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ME TENGO QUE IR

Summary:

Ash.

 

Ese sujeto era todo un caso.

 

Le invadian recuerdos: "I love you, Juan", "Flowers of peace...just for you", "I only trust you, Juan", "I truly care about you, Juan", "I missed you so much".

 

Ciertamente es raro escuchar eso de un alfa.

Notes:

Song: ME TENGO QUE IR - KAROL G, Kali Uchis

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El Segundo al Mando Deluxe era una persona completamente distinta cuando estaba en presencia de su Rey.

 

No era un secreto para nadie que el Líder del Norte era un Omega Dominante, y tampoco lo era que aquel hombre figuraba entre los más poderosos de los archipiélagos de QSMP.
Juan, un beta de mal carácter, agresivo incluso, y condescendiente con todos los que manifestaban su second gender de forma tradicionalista, pensó que lo mejor sería no acercársele…Mucho menos imaginó que sería aceptado sin ser juzgado.
Tuvo que admitir que el físico de aquel omega lo hacía parecer…bueno, cualquier cosa menos un omega petizo.

A medida que se asentaba todo el caos provocado por el árbol genealógico del Rey y por un par de mendigos que terminaron consiguiendo una habitación en la Mansión Real, el beta tuvo que aceptar que su Rey tenía una visión única.
Antes de llegar a esas tierras, desconocía el pasado de su ahora llamada familia disfuncional, pero no podía sacarse de la cabeza que la realidad fuera de aquella burbuja era cruel y discriminatoria con todos.

 

Con unos más que con otros. Pero Vegetta era diferente.

 

Puede que hubiera rechazado su posibilidad biológica de tener cachorros, pero jamás se negó a acoger en sus brazos a quienes llegaban sin familia.
¿Sus hijos? Todos adoptados, sí, pero ninguno recibía menos amor por ello. Vegetta los trataba como si él mismo los hubiera parido.

“Ais, es que a vosotros, si fuerais míos, no seríais tan tontitos. Mirad cómo quedó Roier de bobo porque se me cayó de un árbol una vez.”

Era algo que el Rey solía espetar con jugueteo en la voz, sin una pizca de malicia y con un cariño eterno, mientras veía a sus cachorros reírse de sus ocurrencias y a otros reclamar. ¿Su Foolish? También otro Omega Dominante. Tal vez con la misma bondad que su pareja… aunque bastante más estúpido que cualquiera a su alrededor. Juan opinaba que, en un escenario normal, de no haber estado atrapado en aquella isla, el Rey habría sido presa fácil de alfas malintencionados que hubieran querido vestirlo como un accesorio exótico. Aquí, al menos, lo veía feliz.

Y Juan debía admitir que, en su antigua vida de oficinista, harto de que algún alfa estúpido de turno lo cuestionara minuto a minuto, era mucho más feliz sirviendo a alguien tan atento y benevolente como Vegetta.

Algo egocéntrico, sí. Parte de su carisma. Porque, en serio, jamás había conocido a un omega con tanta labia.

El Norte era la viva imagen del concepto de pertenencia. El Segundo al Mando Deluxe se encargaba de que los valores que Vegetta emanaba con su sola presencia se dieran a conocer.

Etiqueta, comportamiento diplomático, un regalo.
¿Sería demasiado para esta ocasión? ¿Había usado el mejor bloqueador de feromonas para la reunión?
Juan tanteó sus preocupaciones y repasó su lista mental mientras sus dedos recorrían las páginas de quehaceres y pendientes, notas desperdigadas con las que trataba de recordar los hechos importantes de los últimos días.
Se suponía que aquella reunión, aquel reencuentro tan esperado con Ash, habría sido pacífico. Con p de paraíso. O tal vez p de party. AAAAH.

 


Ya quisiera el twink este…

 

Pero, después de ser humillado por los miembros del Régimen en un ambiente demasiado parecido al pasado que había tenido antes de llegar a la isla, el beta juró que ya no contaría hasta diez para tragarse las palabras. No. No, no. NO. Ahora sí que no lo iban a joder más.
Ahora contaría hasta cien mientras imaginaba a Nexe convertido en situaciones Random como en los usuales videos divertidos de perrillos. Y ya con Foolish podría descargar su ira a gusto.

Era un dolor de cabeza. Aunque el presente lo era todavía más. Preparar la boda de Molly sí que había estado muy cabrón, sobre todo porque Duncan era demasiado tímido con la semi dragona. Incluso Tina, siendo la acompañante y guardiana real de la princesa, había avanzado más con su crush, llegando casi a romper negociaciones ese mismo día con los holandeses.
Aquello tenía al beta con la cabeza entre las manos y una migraña pulsante que amenazaba con dejarlo inconsciente por lo menos una semana.
Pero ni se le ocurría enfermarse. Ni loco. Su ausencia solo desataría más caos, más desorden, más enredos que desenredar.

Tal vez una versión más actualizada del Kelpamine lo ayudaría a relajarse un poco.

Por fin estaba solo en su habitación. Oficina ordenada, todas las puertas colocadas pero seguramente tendría que lidiar con algo peor cuando llegase el nuevo día. Los murmullos y alguna que otra risa entre las paredes ya le eran familiares. Música, videos de cocina en replay, K-POP y un capítulo de la familia peluche de fondo. No era molesto, a decir verdad ya se había acostumbrado a esta presencia tan característica de sus compañeros de piso, casa, reino, lo que fueran.

Entre tantos problemas y canas de estrés que le causaban estos hijos de su madre, suspiraba en resignación y cancelaba cualquier enojo que tuviese provocándole aquel insomnio. Si tan sólo tuviera a su pareja para consolarle. O bueno su EX novio, no necesitaba ya al puto monstruo de Cucurucho a su lado. Y más ahora que sabía que no hubo nada de acción entre ellos. Mierda, pensar en Robleis aún le causaba conflicto.

Aldo le recordaba a Juan que su rol como el segundo al mando debe ser respetado y hacerse respetar. Puede que Roier, Pac, los gemelos, y el arácnido más pequeño fueran los hijos sucesores de Vegetta y realmente requieren un rango de importancia en cuanto a protección mayor, pero al beta de cuatro ojos le encomendaron mantener el Orden en ausencia del queridísimo Rey, y ello lo transformaba a él—y a Foolish— en pilares importantes para los hijos y habitantes de la Mansión que poco a poco se transformaba en una hermosa Villa.

