tenía apretados con una fuerza que su mandíbula temblaba.
—Satoru—. Susurró Suguru. Satoru no se giró, pero su cuerpo se tensó como si hubiera estado esperando y al mismo tiempo hubiese deseado no ser encontrado.
—Vete—. Susurró. Su voz era ronca, rota, nada que ver con el hombre ruidoso y sarcástico, aquel hombre que siempre tenía algo ingenioso que decir. —Solo vete Geto. Ya has hecho tu evaluación, ya has visto lo que queráis ver. Vuelve a Tokio y escribe tu informe. Ya sabes lo que dirás, ellos tienen razón, siempre la tienen.
Eso último sonó con una voz quebrada, con las lágrimas atoradas en un nudo.
—No diré eso—. Respondió con firmeza.
—¡Pues deberías! — Satoru se giró de repente y el movimiento fue tan brusco que perdió el equilibrio, sus pies descalzos hundiéndose en la arena húmeda, los brazos abriéndose para estabilizarse. Y entonces, por primera vez Suguru lo vio tambalearse. Por primera vez lo vio, no como el hombre que había convertido su limitación en una coreografía, sino como alguien que estaba a punto de caer. —¿No lo viste? ¿No lo viste venir aquí con su traje caro y sus palabras de abogado? “un ciego no puede cuidar un niño”; “Megumi merece una familia de verdad”; “Usted no es nadie para él” ¡Y tienen razón! Todo lo que dijeron…todo lo que dijeron es verdad.
—¡Claro que no! —. Su voz igual tembló, sonaba quebradiza…pero eso ya no le impresionaba, porque sabía lo que sentía.
—¡Soy un maldito ciego! —gritó Satoru, y su voz se quebró en la última sílaba. Las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a caer sin freno, surcando sus mejillas pálidas, cayendo sobre la sudadera gris—. Eso es lo que soy. Eso es lo que siempre voy a ser. No puedo ver su cara cuando se ríe. No puedo ver si se hace daño cuando juega. No puedo ver nada. Nada. Y ellos tienen razón. No debería tenerlo. Me lo van a quitar. Y yo no voy a poder hacer nada porque soy un—
—Para.
La voz de Suguru cortó el aire como un cuchillo. No era ni fría ni profesional. Era una orden, si, pero de las que nacen de algo más profundo.
Satoru paró. Sus labios temblaban. Los ojos azules, vacíos, deslumbrantes apuntaban a algún punto a la izquierda de Suguru, perdidos, sin saber dónde poner el dolor que llevaban dentro.
—No voy a dejar que te quiten a Megumi —dijo Suguru. Y dio un paso hacia él.
—No puedes prometer eso —Respondió Satoru con un hilo de voz—. No es tu decisión. No eres nadie. Ellos tienen dinero, tienen poder, tienen la ley de su lado porque la ley siempre está del lado de los que pueden pagarla. Y yo soy solo un ciego en una isla de gatos.
—Soy el que ha escrito el informe.
Satoru parpadeó. Las lágrimas seguían cayendo, pero su expresión cambió, algo en su rostro se recompuso apenas.
—¿Qué has escrito?
Suguru dio otro paso. Ya estaban cerca, a un brazo de distancia. El viento soplaba con fuerza, trayendo el olor a sal y a lluvia que aún no había llegado.
—He escrito la verdad. Que tu casa está adaptada. Que Megumi come, duerme, sonríe, confía en ti. Que los vecinos te respetan. Que los Zenin tienen un historial de maltrato y negligencia que haría que cualquier juez con dos dedos de frente te diera la custodia permanente, aunque estuvieras en coma.
Satoru abrió la boca, pero luego la cerró.
—He enviado una copia a la fiscalía general —continuó Suguru, y su voz era más suave ahora, más cercana—. Y otra a la prensa. Si los Zenin intentan algo, todo el país va a saber lo que hacen con sus niños. No tocarán ni a Megumi…Ni a ti.
Las piernas de Satoru parecieron doblarse.
No cayó. Pero se tambaleó, y antes de que pudiera pensar lo que estaba haciendo, Suguru ya tenía las manos sobre sus hombros, estabilizándolo, sosteniéndolo. La tela de la sudadera estaba húmeda por la llovizna fina que empezaba a caer, y bajo ella podía sentir los huesos de Satoru, demasiado marcados, como si en esa fachada ruidosa y arrogante hubiera alguien que también llevaba meses sin dormir, sin comer bien, sin dejar de tener miedo.
La lluvia empezó a caer de verdad. No era fuerte, pero era persistente, esa lluvia fina que empapa sin avisar. Suguru sintió las gotas en la nuca, en los hombros, en las manos que todavía sostenían a Satoru.
Y entonces Satoru rompió.
No fue un sollozo. Fue algo más desgarrado, un sonido que salió de su pecho como si llevara años encerrado allí, apretado contra las costillas, esperando un momento a solas para ser liberado. Sus manos se aferraron a la camisa de Suguru, los nudillos blancos, los dedos temblando, y su frente fue a chocar con el hombro de Suguru con un golpe seco que debió doler.
—No puedo perderlo —susurró, y su voz era tan pequeña que apenas se oía sobre la lluvia y el mar—. Es todo lo que tengo. Es todo lo que...
—No lo vas a perder.
—No lo sabes. No sabes lo que son los Zenin. No sabes lo que pueden hacer. Te van a destruir a ti también, ¿no lo entiendes? Por haberme ayudado, por haber escrito ese informe, van a...
—Que lo intenten.
