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Dinner's (not quiet) here

Summary:

Ocho cenas, ocho momentos en los que Phillip Crane descubre que la mesa es mucho más que un lugar para comer.

Notes:

Escribí este fic porque quería explorar las distintas dinámicas que tiene Phillip con su familia a través de los años.

Espero les guste :)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Romney Hall


1804

 

Cenar con su hermano George era una de sus actividades favoritas del día, pensaba Phillip. Claro que le gustaba pasar el tiempo en la sala donde su institutriz les daba clases y nutría su mente curiosa, sentimiento que George no compartía. Sin embargo, la cena significaba no pasar tiempo bajo la mirada decepcionada de su padre, un descanso al final del día a las horas en las que les instruía cabalgata, tiro con pistola, esgrima, y otras actividades que su padre consideraba que un caballero debía dominar. Era claro que disfrutaba de la hora de la cena.

 

Excepto cuando los sirvientes les servían pescado.

 

—¿En verdad tengo qué comerme esto? — preguntó a su niñera, Amelia, mirando con disgusto su plato —Preferiría terminarme dos raciones de vegetales — añadió seriamente. Frente de él, George soltó una carcajada.

 

— Debe terminar su comida, señorito Phillip — respondió Amelia con la paciencia de una persona que ha pasado por esta situación cientos de veces — Lo necesita para crecer — además agregó con una pequeña sonrisa — Si se come su pescado, le dejare quince minutos extras de lectura después de su hora de dormir.

 

— ¡Hey! Si Phillip tiene quince minutos extras, yo quiero treinta, ¡ya voy por mi segunda ración! — señaló George su plato — Es lo justo.

 

— Pero a ti te encanta el pescado y además no te gusta leer — señaló Phillip con el ceño fruncido, mientras su niñera y los sirvientes sonreían y negaban con la cabeza, niños, pensaban todos en ese momento, con exasperación y cariño.

 

—¡Qué sí me gusta!

 

—¡Qué no!

 

— Es suficiente — dijo su niñera con autoridad — Joven amo George, el futuro baronet de la casa Crane no se debe comportar así, debería saberlo mejor.

 

— No habrá tiempo extra para ninguno si siguen así, y además le informaré a Sir Thomas — añadió y aunque ambos sabían que no se atrevería, prefirieron no arriesgarse y se callaron al instante, con su mirada al plato y comiendo sin quejarse.

 

—Siempre te burlas de que me la paso leyendo — murmuró Phillip con un tono de reproche unos minutos después. George suspiró.

 

— Es porque siempre te la pasas leyendo. Además, a mi me gusta leer sobre aventuras, historias sobre héroes que derrotan villanos o ¡dragones! — respondió mientras blandía su tenedor como si fuese una espada— Y a ti te gusta leer sobre plantas y cosas para nada interesantes— añadió con un tono que explicase todo.

 

—Bueno, para mi, las plantas son mil veces más interesantes que los humanos. Se alimentan del sol y agua y no de… esto — explicó con disgusto, mientras picaba con su tenedor su pescado y metía un trozo a su boca, Dios, odiaba la textura del pescado. Ojalá fuese una planta, pensó mientras el trozo bajaba por su boca —Además, pronto te irás a Eton— dijo cuando terminaron de cenar y retiraron sus platos — Podrás hacer amigos nuevos que serán más interesantes que yo — Me dejaras sólo con padre.

 

George lo miró fijamente por unos instantes y finalmente sonrió, como si entendiera por lo que estaba pasando. Phillip no creía que lo entendiera.

 

—No creo que pueda conocer a alguien más particular e interesante que tú. ¿Quién más me explicaría sobre la fotosíntesis como tú? Además, en un par de años más también asistirás a Eton y mis amigos serán tus amigos.

 

Phillip lo dudaba, pero asintió de todas formas.

 

Tiempo después, cuando ambos estaban en su habitación a oscuras, a punto de dormir, George rompió el silencio.

 

—Te diré algo, cuando nos sirvan pescado en Eton, me comeré tu parte sin que se enteren. Eso es, si tu te comes mis vegetales, claro.

 

—Alguien se dará cuenta, algún profesor o tutor y nos meterás en problemas.

 

—Tú no te preocupes, nadie se dará cuenta, idearemos un plan, tú y yo.

 

—¿Harías eso por mi?

 

— Haría cualquier cosa por ti, eres mi hermano menor, es mi deber de hermano mayor cuidarte. En casa, en Eton o en cualquier otra parte. Nunca te dejaré solo.

 

Al escuchar esto, Phillip sintió una sensación cálida en su pecho, casi podría describir esa sensación como felicidad, o algo cercano a ella. Sonrió.

 

— De acuerdo, intentémoslo.

 

Cenar con su hermano George era una de sus actividades favoritas del día, sin

excepciones.

 


1808

 

Era diciembre, George y él habían regresado de vacaciones a Romney Hall. Phillip apenas había cumplido un año en Eton. A pesar que la carga académica era superior a la que recibía en casa, no tuvo problemas para desenvolverse correctamente. Los profesores lo apreciaban y aunque tuvo dificultades para interactuar con compañeros de su edad, pudo hacerse amigos, cuyas mentes eran brillantes y al igual que él también disfrutaban dialogar sobre tópicos relacionados a las ciencias naturales.

 

Además, George cumplió su palabra y a la hora de la cena, se sentaba con él y sus amigos, que a pesar de ser individuos un tanto ruidosos, eran buenas personas y siempre lo incluían en la plática. Sobretodo cuando querían conocer historias vergonzosas sobre George en su niñez y de esas tenía muchas.

 

Sin embargo, en Romney Hall, las cenas sí cambiaron.

 

Una vez que George cumplió los quince años, su padre decidió que debía empezar a cenar junto a él en el comedor principal. Como su heredero, Sir Thomas pensaba que debía pasar más tiempo con George ahora que ya era un adolescente. Enseñarle sobre sus responsabilidades como futuro baronet.

 

No es que lo envidiara, Phillip prefería cenar en una habitación a parte que pasar más del tiempo necesario con su padre, sin embargo, eso no evitaba que extrañara cenar con su hermano.

 

También pensaba con una especie de mezcla entre miedo y anhelo, que el próximo año, cuando él también cumpliera quince, su padre lo invitara a unírseles en el comedor principal. Aunque con suerte, lo aplazaría por otro año más. No era secreto que su padre no quisiera lidiar con Phillip más de lo que Phillip deseara estar en su presencia.

 

— ¿Desea que le sirva más pan, joven amo Phillip? — preguntó Tom, uno de sus sirvientes, mientras llenaba su copa de más limonada. Phillip negó con la cabeza.

 

—No, gracias, con esto es suficiente— prefería continuar con su lectura, terminar su cena y retirarse a sus aposentos.

