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Take me to church (There is no sweeter innocence than our gentle sin)

Summary:

En su primer caso completamente solo, Dean Winchester, con apenas diecisiete años, investiga a dos monjas que se suicidaron tras ser descubiertas amándose y ahora atormentan una vieja misión. Mientras la iglesia arde para cerrar el caso, Dean enfrenta un reflejo incómodo de sí mismo que decide enterrar bajo fuego y silencio. Años después, tras regresar del infierno, la aparición de un ángel le revela que algunas verdades —como el fuego— nunca desaparecen del todo.

Notes:

No podia dormir asi que escribi esto JAJSJD

Work Text:

 Su cara ardía frente al incendio.

Las llamas de la misión de St. Stephen se alzaban contra el cielo oscuro de Riverton, Wyoming, altas y voraces, devorando la madera vieja, los vitrales polvorientos y décadas enteras de rezos susurrados entre esas paredes. El fuego crujía como si estuviera vivo, como si cada viga que se partía fuera de una especie de respuesta tardía a algo que había quedado atrapado allí demasiado tiempo. El aire estaba cargado de humo, de ceniza, de ese olor espeso a madera quemada que se pegaba a la garganta y hacía difícil respirar. Dean podía sentir el calor contra su cara incluso desde donde estaba sentado, pero ese no era el verdadero problema. El verdadero problema era ese otro ardor, el que le subía por las mejillas y le encendía la piel desde dentro, como si algo dentro suyo también estuviera prendiendo fuego lentamente.
 Ardía como cuando veía al novio de la chica que le gustaba y sentía una vergüenza rara, espesa, que le apretaba el pecho con manos invisibles. Ardía como cuando en alguna película de terror de las que a él le gustaban demasiado aparecía ese actor con sonrisa torcida y mirada demasiado intensa, y Dean desviaba los ojos un segundo tarde, finciendo que lo hacía por el monstruo y no por el resto. Ardía como cuando en la televisión del motel apareció un concierto viejo de Metallica y Hetfield salió al escenario como si el mundo entero le perteneciera, y Dean se quedó quieto, con la mandíbula tensa, sintiendo algo que no quería reconocer ni siquiera en silencio. Ardía como cuando entraban en iglesias durante algún caso y sus ojos, contra toda lógica, se iban a quedar pegados en ciertas estatuas de ángeles, porque tenían rostros demasiado hermosos para ser santos y demasiado tristes para ser otra cosa. Siempre había sido así. Siempre había existido ese calor en el fondo, como una fiebre mal escondida, como una mentira que su cuerpo conoció antes que su cabeza.

Ese mismo ardor. Y ahora también ardía cuando pensaba en ellas. Las dos monjas.

El caso había sido simple, al menos en teoría. Siempre era simple cuando John Winchester lo explicaba. Dos monjas. Enamoradas. Descubiertas. Escándalo. Culpa. Vergüenza. Después de la cuerda. Después de los fantasmas . Dean todavía podía oír la voz de su padre diciendo las palabras como si estuviera explicando cómo cambiar una bujía del Impala. Papá lo había explicado con esa voz seca de siempre, como si estuviera leyendo el clima: de sal a ceniza , "Dean. Encontrá el objeto, quémalo y listo".

Dean había asentido como si todo fuera perfectamente normal. Como si enviar a tu hijo de diecisiete años a enfrentarse solo a dos fantasmas furiosos fuera apenas otro martes en la vida de los Winchester. Como si no hubiera nada extraño en esa manera seca de decir ve y hazlo , como si las palabras de su padre fueran tan sólidas como la carretera que cruzaban todas las noches. Dean asintió porque eso era lo que hacía. Porque si John Winchester decía que podía hacerlo, entonces tenía que poder.

 Era una prueba.

Dean lo sabía incluso antes de que su padre cerrara el diario y apagara la luz del motel. Había pruebas así todo el tiempo: en cómo limpiaba una escopeta, en cómo entraba primero por la puerta, en cómo disparaba sin temblar. Pero esta era distinta. Esta era la primera vez que John lo enviaba realmente solo. Su primer caso completamente solo.
No era que nunca hubiera estado al frente antes. Muchas veces John lo había dejado liderar mientras él caminaba unos pasos detrás, silencioso, observando. Dean conocía esa mirada. La sentía entre los omóplatos cada vez que levantaba el arma o trazaba una línea de sal. Era la mirada de un sargento revisando a su soldado, midiendo cada gesto, cada error posible. Dean había aprendido a moverse dentro de esa mirada como quien aprende a respirar. Pero esta vez era distinta. Esta vez Dean entró solo.
 O eso había dicho papá.
 Aun así, mientras conducía hacia la misión y apagaba el motor frente al edificio oscuro, Dean no podía sacarse la sensación de que John nunca estaba realmente lejos. Era como una presencia que siempre flotaba a la distancia, invisible pero constante. Tal vez estaría en algún punto del camino, tal vez en un falso Impala con Sam dormido en el asiento trasero, tal vez mirando desde alguna colina cercana. John siempre estaba presente, incluso cuando decía que no.