—¡No entiendes! —Satoru levantó la cara, y su expresión era una mezcla de furia y desesperación, de algo que quería empujar y al mismo tiempo aferrarse—. No puedes hacer esto. No puedes venir aquí, quedarte una semana, escribir un informe que te va a costar tu carrera, y luego... y luego...
—¿Y luego qué?
—Luego te vas —dijo Satoru, y su voz se rompió otra vez—. Te vas y me dejas aquí. Con esto. Con haber creído que alguien... que alguien...
No terminó la frase. Pero Suguru la entendió igual.
Con una mano, sin dejar de sostenerlo con el otro brazo, se quitó la chaqueta que llevaba sobre los hombros y la extendió sobre la espalda de Satoru. La tela era gruesa, impermeable, y la lluvia empezó a resbalar por la superficie en lugar de empapar la sudadera gris. Luego, con los dedos, empezó a deshacer el nudo que se había formado en el cabello blanco de Satoru —no sabía cuándo se había enredado, pero las hebras mojadas se pegaban a sus sienes, a sus mejillas— y las separó con cuidado, apartándolas de su rostro.
Satoru levantó la cara. Estaba deshecho. No había rastro del hombre sarcástico y ruidoso, del que hacía bromas sobre la cara de asesino en serie de Suguru, del que se reía a carcajadas en el puerto con los pescadores. Solo había alguien que había estado sosteniendo una máscara durante demasiado tiempo y que, en ese momento, no tenía fuerzas para seguir.
—No me mires —Murmuró Satoru entre hipos por el llanto, con un tono avergonzado, tímido—. No quiero que me veas así.
—Te veo —dijo Suguru. Y no se apartó.
Las manos de Satoru todavía aferraban su camisa, como si soltarla significara hundirse. Suguru no hizo nada por desprenderse de él. Al contrario. Una de sus manos dejó de apartar el cabello y se deslizó hacia la nuca de Satoru, los dedos encontrando la piel fría bajo las hebras mojadas, y se quedó allí. Sin presión. Sin exigencia. Solo presente.
—Eres cruel —susurró Satoru, y era difícil saber si era una queja o un lamento—. Vienes aquí, te quedas una semana, ves cómo me desmorono, arriesgas tu carrera por mí, y luego te vas. Y yo me quedo con esto. Con que alguien me haya visto así. Con que alguien haya visto que no soy tan fuerte como aparento.
—No me voy a ir.
Satoru soltó una risa entrecortada, mojada, que se perdió en la lluvia.
—Claro que te vas. Todos se van. Es lo que hace la gente. Vienen, se quedan un rato, y luego se dan cuenta de que esto —señaló con un gesto vago que abarcaba la isla, la casa, sus propios ojos— es demasiado. Demasiado trabajo, demasiado problema y se van... Como los Zenin, como mi familia, como todos.
—No me voy a ir.
—¡Déjame en paz, Geto! —intentó soltarse, pero sus brazos no respondían, o tal vez no querían responder, porque seguían aferrados a la camisa de Suguru como si fuera lo único sólido en un mundo que se había vuelto líquido—. No me hagas promesas que no puedes cumplir. No me hagas creer que...
—No te estoy haciendo creer nada.
Suguru apretó el brazo que rodeaba sus hombros. No con violencia, pero con una firmeza que decía estoy aquí sin necesidad de palabras. La mano en la nuca de Satoru empezó a moverse en un ritmo lento, pausado, el mismo ritmo que las olas cuando el mar estaba en calma.
—Yo también tengo miedo —Sinceró Suguru, y su voz salió más baja de lo que pretendía, más honesta—. De volver a arriesgarme. De que vuelvan a castigarme. De que todo lo que hago no sirva para nada. Llevo meses sintiendo que estoy vacío, que no me importa nada, que ya no puedo sentir empatía por nadie.
Satoru levantó la cabeza. Sus ojos azules, brillantes de lágrimas y lluvia, apuntaban ahora casi hacia el rostro de Suguru. No lo veían, pero si lo buscaban.
—Y entonces llegaron los Zenin —continuó Suguru, con una voz que no temblaba, pero parecía estar hecha de algo frágil, de algo que no solía decir en voz alta—. Y los vi. Y vi cómo te miraban. Como si no valieras nada, como si todo lo que has hecho no importara porque hay algo que no puedes hacer. Y me di cuenta de que yo también te había mirado así el primer día.
Satoru abrió la boca para decir algo, pero Suguru no lo dejó.
—Llegué aquí pensando que no podías. Pensando que un ciego no podía cuidar de un niño. Y pasé cuatro días viendo cómo cocinas, cómo limpias, cómo cuidas a Megumi, cómo los vecinos te respetan, cómo ese niño que no habla con nadie duerme con la mano en tu hombro porque sabe que ahí está seguro. Y todo el tiempo seguía pensando que no podías. Porque tenía un prejuicio tan grande que ni siquiera vi lo que tenía delante.
—No...
—Déjame terminar.
Satoru se calló. Sus dedos seguían aferrados a la camisa de Suguru, pero su respiración se estaba calmando, apenas.
—No eres un "maldito ciego" —dijo Suguru, y sus palabras cayeron sobre la lluvia como piedras—. Eres un hombre que ha construido una vida entera alrededor de algo que perdió. Que ha aprendido a hacer cosas que la gente con vista no sabe hacer. Que ha dado a un niño más amor y seguridad del que ninguna familia de sangre le ha dado nunca. Y si los Zenin creen que pueden venir aquí, humillarte, hacerte sentir que no vales nada, y llevarse a Megumi... se equivocan. Porque yo no voy a dejar que pase.
