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Memorias

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En algún punto de aquella madrugada Himiko se despertó en la misma posición y se encontró atrapada en su propia piel. Era consciente del latir de su corazón martillando en su cabeza y la sangre corriendo por sus venas. Permaneció despierta el resto de la noche y, cuando el sol finalmente entró por su ventana, lo único que podía sentir era hambre.

En retrospectiva, ahora que estaba obligada a ver sus recuerdos como si de un circo sangriento se tratase, se dio cuenta de que ese había sido el momento en que su vida se había pausado.

Work Text:

Los Toga eran un matrimonio feliz hasta que Himiko nació. Los padres de Himiko no querían tener hijos y ella lo sabía.

Aunque al inicio fingían que la amaban, ella sabía que no era cierto. Podía verlo en sus ojos, como la luz en ellos menguaba en cuanto la miraban a ella y se realzaba cada vez que hablaban de viajar, de salir. Los Toga eran un matrimonio joven y anhelaban su libertad y Himiko sabía que su nacimiento lo había evitado.

Sin embargo, nunca dijo nada, nunca pidió ni exigió su atención como había visto a sus compañeros del preescolar hacer. Sabía, por la experiencia de las pocas veces que pedía ayuda, que su padre bajaría la mirada y le daría todo lo material que podían permitirse. Su padre no la amaba, pero la culpa que eso provocaba en él le abría las puertas a muchas cosas.

A Himiko no le gustaba eso, pero era una buena niña. Sonreía ante los obsequios y fingía que las muñecas nuevas y la ropa bonita eran suficiente para llenar el vacío que dejaba su falta de abrazos y su ausencia de contacto visual. Si Himiko no hubiera encontrado un viejo álbum de fotografías, había olvidado el color de ojos de su padre.

Su madre, en cambio, rodaba los ojos cada vez que hablaba. Suspiraba con fuerza cuando Himiko entraba a la cocina, como si su sola presencia la fastidiara.

Entonces apareció su don, no fue obvio al principio, no. Comenzó como un cosquilleo que apareció desde el fondo de su estómago. Un cosquilleo que se extendió por sus extremidades hasta dejarla temblorosa y agitada.

Un mes después de notar que algo andaba mal con ella, Himiko trató de hablar con su madre. Su voz se quebró cuando quiso llamar su atención. Se quebró porque algo en ella estaba mal, porque su lengua estaba pastosa y sus encías ardían. Se quebró porque había un peso desconocido en su estómago y quería que su madre le diera un abrazo. Quería que alguien, cualquiera, le dijera que todo estaría bien.

Ella solo sacudió la cabeza.

—Debe ser tu imaginación, querida. Te ves completamente sana.

Himiko se quedó allí, precariamente sostenida por el marco de una puerta y su pequeña mano apretada en la tela de su camisa. Fue como si la distancia entre ellas hubiera aumentado de repente, alejándose como el zoom de una cámara de buena resolución para, finalmente, notar lo lejos que estaban la una de la otra.

La luz azul del televisor la hizo ver diferente mientras Himiko asentía a la nada y se perdía en la oscuridad del pasillo.

En su cuarto Himiko se recostó mirando el techo con las manos sobre el estómago y la vista perdida. Si su mamá dijo que estaba sana, probablemente lo estaba. Y, sin embargo, una silenciosa lágrima se deslizó por su mejilla. Solo eso permitió, después de todo, las niñas buenas no lloraban.

No bajó a cenar esa noche y nadie vino a buscarla tampoco.

En algún punto de aquella madrugada Himiko se despertó en la misma posición y se encontró atrapada en su propia piel. Era consciente del latir de su corazón martillando en su cabeza y la sangre corriendo por sus venas. Permaneció despierta el resto de la noche y, cuando el sol finalmente entró por su ventana, lo único que podía sentir era hambre.

Comer se volvió muy difícil, nada la saciaba del todo. Sentía que iba a un gran banquete solo a comer las pequeñas aceitunas que decoraban los platos e ignoraba los jugosos y finos cortes de carne.

