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Necesito verte, entre otras cosas || SumiKeke

Summary:

Los días de Sumire se habían vuelto muy ajetreados. Sin embargo, siempre podía encontrar alivio y paz ante la mera presencia de su persona especial.

✿ Heanna Sumire x Tang Keke ✿

✯ One Shot ✯

••• Disclaimer: Love Live! School Idol Project no me pertenece, es propiedad de ASCII Media Works (Kadokawa), Lantis (Bandai Namco Music Live) y Sunrise (Bandai Namco Filmworks).

••• Advertencias:
*Yuri
*Girls Love
*Personalidades algo Ooc
*Datos ficticios inventados por el autor
*Algunas partes pueden carecer de sentido ;v
*Errores ortográficos

Notes:

Basado en la primera generación de «Liella!» (primera temporada de Love Live! Superstar!!)

Work Text:

Necesito verte, entre otras cosas

SumiKeke

 

            Últimamente, los días de Sumire se habían vuelto muy ajetreados.

            Fue por eso que se sintió muy cansada cuando ese día, un miércoles, muy temprano, a eso de las cinco de la mañana, había tenido que levantarse con el fin de ayudar con los preparativos para un evento que se llevaría a cabo en el templo de su familia; por lo que tuvo que trabajar arduamente hasta que llegó el momento de asistir a clases. Era una suerte que no tuviera exámenes esa semana.

            Sin embargo, por estar tan apurada y atareada, olvidó por completo preparar un bento para almorzar y se vino dando cuenta de ello cuando ya estaba en Yuigaoka. De hecho, ni siquiera recordaba si había desayunado. Sin embargo, la extraña debilidad que sentía en el cuerpo y el rugido de su estómago, —ambas cosas se manifestaron a las nueve la mañana—, le hicieron suponer que, muy probablemente, no había comido lo que necesitaba para empezar el día.



            Como tenía plazo hasta el viernes para entregar cierta actividad que se le había atrasado debido a los entrenamientos constantes con sus compañeras y su ocupación en los preparativos para el evento de su familia, Sumire tomó la difícil decisión de no ir al comedor para almorzar con el fin de adelantar esa tarea en la hora del descanso. De haber traído su bento, las habrían sido un poco diferentes; podría habérselo comido mientras hacía su tarea o algo por el estilo. Tendría que olvidarse de comer y concentrarse en afrontar sus responsabilidades.

            Así que pasó cuarenta minutos del descanso haciendo esa actividad en el salón del Consejo Estudiantil en compañía de Ren, quien, muy amablemente, la dejó trabajar allí; de esa forma, no se distraería con el bullicio de las estudiantes y disponía de un espacio cómodo y seguro para poder estudiar.



            Cuando terminó su tarea, y se estiró en su lugar, el rugido que emitió su estómago la hizo sonrojar. De haber estado sola, no le habría importado. No obstante, Ren seguía haciéndole compañía mientras terminaba de organizar el papeleo que le correspondía, así que era más que probable que la hubiese escuchado.

            —Uh, lo siento —musitó Sumire, sin mirar a Ren directamente, con la cara roja y una mano encima de su abdomen—. No he comido hoy porque he estado muy ocupada…

            —Tranquila, Sumire —Ren se levantó de su escritorio y fue a buscar algo en su bolso—. Faltan todavía unos quince minutos para que termine la hora del descanso, por lo que no te dará tiempo de llegar a la cafetería y comer algo, ¿cierto?

            Sumire asintió y enarcó las cejas cuando Ren extrajo un bento de su bolso, se acercó a ella y se lo tendió. La rubia estaba tan nerviosa que no vio el pequeño dibujo de un panda encima del pañuelo azulado que envolvía el envase con la comida.

            —Oh, no puedo… no puedo aceptarlo… —Sumire sacudió las manos, nerviosa—. Es tuyo, Ren, deberías comerlo. La presidenta debe estar en óptimas condiciones…

            —Sumire —Ren puso el bento encima de la mesa, con sus respectivos palillos a un lado, justo frente a ella—. No te preocupes por mí. —sonrió—. Yo ya almorcé y esta comida no es para mí, alguien la hizo para ti y la dejó a mi cuidado.

            —¿Alguien?

