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Todo estaba tan bien arreglado que no parecía que, hace un día, el salón de la Academia Tracen hubiera estado en un vacío blanco, únicamente acompañado por un par de mesas largas sin manteles. Los candelabros suspendidos en el alto techo, con su cálida luz, proyectaban las sombras de los asistentes. Risas agradables y el eco de charlas ajenas llenaban el lugar, mientras que algunas parejas se encontraban moviéndose en el centro al compás del vals que sonaba por los altavoces, con faldas de elegantes vestidos hinchándose como flores al girar.
El baile anual bien podría ser uno de los eventos qué más esperaban las estudiantes. Dejaban un rato de lado la adrenalina y dureza de las pistas para sumirse en un ambiente más tranquilo y sofisticado; algunas, si es que lo tenían, era su oportunidad de poder bailar con la persona que se había robado su atención o su corazón, y otras simplemente aprovechaban para presumir sus trajes de gala.
Sin embargo, este año hubo un pequeño cambio. Y ese cambio era la razón por la que absolutamente todas lucían máscaras, llenando la sala de un mar de colores variados y figuras extravagantes. Nadie sabía el porque de dicha decisión, pero daba igual, pues fue recibida cómo un té caliente en pleno invierno. Y claro, una de las más emocionadas con la idea tenía que ser Mayano. Había pasado noches fantaseando con éste día, con ese toque victoriano y antiguo que no se había visto en bailes anteriores. Y esa imagen era la justa que se presentaba frente a sus ojos, sólo que había un pequeño problema...
—¿Me concedes está pieza?
—Con mucho gusto.
Cuando las manos se entrelazaron y encontraron el momento justo, comenzaron a bailar. Mayano escudriño la figura de su acompañante. El tono rojizo de su vestido contrastaba con el suyo propio, que era de un color crema. Tenía las mangas abombachadas hasta el antebrazo, y el cuello cuadrado dejaba relucir un bonito collar con un diamante en forma de flor. Al igual que las demás, su rostro estaba cubierto por una máscara: era de carnaval, ocultando la parte superior de su rostro, haciendo juego con el color rojo de su vestido; los bordes eran dorados, creando figuras que se enroscaban con una fluidez que la hacía parecer hecha para alguien de la realeza.
Aún así, Mayano la reconoció desde el momento en que le ofreció la mano.
—Hey, ¿estas bien? —preguntó Laurel luego de hacerla girar —te notó un poco desanimada.
Mayano negó suavemente, dejando que su mano descansará nuevamente en el hombro de la muchacha. —¿Que cosas dices? Me la estoy pasando de maravilla.
Laurel no siguió presionando, simplemente asintió y continuó marcando el calmado paso. Aunque Mayano sabía que no estaba satisfecha con esa respuesta.
Bueno, de maravilla maravilla no se la estaba pasando. No la malinterpreten, la decoración, ese sentir cómo si estuvieran en una fiesta antañera en venecia, todo era increíble. La directora y quienes apoyaron realmente se habían lucido. El problema de Mayano era algo más... Personal.
Desde que tenía memoria, había visto un montón de películas que trataban el tema de bailes de máscaras. Un evento que invitaba al misterio y anonimato total. Era una de las cosas que más tenían prescencia en su cerebro. La idea de un salón, iluminado por los tonos suaves de lámparas de araña, con la vista de la Luna colándose por los ventanales, mientras que parejas giraban y giraban, todas irreconocibles por los antifaces; entonces llegaría una figura misteriosa, de la cuál Mayano no sabria ni su nombre ni su edad. Bailarían por la única razón de que realmente le pareció interesante a simple vista; no habrían etiquetas, simplemente... Conocer a la persona desde lo que realmente es. Que alguien la mire y le guste aunque no la conozca. Mentiría si dijera que no pasaba noches soñando con ese romántico escenario cada vez que terminaba una de esas películas.
Y he aquí su, probablemente, ya obvio problema. Primero, materializar algo así era prácticamente imposible en una Academia, y segundo, Mayano conocía a casi la mitad del alumnado. Su personalidad naturalmente extrovertida le estaba jugando en contra. He incluso, aún con las máscaras, parecía que todas estaban aún más reconocibles que nunca. Que irónico.
Cuando finalmente se separó de su pareja de baile (Laurel decidió que tenía sed y fue a buscar algo para tomar), Mayano apoyó la cadera en algúna de las muchas mesas, con los brazos cruzados y una mirada que, si no fuera por su propia máscara, habría delatado un ceño bastante fruncido. Los asistentes se movían cómo sombras envueltas en terciopelo y tul, completamente ajenas al descontento infantil de la muchacha.