Incluso después de comer, Himiko estaba hambrienta.

Una semana después un pequeño gorrión se estrelló contra la ventana del patio, su madre lo ignoró como ignoraba todo lo que no fuese su programa de televisión, pero Himiko no pudo hacerlo. Al principio fue curiosidad, salió al patio sin soltar su caja de jugo y se acercó al animal herido.

Cuando vio la sangre color escarlata escurrir lentamente entre el plumaje, Himiko soltó un gemido lastimero. Necesitaba acercarse… necesitaba tomar al gorrión… necesitaba…

Necesitaba la sangre…

Himiko no supo en qué momento agarró al gorrión o donde había dejado su caja de jugo, lo único que le importaba era el líquido, caliente y resbaladizo, que empapaba sus manos.

Con las manos temblorosas, y la boca rebosante de saliva, se acercó al animal herido con la pajita aun entre sus manos.

Himiko no pudo hacerlo.

Aferrándose a su autocontrol, Himiko se acercó a su madre en búsqueda de ayuda.

No salió bien.

Su primera señal de alerta, si tan solo la hubiera notado, fue el rostro de absoluto pánico de su madre.

Y entonces comenzó a gritar.

Himiko se sobresaltó, dando un diminuto paso atrás mientras su madre pronunciaba, con una voz venenosa y una lengua afilada, lo mala niña que era, lo monstruoso que era, lo anormal.

Himiko sostuvo al gorrión más cerca de su cuerpo, asustada de que su madre le hiciera más mal que bien al animal.

Eso también fue un error.

Su madre, que había permanecido contenta gritando hasta ese momento, notó que aún llevaba el gorrión sangrante entre sus manos, manchándose con la sangre. Ella simplemente lo golpeó.

Himiko sintió el roce de su mano contra su palma y, al momento siguiente, el pequeño gorrión se estrelló con fuerza contra la pared.

En retrospectiva, ahora que estaba obligada a ver sus recuerdos como si de un circo sangriento se tratase, se dio cuenta de que ese había sido el momento en que su vida se había pausado.

De pie, frente al cuadrorama de su antigua sala de estar escasamente decorada por insulsas figuras de cerámica, viendo como los bordes entre su realidad y sus recuerdos se perdían mientras la luz anaranjada del atardecer consumía todo con su brillo apocalíptico, se preguntó porque seguía allí.

Un sonido, como el del pitido que anuncia el tren, como la perpetua estática de la vieja televisión del bar de la liga, como la voz agonizante que su cerebro desorientado atribuía a Jin, rompió el silencio a sus espaldas.

Himiko se dio la vuelta aletargada, sus ojos cansados se fijaron en un único e insulso vagón iluminado con la alegría de la ultratumba. Los tubos verdes iridiscentes le daban a la pintura azul descascarada un toque de irrealidad sobre el plateado rojizo del metal oxidado.

Contempló la advertencia amarillenta entre el piso de su sala de estar, el abismo y el suelo metálico del vagón. Contempló durante un tiempo, segundos, horas, meses, milenios, antes de dar un paso al frente.

Aquel único paso la alejó del sonido de una mano adulta, fuerte y con intención de dañar, golpear la suave piel de sus mejillas. La alejó del silencio opresivo en que se sumergió cuanto trató de entender lo que ocurrió.

Un solo paso la impulsó y entonces ya no pudo parar.

Corrió y corrió, pasando por vagones desiertos que nacían de la nada y desaparecían a sus espaldas. Corrió como poseída por el deseo, el deseo de alejarse de aquella escena, el deseo de querer ser normal, el deseo de consumir sangre.

No tardó en entenderlo después de eso, no cuando su madre había vociferado cuando su padre volvió a casa ni cuando ambos comenzaron a culpar a la familia del otro. Ninguno quiso admitir que su quirk era herencia de ambos. ¿Qué clase de quirk retorcido hacía que alguien quisiera beber sangre?

Era horrible, inhumano, animal. Pero Himiko tenía una respuesta a lo que ansiaba consumir. Quería sangre, sangre, sangre.