La mano de Satoru se cerró con más fuerza sobre su camisa.
—¿Por qué? —preguntó, y su voz era apenas un susurro—. ¿Por qué haces esto? No me conoces. No me debes nada. Arriesgas tu carrera, tu futuro, por un hombre al que acabas de conocer. ¿Por qué?
Suguru se quedó en silencio un momento. La lluvia golpeaba su espalda, empapándolo, pero no le importó. Sintió el peso de Satoru contra su pecho, el temblor de sus hombros, el olor a sal y a colonia que empezaba a diluirse con el agua.
—Porque desde que llegué aquí —dijo al fin—, he vuelto a sentir algo que creía haber perdido.
—¿Qué?
—No lo sé —admitió—. Empatía, esperanza. Ganas de hacer algo que no sea solo cumplir con mi trabajo. Ganas de... quedarme.
Satoru levantó la cabeza. Sus ojos azules, empañados por las lágrimas y la lluvia, buscaron la voz de Suguru con una intensidad que dolía.
—No digas cosas que no sientes.
—Las siento.
—No puedes quedarte. Tienes tu vida en Tokio. Tu trabajo. Tus...
—Mi trabajo me mandó aquí como castigo. Mi vida en Tokio es un escritorio vacío y un apartamento donde no enciendo las luces porque no me importa ver nada. Eso no es una vida.
—Y esto —Satoru soltó una risa entrecortada, amarga—, ¿esto es una vida? Una isla perdida, un niño que no es mío, gatos en el jardín y un mar que nunca puedo ver. Esto no es...
—Esto es lo único que me ha hecho sentir algo en meses.
El silencio que siguió fue tan intenso que la lluvia pareció detenerse. Satoru parpadeó, una, dos veces, y sus pestañas mojadas lanzaron gotitas que cayeron sobre las manos de Suguru.
—No te creo —dijo, pero su voz temblaba.
—No te estoy pidiendo que me creas.
—Entonces, ¿qué me estás pidiendo?
Suguru no respondió con palabras.
En lugar de eso, cerró los brazos. Rodeó los hombros de Satoru con una firmeza que no era posesiva, no era exigente. Era un abrazo de contención, de los que dicen no te voy a soltar, no te voy a dejar caer. Satoru quedó aprisionado entre sus brazos y su pecho, con la frente apoyada en su hombro y la respiración entrecortada.
—No te pido nada —dijo Suguru contra su cabello mojado—. Solo que dejes de decir que no vales. Solo que dejes de creer lo que dicen. Solo que... dejes que alguien te ayude por una vez.
Satoru tembló. Todo él temblaba, como si el frío y el miedo y la fatiga de años se hubieran concentrado en ese momento para salir de una vez. Y Suguru lo sostuvo. Con los brazos firmes, con la mano que empezaba a acariciar su cabello mojado con un ritmo lento, pausado.
—No sé hacer esto —murmuró Satoru contra su hombro—. No sé dejar que alguien me ayude.
—Yo tampoco.
—Entonces estamos los dos perdidos.
—Tal vez.
—Es una estupidez.
—Lo es.
—Quedarte aquí, en la lluvia, abrazando a un ciego que acaba de tener una crisis porque unos viejos con traje le dijeron que no valía nada. Es ridículo.
—Lo sé.
—Y aun así no te sueltas.
—No.
—¿Por qué?
Suguru cerró los ojos. Sintió el peso de Satoru en sus brazos, el calor de su cuerpo a pesar de la lluvia, la forma en que su respiración empezaba a sincronizarse con la suya.
—Porque no quiero.
Satoru se quedó en silencio. Y por primera vez en toda la noche, su cuerpo dejó de temblar. Sus manos, que habían estado aferradas a la camisa de Suguru con desesperación, se relajaron. Una de ellas se deslizó hacia su brazo, los dedos rozando la tela empapada, y se quedaron allí.
No era un abrazo de amantes. No era un gesto romántico. Era algo más simple y profundo: un hombre sosteniendo a otro que se estaba desmoronando, y el otro dejándose sostener porque ya no podía sostenerse solo.
—Megumi —dijo Satoru de repente, levantando la cabeza—. ¿Y si se despierta y no estamos?
—Está durmiendo. El gato está con él. Si se despierta, nos oirá.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo cinco días en esta casa. Sé cómo cruje cada tabla.
Satoru soltó una risa pequeña, húmeda, pero real.
—Te has aprendido los crujidos de mi casa.
—Soy muy observador.
—Para alguien que llegó pensando que yo era un incompetente, te has esforzado.
Suguru sintió un calor en las mejillas que no tenía nada que ver con la fiebre.
—No pensaba que fueses incompetente.
—Sí pensabas. El primer día se te notaba en la voz. Ese tono de "pobrecito, cómo va a hacer esto". Lo conozco bien. Demasiado bien.
—Ya no.
—¿Ya no?
—Ya no.
Satoru inclinó la cabeza, apoyándola contra el hombro de Suguru con un gesto que parecía de cansancio, pero también de confianza. La lluvia seguía cayendo, pero la chaqueta de Suguru los cubría a ambos, y bajo la tela impermeable, el mundo se había vuelto pequeño y cálido.
—¿Te vas a quedar? —preguntó Satoru, y su voz era tan baja que Suguru casi no la oyó—. Cuando termine todo esto. Cuando los Zenin se rindan. Cuando el informe se archive. ¿Te vas a quedar?
