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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-04-11
Updated:
2026-04-11
Words:
918
Chapters:
1/2
Comments:
2
Kudos:
5
Hits:
34

Lirios del destino.

Summary:

Bajo el cielo dorado de Egipto, dos niños siembran flores sin saber que también han sembrado su destino. Una roja como el trono, otra azul como el río; dos almas unidas por el amor fraternal y separadas, algún día, por el llamado de la historia.

Chapter Text

El jardín del palacio resplandecía bajo el sol del Mediterráneo mientras dos niños de ocho años corrían entre las columnas de mármol; sus risas resonando en los pasillos sagrados. Moisés con su cabello obscuro despeinado por la brisa perseguía a Ramsés,cuya túnica dorada ondeaba como las alas de un halcón.

 

— ¡ Ramsés!, ¡espérame!— Moisés gritó mientras sus pies descalzos golpeaban contra las baldosas tibias 

 

— ¡ Los príncipes no esperan a nadie!— Ramsés respondía con una sonrisa traviesa si bien él aminoró el paso a fin de que su hermano adoptivo lo alcanzara.

 

Después, ambos se detuvieron junto a la fuente central jadeando y riéndose. Era allí, en ese mismo lugar, donde hacía un tiempo ellos habían decidido sembrar las semillas que un comerciante extranjero había dejado caer de su bolsa durante su visita al palacio. « Semillas de lirio» había dicho el jardinero real cuando se las mostraron. Flores sagradas que tardarían bastante en florecer, pero estarían a tiempo para su octavo cumpleaños.

 

— ¿ Crees que ya hayan crecido?— Moisés preguntó curioso mientras se aproximaba a los montículos de tierra en los que ellos habían plantado las semillas lado a lado.

 

—¡ Por supuesto! Somos príncipes de Egipto y hasta las flores nos obedecen—Ramsés declaró con la confianza propia de quien ha nacido para gobernar.

 

Moisés río, pero en sus ojos había una chispa de incertidumbre que a menudo lo visitaba cuando él pensaba en su lugar en el mundo. Moisés no recordaba algo antes del palacio pero a veces el niño sentía como si algo faltará en el rompecabezas de su identidad 

 

—Veamos— Moisés fue el primero en doblar su rodilla a fin de avistar al jardín pequeño y secreto que su madre les había permitido 

 

Y allí,emergiendo de la tierra como un milagro se alzaban dos tallos verdes coronados por capullos que parecían listos para abrirse en cualquier momento y los niños se les quedaron viendo con emoción.

 

— ¡ Están a punto de florecer!— Ramsés exclamó—Seguramente serán como nosotros: ¡ Dos flores idénticas!— El niño abrazó a su hermano, él cual se limitó a asentir aunque en su pecho un presentimiento se agitaba de manera misteriosa porque no todo iba a resultar tan simple.

 

Durante el resto de su cumpleaños, los hermanos regresaron una y otra vez al jardín. Entre lecciones con sus tutores, los entrenamientos con espada y las comidas ceremoniales, ellos escapaban para ver los capullos que parecían hincharse más a cada hora que pasaba.

 

Fue al atardecer cuando el sol pintaba el cielo de oro y carmesí que sucedió 

 

— ¡ Mira— Ramsés sujetaba a Moisés de los hombros mientras con su brazo libre señalaba hacia las plantas.

 

Los capullos se abrieron lentamente como si él atardecer fuera un telón como si el atardecer fuera un telón que se estaba alzando para revelar el espectáculo más importante de las cortas vidas de aquellos infantes.

 

Lentamente los pétalos se desplegaron con una gracia hipnótica y por un momento ambos niños contuvieron la respiración.

 

Pero cuando las flores se abrieron completamente, el silencio los envolvió como una manta pesada.

 

El lirio de Ramsés era de un rojo intenso; del color de la sangre real, del poder y la pasión. Sus pétalos parecían forjados en terciopelo carmesí, y en el centro dorado brillaba como el disco solar que coronaba a los faraones.

 

El lirio de Moisés, en cambio, era azul. Un azul profundo como las aguas del Nilo en la noche, como el cielo infinito, como algo que venía de lejos y llamaba a la distancia.

 

Los niños se miraron, y por primera vez en sus ocho años de vida, sintieron que algo los separaba.

 

— Son diferentes — Moisés murmuró al tiempo que rozaba los pétalos azules de su flor.

 

—Sólo son colores diferentes en la misma flor — Ramsés dijo rápidamente, aunque su voz traicionaba una inquietud que no sabía nombrar. 

 

Moisés asintió, pero luego él no pudo apartar la mirada del contraste entre ambas flores. El rojo y el azul, separados por apenas un palmo de tierra, pero de alguna manera representando mundos diferentes.

 

— Hermano— Moisés habló después de un largo rato: — ¿ Crees que los colores significan algo?— La pregunta quedó al aire y el futuro faraón tomó la mano de su hermano adoptivo antes de responder: 

 

— Significa que somos especiales a nuestra manera— Ramsés afirmó con seguridad, queriendo creer en sus propias palabras.

 

Pero mientras las primeras estrellas aparecían en el cielo y las flores se mecían suavemente en la brisa nocturna, ninguno de los dos niños podía imaginar que esos colores eran más que una coincidencia. No sabían que el rojo hablaría un día de poder terrenal, de imperios y tronos, mientras que el azul susurraría sobre libertad, sobre un pueblo en busca de esperanza, sobre caminos que se abren en el mar.

 

Esa noche, Moisés y Ramsés durmieron como siempre habían dormido: como hermanos bajo el mismo techo, protegidos por las mismas paredes, amados por los mismos dioses. Pero en el jardín, las dos flores montaban guardia bajo las estrellas; una roja y una azul como centinelas silenciosas de destinos que aún estaban por escribirse.

 

El viento del desierto susurró entre los pétalo y por un momento pareció llevar consigo ecos de un futuro lejano: el sonido de cadenas rompiéndose, de un mar que se abría, de dos corazones que un día tendrían que elegir entre el amor fraternal y el llamado del destino.

 

Pero esa noche, sólo eran dos flores en un jardín, y dos niños que soñaban con mañanas que siempre serían iguales a ese día.