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Ad vitam aeternam

Summary:

Dos amigos de la infancia son separados por diferentes cuestiones de vida y muerte, sin embargo, años más tarde y sin esperarlo, se reencuentran. Con sentimientos enterrados, obstáculos y secretos ¿podrán por fin estar juntos?.

Notes:

Pequeña recomendación: lean el cap 1 y 2 de corrido para que la experiencia se más amena, la verdad no tuve el corazón para juntarlos y hacer uno más largo.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Coeptum

Chapter Text

Hospital General de Sabaody, 2012

 

Un pequeño niño pelirrojo entró a la sala de urgencias con un dolor casi mortal en el abdomen; prácticamente había llegado inconsciente, solo gritando por puro instinto. ¿El diagnóstico? Apendicitis que, por negligencia, se había transformado en una peritonitis aguda.

 

Cuando Eustass despertó, se sintió muy desorientado; no sabía en qué momento había llegado al hospital, solo que después de mucho tiempo suplicando y gritando del dolor, su padre, a regañadientes, lo había llevado a urgencias.

 

A veces, Kid quería creer que sus papás lo querían, aunque solo fuera un poco; sin embargo, cuando giró la cabeza, no pudo ver el rastro de ninguno a su lado.

 

—"Seguramente volvieron a casa por ropa"—pensó el niño mientras se incorporaba poco a poco. Cuando miró más de cerca, vio que sobre la pequeña cajonera junto a su cama había una nota.

 

"No te molestes en volver hasta que estés dispuesto a dejar de lloriquear."

 

Eustass solo atinó a suspirar larga y pesadamente. Era la letra de su madre, lo que significaba que tendría que recuperarse lo mejor posible antes de siquiera considerar regresar a casa.

 

Hey, ¿crees que puedas guardar un poco de silencio? Estoy tratando de leer—se escuchó de pronto al otro lado de la habitación. Era su compañero de cuarto, que hasta ese momento, Kid no sabía que tenía.

 

Lo miró fijamente por unos momentos. Era un niño de cabello negro, probablemente de su edad, con manchas blancas en los brazos, quien tenía muchos sueros conectados a su pequeña muñeca y, de alguna manera, aun así podía sostener un libro enorme.

 

Kid se levantó, no porque quisiera pelear, sino por genuina curiosidad de ver más de cerca a su compañero. Sin embargo, al tratar de sostenerse con ambas piernas, sintió cómo sus órganos caían dentro de su cuerpo. Comenzó a sudar frío y a ver todo en blanco, mientras un horrible dolor lo recorría de punta a punta. Quería gritar, pero nada salía. Estaba a punto de perder de nuevo el conocimiento y lo último que escuchó fue al otro niño, en un tono un poco fastidiado, llamar a alguien para que viniera a ayudarle.

 

—————

 

Ya habían pasado tres días desde que Eustass había despertado. Descubrió que su compañero de cuarto se llamaba Trafalgar Law, y al igual que él, tenía 8 años. Él estaba allí porque esas manchas en sus brazos eran signos de una enfermedad genética rara, y sus padres, médicos e investigadores del hospital en el que estaban, lo mantenían allí con la esperanza de encontrar una cura, o al menos alargar un poco más su vida.

 

Al ser los únicos niños en todo el hospital, no les quedaba más remedio que hacerse compañía. Al inicio, ninguno sabía qué decir; era extraño que los dos estuvieran ahí, sobre todo para Law.

 

—Oye... y... ¿tus papás no vienen porque también trabajan aquí?—soltó de repente el pelinegro, que ya se había aburrido de leer el mismo libro cuatro veces.

 

—Oh... no... ellos... mmm... digamos que tienen mejores cosas que hacer—respondió Kid un poco desanimado.

 

Y de nuevo quedó un silencio extremadamente incómodo.

 

—————

 

Cuando lo dieron de alta dos semanas después, Kid no sabía si en algún momento volvería a ver a su nuevo amigo, pero para su muy mala fortuna, fue cuestión de tiempo para que de nuevo tuviera que volver al hospital; esta vez tenía el brazo dislocado y tres costillas fracturadas.