Suguru no respondió de inmediato. Dejó que la pregunta flotara en el aire, mezclada con el olor a lluvia y a mar.
—Tengo que volver a Tokio —dijo al fin—. Cerrar el apartamento. Recoger mis cosas. Arreglar lo de la fiscalía.
Satoru asintió contra su hombro.
—Pero después —continuó Suguru—, después puedo volver. Si me dejas.
—¿Y qué vas a hacer aquí? No hay fiscalía. No hay casos. No hay nada que un trabajador social pueda hacer en una isla de doscientos habitantes.
—No lo sé —admitió Suguru—. Pero hace cinco días no sabía que se podía vivir así. Y ahora no sé cómo volver a vivir de otra forma.
Satoru levantó la cabeza. Sus ojos azules buscaron la voz de Suguru, y por un momento, por un instante fugaz, Suguru tuvo la impresión de que podía verlo. No con los ojos, sino con algo más. Con esa forma que tienen las personas que han perdido un sentido de agudizar todos los demás, de leer en las pausas, en los silencios, en la forma en que alguien respira.
—Eres un idiota —dijo Satoru.
—Lo sé.
—Un idiota romántico que arriesga su carrera por un ciego en una isla de gatos.
—También lo sé.
—Y dices que no me pides nada, pero me estás pidiendo que espere a que vuelvas.
—No. Te estoy pidiendo que me dejes volver.
La lluvia empezaba a amainar. El cielo se aclaraba por el este, y a través de las nubes grises se filtraba una luz tenue, dorada, que iluminaba la cala con un resplandor suave.
Satoru se apartó un poco, solo lo suficiente para que Suguru pudiera ver su rostro. Estaba despeinado, con los ojos enrojecidos, las mejillas marcadas por las lágrimas, la sudadera empapada a pesar de la chaqueta. Y aun así, aun así, Suguru pensó que era la persona más hermosa que había visto en su vida.
—Los caramelos de karinto —dijo Satoru de repente.
—¿Qué?
—La próxima vez que vengas, trae caramelos de karinto. Mi favorito. Crujientes por fuera, dulces por dentro. Si vienes sin ellos, no te dejo entrar.
Suguru sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Trato hecho.
Satoru asintió. Y entonces, sin avisar, apoyó la frente contra el pecho de Suguru, justo sobre el corazón, y cerró los ojos.
—Estoy muy cansado —murmuró.
—Ya lo sé.
—No quiero volver a la casa. No quiero oír el silencio. No quiero pensar en lo que va a pasar.
—Entonces no pienses.
—¿Qué hago?
—Respira.
Satoru inspiró. Lento. Profundo. El aire entró en sus pulmones con un sonido tembloroso, y salió en un suspiro que pareció llevarse parte del peso que había estado cargando toda la noche.
—Otra vez —dijo Suguru.
Satoru inspiró otra vez. Y otra. Y otra.
La lluvia cesó. El sol empezaba a asomar entre las nubes, y la cala se llenó de una luz dorada que hizo brillar la arena mojada y las algas secas y el cabello blanco de Satoru, que ahora descansaba contra el pecho de Suguru con los ojos cerrados, la respiración tranquila, los dedos todavía enredados en la tela de su camisa.
Suguru no se movió.
Se quedó allí, en la playa, con los brazos alrededor de Satoru, con el sol calentándoles la espalda, con el mar sonando en la distancia con un ritmo pausado. Y por primera vez en meses, no sintió vacío.
Sintió algo parecido a la paz.
Y también, si era honesto consigo mismo, algo que aún no se atrevía a nombrar.
—¿Geto? —dijo Satoru después de un largo rato, con voz somnolienta.
—Dime.
—¿De verdad enviaste una copia a la prensa?
—Sí.
—¿Y a la fiscalía general?
—También.
—¿Y si te despiden?
—Entonces tendré que buscar otro trabajo.
—¿Qué clase de trabajo puede hacer un ex trabajador social en una isla de doscientos habitantes?
—No lo sé. Pero la señora Tanaka me dijo que el pescador necesita ayuda con la contabilidad. Y el ferry busca alguien que lleve los registros. Y siempre puedo aprender a pescar.
Satoru soltó una risa suave, adormilada.
—Pescar. Con traje y corbata.
—Me compraré ropa de isla.
—Quedas ridículo en cualquier ropa que no sea traje.
—¡Oye!
—Sí. Pero no te preocupes. Aquí nadie te va a juzgar. Solo los gatos. Y los gatos te juzgan hagas lo que hagas, así que da igual.
Suguru sonrió. Miró hacia la casa, hacia la ventana de la habitación de Megumi. El niño estaba despierto, lo supo por el pequeño rostro asomado entre las cortinas, mirando hacia la playa con el gato naranja en brazos. No parecía asustado. Solo observaba, con esa intensidad silenciosa que lo caracterizaba.
—Megumi nos está mirando —dijo Suguru.
Satoru no se movió.
—Que mire. Es bueno que sepa que hay gente que se queda.
Y así se quedaron, en la playa, bajo el sol que empezaba a secar sus ropas empapadas, con los gatos que bajaban uno a uno a investigar qué hacían esos dos humanos abrazados en la arena.
Satoru tenía razón en algo: los gatos juzgaban. Pero también, pensó Suguru mientras el naranja gordo se acercaba a frotarse contra su pierna mojada, a veces se quedaban.
Pasaron dos semanas. Catorce días desde que el informe de Suguru detonó en los despachos de la fiscalía y en las redacciones de los periódicos. La presión mediática sobre el historial de los Zenin fue tan asfixiante que el clan, en un movimiento de control de daños, retiró la petición de custodia "por el bienestar del menor". Una victoria técnica, silenciosa y amarga.