Hacerse respetar. Las palabras de Aldo resonaban en su habitación, ya acunado por la brisa nocturna, mientras admiraba desde la mesa central el cielo estrellado. Infinito, tal vez irreal, como en el Show de Truman, porque quién sabe si de verdad alguien más haya explorado esta "Nueva Isla".

¿Qué caso había?, qué ganaba con sentirse tan pequeño frente a otras facciones. ¿Realmente importaba todo ello?, al final del día todos tienen un mismo objetivo con diferentes visiones; Saber qué es la Federación, y si es posible derrotarlos. Escapar. Volver a casa.

Sí. Eso era el presente. El Norte lo apreciaba, su trabajo, su rol, todos aquí son como familia, ¿Qué importancia tenía si los del Régimen se burlaban de ellos? Pinche trío de envidiosos. Aunque no tenía nada en contra de Tubbo, todo se resolvió con Alondra e incluso ahora ellos están más unidos. Tampoco tenía nada en contra de Haiper, y más cuando el zorro celeste-blanco fue directamente a él para preguntar por una cura, y pese a la reunión embarazosa de antes, Juan sí le dió una solución para su problema causado por la exposición a radiación.

 

Y Ash.

 

Ese sujeto era todo un caso.

 

Le invadían recuerdos: "I love you, Juan", "Flowers of peace...just for you", "I only trust you, Juan", "I truly care about you, Juan", "I missed you so much".

 

Ciertamente es raro escuchar eso de un alfa. Juan presiente que Ash es un alfa con mucho orgullo y para colmo igual de egocéntrico que Vegetta. Se le escapó un par de risillas cansadas con aquella comparación. Un alfa fanfarrón, uno que es el líder de la facción enemiga, alguien que por el momento tanteaba la línea entre la paz y desatar el caos porque la demostración de poder inundaba su razonamiento. Ese mismo alguien que—si tuviera cola y orejas como las de la mayoría de los furros en la isla— irradia interferencia púrpura en el momento que el beta y él están en el mismo territorio, a metros de distancia, o inclusive centímetros. Algo que a veces Juan debía disimular y saludar al resto de personas a su alrededor para no olvidar dónde se encontraban.

Aldo le ha mencionado que no confía en las promesas del Régimen, y en el momento Juan recuerda la advertencia recurrente de no caer en las redes de los manipuladores locos y extraños con quienes tienen la desgracia de compartir la Isla.
El Segundo al Mando Deluxe debe hacerle caso a su gente. La ropa que viste representa una causa, la habitación que lo rodea es el símbolo de lo que debe proteger: Su hogar.

 

¿Pero qué pasaría si Ash empieza a sentirse como parte de su hogar?

 

Había aprendido a ocultar, incluso de sí mismo, las veces en que deseó descubrir el aroma del Líder del Régimen cada vez que este lo acorralaba con su intimidante presencia. Le bastaba tenerlo cerca para agachar la cabeza, sometido por un instinto que no terminaba de comprender; y aun así, no podía dejar de preguntarse qué clase de hedor percibían en él los omegas del Norte cuando volvía de sus reuniones con Ash. Un aroma tan desagradable que obligaban al beta cuatro-ojos a bañarse con insistencia o a cubrirse con bloqueador de feromonas.


“Wey, es como si ese vato quisiera marcar territorio contigo— ¡NO TE ME ACERQUES, apestas un chingo, blegh—!”

 


Tenía grabado en la memoria al gemelo omega con aquella expresión de asco perfectamente dibujada en el rostro, marcando distancia con un solo swing de la espada que empuñaba, como si Juan fuera una peste con patas y no el mismo beta que llevaba años recogiendo desastres ajenos.


“Ay, ya, tampoco exageres “ había dicho Molly, apareciendo a un costado de su hermano con esa facilidad irritante que tenía para meterse donde nadie la llamaba. “ Si apestara tanto, ya estaríamos todos muertos, Aldo “


“ Tú cállate” gruñó el omega, sin apartar la vista de Juan. “Siempre andas del lado equivocado.”


“No es el lado equivocado, es el lado interesante “ corrigió ella, llevándose una mano al pecho con una indignación tan falsa que hasta daba risa. “ Además, alguien en esta isla tiene que pensar con la cabeza de arriba.”


“¿Y ese alguien eres tú? “ Roier había soltado una carcajada, recargado contra la pared como si estuviera mirando una obra de teatro montada exclusivamente para su entretenimiento.


“Claramente “ respondió Molly, levantando el mentón. “Porque si fuera por Aldo, ya le habría declarado la guerra a medio continente por respirar feo.”


“Si fuera por mí, la gente con dos dedos de frente dejaría de fraternizar con el enemigo” replicó Aldo, cortante.


“Ay, “fraternizar” repitió Roier, alzando las cejas. “ Mira nomás, ya se puso diplomático el cabrón. Eso o celoso.”


Aldo le lanzó una mirada capaz de congelar un incendio.
“Roier.”


“¿Qué? Yo nomás digo que si van a pelear, háganlo ahora y si se van a besar también háganlo ahora. Juan ni siquiera ha dicho nada y ustedes ya lo están desnudando en plaza pública.”


“No me metan en sus fanfics raritos“ masculló Juan, todavía con el eco de aquella humillación zumbándole en los oídos.


Molly chasqueó la lengua y lo recorrió de arriba abajo con una descarada falta de vergüenza.


“Pues yo sí digo que el Régimen debería recibir una oportunidad amistosa. Muy chiquita. Muy controlada. Tal vez con supervisión. Tal vez a solas. Tal vez—”


“Molly “ la cortó Aldo.


“Ay, bueno, perdón por querer ser una mujer abierta al diálogo.”


“Tú no quieres diálogo “ dijo Roier, divertido.” Tú quieres chisme, tensión sexual y una excusa política que te cubra.”


“Y no veo el crimen en eso. “ replicó ella, ofendida.