 

De nuevo, sus padres lo habían dejado solo, seguramente porque no querían lidiar con las preguntas de cómo es que su hijo se había hecho esas heridas. Eustass tenía muy claro qué debía responder: "me caí por las escaleras". Obviamente eso no era cierto, pero si sus padres se metían en problemas, sería peor para él. No podía negar que le dolía y que se sentía abandonado, pero al menos ahí podía dormir tranquilo y comer tres veces al día.

 

Y de nuevo, allí estaba él, Trafalgar Law, con las manchas blancas un poco más grandes cada día. Ambos niños se sonrieron cuando volvieron a verse.

 

Aunque no le gustaba admitirlo, Law solía sentirse muy solo en ese cuarto de hospital. Si algún niño llegaba a quedarse, siempre estaba rodeado de sus padres o familia. Él no culpaba a sus progenitores; sabía perfectamente que si no estaban a su lado a todas horas, era porque estaban trabajando arduamente para tratar lo que fuera de lo que estaban enfermos, ya que sí, sus padres también tenían la misma enfermedad, aunque en ellos, al ser adultos, avanzaba más lento.

 

Aun así, con el paso de los días, ambos comenzaron a sentirse menos solos. Extrañamente y sin pretenderlo, se tenían el uno al otro.

 

—————

 

Y así, entre visitas constantes al hospital y algunas veces a casa de los Trafalgar, pasaron dos años.

 

Ahora todo el cuerpo de Law estaba casi cubierto en su totalidad por las manchas blancas, y poco a poco estaba más débil. Por otro lado, Kid ahora tenía más cicatrices de las que podía contar. A pesar de esto, su amistad crecía y se fortalecía cada vez más.

 

Kid estuvo allí cuando Law apenas podía levantarse de la cama, cuando veía cómo toda la familia vivía el duelo de haber perdido a la menor, Lami.

 

Law estuvo allí cuando Kid era castigado por sus padres, entendiendo cada vez mejor el porqué visitaba tanto el hospital. También lo apoyaba en los días en que no tenía qué comer, logrando compartirle algo aquellos días en que le permitían salir del hospital.

 

A pesar de tantas complicaciones a sus cortas edades, eran felices; en su mundo, no necesitaban nada más que estar juntos y hacer lo que pudieran para entretenerse.

 

Pero de un momento a otro, todo cambió para peor.

 

Era una noche fría en el Hospital General de Sabaody. Kid estaba sentado en su cama de hospital en el área de emergencias, con el brazo izquierdo enyesado, esperando a que alguna enfermera le diera el alta, le trajeran algo de comer o viera a Law, lo que pasara primero.

 

Esa había sido su rutina en los últimos meses, ya que, aunque por cuestiones menos severas, visitaba el hospital de manera mucho más constante de lo habitual. Las enfermeras ya lo reconocían: unas pensaban que solo era un chico problemático que constantemente se lastimaba en peleas, mientras que otras sospechaban que algo pasaba en casa del muchacho. Sin embargo, de cualquier manera, todas se portaban amables con él, a pesar de estar siempre muy saturadas de trabajo como para fijarse concretamente en un solo paciente.

 

De pronto, las puertas de la sala de urgencias se abrieron, dejando que el caos inundara el lugar.

 

Eustass ya se había acostumbrado a ver todo tipo de personas en situaciones críticas entrar por esa puerta. Pero absolutamente nada lo preparó para lo que venía.

 

Entre los gritos de paramédicos y enfermeras, logró ver en la camilla un brazo, uno cubierto de manchas blancas. Su corazón dio un vuelco horrible; no había sentido algo tan fuerte desde aquella vez que se levantó después de que le quitaran el apéndice.

 

Poco a poco, y como pudo, se subió a la cama del hospital para ver mejor lo que pasaba y, con el corazón en la garganta, esperar equivocarse.

 

Y para su mala suerte, no se había equivocado en lo absoluto. En la camilla, y aparentemente sin respirar, estaba su mejor y único amigo, Law, quien se encontraba cubierto de hollín y cenizas. Sintió cómo sus piernas comenzaban a fallarle, a temblar, y su vista poco a poco se nublaba, mientras su respiración y corazón se aceleraban.

 

Una de las enfermeras lo vio de reojo y estaba a punto de regañarlo, pero al voltear, solo pudo ver la cara de horror y shock del pobre niño. Con cautela, se acercó a él y le dio un par de palmadas en el hombro.

