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Donde ya no alcanza el sol

Summary:

Midoriya Izuku sigue ayudando a salvar personas.
Solo que ya no lo hace como héroe.
Trabaja en la Comisión. Enseña en la U.A. Entrena a futuros profesionales.
Es eficiente. Es paciente. Es alguien en quien todos confían.
Nadie diría que hay algo mal.
—Estoy bien.
Y quizá lo esté.
Lo suficiente como para seguir funcionando.
En algún lugar que él no ve, un traje se construye pieza por pieza.
Caro. Innecesario. Obstinado.
—No lo necesita —dicen.
—Lo necesita —responde alguien más.
Midoriya no mira hacia arriba desde hace tiempo.
No cuando el sol dejó de alcanzarlo.
—No tienes que hacer esto por mí, Kacchan.
Él nunca lo dijo en voz alta.
Pero igual…
no cree que quede algo que valga la pena salvar.

Notes:

Holaaaaa!! Esta es mi primera vez publicando una historia en Ao3, normalmente suelo escribir en Wattpad, pero esta vez me anime, espero de todo corazón que les guste este fanfic. 🥺💗

Chapter 1: Rutina

Chapter Text

Midoriya Izuku llegó antes que todos.

 

No porque lo decidiera, ni porque hubiera algo especial en ese día que lo impulsara a levantarse más temprano. No había una alarma distinta, ni un motivo real que justificara ese hábito que se había vuelto constante con el paso del tiempo. Simplemente… no había nada que lo hiciera quedarse en casa más de lo necesario. Permanecer ahí implicaba pensar demasiado, y pensar demasiado nunca terminaba bien.

 

Trabajar era más sencillo.

 

El edificio de la Comisión de Héroes estaba en completo silencio a esa hora, envuelto en esa quietud incómoda que solo existe cuando un lugar está acostumbrado al ruido. Las luces del pasillo parpadeaban apenas, proyectando una iluminación tenue y fría que se extendía por las paredes, como si incluso ellas estuvieran cansadas de cumplir su función.

 

Izuku caminó sin prisa, con la mochila colgando de su hombro izquierdo y la corbata ligeramente floja, torcida lo suficiente como para notar que en algún punto del camino había dejado de importarle acomodarla. Su postura no era descuidada, pero tampoco tenía esa rigidez que solía caracterizarlo. Era… funcional.

 

Se acercó a la entrada y, como siempre, saludó al guardia. Era automática. Una rutina tan interiorizada que ya no requeriría esfuerzo.

 

—Buenos días.

 

La sonrisa llegó sola.

 

—Temprano como siempre, Midoriya.

 

La respuesta también.

 

—Sí… supongo.

 

Pero algo falló.

 

Tal vez fue la sonrisa del guardia. Una real. Una que no necesitaba sostenerse, que simplemente existía sin esfuerzo. Izuku la observará por un segundo más de lo necesario, como si intentara recordar algo que ya no estaba del todo claro.

 

Cuando el guardia dejó de mirarlo, la suya desapareció.

 

No de golpe.

 

Se deshizo.

 

Como algo que nunca fue sólido en primer lugar.

 

Y entonces siguió caminando.

 

 

Su oficina era pequeña. Ordenada. Demasiado ordenada.

 

No había nada fuera de lugar, nada que indicara descuido o improvisación. Cada cosa ocupaba exactamente el espacio que le correspondía, como si todo estuviera diseñado para evitar el caos.

 

Izuku dejó la mochila sobre el escritorio y se sentó, encendiendo la computadora con un movimiento que había repetido tantas veces que su cuerpo lo hacía sin consultarlo.

 

Correos. Informa. Evaluaciones.

 

Palabras. Números. Formularios.

 

Todo encajaba.

 

Todo tenía sentido.

 

Todo funcionaba.

 

Izuku también.

 

O al menos… lo suficiente.

 

El cursor parpadeaba en la pantalla, esperando.

 

Izuku no tardó en responder.

 

 

La mochila se abrió casi por inercia.

 

No fue una decisión consciente. Sus manos simplemente se movieron, como si estuvieran buscando algo específico… aunque en el fondo supiera que no era un archivo lo que realmente esperaba encontrar.

 

Sus dedos se detuvieron antes de alcanzar cualquier carpeta.

 

La tela estaba ahí.

 

Doblemente doblada. Guardada con un cuidado que contrastaba demasiado con el resto de los objetos dentro de la mochila. Amarilla, pero no brillante. Gastada, como si hubiera visto más de lo que debería.

 

Izuku no respiró más lento.

 

No hizo ningún gesto evidente.

 

Pero tampoco seguí buscando.

 

Se quedó ahí, con la mirada fija, como si el simple hecho de verla fuera suficiente para detenerlo.

 

No la sacó.

 

No la tocó.

 

No se lo permitió.

 

Cerró el cierre con suavidad, evitando cualquier sonido innecesario.

 

Como si hacer ruido… fuera irrespetuoso.

 

Volvió al trabajo.

 

Como si nada hubiera pasado.

 

 

La UA seguía igual.

 

O al menos… eso parecía.

 

Demasiado viva. Demasiado ruidosa. Demasiado llena de energía para un lugar que había sido el epicentro del caos no hacía tanto tiempo. Los estudiantes corrían, hablaban, entrenaban con una intensidad que rozaba la emoción pura, impulsados ​​por historias que aún estaban demasiado frescas para ser consideradas pasadas.

 

Héroes.

 

Todos querían serlo.

 

Izuku caminó entre ellos con una calma que no terminaba de encajar con el entorno, ajustándose la sudadera azul que usaba para entrenamientos mientras su mirada recorría cada movimiento, cada postura, cada error.

 

—¡Sensei!

 

Levantó la vista.

