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Diesel no es alguien que frecuente la biblioteca por placer; suele estar ahí solo cuando sus entregas de para su facultad lo obligan a redactar ensayos interminables. Estaba en medio de una crisis mientras golpeaba su bolígrafo contra su laptop y fruncía su ceño, cuando vio a Day.
Day estaba parado delante de una mesa organizando los libros que había tomado. No era solo que fuera sumamente atractivo —alto, con una mandíbula marcada y con manos grandes—, sino la calma que emanaba era atrayente.
Diesel, impulsivo como siempre, cerró su laptop de golpe haciendo un ruido que le ganó miradas de molestia de los demás, totalmente indiferente a ellos juntó sus cosas y caminó directo hacia él. No tenía un plan, solo sabía que necesitaba saber quién era ese chico que parecía tener el control de su propio universo.
Diesel pasó por su lado y «accidentalmente» golpeó con su mochila los libros organizados en pila que estaban sobre la mesa.
Day ni siquiera se sobresaltó; miró sus libros para luego mirar a Diesel con una pequeña sonrisa.
—Parece que tienes prisa.
Diesel se quedó mudo por un momento por la respuesta casual. Esperaba una disculpa asustada, un insulto o un suspiro de fastidio.
—La mesa está en medio del paso. Deberías fijarte dónde pones tus cosas si no quieres que la gente se las lleve por delante —soltó Diesel, arqueando una ceja. Sus ojos recorrieron a Day de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en sus manos, que ahora volvían a ordenar los libros con calma.
Day soltó una risa ligera.
—La mesa lleva aquí desde que fundaron la universidad, dudo que se haya movido para estorbarte justo hoy —respondió Day— Pero acepto el consejo. Tendré más cuidado.
Diesel sintió un calor repentino subirle hasta sus orejas.
—Que considerado de tu parte —escupió Diesel con sarcasmo, para luego asomarse con descaro sobre la pila que Day había terminado de alinear— Tienes muchos libros ahí, ¿estudias estrategias de meditación o algo para dormir?
Diesel solo preguntaba para sacarle información para saber de qué facultad es.
Day bajó la mirada hacia los lomos de los libros y luego volvió a fijarla en Diesel. No parecía ofendido; al contrario, sus ojos brillaban con una chispa de curiosidad entretenida.
—Teoría del montaje y del color, entre otros temas —Day ladeó ligeramente su cabeza— Estudio Cine.
Diesel sintió una chispa de satisfacción instalándose en su pecho. Cine. Así que el chico de las manos grandes y la cara bonita se dedicaba a observar el mundo a través de una lente.
—Cine... —repitió Diesel, arrastrando las sílabas con un desdén fingido que no llegaba a sus ojos— Que útil. Supongo que alguien tiene que encargarse de que las palomitas tengan sentido.
Day no se inmutó, mirándolo con diversión.
—Como sea. Sigue con tus cosas, «director» —dijo Diesel, dando media vuelta con un movimiento brusco que hizo que su mochila golpeara de nuevo la mesa, esta vez de forma genuinamente accidental.
Caminó hacia la salida con la espalda rígida, sintiendo la mirada de Day fija en su espalda. No se giró, pero mientras cruzaba el umbral de la biblioteca y el aire fresco de la tarde le golpeaba la cara, Diesel se permitió finalmente revelar esa sonrisa que había estado ocultando.
Ya sabía quién era. Y lo más importante: ya sabía dónde encontrarlo.
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Durante la siguiente semana, Diesel buscó excusas para aparecerse en la facultad de Day...
Diesel averiguó que la clase de Day tiene una proyección abierta de cortometrajes experimentales en el auditorio de la facultad. Se sienta en la última fila, con los brazos cruzados.
El trabajo de Day fue el último. La pantalla proyectaba imágenes abstractas, juegos de luces y sombras que Day, concentrado, supervisaba con atención. Diesel no entendía la mitad de lo que veía, pero no podía dejar de mirar la silueta de Day, se veía malditamente cómodo en su elemento.
Cuando las luces se encendieron y los estudiantes presentes comenzaron a salir, Diesel esperó; observó cómo Day subía al escenario para empezar a desconectar cables y guardar equipos.
Diesel se levantó. Sus zapatos resonaban contra la madera de las escaleras del auditorio. Se detuvo al subir en el escenario, a unos metros de Day.
—Demasiado azul —soltó sin más, proyectando su voz con la seguridad de quien cree tener la verdad absoluta.