La fiscalía no lo despidió —el escándalo de un despido improcedente tras una filtración ética sería peor—, pero lo sentenciaron al ostracismo.
—Te han asignado a la Unidad de Revisión Documental Remota —le explicó Yaga por teléfono, con una voz que cargaba el peso de los años—. Es un puesto de archivo, Suguru. Estarás fuera de los tribunales, fuera de los pasillos de Tokio y, sobre todo, fuera de la vista de los Zenin.
—Un exilio administrativo —concluyó Suguru, mirando el mar de Ainoshima desde la ventana.
—Un puesto de gabinete. Puedes tramitar las revisiones de expedientes desde cualquier lugar con conexión a la red del ministerio. No te quieren aquí, pero tampoco pueden dejarte ir. Tómate el mes de vacaciones acumuladas que tienes. Después... si decides quedarte en esa isla, el sistema de gestión interna te permite trabajar a distancia. Es un trabajo invisible, de escritorio. Un castigo de seda.
Suguru observó a los gatos dormitando sobre las tejas de la villa vecina. En la cocina, escuchó el rítmico golpe del cuchillo sobre la tabla y a Satoru tarareando una melodía que ya empezaba a resultarle familiar.
—Me quedo —dijo Suguru.
—Lo sé —respondió su jefe antes de colgar.
Suguru bajó a la cocina. El aroma a dashi y tofu frito llenaba el aire. Satoru manejaba la sartén con esa precisión coreográfica que ya no le sorprendía, mientras Megumi, sentado a la mesa, observaba el vapor con una calma que no tenía hace dos semanas. El niño ya no buscaba la espalda de Satoru para esconderse cuando Suguru entraba; ahora, simplemente lo seguía con esos ojos verdes, evaluando su lugar en la casa.
—Me han reasignado a revisión documental —soltó Suguru, apoyándose en el marco de la puerta.
Satoru no se giró, pero el movimiento de su mano sobre el fuego se volvió más lento.
—¿Revisión? Suena a que te han mandado al rincón de pensar.
—Significa que puedo trabajar desde aquí. Procesar expedientes por red. No tengo que volver a Tokio. Si... sí encuentro un lugar en la isla donde instalarme.
Satoru soltó una carcajada corta, girando un poco la cabeza para orientar el oído hacia él.
—Ainoshima no tiene inmobiliarias, Suguru. Y esta villa es demasiado grande para un ciego y un niño que casi no habla. Hay una estancia al lado de la mía; Megumi dice que tiene buenas vistas al acantilado. Yo solo sé que es fresca en verano.
Suguru sintió un vuelco en el pecho, una calidez que nada tenía que ver con el clima de la isla.
—¿Me estás ofreciendo una habitación, Satoru? —preguntó, con la voz perdiendo su barniz profesional.
Satoru sonrió de esa forma real, sin sarcasmo, que solo reservaba para los momentos en la playa.
—Te estoy ofreciendo que dejes de ser un invitado. Además, alguien tiene que traer los caramelos de karinto del puerto cada semana.
Suguru rio, arrugando sutilmente sus ojos.
Megumi los observaba con esos ojos verdes, pasando la mirada de uno a otro con una intensidad que Suguru ya había aprendido a reconocer. Era su forma de evaluar, de decidir si lo que estaba viendo era una amenaza o no.
—¿Te vas a quedar? — La pregunta de Megumi sonó con una voz entre plana y un reproche silencioso de quién no quiere compartir a su tutor.
—Si no les importa —. Respondió Suguru con cierta timidez, agachándose a la altura de Megumi— Me han ofrecido un trabajo que puedo hacer desde aquí y me gustaría…estar cerca. Si tú quieres, no es un problema.
—No quiero.
—¡Megumi! —. exclamó Satoru.
Su voz no fue un trueno, sino más bien un suspiro exasperado cargado de esa calidez que solo usaba con el niño. Tenía ese tono de regaño fingido, el de un padre que intenta sonar severo pero que termina delatándose con una sonrisa oculta en las comisuras de los labios. Era una advertencia suave, como si le recordara a Megumi que, aunque él era el centro de su mundo, ya era hora de dejar que alguien más entrara en el mapa.
—No seas tan duro con el invitado, Gumi —añadió, recuperando ese matiz cantarín y ruidoso para romper la tensión —. Mira que ha prometido traer los dulces de la capital. Si lo echas ahora, nos quedaremos sin azúcar y eso sí que sería una tragedia legal, ¿no crees?
Satoru estiró la mano hacia atrás, buscando el cabello alborotado del niño con una puntería infalible, revolviéndolo con un afecto que decía mucho más que cualquier reprimenda.
—Pero apena lo conocemos y ya viene a vivir con nosotros—. Hizo un puchero. Pero Suguru no podía culparlo, lo entendía.
Satoru tarareó, acariciando despacio el cabello alborotado del niño.
—Pequeño Gumi, no seas grosero.
—No estoy siendo grosero. Es verdad, no sabemos nada de él, llegó hace un par de semanas, se quedó en nuestra casa y ahora quiere vivir aquí.
Suguru permaneció en cuclillas, observando al niño. Megumi tenía razón: su decisión era, bajo cualquier lente racional, una locura. Pero el niño no buscaba lógica; buscaba marcar su territorio.
—Megumi —murmuró Suguru con suavidad—, ¿te molesta que me quede?