 

Su padre había decidido continuar él mismo con su crianza, si es que se pudiera llamar así, así que dejó ir a Amelia desde el año pasado y desde entonces Phillip tomó la costumbre de leer mientras cenaba. Sin Amelia presente, no había nadie que se lo impidiera. Posiblemente Sir Thomas, pero él no estaba ahí y no estaría ahí por otro año más.

 

Mientras tanto, él continuaría cenando en silencio, con un libro y dos sirvientes sirviendo su cena, como su única compañía.


1810

 

Sir Thomas Crane había decidido ese día que llevaría a ambos de sus hijos a cazar. Phillip hubiera preferido pasar tiempo bajo la sombra de un árbol y leyendo un buen libro. Pero él más que nadie sabía que llevarle la contraria a su padre no era opción.

 

Al final del día, ambos habían quedado exhaustos. Después de tomarse un baño, Phillip lo único que quería era recostarse en su cama y dormir.

 

Sin embargo, su padre lo esperaba en el comedor, así que se alistó para estar presentable para la cena. Cuando bajó al comedor, su padre y George ya lo estaban esperando.

 

—Ah, justo a tiempo — dijo George mientras lo miraba con una sonrisa. Su padre sólo lo miró y señaló con la cabeza su lugar para que tomase asiento. Uno de los sirvientes acomodó su silla. En cuanto se sentó, su padre hizo una señal y el resto de los sirvientes comenzaron a servir.

 

Los tres cenaron en silencio, sólo el sonido de los cubiertos se escuchaba, hasta que George habló:

 

—Fue una buena cacería la de hoy, ¿no es así? Creí que nunca daríamos con el jabalí. Por suerte Phillip lo encontró primero— dijo mientras levantaba su copa de vino a su boca. Su padre asintió, sin embargo, al mirar de reojo a Phillip añadió:

 

—Phillip, no creas que no me di cuenta que dudaste al disparar. Un Crane nunca duda en tirar el gatillo cuando tiene su presa en la mira — dijo severamente.

 

Phillip sabía que su padre había notado su indecisión cuando su disparo no fue certero. Cuando no mencionó nada creyó tontamente que lo dejaría pasar, obviamente no fue el caso.

 

No era falta de modestia decir que tenía una puntería excelente. Con años de práctica y un padre que no aceptaba nada menos que la perfección, cualquiera la tuviera. Y si bien, la puntería de George también era excelente, donde sobresalía más era en ubicar a su presa.

 

Que Phillip encontrara primero al jabalí fue pura suerte. Se había quedado atrás observando unos matorrales de hortensias, Hydrangea macrophylla para ser específicos. Distraído por el color azul de las flores, no notó si no unos minutos más tarde que el jabalí se encontraba a unos cuantos metros de él. Con sutileza e intentando no hacer ruido, había apuntado con su arma, pero al mirar al animal no pudo evitar sentir lástima. ¿Por qué tenía que tomar una vida sólo por capricho? ¿Por qué no sólo podía observar las flores en paz?

 

Esos pensamientos duraron poco, igualmente a unos cuantos metros, su padre se encontraba cerca. No tenía su arma apuntando al animal, estaba mirando fijamente a Phillip. No hacía falta decirlo, era claro que esperaba que él tomara el tiro. Así que, con indecisión, jaló del gatillo.

 

—No volverá a pasar, padre — aseguró Phillip. No pidió disculpas, porque sabía que eso lo enfurecería más. Se limitó a cortar un trozo de carne, mirando fijamente su plato, sabiendo que su padre seguía con la mirada posada sobre él.

 

— Eso espero — dicho eso, volteó a ver a George — ¿Cómo te va en el colegio? ¿El hijo de Lord Pembrich y tú siguen siendo amigos? — George asintió — Sería bueno que asistieran a bailes y conozcan debutantes. No olvides que encontrar alguna hija de una buena familia y convertirla en la futura Lady Crane es tu deber. Especialmente si sigues con tus planes de enlistarte en el ejército.

 

Al escuchar a su padre, George sólo sonrió. Phillip notó que en su sonrisa ocultaba algo, algo que significaba algo más que encontrarle gracia a las palabras de su padre o buscarle seguir la corriente. Phillip pensó que sus constantes desapariciones durante este verano tenían algo que ver con esa sonrisa.

 

—No te preocupes por eso padre. Todavía hay tiempo antes de enlistarme— se limitó a decir — La salsa que le pusieron a este roast beef está exquisita…

 

George continuó haciendo plática con su padre y Phillip sólo se limitaba a intervenir en la plática cuando George le hacía preguntas de vez en cuando y a mantenerse callado el resto de la cena. Su padre en cambio, se limitó a ignorarlo por completo.

 

Esperaba con ansias que el verano terminara para volver a Eton. Qué el tiempo pasara con prisa para entrar a Cambridge, no podía esperar más a poder estudiar botánica y convertirse en un profesor, realizar sus experimentos y vivir para siempre lejos de su padre y de Romney Hall.

 


1813

 

Estaba en su tercer semestre de universidad cuando la noticia llegó en forma de una carta de parte del secretario de su padre pidiendo que regresara a Romney Hall a la brevedad posible.

 

Primero pensó que algo grave había pasado con su padre, la carta no especificó detalles o motivos para su regreso, sólo que era urgente. Al llegar a la mansión y ver a su padre parado en las escaleras con una mirada sombría, lo comprendió todo: George había fallecido.

 

El funeral dio a lugar al día siguiente. Sin un cuerpo que enterrar, sólo un acto simbólico más, protocolario sería la palabra precisa. Sólo estuvieron presentes el pastor, su padre, los trabajadores de Romney Hall y él. Nadie dijo una palabra, sólo el pastor dando su sermón y el sollozo de alguna de las sirvientas que los vieron crecer. Él no dijo nada ni tampoco lloró, su hermano no estaba ahí, su hermano ya no estaba más. Y punto. Se había ido y no lo volvería a ver.

 

Nunca te dejaré solo. George había roto su promesa.

 

No estaba molesto con él, Phillip había deseado irse lejos de Romney Hall sin considerar que eso significaba irse lejos de su hermano. Él había roto primero esa promesa. Ansioso por alejarse de todo y de todos, no había considerado que también se alejaría de su hermano. Los pocos meses que iba a tener con él antes de que partiera a España, decidió pasarlos en Cambridge, tomando seminarios.

 

Él que cargaba con la culpa era él, no su hermano. El hermano que soñó con ser un héroe. El hermano que había dejado atrás.

 

No recordaba que había pasado después del funeral, de un momento a otro estaba frente a su lápida y ahora se encontraba en su habitación, acostado mirando fijamente el techo. Hasta que Gunning, el mayordomo, tocó la puerta y entró.

 

—Amo Phillip, Sir Thomas me indicó que le avisara que la cena será servida a la misma hora de siempre— Phillip entendió el mensaje de tu padre. Te espero ahí. Gunning dudó por unos momentos — Puedo informarle que no se encuentra bien y subirle su cena.