Day, que estaba acuclillado enrollando un cable, no se sobresaltó. Se tomó unos segundos para terminar de asegurar el cable antes de levantar la vista. Sus ojos se encontraron con los de Diesel y una chispa de reconocimiento divertido cruzó su rostro.
—¿Perdona? —preguntó Day, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—La escena de la lluvia con el chico de la ojeras... fue pretenciosa. Parecía que intentabas gritar «mírenme, estoy triste».
Day se puso en pie lentamente, aprovechando cada centímetro de su altura. Se colgó un par de cables al hombro y dio un paso hacia Diesel. Lo recorrió con la mirada, desde la punta de sus zapatos hasta el ceño fruncido, y sonrió con calma.
—Es melancolía —corrigió suavemente— Pero si te pareció pretenciosa... —Day ladeó la cabeza— Quizá es porque te sentiste identificado. A veces proyectamos en el arte lo que no queremos admitir de nosotros mismos.
Diesel sintió que la sangre le hervía. Abrió la boca, el pecho inflándose con una réplica mordaz sobre la psicología barata y la falta de técnica narrativa, listo para explotar y armar una escena que resonara en todo el auditorio.
—¡¿Identificado?! ¿Me estás llamando pretencioso? tú, que te pasas el día mirando a través de un lente y crees que...
No pudo terminar. Day, con un movimiento rápido le puso un rollo de cinta adhesiva gruesa directamente en la palma de la mano, cerrando los dedos de Diesel sobre el objeto.
—Sujeta esto —le ordenó Day sin sonar agresivo— Ya que estás aquí y tienes tantas opiniones, ayúdame a recoger el equipo, «crítico de cine».
Diesel se quedó congelado, mirando el rollo de cinta y luego la espalda de Day, que ya se había dado la vuelta para seguir desconectando el monitor. Su impulso natural era tirar la cinta al suelo y marcharse gritando, pero el tono sin malicia de Day lo detuvo en seco.
—¡No soy tu asistente! —gruñó Diesel, aunque sus pies ya se movían hacia el centro del escenario.
—No, eres mi nuevo crítico —respondió Day sin mirarlo, con un rastro de risa en la voz— Pásame esa caja de allá, por favor.
Diesel soltó un resoplido sonoro, refunfuñando entre dientes algo sobre «estudiantes arrogantes» y que esto era una «pérdida de tiempo», pero terminó agachándose para recoger la caja. Mientras trabajaban en silencio —un silencio solo interrumpido por las quejas constantes de Diesel por el peso de los equipos— Day lo observaba cada tanto mientras le contestaba.
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El jardín de la facultad de artes era un caos visual de estudiantes pintando el paisaje, otros charlando sobre mantas debajo de las sombras de los árboles y gente de teatro ensayando en voz alta. Pero para Day, todo eso era ruido de fondo. Él estaba concentrado.
Llevaba una cámara réflex analógica colgada al cuello. Estaba agachado cerca de un estanque de lotos rosados, ajustando el anillo de enfoque manualmente. Buscaba la composición perfecta: el reflejo de la luz del sol de la tarde sobre el agua, contrastando con la textura rugosa de una estatua de piedra cercana.
Tenía el ojo pegado al visor, un segundo más y la luz sería perfecta.
De repente, todo se volvió negro en el visor.
Una sombra repentina bloqueó la luz del sol por completo, arruinando el encuadre y la exposición que Day había tardado diez minutos en calcular.
Day suspiró internamente, pero no se movió. No necesitaba bajar la cámara para saber quién era. Ese aroma a perfume caro y a el sonido del golpeteo sobre el césped con impaciencia era inconfundible.
Diesel estaba parado justo frente al lente, a menos de medio metro, con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro. Se había interpuesto a propósito entre el sol y el objetivo.
—¿Buscas una toma pretenciosa, o simplemente estás perdiendo el tiempo, ditector? —preguntó Diesel, proyectando su voz por encima del ruido del jardín, buscando pelea, pero había un brillo de anticipación en sus ojos; esperaba que Day se molestara, que le gritara que se quitara, que reaccionara con la misma explosividad que él solía experimentar.
Pero Day no bajó la cámara.
Se quedó quieto, arrodillado sobre el césped. Su dedo dejó el obturador y subió al anillo de enfoque. Con un movimiento preciso empezó a girar el metal estriado del lente.
En el visor, la figura borrosa de Diesel empezó a cobrar nitidez. Primero sus manos cruzadas, luego la textura de su ropa cara, y finalmente, su rostro.
