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Aldo lo odiaba.
Eso era lo que se repetía cada vez que escuchaba su nombre en los pasillos, especialmente considerando que repentina toda la Mansión del Norte era amigo de él. Cada vez que alguien mencionaba la segunda derrota, cada vez que recordaba esa mirada tranquila, demasiado tranquila por cierto, especialmente después de vencerlo le hacía hervir la sangre.
Aun recordaba la conversación corazón a corazón que tuvo con Vegetta esa noche, en donde Aldo no se atrevía a mirarlo a los ojos, se sentía avergonzado y totalmente derrotado, ¿cómo defendería al Norte en estas condiciones?, aun recordaba como las manos delicadas de Vegetta recorráan todas sus heridas con un paño húmedo, hablando calmadamente de lo bien que lo hizo y que no todo era una pelea de espadas, esta vez el Norte ganó mucho más.
Aldo no entendía a qué se refería. Solo sabía que había perdido. Dos veces.
Lo peor de todo es que Ash no celebraba. No presumía. Solo… ganaba. Eso lo encontraba aún más irritable porque no le daba razón a Aldo de tomar una revancha, se sentía como si solo a Aldo le importase.
Y eso lo hacía peor.
Aldo no dormía desde entonces.
Entrenaba hasta que las manos le sangraban, hasta que el cuerpo le temblaba. Porque fallar no era una opción, no para alguien que había jurado proteger, no para alguien que vivía para no decepcionar. No para alguien que cargaba un título tan importante, alguien que cargaba con mucha responsabilidad sobre sus hombros.
—
Es así como el tercer encuentro no fue planeado.
Aldo estaba caminando buscando Netherita para poder mejorar sus herramientas, sus armaduras, todo realmente. A lo lejos vio las partículas moradas moverse rápidamente saliendo de una gran estructura, difícilmente no reconocerlo considerando que lo tenía tan cerca, Aldo corrió para entrar a la estructura y agarrar lo que tuviera que sacar de allí lo más rápido posible, no estaba con las ganas de encontrarse con él.
Pero claramente como todo le salía mal últimamente, cuando estaba a punto de subirse a su barco para salir de allí, vio como una sombra se acercaba y las mismas partículas moradas de antes se acercaban a través de lo que pudo ver de reojo. Suspiro fuertemente y preparó su espada en mano.
— Te demoraste más de lo que pensé — Comentó Ash en cuanto estaba frente al de gorra.
— Otra vez tú — gruñó Aldo, con la respiración pesada. — ¿Qué quieres? Estoy ocupado.
— Yo estoy aburrido, pensaba que ganarte una tercera vez podría alegrarme este aburrido día — Comentó, sacando a relucir su espada que ya Aldo conocía bastante bien.
— Este pendejo. . . — Murmuró para sí mismo, mientras checaba que todo lo necesario lo tuviera a mano.
— Esta vez no le contaré a nadie lo que pase aquí, no sufrirás ninguna vergüenza al ser derrotado una tercera vez.
Aldo realmente no aguanto seguir escuchandolo por lo que se lanzó contra él rápidamente, sin pensar de más. Una decisión realmente impulsiva.
Aldo peleaba con todo lo que tenía: rabia, orgullo, miedo. Cada golpe era más fuerte que el anterior, cada movimiento más desesperado. Porque para Aldo no era solo una pelea.
Era redención.
Era demostrar que podía ganar.
Era demostrar que no era… insuficiente.
Ash, en cambio, era precisión. Frío. Calculador. Como si cada paso ya estuviera decidido antes de que Aldo siquiera lo pensara.
Y eso era lo que exactamente hacía enfurecer a Aldo.
— ¡Deja de mirarme así! — escupió Aldo, empujándolo hacia atrás.
— ¿Así cómo?
— ¡Como si ya supieras que vas a ganar! ¡Como si me conocieras estupido!
Ash no respondió de inmediato.
Solo lo miró.
Y por primera vez… algo cambió.
— No — dijo finalmente, en voz baja. — Te miro así porque no entiendo por qué sigues levantándote, sigues peleándome.
El golpe de Aldo se detuvo a centímetros de su rostro.