Y entonces se detuvo ante la sangre salpicada en el suelo.

Himiko había aguantado el hambre después de lo de Saito, de verdad que sí, pero desde entonces su deseo tenía nombre y motivo. Aquella primera vez Himiko comenzó a correr en cuanto se dio cuenta de lo que hizo, cuando notó las miradas de sus compañeros, su miedo, su asco, algo cambió irremediablemente en ella.

Incluso ahora recordaba vívidamente la corriente ardiente de pánico y excitación de su primera transformación, como se sintió cuando usó la piel de Saito. Cuando se dio cuenta de que nadie la seguía porque todo el mundo buscaba a Himiko Toga y ella no tenía ese cuerpo.

Recordaban el desconcierto de verse en el espejo sin verse a sí misma y la cálida sensación de, finalmente, entender que es lo que quería su cuerpo. Lo recordaba tan bien como recordaba la sangre de su segunda víctima.

Sabía que lo de ahora no era real, que aquel riachuelo escarlata qué se filtraba por las ranuras del vagón nunca se había extendido allí por culpa suya. Sin embargo, ahora estaba de pie sobre un charco de sangre que se oscurecía cada vez más mientras el húmedo sonido de un goteo lo abarcaba todo y nada a la vez.

El chasquido estático de las luces fluorescentes se multiplicó hasta convertirse en lo único que podía oír, donde el goteo espeso no era más que el metrónomo de su vida.

Lánguidamente, aun con el cansancio que se apoderó de ella, Himiko levantó la mirada. Sabía que, de verse a sí misma, solo hallaría una cáscara vacía de ojos apagados.

Arriba, donde un altavoz lagrimeaba espesos ríos de sangre tan oscura como la tinta y alimentaba el caudal cálido qué cubría sus piernas que amenazaba con llevársela. Fue incapaz de apartar la vista aun cuando las luces fluorescentes del vagón mutaron frente a sus ojos hasta convertirse en un solo círculo brillante en el cielo de metal.

Himiko se quedó allí mientras la sangre que brotaba desde arriba se transformaba en un diluvio qué salpicaba la piel de su rostro antes de emprender camino hacia la tierra.

Himiko cerró los ojos y abrió la boca en una súplica qué se perdió entre la estática artificial y el martilleo de su corazón.

Cuando los volvió a abrir, se encontró de pie a mitad de una calle desierta mientras una fina llovizna le limpiaba la cara.

Era la ciudad donde la había conocido, donde la sangre de ella la había alimentado. Himiko no recordaba el nombre de esa mujer, pero si su valentía y su estúpido sentido del deber.

Fue en la madrugada de un día de junio. Himiko no había tardado en acostumbrarse a la vida nocturna en Tokio. Disfrutaba de las luces brillantes de los letreros de neón que le daban a la noche una sensación de eternidad.

Himiko estaba cazando.

Había sido una buena niña y no había vuelto a hacer lo que le hizo a Kaito. Incluso así se recriminaba a menudo por hacer sangrar a algunas personas.

Esos días Himiko terminaba sus cacerías con una sensación de triunfo y culpa a partes iguales. La culpa resonaba con fuerza en su cabeza con una voz idéntica a la de su madre.

Había aprendido a cazar gracias a mujeres como Nishimiya Yunae y hombres como Taro. Yu-chan no se tomaba la molestia de esconder su nombre, decía que, de todas formas, su padre y su madrastra no se preocuparían lo suficiente por ella como para buscarla y se ofrecía libremente por sus redes sociales. Ella le enseñó que todos en esas calles, clientes o trabajadores, buscaban corromper el cuerpo y mente de alguien más.

En cambio, de Taro nadie sabía su nombre y pocos eran los que habían visto su rostro al descubierto. Él era el hombre mayor del grupo, de unos dieciocho años, y quien le enseñó que había que fingir para vivir.

Gracias a ellos Himiko aprendió a sonreír y conducir a sus víctimas a los callejones. Las dejó sentir que tenían poder, les infló el ego y les vació los bolsillos. Si los mordía o no lo suficiente para extraer sangre de esos labios desconocidos era problema suyo.