            —Sí, me dijo que habías estado muy ocupada en estos días y, conociéndote, con lo mucho que te esfuerzas por tus objetivos, de seguro acabarías por olvidar cosas tan importantes como alimentarte adecuadamente. —finalizó Ren, para después irse de nuevo a su escritorio y continuar revisando y organizando documentos.

            Sumire estuvo a punto de preguntarle el nombre de la persona cuando el olor que despedía el bento frente a ella la hizo enarcar las cejas y abrir la boca ligeramente; olía delicioso, pero había algo más que la dejó pasmada.

            —No puede ser… —musitó, deshaciendo el nudo del pañuelo y tragando seco cuando lo hubo destapado, revelando su contenido—. Esto es… comida china…

            El envase contenía un apetecible arroz salteado con camarones, verduras y pequeñas porciones de cerdo frito. Un pequeño dumpling se hallaba puesto a un lado, apretujado con el arroz. Se percibía simple, preparado con rapidez y, aun así, no dejaba de verse delicioso.

            Ren dejó escapar una suave risa ante la mirada conmovida y el sonrojo que apareció en las mejillas de su amiga. Al parecer, ya había deducido quien había preparado ese bento para ella.

            Tras salir de su ensimismamiento y recordar que no disponía de mucho tiempo, Sumire se armó con los palillos, los separó y tomó el dumpling con mano trémula; lo miró con duda, ¿sabría realmente bien?

            Estaba consciente de que la responsable de esa comida no era precisamente buena cocinando. Sin embargo, Sumire pensó que estaba siendo muy quisquillosa con algo que su persona especial había preparado para ella. Su estómago rugió una vez más, esa era la señal que necesitaba para que la poca inseguridad que quedaba en su ser acabara de esfumarse.

            Con las dudas hechas humo, Sumire tomó su decisión: se llevó el esponjoso dumpling a la boca y le dio una mordida.

            De inmediato, un suave «¡Mmm!» emergió desde el fondo de su garganta, al tiempo que una pequeña lágrima se deslizaba desde su ojo derecho. Masticó lentamente, deleitándose con el delicioso sabor que le proporcionaba ese bocado.

            —Esto… —musitó, terminando de tragar, satisfecha—. Esto es… demasiado Galaxy…



            Cuando acabó la hora del descanso, Sumire le agradeció a Ren por prestarle el aula y haberle entregado ese delicioso bento. Luego, un poco más tranquila, se encaminó hacia su salón para seguir viendo sus clases. Hizo una pequeña parada en el baño y después siguió su camino.

            Al regresar al aula, y aunque ya no estaba hambrienta, Sumire seguía estando estresada y cansada. Sin embargo, la calidez que sentía en su pecho le hizo olvidar un poco todo lo negativo que se acumulaba en su cuerpo.

            Tomó asiento y, por unos breves segundos, miró hacia el asiento de Keke, quien conversaba con Kanon acerca de algo que, según lo poco que alcanzó a escuchar, era referente a una nueva canción que estaba en proceso.

            Al sentir la insistente mirada de Sumire encima de ella, Keke se giró a verla y, tras comprobar que nadie reparaba en ellas, le lanzó un rápido guiño a la amante de los isópodos.

            Sumire enrojeció por unos segundos y estuvo a punto de decir algo, pero lo pensó mejor y decidió que le agradecería cuando fuera el momento indicado. Desvió la mirada hacia el frente, justo cuando la profesora de turno entraba en el aula, y sacó su libreta con la materia correspondiente.

            Mientras la docente escribía ecuaciones en el pizarrón, Sumire llegó a la conclusión de que, justo ahora, se le antojaba comer algo dulce… muy dulce.



            El resto de la jornada transcurrió entre pesadas clases de funciones trigonométricas, cansados murmullos de estudiantes con ganas de volver a casa y traviesas miradas entre Keke y Sumire.

            Aunque Keke solía discutir con Sumire la mayor parte del tiempo, la idol de Shanghái, cada vez que tenía una oportunidad, le mandaba algún gesto coqueto o lanzaba una que otra frase en baja voz y solo Sumire podía entenderla mediante la lectura de sus labios ya que, en medio de las clases, no se podía hablar en voz alta.

            De esa manera, la pareja de idols pudo sobrevivir a esa pesada clase y, a través de gestos y miradas, dejaron claro que, una de las cosas que más esperaban de ese día, era poder estar más cerca la una de la otra.