 

—No, gracias Gunning, ahí estaré —ocasionarle problemas a Gunning sólo por querer esconderse de su padre era lo que menos deseaba. Huir ya no era una opción. Huir sólo le trajo arrepentimiento.

 

A la hora de la cena bajó al comedor. Su padre ya lo estaba esperando. Se dirigió a sentarse a su lugar de siempre.

 

—No, Phillip, a mi derecha — dijo con el tono que no supo interpretar. Siempre había usado uno severo cuando se dirigía a él. Este tono era distinto. Restringido.

 

Phillip pausó, con el peso del significado de las palabras de su padre en sus hombros. Miró a un hombre atado a las tradiciones más que a sus sentimientos, más que a sus hábitos, sus rutinas y sus costumbres. Miró al asiento que le pertenecía a George, miró a su padre nuevamente. Pensó en qué lo enojaría más, si desobedecerlo y sentarse a su izquierda como siempre o si obedecerlo y ocupar un lugar que nunca le correspondió. Un hombre atado a jerarquías y protocolos. Phillip se sentó a su derecha.

 

La cena se sirvió como siempre. Su padre no lo volteó a ver. Pocos minutos después habló.

 

— Phillip, tus estudios en Cambridge han terminado. — Phillip que estaba por comer un bocado, quedó con la mano extendida, inmovilizado — Mandaré por tus cosas. Te quedarás aquí y aprenderás lo necesario para administrar estas tierras.

 

— No — dijo cortante. Su padre fue ahora el que se quedó inmóvil.

 

— No era una sugerencia, es tu deber. — dijo después de recuperarse del shock, acostumbrado a que Phillip obedeciera a la primera orden suya.

 

— No estoy huyendo de mi deber. Puedo terminar mis estudios y aplicarlos aquí — razonó, Sir Thomas era testarudo, pero si había algo que Phillip y él compartían, era anteponer la lógica siempre. — Al contrario de lo que usted piensa, la botánica no es sólo un observar flores y plantas, mis estudios pueden servir al desarrollo de los cultivos en estas tierras.

 

Su padre lo estaba mirando fijamente, pero en su mirada no había esa decepción de siempre, en su rostro había disgusto, pero también sorpresa. Phillip sabía que se estaba saliendo del guion. Imaginaba que ni su padre creía que su segundo hijo era capaz de dirigirle cinco palabras seguidas. No sabía si era el lugar en el que estaba le estaba proporcionando valor o si la perdida de su hermano le había hecho perder la razón. O si la mezcla de ambas le hubiesen abierto los ojos:

 

De niño sabía que cuestionar sus órdenes era una reprimenda segura. De adulto ahora sabía, que la persona mayor que tenía a un costado no podría aplicar ningún castigo físico en contra de él incluso si quisiera.

 

— Los libros no te enseñarán a cobrar rentas ni a mantener a los arrendatarios en su lugar. Eso se aprende aquí, no en Cambridge. — respondió con severidad, eligiendo también usar los argumentos lógicos de una persona cuya experiencia tiene más valor que los estudios — Las tierras no necesitan de tus teorías, necesitan ser administradas.

 

—Podría volver en las vacaciones, podría enseñarme sobre la administración en esos intervalos, no quiero…— ¡Pam! los platos, cubiertos y copas en el suelo. Su padre los había aventado con fuerza poco propia de su edad, pero sí propia de su carácter.

 

—¡Aquí no importa lo que quieras o no quieras! — explotó — Tampoco lo que yo quiera. ¡¿Crees que quiero a alguien como tú como mi heredero?! ¡¿Crees que te quiero en ese lugar que estás sentado?! ¡¿Sabes lo que quiero?! — claro que lo sabía, lo sabía porque era algo que también quería —Quiero a mi hijo, quiero a George — Phillip, quien nunca había visto a su padre llorar, vio como se le llenaban sus ojos de lágrimas sin derramar — Pero George ya no está — dijo entre ahogado — George ya no está — se volvió a sentar, con sus manos sobre su viejo y cansado rostro. Gimiendo y llorando frente a un hijo que no quería ver por un hijo al cual quería ver más que nada.

 

Phillip lo acompañó en silencio, incluso después de que los sirvientes limpiaran, se llevaran todo de la mesa y se retiraran. Ahora él y Phillip eran los únicos que se tenían el uno al otro. Les gustase o no les gustase.

 

Una semana después, esa discusión ya no importó, su padre había decidido abandonarlo también. El Señor Phillip Crane pasó a ser Sir Phillip Crane.

 


1814

 

—¿Qué te parece la cena el día de hoy, Marina? — preguntó Phillip para intentar romper el hielo, le pareció una pregunta pertinente cuando la pensó, pero una vez que salió de su boca le sonó un poco extraña, incómoda incluso, aunque quizás el incómodo era él.

 

Quizás lo incómodo era tener que hablar en voz alta para hacerse oír de un extremo al otros, donde ambos se encontraban sentados.

 

Cuando se casó con Marina hace poco menos de un año, no lo hizo esperando que surgiera entre ellos un romance propio de novela, pero sí uno cordial, basado en la amistad. Al fin y al cabo, ambos amaron a George y él estaba agradecido con ella por traer al mundo a unos pedazos de él. Cuando George murió, pensó que ya no quedaba nada de él en este mundo, sin embargo, existían dos bebés con su mirada y su nariz, que indicaban lo contrario.

 

¿Ves? Te dije que no te dejaría solo.

 

— Me parece adecuada, mi señor — respondió Marina sin apartar la vista de su plato, jugando con su comida.

 

Sí, su matrimonio no era nada remotamente a lo que esperaba.

 

—¿Cómo se portaron Amanda y Oliver el día de hoy? Quise pasar un rato con ellos después de ir a trabajar en el invernadero, pero me entretuve en un experimento, es sobre mis chícharos, creo que esta vez podri…

 

—Se portaron bien, mi señor— interrumpió Marina un poco fastidiada, poco después al notar el tono de sus palabras, añadió — Gracias por preguntar. — regresando a su tono monótono. Phillip pestañeó un par de veces, un poco sorprendido. No porque la forma en la que le respondió le hubiese ofendido sino porque ese fastidio era lo más cercano que le había visto a la expresión de un sentimiento.

 

Claro que Marina les sonreía a los gemelos. O fruncía el ceño en señal de preocupación cuando alguno de ellos mostraba algún malestar o incomodidad. Sin embargo, con Phillip se mantenía inexpresiva. Él sentía que cualquier sentimiento que estuviese experimentando en su presencia, decidía dejarlo guardado para si misma.

 

— Ya veo — dijo mirando su rostro, por si llegase a ver algún otro sentimiento surgir en alguna expresión. No encontró nada, Marina siguió mostrándose indiferente como siempre — Me alegro. — Y era verdad, se alegraba.

