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él y yo

Summary:

Tanrak, desesperado, intenta forzarse a cumplir con las expectativas ajenas mediante una cita vacía, una que le produce náuseas y culpa, solo para volver al único refugio sagrado que conoce: el amor «prohibido» pero auténtico de Barth, el único capaz de transformar su culpa en libertad y paz.

Notes:

esto está inspirado en: este tweet

gracias a los poetas árabes por sus bellas palabras pude terminar esto. estaba leyendo mohsin, rumi, nizar, mahmoud .ᐟ.ᐟ

es más corto de lo que quería, pero subiré más cuando se publiquen los capítulos de la serie 𖹭.ᐟ

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Tanrak había elegido usar una remera negra con estampados que Barth había dejado en su habitación días atrás. Al principio, había sido solo para tener algo cómodo, pero pronto se convirtió en un consuelo retorcido. Ahora, sentado frente a ella, la remera se sentía como una armadura que lo protege y lo hiere al mismo tiempo.

La chica hablaba animadamente, Fourth esperaba que su voz suave penetrara el ruido sordo de sus propios pensamientos. Tanrak forzaba una sonrisa, asentía de vez en cuando, pero su mente estaba a kilómetros de distancia; en la aula, donde Barth se inclinaba sobre su pupitre hacia él.

—¿Te pasa algo, Tanrak? —preguntó ella, interrumpiendo su monólogo.

Tanrak parpadeó, volviendo al presente.

—No, no es nada. Solo... solo estoy un poco cansado.

—Pareces distante —ella le dedicó una mirada preocupada.

Él suspiró, odiándose a sí mismo por hacerle esto. Ella no tenía la culpa de su confusión, de su deseo «prohibido». Ella era dulce y amable, pero cada fibra de su ser se resistía a sentir alguna atracción hacia ella.

—Lo siento —dijo él, bajando la mirada— He tenido mucho en la cabeza últimamente.

Ella extendió la mano y cubrió la suya sobre la mesa de concreto. El contacto fue ligero, tentativo.
—Puedes hablar conmigo si quieres.

Tanrak sintió un nudo en la garganta. ¿Cómo podía explicarle que estaba enamorado de un hombre? ¿que con cada inhalación se acordaba de él? ¿que llevaba su remera solo para sentir que todavía estaba cerca?

—No puedo —susurró, con la voz entrecortada.

—¿Por qué?

—Porque... porque no sé cómo.

Se hizo un silencio entre ellos. Tanrak quería huir, desaparecer en la oscuridad, lejos de las miradas cuestionadoras y de sus propios sentimientos. Pero no podía moverse.

—Quizás... —ella se inclinó hacia él— Quizás no necesites palabras ahora mismo.

Antes de que Tanrak pudiera procesar la advertencia, ella acortó la distancia. El beso fue suave, cargado de una expectativa dulce y «correcta». Era el tipo de beso que encajaba en los planes que su entorno habían trazado para él.

Tanrak cerró los ojos con fuerza, y se obligó a responder, tratando de visualizar el rostro de la chica, de convencer a su sistema nervioso de que esto era lo que debía suceder, pero el beso se sintió como ceniza. Mientras los labios de ella estaban sobre los de Tanrak, él solo puede pensar en la calidez de Barth, en la forma en que el aire parecía vibrar entre ellos. La culpa religiosa se mezcló con un rechazo físico visceral; no es que ella sea mala, es que su cuerpo mismo se siente como si estuviera traicionando su propia verdad.

Y entonces, inconscientemente Tanrak se concentró en el olor sutil, casi imperceptible, de la colonia de Barth que aún estaba en la remera. El olor que había asociado con la seguridad y el consuelo.

Un recuerdo asaltó su mente, nítido y doloroso. La primera vez que había besado a Barth. Por primera vez, Tanrak no había sentido que estaba cumpliendo un deber, sino que estaba reclamando algo que le pertenecía por derecho natural.
Recordó cómo las manos de Barth, grandes y seguras, habían acunado su rostro como si fuera algo sagrado, algo mucho más sagrado que cualquier texto que Tanrak hubiera memorizado en la iglesia.
Al inicio había sido un beso torpe y dulce, luego sus labios se movieron con una urgencia que lo había dejado sin aliento, una pasión que lo había consumido por completo. Recordaba el calor de su cuerpo contra el suyo, el roce de su piel, el sabor a sal y victoria. Recordaba lo bien que se había sentido... lo natural y lo correcto que se había sentido.

Pero ahora, el recuerdo se sentía como una traición. Estaba besando a otra persona, y lo único que podía pensar era en Barth.

Se separó de ella bruscamente, con el corazón bombeando ferozmente en su pecho. Se sentía mal, el olor de la colonia de Barth todavía persistía en su nariz. No podía hacerlo. No podía fingir que le gustaba, no podía obligarse a sentir algo que no estaba allí.

—Tanrak... ¿estás bien? —preguntó ella, con los ojos muy abiertos por la sorpresa del rechazo repentino.