Desvío la mirada a su derecha. A lo lejos pudo divisar a Fuji Kiseki, quién, a pesar de su elaborada careta de bufón, con esa manera tan teatral de gesticular al hablar, inmediatamente se le caía todo el misterio. Más en el centro, bailaba una figura de traje color verde oliva con otra de un lindo vestido de tono vino. La más alta, la del traje, tenía un antifaz de medio rostro que no se esforzaba para nada en ocultar esa mirada seria pero cálida que tanto caracterizaba a Symboli Rudolf. Y su pareja, con una máscara sencilla adornada con un moño voluminoso en la esquina, Mayano rápidamente la identificó cómo Maruzensky. Tenía una manera de tocar a la otra que te dejaba en claro que ambas estaban saliendo.
Y, Dios, incluso Bakushin, con esa máscara de carnaval que le cubría todo el rostro. En el momento que su risa estruendosa llegó a los oídos de Mayano, con esa pose de manos en la cintura y la cabeza ligeramente alzada, era imposible no darse cuenta de quién se trataba. Fue así cómo pasaron diez minutos en los que se dedicó a ir destapando de una en una las identidades de cualquiera que se colará en su campo de visión, tarea que resultó mortificantemente fácil.
El suspiro pesado que escapó de sus labios se fundió con la música. Tomó una de las copas de la mesa, girandola cuidadosamente con los dedos hasta que el líquido claro género un pequeño remolino. Se lo llevó a los labios, tomando apenas un sorbo. Incluso el sabor del jugo le pareció aburrido.
—Que fastidio... —mascullo para si misma, terminándose la bebida de un rotundo trago y dejando la copa de vidrio olvidada en un punto aleatorio de la mesa
Se sentía estúpida. ¿Realmente se estaba amargando la noche sólo por que su ridículo sueño no se pudo presentar? Definitivamente se estaba comportando cómo una niñita en lugar de la mujer adulta y sofisticada que muchas veces se ha creído.
Se pasó las manos por la falda, sacudiendola aunque no estuviera sucia. No había pasado dos noches luchando contra las plumas y la pintura con el fin de arreglar su antifaz para simplemente quedarse en una esquina cómo si fuera misteriosa, esperando algo que claramente sabía que no llegaría desde que cruzó las puertas del salón. Probablemente iría, charlaria con algunas amigas o le pediría a alguna de las inalcanzables un baile sólo para presumir si es que le salía bien la jugada. Si, definitivamente haría eso.
Pero sus piernas no se movieron, su cuerpo se quedó quieto en su sitio. El ambiente se tornó extraño de repente. Lo único que si se movió fue su cabeza, buscando con la mirada a la repentina prescencia que sintió a su lado.
Era alta, unos pocos centímetros más que ella. Llevaba puesto el chaleco gris y la chaqueta negra de gabardina bien acomodados, cómo si apenas acabará de entrar y no hubiera tenido ni un solo baile con nadie. El moño Jabot que se sostenía alrededor del cuello de ala de la camisa caía delicadamente sobre su pecho. Un sencillo antifaz de terciopelo solapaba la parte superior de su rostro; y un sombrero de copa baja descansaba cómodamente sobre su cabeza, adornado con una blanca pluma que se mecía con cada movimiento. Parecía sacada de un libro antiguo.
Mayano la observó, desde los zapatos de vestir hasta la pluma del sombrero. Y... No la reconoció, de ninguna manera, ¿quien era está? Entonces, una mano enguantada en terciopelo negro se extendió en su dirección, con la palma arriba. Una invitación muda.
—... Claro, no hay problema —respondió, aunque la enmascarada no había pronunciado ninguna palabra.
Su mano se posó sobre la ajena, y los dedos que se cerraron alrededor de ella lo hicieron con un cuidado que casi parecía un roce. La guió por entre los círculos que se mantenían entretenidos con charlas triviales y esas que simplemente observaban a las parejas bailar. Cuando llegaron al centro, la tomó suavemente por la espalda, su mano presionandose apenas contra el omoplato derecho de la más baja. Mayano dejó que su mano libre descansará sobre su hombro con una repentina timidez.
Un vals nuevo empezó a sonar, más movido y ameno que los anteriores. Primero movió un pie, Mayano siguió el movimiento, y pronto comenzaron a moverse al son de la música. Un, dos, tres, un, dos, tres. Daban pasos largos, girando en círculos sobre si mismas. La enmascarada alzó el brazo, haciendola girar. La falda del vestido de Mayano trazó círculos en el aire.