 

Ambos continuaron su cena en silencio.

 

Quizás esta era una señal de que Marina le estaba tomando confianza y pronto se abriría, pensó Phillip. Él más que nadie, sabía lo dificil que era entablar una amistad con alguien que no comparte ninguno de tus intereses. Tenía esperanza de que este matrimonio no estuviese del todo perdido.

 

Oh, qué equivocado estaba.

 


1818

 

Después de poco más de cinco años casado con Marina, había aprendido que guardar silencio era como más cómoda ella se sentía en su presencia. No recordaba exactamente a partir de qué año dejó de intentar entablar conversaciones con ella (a excepción de las que fuesen extrictamente necesarias). Sólo sabía que había dejado de hacerlo y ya.

 

No sabía quien estaba más aliviado, si él o Marina. Pero si algo sabía, es que las conversaciones casuales nunca habían sido su fuerte.

 

Sus cenas las pasaban en lugares distintos. Ella con los gemelos o resguardada en su habitación y él en el invernadero o en su estudio. Era más práctico así.

 

Sin embargo, hace unas semanas atrás, el ama de llaves le había informado que Marina había estado dejando de comer. Sus platos sin tocar. Preocupado, mandó a llamar al médico y el médico después de revisar a Marina había llegado a la conclusión de que sus signos eran claramente sintómas de melancolía. Phillip preocupado le había preguntado qué tratamiento debía seguir para que se recuperara. El doctor sólo sugirió reposo, buena alimentación y remedios herbales para recuperar su vitalidad.

 

Bajo esa indicación, Phillip decidió plantar todo tipo de plantas para elaborar sus brebajes— tila, valeriana, romero y melisa — e indicar a los sirvientes de poner en su habitación flores aromáticas como la lavanda para inducir calma y mejorar su sueño. Además, habían retomado ambos sus cenas en el comedor principal. Eso le aseguraba a Phillip que Marina se estaba alimentando correctamente, aunque no hablasen. Y parecía que había servido, la complexión de Marina había mejorado mucho estos últimos días y se sentía más dispuesta a pasar tiempo con los gemelos. El otro día incluso creyó haber escuchado su risa cuando pasó cerca de la sala de juego de los gemelos.

 

Sus cenas ahora las pasaban en completo silencio. Él con un libro en mano, retomando la costumbre de cuando era sólo un joven de catorce años. Ella mirando a su plato o a hacia su dirección, no específicamente a él, aunque a veces sí a él, y otras veces a la nada.

 

Uno de los sirvientes se acercó a rellenar su copa. El levantó su mirada del libro para agradecerle.

 

—¿Lady Crane? — preguntó uno de los mozos, señalando si deseaba más vino. Marina negó con la cabeza.

 

— He terminado por hoy — Phillip miró su plato, estaba vacío. Asintió con la cabeza, no para darle permiso de retirarse sino para mostrar que estaba complacido que hubiese terminado sus alimentos ¿Acaso así se había sentido Amelia cuando se terminaba su pescado?

 

Con casi cinco años, Amanda y Oliver, no habían mostrado ese tipo de conductas, al menos no aún. Según sus niñeras, ambos niños tenían un apetito feroz. Phillip había sido testigo al llegar a verlos comer. Le recordaban a George en ese y en muchos otros aspectos —sus ojos, sus sonrisas y ciertos gestos—.

 

Marina se levantó e hizo un gesto de despedida con la cabeza. Phillip le regresó el gesto y continuó con su cena y su lectura. Terminando iría a la habitación de los gemelos para desearles buenas noches.

 

Tal vez les leería una historia sobre héroes que derrotan dragones.

 


1821

 

Phillip era un hombre de rutina. Eso era seguro.

 

Todos los días se levantaba antes de que saliera el sol, se alistaba para el día, atendía sus experimentos en el invernadero, desayunaba, los lunes, revisaba cuentas con su secretario y armaban juntos la agenda de la semana en su estudio, el resto de la semana visitaba a sus arrendatarios y los ayudaba en el campo. Después, si el tiempo lo permitía, almorzaba con los gemelos después de sus clases, regresaba al invernadero hasta que el sol se metiera, cenaba, acostaba a los gemelos, regresaba a su estudio para revisar correspondencia y finalmente se retiraba a su habitación a dormir para al siguiente día repetir todo nuevamente.  

 

Todo había seguido como siempre, incluso después de la muerte de su esposa. Hasta que una carta cambió todo.

 

Una simple carta expresando condolencias por la pérdida de Marina. Una de tantas cartas que había recibido días después de haber anunciado su muerte. Y una respuesta suya expresando su agradecimiento.

 

Su estado mental tras la muerte de Marina había sufrido un deterioro.

 

A pesar de no haber amado a su esposa, era innegable decir su pérdida no le había afectado. Sentía que la había defraudado. A ella, a su hermano y a los gemelos. Había jurado protegerla y no había cumplido con su palabra. Ahora sus hijos no tenían a su madre y él se sentía un pobre sustituto de uno. Que los amaba no había duda, sin embargo, se sentía como si estuviese parado en arena, sin un terreno firme donde pisar. Se sentía insuficiente para ellos e inseguro en su papel como padre.

 

Sabía que se había vuelto permisivo e indulgente con ellos. No sabía como ayudarlos a superar la muerte de su madre. La madre de Phillip también había fallecido, pero él nunca llegó a conocerla puesto que murió el mismo día que él había venido al mundo. Nunca hubo nada que extrañar. Pero Amanda y Oliver sí tenían mucho que extrañar, ellos tuvieron siete años de recuerdos, de ternura y amor de una mamá. Por eso hacían travesuras en el día y lloraban en las noches. Por eso Phillip no podía negarles nada.

 

Sabía que eso estaba mal, pero la culpa no lo dejaba actuar con claridad.

 

Eso fue hasta que Eloise, la señorita Bridgerton, respondió de vuelta a su carta de agradecimiento y su mente aguda y preguntas sobre su profesión como botánico, incitaron a iniciar una correspondencia que había durado más de un año.

 

Su rutina cambió, ahora la correspondencia era algo que revisaba al menos dos veces en el transcurso del día. Todos lo notaron, incluidos sus hijos. Su humor había mejorado y ya podía ver de nuevo sus hijos a los ojos. Tal vez seguía siendo permisivo —Bessie, su nueva mascota, era una prueba de ello — pero ya no permitía que hicieran travesuras sin ganarse una reprimenda de su parte o un castigo dependiendo de la severidad. Amanda y Oliver habían parado, en su mayoría, le había informado su niñera. La institutriz seguía diciendo que ambos eran unos niños inteligentes pero indisciplinados. Al menos aún no había huido, y ese hecho Phillip lo consideraba una mejoría.

 

Este último año, que había entablado una amistad por correspondencia con la persona que menos había esperado haberse hecho amigo, la situación en su hogar había mejorado. Y ella ni siquiera había estado presente.