Había revisado el lugar juntos antes. Había caminado por los pasillos silenciosos de la misión, había hablado con la poca gente del pueblo que todavía recordaba la historia, había encontrado la habitación donde las dos monjas habían vivido. Todo apuntaba a lo mismo: un objeto pequeño, algo personal, algo que hubiera sobrevivido escondido en el lugar correcto durante años.

La misión estaba silenciosa cuando Dean llegó, pero no era el silencio tranquilo de una iglesia vacía donde aún quedan ecos de rezos pegados a las paredes ni el silencio humilde de los bancos de madera y los vitrales polvorientos esperando la próxima misa. Era otro tipo de silencio, más pesado, más antiguo, uno que parecía haberse asentado en cada rincón del edificio como si el lugar entero estuviera conteniendo la respiración desde hacía años. Las iglesias deben estar llenas de murmullos, de pasos suaves, del crujido de la madera bajo los zapatos de alguien que entra tarde y se sienta al fondo, pero aquella misión estaba inmóvil, suspendida en una quietud incómoda que hacía que incluso el aire pareciera espeso. Cuando Dean empujó la puerta, el frío lo recibió primero, un aire viejo que olía a polvo, cera seca y algo más difícil de nombrar, algo que pertenecía al pasado. Las vio casi enseguida: dos figuras pálidas deslizándose por el pasillo que conducía a los dormitorios, moviéndose con una lentitud que no era exactamente caminar, como sombras que hubieran olvidado cómo tocar el suelo. Los hábitos negros flotaban apenas sobre el piso y sus rostros —pálidos, quietos— parecían tallados en la misma tristeza, como si el dolor que las había dejado allí hubiera borrado cualquier diferencia entre ellas. No gritaron, no atacaron, no mostrar los dientes ni las uñas largas que a veces tenían los espíritus furiosos; simplemente estaban allí, atrapadas en algo más grande que la rabia, y su presencia llenaba el edificio como la humedad que se pega a las paredes de las casas viejas: constante, silenciosa, imposible de ignorar. Dean no dijo nada; no había nada que decir. Siguió caminando con pasos medidos, sabiendo exactamente lo que tenía que hacer, porque los casos siempre terminaban reduciéndose a lo mismo: encontrar el objeto, el ancla, la pequeña cosa humana que mantenía al espíritu atado a la tierra. Encontró la habitación casi sin esfuerzo. Era pequeña y ordenada, con dos camas estrechas alineadas contra la pared, las mantas dobladas con una precisión que parecía casi devota, un armario sencillo y una pequeña mesa de noche entre ambas camas; y allí, flotando sobre todo eso, estaba ese mismo silencio espeso que dejaban las cosas cuando han sido descubiertas demasiado tarde. Por un momento Dean imaginó el cuarto vivo: dos mujeres levantándose antes del amanecer, rezando en voz baja, caminando por los pasillos con pasos suaves, compartiendo ese espacio diminuto durante años; Quizás riendo alguna vez en susurros, quizás tocándose las manos cuando nadie miraba. El primer rosario estaba en el cajón de la mesa de noche. Dean lo encontró al abrirlo sin esfuerzo, las cuentas gastadas y suaves por años de rezos repetidos entre los dedos, el tipo de objeto pequeño y personal que los cazadores aprendían a reconocer enseguida, cargado con suficiente vida como para atar a un espíritu al mundo. Ese seguramente habría bastado; podría haber terminado el caso ahí mismo, Prender fuego y marcharse. Pero Dean siguió buscando, sin estar del todo seguro de por qué. Tal vez porque algo en la habitación se sentía incompleto, o porque al mirar alrededor podía imaginarse demasiado bien a dos personas viviendo allí, compartiendo ese cuarto pequeño con algo que no podía mostrarse a la luz del día, Algo demasiado grande para esconderse en un lugar tan chico. Fue entonces cuando encontré el segundo rosario. Una de las tablas del suelo estaba apenas suelta y, al levantarla con la punta del cuchillo, descubrió un pequeño envoltorio de tela escondido debajo. Dentro estaba el rosario: más pequeño, más gastado, con las cuentas casi lisas, como si hubieran sido apretadas entre dedos nerviosos demasiadas veces, como si alguien hubiera rezado con él no solo por fe, sino también por miedo. Dos rosarios. Dos mujeres. Dos pecados, según la iglesia. Dean se quedó mirando las cuentas durante un largo rato, mientras el cuarto permanecía en silencio y hasta los fantasmas parecían haber sido detenidos en algún lugar del pasillo. Finalmente cerró la mano alrededor del rosario y lo guardó. Y cuando salió de la habitación, el caso ya estaba decidido. Después vino la sal. Luego el fuego. Y luego esto.

