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—No puedo más con Azul.
Jamil masajeó el puente de su nariz tras decirlo más alto de lo que debería. El príncipe Minajael debería estar por allí, después de todo.
—¿Por qué tengo que hacer un equipo con él? —Exageró de nuevo.
Al sentir cierta presencia, se esforzó por mantener su expresión dramática.
—Ya hemos perdido por su culpa la primera parte. Siempre igual.
Así pues, entró donde tenía previsto: Una sala lo suficientemente discreta. Parecía ser un aula vacía que no terminaba de encajar con nada en específico. Quizás era algo de refuerzo de estudios. Lo suficientemente pequeña como para que nadie le molestara. Además, con cierto cerrojo que serviría como mickey herramienta para más adelante.
Aunque, bueno, solo serían diez minutos de descanso. Más le valía aprovecharlos.
Desplomado sobre el sillón. Cabeza alta. A su izquierda, como era de esperar, se acabó abriendo la puerta con la persona que esperaba ver: El príncipe Minajael, apoyándose contra la misma de brazos cruzados.
—¿Qué, problemas pecezuelos tú también?
—Ah, prínci… Minajael-senpai.
—Sí, te has quejado lo suficientemente alto —Arqueó una ceja, ladeando la cabeza y entornando los ojos sonriente—. Como sospecho que pretendías.
Jamil se llevó una mano al pecho y fingió su mayor expresión de abatimiento.
—Oh, no, créeme. No es nada de lo que temes. —Un suspiro escapó de sus labios—. Pero, si se me permite, creo que no eres alguien que tomaría el riesgo de acercarte al enemigo en vano. Eres demasiado inteligente para eso.
—Si se me permite a mí, creo que has sido descarado en llamar mi atención y, —Minajael relamió sus labios suavemente. Nada le quitaba la expresión divertida a la par que calculadora de la cara—. Como bien has dicho, soy lo suficientemente listo como para percatarme.
—¿Y estás aquí pese a los riesgos?
Así pues, le ahorró el trabajo a Jamil y se acercó hacia el sillón donde Jamil se encontraba reclinado. Además, con toda la familiaridad del mundo. Primero, Minajael hincó una rodilla en el reposabrazos de terciopelo. Luego, se inclinó sobre Jamil. El rubor que se extendió por sus mejillas cuando Minajael le acarició con el dorso de la mano una de ellas fue, para su desgracia, verdadero.
—Deberías saber ya que no les tengo ningún miedo. —Y giró la mano para tomar su barbilla en su lugar—. Pero, Jamil, me he percatado en el campo de que tú y yo queremos lo mismo, ¿o me equivoco?
Viper tuvo que contener una sonrisa socarrona y concentrarla, en su lugar, por una afable. Asintió, fingiendo que los pensamientos de Minajael eran acertados. Aunque, en realidad, nada lo detenía a traicionar a Azul… En fin, mejor sería proseguir.
—No querría sonar desagradecido, pero es verdad que no solo compito hoy con Royal Sword Academy. También Octavinelle y Scarabia son grandes rivales.
—Me sucede lo mismo con Dunasmina y Marinafinne.
—¿Oh, de veras? —Claro que lo sabía. Azul se lo había soplado antes—. No sé el Príncipe Rielle, pero por lo que conozco a Azul, sé de sobra que sus intenciones son dejarnos caer para luego resurgir a Octavinelle como el salvador del torneo frente a Scarabia y me temo que, como vice del segundo, he de tomar medidas. —Ahí sí que fue sincero.
Por ello, Minajael lo miró con un brillo deseoso e interesado.
—Sí, tú y yo nos vamos a entender muy, pero que muy bien, —Tras una breve risa, miró a sus labios unos instantes. Al hacerlo, Jamil los humedeció por inercia. Espera un momento. Por algún motivo, el pulso se le aceleró—. tal y como pensaba. —Jamil necesitaba unos momentos para reevaluar las intenciones ajenas y el príncipe no le estaba dando cuartelillo alguno— ¿Por qué no trabajamos juntos?
Por más que lo intentaba, Jamil no sentía ninguna presencia mágica. Tampoco es que pudiera concentrarse excesivamente. Pero más le valía hacerlo si quería lanzarle… Mejor sería apartarle suavemente esos mechones cubriéndole los ojos. Además, se forzó a sí mismo a dejar de tener los hombros rígidos. ¿Un príncipe besando a un sirviente? O se había leído demasiados cuentos de hadas, o estaba tramando algo. Jamil tenía que seguir hasta el final con la trola hasta despertar la oportunidad perfecta de…
—Curiosa manera de trabajar juntos. —Jamil también entornó los ojos cuando Minajael ladeó su rostro—. ¿No sería mejor planificar?