 

Miles, su secretario, había sido el primero en sugerirlo. Conseguir una nueva esposa, no por él, sino por el bienestar de sus hijos. Gunning siguió después, tras entregarle una de tantas cartas que habían de Londres, con el nombre “Eloise Bridgerton” en el remitente. Pero su tono burlesco en el ¿Tiene planes en el futuro de casarse, señor? indicaba que su sugerencia no era sólo pensando en los niños. Phillip no le respondió, tampoco a Miles.

 

Sin embargo, la idea quedó sembrada en su mente.

 

Su padre nunca se volvió a casar. Phillip nunca tuvo el afecto de una madre, ni siquiera de una sustituta. Pensó si el yo de su infancia le hubiese gustado tener una. En si sus gemelos les gustaría tener una. Quizás al principio no, pero puede que en un futuro sí.

 

Que su amistad por correspondencia con Eloise, la señorita Bridgerton, había influido en la mejora de su estado emocional era indudable. Todos lo habían notado. Tal vez, y solo tal vez, si la invitara a su hogar y se llegasen a conocer mejor y decidieran que ambos son compatibles, y tal vez, y solo tal vez, él le propusiera matrimonio, y tal vez, y solo tal vez, ella aceptara, con su mente aguda y perspicaz, su excelente sentido de humor, podría influir en los gemelos para bien. Ella ya estaba teniendo una buena influencia en él mismo.

 

Después de pensar todos los pros y contras toda una noche, y vaya que los analizó, mandó su invitación, propuesta, por correo al día siguiente. Claro que no era una manera romántica de proponer una posible alianza, pero estaba seguro que ella apreciaría su honestidad y los verdaderos motivos de su invitación.

 

Pasó una semana después de haber enviado su última carta. No hubo respuesta. Gunning lo notó.

 

Pasó otra semana. Ninguna carta desde Mayfair llegó. Miles lo notó.

 

Ambos tuvieron la decencia de no mencionar nada.

 

A la tercera semana, los gemelos lo notaron.

 

No el hecho que no había recibido correspondencia, ni siquiera les había hablado de su amistad con la señorita Bridgerton. Pensaba hacerlo en el caso que recibiera una respuesta afirmativa. Lo que en verdad se percataron fue el hecho que estaba un poco más susceptible que de costumbre.

 

Después de tres semanas sólo había recibido silencio. Phillip estaba más que acostumbrado al silencio, pero recibirlo por parte de Eloise — la señorita Bridgerton, se corrigió por enésima vez en su mente — le dolió más de lo que esperaba.

 

Desde que iniciaron su correspondencia, nunca había pasado más de una semana sin recibir una carta de ella.

 

Primero pensó que estaba enferma. Se preocupó. Después pensó en ir a Mayfair en persona para verificar su estado de salud, pero analizó que, si su silencio era en efecto un rechazo, los pondría a ambos en una situación incómoda.

 

Para la cuarta semana, decidió regresar a su rutina pre-Eloise. Le enviaría una carta al día siguiente pidiéndole disculpas y que olvidara su anterior carta. Retomar su amistad, si eso fuese posible, pensó mientras hacia unas anotaciones sobre las orquídeas. Sin embargo, nunca llegó a escribir esa carta.

 

Eloise Bridgerton había llegado a Romney Hall.

 

Sin previo aviso.

 

Cuando posó su mirada sobre ella, quedó paralizado. Cuando ella se presentó, sintió que sus piernas iban a dejarle de responder en cualquier momento.

 

Había iniciado correspondencia con ella pero nunca le había puesto un rostro físico real o imaginario cuando le escribia o pensaba en ella. Lo único que se le venía en su mente era su letra, una excelente caligrafía, trazos fluidos sin una nota de temblor, ninguna señal de duda en escribir las palabras precisas para expresarse.

 

Llegó a conocer a su hermana, la duquesa de Hastings, Daphne Basset. Y a su hermano, el señor Colin Bridgerton. Ambos personas gentiles y decentes con proporciones faciales estéticas y agradables a la vista.

 

La señorita Eloise Bridgerton, en cambio, no sólo era agradable a la vista: Era preciosísima. Un cabello castaño que brillaba bajo la luz del candelabro que colgaba del techo, y unos ojos…

 

Dios, sus ojos, no sabía por donde empezar a describirlos, sentía que ninguna palabra les harían justicia.

 

Esos ojos, había invitado a la dueña de esos ojos para ver si serían compatibles y ella ahora se encontraba firme, frente a él.

 

Hablando sin parar sobre todo lo que tuvo que pasar para llegar hasta ahí, sobre la decoración de su sala y los cuadros que adornaban sus paredes.

 

—¿Qué está haciendo aquí? — fue lo único que salió por su boca. ¿Era posible patearse a uno mismo? Probablemente no.

 

Eloise que había hasta hace unos momentos hablado sin parar, abrió de nuevo su boca para responder el motivo de su visita, luego la cerró, volteó a ver la sala, luego a él, pestañeando un par de veces, volvió a abrir la boca y luego la volvió a cerrar.

 

Era como si ella no estuviese muy segura del motivo por el cual estaba aquí. Él no mencionó nada, tampoco estaba seguro de que decir o como hacer la situación menos incómoda, lo que sí sabía era que estaba sonrojado, sentía su cara arder.

 

Si no fuese por la intervención de Gunning quien justo entraba a la sala, hubiese abierto otra vez su boca y habría hecho nuevamente el ridículo.

 

—Sir Phillip, he preparado una de las habitaciones para huéspedes para la señorita Bridgerton. También he tomado la molestia de llevar su equipaje ¿Por cuánto tiempo tendremos la visita de nuestra invitada especial?

 

¿Cuánto tiempo tendrían visita? ¡Phillip ni siquiera estuvo al tanto de que tendrían visita! Otra vez sin saber que decir, volteó su mirada hacia dicha invitada especial.

 

—No, verá… lo que pasa es que… umm — Eloise parecía no saber tampoco que decir, inhaló y exhaló — Tengo un hermano que vive a unos kilómetros de distancia de aquí… y creo que será mejor que yo me retire.

 

Phillip frunció el ceño. ¿Retirarse? Pero si acababa de llegar. Gunning fue quien intervino nuevamente.

 

— Señorita Bridgerton, ya se metió el sol. No es seguro. Por favor, quédese esta noche —dijo su mayordomo.

 

O para siempre.

 

—No quiero imponer…—respondió mirando de reojo a Phillip. Él volteó a ver al cuadro de su derecha, estaba un poco inclinado.

 

—Estoy seguro que para Sir Phillip no es ninguna imposición — insistió Gunning con una sonrisa contenida suplicándole con la mirada que dijese algo.

 

—Por fa-por favor — tartamudeó, pero por supuesto que tartamudeó. La sonrisa de Gunning ya no era contenida. Phillip lo ignoró y aclaró su garganta — Por favor, señorita Bridgerton. Insisto.