Molly se quejó entonces, indignada, diciendo que era una verdadera tragedia que una dama como ella tuviera que vivir en sequía en una isla donde la G predominaba en LGBTQSMP. Que la Federación parecía empeñada en darle sus peores batallas a los isleños con más ganas de formar un lazo, como si además del peligro diario también tuvieran que soportar celibato forzado.


“Es inhumano, de verdad “ declaró, llevándose una mano a la frente. “Primero el trauma, luego la vigilancia, y encima ni un alma decente que quiera o sepa cortejar. ¿Para eso sobrevivimos?”


“Habla por ti “ murmuró Aldo.


“Estoy hablando por mí, por las causas nobles y por todas las víctimas de esta sequía espantosa.”


“Nadie te está impidiendo nada “ dijo Roier, ya riéndose. “El problema es que a ti te gustan los casos perdidos.”


“Eso se llama tener visión.”


“Eso se llama estar bien pinche tocada.”


Juan resopló por la nariz antes de poder evitarlo. Muy apenas. Lo justo para delatar que, por estúpido que fuera todo aquello, la escena tenía algo ridículo que le aflojaba la tensión en los hombros.
Molly lo señaló de inmediato, como depredadora oliendo sangre.
“¿Vieron? ¡Se rió! Yo sabía que sí le caigo bien.”


“No te emociones “ dijo Juan, seco.


“Uy, hasta así me hablas feo. Qué manera tan cruel de tratar a una dama. “


“Tú de dama no tienes nada “ espetó Aldo.
“Y aun así soy la favorita.”


“¿De quién? “ preguntaron Aldo y Juan al mismo tiempo.
Roier soltó otra carcajada.


“ Ya, ya, ya. A este paso los van a escuchar hasta en la otra punta de la isla.”


Juan negó con la cabeza, agotado, y empezó a desvestirse con la misma resignación con la que uno desmontaba una armadura después de una batalla especialmente imbécil. Se quitó primero la bandana, luego el abrigo, después los zapatos y el cinturón, hasta quedar sólo en camisa desarreglada y pantalón. El aire le pegó en el cuello sudado como una bofetada fría.


No necesitó mirar para saber que los tres seguían observándolo.
Aldo, seguramente, todavía con ese gesto de recelo que parecía habérsele quedado cosido a la cara desde que nació.
Molly, casi con seguridad, juzgándolo como si aquel acto mundano pudiera convertirse en espectáculo.
Y Roier… bueno, Roier probablemente ya estaba a un comenta

rio de convertir todo aquello en una estupidez imposible de olvidar.
“¿Qué? “ gruñó Juan al fin, harto de sentirles los ojos encima.


“ Nada “ dijo Roier demasiado rápido.


“ Nada, dice “ canturreó Molly. “Nomás estábamos apreciando el dramita.”


“Cállate.”


“Ay, Juanito, no te pongas así. Uno intenta tender puentes y tú luego luego te me ofendes.”


“Tus puentes diplomáticos son coqueteo descarado.”


“Y funcionan más que tus amenazas “ replicó ella, orgullosa.
Aldo bufó.


“No sé qué me molesta más, si el enemigo o tener que compartir oxígeno con ustedes.”


“Mentira “ dijo Roier, dándole una palmada en el hombro. “Te encanta estar aquí. Sin nosotros te mueres de aburrimiento.”
“Preferiría morirme de verdad.”


“Hombres.“ suspiró Molly.


Juan se pasó una mano por el rostro. A veces cuidar del Norte se sentía menos como una responsabilidad militar y más como pastorear idiotas peligrosamente carismáticos. Y lo peor era que, en algún punto torcido de su vida, también había criado a varios de ellos. Tal vez por eso le irritaba tanto esa facilidad con la que pasaban del filo al chiste, de la amenaza al teatro, mientras él seguía siendo el único imbécil que intentaba mantener a todos enteros.
Tal vez por eso le irritaba tanto esa facilidad con la que pasaban del filo al chiste, de la amenaza al teatro, mientras él seguía siendo el único imbécil que intentaba mantener a todos enteros.


Al final, no les dijo nada más.


Ni tuvo energía ese día. Con un gesto seco de la mano, una despedida que era más bien un “lárguense ya”, terminó de ahuyentarlos de la puerta. Roier fue el primero en retroceder, todavía con esa sonrisa de quien sabía exactamente cuándo dejar de picar antes de llevarse un golpe de verdad. Molly se fue refunfuñando, seguramente ofendida de mentira. Aldo fue el último en apartarse, no sin antes dedicarle una de esas miradas tensas, cargadas de advertencia muda, como si quisiera recordarle que el cansancio no lo exime de seguir siendo sensato.


Como si Juan no lo supiera.


Como si no llevara el peso de esa sensatez metido entre los hombros desde hacía demasiado tiempo.


A través de las paredes seguían filtrándose ruidos familiares: una risa amortiguada, pasos corriendo por algún pasillo, el eco lejano de una canción que alguien había dejado sonando demasiado alto. La casa nunca dormía del todo. El Norte menos. Siempre había algo vibrando detrás de los muros, como si incluso en reposo aquel lugar se negara a aflojar.


Él tampoco sabía hacerlo.


Se empujó lejos de la mesa de centro y cruzó la habitación con esa pesadez torpe que le quedaba después de los días malos. No se desvistió del todo. No tenía humor para eso. Se limitó a seguir arrancándose de encima lo más superficial, como quien despega capas de responsabilidad antes que ropa. La bandana ya no estaba. El abrigo tampoco. La camisa le quedó torcida después de un tirón impaciente, abierta apenas en el cuello y fuera de lugar sobre el torso. El cinturón descansaba olvidado sobre una silla. El pantalón, desajustado en la cintura, amenazaba con caérsele si daba un paso demasiado brusco. Hasta los lentes le colgaban casi de la punta de la nariz, vencidos junto con él.


Se dejó caer al borde de la cama, abrió un poco más las piernas para aliviar la tensión acumulada en las caderas y se quedó mirando el suelo, con los codos apoyados en los muslos.
Agotado.


No era sólo el cuerpo. Ojalá hubiera sido sólo el cuerpo.
La cabeza le seguía corriendo en círculos, mascando la misma rabia, la misma humillación, la misma maldita sensación de haber salido de esa reunión con algo adherido a la piel. Algo que los otros parecían detectar de inmediato y él no.


Eso era lo peor.