—No te muevas —ordenó Day son esa voz suave que hace que Diesel se congele por instinto.
Day siguió ajustando el enfoque. A través del visor analógico, la intensidad en los ojos de Diesel se volvió cristalina. La luz creaba un contraluz interesante que resaltaba el contorno de su mandíbula apretada y la textura desordenada de su cabello.
—El alto contraste es difícil de manejar, pero a veces, la sombra es más interesante que la luz —continuó Day, hablando más para sí mismo que para Diesel, mientras su dedo volvía a posicionarse sobre el obturador— Tienes unas facciones hermosas. Es una lástima desperdiciarlas en enojos.
Diesel se tensó, sintiendo un vuelco violento en el estómago, una mezcla de indignación y algo peligrosamente parecido al pánico. El color rosado apareció en sus mejillas.
Clic.
El sonido mecánico y rotundo del obturador de la vieja cámara resonó entre los dos.
Solo entonces, Day bajó la cámara lentamente. Pero no se alejó. Se puso de pie acortando la poca distancia que ya había entre ellos.
Diesel sintió que el pulso se le disparaba. Por una vez, la mente de Diesel se quedó en blanco. No se le ocurrió ningún insulto ni ninguna forma de quejarse de que le estuvieran invadiendo el espacio personal, principalmente porque él había sido el primero en invadir el de Day. Se quedó allí, atrapado por la mirada de Day, sintiéndose extrañamente expuesto.
Day bajó la vista hacia la cámara colgada en su pecho, acariciando el metal con sus dedos largos, y luego volvió a mirar a Diesel con una sonrisa ladeada, casi imperceptible, que casi hace que a Diesel le temblaran las rodillas.
—Gracias por la toma. Ha quedado perfecta, te debo una.
Sin esperar respuesta, Day le guiñó un ojo, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el edificio de la facultad con su paso tranquilo y seguro.
Diesel se quedó clavado en el césped sintiéndose más confundido y acalorado que nunca. Se llevó una mano al pecho, tratando de calmar su corazón acelerado, y miró la espalda de Day alejándose.
«Maldito director», pensó Diesel, pero no había desdén en su pensamiento.
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Diesel ya se estaba convirtiendo en un experto en los horarios de la facultad de artes. Sabía cuándo Day terminaba en la cafetería del campus, un lugar caótico lleno de gente con pintura en las manos, purpurina y guiones bajo el brazo.
Su facultad, la de ciencias políticas, estaba al otro extremo del complejo universitario, y necesitaba otra dosis de esa calma irritante que solo Day poseía.
Cuando entró en la cafetería, lo vio. Day estaba en la fila mientras revisaba su teléfono. Diesel no lo pensó dos veces, caminó con paso firme, ignorando las quejas de los estudiantes que llevaban esperando, y se lanzó directamente al espacio frente a Day.
Al hacerlo, le propinó un golpe seco con el hombro, un impacto intencional que habría hecho que cualquiera soltara un insulto.
—Vaya, parece que el director también necesita cafeína para sobrevivir —soltó Diesel sin girarse, con la voz cargada de un sarcasmo que ocultaba lo fuerte que le latía el corazón por la cercanía.
Day, que apenas se había movido por el impacto, guardó su teléfono.
—Sobrevivir es una palabra fuerte —respondió— Pero la edición nocturna no se hace sola. ¿Te has perdido de camino a tu debate, Diesel?
Diesel bufó, ignorando la pregunta. Cuando llegó su turno en la barra, golpeó el mostrador con los dedos.
—Un café negro. Solo. Y que sea extra cargado —pidió, lanzándole una mirada de reojo a Day.
Diesel odiaba el café negro; el olor amargo ya le estaba revolviendo el estómago, prefería cualquier cosa que tuviera más azúcar que cafeína, pero su orgullo le exigía proyectar una imagen de dureza que estuviera a la altura de su personalidad.
Day, por su parte, pidió con una sonrisa tranquila:
—Un café con leche y dos brownies, por favor.
Se movieron hacia la barra de entregas. Diesel fue el primero en recibir su vaso de cartón. Sin dudarlo, y bajo la mirada atenta de Day, le dio un sorbo largo y profundo. El líquido hirviendo y amargo le quemó la lengua y le hizo contraer la garganta. Diesel tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no escupirlo o hacer una mueca de dolor, pero sus ojos se humedecieron ligeramente por el impacto.
Day, que ya tenía su café en una mano y los brownies en la otra, lo observaba en silencio. No se rió. No hizo un comentario burlón sobre su «falta de hombría», como lo haría su padre. Simplemente deslizó un sobre de azúcar y uno de sus brownies por el mostrador hasta Diesel.