 

Eloise pareció dudar por un momento, pero después asintió.

 

— La cena estará por servirse en unos momentos más. ¿La señorita Bridgerton lo acompañará en el comedor o la señorita prefiere retirarse a descansar?

 

El comedor no se había usado desde hace poco más de un año, el único servicio que se hacía en cocina era servirle un plato sencillo de comida, la misma cena que comían los empleados, en el invernadero. Phillip lo sabía, Gunning lo sabía.

 

La señorita Bridgerton no lo sabía.

 

—¿Le gustaría acompañarme a cenar? — ¡Bien! una oración completa sin tartamudear, ahora sólo necesitaba poder mirarla a la cara por más de cinco segundos seguidos.

 

Eloise lo miró nuevamente, luego a Gunning y luego otra vez a él. ¿Por qué la indecisión? ¿No quería cenar con él pero no sabía como decirlo?

 

— Si se siente más cómoda, puede ir a descansar y haré que manden una bandeja de comida a su habita…— ante esto Eloise abrió mucho los ojos

 

—¡Noo! — contestó alarmada, Phillip y Gunning se sobresaltaron, echándose ligeramente para atrás ante su abrupta respuesta. Eloise, que vio todo eso, soltó una risa nerviosa — La verdad es que sí me muero de hambre, creo que eso suele pasar cuando pasas muchas horas de viaje en un carruaje y no empacas nada para merendar — explicó mientras se tocaba el estómago. Phillip no sabía si hizo tal gesto para aligerar el ambiente, sin embargo, le pareció tan encantador que casi sonrió.

 

Casi.

 

— Pero no me molestaría retirarme primero a mi habitación antes de cenar. Como dije, el viaje fue bastante largo. Y creo que estoy muy sobrevestida para la ocasión — mencionó señalando todo su cuerpo, desde la tiara en su cabeza hasta su vestido con piedras incrustadas que reflejaban el brillo de las velas.

 

Ahora que lo pensaba, parecía que se había alistado para un baile. No es que le molestara en absoluto, en su opinión se veía espectacular. En cambio, él, bueno, su apariencia dejaba mucho que desear en estos momentos.

 

— Bien, de aviso a la Sra. Smith, por favor — le informó a Gunning — Pero antes de eso acompañe a la señorita Bridgerton a su habitación para que descanse un poco antes de cenar.

 

Su mayordomo inclinó su cabeza e hizo un gesto para que su invitada lo acompañase.

 

— Sir Phillip, es verdad que llegué de manera imprudente y sin previo aviso, y por ello le pido una disculpa — dijo apresuradamente.

 

— Sé que tuvo sus motivos — La conozco. — Podrá decírmelos en la cena — una vez que haya descansado.

 

Ante eso, Eloise asintió y se retiró de la habitación. Una vez fuera, Phillip sintió que podría respirar nuevamente. Él también necesitaba urgentemente quitarse la suciedad y cambiar su vestimenta ¿Por qué tenía que haberlo visto en tal estado? ¿Y por qué tenía que ser tan hermosa? pensó mientras se dirigía a su habitación.

 

Una vez que se alistó y se puso una de sus mejores ropas, se dirigió hacia el comedor principal. A pesar del pánico inicial, Phillip sinceramente se encontraba aliviado de que hubiese aceptado acompañarlo a cenar, que su primer encuentro no hubiese sido un completo desastre después de todo y que tuviese tiempo para rectificarlo.

 

Ese alivio no duró mucho.

 

Como su invitada de honor, los sirvientes habían arreglado su lugar a la derecha del anfitrión. Phillip no recordaba la última vez que había cenado en compañía y de forma tan cercana con alguien. Y estaba seguro que nunca había cenado con ninguna joven de la que él se siéntese sumamente atraído.

 

¿Qué le pasaba? Tenía escasos minutos de conocer a la mujer con la que se había comunicado por medio de cartas por poco más de un año, una mujer que le había pedido prácticamente matrimonio, no menos, y se estaba comportando como un adolescente. Tenía veintiséis, casi veintisiete, años, con hijos, por favor.

 

La ayudó a sentarse acomodando su silla y luego se dirigió a su asiento.

 

Intentó que el nerviosismo por la proximidad no se notase. No creía que estuviese haciendo un buen trabajo. Los sirvientes comenzaron a servir la cena.

 

—Por favor, Señorita Bridgerton — señaló su plato para que comenzase a comer.

 

Ella se llevó una cucharada de sopa a la boca. Él no sabía si iba a poder pasar bocado.

 

¿Qué hacia en Romney Hall? ¿Era para aceptar su propuesta? ¿Era para rechazarlo? No, si fuese a rechazarlo, lo hubiese hecho por correspondencia, ¿no es así? Pero, ¿por qué no le respondió o le avisó que vendría? ¿Acaso algo había pasado?

 

Phillip no se sentía cómodo en la incertidumbre, así que optó por preguntarle:

 

— ¿Se encuentra…—

 

— Una disculpa…—

 

Ambos habían empezado a hablar al mismo tiempo.

 

— Perdóneme…— empezó Phillip

 

— No, no, qué era lo…— interrumpió Eloise

 

— No, por favor, empiece usted — insistió, prefería que ella hablase primero.

 

Eloise tomó aire y exhaló.

 

— Quiero pedirle nuevamente una disculpa por aparecerme así, sin avisar. Hace unas horas se me había hecho una de mis ideas más brillantes, si lo puede creer — rio sardónicamente — Ahora que estoy aquí, creo que caí en cuenta de lo que hice en cuanto puse un pie aquí. La adrenalina alimentada por mi impulsividad se dio por terminada.

 

— Ya se disculpó, no tiene porque hacerlo nuevamente.

 

— Bueno, es que no aceptó mis disculpas en primer lugar, me sentí en la necesidad de expresarlas nuevamente — ese era un buen punto.

 

— Bueno, es que no hay nada de qué disculparse en primer lugar. Yo fui quien la invitó. Aunque no miento que me gustaría haber sido informado de su visita. — aunque sea para prepararse mentalmente.

 

— Si soy honesta, creo que en el fondo quería tomarlo de sorpresa tanto como usted me tomó de sorpresa a mi — pausó mientras lo miraba fijamente, ante eso Phillip volteó a ver a su plato con bastante interés, Eloise hizo lo mismo, sin embargo, mientras cortaba un trozo de sus espárragos, añadió — Quiero decir, ¿quién propone matrimonio mediante una carta?

 

Phillip se atragantó al escuchar eso. Eloise se alarmó y apresurada intentó levantarse de su asiento para lo que él suponía era ayudarle. Levantó su mano para detenerla, mientras que con la otra tomó su copa y le dio un trago. Tosió levemente, se limpió las comisuras de la boca y carraspeó un poco.