            Las clases terminaron por ese día… excepto para Heanna Sumire.

            Debido a que, justamente ese miércoles, ella era la encargada de realizar la limpieza del aula junto con Kawana, una de sus tantas compañeras de clase, Sumire tuvo que pasar media hora poniendo todo en su sitio antes de irse al club de School Idols de Yuigaoka.

            De solo pensar en que tenía que entrenar mucho ese día, pues, la competencia de Love Live estaba cada vez más cerca, Sumire sintió como todo el agotamiento volvía a su sistema y, pronto, experimentó una pequeña oleada de estés.

            Cuando llegó el momento de irse al club, estaba tan estresada y cansada que sopesó la opción de irse a casa… pero eso no era conveniente.

             «Si me fuera a casa justo ahora, tendría que seguir ayudando con los preparativos de la ceremonia», pensó Sumire, dejando salir un bostezo. «Creo que es mejor quedarme aquí. Igual cantar y bailar no será tan molesto y extenuante como todo lo que tengo que hacer en mi casa».

            Con eso en mente, Sumire se dirigió hacia el tercer piso. Refunfuñó por lo bajo mientras subía las escaleras. ¿Por qué rayos el salón del club tenía que estar tan lejos? ¿Por qué era que todo el día había estado trabajando tanto? ¿Sus rutinas diarias siempre fueron así de pesadas? Es más, ahora que estaba con las preguntas en su cabeza, no pudo evitar preguntarse el por qué su familia tenía que vivir en un templo tan grande.

            Limpiar, decorar y mantener semejante lugar era toda una proeza.

            —Apenas pueda, me mudo —sentenció, subiendo el último escalón que la llevaba al pasillo contiguo a la azotea—. ¡Me mudaré a un lugar más pequeño y fácil de mantener! ¡Ya lo verán!

            Alzó su puño al aire, demostrando su convicción a un público invisible, mientras reía como maniática y exclamaba un sonoro «¡Galaxy!».

            Además, había otro motivo por el que no podía irse a casa todavía, y ese era Keke, su novia.

            Cuando se estresaba demasiado, y el agotamiento hacía estragos en su espíritu, pasar tiempo con Keke era lo que le daba cierto alivio. Desde hacía unos meses que la idol de Shanghái había adquirido cierta importancia en su vida y su mera presencia —cuando no estaban peleando, discutiendo o gritándose— tenía efectos terapéuticos en su sistema.

            Claro que eso ella no se lo diría jamás; cuando se trataba de Keke, su orgullo no le permitía ser tan abierta con esa clase de información. Solo con acciones era más que suficiente para demostrar las cosas. Si su novia no lo entendía con eso, tampoco se molestaría en explicárselo.

             «Quiero verla», aligeró el paso, sintiéndose repentinamente ansiosa. «Necesito estar con Keke ahora mismo».

            Finalmente, Sumire llegó a su destino. Respiró profundo, abrió la puerta y se adentró en el club.

            La primera persona con la que se topó fue Kanon.

            La líder de Liella estaba sentada en la mesa central, llevaba puestos sus anteojos de siempre y escribía, rápido y sin detenerse, algo en una libreta. Los grandes audífonos blancos descansaban en su cuello y se veía muy concentrada en lo que hacía.

            Sumire se encogió de hombros y miró alrededor, no había señales del resto de sus amigas.

            —¡Buenas tardes, Sumire-chan! —saludó Kanon apenas hubo reparado en su presencia. Dejó de escribir y se estiró en su silla.

            —Buenas tardes —Sumire cerró la puerta y se acercó a la mesa—. ¿Dónde están las demás?

            —Mmm, Chii-chan tuvo que irse porque la necesitaban en su trabajo, Ren-chan vendrá en media hora porque está organizando documentos con presupuesto de otros clubes y tiene que dárselos a la directora hoy mismo —Kanon cerró la libreta frente a ella y guardó el bolígrafo—. Y Keke-chan está en la otra habitación, dijo que iba a organizar unas cajas que dejó fuera de lugar el otro día, cuando limpiaba para liberar espacio.

            Sumire asintió, silenciosa como nunca. Estaba procesando la información.