—Creo que ambos sabemos lo que tenemos que hacer a estas alturas. —Ah, claro, por supuesto, el príncipe mimado no quería planificar. Mejor que se escapara de aquí para allá, ¿cierto? Mejor que hiciera como todos los de su calaña y se dedicara a tomar lo que le diera en gana sin miedo a las repercusiones—. Algo que tenemos pendiente desde hace tiempo. ¿O me equivoco?
Minajael bajó su rodilla hasta ocupar el hueco que había entre las piernas partidas. Desprendía un olor exquisito, a colonia no precisamente barata. Su cercanía, sumada a la misma, provocaron que se le erizase la piel.
—¿Seguro?
A ver, Jamil tampoco era un estúpido. Así como sabía que las consecuencias tampoco serían las mismas de cruzar cierta línea con el príncipe que se inclinaba sobre él. ¿Peores que hipnotizarlo? No, claro que no. Con un poco de suerte, sería igual de pan comido que con su primo.
—Ciertamente. Creo que improvisar será lo mejor. Después de todo, no puedo decir lo mismo de Rielle, pero me da la impresión que tu compañero sospechará a la mínima. Es mejor un ataque sorpresa. No son hábiles en tierra, después de todo.
—Coincido en que no es su medio.
—Muy bien. Pues ya que estamos en la misma página nuevamente, ¿por qué no vamos al grano? —Al fin, Minajael dejó su mirada fija en él—. ¿Por qué no solo nos centramos en nosotros hasta que debamos irnos? Será escandaloso, ¿no crees? Excitante.
Y si Jamil tenía una oportunidad, esa era. Con Minajael mirándolo atentamente. Unos ojos oscuros que, además, se opacaban en sus pupilas dilatadas. El café quedaba recubierto en un deseo poco disimulado. Antes de que se ocurriera cerrarlos para realizar la primera estupidez del día, mejor sería intervenir con un:
—Tienes unos ojos preciosos, Minajael-senpai.
Tras soltar una respiración divertida por la nariz, alzó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí, podría quedarme mirándolo…
—¿Por qué no cierras los tuyos? O se nos acabará el tiempo. —Al sentir su nariz rozando la propia, Jamil se estremeció y su pulso se disparó. Los abrió aún más, incluso ante esa sugerencia—. A menos que… Oh. —Jamil los cerró. Mejor sería esperar a atacar cuando Minajael estaba debilitado. Después de todo, también podía hacerle olvidar… Ciertas cosas con su hipnosis—. Muy bien.
Las cosas que hacía por ganar. Luego decía de Azul, pero él no era mucho mejor. Bueno, no eran iguales. No. Se negaba a admitir cualquier similitud con ese pulpo planificador. No había color. Seguro que Azul no se estaría besuqueando con Rielle en aquellos instantes como Jamil…
Como Jamil había permitido que Minajael lo besara por el bien del plan. Sí, claro. El plan que tenía con Azul. Ese. ¿Cuál, exactamente? Ahora, solo tenía en mente el roce pausado de sus labios. Lento, típico de príncipes que se creían que el tiempo podía adaptarse a como ellos quisieran. Aunque Jamil sabía que había sido uno tentativo: Testear las aguas.
Por lo que Jamil entrevió, Minajael no abrió los propios al apartarse. Decidió esperarse a que terminase el segundo, supuso. Tenía que seguir aparentando, así que Jamil rozó tentativamente sus lados. Sonriente contra sus labios, Minajael reubicó su mano en su abdomen descubierto en su lugar. Aprovechando el exhalo de Jamil, introdujo su lengua en su boca, acariciando la propia. Dedos cautelosos se adentraron en los cabellos atados de Jamil desde su nuca. Los otros, colándose bajo la sudadera negra.
Directamente al grano. Directamente tomando lo que quería. Jamil se aferró a su crop top con cierta rabia ante su audacia. ¿Se estaba burlando de él acaso? Igual no solo le haría olvidarse de todo esto, sino también arrepentirse.
El roce de sus lenguas siguió su curso. Como una serpiente, Jamil siguió deslizándose sobre la piel de Minajael allá donde encontraba. Las lenguas de dichos reptiles eran muy útiles para reunir información, después de todo. Como que le daban espasmos si le acariciaba el lateral de sus costillas. O esos suspiros cada vez que encajaban sus labios en posiciones distintas. Además de cómo no se le quitaba esa sonrisa del rostro sin importar cuán ocupada estuviera su boca.