El pequeño apretó los labios, sosteniendo el cuenco de salsa con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
—Satoru es mío —soltó al fin.
Fue un susurro apenas audible sobre el chisporroteo del tofu, pero golpeó con la fuerza de una sentencia. El silencio en la cocina se volvió absoluto; incluso el aceite pareció dejar de burbujear.
Satoru se congeló. Su rostro, orientado hacia la voz del niño, se suavizó con una mezcla de sorpresa y una ternura que le quebró la expresión.
—Gumi —dijo Satoru, con una voz más dulce de lo que Suguru creía posible—, claro que soy tuyo. Eso no va a cambiar porque alguien más entre por esa puerta.
—Si él se queda, estarás con él. Y yo estaré solo.
—Nunca estarás solo —replicó Satoru con firmeza—. Estarás conmigo. Y si no quieres que Suguru viva aquí, buscará otro sitio en la isla. Tú eres mi familia; tú decides.
Suguru sintió un escalofrío. No era una cortesía; era la verdad absoluta de Satoru: Megumi era lo primero, siempre.
El niño evaluó a Suguru con sus ojos verdes, midiendo la sinceridad del adulto.
—No voy a ocupar tu lugar, Megumi —intervino Suguru con calma—. Ni voy a interponerme entre ustedes. Si en algún momento sientes que mi presencia sobra, dímelo. Te escucharé.
—¿Y si quiero que te vayas?
—Entonces me iré. No será fácil, pero lo haré. Porque tu felicidad en esta casa importa más que mi deseo de quedarme.
Megumi guardó silencio una eternidad, estudiando el rostro de Suguru como si buscara una grieta en su máscara.
—Eres raro —sentenció el niño al fin.
—Ya me lo han dicho.
—Los adultos normales no dicen esas cosas.
—Nunca he sido muy normal.
Megumi soltó un bufido idéntico al del gato naranja cuando decide tolerar una molestia.
—Bien. Puedes quedarte —cedió, recuperando un tono de fingida indiferencia—. Pero solo en la habitación del fondo. Y no toques mis cosas.
—Trato hecho.
—Y Satoru sigue siendo mío.
—Por supuesto.
Satisfecho, el niño se giró hacia el fuego.
—El tofu se está quemando
—¡Mierda! —Satoru reaccionó con su agilidad habitual, encontrando el mango de la sartén con precisión quirúrgica. Los trozos de tofu bailaron en el aceite, perfectamente dorados, rescatados justo a tiempo del descuido.
Pasó otro mes. Suguru se instaló en la habitación del fondo. No era grande, pero tenía una ventana que daba al mar, y según Satoru “mucha luz”. Él no podía verla, pero le gustaba que Suguru le describiera como cambiaba el color del agua según la hora del día.
—Ahora es gris—. Describía el azabache por las mañanas, cuándo se encontraba en la cocina antes de que Megumi se despertara—. Como si el cielo se hubiese caído dentro del mar.
—Que poético—. Bromeaba Satoru mientras preparaba el té—. Pareces escritor.
—Ahora es azul—. Decía Suguru por las tardes cuando volvían al puerto con las compras—. Azul oscuro, como tinta.
—¿Azul oscuro? ¿Cómo el mío?
—No. Tus ojos son más claro, más brillantes, como si dentro tuvieses una luz que no se apaga. — Describía Suguru con una sonrisa torpe en sus labios, con un tono suave y meloso, haciendo que el peliblanco se sonrojara de una forma enternecedora. Suguru lo notaba porque las orejas se le poían rojas, y porque su sonrisa se volvía un poco torpe, un poco menos segura.
—Eres un mentiroso—. Decía Satoru con ese tono divertido y tímido que para Suguru era como música para sus oídos.
—Nunca miento en los informes.
—No estas haciendo uno ¡¿O si me estás evaluando?! —. Preguntó Satoru con un tono exasperado, riéndose luego de un par de segundos, Suguru solo se le quedó viendo, con una sonrisa torpe, ensimismado.
—No, no estoy haciendo uno.
Y Satoru se sonrojaba más. Como el hermoso rosa de las flores de sakura en primavera.
La noche que todo cambió, fue una noche cualquiera. Megumi se había dormido temprano, agotado después de un día corriendo por la playa con los gatos. Satoru y Suguru estaban en el porche trasero, con una manta sobre las piernas porque el viento de la noche era frío, estaban oyendo el mar en calma.
—Hoy está tranquilo.
—Si, parece que duerme.
—El mar no duerme nunca, solo cambia de ritmo.
Suguru lo miró de reojo. Satoru tenía el cabello suelto, cayéndole sobre la nuca, y la luz de la luna reflejaba en sus ojos azules de una forma que hacía que parecieran aún más brillante, aún más irreales.
—¿Qué? —. Preguntó Satoru, como si hubiera sentido la mirada.
—Nada, nada.
—Me estabas mirando.
—No puedo mirarte, estás de espalda a la luna.
—No hace falta que me veas para que sepa que me estás mirando. Se nota, te quedas muy quieto y dejas de respirar.
Suguru soltó una risa baja.
—No dejo de respirar.
—Si, te pones tenso. Como si fueras a decir algo importante y luego no lo dices.
—No tengo nada que decir, me gusta el silencio.
—Mentiroso.
Satoru se giró hacía él, y aunque sus ojos no podían verlo, su rostro quedó orientado hacía el suyo con una precisión que Suguru había aprendido a reconocer. Era su forma de mirar. No con los ojos, sino, con la atención puesta en el otro.