Después de todo, ¿qué daño podría hacer?

Estaba tan equivocada.

Esas pequeñas e insignificantes gotas de sangre se fueron acumulando en alguna parte de ella. Gota a gota, el embalse de sus antojos fue en aumento hasta dejarla inestable. Se sentía tan cerca de algo, algo indescriptible que la mantenía al borde de sentirse bien.

Su cuerpo hormigueaba, se tensaba y relajaba sin orden aparente. El hambre había vuelto con fuerza. Era una tortura y oponerse solo le llenaba de saliva la boca y de agonía el cuerpo.

Ese día Himiko deambulaba por las calles del distrito Kabukichō. Había encontrado un pequeño callejón desde donde veía como los últimos rayos del sol se reflejaban en el cristal del edificio Shinjuku Toho. Sin embargo, estaba lo suficientemente lejos para que las chicas más populares no pudieran involucrarse en su búsqueda.

La noche anterior, Himiko había discutido a gritos con Yu-chan cuando la otra chica la llevó con mentiras a una habitación de hotel. Himiko había asistido con la intención de compartir otra noche con Yu-chan, su Yu-chan, a la que le había dado su primera vez, pero la otra chica le había concertado un encuentro con un hombre gordo y de pelo graso qué, lejos de encender algo en Himiko, le provocó arcadas.

Yu-chan se rio al ver su mueca de desagrado y trató de agarrarla por los hombros. Trató de convencerla de acercarse a ese hombre, le susurró palabras bonitas al oído, le habló de un “nosotras”.

Himiko se apartó con un golpe sordo y una rabia que rugía dentro de ella. Yu hablaba con el mismo tono que su madre usaba cuando la convencía de que hacían cosas por su bien, para que fuera una chica normal, sumisa, dócil, manejable.

Después de eso, Himiko se apartó del grupo.

Escogió un callejón frente a un izakaya y esperó. Su uniforme escolar, que no era suyo realmente, había perdido el suyo cuando perdió el cuerpo de Saito, no tardó en llamar la atención de un grupo de universitarios.

Himiko se pavoneó falsamente por la atención. Eran atractivos, cualquiera de los tres podría sofocar su hambre. Tragó saliva ante la expectación, esa noche iba a atiborrarse de sangre.

Pero no calculó bien.

Esperaba que solo uno de ellos se acercara a ella, no los tres.

Sus poses amenazantes y sus sonrisas perversas, de alguna forma, les había quitado atractivo. Sin embargo, Himiko estaba desesperada y no cambió el plan. Se adentró con calma en el callejón y procuró tener a mano su navaja.

Algo se instaló en su estómago, algo diferente al miedo, cuando uno de ellos acercó su rostro al suyo. Con su boca tan cerca del cuello del hombre, Himiko consideró guardar el cuchillo y, en su lugar, clavarle los colmillos en la yugular.

La escena había cambiado. Sus rostros se habían desdibujado hasta no ser más que piel vacía con sonrisas. Himiko tenía hambre, tanta hambre que su saliva comenzaría a gotear en cualquier momento. Himiko estaba hambrienta. Deseaba sangre, pero no su sangre.

Entonces, cuando uno de ellos la presionó contra la pared con un muslo entre sus piernas y Himiko se preparaba para apuñalar, algo cambió.

Himiko apenas fue consciente de la luz de la linterna apuntando a su dirección, pero ahora, reviviendo la escena como una espectadora atrapada en el margen, fue capaz de ver más allá de su necesidad.

Quitó la vista de sí misma cuando un bastón keibo golpeó las paredes de hormigón y los universitarios huyeron y la dejaron recostada contra la pared.

Himiko casi podía sentir la sensación fantasma de la empuñadura entre sus dedos. Recordaba el temblor que la dominó cuando se fueron. Como un alcohólico al que le quitan el licor, a Himiko la dominó una rabia ciega.

—Estúpidos y cobardes— espetó la mujer apagando su linterna.

