Actions

Work Header

A Love In The Shadows

Summary:

Est, un médico en medio de la guerra, ha aprendido a sobrevivir rodeado de dolor y pérdidas. Cuando conoce a William, un soldado herido asignado a su cuidado, lo que comenzó como una responsabilidad pronto se convierte en algo imposible de ignorar. Mientras el mundo se desmorona a su alrededor, ambos encuentran en el otro un refugio inesperado, una razón para seguir adelante incluso entre las ruinas del conflicto.

Chapter 1: The First Wound

Chapter Text

Est pov

La tienda médica era un caos de quejidos sordos y el siseo constante de las lámparas de aceite que proyectaban sombras alargadas contra la lona. Afuera, la guerra no se detenía nunca; el estruendo lejano de las explosiones nunca se desvanecía del todo, solo retrocedía como una marea implacable que siempre amenazaba con volver para tragárselo todo. El aire adentro era denso, un peso muerto impregnado del olor a antiséptico, sudor rancio y ese rastro metálico, inconfundible, que lo dominaba todo: la sangre. Hacía mucho que yo había dejado de estremecerme al verla.

La primera vez que lo vi, estaba cubierto de esa misma sustancia; parte de esa sangre era suya, pero la mayoría no. Entró a tropezones, casi cayéndose sobre la mesa de suministros. Tenía un corte profundo en la frente y el uniforme roto, pero lo que más me llamó la atención fueron sus manos. Le temblaban por algo que no era solo dolor, era un miedo que le nacía desde lo más profundo de los huesos.

Para ese entonces, yo ya había atendido a incontables soldados. Había cosido a heridos que gritaban llamando a sus madres y les había cerrado los ojos a los muertos antes de que el cuerpo se les pusiera frío. Las caras se me mezclaban en la cabeza y sus nombres se me olvidaban antes de que pudiera siquiera intentar recordarlos. Pero algo en él me hizo detenerme, como si por un segundo el tiempo se hubiera pausado en medio de tanta muerte.

Quizás fueron sus ojos: oscuros y brillantes, llenos de vida a pesar de todo el desastre que nos rodeaba. O tal vez fue cómo me miró; no me vio como a un enfermero más del montón, sino como a una persona de verdad.

—Tienes suerte —le dije en voz baja, mientras le apretaba un trapo limpio contra la frente. El corte no era para tanto, pero las heridas en la cabeza son las que más sangran.

Él se quejó un poco, pero no se movió.

—No me siento con suerte —me contestó con una voz rasposa por el cansancio.

Casi nadie se sentía así. Incluso los que se salvaban de las balas dejaban pedazos de su vida en las trincheras, cosas que nunca más iban a recuperar.

Me quedé mirando mis manos mientras lo curaba. Antes de que este infierno empezara, mis manos servían para cosas tranquilas: para pasar las hojas de un libro bajo el sol o para sostener una taza de café en una mañana en casa. La guerra me quitó todo eso: mi hogar, mi descanso, esa versión de mí que alguna vez creyó en cosas como la paz. Ahora mis manos solo sabían de nudos, de agujas y de carne abierta. Había levantado muros internos, aprendiendo a preocuparme lo justo para mantener vivos a mis pacientes, pero nunca lo suficiente como para llorarlos cuando el hilo finalmente se cortaba.

Pero este soldado, este hombre, me hizo flaquear. No le pregunté cómo se llamaba; los nombres son peligrosos en la guerra, son más fáciles de enterrar en el barro si uno no los conoce. En su lugar, trabajé en silencio, cosiendo su piel con cuidado, tratando de ignorar que sentía su respiración tibia cerca de mi mano. Mis manos estaban firmes, expertas en el arte de remendar hombres, pero mi mente, por primera vez, estaba en otro lado.

Él me observaba. No como los otros que solían clavar la vista en el techo, perdidos en el delirio o el miedo. Él me estudiaba, con una mirada aguda, inquisitiva, como si estuviera buscando algo real en medio de tanta ruina y eso me inquietaba.

No tendría que haberme importado tanto. Tendría que haber sido un día común, otro soldado herido y nada más. Pero su presencia se quedó en la tienda incluso después de que se fue.

Me quedé pensando en él mucho tiempo después de que saliera de la tienda. En cómo dejó de temblar cuando terminé de hacerle el nudo de la sutura. En cómo se le suavizó la mirada antes de volver a salir hacia la oscuridad de afuera.

Tendría que haberlo sabido en ese momento: él iba a volver. Una y otra vez.

Y que llegaría el día en que yo ya no iba a ser capaz de dejarlo ir.