—Llevas semanas queriendo decir algo—. Murmuró Satoru, con un tono bajo, más íntimo—. Y no lo dices. Y yo estoy aquí, esperando, porque soy muy paciente, aunque no lo parezca, pero mi paciencia tiene un límite.
Suguru tragó saliva, sintiendo el peso del aire salino.
—¿Qué quieres que diga, Satoru?
—La verdad —replicó él. El viento trajo el perfume de las hortensias de la señora Tanaka y el rumor de los gatos moviéndose en el tejado—. Llevas semanas guardando silencio. Mi paciencia tiene un límite, incluso para un "asesino en serie" tan educado como tú.
Suguru exhaló, dejando que la máscara profesional se disolviera en la penumbra.
—Quiero quedarme —soltó al fin.
—Ya lo haces. Tienes una habitación al fondo y un cepillo de dientes en el baño.
—No hablo de ocupar un espacio, Satoru. Hablo de pertenecer —se detuvo, buscando la cadencia exacta—. No quiero ser el invitado que describe el mar. Quiero ser el hombre que se queda cuando la radio se apaga.
El silencio se estiró, denso y cargado, hasta que Satoru rompió la quietud con una pregunta que apenas fue un susurro.
—¿Desde cuándo?
—Desde la noche en la playa. Desde que la lluvia nos volvió uno solo bajo mi chaqueta.
Satoru soltó una risa mínima, una vibración frágil que no tenía nada de actuación.
—Has estado semanas cocinando conmigo, ganándote a un niño que no confía en nadie y traduciéndome los colores del mundo... ¿y no sabías si yo sentía lo mismo?
—Tienes a Megumi, Satoru. Tienes una vida que protegiste con uñas y dientes. No quería ser una interferencia.
—Suguru.
Satoru pronunció su nombre con una textura nueva; no era un sello en un expediente, sino un ancla.
—No soy adivino —continuó Satoru, orientando su rostro con esa precisión inquietante—. No puedo leer tus ojos para saber si te tiembla la mirada. Tienes que usar palabras, Suguru. Claras. Porque no quiero pasarme los meses preguntándome si la ternura que escucho en tu voz es real o es solo el eco de mi propio deseo.
Suguru cerró los ojos, dejando que el sonido del mar dictara su pulso.
—Me gustas, Satoru —dijo, y la confesión fluyó con la suavidad del lino—. Me gustas con la urgencia de quien encuentra agua en el desierto. Me gustas como el sonido de tus pasos sobre el suelo texturizado: seguro, rítmico, perfecto. Me gustas desde que me confesaste que perdiste el azul, porque ese día entendí que tu oscuridad tiene más luz que cualquier mañana en Tokio.
Suguru dio un paso corto, acortando la distancia hasta que pudo sentir el calor que emanaba el otro.
—Me gusta la aspereza de tu sarcasmo y la seda de tu voz cuando arrullas a Megumi. Me gusta que seas un rey de gatos y un hombre que cuida con las manos temblando de miedo. Me gustas tú, Satoru. Sin filtros, sin máscaras. Simplemente tú.
Satoru no dijo nada, pero sus manos, que habían estado apoyadas en la manta, empezaron a moverse. Subieron por el brazo del pelinegro, lentamente, como si estuvieran aprendiendo el camino, hasta llegar al rostro. Los dedos rozaron cuidadosamente su mandíbula, luego sus mejillas, pasando por la comisura de sus labios. Exploraban su rostro como un mapa, buscaban, reconocían.
—¿De qué color son tus ojos? —preguntó Satoru en un susurro.
—Morados —respondió Suguru, con la voz ronca.
—¿Morados? ¿Como las flores?
—Más oscuros. Como... como las nubes al atardecer cuando el sol se pone y todo se tiñe de lila. O como un repollo morado.
Satoru soltó una carcajada tan inesperada, tan sincera, que su frente chocó contra la de Suguru.
—¿Un repollo morado? —repitió entre risas—. ¿Esa es tu comparación romántica? ¿Un repollo?
—Es un repollo muy bonito —dijo Suguru, riéndose también, porque la risa de Satoru era contagiosa, porque tenía la cara entre sus manos y su aliento mezclándose con el suyo y el mundo de repente era muy pequeño y muy cálido.
—Eres un idiota —dijo Satoru, pero lo dijo con la voz rota por la risa y por algo más, algo que hacía que sus dedos temblaran sobre la piel de Suguru.
—Ya lo sé.
—Un idiota que compara los ojos de la persona que le gusta con un repollo.
—Es un repollo muy especial.
—No existen los repollos especiales.
—Este sí. Es morado.
Satoru se rio otra vez, y Suguru sintió la risa contra sus labios, y entonces ya no pudo más. Inclinó la cabeza y besó la comisura de los labios de Satoru, donde la risa todavía temblaba. Luego la mejilla, luego sus pestañas mojadas, luego sus párpados, sobre aquellos ojos azules que no veía, pero que seguía siendo el más hermoso que ha visto en su vida. Luego su otro párpado, luego el puente de su nariz, luego el centro de sus labios, donde la risa se había detenido y la respiración se volvió más lenta, más profunda, con una risa torpe que callaban con pequeños besos en sus labios, tan dulces, tan adictivos. Tan suaves como los pétalos de las flores.
—Tus ojos —. Murmuró Satoru entre beso y beso—. Dime otra vez de qué color son.
—Morados—. Respondió Suguru, ahora dejando sus manos con calidez sobre el rostro de Satoru, dejando un beso más largo sobre sus labios, sintiendo la calidez de estos.