             «Entonces, lo único que impide que Keke y yo estemos solas aquí es Kanon, ¿cierto?», fue la conclusión a la que llegó Sumire cuando terminó de asimilar todo lo que le había dicho su líder. Sin embargo, ahora surgía una nueva duda en su psique.

             «¿Cómo hago para que Kanon se vaya un rato?», Sumire desvió su mirada jade hacia la puerta que daba al cuarto de depósito. Estaba entreabierta y podía escuchar, deslizándose con suavidad hasta sus oídos, el característico tarareo que profería Keke cuando estaba concentrada haciendo algo. «Me gustaría estar a solas con mi novia un momento, pero no sé qué tendría que hacer para que esta chica…»

            —Creo que no hay mucho que podamos hacer hoy —siguió Kanon, sacando a Sumire de sus pensamientos—. No estamos todas, aunque creo que podríamos hablar de algunas estrategias cuando Ren-chan salga de sus asuntos del Consejo.

            Sumire volvió a asentir, no muy animada y Kanon dejó ver una nueva sonrisa antes de ponerse de pie.

            —Estuve un rato escribiendo una nueva letra que se me ocurrió para complementar lo que ya teníamos de la nueva canción en la que estoy trabajando. —dijo Kanon, de forma casual—. Y creo que me dio hambre y quería comer algo dulce, así que bajaré un rato a la tienda más cercana.

            Al escucharla, las pupilas de Sumire se iluminaron y, sin esperar a que Kanon dijera algo más, sacó su monedero y le entregó cierta cantidad de dinero.

            —Ahora que lo mencionas, Kanon —Sumire puso los billetes debidamente plegados en sus manos—. A mí también se me antoja algo dulce, ¿podrías traerme unos teriyakis?

            Kanon asintió y caminó hacia la puerta mientras guardaba el dinero.

            —Creo que la tienda más cercana está a unos quince minutos si cuento el tiempo que me tomará bajar desde aquí. —La líder abrió la puerta y, antes de salir, le guiñó un ojo a Sumire, que la miró extrañada—. Probablemente tarde un poco más de eso porque seguro que habrá una fila a esta hora. Le escribiré a Ren-chan para que no se apure tanto en venir desde el Consejo.

            Sumire arqueó una ceja, dentro de ella, la emoción empezaba a crecer. ¿Era su imaginación, o todo estaba saliendo a su favor? ¿Desde cuándo tenía tanta suerte?

            —Supongo que solo estarán ustedes dos aquí en el club —prosiguió Kanon, que ahora esbozaba una sonrisa cómplice—. Así que no tienes que contenerte, Sumire-chan.

            Al entender lo que Kanon estaba insinuando, Sumire enrojeció y esbozó una temblorosa sonrisa. Sinceramente, no esperaba semejante asistencia por parte de alguien que parecía tan distraída con esa clase de cosas.

            —Gra…gracias, supongo —fue todo lo que se le ocurrió decir a Sumire ante las palabras de su líder.

            —¡Diviértanse! —finalizó Kanon, para después salir y cerrar la puerta.

            Viéndose sola, Sumire pensó que no era momento de estarse avergonzando por nada. Desperdiciar las oportunidades que le ofrecía la vida no era una opción.

             «El tiempo es oro», pensó, palmeándose las mejillas con una expresión que reflejaba su determinación. «Y se vuelve diamante cuando lo paso en compañía de Keke». Asintió frente a su pensamiento y decidió que ya tenía que ponerse manos a la obra.

            Tomó las llaves que Kanon había dejado sobre la mesa y echó el seguro a la puerta, se quitó el bolso escolar y lo puso en una silla vacía. Sacó un pequeño espejo y se echó una rápida ojeada: su maquillaje no estaba corrido, había cepillado sus dientes tras salir del salón del consejo y pasar por el baño. Aunque no había tenido mucho tiempo últimamente para sus cosas, sí que había sacado momentos específicos para mantener su cabello arreglado; después de todo, solo le tomaba quince minutos dejarlo listo y eso era algo que hacía todos los días sin falta. Su perfume estaba bien y no había sudado en todo el día.

            Todo estaba en orden.

            Suspiró, se palmeó las mejillas y fue hacia la habitación contigua, donde el suave y agudo canto de su novia todavía podía percibirse.