—Y... Digame, ¿cómo se llama? —pregunto al terminar la vuelta, con la confianza recuperada. Sin embargo, la otra chica sólo se limitó a encogerse de hombros. No le des importancia. —hmm, así que es de las que no hablan mucho, ¿eh?
Nuevamente, sin respuestas, sólo otro giró. Mayano entonces se concentró en cerrar la boca y desviar su atención a algo diferente. Ahora que la tenía más cerca, podía notar la cascada de cabello que caía por detrás, después del ala del sombrero; era de un bonito rojo cobrizo, algo ondulado, y descansaba suavemente a la altura de los hombros.
Rojo cobrizo... Habían varias chicas que Mayano conocía con ese tono de cabello, o simplemente las había visto y sabía sus nombres. Y ninguna, realmente, le parecía capaz de estar detrás de ese traje. ¿De verdad hace tan solo unos minutos se había estado quejando porque justamente ésto no le estaba pasando? El mundo a veces resulta ser extraño. Pero no tenía intenciones de pensar mucho acerca de aquello.
En un momento, la música llegó a un punto un poco más rápido, con vueltas donde debías tener cierta presicion o probablemente te irías de boca contra el suelo. La misteriosa uma guiaba a Mayano con cuidado y agilidad. Entonces la tomó suavemente de la cintura, con ambas manos, flexionando las rodillas antes de elevarla del suelo con fuerza controlada; Mayano se agarró firmemente de sus hombros mientras giraban juntas un par de vueltas, la falda ondeando un poco, antes de quedarse quieta.
Sus pies tocaron finalmente el suelo, los cuerpos un poco más cerca que antes, y se sintió mareada. Pero no un mareo malo, era cómo una embriaguez que le invadía todo el cuerpo, desde el cuello hasta la punta de los pies. Tuvo que tragar saliva, rezando que el leve rosa de sus mejillas no fuera tan evidente.
Otra vuelta, más corta, pero está vez no terminaron frente a frente. La pelirroja la atrajo hasta que su espalda se presionó contra su pecho. Una mano en la cintura, la otra extendiendo los brazos mientras se desplazaban. Mayano logró sentir un latido contra su omoplato, para nada tranquilo. Pum, pum, pum. No pudo evitar seguir el pulso mentalmente; hasta que el fresco regreso a su espalda, y volvieron a la posición básica.
—Hey, su corazón está algo acelerado —comentó con una sonrisa pícara, sin poder guardárselo — ¿está nerviosa, señorita?
Un ligero apretón en su mano, y una risilla se escapó de sus labios. Eso tampoco es importante. — Oh, vaya vaya, está bien, no digo nada más, señorita misteriosa.
Las palabras jamás llegaron, pero Mayano pudo notar cómo sus labios se curvaban en una pequeña sonrisa, y casi jurar que rodó los ojos detrás de la máscara con diversión.
No podía explicarlo bien, pero de alguna manera se sentía... Familiar; cómo si conociera perfectamente a esta aparente desconocida desde hace tiempo. Había algo en su manera de moverse, quizás en el suave olor de su perfume, que la tenía desconcertada. Pero ningún nombre llegaba a su cabeza, ni una sola imagen mental de un rostro conocido. Probablemente ya había quemado varias neuronas intentando hayar la identidad de aquella chica trajeada.
O, simplemente, de verdad era una completa extraña... Eso tampoco le sonaba mal.
La música se fue apagando con lentitud.
Y su espalda empezó a descender hacía atrás, sostenida firmemente por una mano para que no tocará el suelo. El cuerpo de la enmascarada se inclinó sobre el suyo, con las manos libres entrelazadas, extendidas en el aire. Sus rostro quedaron a tan escasos centímetros que las respiraciones agitadas se mezclaron. Mayano, por primera vez en la noche, se fijó en sus ojos. Apenas se notaban por los huecos perfectos de la máscara, y la sombra que proyectaba el ala del sombrero los oscurecía. Eran de un... ¿Gris claro, quizás?
Lo que si sabía es que la estaban mirando con una intensidad que le calentó la sangre y la hizo querer gritar... Sus propios orbes ámbar se movían en todas direcciones, incapaces de sostener esa mirada que parecía detener el tiempo; cómo si, en lo profundo de sus pupilas, no existiera algo más que Mayano...
La música acabó, dándole el paso a otra con fluidez. Pero la posición se mantuvo, tan solo unos segundos más. Era cómo si ella realmente no quisiera apartarse.