 

Por la periferia observó a los sirvientes mirarse de reojo. Aunque confiaba en su discreción, esta claramente no era una conversación que necesitase testigos. Les hizo una señal para que se retiraran, aunque notó que sus caras gritaban que deseaban mucho quedarse en sus lugares, volvió a señalarles y al minuto estuvieron fuera del comedor.

 

— Señorita Bridgerton, estoy seguro que no le pedí matrimonio directamente en mi carta, fui bastante específico con mis palabras…

 

“Sería para mí un honor recibirla en Romney Hall y poder conversar con usted sin la distancia del papel. Creo que sólo en la presencia mutua podremos descubrir si nuestras naturalezas pueden encontrar armonía en la compañía del otro y compatibilidad en una vida compartida…” — Phillip volvió atragantarse con su propia saliva esta vez, escuchando con su voz las palabras que había escrito hace un mes ¡¿es que acaso había memorizado su carta?!

 

Santo cielo. Debía detenerla antes de morir de la mortificación.

 

— ¿Memorizó usted mi carta palabra por palabra?

 

— Poseo una memoria excelente — dijo como si lo explicara todo, y en esencia sí — En especial cuando leo algo tan interesante y a la vez tan alarmante como una propuesta de matrimonio ni más ni menos por parte de mi amigo por correspondencia. Dicho eso, sí fue una propuesta, habló usted de una vida compartida ¿no es esa la definición de un matrimonio? ¿dice usted que entendí mal? Yo no lo creo.

 

— Entiendo la confusión, sí, mi intención en conocerla en persona era para ver si podríamos ser compatibles para el matrimonio, aún así, técnicamente no he pedido su mano — aún — Sólo quería que nos conociéramos en persona.

 

Eloise lo miró fijamente otra vez y pudo ver como los engranes de su mente estaban girando y como es que llegó a una conclusión.

 

— Se arrepiente, ¿verdad? Sí, creo que sí. Me di cuenta cuando sus ojos se posaron sobre mi — continuó — Vi su rostro lleno de sorpresa. No se preocupe, no es mi primera vez, podría decirse que soy experta en ahuyentar pretendientes, por sexto ¿séptimo? año consecutivo. Aunque le confieso que es la primera vez que ahuyento a alguien por mi apariencia física. Siempre suele ser cuando abro mi boca — le sonrió. Su corazón hizo un vuelco extraño.

 

—¿Cómo dice? — estaba aturdido por toda la información recibida. No sabía como catalogarla. ¿Quién dijo que estaba ahuyentando a quién?

 

—¿Acaso no es esta su forma de decirme que se retracta de proponerme matrimonio? — lo miró ladeando su cabeza, perpleja.

 

 ¡¿Arrepentirse?! ¿Él? Si sólo tenía un par de horas de conocerla y ya se había imaginado toda su vida junto a ella. Vaya, incluso desde antes de conocerla. La invitación que había hecho no fue a la ligera, en absoluto.

 

— No me arrepiento — dijo con voz rasposa después de casi ahogarse dos veces. Volvió a carraspear antes de proseguir — Es cierto que me sorprendió su visita, si… — Era claro que no esperaba que su encuentro se diera así. Llevaba todo el día trabajando y desde la mañana que no se había visto en el espejo. Había esperado estar al menos presentable cuando se conocieran, pero eso ya no importaba.

 

— Estuve esperando su respuesta — añadió, como si eso explicase todo. ¿Por qué hablar con Eloise era tan complicado por persona? Todo era más sencillo cuando sólo tenía que escribirlo en una hoja — Pensé que la había ahuyentado — concluyó en casi un susurro.

 

— No es así, Sir Phillip — dijo rápidamente, Phillip notó la angustia en el tono con el que lo dijo — Debo informarle que si tardé mucho tiempo en tomar una decisión fue porque tomé su propuesta con toda la seriedad merecida, tan solo por la amistad que hemos desarrollado en nuestras cartas y la estima que he llegado a tenerle. Entiendo que no fue la manera correcta, pude haberle escrito de vuelta, pero sinceramente me dije a mi misma que la magnitud de dicho contenido ameritaba, en mi opinión, a una contestación en persona. Ahora que lo reflexiono creo que quise sorprenderlo tanto como usted me sorprendió a mí con su invitación. Pero admito que fui impulsiva y realmente no me sorprendería que se arrepintiera, quiero decir… no soy lo que usted esperaba, ¿no es así?

 

No, Phillip pensó, no lo es.

 

Si era honesto, él tampoco sabía que había estado esperando. Nunca le había puesto un rostro a su amiga por correspondencia, simplemente era Eloise Bridgerton. Aún si se hubiese imaginado su aspecto, estaba seguro que nunca se acercaría al que tenía en frente.

 

Justo cuando iba a responderle, nuevamente Eloise empezó a hablar.

 

— Digo, no esperaba que se enamorase de mi a primera vista, no soy la protagonista de una novela de romance después de todo. Tampoco digo que no tenga rasgos agradables a la vista, pero si conociera a mi hermana Daphne o a Francesca, vaya que sí se deslumbraría al instante…

 

Usted me parece más bella, pensó.

 

Eloise cerró su boca al instante, sorprendida. Ruborizada. Fue en ese detalle que comprendió que había dicho lo que pensaba en voz alta, en su intento por procesar toda la información que ella estaba arrojándole. Fue ahora su turno en ruborizarse también.

 

— Quiero decir — intervino — Si me lo permite — ¡¿Por qué Dios?! ¡¿Porqué habló en voz alta?! — Aunque no tengo el gusto de conocer a Lady Kilmartin, sí conocí en persona a la Duquesa de Hastings…— ¡Vamos, Phillip! ¡Tú puedes! — En mi opinión usted me parece más hermosa… ¡No digo que Su Gracia sea fea! ¡O Lady Kilmartin! — aclaró alarmado — Sólo quería decirle que no debe compararse, usted es muy bella — miró al suelo, apenado, su rostro nuevamente en llamas.

 

Tomó aire y suspiró. Si planeaba que Eloise lo aceptase como esposo, o siquiera lo considerase, iba a tener que hablar más de lo que estaba acostumbrado si quería evitar más malentendidos.

 

Pero cuando levantó la vista, volvió a quedarse sin aliento y sin palabras.

 

Eloise Bridgerton estaba sonriéndole abiertamente. Si antes se le había hecho hermosa, ahora estaba preciosísima. Su corazón latía tan fuertemente que sentía las pulsaciones en sus oídos, ¿cómo alguien podría ser tan deslumbrante?

 

Algo era seguro, el impacto que trajo consigo Eloise Bridgerton con su llegada hizo daños irreparables a su existencia.

 

Adiós a las cenas silenciosas.

 

Adiós una vida en completa paz.

 

Lo más peligroso de todo, es que no le importaba en lo más mínimo.

 

Sonrió.

