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Descanso

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El cuarto estaba silencioso, sin ruidos que pudiesen molestar o incomodar, más allá de algún zumbido electrónico. Las ventanas estaban cubiertas por cortinas, evitando que la luz de neón de la ciudad se filtrara por ellas.

Allí, en ese silencio, había un dormitorio con la luz apagada. Un sofá reclinable, una cama, una televisión, una mesita de noche y… poco más.

Sobre esa cama, donde solo cabía una persona de manera cómoda, estaba siendo ocupada por un par de reyes. Uno, que apenas vestía un pantalón cómodo y holgado bajo las sábanas, miraba el techo con su mano izquierda detrás de la cabeza, mientras su otro brazo estaba extendido, rodeando los hombros de la otra monarca, que estaba acurrucada encima de él, vistiendo una camiseta de mangas cortas con el dibujo de un personaje peludo en el pecho.

El silencio era cómodo. La altura del lugar permitía aislar el sonido de manera efectiva, por lo que los ruidos a nivel del suelo se oían lejanos.

Entonces, una voz adormecida susurra en la oscuridad.

— ¿...Yanma?

Su cabeza da un leve sobresalto al escuchar su nombre.

El rostro del rey se gira hacia el ruido. Lo que ve es un par de ojos pequeños, de tonos desiguales, asomándose entre mechones de cabello oscuro. Su mano izquierda, que estaba medio adormecida por el peso, se mueve del hombro ajeno para desplazarse hacia el rostro, buscando su frente con cierta dificultad, sintiendo el dolor muscular, pero negándose a sacar el brazo por completo de donde está.

— Rita… — murmura Yanma, un poco sorprendido, mientras juguetea con los mechones oscuros. — ¿Sigues despierta?

— Más bien desperté… — responde ella, manteniendo la voz baja, sin esquivar ni moverse ante las caricias ajenas.

La respuesta hace que el rey se alarme ligeramente; gira su cuerpo para poder mirar a la juez de frente.

— ¿Fantasmas?

La única respuesta que existe en ese ambiente frío y oscuro es un simple pero profundo silencio. El rostro de Yanma, que se había endurecido un poco, se suaviza al entender de inmediato lo que ocurre.

— No pensé que fuera algo que todavía te afectara… — comenta él, sentándose lentamente en la cama.

— Realmente no me afecta, — responde Rita en un susurro — al menos no de manera consciente…

— Pero los sueños y las pesadillas no son algo que puedas controlar, ¿verdad?

Los ojos heterocromáticos miran hacia abajo, como si no quisieran responder a esa pregunta. Esto solo le arranca un suspiro a Yanma, preocupado.

Mantiene el silencio unos segundos, mirando a su alrededor en la oscuridad, hasta que sus ojos se posan en una cosa peluda y blanca que yace en el suelo a unos pocos metros.

— Bueno, creo que sé por qué andas tan inquieta ahora.

Y sin decir mucho más, se destapa con cuidado, levantándose de la cama y apoyando sus pies descalzos en el suelo, antes de caminar y tomar a la criatura peluda. Rita no puede evitar seguirlo con la mirada, un poco confusa por la somnolencia que tiene. Yanma se gira hacia la cama, esconde la mano detrás de su espalda y sonríe, mirando a esa juez estoica tapada hasta la nariz.

— Hazme un favor y muévete hacia la pared.

Rita frunce el ceño.

— No me gusta dormir contra la pared…

Los ojos del rey se ponen en blanco, pero niega con la cabeza sonriendo.

— Hazme caso, te conviene.

El ceño fruncido se mantiene unos segundos, pero la curiosidad puede más, así que, aún bajo las sábanas, se mueve y se arrastra hasta quedar en el lado de la cama pegado al muro. Una vez en su posición, sigue concentrada en Yanma, como si quisiera sacarle la respuesta a base de miradas.

Él, por el contrario, se limita a acostarse y quedar bajo las sábanas, sintiendo a Rita a su lado mientras la mira fijamente, quedando así los dos enfrentados.

Entonces, cuando los ojos de Rita pasan de "dime qué pasa" a "si no me lo dices ahora, te pateo y recupero mi lado de la cama", Yanma finalmente decide sacar de detrás de su espalda a la criatura peluda, revelándola en todo su esplendor frente a la juez.

— ¡Moffun!

Rita no duda en absoluto: le arranca el peluche de las manos a Yanma, lo abraza y lo acurruca contra sí misma, cosa que le saca una sonrisa a Yanma.

— Seguramente se te cayó mientras dormías, y por eso empezaste a tener pesadillas.

La juez, concentrada en su peluche, observa de reojo a Yanma, sin responder, antes de volver a mirar a su Moffun y luego enterrarse aún más entre las sábanas.

— ¿Mínimo un "gracias", no? — reclama Yanma, pero sin verdadero enfado.

Entonces, en una invitación, estira y abre los brazos frente a Rita, esperando en silencio su reacción. Cuando ella se da cuenta, lo mira unos segundos y, tras hacer unas expresiones que podrían asociarse a la exasperación o a la resistencia, finalmente se arrastra hasta quedar pegada al torso desnudo de él, enterrando el rostro en su hombro. Yanma envuelve inmediatamente el cuerpo de Rita con sus brazos y le acaricia el cabello.

— Para ser la gran jueza suprema de Gokkan, puedes ser bastante berrinchuda.

— Y para ser el jefe de Nkosopa, eres muy poco serio. — contraataca Rita, pero sin apartarse del abrazo.

Él solo vuelve a dejar escapar una sonrisa.

— Lo tomaré como un cumplido.

Y dicho esto, se acomoda también en la cama, sacudiendo levemente el cuerpo mientras sus brazos se ajustan para abrazar más cómodamente a Rita, coronándolo con un beso en la frente que hace que las mejillas y orejas de ella se enciendan, y que la carita pálida de la juez se asome hacia arriba, mirándolo con el ceño fruncido. La sonrisa de Yanma es simplemente imborrable.

— Carajo… eres adorable cuando no estás gritando sobre leyes…

Una patada en la pierna es la respuesta que recibe.

— ¡Oye!

Su expresión se endurece apenas tres segundos antes de suavizarse; se acerca al rostro de Rita y le da un beso en los labios, y ella, sorprendentemente, le corresponde, relajando el ceño una vez que se separan.

— … Te amo, bruja…

— …

Las mejillas de Rita se enrojecen de nuevo.

— … Yo también…

Yanma levanta una ceja.

— ¿"Yo también" qué?

Rita suspira exasperada.

— … Yo también te amo…

— Deja de hacerte la difícil, maldita. — responde Yanma, acercándose para darle un par de besos más, antes de acomodar a Rita contra su pecho. Ella se acomoda a gusto, mientras el peluche queda ligeramente aplastado entre ambos.

— Buenas noches, Rita…

— Buenas noches, Yanma…

Dos suspiros tranquilos suenan, uno detrás de otro, mientras los ojos se cierran lentamente.

La penumbra de la noche cubre a ambos en un descanso mutuo, acompañados el uno del otro, preparándolos para otro día de labores reales.