            Al entrar, vio que Keke estaba colocando la última caja en su lugar. Satisfecha, se sacudió las manos y observó el resultado de su trabajo: la habitación se veía más amplia y los documentos, prolijamente colocados en el enorme estante de madera —que estaba atornillado a la pared—, se veían más organizados y limpios.

            Sin avisar, Sumire se acercó a ella desde atrás y, aprovechando su distracción, la abrazó, sacándole un respingo.

            —¡¿Sumire?! —gimió Keke cuando la sorpresa inicial hubo pasado—. ¿Qué haces? ¡Kanon está aquí ahora mismo!

            —No, no lo está —respondió Sumire, calmada—. Salió a la tienda y es probable que no regrese en un buen rato.

            Mientras hablaba, Sumire hizo girar a Keke, quedando cara a cara. Pudo ver el ligero sonrojo en sus mejillas y también cierta expresión que oscilaba entre la preocupación y el reproche.

            —¿Ella… no está? —comenzó Keke, atrapando una de las manos de Sumire, quien pretendía apretarle cierto lugar, y se la apartó con cero cuidados—. Pero, Ren dijo que…

            En ese momento, el teléfono de Keke, que descansaba en uno de los bolsillos de su falda, dejó escapar un sonido que indicaba la llegada de una notificación.

            —Tienes mi permiso galáctico para revisarlo —canturreó Sumire, divertida.

            —Cállate —Keke sacó el móvil y revisó el grupo que tenía con sus compañeras del club.

            Sus pobladas cejas se arquearon al leer el mensaje que Ren acababa de enviar.

            —¿Qué dice? —Sumire fisgoneó el celular desde su posición cuando se inclinó un poco hacia ella. La sonrisa que portaba se ensanchó más de lo que ya estaba—. ¿Oh? Así que Ren no vendrá hoy debido a que se le complicó el papeleo, es una lástima.

            Keke miró el teléfono con más fijeza de la que quisiera; se veía incrédula y desconcertada. Luego, miró a Sumire, quien, con una expresión peligrosamente amable, le quitó el celular y lo puso en uno de los espacios vacíos que había en el estante a su lado.

            —Por cierto —Sumire bajó la mirada y la abrazó, apegándose y restregándose contra ella—. Gracias por el almuerzo, estuvo delicioso.

            Keke se relajó ante el contacto y dejó escapar una risita. Sin dudar, correspondió al abrazo.

            —Lo sé, al fin y al cabo, lo hice yo…

            —Sí, eso me preocupaba al principio —bromeó—. No sabes cuánto dudé antes de dar el primer bocado.

            —¡Oye! —Sin deshacer el abrazo, Keke le dio un golpe en la cabeza—. ¿Qué insinúas?

            —No estoy insinuando nada, lo estoy diciendo directamente. —Apoyó su mentón en uno de los hombros de Keke—. Creí que se te daba mal cocinar y que pretendías envenenarme…

            —¿Seguirás con eso? —gruñó Keke y tiró del cabello de su novia, pero sin usar mucha fuerza—. He estado practicando, ¿sabes? —Hizo una pausa, sopesando si tenía que decir lo siguiente o no. Al final, decidió decirlo—: Yo… yo no quería que solo tu cocinaras siempre —enrojeció y agradeció al cielo que Sumire no pudiera ver la expresión que tenía en ese momento—. Yo también… quería cocinar algo delicioso para ti alguna vez. Tú te has estado esforzando y trabajando muy duro últimamente, no quería quedarme sin hacer nada por ti.

            Sumire esbozó una pequeña sonrisa y reforzó el abrazo. Con cuidado, pasó una mano por el suave y corto cabello de su novia, consiguiendo que se relajara nuevamente ya que, después de lo que acababa de decir, Keke había vuelto a tensarse. No era fácil ser honesta cuando había tanto orgullo en su corazón, lo mismo podía aplicarse para Sumire.

            Ser completamente honesta la una con la otra no era tarea fácil.

            —Una vez más… —Sumire deshizo el abrazo y se alejó un poco para poder mirarla a la cara. Keke le rehuyó la mirada y ella le acarició una mejilla con ternura—: Muchas gracias por eso, Keke.

            Keke asintió y, cuando decidió alzar la mirada, se encontró con que Sumire había bajado la suya, dejándola fija en un lugar que ella conocía muy bien.