 

Y ahora fue el turno de Eloise de sorprenderse.

 


1823

 

Había pasado la mayor parte de su tarde trasplantando y re-acomodando varios de sus especímenes más delicados y eso le había tomado más tiempo del que había planeado invertir, sobretodo las magnolias jóvenes. No fue sino hasta que el sol se metió que se percató de la hora. Su amada y sus hijos no iban a estar contentos de hacerlos esperar. Al fin y al cabo, paciencia no estaba en el vocabulario de los gemelos o el de Eloise.

 

Sin embargo, al acercarse escuchó voces y risas.

 

— ¡Ya estoy aquí! Lamento la demora — dijo en cuanto entró al comedor, tres pares de ojos guardaron silencio y lo voltearon a ver, sin embargo, las sonrisas perduraron. Bien, no los había hecho enfadar. Aceleró el paso y tomó asiento lo más pronto que pudo.

 

— Acabamos de llegar también, pasamos la tarde en la sala de la biblioteca, encontramos un libro interesante sobre astronomía y se nos fue el tiempo ¿no es así, niños? — preguntó Lady Crane, Amanda y Oliver asintieron.

 

Phillip tomó su mano y le dio un beso.

 

— Aún así, lamento haber llegado tarde, cariño — Eloise sonrió e hizo un ademán con su otra mano para restar importancia, pero por su rubor sabía que su gesto fue apreciado.

 

— ¿Y a ti? ¿Qué fue lo que te entretuvo tanto? ¿Qué espécimen acaparó tu atención esta tarde?

 

— Unas de las magnolias más jóvenes que necesitaban un trasplante de maceta urgentemente. Me tomó más tiempo de lo previsto, verás sus raíces son muy frágiles y si no se tiene el cuidado necesario al sacarlas y retirar la tierra podrían marchitarse y su recuperación sería casi imposible debido a que… perdónenme, los estoy entreteniendo nuevamente y seguro se mueren de hambre — señaló a los sirvientes para que fuesen sirviendo los alimentos a sus platos.

 

Eloise tomó su mano y negó con la cabeza.

 

— Sí estamos hambrientos, pero queremos oír todo. ¿Son las magnolias que conseguiste con tu colega de Cambridge que trajo de su expedición del este?

 

— Sí, esas mismas — expresó sonriendo — Este tipo en particular puede llegar a crecer hasta 8 metros — abrió sus brazos para indicar su altura.

 

— Papá hace gestos graciosos cuando habla de sus plantas — dijo Amanda entre risas.

 

— Tú también haces gestos graciosos cuando hablas sobre las estrellas — señaló Oliver mientras comía un gran bocado de su estofado. Amanda cruzó los brazos refunfuñando — Lo mismo podría decir de tus rocas — respondió ella entre dientes.

 

Antes de que empezara una discusión, Eloise intervino.

 

— Es porque su papá es muy apasionado, al igual que ustedes. Creo que es una de sus mejores cualidades.

 

— Usted también es muy apasionada, Lady Crane — y vaya que lo era.

 

— Oh, se lo agradezco, Sir Crane — respondió con una sonrisa que indicaba que se había percatado de su doble intención — ¿Qué decía sobre esta magnolia de 8 metros que robó toda su atención esta tarde?

 

Phillip negó con la cabeza.

 

— Es mejor que se los explique mientras se las muestro a los tres — al oír esto, los gemelos prestaron más atención, siempre que se presentaba la oportunidad de visitar su invernadero, ellos nunca la desaprovechaban.

 

— Esto es si Amanda y Oliver se terminan sus vegetales — añadió Eloise. Ante eso, los niños empezaron a apresurarse a comer sus chícharos y zanahorias.

 

— Por ahora, quiero escuchar lo que hizo mi girasol esta tarde — dijo mientras acariciaba la mano de Eloise con su pulgar. Los gemelos soltaron una risita al oir el apodo cariñoso de su madre.

 

— ¿Girasol? Ese es nuevo — su sonrisa creció y luego asintió su cabeza — Me gusta. ¿Podría decirse que tú eres mi luz de sol ya que me gusta mirarte tanto? — Eloise añadió, complacida por haberle regresado el cumplido de manera perspicaz, como siempre suele hacer. Phillip estaba encantado por la analogía y avergonzado por el piropo, en partes iguales.

 

— ¿Yo? No, no soy ninguna luz de sol, yo sólo soy el simple y humilde jardinero de mi girasol — reiteró mientras volvía a llevar su mano a sus labios. Eloise frunció el ceño.

 

— No, eres mi luz de sol — en su mirada decía que no había manera en que le ganara esta discusión. No es alguna vez le hubiese ganado alguna vez — Ya está dicho y declarado. Amanda y Oliver aquí son mis notarios y mis testigos. No hay vuelta atrás.

 

Ahora los gemelos volvieron a reír más fuerte. Phillip también soltó una pequeña risa exasperada que indicaba su rendición pero que a la vez le seguía pareciendo ridículo este asunto y que a la vez en el fondo sí le había gustado. Su girasol sonrió complacida.

 

Bien.

 

— Si has de saberlo, encontramos un libro que trata sobre las historias de las constelaciones, me pareció que sería interesante introducir a los niños primero sobre mitología astronómica antes de introducirlos a “Cosmos” — explicó Eloise mientras limpiaba la comisura de su boca — Ya que estamos hablando sobre eso, me gustaría hablar sobre la posibilidad de adquirir un telescopio ¿tendrás algún contacto que pudiera conseguirnos uno? a los niños y a mi nos haría mucha ilusión…

 

Phillip observó su rostro con suma atención, lo estaba mirando con una expresión que sabía muy bien que nunca podría decirle que no. De reojo vio a los gemelos mirándolo de la misma manera. Era una emboscada al parecer. Nunca iba a tener oportunidad. Tampoco es que tuvieran que intentarlo mucho.

 

— No veo porque no podamos adquirir uno — ante eso los tres expresaron un gesto de victoria lanzando sus puños al aire. Phillip soltó una carcajada. Mañana a primera hora les escribiría a varios de sus colegas para inquirir sobre donde conseguir uno.

 

Los cuatro continuaron conversando amenamente sin parar sobre todo lo que podrían observar con ayuda del telescopio. Desde la luna hasta otros planetas y astros.

 

No cabía duda, pensó Phillip observando los rostros de felicidad de todos mientras comían:

 

Cenar con su familia era una de sus actividades favoritas del día, sin excepciones.

Notes:

A decir verdad hubo muchas cosas que quise quitar, especialmente con la llegada de Eloise, pero luego pensé ¿por qué limitarme? ¿acaso alguien se queja cuando le ponen mucha mantequilla a sus panes? ¿demasiado ajo a su espagueti? Exacto.

Posiblemente en un futuro edite el fic. Por ahora sólo quise subirlo de una buena vez.

Gracias por leer :)