— ¿Qué?
— Pierdes. Te rompes. Vuelves. — Ash frunció levemente el ceño. — Es… extraño.
Aldo soltó una risa amarga. — Se llama lealtad.
— Se llama obsesión.
— Se llama tener algo que proteger — corrigió, con los ojos brillando. — Algo que tú claramente no entiendes.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
Ash bajó ligeramente la espada y se alejó unos centímetros. — Mmmh, tienes razón. No lo entiendo, no te entiendo.
Aldo parpadeó, sorprendido, no entendiendo que estaba pasando tampoco. Ash cambió completamente su postura ya no estaba en guardia, incluso guardo su espada y se volteo para poder sentir el viento que estaba colándose entre ellos.
Aldo, cautelo hizo lo mismo, guardando su espada y mirando de reojo a su contrincante. — Entonces ¿por qué peleas? — preguntó repentinamente.
Ash lo observó como si esa pregunta fuera más peligrosa que cualquier espada. — Porque es lo único que sé hacer.
No había orgullo en su voz. Ni desafío.
Solo… se sintió vacío.
Hubo un silencio abrumador entre los dos, ninguno sabía que decir realmente al respecto, repentinamente se sentían demasiado expuestos.
— ¿Por qué usas esos lentes negros? — Cuestiono repentinamente Ash.
Aldo lo miró totalmente extrañado, qué tipo de pregunta era esa en un momento como este.
— Uhm. . .porque me gustan — Respondió Aldo dudoso, ¿acaso era una pregunta trampa o que?
— ¿Puedo ver tus ojos?
Ahora si Aldo quedó totalmente desconcertado y helado en su posición, sacó su espada lentamente mientras volteaba a ver a Ash. Al ver que este seguía mirando hacia algún lado al horizonte observo a todo a su alrededor.
— No es necesario que estés paranoico, solo me dio curiosidad cómo son tus ojos, debes cargar con una pasión enorme y en tus ojos se debe reflejar todo eso, sé que mis ojos se ven vacíos, me lo han dicho muchas veces.
— Sabes, tengo una prima lejana que hace terapia, te puedo pasar su número o algo, no te estoy entendiendo ni vergas.
Ash se soltó una carcajada y observó a Aldo lentamente.
— Me estas asustando más así, que cuando quieres buscar pelea — De todas formas, Aldo busco un papel en su mochila rápidamente. — Ten este es el número de Melissa, quizá ella te puede ayudar, estas pinche loco.
Ash tomó rápidamente el papel, pero agarró la muñeca de Aldo sin soltarla pero tampoco diciéndole algo, solo se quedó unos minutos en silencio mientras lo observaba detenidamente.
— Pinche loco, yo me voy, me deben estar esperando en la Mansión.
Y sin más, Aldo se alejó para poder tomar su piedra morada y llegar en segundos a casa.
— Pinche Aldo, ¿por qué llegas tan tarde? — Comentó Molly saliendo de su habitación al verlo llegar. — Ay ¿por qué estás tan rojo?
Aldo se quedó en silencio unos segundos. — Hace calor — respondió seco, pasando de largo a su habitación.
Molly entrecerró los ojos.
— Estás raro.
— Siempre estoy raro.
— No, hoy estás más raro. ¿No me vas a contar como te fue? Siempre me traes un regalo de las Dungeon. . .
— Estoy cansado, buenas noches.
Aldo siguió caminando hacia su habitación, cerrando la puerta más rápido de lo normal. Apoyó la espalda contra esta y soltó el aire.
Su muñeca aún sentía el calor del agarre.
— Pinche loco… — murmuró, pero esta vez no sonó tan convencido.
—
Pasaron los días. Aldo realmente sintió como si lo de aquel día no hubiera existido, evito a toda costa saber algo que se podría relacionar a él, cosa que era demasiado difícil teniendo en cuenta que al parecer a todo el Norte le caía excelente aquella persona, ahora mágicamente todos eran su amigo y escuchaba susurros de su nombre por toda la mansión.