Ahora la misión ardía detrás de él. Las llamas trepaban por la madera vieja como si el edificio entero hubiera estado esperando durante años ese momento para rendirse al fuego, como si cada viga, cada banco y cada vitral guardara dentro una chispa paciente que por fin había encontrado aire. El resplandor naranja iluminaba la noche de Riverton y pintaba las nubes bajas con un color extraño, casi irreal, mientras las sombras de los árboles se alargaban sobre la tierra oscura. El incendio respiraba, crecía, se retorcía con un sonido profundo que parecía venir del corazón mismo del edificio. Y mientras la iglesia se consumía lentamente detrás de él, Dean podía sentir otro fuego subirle por la cara, uno más pequeño, más íntimo y mucho más traicionero.

Sus mejillas ardían también.

Fue entonces cuando Dean entendió algo que no quería entender. La idea apareció en su mente con la misma claridad con la que el fuego iluminaba la noche, imposible de ignorar una vez que estaba ahí. Las monjas ardían. Eso era lo que decían siempre los sermones, lo que repetían las voces graves desde los púlpitos, lo que murmuraba la gente cuando hablaban de cosas así en voz baja, con esa mezcla de desaprobación y fascinación que siempre acompañaba a los pecados ajenos. El fuego del infierno esperaba a quienes cruzaban ciertas líneas, a quienes amaban de la manera equivocada, a quienes miraban demasiado tiempo a quien no debían mirar. Si ellas ardían por amar mal… entonces ¿por qué sus mejillas hacían exactamente lo mismo cada vez que ciertos pensamientos se deslizaban por su mente?

El calor del incendio no explicaba ese otro calor. Ese ardor lo conocía desde antes, desde mucho antes de Wyoming, desde momentos pequeños y silenciosos que siempre había empujado al fondo de su cabeza como quien cierra una puerta que no quiere volver a abrir. Miradas que se quedaban un segundo más de lo que deberían. Imágenes que aparecían de repente y desaparecían rápido, como si incluso sus propios pensamientos supieran que no debían quedarse demasiado tiempo. Cosas que jamás diría en voz alta, ni siquiera cuando estaba solo. Y ahora, sentado frente a una iglesia en llamas, todo parecía demasiado parecido, como si las historias que contaban sobre pecado y castigo no estuvieran tan lejos de algo que él mismo llevaba escondido.

Eso no estaba bien. No debía pasar.

Papá no estaría orgulloso de un chico al que le ocurrieran esas cosas. Papá hablaba de hombres fuertes, de hombres que sabían exactamente quiénes eran y caminaban recto sin dudar nunca, hombres que no se confundían ni miraban hacia los lados cuando el camino era claro. Dean había crecido escuchando esas palabras hasta que se volvieron una especie de ley silenciosa dentro de su cabeza. Quizá mamá había ardido también, pensó por un instante fugaz, y el pensamiento fue tan rápido que casi no lo reconoció antes de querer apartarlo. Quizá por eso todo había terminado en fuego aquella noche, porque el fuego parecía encontrar siempre las cosas que el mundo no sabía cómo aceptar.

Dean apretó la mandíbula mientras miraba la iglesia consumirse lentamente, como si con ese gesto pudiera cerrar cualquier duda que se hubiera abierto dentro de él. Las llamas seguían elevándose hacia el cielo oscuro, devorando el edificio hasta dejarlo reducido a brasas y humo. Y mientras el resplandor iluminaba su rostro, Dean tomó una decisión silenciosa, una de esas decisiones que se toman una vez y se cargan durante años.