 

Un grupo lo esperado, atentos, expectantes.

 

—Hoy vamos a trabajar en anticipación de movimientos —dijo, con un tono estable—. No se trata de reaccionar más rápido… sino de entender antes de que ocurra.

 

Mientras hablaba, caminó entre ellos, corrigiendo ángulos, señalando detalles, ajustando pequeñas cosas que hacían toda la diferencia.

 

—Si su oponente levanta el hombro izquierdo, no esperen el golpe. Ya va a venir.

 

Uno de los alumnos lo intentó.

 

Falló.

 

Izuku no reaccionó con frustración. No había nada de eso en él. Solo se acercó, tomó su brazo con cuidado y corrigió la posición.

 

—Más bajo el centro de gravedad… así.

 

El segundo intento fue mejor.

 

El tercero, preciso.

 

—¡Lo logré, sensei!

 

Izuku sonrió.

 

Y por un instante… fue real.

 

—Lo hiciste tú.

 

El alumno se alejó, emocionado, hablando rápido con los demás.

 

Izuku se quedó atrás.

 

Sus manos permanecieron en la misma posición unos segundos más, como si no supieran exactamente qué hacer después.

 

Luego las bajaron.

 

El campo quedó en silencio.

 

El mismo en el que había entrenado hasta romperse.

 

El mismo donde alguna vez sintió que avanzaba.

 

El viento movió ligeramente su cabello.

 

Nada más.

 

“Sí… pero yo ya no puedo hacerlo”.

 

El pensamiento llegó sin esfuerzo.

 

No necesitó palabras en voz alta.

 

No necesitó explicación.

 

 

El encendedor apareció días después.

 

Izuku no recordaba haberlo comprado. No recordaba haberlo guardado. No recordaba haber tomado esa decisión en ningún momento específico.

 

Y sin embargo… estaba ahí.

 

Pequeño. Ligero. Fácil de ignorar.

 

Lo giró entre sus dedos mientras caminaba fuera del edificio de la Comisión, cuando el cielo ya se había oscurecido lo suficiente como para borrar cualquier rastro de calidez.

 

Había sido un día largo.

 

Como todos.

 

Se detuvo en una esquina vacía. No tenía significado. Ninguna época especial.

 

Solo… no había nadie.

 

Rebuscó en su bolsillo y sacó una cajetilla.

 

El primer intento fue torpe.

 

El humo le raspó la garganta con fuerza, obligándolo a cerrar los ojos un segundo más de lo necesario. Ardía. Dolia. Era desagradable en todos los sentidos posibles.

 

Pero no lo soltó.

 

Se quedó ahí, sosteniéndolo, dejando que el humo se deshiciera frente a él como algo que no terminaba de existir del todo.

 

No era bueno.

 

No ayudaba.

 

Pero llenaba algo.

 

Y por ahora… eso era suficiente.

 

 

Bakugo Katsuki lo notó.

 

Antes que nadie.

 

No fue una revelación inmediata. No hubo un momento específico en el que todo encajara. Fueron detalles. Pequeños. Constantes.

 

La forma en que Izuku llegaba antes.

 

La forma en que se iba después.

 

La manera en la que sonreía… y lo rápido que dejaba de hacerlo cuando creía que nadie lo veía.

 

Bakugo no dijo nada.

 

Todavía.

 

Pero tampoco dejó de mirar.

 

 

—Estás llegando temprano.

 

La voz lo sacó de sus pensamientos.

 

Izuku levantó la vista.

 

Bakugo estaba ahí, recargado en el marco de la puerta, observándolo con esa intensidad que siempre había sido difícil de ignorar.

 

—Tú también.

 

El silencio que siguió no fue incómodo.

 

Fue pesado.

 

La mirada de Bakugo descendió lo suficiente.

 

El encendedor.

 

No dijo nada.

 

Pero lo vio.

 

—Solo… tenía cosas que hacer.

 

—Claro.

 

No sonó convencido.

 

Pero no insistió.

 

Y eso…

 

eso fue peor.

 

Porque significaba que había visto suficiente.

 

Y que iba a esperar.

 

Bakugo se enderezó, alejándose apenas.

 

—No te quedes tanto tiempo.

 

No fue una orden.

 

No fue una petición.

 

Fue algo intermedio.

 

Algo que no necesitaba explicación.

 

—Está bien, Kacchan.

 

Bakugo se fue.

 

Izuku se quedó.

 

El encendedor seguía en su mano.

 

No lo encendió.

 

Solo lo sostuvo… un momento más de lo necesario.

 

Antes de guardar.

 

 

Esa noche, llegó antes de lo habitual.

 

El departamento estaba en silencio.

 

Demasiado silencio.

 

Dejó la mochila en la mesa y se quedó de pie unos segundos, sin hacer nada, como si no terminara de decidir qué hacer consigo mismo.

 

Luego se sentó.

 

Abrió el cierre.

 

La tela seguía ahí.

 

Esperándolo.

 

Izuku la tomó con cuidado.

 

Como si fuera frágil.

 

Como si no tuviera derecho a tratarla de otra manera.

 

No dijo nada.

 

No pensé en nada en particular.

 

Solo se quedó.

 

Con la tela entre sus manos.

 

Con el tiempo pasando sin avisar.

 

Cuando finalmente volvió en sí, ya era tarde.

 

No le sorprendió.

 

Nunca lo hacía.

 

Guardó la tela.

 

Cerró la mochila.

 

Se recargó en el sofá, dejando que el peso del día cayera sobre él sin resistencia.

 

Su garganta aún ardía.

 

Pero no hizo nada al respecto.

 

No durmió.

 

Solo cierra los ojos.

 

No para descansar.

 

Solo… para no mirar.

 

 

Al día siguiente, volvió a llegar temprano.

 

Como siempre.