Pero muy en el fondo sabía. Era difícil no saberlo. Sabía exactamente cuándo Ash venía. Incluso sabía cuánto se quedaba. También sabía que su melliza era la causante de que aquella presencia fuera tan constante en la Mansión. Sabía que Molly lo invitaba siempre.
Por lo mismo, la rutina solía ser muy simple, apenas escuchaba a Molly poner “Blackpink” a través de su televisión, significaba que vendría la visita inesperada, por lo que Aldo se preparaba para salir de la Mansión y se acercaba a su propio territorio, contaba las dos horas aproximadas, donde se dedicaba a avanzar en sus propias creaciones mientras ponía su televisión a todo volumen. Pero ojo, realmente no lo estaba evitando, claro que no.
Lamentablemente esas dos horas, por más que mantuviera su mente ocupada construyendo o con “Twice”, no evitaba lo peor. Lo peor que consideraba Aldo, incluso lo más parecido a una tortura y es que durante esas horas no podía dejar de pensarlo. Repentinamente se encontraba divagando en su voz, en su mirada, o los peores días es cuando se ponía a sobrepensar en la forma en que tomó su muñeca.
Estaba guardando sus últimas cosas en su mochila cuando sintió unos golpes en la puerta de habitación.
— ¿Vas a salir otra vez? — preguntó Molly, apoyada en el marco de la puerta.
Aldo llevó su mochila a su espalda mientras se volteaba para mirarla. — Sí.
— Ash va a venir.
— Mmmh.
— ¿Por qué siempre desapareces cuando él viene? Recuerda que estamos en paz, nos podemos llevar bien.
Aldo suspiró, molesto. — Realmente no me importa llevarme bien con él Molly, pero no lo entenderías, prefieres traicionar al Norte.
— Ay estupido, ya vas a empezar — Molly resopló cansada mientras observaba a su mellizo ajustar todas sus cosas para salir.
Hubo un silencio, entre ellos, ninguno queriendo hablar ante la mención de “traición”, porque sabían que sería una pelea sin final.
— Haz lo que quieras — añadió Molly, encogiéndose de hombros — De todas formas, yo sí lo voy a ver.
Aldo soltó una carcajada sarcástica. ¿Acaso Molly cree que eso le importaba? Pfff
Aunque… no puede evitar esa pequeña molestia que se instaló en su pecho al escuchar ese comentario, eso le molestó más de lo que debería.
— Qué bueno — respondió seco.
Pero no se movió.
— Hoy vamos a estar en el comedor principal — agregó ella, mirándolo de reojo.
Aldo frunció levemente el ceño.
— ¿“Vamos”?
Molly sonrió.
— Sí, Aldo. Vamos.
Aldo apretó la mandíbula. — Haz lo que quieras.
Y se fue. Pero no muy lejos realmente. Su avance en la construcción duró mucho, sus videos en la televisión tampoco. Nada duró. Porque la cabeza le volvía siempre al mismo lugar.
— Qué estupidez… — murmuró, pasando una mano por su cara.
Y sin pensarlo demasiado tomó la piedra morada en su mano mientras veía el nombre de su hogar reflejada, no pensando mucho cuando tomó la decisión de ir hacia allá.
La mansión estaba tranquila… Demasiado. No había nadie en el comedor principal por lo que lentamente subió las escaleras, buscando algo.
Hasta que comenzó a escuchar murmullos a lo lejos desde la terraza, arriba en el último piso. Aldo se detuvo antes de entrar.
Escuchó claramente la risa de Molly, a continuación de una más baja, más contenida. Ash.
— Te juro que Aldo haría eso — decía Molly entre risas.
— No lo dudo — respondió Ash.
Aldo frunció el ceño al escuchar su nombre.
— Es un idiota a veces — añadió Molly.
— Sí.
Pero no sonó realmente como insulto.
Silencio.
— Pero es… — empezó Molly.
Aldo no esperó a escuchar más y entró — Hablan mucho cuando no estoy — dijo, seco.
Ambos voltearon. Molly sonrió al instante.
— Oh, mira quién decidió aparecer.
Ash no dijo nada al inicio. Solo lo miró. Sus ojos se encontraron y pudo sentir aquella adrenalina correr por su cuerpo.