Sus mejillas no volverían a arder por alguien como él.

Nunca.

Aun así, cuando salió de la habitación de las monjas con el segundo rosario escondido en el bolsillo de la chaqueta, sintió el peso de las cuentas contra el muslo como si llevara un corazón ajeno pegado al cuerpo. No lo necesitaba para el caso. Uno habría bastado. Podía haberlo dejado atrás y listo, podía haber hecho su trabajo y volver al coche y fingir que no había visto demasiado. Pero lo guardó igual. Primero pensó que era una especie de trofeo miserable, algo que un soldado arrancaba del campo enemigo para convencerse de que había ganado. Después pensó que quizá era peor que eso. Porque no había enemigos allí. Solo dos personas que habían creído, por un segundo demasiado valiente, que amar a quien querían no era una sentencia. Dos personas que habían pensado que ser distintas podía ser correcto. Dean no pensaba eso. No podía pensarlo. John , y cuando John Winchester creía algo, el resto del mundo no tenía demasiadas opciones más que acomodarse.

El humo le hacía picar los ojos, o tal vez eran lágrimas, aunque Dean se negó a aceptar cualquiera de las dos opciones. Permanecía sentado sin moverse, con la mirada fija en la iglesia que ardía frente a él, incapaz —o quizá simplemente reacio— a apartar los ojos del incendio. Había algo obsceno en esas llamas, algo brutal y desmedido, pero al mismo tiempo había también una belleza inquietante en la manera en que el fuego se movía, en cómo las vigas caían lentamente hacia adentro y las chispas ascendían hacia el cielo oscuro como si quisieran regresar a algún lugar del que habían sido expulsadas. El fuego respiraba, crecía, murmuraba en un lenguaje que Dean no podía entender pero que, aun así, parecía dirigido a él. Como si las llamas tuvieran algo que decirle. Como si lo hubieran estado esperando. Una parte de él quería entrar. No era un pensamiento claro ni heroico, ni siquiera particularmente lógico; era más bien una sensación persistente, una idea que flotaba en el fondo de su mente como una sombra. Tal vez debería hacerlo. Tal vez debería caminar directo hacia el fuego y dejar que las llamas lo alcanzaran también. Como si haber sentido demasiado, haber pensado demasiado, ya fuera suficiente para merecer algún tipo de castigo. Pero si las iglesias eran lugares sagrados —si se suponía que eran refugios de Dios, de misericordia, de absolución— entonces ¿por qué el fuego que salía de ellas olía tanto al infierno? ¿Por qué tenía esa sensación incómoda de que las llamas lo estaban mirando también, como si supieran algo que él todavía no estaba listo para admitir? Dean tragó saliva y el gesto le raspó por dentro, áspero y seco, como si incluso su garganta estuviera llena de ceniza.

No quería ir al infierno. No. La idea se instaló en su mente con una fuerza infantil, obstinada, casi desesperada. Papá se lo había prometido. Lo había dicho muchas veces, con esa seguridad dura que hacía que todo pareciera más simple de lo que era: los Winchester no iban a terminar así. Nunca. Jamás. Como si las promesas fueran un escudo contra el destino, como si repetir la palabra bastara para volverla verdad. Dean empezó a repetirla también, en silencio, dentro de su propia cabeza, como si fuera un rezo que pudiera protegerlo. Jamás. Jamás. Jamás. Pero cuanto más la repetía, más extraña empezaba a sonar. La palabra se volvía delgada, frágil, como si se estuviera vaciando por dentro. Jamás. Jamás. Jamás. Y entonces, de pronto, sonó hueca, como una puerta abierta en una casa abandonada, como algo que alguien había prometido sin saber realmente si podía cumplirlo. ¿Jamás? El pensamiento apareció tan rápido que casi le cortó el aire. Dean sintió el estómago encogérsele con una punzada fría, un malestar que no tenía nada que ver con el humo o el cansancio. No quería pensar en eso. No quería pensar en el infierno, ni en castigos eternos, ni en un Dios que veía todo y aun así permitía que dos monjas se colgaran de una cuerda porque habían amado de la manera equivocada. No quería pensar en el tipo de mundo que hacía posible algo así. Porque si ese mundo era real —si esas reglas eran verdaderas— entonces había demasiadas cosas dentro de él que podían terminar ardiendo también.