La ignorancia.

 


Aldo arrugando la nariz. Las advertencias. El bloqueador. Los baños. Las miradas. Todo el mundo reaccionando a una información que le estaba vetada como si su propio cuerpo fuera el último en enterarse de lo que le hacían.

 


Beta.


La palabra le pasó por la cabeza con una mezcla de costumbre y amargura. No le molestaba serlo. No la mayoría del tiempo. No con gente como Vegetta. No en el Norte, donde su lugar se había construido desde otra clase de utilidad, una más firme, más concreta, menos atravesada por biología y jerarquías viejas.


Pero Ash…


Ash volvía a convertirlo en consciente de cada limitación.
Juan se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz. Le dejó una marca roja. Al volver a ponérselos, quedaron todavía más caídos, torcidos sobre el rostro cansado.

 


¿A qué olía?

 


No al Régimen. No a la guerra. No a la facción. No a esas mamadas simbólicas con las que los demás intentaban adornar lo evidente. Ash olía a algo específico, personal, irrepetible. Tenía que hacerlo. Todos lo hacían. Todos menos él, condenado a reconstruirlo a ciegas.


Y lo odiaba.

 


Odiaba no saber si era un aroma pesado o limpio. Si arrastra algo dulce que empalagaba o algo seco que raspaba la garganta. Odiaba no poder entender qué era eso que volvía locos a los omegas del Norte cada vez que él regresaba de verlo. Odiaba no saber si Ash impregnaba el aire con violencia o si lo hacía con esa calma insoportable que a veces era peor.


Porque sí percibía otras cosas.

 


Percibía el modo en que el espacio cambiaba cuando Ash entraba en él.


La presión.

 


La forma en que su cuerpo se daba cuenta antes que su cabeza. La nuca tensándose. Los hombros endurecidos. Ese impulso casi involuntario de enderezarse o bajar la barbilla, nunca una postura intermedia, como si su organismo no supiera decidir entre plantarle cara o rendirse apenas un poco. Percibía la cercanía de su voz cuando el alfa se inclinaba lo suficiente para hablarle como si el resto del mundo fuera un estorbo. Percibía el calor. La sombra. El peso exacto de unos ojos morados e intensos puestos sobre él durante más tiempo del necesario.

 


Eso sí podía sentirlo.

 


Y quizás por eso le jodía tanto no tener el resto.

 


Apoyó una mano sobre el colchón y echó la cabeza hacia atrás, mirando el techo. La tela suelta de la camisa le rozó el cuello. Sintió la piel tibia, demasiado expuesta, como si de pronto la habitación se hubiera quedado sin aire.

 


“I love you, Juan.”

 


Cerró los ojos.

 


Pinche Ash.

Cualquier otro alfa decía algo así y sonaba como posesión, como capricho o como una promesa hueca disfrazada de necesidad biológica. En Ash, en cambio, esas palabras le resultaban peores. Más difíciles de descartar. Porque no sonaban obedientes al instinto. Sonaban escogidas.


“I only trust you, Juan.”


Qué estupidez.


Qué estupidez tan cruel.


Juan soltó una risa breve, sin humor. Después se cubrió la cara con una mano, arrastrándola con lentitud desde la frente hasta la boca. Tenía el cansancio metido en los huesos, pero el pensamiento de Ash le seguía encendiendo algo debajo de la fatiga, una incomodidad caliente, una clase de desvelo que no venía del miedo ni del enojo, sino de la pura y miserable curiosidad.


¿Qué sentía Ash por él?


No lo que decía.


No los gestos bonitos. No las flores. No la paz puesta en bandeja como si ofrecerle belleza bastara para compensar el caos que provocaba apenas abría la boca. No esa forma tan suya de decir cosas enormes con un descaro que volvía imposible decidir si estaba jugando o confesándose.


Juan quería saber qué había debajo.


Si de verdad lo deseaba.


Si de verdad lo veía.


Si cuando se acercaba así, invadiéndole el espacio con esa seguridad irritante, era porque quería provocarlo, dominarlo, tentarlo o entender por qué Juan no reaccionaba igual que el resto. Si su insistencia nacía del orgullo herido de un alfa al que no podían leerle las feromonas de vuelta, o si había algo más peligroso debajo: algo sincero.


Los dedos de Juan subieron sin pensar a su propio cuello.
Nada.


Piel tibia. Pulso cansado. El hueco intacto donde otros llevaban marcas, recuerdos, mordidas, historia.
Nada.


Y aun así, cuando pensaba en Ash demasiado cerca, lo primero que imaginaba no era una discusión ni una amenaza. Era una respiración ajena rozándole la piel. Una boca a apenas centímetros, todavía sin tocar. El peso de una mano firme en su cintura, no para lastimarlo, sino para comprobar que seguía ahí. La invasión lenta de alguien que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Abrió los ojos de golpe.


“No mames “ murmuró, ronco, avergonzado de sí mismo.
Se incorporó apenas, llevando otra vez los codos a las rodillas. Los lentes resbalaron un poco más y tuvo que empujarlos de vuelta con un dedo.


Estaba cansado. Eso era todo. Cansado, desvelado, hasta la madre de problemas, con la cabeza demasiado llena y el juicio medio podrido por una mezcla letal de estrés y deseo mal atendido. No significaba nada. No podía significar nada.


Porque si significaba algo, entonces Aldo tenía razón en desconfiar. Entonces Roier no se equivocaba al burlarse. Entonces Molly veía más de la cuenta. Entonces el Norte, su habitación, su ropa, su puesto, el orden que llevaba años sosteniendo con uñas y dientes… todo eso empezaría a inclinarse hacia un sitio peligroso.

 


Hacia una persona peligrosa.


Y aun así.


Aun así volvió a pensarlo.


En cómo sería saber.


No sólo el aroma. No sólo la reacción química que su cuerpo jamás iba a entregarle. Sino el conjunto entero. La experiencia completa de Ash sin intermediarios. Qué se sentía estar encerrado con él sin testigos, sin bandos, sin política, sin la mirada asqueada de Aldo ni las bromas de Roier ni el interés descarado de Molly. Sólo ellos dos y esa tensión estúpida que ya parecía haber echado raíces.


Quería saber si Ash olía como alguien que prometía guerra o como alguien que ofrecía refugio.


