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Prólogo
En las profundidades del bosque de los territorios salvajes, cinco escuadrones Ravengers se encontraban desplegados como una fuerza avanzada de reconocimiento. Naturalmente se encontraron con los leviatanes, los monstruos que ahora reinaban aquellas tierras, pero estaban preparados para ello.
“¡Infantería del escuadrón 1, 2 y 5, abran fuego! ¡Escuderos, mantengan sus posiciones! ¡No permitan que las fuerzas de choque sean acorraladas!”
Bajo las órdenes del comandante Iwanari, los Ravengers repelían el asalto de los monstruos, los leviatanes. Se movían como una sola unidad, un solo ser. Esa unidad era su fortaleza.
Rugidos de ambos lados resonaban entre los árboles. Polvo negro emergía de las heridas provocadas a los leviatanes clase enjambre, mezclándose con la sangre cuando alguno de los soldados quedaba herido.
Los escuderos reducían el daño que recibían, sin embargo, su defensa no era del todo perfecta. En especial en aquella misión, en donde los escuadrones contaban con una mayor cantidad de novatos de lo usual.
Una decisión con la cual no estaba del todo de acuerdo Iwanari, pero un mero comandante no podía hacer mucho contra el pensamiento de algunos de los altos mandos.
“Llevarlos a misiones de medio nivel en vez del bajo o cercanas al Muro de Fuego para que ganen experiencia más rápido y ver de qué están hechos…” Patrañas, aún no son más que un grupo de mocosos”. Iwanari pensó “¿De qué sirve que ganen experiencia si mueren antes de poder usarla?
Él era consiente de que algunos de los altos mandos usaban esas experiencias para “medir” el valor de los soldados y buscar “gemas” que pudieran formar parte de los nuevos escuadrones de élite. Pero apresurarse a buscarlas podría terminar siendo contraproducente.
Iwanari soltó un pesado suspiró y llevó una mano a la cien, lamentaba que el pensamiento y actuar de algunos de los altos mandos no fuera más parecido al de Masao.
Cuando el ultimó leviatán fue derrotado, los alrededores del bosque se sumergieron en silencio. Solo quedando el crujir de ramas o el sonido de algún animal en la distancia.
“Parece que eso fue todo”.
“Por fin, no dejaban de aparecer”.
Murmullos de alegría y tranquilidad comenzaron a esparcirse entre los soldados, en especial para los novatos. Para muchos esta era su primera misión real de campo. Y al igual que los veteranos, estaban alegres de haberla sobrevivido.
Obtener la victoria nunca estaba garantizado con los leviatanes.
Un hecho que Iwanari sabía muy bien.
“Ya cálmense todos, seguimos en territorio hostil. Traten a los heridos y no bajen la guardia. Los leviatanes podrían regresar en cualquier momento”.
“C-claro, comandante”
“¡Nos mantendremos alerta!”
Los soldados se dispersaron para acatar sus órdenes.
El comandante Iwanari dio un rápido vistazo a su alrededor, tal como esperaba la mayoría de heridos eran los novatos. Solo había uno que otro veterano como excepción.
Presenciar aquello solo fortificaba un pensamiento que sus veinte años de experiencia le daban: Los novatos eran vulnerabilidades andantes.
Contaban con experiencia, pero solo de los simulacros. Luchar contra los leviatanes en el campo real tendía a ser más errático y caótico, sea por la tensión o terrero o el clima o todo combinado.
Necesitaban tiempo para madurar.
La única ventaja de tener un número mayor al usual era contar con más manos listas para pelear y ayudar, aun si no era lo más eficiente.
Las fuerzas desplegadas en total eran sesenta presentes, cada escuadrón contaba con tres soldados de infantería, cinco escuderos y cuatro soldados de choque.
Los trabajos más complicados, escuderos y de choque, quedaban claramente bajo los veteranos. Y sumándole a aquello el factor de portar las nuevas armaduras producidas por el Sector de Investigación, llevaba al resultado de que la misión tenía cero bajas hasta ahora. Un logro si Iwanari era honesto consigo mismo.