—Te vas a arruinar el estómago —le dijo Day de forma simple.
Diesel se quedó congelado, con el vaso de café amargo a medio camino de sus labios. Miró el sobre de azúcar y luego el brownie, que todavía desprendía un aroma a chocolate recién horneado.
—Solo acepto porque mi café está asquerosamente caliente y necesito algo para enfriar el paladar —masulló una tonta excusa, arrebatándole el sobre de azúcar para volcarlo en su café para luego agarrar el brownie.
—Claro —Day simplemente asintió.
Diesel sintió que el calor subía por su cuello hasta teñirle las mejillas de un rojo intenso mientras le daba un mordisco al brownie.
—Está... aceptable —masculló Diesel con la boca llena, con sus mejillas adorablemente un poco abultadas, tratando de recuperar su dignidad mientras el sabor del chocolate borraba el amargor de su lengua.
Day soltó una risa baja, una que sonaba a satisfacción, y comenzó a caminar hacia una mesa vacía, haciéndole una seña con la cabeza para que lo siguiera.
Diesel no era de los que seguían órdenes, pero el rastro de azúcar y chocolate en su sistema parecía haberle nublado el juicio combativo. Caminó detrás de Day, arrastrando los pies con una desgana exagerada para compensar el hecho de que, efectivamente, lo estaba siguiendo, como un gato que había encontrado un rincón con sol.
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Diesel descubrió que «odiar» a Day requería un esfuerzo físico agotador. El problema no era que Day fuera arrogante —según él—, sino que era invitador. Cada vez que Diesel aparecía para interrumpirlo, Day le asignaba una tarea: sostener un reflector, anotar el código de tiempo de una escena o, como hoy, acompañarlo a una tienda de cámaras antiguas en un callejón mal iluminado de la ciudad.
—¿Por qué tengo que venir yo? —refunfuñó Diesel— Seguramente tienes amigos en tu facultad que no odian el olor a polvo y cosas viejas.
—Mis amigos son demasiado técnicos —respondió Day, caminando con las manos en los bolsillos, su paso tranquilo obligando a Diesel a acelerar el suyo— Necesito una mirada externa. Alguien que no sepa de lentes, pero que sepa de... temperamentos.
Diesel entrecerró los ojos, sospechando un insulto oculto, pero antes de que pudiera quejarse, Day se detuvo frente a un escaparate lleno de cámaras.
—Entra —dijo Day, abriéndole la puerta.
El lugar era estrecho y olía a madera. Diesel se quedó de pie junto a la entrada, cruzado de brazos, mientras Day hablaba con el dueño en un lenguaje técnico que sonaba a latín para él. Se sentía fuera de lugar, pequeño entre tantos objetos con historia.
De repente, sintió la presencia de Day a su espalda, inclinándose hacia él.
—Mira esto —comentó y le extendió una cámara pequeña, de visor telemétrico— Es una Olympus Pen E-P1. Se siente sólida, ¿verdad?
Diesel la tomó por compromiso. El metal estaba frío, pero tenía un peso satisfactorio. Al tocarla, sus dedos rozaron los de Day.
—Es pesada para ser tan chica —murmuró Diesel, tratando de recuperar su tono quejumbroso habitual— Como tú. Pareces tranquilo, pero eres un estorbo pesado.
Day soltó una risa genuina, una que hizo que los ojos se le achinaran de una forma que Diesel no había visto antes.
—Exactamente. Pruébala, mira por el visor.
Diesel obedeció. Levantó la cámara y buscó un objetivo. Por instinto, se giró hacia Day y lo enfocó, que se había quedado quieto frente a él.
—No sé cómo se usa esta cosa —dijo Diesel, aunque no bajó la cámara.
—Solo gira el anillo hasta que las dos imágenes en el centro se unan —instruyó Day, poniendo su mano sobre la de Diesel para guiar el movimiento.
El contacto fue eléctrico. La mano de Day era grande y cálida, cubriendo casi por completo la de Diesel. Por un segundo, el caos interno de Diesel se detuvo. El mundo se redujo a ese pequeño visor y al calor de la mano de Day.
—Ya está —murmuró Diesel cuando las imágenes se alinearon.
—Ves —dijo Day, sin soltarle la mano— Todo es cuestión de paciencia, Diesel. Si dejas de golpear las cosas, empiezas a verlas de verdad.