Pero el fuego lo llamaba. Lo llamaba con una insistencia silenciosa que parecía venir desde el corazón mismo de las llamas, como si cada lengua de fuego que se alzaba entre las vigas estuviera pronunciando su nombre sin voz. Lo llamaba y lo reclamaba, lo pedía con una paciencia antigua, casi reverente, como si lo estuviera invitando a acercarse, a entrar, a quedarse allí con él hasta que todo lo demás desapareciera. Había algo en ese llamado que Dean no podía explicar, una sensación profunda de reconocimiento, como si el incendio supiera algo sobre él que ni siquiera él mismo se atrevía a mirar demasiado de cerca. El fuego sabía. El fuego recordaba. El fuego tenía memoria de las cosas que el mundo intentaba olvidar, de los pecados que se enterraban bajo rezos y promesas, de los pensamientos que se escondían en los rincones más oscuros de la mente. Y Dean lo entendía de una forma extraña, instintiva: el fuego no desaparece realmente, solo se guarda, se repliega, se vuelve brasa en silencio dentro del corazón incluso cuando uno se niega a abrirlo. El fuego había comenzado su vida —eso era lo que siempre decían las historias que John contaba en voz baja sobre la noche en que todo cambió— y quizá, si el mundo era tan cruel como parecía en ese momento, el fuego también podía ser lo que algún día se la quitara.

El cansancio le pesaba en los huesos como si hubiera envejecido de golpe varios años en una sola noche. Le dolían los hombros, las manos, la nuca; cada músculo parecía recordarle el esfuerzo de las últimas horas con una insstencia sorda, persistente. Había cumplido diecisiete ese mismo día y, sin embargo, sentado frente a las brasas de una iglesia en llamas, se sentía mucho más viejo que eso, como si llevara siglos arrastrándose de motel en motel, de carretera en carretera, de trabajo sucio en trabajo sucio que nadie más estaba dispuesto a hacer. Lo único que quería era volver al Impala. Quería abrir la puerta y hundirse en el asiento delantero como si el cuero gastado pudiera sostenerlo mejor que cualquier persona en el mundo. Quería el olor familiar a gasolina, a tabaco frío, a polvo de carretera acumulado durante años. Quería la música vieja en la radio, el sonido profundo del motor encendiéndose, el zumbido constante de los neumáticos sobre el asfalto oscuro. Quería esa sensación sencilla de movimiento, la ilusión de que mientras el coche siguiera avanzando él también podría seguir adelante sin tener que mirar demasiado hacia atrás. Dormir y conducir. Conducir y dormir. Dormir hoy, mañana, siempre. Dormir lo suficiente como para no tener que pensar en la iglesia, ni en las monjas, ni en el peso silencioso del rosario en su bolsillo, ni en la forma extraña en que el fuego lo había hecho sentir demasiado cerca de algo que todavía no sabía nombrar. Tal vez dormir hasta no despertar. Tal vez cerrar los ojos y dejar que el mundo se quedara quieto por una vez, sin incendios, sin preguntas, sin esa sensación constante de estar caminando sobre algo que tarde o temprano iba a romperse bajo sus pies.

Detrás de él, las llamas seguían lamiendo la noche, levantándose y cayendo como un animal enorme respirando en la oscuridad. Pero Dean no se doblaba. No ante fantasmas. No ante fuego. No ante ángeles de piedra ni ante pensamientos que no encajaban en la vida que le habían enseñado a vivir. Él no era así. No era delicado. No era débil. No era el tipo de chico que miraba dos veces lo que no debía mirar. No era el tipo de chico que se llevaba un rosario en el bolsillo porque le parecía triste dejarlo atrás en una habitación vacía. No era el tipo de chico que sentía un nudo incómodo en la garganta al pensar en dos mujeres que se habían amado en secreto hasta que el mundo decidió que eso era suficiente para condenarlas. Dean no era lo que su padre decía que no debía ser. Dean era lo que tenía que ser, lo que necesitaba ser para seguir adelante, lo único que parecía permitido en la vida que había heredado sin pedirla. Nada de mariconeadas. Nada de sentir demasiado. Nada de flaquear. Nada de pedir ayuda. Nada de mirar el fuego y pensar, aunque fuera pr un segundo, que quizá quedarse allí sería más fácil que seguir caminando. Dean Winchester no era así. Dean Winchester no iba al infierno.