Quería saber si sus manos eran siempre así de seguras.


Quería saber si esa voz bajaba de tono al hablar cerca por costumbre o sólo con él.


Quería, sobre todo, saber si en algún rincón de esa insistencia había ternura. Ternura real. No estrategia. No manipulación. No ese teatro de líder encantador que tan bien sabía montar.


Porque Juan estaba cansado de hombres que parecían necesitarlo más de lo que realmente estaban dispuestos a elegirlo.
Y tal vez ahí estaba la parte más miserable de todo.


Que no anhelaba a Ash sólo porque fuera atractivo, arrogante o prohibido. Lo anhelaba porque quería creerle. Aunque fuera una idiotez. Aunque fuera peligroso. Aunque supiera perfectamente que desear información también podía ser una forma de desear intimidad.


Se quedó quieto un largo rato, respirando despacio, sintiendo el roce incómodo de la camisa abierta en el pecho y el peso del pantalón flojo en la cadera. Afuera, la casa seguía viva. Adentro, el cuarto parecía haberse encogido alrededor de su respiración.
Entonces ladeó la cabeza, agotado hasta de negarse cosas, y dejó escapar otro suspiro.


Si Ash empezaba a sentirse como parte de su hogar, el verdadero problema no sería el Régimen.


El verdadero problema sería que Juan, por primera vez en mucho tiempo, no sabría cómo cerrar la puerta.


Y como si el universo tuviera una manera particularmente hija de puta de responderle los pensamientos, algo crujió en el balcón.
Juan levantó la cabeza de golpe.


El sonido no fue fuerte. Apenas el roce breve de una bota contra la piedra, el leve tintinear de algo metálico golpeando la baranda, una interferencia mínima en la respiración nocturna de la Villa. Pero bastó. Su cuerpo, agotado como estaba, reaccionó antes que su mente: se tensó entero, la mano yéndose por puro reflejo hacia donde habría dejado un arma si todavía siguiera funcionando como persona y no como un montón de nervios mal dormidos metidos en ropa medio deshecha.


“¿Qué mierd—?”


La silueta que emergió de la penumbra del balcón levantó una mano enseguida, cautelosa.


“Juan.”


Ash.

 


El nombre no llegó a formarse en su boca; le atravesó primero el pecho.


Juan se quedó inmóvil unos segundos, con el corazón repicándole demasiado fuerte para alguien tan cansado. Los lentes, ya casi en la punta de la nariz, le deformaban apenas la figura oscura recortada contra el cielo. Aun así, lo reconoció sin dificultad. La postura. La manera de ocupar espacio incluso cuando intentaba no hacerlo. Esa clase de presencia que no pedía permiso y, sin embargo, allí parecía contenerse.

 


Como si supiera que un movimiento brusco bastaría para mandarlo al infierno.

 


“No mames… “ exhaló Juan, más aire que voz. “ Ash— You– what are you—?”

 


“Why are you here?” Ash no avanzó. Se quedó junto a la baranda abierta del balcón, una mano aún visible, la otra relajada a un costado. Por una vez no parecía el líder del Régimen en toda su insoportable gloria; parecía alguien que se había tomado demasiadas molestias para llegar hasta ahí y todavía no estaba seguro de haber hecho lo correcto.

 


“Juan, sorry. I didn't want to scare you” tanteando un poco el espacio con su mirada fija en la imagen tan desarreglada y tentadora del beta, Ash dejó de lado la poción de invisibilidad, y mostró que no venía armado. No del todo.

 


“Pues felicidades, lo lograste.” Estaba muy cansado como para darse el esfuerzo de hablar en otro idioma. El traductor ya lo haría automáticamente para él. ¿Qué mierda hacía Ash en su habitación a unas horas tan…

 


El alfa bajó apenas la mirada, como aceptando el golpe sin discutirlo.
La brisa nocturna se coló entre ambos, moviendo apenas las cortinas y levantando un borde suelto de la camisa de Juan. Él seguía sentado al borde de la cama, con la postura cansada y los músculos todavía a medio camino entre la defensa y el colapso. De pronto fue demasiado consciente de su aspecto: la camisa mal puesta, el pantalón desajustado, el cuello expuesto, los lentes torcidos. Una imagen impropia. Demasiado doméstica. Demasiado íntima para ofrecérsela al enemigo.

 


Demasiado tarde.

 


Ash ya lo había visto.

 


Y no apartaba los ojos.

 


“Si vienes a hablar sobre alguien del Norte haciéndote bromas, oponerte a la boda de Molly, o tratar de que acepte que el KFC de Katie auspicie el BBQ Monday” dijo Juan al fin, forzando firmeza en una voz que salió más ronca de lo que le hubiera gustado. “, mañana puedes joderme con eso. Hoy no tengo paciencia.”

 


Por un instante, Ash pareció debatirse entre responder con alguna de sus sonrisas engreídas o tomar en serio el tono que tenía delante. Por suerte, eligió lo segundo.

 


“I didn't come here for political reasons.”

 


Eso hizo algo extraño en el silencio.

 


Juan tragó saliva, lento.

 


“Eh- Entonces te equivocaste de balcón.” Lo dijo casi con resignación, era imposible que–

 


“No.“ determinó Ash, suave. “I came to the right one.”
La respuesta fue tan inmediata, tan segura, que le irritó. O quizás lo irritó porque una parte de él reaccionó a ella antes de poder ponerse a la defensiva.

 


Juan resopló y se incorporó un poco, empujándose los lentes hacia arriba con un dedo.

 


“¿Tú siempre te metes por balcones ajenos o soy un caso especial?”
La sombra de una sonrisa cruzó la boca de Ash. Pequeña. Casi prudente.

 


“ Doors are not my style when it comes to being discreet. ”

 


“Te metiste a mi habitación. “

 


“Through the balcony. “ puntualizó Ash, como si eso mejorara algo.
“Eso no ayuda. ”

 


“Not much, no.”

 


Juan lo miró con cansancio abierto, sin molestarse en disimularlo. A esas horas, sin la compostura del día y sin el abrigo del rol puesto encima, ya no tenía energías para sostener del todo su cara más dura. La migraña seguía latiéndole detrás de los ojos. La espalda le dolía. El orgullo también.

