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Es tu turno

Summary:

Pequeño fic centrado en lsabelle, la hermana mayor de Sara, y en el nacimiento de su bebé, con su hermana menor a su lado tal como ella lo estuvo cuando Sara dio a luz a Elaine. Fic ambientado en la continuidad de "Crecer, correr y tropezar".

Work Text:

Es tu turno

Isabelle, la hermana mayor de Sara, era una de las personas en quien Sara más confiaba. Ella había sido la primera a quien Sara le había revelado que estaba embarazada de su novio, Wirt, y a su vez, Isabelle la había tranquilizado recordándole que toda su familia los apoyarían, y sin duda alguna, así fue. El día que nació Elaine, Isabelle había estado ahí, animando a su hermana menor mientras ella daba a luz, recordándole que era una chica muy valiente capaz de soportar eso y mucho más. Años después, Isabelle se enamoró y se casó con un hombre muy ejemplar llamado Arthur Frensky, y pronto descubrió que estaba embarazada.

- Oh, hermana, me siento muy feliz por ti. Elaine va a tener una primita y seguro le encantará jugar con ella – le decía Sara, muy ilusionada.

- Estoy segura de eso, hermanita. Esta es la mejor noticia que he recibido en mi vida – le respondió Isabelle.

Las dos hermanas se dieron un cálido abrazo, recordando el como su familia siempre había estado unida.

El embarazo de Isabelle pasó volando, y una noche, ella despertó a su esposo al empezar a sentir leves pinchazos en el vientre.

- Arthur, cariño, creo que ya es hora – dijo Isabelle nerviosa.

- Oh, muy bien, todo está listo, vámonos al hospital – respondió Arthur.

- Le llamaré a mi familia para que sepan que estaremos allá – dijo Isabelle.

La pareja condujo rumbo al hospital, y rápidamente Isabelle fue admitida. Ya los esperaban Wirt, Greg, Sara, Rochelle, y Elaine. Unas horas después, la labor de parto avanzó e Isabelle empezó a sentir dolores intensos. Sara recordó, con cierta ternura, cuando ella pasó por lo mismo en el parto de Elaine, y cariñosamente sostuvo la mano de su hermana mayor mientras ella se concentraba en respirar para no sentir dolor.

- Parece que ahora es tu turno, Isabelle. Yo ya sé lo que se siente – le dijo Sara, con una voz llena de serenidad.

- No pensé que doliera así, Sara – respondió Isabelle – Es increíble pensar que casi todas las mujeres pasan por esto.

- Así nos hizo la naturaleza, y somos capaces de soportar esto y mucho más, como tu me decías cuando yo estaba dando a luz a Elaine – le replicó Sara – tu solo concéntrate y mantente tranquila, aquí estamos contigo.

- Y yo no te voy a dejar sola, amor – dijo Arthur – cada vez falta menos para que nuestro bebé llegue al mundo.

Pasaron algunas horas más, cuando Isabelle sintió una contracción muy intensa y su fuente se rompió. El médico que la atendía, Edwin McCain, la revisó y le confirmó que ya estaba completamente dilatada. Esto llenó a Arthur y a Isabelle de mucha ilusión, y la mujer fue trasladada a la sala de partos, era hora de comenzar con la parte buena y lo que todos esperaban.

- Lo vas a hacer muy bien, hermana, porque eres alguien fuerte y que jamás se rinde – le dijo Sara mientras se colocaba al lado de ella mientras la preparaban para empezar a dar a luz.

La sala de partos del hospital estaba en penumbra, iluminada solo por la luz suave junto a la cama. Isabelle respiraba con dificultad, con el ceño fruncido, intentando mantener el ritmo mientras la contracción pasaba. El doctor McCain le dio indicaciones y la mujer se sintió lista. Arthur y Sara estaban a su lado sosteniendo cada una de sus manos. Isabelle sintió el impulso que la inundaba, y sin decir más, respiró profundo y luego pujó con todas sus fuerzas hasta que el dolor pasó. Ella cayó hacia atrás, con el pelo empapado de sudor, pero con mucha determinación. Su esposo le decía palabras cariñosas al oído y le daba caricias de ánimo, recordándole: "respira profundo, y luego puja". Así lo hizo Isabelle, y pronto el médico vio como la cabecita del bebé comenzaba a asomar por la vulva. En ese momento, el dolor se convirtió en una sensación intensa de ardor cuando el bebé estiró la vagina de Isabelle, haciendo que ella dejara escapar un grito agudo de dolor.