            —Sumire… —dijo Keke, en un susurro de advertencia, alejándose un paso al notar la manera en la que su novia le estaba mirando la boca—. Sumire, quieta. Hablo en serio.

            —Sí, eso suena muy convincente —Sumire avanzó un paso también, atrapando la cintura ajena con un brazo.

            —Sumire —repitió Keke, creyendo que sonaba amenazante, aunque su voz tembló un poco cuando la mencionada se apegó más a ella y depositó un impaciente beso en su mejilla—. No creo que este sea el momento…

            —Pues, yo sí creo que es el momento. —Se apoyó más contra Keke, haciéndola retroceder de manera torpe, hasta pegarla contra la pared detrás de ella—. Son demasiadas señales, ¿no crees?

            Keke iba a decir algo más, pero Sumire se encargó de que sus palabras no salieran cuando la besó.

            La rubia estaba preparada para insistir en el caso de que su novia siguiera teniendo intenciones de escabullirse de las ganas que ella tenía de darle un poco de “cariño”, no quería desaprovechar ese instante que tenían a solas; pero ese no fue el caso.

            Keke correspondió al momento y Sumire se sorprendió al notar que tenía tantas ganas como ella de que eso pasara. Redujeron la distancia entre sus cuerpos tanto como pudieron, buscando el calor de la otra con profunda necesidad.

            —Vaya, creí que sería más difícil. —Se burló Sumire, una vez que se separaron para respirar. Sentía como su estado de ánimo cambiaba segundo a segundo. Le sostuvo el mentón con una mano mientras hacía un camino de besos hasta llegar a su oreja derecha, sacándole pequeñas risas a Keke.

            Luego, mordisqueó el lóbulo que tenía a disposición, obteniendo un jadeo como respuesta.

            —Estás muy sensible hoy, ¿eh? —Restregó su mejilla contra la de ella y se alejó unos centímetros para apreciar sus reacciones—. ¿Tanto querías verme y que te diera cariño?

            —¿Podrías… callarte por una vez? —gimió Keke, pellizcándole una mejilla en represalia—. Hablas demasiado, ¿no eras tú la que deseaba verme en primer lugar?

            —No recuerdo haber dicho algo así…

            —No hacía falta que lo dijeras. —replicó, apretando las mejillas de la rubia entre sus manos y acercándola a ella, hasta que sus narices casi se tocaron—. Pude verlo en tus ojos. —Dejó ver una sonrisa de suficiencia cuando Sumire desvió la mirada y profirió un bajo “¡Jum!” que no hacía más que demostrar que ella tenía razón.

            —Tú tampoco puedes callarte por un rato, ¿eh? —bufó Sumire y Keke no pudo evitar sentirse enternecida ante su adorable expresión de molestia.

            —Bueno, estamos a mano —ronroneó y se acercó más a Sumire, hasta unir sus labios en un nuevo beso que era más juguetón y suave. Al separarse, y dejar pasar unos pocos segundos, Keke procedió a darle otro beso más, pero esta vez, en la punta de su nariz—. Si hablas, y me provocas, tendré que hablar también, ¿no?

            Sumire rió por lo bajo y empezó a bajar, dejando húmedos besos en su mejilla y mentón, hasta llegar a su cuello, lugar al que dedicó especial atención. Al sentirla, Keke ronroneó y ladeó la cabeza para darle más espacio que atender.

            —Parece que ambas no sabemos cuándo callarnos —musitó Sumire y mordisqueó la piel que tenía a disposición, haciéndola jadear.

            —Si me dejas una marca, te rociaré insecticida, isópodo pervertido —bromeó Keke, rodeando el cuello de Sumire con sus brazos y apegándose más a ella.

            —Mira como tiemblo. —Bajó las manos, situándolas encima de los glúteos de la más baja y apretándolos por encima de su falda—. Oye, y no soy un isópodo.

            —¿Y una pervertida sí?

            —Tal vez —Sumire dejó de maltratar el cuello de Keke con sus labios y subió de nuevo. Sus manos inquietas siguieron masajeando la retaguardia ajena—. Creo que ambas lo somos —finalizó para después volver a capturar sus labios, pero esta vez con más ganas, iniciando un beso más intenso y demandante que el anterior.

            El día de Sumire no había comenzado de la mejor manera, pero eso no quería decir que fuera a terminar de la misma forma y, justo ahora, lo estaba comprobando.