Eventualmente, la enmascarada incorporó a Mayano con el cuidado que llevaba usando desde que sus manos se tocaron por primera vez. Cuando estuvieron erguidas, dió un paso atrás, soltando su mano y su cintura. Mayano sintió un vacío repentino en ambas partes del cuerpo, pero no le prestó mucha atención a eso. Su mirada ahora estaba pegada a la figura contraria, cómo si acabara de caer en un trance. Ni siquiera se dió cuenta que sus labios estaban entre abiertos. La pelirroja, por su parte, metió la mano enguantada en la solapa de su chaqueta.
De ella extrajo una rosa. Sus pétalos se abrían en una espiral orgánica, cómo los movimientos de un torbellino contenido. Daba pinta de estar recién cortada. Carecía de espinas, y el tallo sostenía a su alrededor una cinta de raso granate con forma de lazo.
Mayano volvió en si cuando dicha flor fue empujada suavemente en su dirección por la mano enguantada de la muchacha. La observó unos segundos, cómo si se tratará de algo completamente nuevo y no una simple rosa. Bueno, talvez era una simple rosa, pero el gesto, de quién venía, no era nada simple. La rosa también era hermosa, y... Daba igual, la tomó con ambas manos antes que su mente pudiera reaccionar.
—Gracias... —por un momento le molestó lo débil que sonó su voz.
Incluso el bullicio de la música y las voces mezclándose se volvió borroso en su cerebro. No podía prestarle atención a nada más que no fuera la frágil flor entre sus manos. Y tal vez por esto no se dió cuenta de los pasos que se acercaban hacía ella, ni cómo la distancia se reducía, hasta que sintió algo cálido presionandose contra su mejilla; unos labios se posaron en el lugar exacto donde acababa el borde de la máscara y comenzaba la piel.
Un segundo. Sólo uno... Se sintió como un minuto entero.
Ella se separó, lentamente. Hizo una corta reverencia, con un brazo en la espalda y la mano sobre el pecho. La pluma del sombrero tembló con el movimiento. Parecía sacada de alguna de esas películas que a Mayano tanto le encantaban ver.
Y cuando se incorporó, sumida en silencio, se dió media vuelta y comenzó a alejarse.
—¡Espera! —un grito que solo pareció llegar a los oídos de la enmascarada, pues pocos se molestaron en prestarle atención a la uma del cabello naranja —¿ni siquiera me dirás tú nombre...?
La pelirroja la miro por encima del hombro. Negó, tranquila, con un atisbo de sonrisa en el rostro, antes de fundirse entre la multitud de trajes y máscaras, cómo si siempre hubiera pertenecido ahí y nunca hubiera significado algo importante, al menos, en la vida de alguien esa noche.
Esto...
Mayano se quedó parada en medio del salón, con algo formándose en sus labios que solo podía describirse cómo la sonrisa más estúpida y boba que ha tenido en mucho tiempo.
Es justo lo que quería...
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Los pasillos de la Academia estaban prácticamente desiertos. Sólo unas pocas estudiantes que iban y venían, u algunas parejitas con sonrisas cómplices que seguramente serían capturadas por Tazuna donde fuera que se escondieran, aunque ese no es el tema.
La música poco a poco dejaba de sentirse tan fuerte, siendo apenas un murmullo en la distancia. Lo único que llenaba el ambiente era el sonido de unas suelas de zapato golpeando contra el suelo; un sonido casi metálico que se escuchaba apresurado.
Miró hacía atrás, luego al resto de pasillo que le quedaba enfrente. Cuando sintió que realmente estaba sola, pegó la espalda contra la pared, dejándose caer hasta sentarse en el piso.
Se retiró los guantes con manos que no paraban de temblar. Pasó los dedos, ahora desnudos, por el ala del sombrero, antes de sacárselo con un suspiro y tirarlo a su lado. El flequillo se amontono en su frente; dos remolinos de pelo castaño rojizo también lo acompañaron. Respiró hondo, mucho más de lo que pretendía, y luego exhaló, rápido, desinflandose cómo los globos.
—Oh, Diosas... ¿En que estabas pensando? —se dijo Nature para sus adentros, agarrando un puñado de su cabello cobrizo con ambas manos y pegándoselo a las mejillas —casi te desmayas ahí dentro...
La había escuchado hace una semana. En ese entonces, se estaba secando el cabello en el baño, pero podía escuchar la conversación que tenían su compañera de cuarto y Mayano. Ambas chicas simplemente no sabían bajarle el volumen a sus enérgicas voces.
"¡Será genial!, ¡el hecho de que hayan decidido hacer algo diferente para variar me parece maravilloso!" había exclamado Marvelous.