En especial tras haber divido a dos de sus escuadrones antes de que el combate iniciará.
El comandante limpió el sudor que caí de su cuello y luego puso una mano contra su oreja izquierda.
“Escuadrón 3 y 4, repórtense”. Iwanari dijo por el comunicador.
“Escuadrón 3 aquí. Todo se encuentra estable, ningún herido gracias a que llamaron la atención de los leviatanes de la zona. Acabamos de arribar al punto X. Colocaremos la baliza en cuanto aseguremos un perímetro”.
“Lo mismo de este lado, todos estamos bien. Acabamos de dejar una baliza en el punto Y, vamos de regreso. He de admitir que esperaba un poco más de acción o resistencia”.
“Creo que eres él único que quiere eso”.
“Suficiente. Resistencia o no, tenemos nuestras órdenes. Escuadrón 4, reagrúpense con el escuadrón 3 y luego véanos en el punto Z”.
“Copiado”.
“A la orden”.
Un leve pitido sonó y la conversación de cortó.
Iwanari apartó su mano y bajo su brazo hasta que quedó frente a sus ojos. Sobre este, un dispositivo con varias luces yacía. Debajo de cada luz se encontraba un pequeño número, el cual iba de 1 a 5.
Cada uno representaba a uno de los escuadrones y todos mostraban un brillo verde, señal de que el estado general de sus miembros era estable.
Un resultado alentador fuese cual fuese la misión.
Lo mejor sería ponerse en movimiento en cuanto fuera posible, pero tras dar un rápido vistazo a su alrededor, Iwanari decidió darles unos minutos más para descansar a sus soldados. Se lo habían ganado.
Levantó la vista al cielo, dejándose relajar, aunque fuera un poco. Un cielo azul despejado, iluminado por la luz del sol lo recibió. Aún era relativamente temprano por la mañana, unas tres horas antes del mediodía, natural ver nubes blancas a esas horas y también… Estelas negras.
“¿Huh? ¿Acaso es humo?”
El comandante entrecerró los ojos para tratar de distinguir mejor, sin embargo, no fue necesario, el fétido olor que inundó su nariz reveló lo que era.
“Es… Azufre… ¿De dónde?”
De inmediato todos sus instintos se afilaros y pusieron alerta. De haber sido humo se habría preocupado menos, pero azufre no tenía sentido. Ningún volcán existía en ese sector, ni tampoco algunas minas de gas natural conocida.
Eso solo dejaba una opción.
“¡Emergencia! ¡Retrocedan! ¡Comandante Iwanari-san, retrocedan!”
Gritos desesperados llenaron repentinamente el comunicador. Cualquiera se hubiera sorprendido o asustado, pero gracias a años de experiencia, el comandante se mantuvo estoico, sus emociones bajo control.
“Escuadrón 4 ¿qué es lo que sucede?”
“¡Leviatanes!... ¡Están saliendo desde todas direcciones! ¡Clase- ¡Repito, clase-!”
“¡¿Qué fue eso ultimó?!” Sus dientes chillaron por la fuerza con las que los apretó, algo estaba interrumpiendo la comunicación. “¡Reporten su ubicación! ¡¿Escuadrón 6?!”
“¡Maldición! ¡Atrás, atrás! ¡¡Graaaaahhhhh!!”
La comunicación se cortó de golpe y un pitido emergió del dispositivo de su brazo. Los ojos del comandando Iwanari vieron con horror como la luz del escuadrón 4 ya no era verde, sino roja. Eso significaba una sola cosa:
Aniquilación total.
Era inevitable que los otros soldados no se percataran de las acciones de su comandante, los capitanes de cada escuadrón siendo los primeros en darse cuenta de la gravedad del asunto y comenzando a dar órdenes.