Diesel bajó la cámara lentamente, encontrándose con la mirada de Day.
—Cállate —respondió Diesel, pero su voz no tenía veneno. Se aclaró la garganta y bajó su mano— Cómprala de una vez. Tengo hambre y tú vas a pagar por hacerme perder la tarde.
Day sonrió, guardando la cámara.
—Trato hecho.
Se quedaron un tiempo más.
—Conozco un lugar cerca de aquí. Pero tienes que prometerme que no vas a gritarle al mesero si la sopa está muy caliente.
—No prometo nada, director —replicó Diesel, saliendo de la tienda primero para que Day no viera que, de nuevo, estaba sonriendo.
Esa fue su primera «cita» no oficial.
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Las semanas que siguieron a esa tarde en la tienda de cámaras transformaron la fricción constante en una colisión inevitable. Diesel ya no buscaba excusas para ir junto a Day; ahora simplemente aparecía en el estudio de edición de la facultad de artes como si fuera parte del mobiliario.
Era una noche de jueves, y el edificio estaba casi desierto, Day estaba sentado frente al monitor, con la luz reflejada en sus gafas de descanso, concentrado en la estructura de su guión.
Diesel, que había llegado hacía unos minutos, ya se había cansado de dar vueltas por la sala. Sin decir una palabra, se acercó a la silla de Day.
—Quítate —ordenó Diesel, aunque su voz no tenía el filo de antes.
Day ni siquiera desvió la vista de la pantalla, pero una pequeña sonrisa curvó sus labios. Sabía exactamente lo que eso significaba. En lugar de moverse, Day simplemente echó su silla hacia atrás, abriendo las piernas para dejar espacio.
Diesel, con la naturalidad de quien reclama su territorio, se sentó directamente en el regazo de Day. Se acomodó con un suspiro, apoyando la espalda contra el pecho del director y apoyando su cabeza en su hombro.
Day rodeó la cintura de Diesel con un brazo para mantener el equilibrio, mientras con la mano libre seguía tecleando y corrigiendo párrafos del guión. Diesel estiró las piernas, adueñándose por completo del espacio, y comenzó a jugar distraídamente con el cordón de la sudadera de Day.
Pasó media hora hasta que Day habló:
—Te mueves mucho —murmuró Day sin apartar la vista de la pantalla.
—¿Cuánto te falta? llevas tanto tiempo con esto —protestó Diesel, aunque no hizo el más mínimo intento por levantarse, dejando que su nariz rozara la mandíbula del otro— ¿No estás cansando? estoy cansado.
Day finalmente soltó el ratón y exhaló un suspiro largo, hundiéndose en la silla.
—Si te quedas ciego por mirar esa pantalla, no pienso ser tu guía. Te dejaré tropezar con todas las mesas de la biblioteca —masulló Diesel, aunque su tono era inusualmente suave mientras sus manos iban para acariciar el cabello de Day.
Day soltó una risa baja y cerró los ojos, disfrutando de las caricias torpes pero genuinas de Diesel.
—Mentira. Serías el primero en gritarle a la gente para que se quitara de mi camino.
—Eres un idiota engreído.
Day no respondió, solo ladeó un poco la cabeza, abriendo sus ojos y sonriendo suavemente.
Diesel se giró un poco en el regazo de Day, apoyando las rodillas a cada lado de sus muslos para quedar frente a frente. Sus manos, que antes acariciaban el cabello de Day con timidez, ahora bajaron para sujetar con fuerza el cuello de su sudadera.
—Deja de sonreír así —ordenó Diesel— Me pones de los nervios.
—¿Ah, sí? ¿y qué vas a hacer para evitarlo, futuro político?
Diesel no le dio el gusto de responder con palabras. Se inclinó hacia adelante, eliminando la poca distancia que quedaba, y lo besó.
Fue un beso que reflejaba exactamente quién era Diesel: caótico y hambriento. Sus labios chocaron contra los de Day con urgencia, mordiendo un poco el labio inferior del mayor como si quisiera marcar su territorio de una vez por todas. Y como la primera vez que se besaron, esperó que Day se sorprendiera, que retrocediera o que, al menos, soltara un quejido de sorpresa.
Pero Day era Day.
En lugar de apartarse, las manos de Day rodearon la cintura de Diesel. Day tomó el control del beso con una paciencia devastadora; no luchaba contra la explosividad de Diesel, sino que la moldeaba, devolviendo el contacto con una calma que obligó a Diesel a suavizarse, a saborear el beso y a derretirse contra él.