Tanrak no pudo responder. Su expresión mostraba su angustia interna, la desesperación por querer que ella sea Barth.
Se siente físicamente enfermo, con náuseas por la culpa y el rechazo de la situación, incapaz de separar la realidad del recuerdo. Había intentado forzarse a amar a alguien que no amaba, solo para tratar de olvidar al hombre que se suponía que no debía amar. Y había fracasado estrepitosamente.

—Lo siento —dijo, con voz temblorosa— Lo siento mucho.

Tanrake levantó de la mesa, sin atreverse a mirarla a los ojos.

—Tengo que irme —Tanrak no esperó una respuesta. Se levantó con movimientos erráticos, sus pies golpeando el pavimento con una urgencia ciega. El aire de la noche, que debería haber sido refrescante, se sentía asfixiante.

Tanrak se apoyó contra una pared y se llevó una mano a la boca, luchando contra la oleada de náuseas que no nacían del estómago, sino del alma. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de ella se desdibujaba y era reemplazado por la de Barth, por la intensidad de su mirada que siempre parecía ver a través de las capas de rectitud y devoción que Tanrak usaba como escudo.

Sintió el calor de las lágrimas que finalmente desbordaban deslizándose sobre sus mejillas. No era solo tristeza; era el terror de reconocer que la «santidad» que tanto buscaba se sentía como una celda, mientras que lo que llamaba «pecado» era lo que lo hacia sentir vivo.

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Al cruzar el umbral del lugar al que debería llamar hogar, el silencio del lugar —ese silencio pesado, cargado de incienso y de expectativas divinas— lo golpeó, no le dio consuelo. Sus pasos resonaron en los pasillos hasta que llegó a la puerta del espacio compartido, esperando encontrar a otros compañeros.

Entró y cerró la puerta tras de sí, apoyando la espalda contra la madera fría. La habitación estaba casi a oscuras.

Pero solo Barth estaba allí. No dormía. Estaba sentado en el borde de su cama, con los codos apoyados en las rodillas, observando la entrada con una intensidad que hizo que a Tanrak se le diera vuelta el estómago de nuevo.

—Llegas temprano —la voz de Barth era áspera, pero sonaba aliviada.

Tanrak se quedó inmóvil contra la puerta, sintiendo cómo el frío de la madera traspasaba la tela de la remera de Barth, esa armadura de algodón que ahora se sentía como una confesión de culpa.

Barth no se movió, pero sus ojos recorrieron la figura desaliñada de Tanrak: el cabello revuelto por un viento que no era natural, los labios ligeramente hinchados y, sobre todo, esa mirada de animal acorralado que Tanrak no podía ocultar.

—¿Cómo estuvo la cita, Tanrak? —preguntó Barth sin malicia.

Barth no preguntaba con la crueldad de quien busca una victoria. No había un «te lo dije». Él lo observaba con una paciencia infinita que a Tanrak le dolía más que cualquier sermón disciplinario.

Barth no era el «chico malo» que los rumores de ahí pretendían esparcir. No era un rebelde sin causa ni alguien que buscara corromper a Tanrak; era, simplemente, un chico que había mirado al cielo esperando respuestas y solo había encontrado silencio, alguien que había perdido la fe en los dogmas pero la había encontrado en la humanidad, en la verdad de los sentimientos y, por sobre todo, en su capacidad de amar. De hecho, amaba a Tanrak con una devoción que superaba cualquier salmo que el otro hubiera memorizado.

Y ver a Tanrak allí, temblando contra la puerta, provocó que el corazón de Barth se contrajera. No había celos, solo una profunda y dolorosa empatía. Sabía que Tanrak estaba intentando «curarse» de él, intentando encajar en un molde que le quedaba pequeño y que solo terminaría por romperlo.

—Tanrak —Barth habló suavemente, levantándose con calma, como quien se acerca a un ciervo herido— No tienes que castigarte por no poder ser quien ellos quieren que seas.

Barth dio un paso corto, acortando la distancia pero respetando el espacio personal de Tanrak, no queriendo abrumarlo más; pero el olor a colonia que Tanrak había estado persiguiendo en la tela de la remera ahora emanaba directamente de la fuente, envolviéndolo en una realidad que no podía negar.

Tanrak hundió el rostro entre sus manos, dejando escapar un sollozo ahogado. El peso de la culpa, de la religión y de ese beso vacío que aún sentía como una mancha en sus labios, lo hizo colapsar. Sus rodillas fallaron y se deslizó por la madera de la puerta hasta quedar ovillado en el suelo.

Barth se arrodilló frente a él, pero no lo tocó de inmediato. Esperó a que Tanrak buscara su mirada, hasta que éste lo miró, encontrando unos ojos empañados por el terror de haber «fallado» ante lo divino, cuando en realidad solo estaba siendo fiel a su propia naturaleza, al amor.

Verlo así, derrumbado sobre sus propias rodillas y vistiendo esa camiseta negra que le quedaba un poco grande, hizo que Barth sintiera un tirón doloroso en el pecho. Era una necesidad devastadora de protegerlo de su propio juicio.