Después de un largo rato, cuando el incendio ya era solo un montón de brasas rojas consumiéndose en silencio y el cielo sobre la misión había vuelto a oscurecerse sin el resplandor violento de las llamas, el chico finalmente se levantó. Se sacudió el polvo de los jeans con un gesto cansado, pateó una piedra que rodó torpemente sobre la tierra ennegrecida y murmuró algo de Zeppelin entre dientes, más por hábito que por verdadera intención. Todo en él pesaba: las manos, los hombros, los párpados que parecían caer por su propio peso. Tenía sueño, pero no era un sueño normal, de esos que llegan suaves después de un día largo; era un cansancio espeso, profundo, que parecía haberse instalado dentro de los huesos y que volvía todo ligeramente distante, como si el mundo estuviera al otro lado de un vidrio empañado. Mientras caminaba de regreso hacia la carretera, con el olor a humo pegado a la ropa y el rosario golpeando suavemente contra el interior de su chaqueta a cada paso, Dean pensó que lo único que quería era cerrar los ojos y soñar que nada de aquello había pasado. Soñar que la misión nunca había existido, que las monjas no habían caminado por esos pasillos vacíos, que el fuego no había devorado el edificio como si estuviera reclamando algo que siempre le había pertenecido. Soñar que sus mejillas no habían ardido de esa manera extraña, que papá no tendría que mirarlo luego con esa expresión severa que siempre parecía medir si había estado a la altura, si había sido suficiente. Y, sobre todo, soñar que él mismo no había sentido, por un segundo breve y luminoso como una chispa en la oscuridad, que el incendio estaba tratando de decirle algo que no quería escuchar.

Y si nada de eso era posible —si la noche ya había decidido quedarse con esos recuerdos— entonces al menos quería el Impala. Quería el sonido profundo del motor encendiéndose, el largo costado oscuro de la carretera extendiéndose frente a ellos, la voz de Sam desde el asiento de atrás aunque no dijera nada importante, solo para romper el silencio. Quería también la presencia de John al volante, firme y segura, tan inquebrantable que a veces Dean no sabía si eso era lo más parecido que tenía a un hogar o simplemente otra orden que debía obedecer. Quería volver a eso. A lo conocido. A las cosas que dolían de una manera familiar y manejable. Porque lo desconocido —lo que había sentido frente al fuego, lo que había pensado durante un segundo demasiado largo— era mucho peor. Lo desconocido tenía la forma exacta de una verdad que no estaba listo para nombrar. Y Dean, mientras avanzaba por la tierra oscura con el humo todavía en la garganta, entendió que aún estaba aprendiendo a hacer lo único que parecía posible: seguir caminando como si nada dentro de él estuviera ardiendo.

Años más tarde —muchos años más tarde— el fuego volvió a encontrarlo. No el de una iglesia en Wyoming ni el de un caso sencillo que podía terminarse con sal y gasolina, sino uno más profundo, más antiguo, uno que parecía haberse quedado adherido a sus huesos incluso después del infierno. En aquel lugar las luces comenzaron a temblar primero, como si el mundo respirara mal; luego estallaron una tras otra con un chasquido seco, y el aire se llenó de un zumbido imposible que hacía vibrar las paredes y los dientes dentro de su boca. Durante un instante breve, suspendido entre ruido y silencio, Dean vio algo que no pertenecía a la Tierra: una sombra gigantesca desplegada detrás de un hombre, alas extendiéndose demasiado vastas para caber en ese espacio humano, demasiado antiguas para ser comprendidas. Cuando el ruido murió y el silencio volvió a asentarse sobre la habitación como polvo después de una explosión, el hombre estaba allí, con su gabardina gastada y ojos azules insondables, mirándolo como si lo hubiera estado buscando desde siempre. "Soy el ángel que te sacó del infierno", dijo con una calma que no parecía humana. Y en ese momento Dean entendió algo que el chico de diecisiete años que observaba arder una iglesia jamás habría creído posible: que las estatuas de las iglesias no eran simple piedra, que los ángeles no eran historias inventadas para llenar sermones o asustar niños. Eran reales. Y tla vez el fuego nunca lo había estado llamando realmente; tal vez lo que lo había perseguido durante todos esos años no era el fuego, sino algo más profundo, más inevitable. La verdad. Su verdad. Y mientras miraba al ángel de pie entre la electricidad muerta y el olor a ceniza vieja, sintió otra vez ese calor subirle por la cara, el mismo fuego pequeño y traicionero que había conocido años atrás frente a otras llamas. Volvió ese ardor en las mejillas.

 

 

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