- ¡Aaaaaaaaaaah! ¡No puedo, esto me arde mucho! – decía Isabelle con lágrimas de dolor rodando por su rostro.

- Tranquila, hermana, concéntrate, esa sensación dura muy poco, piensa en como tu bebé pronto estará en tus brazos, tú puedes hacerlo, vamos, recuerda como me lo dijiste a mi – le decía Sara, tratando de consolarla.

- Amor, nuestro bebé está muy cerca, tú puedes y no me voy a separar de tu lado – decía Arthur, muy emocionado.

- Muy bien, Isabelle, jadea y respira por un minuto, la cabeza está saliendo, deja que lo haga lentamente – le dijo el doctor McCain.

Isabelle siguió la orden, jadeando y respirando mientras sentía como esa presión entre sus piernas aumentaba. Sara no dejó de sostenerla y, en un gesto de empatía, pujó como recordó hacerlo cuando daba a luz a Elaine, para recordarle a su hermana que sabía lo que se sentía. Tras un minuto, salió la cabecita del bebé, e Isabelle soltó un grito ahogado. Sara acercó su frente a la de su hermana, y le habló firme pero amable.

- Tu cuerpo sabe lo que está haciendo, aunque tu cabeza dude. Yo sé que tú puedes hacerlo, porque si yo pude mientras tú me animaste, tú también puedes cuando yo te animo.

A Isabelle se le dibujó una sonrisa, sintiéndose muy afortunada de tener a una hermana como Sara y como ella le devolvía el gesto de apoyarla en este momento tan crucial, el de traer a una nueva vida al mundo.

- Muchas gracias, Sara. Eres la mejor hermanita que alguien podría tener. Tengo miedo – admitió – pero contigo, ese miedo se desvanece.

- Claro que sí, y es normal sentir miedo por esto. Pero piensa en que cuando tengas a tu bebé en tus brazos, todo tu miedo y tu dolor van a desaparecer casi como por arte de magia – le dijo Sara.

- ¿Cómo se sintió cuando Elaine estuvo en tus brazos? – le preguntó su hermana mayor.

- Como si el mundo se detuviera y lo único que importara es el amor de una madre por su bebé, el sentimiento más hermoso que pueda existir, como si el dolor que sentí se apagara y solo quedara el amor – respondió Sara.

- Ya casi... ¿verdad? – dijo Isabelle, empezando a sentir esa familiar vibración dentro de su cuerpo.

- Sí, hermana, ya casi – le confirmó Sara – y cuando llegue, vas a entender que cada segundo valió la pena. Como nos decía mamá: cinco minutos de dolor por toda una vida de felicidad.

- Exactamente, cariño, todo lo que importa es que nuestro bebé esté con nosotros y sea feliz – le dijo Arthur.

- Muy bien, Isabelle, si sientes otra contracción, puja con fuerza, y tu bebé saldrá, vamos – le indicó el médico.

Así, Isabelle se concentró y reunió todas sus fuerzas, apretando con sus manos a su esposo y a su hermana, mientras daba un último gran pujido con el que su bebé finalmente llegó al mundo. El llanto inconfundible de un recién nacido inundó la habitación, mientras Isabelle sentía como el dolor se desvanecía y era reemplazado por un dulce alivio.

- Buen trabajo, Isabelle, ¡es una niña! – anunció el médico.

- Una niña, parece que esto viene de familia, Isabelle – dijo Sara muy emocionada.

- Lo lograste, amor, tenemos una hija, ¿no es adorable? – preguntaba Arthur, igual de emocionado.

Isabelle lloraba de felicidad, y cuando pusieron a su hija sobre su pecho, se dio cuenta de que Sara tenía razón.

- Es cierto, Sara, el dolor se fue. Bienvenida al mundo, Taylor – dijo Isabelle mientras tocaba la diminuta espalda de la bebé.

Sara acarició el cabello de su hermana.

- Bienvenida al club, Taylor – le dijo a su sobrina – las cosas nunca vuelven a ser simples, pero siempre valen la pena.

Isabelle miró a su hija y luego a Sara, con una gratitud profunda y silenciosa.

- Gracias por devolverme lo que te di, hermanita.

- Eso hacen las hermanas. De nada – le respondió Sara.

Wirt y Greg junto con Elaine y Rochelle entraron al cuarto para conocer a Taylor. Toda la familia estaba maravillada y feliz por la nueva integrante. Y en ese cuarto, entre la respiración de una nueva vida y un intercambio de sonrisas y lágrimas, con una mezcla de alegría y nostalgia, el círculo se cerró con suavidad.

FIN