 


“Ash “ dijo, más bajo, más serio. “No estoy para bromas hoy. Realmente estoy agotado. Si se trata de algo importante, ya hablaremos de eso mañana.”

 


El alfa se quedó quieto.

 


Después dio un solo paso hacia adentro.

 


Nada agresivo. Nada invasivo. Apenas lo suficiente para abandonar la línea del balcón y quedar tocado por la luz tenue del cuarto. Juan pudo verle mejor la cara entonces: la tensión contenida en la mandíbula, la atención fija, el cuidado casi antinatural con el que medía cada gesto.

 


Cauteloso. Eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que lo descolocó.
Ash no solía parecer cauteloso. Seguro de sí mismo, sí. Altanero. Desconfiado. Calculador, incluso. Pero no así. No con esa clase de reserva que parecía más cercana al miedo de empujar demasiado que a una estrategia.

 


“I know.” respondió por fin. “That's why I am here.”
Juan frunció el ceño.

 


“Eso no tiene sentido.”

 


“Maybe, I don- maybe not” admitió Ash. “, but after you visited the Regime last time…wearing your ambassador suit, I didn't really apologise for not treating you correctly. You know–the other members of the Regime were there, and we got all heated up with nonsense, you know we were just messing with you, Juan. We respect you. I respect you.”

 


Juan soltó una exhalación cansada, corta, de esas que ya no alcanzaban ni para llamarse risa. “So I wanted us to leave all that drama behind–”

 


“¿Dejar qué? “ preguntó, con la vista fija en él. “¿La humillación o el numerito?”

 


Ash recibió el golpe sin moverse.
“ Both. “

 


La respuesta fue tan sencilla que a Juan le tomó un segundo acomodarla en la cabeza. Esperaba una evasiva, una sonrisa torcida, alguna frase bonita diseñada para aflojarle el enojo. No eso. No una admisión tan limpia.


La migraña siguió latiéndole detrás de los ojos.
“Te pasaste de verga “ murmuró al final.


“I know, and I am really sorry about that.”


“Me dejaste ahí parado como si fuera un pendejo.”


Ash bajó apenas la mirada.


“I know.”


“Y le metiste carbón al fuego.”


Eso sí pareció golpearlo más hondo. El alfa tragó saliva antes de responder.


“Yeah, I did.” La voz le salió más baja. “ Still, I came to make amends with you.”


El cuarto quedó en silencio otra vez.


Juan lo observó desde la cama, agotado hasta del coraje, mientras la brisa nocturna seguía levantando de vez en cuando la cortina y moviendo apenas el borde de su camisa mal acomodada. Ash permanecía junto al balcón, sin acercarse más, como si entendiera que cualquier paso de más podía arruinar lo poco que le estaban concediendo esas horas.


“I really didn't come here to justify what I said or why I said it-” cambió su postura, después prosiguió. “I came here to tell you that it was wrong on my part, very wrong.”
Juan apretó la mandíbula.
“Qué detalle.”


Ash aceptó la ironía con una inclinación mínima de la cabeza.
“I exposed you in front of the others. I spoke to you as if you were part of the problem when…” hizo una pausa breve, pensándolo. “when you have been one of the few people on this island- maybe the only one who haven't treated me like just another piece on the board.”


Juan no respondió.


No porque no quisiera. Porque no estaba seguro de qué hacer con eso.


Ash respiró hondo, como si se obligara a seguir por un camino que no le resultaba natural.


“I still have the pineapple. The boys loved the ananas.”
Juan alzó apenas las cejas.


Aquello sí no se lo esperaba.


“¿Qué?”


Una sombra de algo casi tímido cruzó el rostro de Ash. Fue tan breve que, de no haber estado Juan mirándolo con el cansancio vuelto pura atención, habría jurado que lo imaginó.


“The pineapple. The one you gave me… us.” Desvió la mirada apenas un instante, no exactamente avergonzado, pero sí incómodamente humano. “I still have it. I kept it in my Pantheon.”


Juan se quedó viéndolo en silencio, intentando decidir si aquello era una burla elaborada o Ash simplemente se había golpeado la cabeza entrando por el balcón.


No parecía estar bromeando.


“Pensé que la habrías tirado.”


“No.”


“¿Por qué?”


Sus miradas volvieron a encontrarse.


“Because you gave it to me.”


El corazón de Juan hizo una cosa estúpida. Una cosa francamente inoportuna, cansada y estúpida. Se acomodó los lentes con un dedo, más por comprar tiempo que por necesidad.
“Ash. Era una piña.”


“I know.”


“Ni siquiera era una buena piña.”


“That does not matter.”


La respuesta cayó entre ambos con un peso ridículo para tratarse, efectivamente, de una maldita piña. Y sin embargo ahí estaba, suspendida en medio del cuarto como si de pronto cargar fruta hubiera adquirido implicaciones diplomáticas, religiosas o directamente biológicas.


Ash dio un paso más hacia dentro, sin invadir del todo, apenas entrando mejor en la luz tibia del cuarto.
“I do not usually keep gifts from enemies. Not like that.”


“Pues felicidades, supongo.”


Ash lo miró entonces con una seriedad que a Juan ya le estaba empezando a parecer peligrosa.


“Juan… were you trying to court me?”


El silencio que siguió fue tan absoluto que por un segundo hasta la Villa pareció callarse con él.


Juan parpadeó.


Una vez.


Dos.

 

 


“¿Que si estaba qué?”

 


Ash frunció apenas el ceño, como si la confusión del otro también lo estuviera desconcertando a él.


“Courting me.” Hizo un gesto pequeño con la mano, como si aquello fuera suficiente explicación. “The gifts. Visiting me. Always checking on me. Bringing me things. Watching if I had eaten. Staying near. I thought…”


La frase murió sola.


Juan lo siguió mirando con una mezcla exacta de agotamiento, incredulidad y ofensa.


“No chingues.”


Ash se quedó quieto.


“You were not?”


“¡No!” La respuesta salió tan inmediata que hasta él mismo se sobresaltó. “O sea… no así. Yo no… Ash, te estaba cuidando.”
El alfa inclinó apenas la cabeza.

 


“That is often part of courting.”


Juan abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.