"¡Lo sé, lo sé! Ay, suena tan encantador... Los bailes de máscaras son hermosos. ¿Te imaginas que sea como en las películas, y una completa desconocida te saqué a bailar?" fué la respuesta de Mayano
"Tal vez, aunque definitivamente no me gustaría que mi "dama enmascarada" terminé siendo una chica que sepa bailar. Me moriría de la vergüenza si le piso los zapatos" ambas se rieron, cambiando a otro tema al que Nature no le prestó atención.
Esa conversación se quedó pegada a su cerebro cómo un zumbido molesto que aparecía cada vez que alguien mencionaba algo acerca del baile, que era, prácticamente, casi todos los días. No entendía porque le importaba tanto. Mayano era... Mayano, y era normal en ella tener esos deseos juveniles y fantasiosos; la había escuchado miles de veces salir con cosas similares, ésto era casi o perfectamente igual a cualquier cosa suya que haya dicho con anterioridad.
Sin embargo, supo que las cosas no seguirían el rumbo que esperaba en el momento que cruzó esa puerta. Su objetivo era fácil, buscar una máscara sencilla que se acoplara al vestido que tenía pensado usar, nada extravagante. Sólo quería ir, charlar un poco, tal vez bailar; no tenía otra idea más que la de pasar una noche bonita, cómo en todos los bailes anuales a los que ha asistido. Por eso mismo fue a aquella tienda.
Pero entonces se quedó observando una máscara de terciopelo que tenían colgada. Luego la tomó entre sus manos. Recordó vagamente una serie que había visto hace algún tiempo, donde en uno de sus capítulos trataban un baile de máscaras. La vestimenta del protagonista volvió a su cerebro de golpe, como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre. La giró un poco, deslizando las yemas por la suave tela.
Y definitivamente nada fué cómo lo tenía planeado cuando salió del local con ese antifaz negro y no una simple máscara de cartón piedra.
El sombrero lo encontró en una tienda de disfraces, y sólo tuvo que agregarle la pluma. Un amigo de su madre le prestó el traje, y para su suerte, el hombre era solo unos cuantos centímetros más alto que ella. Las cosas le llegaron con una coincidencia que le pareció absurda.
Se miró en el espejo, ajustándose los guantes. Se preguntó si está sería la peor desición que tomaría en su vida. Pero ya no podía retractarse, y al menos, realmente no se reconocía. Sería una completa desconocida a los ojos de Mayano...
Y vaya que lo fué. Se soltó el cabello, las manos cayendo a sus costados cómo dos pesos muertos. Hecho la cabeza hacia atrás, observando el techo cómo si fuera interesante. ¿Por qué lo hiciste?, esa misma pregunta se había hecho antes de entrar al salón, y mucho antes cuando se probó el atuendo entero. "No tengo idea" se contesto a si misma.
Fue extraño. Cómo si, simplemente, fuera algo que tenía que hacer. Quizás sólo estaba aburrida, y haber escuchado a Mayano hablar tan entusiasmada, sabiendo que ese sueño probablemente no se daría, y que alguien tendría que encargarse de hacerlo realidad... Cerró los ojos, arrancándose el antifaz del rostro. Un sonrojo se extendía por su rostro hasta calentarle los pómulos.
No, la verdad si sabía porque se había empeñado tanto en aquello. Fue por la misma razón qué tampoco se resistió en comprar aquella rosa, o el no haberse abstenido a darle el beso de despedida.
Podría hacerlo yo. Yo podría darle su momento de película había pensado mientras se desenredaba el último mechón de cabello en el baño, pero la idea le pareció tan absurda, tan patética... Prefirió pensar que lo hacía por una razón simple, y no porque había tomado esa oportunidad para calmar un poco su anhelo de, aunque fuera solo una noche, poder saber que se sentía tener a Mayano así, cerca, confiando en ella aunque no supiera quién era.
Aunque no supiera qué, detrás del disfraz, había una chica sencilla a la que veía todos los días y trataba cómo su amiga.
—Todo esté show para poder tener su atención un rato... —soltó un suspiro, tomando sus cosas y levantándose del suelo —je, eres una completa estúpida, Nature...
¿Le diría? No, ni loca. Mayano había conseguido su escenario soñado, no necesitaba saber exactamente que "actriz" se lo había dado. En algún lugar del salón, una rosa seguía presionada contra un pecho, que ocultaba un corazón que no paraba de latir desbocado. Nature sonrió mientras caminaba a su dormitorio, pero no supo exactamente por qué.
