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Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-04-25
Completed:
2026-05-06
Words:
2,212
Chapters:
3/3
Comments:
1
Kudos:
15
Bookmarks:
3
Hits:
156

La Sombra del Dragón

Summary:

La historia explora la compleja y tóxica relación entre el rey Maegor I Targaryen y su sobrino Viserys (hijo de Aenys I) durante los años de terror en la Fortaleza Roja. En lugar de ser solo un carcelero, Maegor desarrolla una obsesión posesiva con el joven, viendo en su belleza y pureza valyria el último vestigio de una familia que lo desprecia.

Chapter Text

La Fortaleza Roja nunca fue un hogar para Viserys; era una jaula de piedra que olía a incienso y a la sangre que su tío derramaba en el Patio del Trono. Desde la muerte de su padre, el rey Aenys, el aire se había vuelto pesado. Maegor no caminaba, acechaba. Su sola presencia apagaba las risas en los pasillos, dejando tras de sí un silencio sepulcral que solo se rompía por el metálico chocar de sus botas.
Viserys se encontraba en la biblioteca, intentando perderse en mapas antiguos, cuando la sombra lo alcanzó. No necesitó girarse para saber quién era. El calor que emanaba de Maegor era antinatural, como si el fuego de Balerion viviera bajo su piel.
—Sigues buscando respuestas en el papel, sobrino —la voz de Maegor era un trueno contenido—. La historia no la escriben los sabios, sino los que sobreviven para sostener la pluma.
Viserys cerró el libro con dedos temblorosos. Maegor se acercó, rodeando la mesa con una elegancia depredadora. El joven príncipe levantó la mirada, encontrándose con esos ojos violetas que no mostraban ni una pizca de la suavidad que recordaba en su padre. En Maegor, el color de los Targaryen no era de amatista, sino de una tormenta eléctrica a punto de estallar.
—Mi padre decía que la paz es el legado más difícil de mantener —susurró Viserys, su voz apenas un hilo ante la imponente figura de su tío.
Maegor soltó una carcajada seca, carente de humor. Se inclinó sobre el muchacho, acortando la distancia hasta que Viserys pudo ver las cicatrices de guerra en el rostro del Rey Cruel.
—Tu padre era un hombre de seda en un mundo de acero. Por eso está bajo tierra y yo estoy aquí. —Maegor extendió una mano pesada y la posó sobre el hombro de Viserys. El agarre no era violento, pero era absoluto—. Tú tienes su rostro, pero espero que no hayas heredado su fragilidad. El dragón tiene tres cabezas, pero solo una voluntad puede dirigir el vuelo.
Viserys sintió el peso de esa mano como si fuera el mismo Trono de Hierro aplastándolo. Maegor lo observaba no como a un pariente, sino como a una pieza de un juego que aún no sabía si debía conservar o romper. En ese momento, Viserys comprendió que su supervivencia dependía de una danza precaria entre la devoción y el miedo.

 

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Maegor solía visitar los aposentos de Viserys durante las horas más oscuras, cuando la luna se filtraba por las altas ventanas de la Fortaleza. En esas noches, el rey no llevaba su armadura, solo una túnica de lino blanco que lo hacía parecer más humano, aunque no menos peligroso.
Esa noche, Viserys estaba frente al espejo, observando su propio rostro. Las ojeras marcaban su piel pálida. Se sentía como un fantasma habitando un cuerpo que ya no le pertenecía. Cuando Maegor entró, el joven no se sobresaltó; se había acostumbrado al sonido de la puerta abriéndose sin previo aviso.
—¿Qué ves, Viserys? —preguntó Maegor, deteniéndose justo detrás de él.
—Veo a un rehén —respondió el muchacho con una valentía que no sentía.
Maegor frunció el ceño. En el reflejo del espejo, la diferencia entre ambos era desgarradora. Viserys era la personificación de la belleza valyria, etérea y delicada, con cabellos que parecían hilos de plata bajo la luz lunar. Maegor era la fuerza bruta, la encarnación del fuego y la sangre, un hombre que parecía tallado en roca volcánica.
—Ves a un príncipe que será un pilar si aprende a obedecer —corrigió Maegor. De repente, su expresión se suavizó de una manera casi inquietante. Era una ternura retorcida, la de un escultor que admira la arcilla antes de darle forma a golpes—. No me mires con ese odio. Todo lo que hago es para asegurar que nuestra casa no se desvanezca en la debilidad.
Maegor extendió la mano y acarició la mejilla de Viserys. Sus dedos eran toscos y estaban llenos de callos, pero el toque fue sorprendentemente ligero. Por un segundo, Viserys recordó los cuentos de cuando Maegor era joven, antes de que el exilio y la corona lo amargaran. ¿Había algo de ese hombre todavía allí?
—Dime que me eres fiel —exigió Maegor, su voz descendiendo a un susurro seductor—. Dime que entiendes por qué te mantengo a mi lado mientras tus hermanos conspiran en las sombras.
Viserys cerró los ojos, sintiendo el calor de la mano de su tío. El miedo se mezclaba con una extraña necesidad de protección. En ese castillo de traidores, el monstruo que lo sujetaba era, paradójicamente, el único que le hablaba con una honestidad brutal.
—Te soy fiel, tío —mintió Viserys, o quizás, en ese instante de debilidad, decía la verdad.