 

—¿Ustedes son amigos, verdad? Los he visto jugar en los pasillos o hablar en el área para niños—la enfermera trataba de distraerlo como podía—. Descuida, seguramente estará bien tu amigo. Igual, si te sirve de algo, voy a tratar de averiguar lo que pasó, ¿de acuerdo?

 

Eustass solo atinó a asentir mientras la enfermera lo ayudaba a sentarse.

 

—Oh, y también, no te preocupes, puedes quedarte el tiempo que quieras—exclamó la enfermera—. Sé que está en contra de las reglas del hospital, pero... todas aquí ya te conocemos. También te traeré algo para que se te suba el azúcar.

 

Kid no estaba acostumbrado a tantos actos de amabilidad de alguien extraño, pero en su cabeza pasaban tantas cosas al mismo tiempo que esa era su menor preocupación ahora.

 

"¿Qué pasó?" "¿Se va a morir?" "¿Está muerto?" "¿Dónde están sus padres?" "¿Le duele?" "¿Qué voy a hacer?" "¿Qué puedo hacer?" "No puedo perderlo." "No quiero perderlo." "Lo quiero vivo." "Lo quiero conmigo."

 

Todo aquello cruzaba velozmente por la mente del niño, aunque lo que más se quedó grabado en su conciencia y lo dejó confundido fue algo que jamás había pensado mucho.

 

*"Lo quiero."*

 

—————

Intento de homicidio.

 

Esa fue la conclusión a la que llegaron todos los que analizaron su caso. Ni siquiera Law sabía si eso era lo que había ocurrido en verdad.

 

Ese día, sus padres habían decidido quedarse en casa y no ir al hospital. Le dijeron que querían pasar un poco de tiempo descansando allí, ya que hacía semanas que dormían en el hospital.

 

Jugaron un juego de mesa, vieron películas, comieron juntos en la mesa después de mucho tiempo y, para cerrar con broche de oro, fueron a comprar helados al centro de la ciudad.

 

Cuando regresaron a casa, sus padres le pidieron que fuera a descansar a su habitación; en un momento subirían con él y le leerían algo que él escogiera. Law, sin chistar, hizo caso; su condición lo hacía sentir más cansado de lo normal y, después de un día tan ajetreado, lo que más pedía su cuerpo era descanso.

 

El pelinegro se cambió de ropa, se lavó los dientes y se recostó en su cama mientras sonreía. Hacía mucho tiempo que no hacía nada con sus padres. Él entendía las circunstancias, sabía lo que sus padres estaban pasando, y por eso no decía nada. Aunque se sintiera triste sin ellos, se sentía querido. Además, claro, de que no estaba solo: tenía a Kid.

 

—El día terminaría aún más perfecto si lo viera a él—pensó Law mientras lentamente el cansancio se apoderaba de él y caía rendido al sueño.

 

Solo despertó para verse envuelto en llamas.

 

Algún vecino había llamado a los bomberos, y estos habían llegado a tiempo para rescatar al niño antes de que su destino fuera el mismo que el de sus padres. Milagrosamente no había sufrido ninguna quemadura importante, aunque sí estaba algo delicado de sus pulmones.

 

A pesar de estar vivo, Law no estaba feliz. Ahora sí lo había perdido todo. Llevaba un par de meses preparándose para su inminente muerte. Puede que solo fuese un chiquillo de 10 años, pero no era tonto; sabía que su enfermedad pronto le arrebataría la vida, al igual que a su hermana menor. Pero ahora, las cosas no habían salido como él lo había previsto. Sus padres ya no estaban; ellos murieron primero y, por alguna razón, había sobrevivido.

 

No entendía ni la mitad de lo que sentía. Eran demasiadas emociones y sentimientos a los que aún no sabía ponerles nombre, lo que lo hacía sentirse desesperado y como si su cabeza le doliera de una manera extraña.

 

De pronto, sintió que alguien le tocaba la mano. Se había perdido tanto en sus pensamientos que no notó que Eustass había entrado a su habitación.

 

Eustass... ya... ¿cómo es que...?