Además, sintieron el retumbar de la tierra bajo sus pies y escucharon el crujir de arboles a la distancia. Un sonido que se acercaba cada vez más.
El comandante Iwanari comenzó a tener un muy mal presentimiento, pero debía de mantener la calma. Aún quedaban cuatro escuadrones bajo su mando, no podía perderlos.
Sin quitar la mano de su comunicador, buscó contactar con el escuadrón 5 de inmediato.
“Escuadrón 3, algo ha sucedido con-”
Sus palabras fueron interrumpidas cuando escuchó del otro lado el sonido de disparos y una intensa lucha.
“¡Comandante Iwanari! ¡Saqué a los más jóvenes de aquí! ¡Contacten a Cielo Nocturno! ¡La situación ha cambiado, no seremos capaces de manejarla!”
Esta vez no había interferencia en la comunicación y la luz de ese escuadrón permanecía en verde, pero el comandante no sabía por cuanto tiempo duraría eso.
“¡Trataremos de distraer a los leviatanes que podamos mientras nos retiramos! ¡Informé que se trata de un-! ¡Cambio y fuera!”
“¡Escuadrón 3, repita lo ultimó! ¡Escuadrón 3! ¡Maldita sea!”
La comunicación se cortó en peor momento, pero algo estaba claro: Debían de actuar rápido.
“¡Escuadrón 2 y 5 y quien tenga más de seis meses como activo Ravengers prepárense para una lucha de retraso y retirada!” Iwanari no perdió tiempo en comenzar a ladrar órdenes. “¡Escuadrón 1 y el resto, retírense de inmediato hacia la posición Delta determinada! Ahí contacten a Cielo Nocturno y-”
“¡C-comandante! ¡Mire!”
Ante la interrupción, Iwanari se volteó hacia donde los soldados señalaban. Primero se topó con el origen de las estelas negras, cuatro gruesas y amplias columnas de azufre que se alzaban hacia el cielo. Sin embargo, sus ojos no se quedaron mucho tiempo en eso sino en lo que estaba sobre ellos.
Una gigantesca sombra que tapaba parte del cielo. Desde su posición, los Ravengers se veían como hormigas ante un elefante.
Con cada pisada que daba aquel ser, múltiples árboles, sin importar su grosura, eran aplastados como si de papel se tratasen. El rugir de una gigantesca horda de leviatanes lo acompañaba.
“Esta debe ser una maldita broma”.
Uno de los peores escenarios se había cumplido y con condiciones menos que óptimas para lidiar con ello.
Naturalmente, el miedo se esparció entre los novatos. Algunos comenzaron a retroceder, otros cayeron sobre sus traseros al suelo temblando, incluso algunos abrieron fuego pese a las órdenes de sus capitanes.
Los disparos de energía cortaron en el aire hasta impactar en aquel gigantesco ser. No lograron siquiera un rasguño. El único resultado fue revelar su posición al enemigo.
Los primeros leviatanes clase enjambre y clase media de la horda no tardaron en llegar. No obstante, pese al pánico, la ordenes previas dadas por Iwanari fueron acatadas al pie de la letra. No caerían sin dar pelea.
El comandante tragó grueso antes de finalizar sus órdenes.
“Escuadrón 1 y el resto, su misión es de categoría Alpha. Contacten a Cielo Nocturno e informen de la situación. Se requiere el inmediato despliegue de los escuadrones de Elite o de las Estrellas”.
Se volteó y desenfundó el sable de su cintura.
No quedaba nada más que decir.
Sin mirar atrás, el comandante avanzó a pasos lentos hacia el frente. En una situación tan crítica, debía de poner el ejemplo como líder y dirigirlos.
Ganar estaba fuera de cuestión.
No quedaba más que sobrevivir y escapar.
Sus esperanzas y confianza ahora quedaban en manos de otros.
De aquellos llamados como ‘La Vanguardia de la Humanidad” y “Las Luces de la Esperanza”
