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Una de las cosas que me maravillo de las primeras veces que lo vi fue el brillo de sus ojos, es difícil de describir pero es como si algo explotara cuando todo él se siente bien. Lo puede ver a miles de kilómetros de distancia y lo puedo ver hoy. Me fascina de una manera que no puedo entender del todo. Pero tenerlo frente a mí, contándome una de las tantas cosas ridículas con las que se conflictuó la vida, no hace más que aumentar esa explosión que veo en él.
Afuera llueve, después de semanas de sequía, hoy llueve. El cielo está gris, las gotas golpean de manera continua los ventanales y su voz es lo único que pareciera manejar el mundo. Estamos sentados frente a la computadora, por unirnos a un juego del que solo sabemos su nombre, pero ridículamente siento mucha más paz que la que he sentido en una inmensurable cantidad de tiempo.
Lo vuelvo a mirar y me parece injusto tener que dejar de escucharlo así sea por unos meros segundos. Vernos frente a cámara es común para nosotros, es a lo que nos dedicamos, a usar nuestra vida en pos de entretener. Cuando se fue pensé que no había nada que pudiera hacer para seguir con esto, no quedaba en mi fe de poder seguir sin él. No creía posible brindar felicidad cuando gran parte de la mía había sido, de alguna manera, arrebatada y destrozada. Con el correr de los dias comprendí que era posible seguir, me obligue, aprendí a seguir. Pero hoy con él acá, con sus ojos eligiéndome, con su necesidad inherente de dejarme al mando de todo, con su sonrisa tan mía, vuelvo a no creer en un escenario sin él.
Es raro, todo es tan inherente cuando se que hacemos esto juntos, es tan natural como respirar, reir, joder y charlar sobre cosas que ni comprendo del todo. Es difícil de pensar que por minutos de diferencia, por centímetros de lejanía, no somos más que mejores amigos jugando a ser algo que hace unos meses ninguno jamás se hubiera imaginado.