Tampoco deberían escatimar en tiempo. De un momento a otro, deberían volver al torneo. Bueno, Jamil, al menos. No podría decir lo mismo de Minajael.
Su racionalidad volvió a retomar el control para apartarse del príncipe. La que sonrió socarronamente cuando Minajael también abrió al fin los ojos.
—Susurro de…
—Tres deseos. —Minajael contrarrestó de inmediato, acallando a Jamil. Este frunció el ceño confusamente. Sus párpados no bajaron cuando la lengua se deslizó por sus labios una, dos y tres veces. Ahora sí, se apartó satisfecho.
Pero, cuando Jamil intentó protestar, de sus labios escapó en su lugar un:
—¿Cuál es tu primer deseo, Minajael-senpai.
¿Pero qué… Estaba… Diciendo? Ah, no. Claro. Sí, desde siempre. Era el genio de Minajael, qué cosas tenía cuestionando nada. Estaba ahí para cumplir con todos y cada uno de…
—Perfecto… Ahora serás mi genio. —Le dio tres toquecitos en la nariz—. Tres deseos. El primero es: deseo que cuentes tus planes. Los de verdad. Los que tenías con ese tal Azul.
Tras una resistencia, su boca se abrió para comenzar a largar.
—Bueno, ¿qué iba a ser, sino? Acordé con Azul que ambos utilizaríamos nuestras magias únicas contra vosotros.
Y, al menos, algo dentro de él le hizo callarse respecto a en qué consistía.
—Vosotros. Asumo que… Así que Rielle está en peligro también. Deseo que digas si ha hecho… No, no puedes saberlo. Lo descubriré por mí mismo. Tampoco hay tiempo. Deseo que me expliques cómo romper la magia única de ese chico.
—Tienes que romper el contrato.
—Perfecto. Ahora, deseo que… —Y su mirada se entornó juguetona de nuevo—. No puedas moverte de aquí hasta que alguien te bese.
—¿Tú?
—Alguien. Si deseo algo que me implique a mí… Whoops, como si fuera a decirte nada de mi magia única. Si te portas bien, puede que lo haga —Burlonamente, se inclinó sobre sus labios—. Estate más rápido la próxima vez, u otro depredador se lanzará sobre ti. —Le susurró con cierta advertencia—. Pero me gustas, Jamil. —Rio suavemente—. Parece ser que no somos tan diferentes. Tal y como esperaba. En fin. Nos veremos tras el torneo.
Tras guiñarle el ojo, salió por la puerta. Además, Jamil oyó cómo se cerraba por fuera y los resquicios de magia en el pomo de la misma. Paralizado, se quedó estático, aún con la mente llena del último deseo que el príncipe le había pedido. Estática. Esperando como una princesa encerrada a que algún estúpido fuera a rescatarlo.
—Jamil-san, todo ha salido a pedir de… ¿Jamil-san? ¿Por qué está cerrada la puerta? —Al no contestarle, afortunadamente, Azul se percató de que estaba sellada con magia—. Si quito esto, alertará al que la ha puesto. No, esta tampoco es tu magia. Vale, comprendo. Es hora de ensayar lo que Malleus-san me estuvo enseñando.
En un chasquido, Azul apareció frente a él. Sin embargo, la sonrisa se le fue del rostro tan pronto como analizó la mirada perdida de Jamil.
—¿Jamil-san? Vamos, eres fuerte, espera… —Azul sacó su varita y se la puso en frente de las narices—. Si te saco de esta, ¿qué me darás a cambio? Oh, cierto, no puedes hablar. —Y se subió las gafas elegantemente—. Me temo que tendré que poner yo las condiciones del acuerdo. Veamos, ¿por qué no lo dejamos en un favor…?
La voz del imbécil de Azul estaba comenzando a calarle en lo más hondo de sus emociones. Despertando en él al fin la mente que tanto estaba sellada. Una que se fue serpenteando hasta la concurrencia del príncipe.
—Bésame.
Al fin, algo le hizo borrar la sonrisa. Ahora sí que se parecía a los colores de un pulpo de verdad.
—¿Qué?
—Bésame ya.
—¿Tiene que ver con su magia única o quizás? No me pedirías algo así.
—Azul, te voy a… —Jamil parpadeó ante la sonrisa de Azul novedosa—. Me has sacado de la parálisis mental.