— Molly, ¿tendrás de casualidad mi televisión? no la encuentro por ningún lado — Mintió Aldo, realmente sin saber qué decir.
— Grosero, tenemos visita, primero saluda — Lo regaño Molly mientras negaba con su cabeza y buscaba entre sus cosas por la televisión de Aldo.
Ash ladeó apenas la cabeza. — Estoy acostumbrado a que el Príncipe del Norte no me salude.
— General de Guerra — Corrigió Aldo mientras lo desafiaba con la mirada. — Roier es el único príncipe del Norte aquí.
— ¿Estás seguro mi Prin-
— Aldo no tengo tu televisión por ninguna parte, si quieres puedes revisar en mi habitación — interrumpió Molly sin darse cuenta de la conversación que estaban teniendo.
— No importa entonces, después conseguiré otra. — Aldo volvió su mirada a Molly. — ¿Qué hacen?
— Uhm nada realmente — respondió ella. — Estábamos hablando.
— Ya veo.
Silencio.
Aldo se apoyó en una de las paredes del lugar, pero de cierta manera se sentía incómodo. Porque ahora que estaba ahí…no podía dejar de notar cosas.
La cercanía.
La confianza.
La forma en que Molly le hablaba.
La forma en que Ash escuchaba.
— ¿Siempre viene tanto? — soltó Aldo de repente siguiendo mirando a Molly.
Molly lo miró, resoplando, Aldo podía escuchar como susurraba su tan distintivo “grosero” — Sí.
Aldo asintió, como si no importara. — Bastante tiempo libre.
Ash respondió esta vez. — Hago espacio.
Silencio.
— Bueno, yo voy por agua y comida — dijo Molly, levantándose — No se maten por favor.
Y se fue, Aldo la siguió con la mirada…hasta que desapareció.
Hubo un silencio abrumador entre ellos.
— No sabía que te molestaba — dijo Ash finalmente mientras se levantaba de la silla.
Aldo frunció el ceño. — ¿Qué cosa?
— Que venga.
Aldo soltó una risa seca. — No me molesta.
Ash lo miró, casi soltando una sonrisa. — Te molesta.
— No.
— Sí.
Aldo desvió la mirada en cuanto vio cautelosamente la manera en que Ash se acercaba — Cree lo que quieras entonces.
Ash dio un paso cada vez más cerca. — Mmh.
Aldo apretó la mandíbula. — Se llevan bien.
No era pregunta.
Ash lo observó con más atención. — Sí.
— Demasiado bien para ser de dos facciones enemigas— añadió Aldo.
Ahí cambió algo. Ash entrecerró levemente los ojos. — ¿Eso es un problema?
Aldo dudó. Solo un segundo, pero notorio. — No.
Mentira.
Ash dio otro paso. — Suena como si lo fuera para ti.
Aldo lo miró directo. — Es mi hermana.
Ash sostuvo su mirada. — Lo sé.
— Entonces compórtate — añadió Aldo, más tenso.
Eso sí fue claro. Ash se quedó quieto un momento. Procesando. Y luego…casi sonrió. — Ah.
Aldo frunció el ceño. — ¿“Ah” qué?
Ash bajó un poco la voz. — No es por ella.
— ¿Qué?
Ash se acercó un poco más. — Si me quedo, si vengo hasta acá… no es por ella.
Demasiado cerca. — Entonces ¿por qué? — preguntó Aldo, más bajo.
Ash no respondió de inmediato.
Solo lo miró. — Tú ya sabes — murmuró.
Aldo tragó saliva. — No.
Ash levantó la mano lentamente. Y esta vez…no fue la muñeca. Fueron sus dedos rozando apenas sus lentes.
— Sigues escondiéndote — dijo en voz baja.
Aldo no se apartó. — Y tú sigues viniendo — respondió.
— Sí.
— Idiota… — murmuró Aldo, sin mucha fuerza.
Ash exhaló una risa suave. — Mmh, bastante.
Y esta vez no se separaron.
Porque ya no era un encuentro casual. Era algo que ambos habían estado buscando toda la semana sin decirlo. Aldo llevó su propia mano a los lentes, sus manos rozando hasta que Aldo se detuvo y dudó.