 

—Ya estaba aquí; vine a que me enyesaran el brazo y... te vi llegar—lo interrumpió Kid mientras miraba hacia el suelo nervioso—. Me dijeron lo que pasó... yo... lo lamento mucho.

 

Law, extrañamente, se sintió vacío, no porque no le doliera; era como si no pudiera sentir nada, pero al mismo tiempo sí lo hacía.

 

—Gracias... Eustass- ya... ¿crees que...—se detuvo a media oración, pensando en si siquiera era posible, pero su corazón solo le pedía aquello—. ¿Crees que puedas quedarte conmigo? No necesito que digas nada... solo... no me dejes solo...

 

Kid asintió y, como pudo, se subió a la camilla y se sentó a un lado de Law. Sin pensarlo mucho, tomó su mano con cuidado de no mover las intravenosas.

 

Se quedaron así un buen rato. En algún momento, Law lloró en silencio con la mirada perdida, y su amigo se quedó allí, sin juzgarlo ni decir una palabra, solo apretando un poco más fuerte su mano. Era su forma de abrazarlo sin incomodarlo.

 

—————

 

Pasaron los meses.

 

La incertidumbre se respiraba en el aire, pese a que las cosas parecían avanzar.

 

Ambos amigos estaban frente a frente, querían creer que no sería la última vez, aunque en sus corazones tenían cierta certeza de que así sería.

 

Ninguno sabía qué decir. Si para los adultos las despedidas eran difíciles, para un par de niños era aún peor, más si eran lo único que les quedaba el uno al otro.

 

—¿Crees que... algún día nos veamos de nuevo, Kid-ya?...

 

—Eso espero, Trafalgar...—Kid tosió y se corrigió—. Law...

 

El corazón del pequeño pelinegro dio un vuelco; era raro que se llamaran por sus nombres, pero la situación lo ameritaba de alguna manera.

 

Law se abalanzó sobre el pelirrojo y lo abrazó con la poca fuerza que aún tenía. Quería decirle que lo quería, no solo como un amigo, que sentía algo más, lo que le habían dicho que sentiría en algún momento por las niñas. Pero no sabía si Kid sentiría lo mismo; además, ¿qué sentido tenía? Pese a que en este momento tenía una pequeña esperanza de curarse, no estaba seguro de volver a verlo o de que realmente pudiera evitar la muerte, que poco a poco le respiraba más cerca.

 

Kid, por su lado, correspondió el abrazo con fuerza, pensando que tal vez más de lo que debía, considerando el frágil estado de salud de su amigo. No quería que Law se fuera; muy dentro de él estaba seguro de que jamás lo vería otra vez, porque para él, la muerte era algo muy difícil de esquivar. Había visto por tanto tiempo sufrir a su amigo que le parecía un chiste de mal gusto que un "familiar lejano" le dijera que, en su país, Dressrosa, podrían curarlo.

 

Pero no había otro remedio. Ambos, sin decírselo el uno al otro, habían decidido creer en que había una pequeña posibilidad.

 

La señora de trabajo social que llevaría a Law a Dressrosa tosió impaciente, por lo cual ambos niños se separaron. Sin embargo, antes de que se alejara completamente, Kid le dio un beso en la mejilla al pelinegro.

 

Ni él sabía por qué lo había hecho. Le habían enseñado que solo a la niña que te gusta le das un beso así para despedirte, pero Law no era niña, y en primer lugar, no tenía claro si le gustaba o si eso era posible, pero tampoco quería dejar pasar la oportunidad de ver qué pasaría.

 

Pese a que quería detenerse de subir al auto, la mirada impaciente y molesta de la trabajadora social no se lo permitía. Quería devolverle el beso a Kid, quería gritarle que lo quería y que volvería, pero por la vergüenza, nada salía. Solo atinó a voltear y sonreírle cálidamente a su amigo mientras, por fin, las lágrimas resbalaban por sus mejillas que, pese a estar ya cubiertas por las manchas blancas, se notaban sonrojadas.

 

Mientras el auto se alejaba lentamente, Kid sintió un dolor extraño en el pecho. No dolía igual que cuando su madre lo golpeaba o su padre le quemaba cigarrillos; era un dolor diferente que no podía describir por completo, pero le dolía más que cualquier otra cosa que había experimentado en sus cortos 10 años.