Ahora que Himiko podía verse a sí misma, entendió que era lo que ella había visto: una chica joven en un callejón rodeada de hombres mayores que ella. Una chica que seguía temblando incluso después de que se fueran.

—¿Te encuentras bien, querida? —Tenía voz amable y, si Himiko hubiera estado consciente, se habría derretido por la calidez y preocupación dirigida a ella.

Pero no lo estaba.

Himiko se vio en cámara lenta. Se vio empuñar su navaja y el filo de la hoja perderse en el abdomen de la mujer. Vio sus ojos abrirse por la sorpresa y como el inocente azul de su uniforme se teñía de rojo.

Himiko corrompió la tela con la sangre espesa y caliente que salpicó cuando retiró la navaja. La corrompió, pero, para Himiko, significó llenarse de amor. Oh, cuánto amaba la sangre y, si la hubiera cazado a ella en vez de a los universitarios, también la habría amado.

Cuando la sangre de la oficial comenzó a gotear sobre el hormigón, Himiko decidió que había visto suficiente. Se dio la vuelta y caminó por Kabukichō con el sonido de su boca succionando y los quejidos silbantes de sus pulmones colapsando.

Himiko estaba hambrienta y ella seguía viva cuando comenzó a atiborrarse.

Esa noche, Himiko se vistió de oficial de policía. Tomó su identidad, sus documentos, abandonó el celular y tomó el primer tren a Yokohama. No supo sino hasta más tarde, cuando su rostro apareció en las pantallas de un noticiero, que la oficial Hitose Urara había salido recientemente de la academia.

Sus pasos resonaban en el silencio mientras recorría el Shinjuku onírico de sus memorias. Una brisa antinatural llenó su entorno de niebla y humo cuando dejó de pisar cemento y en su lugar encontró césped cuidadosamente recortado.

Lo ignoró y siguió caminando aun cuando el pasto fue reemplazado por matorrales y el suelo liso por tierra inestable. La luna brillaba alto en el cielo, los árboles se movían con suavidad y el picor fantasma del humo de Mustard le indicó donde cuando se encontraba.

A Himiko no le agradaba Mustard, era un bicho raro y deprimente qué siempre le irritaba las fosas nasales y la hacía estornudar. No diría que lo odiaba, era, aunque momentáneo, su compañero de la liga. Por eso, reconoció casi inmediatamente el leve ardor de sus ojos.

Allí, de pie en medio de una burda representación del bosque del ataque al campamento, Himiko casi esperaba verse emboscar a Ochako y a Tsuyu.

Pero estaba sola. Era como si volviera a tener cinco años, tratando de recordar el camino a casa desde el pequeño bosque a unas cuadras de su casa.

Se preguntó, algún tiempo después, cuánto tiempo llevaba de piel allí mientras la niebla y el humo se pegaba a su piel de forma antinatural. Hacía tanto frío y comenzaba a temblar. Se preguntó si las llamas de Dabi qué ardían a unos metros o si el veneno de Mustard acabaría finalmente con su existencia onírica o si tendría que ver toda su vida, fragmentada y anacrónica, antes de eso.

No había visto a Saito, su primer encuentro con la liga, a Jin…

Tampoco a la perra de Kizuki.

Himiko siguió rondando por el bosque hasta detenerse frente a una pared de tierra. Había un círculo casi perfecto a su alrededor, con grandes árboles que lo cubrían todo y que la encerraban contra la pared. A sus espaldas, la niebla, el humo, el veneno, se materializaba de forma extraña. Era sólido, líquido, gaseoso y se esparcía por todas partes.

Estaba atrapada. El final la encontró sola.

Se dejó caer contra la pared y se deslizó por la dura piedra hasta sentarse sin preocuparse por la gravilla que arañaba su espalda sobre su ropa. Himiko era consciente que, del otro lado del muro, el sol comenzaba a ocultarse. Iba a morir sola, atrapada y engullida por la oscuridad.