“No. No, no, no. Espera.” Se incorporó un poco más en la cama, señalándolo con una mano. “Te di una piña porque te quería dar una piña. Fui a verte porque había cosas que hablar. Estuve pendiente de ti porque eres… porque estabas metido hasta el cuello en problemas y…”


“And you worried about me.”


“¡Porque alguien tenía que hacerlo!”


“So you did worry.”


“¡Claro que me preocupé, pendejo, pero eso no significa que te estuviera… cortejando!”


La palabra le supo rarísima en la boca. Ajena. Como si la hubiera sacado de un libro que no le correspondía.
Ash parpadeó despacio.


“You brought me offerings.”


“No eran ofrendas. Eran cosas.”


“You kept approaching me.”


“Porque tú también te aparecías hasta en la sopa.”


“You watched me constantly.”


Juan lo miró, incrédulo.
“Porque tú das problemas constantemente.”


Por un momento, ninguno de los dos dijo nada.


Y entonces, para horror de Juan, Ash bajó la vista un instante como si estuviera reacomodando mentalmente media docena de recuerdos bajo una luz completamente distinta.

 


“Oh.”

 


Ese “oh” le cayó peor que cualquier provocación.


“¿‘Oh’ qué?”


Ash volvió a levantar la mirada, y por primera vez desde que había entrado por el balcón pareció… no avergonzado exactamente, pero sí sutilmente descompuesto.


“I may have misunderstood several things.”


“¿Varias?”


Ash guardó silencio medio segundo.


“Many things.”


Juan se llevó una mano a la cara.


“No mames.”


La migraña le latió justo detrás de un ojo. Fuerte. Cruel. Puntual, como si su cuerpo también hubiera decidido que aquella conversación era demasiado imbécil para sostenerla sobrio.

 


“A ver”, dijo al fin, arrastrando la mano rostro abajo hasta la barbilla. “¿Tú pensaste que yo te estaba cortejando?”

 


Ash dudó. Sólo un poco.


“Yes.”


“¿Desde cuándo?”


Otra pausa.


“The flowers made me suspicious.”


Juan lo miró con los ojos bien abiertos.


“¿Las flores de paz?”


“Yes.”


“¡Eso era diplomacia!”


“I thought it was subtle.”


“¡No era sutil, era política!”


Ash pareció considerar aquello con una seriedad insultante.
“I see.”


“No, no ves nada. Claramente no ves nada.”


El alfa tragó saliva.


“Then the pineapple confused me more.”


“¿Cómo chingados te confundió más una piña?”


Ash hizo una pausa que, para su desgracia, sonó completamente honesta.


“It was thoughtful.”

 


Juan se quedó callado tres segundos enteros, mirándolo como si estuviera evaluando seriamente arrojarse él mismo por el balcón para no seguir viviendo ese momento.
“Te di una fruta.”


“Yes.”


“Una fruta tropical.”


“Yes.”


“Una maldita piña, Ash.”


“You remembered I liked it.”


El beta se dejó caer un poco hacia atrás, vencido por una clase de agotamiento nueva y particularmente ofensiva.
“Dios mío.”

 


Ash, en cambio, todavía parecía estar procesando la magnitud del desastre.


“I also thought that was why you kept coming to The Regime.”


“¿Al Régimen? ¡Iba a ver si seguías vivo!”


“That can also be courtship behavior.”


“Pues en mi cabeza era behavior de ‘a este cabrón se le va a caer el régimen encima si nadie lo supervisa’.”


Algo en la boca de Ash tembló. No una sonrisa completa. El inicio culpable de una.


Juan lo señaló de inmediato.


“No te rías.”


“I am not laughing. Hah. hm-”


“Te conozco esa expresión.”


“Juan…”


“No. No, espérate. ¿Cuántas cosas interpretaste así?”


Ash se tomó un segundo. El suficiente para arruinarle todavía más la noche.


“Enough that I thought I should be careful.”


Juan lo miró fijo.


“¿Cuidadoso de qué?”


El alfa sostuvo su mirada con una calma que ahora resultaba todavía más absurda.


“Of not accepting your courtship too lightly if you were serious.”
La habitación entera se quedó en silencio.


Juan sintió que el alma se le salía del cuerpo, se daba una vuelta por toda la mansión del Norte y regresaba sólo para morirse otra vez.


“No puedo creer que estemos teniendo esta conversación.”


“Neither can I.”


“¿Tú pensaste que yo estaba… qué? ¿Cortejándote?”


Ash pareció considerar la mejor palabra.


“Pursuing me.”


“¡No te estaba persiguiendo!”


“You hovered.”


“¡Eso no es lo mismo!”


“It can be.”


“¡No para mí!”


Otra pausa.

 


Ash ladeó apenas la cabeza, esta vez con una curiosidad tan genuina que casi daba ganas de aventarle algo.
“How do betas do it, then?”

 


Juan lo miró. Y Ash lo miró de vuelta.

 


La pregunta era tan real, tan seria, tan biológicamente mal ubicada en medio de su agotamiento, que por un segundo ni siquiera encontró una respuesta sarcástica.


“No sé”, dijo al fin, incrédulo. “Hablando como personas normales.”
Eso sí arrancó de Ash una exhalación corta. Casi una risa, casi un suspiro avergonzado.


“I was trying to speak in a way you would understand.”


“Pues te salió de la chingada.”


“I can see that now.”

 


Juan se frotó los ojos por debajo de los lentes, arrastrando un cansancio que ya rozaba lo teatral.


“Entonces, a ver si entendí. Tú guardaste una piña en tu… ¿Pantheon? ¿Como si fuera una reliquia? Y luego asumiste que yo te estaba cortejando porque te llevé cosas, te visité y me aseguré de que aún hubiera paz entre nosotros.”


“That sounds very unkind when you say it like that.”
“Porque es una estupidez.”


Ash bajó la vista un momento, y cuando volvió a alzarla había algo casi entrañable en su derrota.


“In my defense, with alphas and omegas… those things usually mean something.”


“Pues yo no soy omega.”


“I know.”


“Ni alfa.”


“I know.”


“Y no me manejo con tu diccionario hormonal raro.”


