Chapter Text
Escribir una maldita carta era mucho más difícil de lo que parecía.
Luffy sintió que estaba intentando atrapar el agua con las manos: no había nada que golpear, nada que morder. Frunció el ceño mientras fulminaba el papel en blanco frente a él. No era que su mente estuviera vacía, era que la hoja no le daba ni una sola pista.
—Pero… ¿qué se supone que tengo que decir? ¿Cómo empiezo…? —gruñó, dejando caer otro bollo de papel al cementerio que ya tenía montado en el suelo.
Nunca le había costado tanto algo que no se arreglara con fuerza física. Tenía el rostro encendido por una concentración exageradamente seria; Parecía que ese papel era un enemigo formidable al que solo podía derrotar con tinta. Esa hoja limpia y perfecta le resultaba un insulto, un contraste absoluto con los borrones de grafito que se acumulaban a sus pies. Luffy tenía la extraña sensación de que incluso el papel se estaba burlando de él.
Porque no sabía qué decir. Ni cómo empezar sin que todo terminará en un completo desastre.
Pero tenía que escribir esa carta. Por ella.
Aunque el lápiz le temblara y estuviera rodeado de "cadáveres" de papel arrugado, Luffy respiró hondo, apretó los dientes y volvió al ataque.
«Incluso en las noches, tú brillas más que la luna y las estrellas; ver tus ojos me hace creer que estoy soñando, hasta que veo tu sonrisa».
Se quedó mirando las letras grandes y torcidas. Por un segundo, sintió ese cosquilleo raro en el estómago, como cuando encuentras un trozo de carne extra en el plato. Pero al releerlo… la frustración le dio un golpe de realidad.
¡Crac!
Hizo la hoja pedazos con las manos y la lanzó al montón. No es que estuviera mal escrito, es que… no era él. Esa era la clase de cursilería que Sanji diría con voz de galán de telenovela, o algo sacado de esos mangas que Uta le prestaba y él leía a escondidas porque "eran divertidos", aunque jamás se lo admitiría a Zoro.
Luffy no hablaba así. Él era directo: «¡Eres genial!», «¡Quiero verte!» o «¡Ven conmigo!» Quería que con Law fuera real. No quería que sonara una mentira. Suspensó pesado, apoyó la frente contra la mesa un buen rato y, con resignación, agarró otro papel.
—Uh… que tal sí… —masculló, rascándose la cabeza con desesperación.
Pero ninguna servía. Ni la anterior, ni la de antes de esa, ni esta nueva.
—¡Maldición! ¿¡Por qué es tan difícil escribirle!? —se dejó caer hacia atrás en la silla, mordiendo el bollo del lápiz mientras interrogaba al techo—. Ley…
Al pronunciar su nombre, la imagen de ella le invadió el pecho de golpe.
La primera vez que la conoció.
Sentía que había pasado una eternidad, aunque en realidad apenas iba para un año. Todo ocurrió a mitad del segundo trimestre de su último año de escuela intermedia. Luffy no era, ni de cerca, un estudiante modelo. Mentiría si dijera que los estudios eran su prioridad; él era el desorden hecho persona: comer, salir con sus amigos y jugar estaban muy por encima de cualquier examen.
Pero si algo se tomaba en serio, era a sus amigos. Y si tenía que ir a la biblioteca a buscar información aburrida para un trabajo, él iría.
Aquella tarde, el silencio de la biblioteca casi le da alergia. Caminó hasta la sección de biología buscando los libros que Vivi y Sanji le habían encargado. Robin todavía no comenzaba su turno, así que decidió intentarlo por su cuenta. Tomó un par de libros con plantas nucleares en la portada y, al darse la vuelta, chocó de frente con alguien.
Libros al suelo. El olor a papel viejo inundó el aire. Y al levantar la vista para disculparse, la vio.
Esa imagen —ella cayendo, sus ojos llenos de sorpresa y él incapaz de articular una frase coherente— era la que ahora le quemaba la cabeza.
—Ah… si es que hasta ahora que la conozco un poco más, sigue siendo súper complicado —murmuró, dibujando garabatos y caritas tontas en el margen de la hoja.
Se balanceó en la silla, a punto de caer. Necesitaba ordenar el desastre que tenía en la cabeza. Pensó en las cartas que Sanji le mandaba a Law… y en cómo ella casi nunca se molestaba en responder. Recordó los borradores que Sanji le devolvía diciendo: «Prueba con esto, idiota».