—Sí, sí, eso sospechaba. Verás, cuando me hipnotizaste, usé mis sentimientos por t… —Recolocándose las gafas, se mordió el labio sutilmente unos instantes antes de proseguir—. Mis opiniones sobre ti, que claramente son…
—No me puedo mover de aquí hasta que me beses. Cállate y bésame ya.
Pero, ¿por qué iba a molestarse en hacerle caso cuando tenía la oportunidad de extorsionar a alguien?
—Ah, así que no puedes, ¿eh?
—¿Quieres que perdamos los dos? No puedes ganar sin mí las pruebas físicas y lo sabes.
—No, ciertamente, ahí me has pillado. Pero, un beso, Jamil-san, tiene muchas posibilidades de reintegro.
—Bésame y ganaré por los dos la siguiente ronda. No acepto más negociaciones.
Estaba ya harto de los pulpos. Del capitalismo. De los pulpos capitalistas. De los príncipes. De los príncipes que usaban magias únicas más poderosas que la suya. De que tuviera que besar a gente que iba en contra de todos sus valores. Gente demasiado atractiva, pese a todo. Gente que, además, había tenido la boca desmesurada para recalcar cuánto le gustaban. Cuánta frustración.
—Sin contratos —Clarificó Jamil al verlo con la mano en la varita—.
—Y yo que pensaba que, de los dos, era el que más quería besar… En fin, sí, bueno, me parece bien. Sé que, aunque sin contrato, te conviene cumplir con tu parte del trato… Después de todo, qué escandaloso sería que se conociera que un príncipe y un sirviente tienen algo entre ellos.
—No hay nada.
—Ya… —Jamil se percató de los sutiles celos en la mirada de Azul al fijarse detenidamente en los labios ajenos—. Aunque digas una cosa, tu boca tiene otra evidencia.
Y cerró las piernas de Jamil para acomodarse en su regazo cruzado de piernas. Sentado de lado, además.
—No ha significado nada. No tienes pruebas.
—Cierto, no las tengo. Solo… —Azul coló la mano bajo su sudadera, solo que estaba fría de cojones en comparación a la de Minajael. En vez de subirla más, la bajó—. Solo tienes mal colocada tu prenda. —Luego, miró su boca—. Solo tienes los labios especialmente húmedos sin motivo aparente.— Y Azul retiró sus gafas, empujando las patillas con la barbilla para cerrarlas. Con la mano libre, palpó sus cabellos negros. Caricias mucho más cautelosas que el aferramiento anterior. —Y tu coleta deshecha. Por gusto.—
—Es tu palabra contra la mía.
—Apestas a príncipe.
—¿Qué quieres, Azul?
Porque no iba a parar hasta que tuviera lo que quería. Como… No, se negaba a decir nada de como quién.
—Te sacaré de esta y a cambio garantizarás nuestra victoria en el torneo, pero, de no poder cumplirlo… —Azul sonrió—. Bueno, digamos que no será favorable para el príncipe. Para ninguno de los dos.
—Solo si no cumplo con mi palabra —Jamil comenzó advirtiendo. Aunque, ¿qué más daba? Sin nada firmado, no había peligro—. Así que venga, hazlo. —El suspiro largo de Azul le hizo entornar los ojos con desdén—. Azul. Llevas queriendo besarme durante dos años seguidos, ¿qué te pasa?
—No sé de qué… —Ante la mirada asesina de Jamil, al fin reaccionó—. No era así como había planeado nuestro primer beso.
—Ugh. —Jamil soltó una arcada—. ¿Qué te hace pensar que tenía intenciones de darte otro en otras condiciones?
—Ah, bueno, siempre puedo dejarte aquí y, además, tendrás que deberme el favor de no ganar el torneo. —Azul le sonrió condescendiente, aunque algo más resignado—. Hasta que venga el príncipe y te bese de nuevo, ya que parece ser que… sois más cercanos de lo que dejábais entrever antes.
—Azul… Prefiero besarte a ti antes de volver a ponerle los morros a ese príncipucho.
—Sé que mientes, Jamil. Consciente o no. —Azul se retiró de su regazo—. Bien, pues…
Oh, cómo odiaba que a Azul le fuera a salir todo tan bien. Hasta lo estaba intentando extorsionar emocionalmente. Cuando pudiera volver a moverse, lo cocinaría y serviría de cena en Scarabia. Pulpo a la gallega. Pulpo salteado. Sashimi. Takoyaki con patatas.
—Te daré una oportunidad. —Le siguió al fin el juego Jamil, arrebatándole casi del todo esa expresión fingida de penuria—. Y, si te lo montas bien, podrás besarme como querías.