— Si te burlas… te mato.
— No lo haré.
Y entonces Aldo se los quitó. El mundo no se detuvo realmente, pero extrañamente para Ash casi. No dijo nada. No hizo ningún comentario sarcástico. No se rió. Solo lo miró. De una forma distinta, más suave, más real.
— Oh — fue lo único que dijo.
Aldo frunció el ceño.
— ¿Qué significa eso?
Ash negó levemente con la cabeza.
— Nada.
Pero no apartó la mirada.
Y eso hizo que Aldo se sintiera más expuesto que en cualquier pelea.
— Devuélveme eso — murmuró, intentando recuperar el control.
Pero Ash no se movió.
— Tus ojos no se parecen a nada de lo que imaginé.
Silencio.
— ¿Eso es bueno o malo? — preguntó Aldo, más serio de lo que quería admitir.
Ash lo miró directo. — Es peligroso.
El corazón de Aldo se aceleró.
— ¿Peligroso?
Ash no respondió, aunque de todas formas esta vez no hizo falta, porque la distancia entre ellos ya no existía.
Aldo no logró escuchar respuesta antes de sentir los labios de Ash sobre los suyos repentinamente. Su respiración se quedó atascada mientras procesaba, con torpeza, que Ash lo estaba besando. Se dio cuenta demasiado tarde, porque él ya comenzaba a alejarse.
—Perdón, creo que me deje llevar y-
Aldo no lo dejó terminar. Le devolvió el beso con mucha más necesidad, llevando sus manos al cabello de Ash y enredando los dedos entre los mechones mientras, en medio del beso, sentía el suspiro de él perderse dentro de su propia boca.
Sus labios encontraron un ritmo casi inmediato, sincronizándose en cuestión de segundos, mientras Ash lo atraía aún más hacia sí, sujetándolo firmemente por la cintura.
En algún punto, el beso se volvió más profundo, más íntimo, y Aldo no pudo evitar soltar un pequeño gemido cuando sintió la mano de Ash deslizarse por debajo de su ropa. El contacto frío de sus dedos contra su piel le erizó todo el cuerpo.
Se separaron apenas unos centímetros, jadeando. Todo había ocurrido demasiado rápido y, aun así, la sensación era que querían devorarse en ese mismo instante. A Aldo casi se le olvidaba cómo respirar entre todo aquello.
— Eso fue-
Esta vez, fue él quien no pudo terminar de hablar, porque Ash volvió a capturar su boca. Pero ahora el beso se sentía distinto… más desesperado, más urgente.
— ¡YA VOLVÍ!
La voz de Molly retumbó desde las escaleras.
Fue inmediato. Como si alguien hubiera lanzado agua fría sobre ambos.
Aldo se separó de golpe, casi tropezando hacia atrás. Ash soltó su cintura al instante, pero sus manos tardaron un segundo más en reaccionar, como si todavía no entendieran que debían apartarse.
Los dos respiraban agitados. Demasiado.
Aldo buscó sus lentes con torpeza y se los volvió a poner a toda prisa, como si eso pudiera borrar lo que acababa de pasar. Ash se pasó una mano por el cabello, desviando la mirada hacia cualquier parte que no fuera Aldo.
— Aquí nada pasó… — murmuró Aldo, pero su voz salió rota, sin autoridad alguna.
Ash soltó una risa baja, apenas audible.
— Cállate.
Los pasos de Molly se escuchaban cada vez más cerca.
Aldo se apoyó nuevamente en la columna, cruzándose de brazos, intentando parecer exactamente igual a como estaba antes. Ash volvió a sentarse en la silla, con una calma fingida que no convencía a nadie.
Cuando Molly apareció en la terraza con las manos ocupadas, los miró a ambos.
Entrecerró los ojos.
— ¿Qué pasó aquí?
— Nada — respondieron los dos al mismo tiempo.
Molly los miró de uno a otro. — Ajá…
Aldo desvió la mirada. Ash carraspeó. Y aunque ninguno dijo nada más, los dos sabían que, a partir de ese momento, ya no había forma de fingir que esto seguía siendo solo odio.