—El morado es hermoso. Como la sombra de las flores de glicina cuando el sol las atraviesa.
—Como el atardecer en la isla, como ahora mismo—. Susurró contra sus labios, dejando que sus alientos chocaran, sintiendo sus respiraciones tan cercan, tan íntimo.
El peliblanco sonrió. Era una sonrisa torpe, insegura, diferente a todas las que Suguru le había visto. No era la sonrisa de la actuación, ni la del sarcasmo, ni siquiera la que usaba con Megumi, era una sonrisa recién estrenada, como si la hubiese guardado solo para Suguru.
—Y los míos ¿de que color son? —. Preguntó Satoru mientras envolvía el cuello de Suguru, apegándose a él, queriendo sentir el calor que irradiaba Suguru.
Suguru separó su rostro de la del peli blanco para mirarlo. Se quedó allí viendo esos ojos azules eléctrico que parecían contener una luz propia.
—Azules—. Susurró contra sus labios—. Como el mar en invierno. Como cuando el cielo está despejado y el agua se vuelve tan clara que parece que puedes ver el fondo. Como las alas de las libélulas que vuelan sobre los arrozales en verano.
—Como el repollo azul—. Bromeó Satoru, causando que Suguru suspirara, con una sonrisa divertida en su rostro.
—No existe el repollo azul.
—¿o hay más verduras azules? —. Parecía realmente indignado por ello, a los segundos ambos rieron y entre esa risa sus labios se encontraron de verdad, sin esquivarse sin apartarse, con una torpeza de dos personas que parecían haberse buscado en toda la vida, en todos los mundos y al fin se encontraron. Suguru rodeó la cintura del peliblanco para apegarlo a su cuerpo lo más posible y con un movimiento gentil sus labios se encontraron en un beso tímido, como si pidieran permiso. Satoru inclinó la cabeza ligeramente, buscando el ángulo, y Suguru lo gui con la mano en su nuca, con los dedos enredados en ese cabello blanco que siempre olía a mar. Y luego el beso se hizo más profundo, más seguro, y Satoru emitió un pequeño sonido contra sus labios que hizo que Suguru sintiera un escalofrío que le recorría la espalda.
—No sabes lo guapo que eres —susurró Suguru contra sus labios.
—No puedo verme.
—Por eso te lo digo yo. Para que lo sepas.
Satoru sonrió, una vibración suave y real.
—No sabes lo guapo que eres —susurró Suguru contra sus labios.
—No puedo verme.
—Por eso te lo digo yo. Para que lo sepas.
Satoru sonrió, una vibración suave y real contra su boca.
—Eres un mentiroso.
—Nunca miento en los informes.
—No estás haciendo un informe.
—No —concedió Suguru, acortando la distancia—. Esta vez no.
Se besaron con la calma de quienes ya no tienen prisa, mientras el viento se volvía más frío y los gatos reclamaban su espacio en el tejado. Desde su ventana, Megumi los observó abrazados bajo la manta, con la luna reflejada en el cabello blanco de Satoru. El niño suspiró con la resignación de quien acepta que su pequeño mundo ha crecido. A sus pies, el gato naranja abrió un ojo, con una expresión de suficiencia que parecía decir: te lo advertí.
—No digas nada —le susurró Megumi al animal.
El gato volvió a dormirse, pero sus bigotes se curvaron en un gesto que rozaba la satisfacción.
—Suguru —dijo Satoru un rato después, con la cabeza apoyada en su hombro.
—Dime.
—¿De verdad vas a trabajar desde aquí?
—Tengo el puesto asignado. Me quedo.
—¿Dejar Tokio por esta isla donde no hay nada?
Suguru cerró los ojos, dejando que el sonido del mar y la respiración de Satoru dictaran su paz.
—Aquí hay mar —enumeró en voz baja—. Hay gatos. Hay una cocina que huele al mejor miso que he probado. Hay un niño que guarda dibujos de gatos de tres patas como tesoros. Y hay un hombre con los ojos más azules del mundo al que yo, por puro nerviosismo, comparé con un repollo.
Satoru se rio, y Suguru estaba seguro de que quisiera escuchar esa risa para siempre. Pues el mundo parecía detenerse y tan solo importaba esa risa que sabía a té con miel, que tenía aroma a pan horneado.
—Me gustas —confesó Satoru, con una voz tan íntima que pareció un secreto compartido.
—¿En serio?
—No te lo creas demasiado. Ya lo sabías. Desde la noche de la playa, cuando me dijiste que mis ojos eran los más hermosos que habías visto.
—Lo decía en serio.
—Lo sé. Por eso te dejé entrar.
Suguru lo estrechó contra sí. Satoru se acurrucó en su cuello, con los dedos enredados en su camisa como aquella primera noche bajo la lluvia, pero esta vez sin el temblor del miedo.
—No me voy a ir —prometió Suguru—. No soy como los demás.
—Ya lo sé —murmuró Satoru, dejándose ganar por el sueño—. Por eso te permito quedarte.
Satoru levantó la vista y, en la penumbra, sus ojos azules brillaron con esa luz que no necesitaba ver para existir. Sonrió con esa alegría recién estrenada y Suguru sintió que, al fin, el vacío se había llenado.
Inclinó la cabeza y lo besó despacio, como si el tiempo fuera un recurso infinito.
El mar seguía rompiendo en la cala y Megumi dormía con el gato enroscado a sus pies, ocultando una sonrisa pequeña y secreta. Era una noche cualquiera en una isla diminuta.
Pero para Suguru, era el lugar donde el azul volvía a tener sentido.