—He intentado... —la voz de Tanrak se quebró— Barth, de verdad lo he intentado, pero me sentí... me sentí sucio. Me sentí como si estuviera mintiéndole a Dios y a mí mismo.

—No eres sucio, Tanrak. Solo eres honesto —dijo Barth, su mirada fija en la del otro, sosteniendo todo ese dolor sin pestañear— Forzarte a ser alguien que no eres... eso es lo que te está enfermando. No el amor.

Tanrak soltó un quejido lastimero y, dejándose llevar por un instinto que ya no podía reprimir, se inclinó hacia adelante, buscando el consuelo de Barth como los girasoles buscan el sol. Sus manos se aferraron con fuerza a la remera de Barth, enterrando el rostro en el hueco de su cuello.

Barth lo rodeó con sus brazos de inmediato, envolviéndolo en un abrazo acogedor y sólido que parecía querer sellar todas las grietas por las que Tanrak se estaba desmoronando. Una de sus manos fue a la espalda de Tanrak, acariciándolo con ternura.

Tanrak se aferró más fuerte, inhalando profundamente el aroma de Barth. En ese abrazo, las náuseas empezaron a remitir. El frío que sentía desde que salió de la cita fue reemplazado por el calor abrasador de Barth.

—¿Por qué es tan fácil contigo? —preguntó Tanrak— ¿Por qué me siento más cerca de algo «sagrado» cuando estoy así contigo que cuando estoy rezando?

Barth se separó apenas unos centímetros para obligar a Tanrak a verlo. Usó su pulgar para limpiar las lágrimas que aún corrían por las mejillas de Tanrak.

—Tal vez porque el amor es lo más sagrado que hay, Tanrak, y el amor escapa de cualquier intento de comprensión —respondió Barth con una sonrisa triste y dulce— Es solo esto. Estar aquí. Ser verdad.

Tanrak cerró los ojos, dejando que la paz de Barth lo invadiera. Su corazón dejó de galopar con miedo y empezó a latir al ritmo tranquilo del hombre que tenía enfrente. En ese rincón oscuro de la habitación, Tanrak finalmente dejó de sentirse agobiado.

—Siento que me rompo en pedazos... —Tanrak suspiró agotado por toda la angustia psicológica que cargaba— Ellos dicen que es un pecado amarnos...

—El odio también es un pecado.

—Lo es.

—Y si no... si no vamos al cielo... al menos nuestro pecado fue el amor y el de ellos fue el odio —la voz de Barth era suave, compasiva.

Tanrak se inclinó hacia Barth, lo suficiente para buscar sus labios con una urgencia dolorosa. Cuando sus bocas se encontraron, el contraste fue devastador; donde el beso con la chica había sido ceniza y deber, este era anhelo y libertad. Tanrak gimió entre el beso, un sonido que mezclaba alivio y agonía, mientras sus manos subían para agarrar los hombros de Barth, atrayéndolo más hacia él, como si quisiera fusionarse con su existencia.

Porque Tanrak no sabía que se moría de hambre hasta que probó a Barth.

Se separaron suavemente, el silencio de la habitación se llenó con el sonido de sus respiraciones entrecortadas, mientras sus narices se acariciaban con cariño, una acción realizada con tanta naturalidad.

—Si tuviera dos corazones, tomaría todas tus penas y tus problemas, para dejar que se multiplicaran en mi débil cuerpo y te dejaría sólo un corazón lleno de alegría —Barth murmuró.

Los labios de Tanrak temblaron levemente mientras sus ojos volvían a humedecerse ante las dulces palabras de Barth.

—No puedes decir eso así como así...

—Lo digo porque es verdad. Prefiero cargar con mil inviernos si eso significa que tú puedes caminar bajo el sol sin miedo.

—Me siento ávaro... como si quisiera robarme cada gramo de esa paz que me das y guardarla bajo llave para que nadie más la toque.

—Nunca he visto a un ávaro dar amor, pues el amor siempre brota de las manos de los generosos. Tú eres la persona más generosa que he conocido, Tanrak. Incluso cuando intentas destrozarte para encajar en lo que otros quieren, lo haces por amor a ellos, no por egoísmo.

Barth sonrió, una sonrisa pequeña y cargada de una melancolía dulce para luego tomar las manos de Tanrak, que aún temblaban ligeramente, y depositó un beso en cada palma, como si estuviera sellando una promesa silenciosa.

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Tanrak solía ​​rogarle a Dios que se llevara los sentimientos. El hambre, el deseo, el amor. Se sentaba en el confesionario con lágrimas resbalándose sobre sus mejillas y con el nombre de él en sus labios, susurrando que no podía dejar de pensar en Barth.
Ahora no reza por misericordia. Reza por él. Reza para que ambos encontraran el perdón no por amarse, sino por las veces que intentaron dejar de hacerlo.

Notes:

hoy en día, ellos dos tendrían como 3O o 4O años y estarían casados ya que en tailandia el matrimonio homosexual es legal, simplemente lo sé ㅠㅠ