Cuando se separaron un poco, jadeando, el estudiante de políticas tenía las mejillas encendidas y los labios hinchados, luciendo más vulnerable de lo que jamás admitiría.
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Diesel estaba en la habitación de Day. No era la primera vez que Diesel invadía ese espacio, pero esta era la primera vez que no estaban sentados en el suelo discutiendo sobre una edición o en el sofá viendo alguna serie.
Estaban en la cama de Day, y el aire entre ellos se sentía denso. Diesel apretaba los hombros de Day, alternando entre tirones posesivos y empujones leves, fiel a su naturaleza explosiva incluso en la intimidad.
Sin embargo, cuando la temperatura subió y la mano de Day deslizó por fin bajo la tela de la camiseta de Diesel, rozando la piel sensible de su abdomen, algo cambió.
El cuerpo de Diesel se tensó y soltó un jadeo que no fue de placer, sino de una alarma interna que ni él mismo sabía explicar.
—No quiero —el susurro de Diesel fue apenas un hilo de voz, rompiendo la bruma de la excitación.
En el instante en que la última sílaba salió de su boca, Day detuvo todo movimiento y sacó su mano. No hubo un «por favor» intentando convencerlo para seguir, ni un suspiro de frustración, ni una mano que se demorara un momento de más «por accidente».
Diesel, que está acostumbrado a que su carácter explosivo sea lo que pone los límites, o a tener que pelear por lo que quiere, se congela cuando Day se detiene al instante. El silencio en la habitación se vuelve pesado para Diesel y al ver a Day sentarse a su lado, en silencio, Diesel se siente vulnerable.
Pero Day no se alejó por molestia. Simplemente se sentó en el borde de la cama, apoyando los codos en las rodillas y respirando hondo para recuperar el control para calmar su propia excitación, y luego se gira para mirar a Diesel sin una pizca de enojo o fastidio.
Y antes de que Day pudiera hablar, Diesel lo hizo:
—¿No estás enojado?
—Dijiste que no, Diesel. Mi deseo por ti nunca va a estar por encima de tu comodidad.
—¿Y no vas a preguntar por qué?
—No necesito un por qué para respetar un no.
Diesel, alguien impulsivo y malcriado, se da cuenta de que Day, a pesar de estar visiblemente afectado por el deseo, prioriza la comodidad de Diesel sobre su propia satisfacción; Day valora su consentimiento por encima de su propio placer.
—Me siento... ridículo —soltó Diesel, apretando las sábanas con sus manos, su voz, siempre proyectada para dominar, sonó pequeña— Yo fui el que te buscó, el que te besó primero... y ahora corto el momento así. Soy un desastre, ¿verdad?
—No eres un desastre. Eres una persona con límites, y nuestra relación no es una transacción; no me debes nada por haber empezado tú.
Diesel se quedó mirando a Day, procesando sus palabras.
Sin decir nada, Diesel se arrastró por la cama hasta quedar sentado junto a él, apoyando la frente en el hombro de Day.
—Me haces sentir... como si no tuviera que gritar para que me escuchen —susurró Diesel, sintiendo cómo la tensión abandonaba sus hombros.
—A veces gritar es necesario, pero tienes que levantar tus palabras, no tu voz. Es lluvia la que produce flores, no los truenos.
Diesel, que siempre había usado su temperamento como un escudo para que nadie se acercara lo suficiente como para ver sus grietas, se permitió relajarse.
—¿Quieres ver una película? —Day preguntó.
Diesel asintió lentamente contra su hombro.
Day se levantó, separándose de Diesel con suavemente para buscar su laptop, pero antes de alejarse, dejó un corto beso en la coronilla de Diesel.
Se acomodaron contra el cabecero de la cama. Day seleccionó una comedia romántica.
—Es... objetivamente mala —Diesel murmuró mientras se acomodaba sobre el pecho de Day.
Day se encogió de hombros.
—La técnica es cuestionable y el guion es predecible —admitió Day mientras la película empezaba— Pero la colorimetria es cálida y el ritmo cómico es agradable, es difícil hacer comedia; y veces, no necesitas que el arte te cambie la vida o te haga llorar; solo necesitas que te haga reír.
El resto de la noche transcurrió en un silencio que, por primera vez en la vida de Diesel, no se sentía incómodo ni vacío. Escuchar los latidos del corazón del director era más sedante que cualquier café o té que hubiera probado antes.
Diesel se queda dormido sobre el pecho de Day, confirmando que la habitación de Day es, efectivamente, su lugar más seguro.