La sustancia que surgía desde la oscuridad del bosque comenzaba a rodearla como una piscina de llenado lento. Todo se acumulaba debajo de sus piernas, era húmedo y espeso, como un barrial después de la lluvia. Casi esperaba verse rodeada por un mugriento color café, en cambio, se encontró parcialmente sumergida en un líquido cristalino que, al abrazar su piel, desintegró su ropa también.

Parpadeo aletargada cuando el agua se oscureció. Himiko pensó que la oscuridad había brotado de sus poros, purgando sus errores. Purgando su existencia.

Se equivocó.

La oscuridad era una sombra proyectada desde arriba, desde algún punto sobre la gran muralla de piedra. Trató de levantarse de su improvisado lecho de descanso, pero se encontró atrapada en el barro que la jalaba devuelta a la tierra.

Incapaz de hacer algo más que respirar con lentitud, con la boca seca y pastosa, Himiko se dejó caer a la derecha en un intento de ver que, quién estaba allí arriba. El líquido cristalino salpicó en todas las direcciones y el rostro de Himiko quedó parcialmente sumergido.

Bajo la superficie del agua, el rostro de Himiko se sintió ajeno, como un cuerpo desconocido presionado contra el suyo. Aun así, levantó la vista con su único ojo visible y, al seguir el empinado camino hacia arriba, vio a alguien de pie.

Ese alguien extendió el brazo por el borde del acantilado y, con un solo movimiento sobre la piel, comenzó a sangrar. El elixir de la vida comenzó a brotar a borbotones, entregado de forma voluntaria para ella y tiñendo su estanque con rapidez.

Himiko sentía el pulso de esa sangre rodearla, abrazarla con una calidez que nunca había sentido antes. Sin poder evitarlo, ni quería hacerlo, Himiko abrió la boca y dejó que el líquido escarlata la llenará.

Un fuego ardiente la encendió desde adentro y se extendió por sus extremidades como una fuerza desconocida. Al momento siguiente, Himiko comenzó a flotar. Comenzó a elevarse desde su torso como un títere sin extremidades. Himiko se sentía libre, etérea, gracias al regalo carmesí. Tenía que agradecer, mostrarle su amor.

Al momento siguiente sus pies tocaban el suelo de la cima y Ochako le tendía una mano.

—Ya es hora, Himiko. —Su voz era dulce. El viento le apartaba el cabello con elegancia y dejaba ver sus profundos ojos tan oscuros como el abismo y, al mismo tiempo, tan claros como la miel.

Himiko aceptó su mano. La punta de sus dedos eran suaves, como las almohadillas de un gato, pero el resto de su mano era firme y callosa. Usaba su traje de héroe. Himiko lo entendió entonces.

—¿Vendrás conmigo? —sintió su voz quebrarse y un nudo en su garganta que casi no la dejaba respirar. Himiko tomó su decisión, lo sabía; su guerra había terminado, se está muriendo, pero Ochako seguirá respirando.

—Te alcanzaré algún día. —Himiko parpadeó para contener las lágrimas y de repente no era Uravity haciendo una promesa sino una niña pequeña de manos suaves y ojos curiosos.

Ella misma era una niña también, aferrándose con fuerza a la mano ofrecida mientras los rayos del sol calentaba su piel desnuda y el aire revolvía su cabello.

Una mano acarició su cabello cambiando su posición para abrazarla.

—Está bien llorar, Himiko.

Y fue como si una presa se abriera. Todo el dolor y confusión arraigados en su corazón se desbordó en gruesas lágrimas saladas. Ochako no paró de hablar mientras la dejaba llorar, le prometió tantas cosas y Himiko le creyó.

Solo cuando ya no quedaban lágrimas y el sol brillaba en lo alto del cielo, Himiko se apartó.

—Te estaré esperando. —pronunció aquellas palabras desde el corazón, con una devoción que no buscaba poseer.

Ochako, otra vez Uravity, asintió con solemnidad y Himiko se soltó. Se permitió flotar hacia el sol.

Himiko dejó el mundo, el real y el onírico, el último día de la guerra. Dejó su legado en buenas manos y se permitió finalmente descansar.