Todo para nada. Ahora que hablaban normal y pasaban tiempo juntos, Law tiraba las cartas nuevas a la basura sin siquiera abrirlas. Y su expresión… se volvió a hacer hielo. Como si estuviera harta de un juego que ya no le hacía gracia.
Luffy se frotó la nuca con fuerza. ¿Se habría dado cuenta de que no es Sanji el que escribe? ¿O estaba triste porque creía que Sanji ya no le tenía ganas? Sacudió la cabeza para espantar esos pensamientos.
—No… no pienses tonterías.
Recordó lo que Robin le había dicho, con esa sonrisa calmada de siempre: «Intenta escribir una tú mismo, Luffy».
¡Ja! Qué fácil sonaba cuando ella lo decía.
Pero ahí estaba él: en blanco total. Con un nudo de miedo que no lo dejaba respirar. Miedo a que Law le soltara un "no" rotundo. Le dolía ver cómo desechaba sus cartas (bueno, las que él enviaba finciendo ser otro). Le molestaba imaginar que a ella tal vez sí le gustaba el cocinero, aunque no entendiera por qué eso lo ponía de tan mal humor. Y lo peor: el pánico a que, si intenta explicarle lo que sentía al verla, ella lo mirará como a un bicho raro y se alejara de su vida para siempre.
¿Qué se le dice a la chica más difícil de esa escuela de niñas ricas? ¿«Oye, conseguí un manga de piratas increíble»? ¿«Atrapé un escarabajo gigante hoy»? ¿«En la cena hubo guerra de comida y gané»?
Luffy pateó el suelo, frustrado. Con todos era pan comido: llegabas, decías «¡vamos a jugar!» y listo, ya eran compañeros. Pero con Law… con ella todo era distinto. No es que lo ignorara; era peor. Parecía estar siempre a un paso de distancia aunque estuviera a su lado. Cuando estaba cerca, el corazón le martilleaba el pecho tan fuerte que juraría que se oía desde afuera.
¡Tac!
Entonces lanzó el lápiz contra la mesa.
—Esto es un asco —masculló, cruzándose de brazos y retando al techo.
Pero rendirse no estaba en sus aviones. Si quería algo, seguía intentándolo hasta que salía. Se levantó de golpe y fue a la cocina, donde Ace y Sabo estaban ocupados. Sus sandalias pesaban como si fueran de plomo. Se detuvo en el umbral, apretando el marco de la puerta.
Era un pedido de ayuda silencioso.
—Oye… —murmuró—. ¿Cómo se empieza una carta para una chica?
Sabo dejó de cortar los vegetales en seco. Ace tosió tan fuerte que casi escupe el café.
—¿Una qué? —preguntó Sabo, procesando la pregunta.
—¡Una carta de amor! —exclamó Luffy—. Quiero contarle sobre el gran Heracles que vi. ¡Era enorme! ¿Creen que le guste?
—¡NI SE TE OCURRA! —rugieron los dos al mismo tiempo.
Ace se limpió la boca, recuperando el aire. —Si le escribes sobre un bicho, lo único que vas a lograr es que te cierre la puerta en la cara para siempre.
—Pero si era genial… —refunfuñó Luffy.
Sabo suspir con paciencia. —Mira, empieza con un cumplido. Algo que le haga saber que te gusta.
—¿Un cumplido…?
—Compárala con algo que ames de verdad —añadió Ace—. Así sonará sincero, como algo que tú dirías.
Luffy se quedó pensativo. ¿Qué era lo mejor del mundo? ¿Lo que nunca fallaba? La respuesta fue clara: comida. Esa última porción de carne; la mejor, la perfecta.
¡Bomba!
Sus ojos se encendieron como dos reflectores.
—¡Ya lo tengo! —exclamó con una seguridad que, viniendo de él, solo podía significar desastre.
Ace y Sabo intercambiaron una mirada de puro terror. Ese infladito orgullo de hermanos mayores, el de creer que por fin habían guiado al pequeño de la familia, se desinfló como un globo pinchado en el preciso instante en que sus ojos recorrieron las palabras que el animal de su hermano había garabateado.
—¡Luffy, espera! —rugió Ace, estirando la mano para atraparlo—. ¡Eso no es un…”
Pero Luffy no esperaba. Agarró la carta y salió corriendo. Tenía que entregarla ahora mismo, antes de que le diera tiempo de sentir vergüenza.