—Hmm. —Al fin se le quitó el puchero para volver a sonreír socarronamente—. Sabía que podíamos llegar a un acuerdo, Jamil-san.
—Eres lo peor.
—Touché.
—No somos…
—Bueno, que te bese, ¿no? ¿Alguna manera en especial? Estoy debidamente informado al respecto.
—Patético. —Se le escapó en voz alta. Azul alzó una ceja—. Patético que no tengas práctica.
—¿Oh? ¿Quién dice que no la tenga? —Esta vez era su turno de alzar la ceja ante ese tono sugerentemente falso—. Pero, en fin, recapitulando, el beso por el torneo. Te sacaré de esta porque tendremos una cita en condiciones. Mi silencio… A cambio de que no suceda nada más con dicho príncipe.
—Como si fuera a pasar nada más. —Suspiró Jamil—. Eres un pulpo territorial.
—Yo lo llamo preservador.
—No te he preguntado. Cumple ya con tu parte del trato.
—Del primero de los tres, sí, sí. Cuanta impaciencia. —Así pues, regresó sobre sus piernas con un brazo rodeando su cuello—. Sigo sin saber cómo proceder.
—Con lengua.
—¿Con l…?
—¿Qué, no has llegado en tu guía de cómo besar?
—La duda ofende, Jamil-san. ¡Claro que he llegado!
—¿De verdad que estabas leyend…?
Antes de que siguiera humillándolo más, Azul presionó torpemente sus labios contra… ¿Contra qué, exactamente? Sentía toda su nariz clavada casi en la suya y casi que un temblor bajo su fachada ahora poco impecable. ¿Qué hacía besándole la lengua? Oh, por el amor de…
—Así no se hace.
—Dijo el experto. ¿Por qué no…?
—Abre la boca. Para un día que no quiero que la cierres. —Tras un suspiro pesado, prosiguió—. Gira más la cabeza. No la abras tanto. Solo pon la lengua fuera y acércate aunque parezcas un besugo.
Vale, ahora sí.
Era diferente que Minajael, por supuesto. En lo que antes era entre iguales, ahora Jamil tenía el pleno control de la situación y, joder, si no prefería más lo segundo. Aunque lo segundo implicara a Azul. A Azul soltando prácticamente gemidos, solo que, a diferencia del príncipe y su toque acentuado por burla, los de Ashengrotto lucían especialmente reales.
Con el tercer roce, Jamil se liberó de su augurio.
Pero, en lugar de apartarlo de inmediato, quiso quedarse con sus momentos de dominio un rato más.
Azul fue consciente de su liberación cuando Jamil lo empujó contra él en su lugar. Le hizo deslizarse por sus piernas para acabar en un hueco apretado del sillón. Jamil hincó rodilla entre las de Azul como hizo Minajael por él y tiró de su nuca hacia atrás para explorar hasta el último rincón de su boca.
Sin darle, además, un solo respiro. Azul respiraba entrecortadamente, alternándose entre su boca y la nariz. En ambas ocasiones, como si de un pez fuera del agua se tratara. Uno patético. Patético y habitualmente en sus nervios. Uno que se adaptaba, además, a cualquier cosa como un veloz aprendiz, a cualquiera menos las clases de educación física, supuso.
Como un pulpo, Azul no le quitaba las manos de encima. Eran como las serpientes, ambos buscando debilidades mediante el tacto. Curiosidades. Animales de mar y tierra, coincidentes y similares. Animales a menudo desconfiados. Cautosos. Pero, una vez encontraban a un igual, podían bajar las alertas. Viniendo de mundos diferentes y a la par tan cercanos. A simple vista, totalmente opuestos. En esencia, lo mismo.
Y, por ser lo mismo, Jamil frunció el ceño y se apartó de Azul. La pierna doblada, sobre las baldosas de nuevo. ¿Qué hacía? ¿Por qué había disfrutado…? No, mejor nada. ¡Nada! Se iban a ir ahora mismo.
—Vámonos. Tenemos un torneo que ganar. Ni una sola palabra de esto.
—S-Sí, vámonos Ahem.
—Ni una.
—Entendido, Jamil-san. —Velozmente, pero cauto, Azul sacó las patillas una a una antes de ponerse las gafas sobre las orejas y nariz novedosamente—. Me debes una victoria, después de todo. Ah, no. Tres.
Sí, ahora tenía mucho que perder. Los estribos. Cordura. ¡Casi que prefería el estado de lobotomía que le había dejado Minajael! Así no tenía que pensar en, ugh… Torneo, torneo mejor, sí.
Ahora sí que Jamil no podía perder por nada del mundo.