La mirada de Ash descendió entonces, apenas, hacia la cama deshecha, las mantas corridas, la camisa mal puesta de Juan, el cuarto vuelto puro cansancio e intimidad sin querer.
Cuando habló de nuevo, su voz salió más baja.

 


“Yes. I noticed.”


Juan siguió la dirección de esa mirada y entendió con retraso.


El colchón.


El cuarto.

 


La puerta cerrada.

 

 


El balcón abierto.

 

 


Su ropa a medio poner.

 

 


La manera en que Ash se había quedado todo ese tiempo al borde del espacio como si estuviera esperando una invitación distinta.

 


Una más honda.

 


Una más antigua.

 


Juan entrecerró los ojos.

 


“A ver. Ahora qué.”


Ash tardó un segundo en responder.


“When I asked if I could stay… I did not mean just physically.”
“Ya me di cuenta de que contigo nada significa ‘sólo’ nada.”
Eso pareció divertirlo un poco, aunque el alfa hizo un claro esfuerzo por no demostrarlo demasiado.

 


“I asked because… this feels like a nest.”
Juan soltó una risa seca, incrédula.

 


“Esto no es un nido, Ash. Es mi cama hecha mierda.”


“It is where you rest. Where you let your guard down. Where you are like this.”


“¿‘Así’ cómo?”


Ash lo miró un segundo más de la cuenta.
“Vulnerable.”

 


Juan se le quedó viendo.


“Te voy a correr a patadas.”


“That would be fair.”


“Y además estoy todo desordenado.”


“I noticed that too.”


“Eso sonó peor de lo que querías.”


“Probably.”


A Juan le dieron unas ganas miserables de reírse y reventarle algo en la cabeza al mismo tiempo.


“No estoy anidando nada”, refunfuñó. “Y si te dejé entrar fue porque estoy cansado, no porque estemos haciendo rituales de apareamiento raros.”


Ash asintió con una seriedad casi ofensiva.
“I understand.”


La forma en que lo dijo hizo que Juan lo señalara otra vez.
“No. No entiendes. Porque en tu cabeza seguro eso sigue significando algo.”


El alfa, para su crédito, al menos tuvo la decencia de no negarlo de inmediato.


“It means that you trust me enough to let me here.”


“Eso sí.”


“And that matters.”


“Eso también.”


Ash dio un paso mínimo hacia la cama, todavía sin tocarla.
“But I know it does not mean what it would mean with an omega.”
Juan se quedó mirándolo.


La sinceridad le bajó un poco el enojo. Apenas.
“Bueno. Al menos una neurona te funciona.”


“Only one tonight, maybe.”


“Con razón.”


Otra vez ese silencio raro, pero esta vez con algo torcido y casi cómico vibrando debajo. Juan seguía cansado, seguía confundido y seguía queriendo ahorcarlo un poco. Pero la imagen de Ash guardando solemnemente una piña como prueba de un supuesto cortejo le resultaba tan ridícula que estaba peleando por no reírse.
Y Ash, el líder del maldito Régimen, parecía lo bastante inteligente como para darse cuenta de ello.

 


“You are laughing at me in your head.”


“Muchísimo.”


“I deserve that.”


“Sí.”

 


El alfa respiró hondo, aceptándolo.


Luego bajó la vista otra vez hacia la cama y regresó a él con una cautela casi nueva.


“May I still stay?”


Juan lo observó unos segundos.


“¿En mi ‘nido beta inexistente’?”


Ash tuvo la gracia de parecer, por primera vez, genuinamente apenado.


“If you call it that, I might have to leave forever.”


Eso sí le arrancó una risa. Breve, cansada, pero real.
“No seas llorón.”


“You started it.”


“Tú llegaste por mi balcón creyendo que te estaba cortejando con fruta.”


“I said I was mistaken.”


“Monumentalmente.”


“I know.”


Juan suspiró y se pasó una mano por el cabello. Después miró la cama, lo miró a él, y negó con la cabeza como quien acepta una estupidez sólo porque está demasiado agotado para seguir discutiendo.

 


“Quédate un rato”, dijo al final. “Pero ni se te ocurra volver a interpretar cada cosa que hago como si estuviera intentando conquistarte.”


La expresión de Ash se suavizó de una forma peligrosísima.
“I will try.”


“No ‘trates’. Hazlo.”


“I will behave.”


“Tampoco te creo eso.”


Aun así, se hizo apenas a un lado.
El colchón se hundió cuando Ash se acomodó con una reverencia casi insultante, como si de verdad siguiera sintiendo que entraba en terreno sagrado. Se quedó primero a una distancia prudente, orientado hacia él, esperando. Midiendo. Pidiendo otra vez sin palabras.

 


Juan lo miró de reojo, exhausto.
“¿Ahora qué?”


La boca de Ash se curvó apenas.


“Now I try not to mistake kindness for courtship again.”


“Te deseo suerte con eso.”


“Thank you.”


Hubo una pausa.


Luego Ash añadió, más bajo:


“Although, for the record… if you ever did decide to court me, I would appreciate less confusing fruit.”
Juan se giró a verlo con el horror exacto de quien acaba de descubrir que concederle un centímetro a ese hombre fue un error catastrófico.


“Duérmete a la verga, Ash.”


Y esta vez sí el alfa se rió.

Fue una risa baja, tibia, todavía con algo incrédulo pegado a la voz, como si ni él mismo terminara de creerse que seguía allí, en una cama ajena, después de haber confundido diplomacia, supervisión y una piña con un supuesto cortejo beta.
Juan lo oyó y, contra toda lógica, sintió que algo en el pecho se le aflojaba.


Un poco.


Lo suficiente.


El cuarto volvió a quedarse en silencio, pero ya no era el de antes. No era el silencio tenso del balcón, ni el de la disculpa, ni el del malentendido ridículo. Era otro. Más blando. Más peligroso. Uno en el que el calor del otro empezaba a notarse demasiado.


Ash seguía recostado frente a él, con una cautela casi absurda para alguien que podía desarmarlo con la pura presencia si quisiera. No se acercaba más. No lo tocaba más de lo necesario. Como si, después de toda aquella conversación, entendiera por fin que la única forma de quedarse era pidiéndole permiso incluso con la respiración.


Juan lo observó en la penumbra. La forma en que lo miraba. La manera en que seguía esperando. La paciencia. Y, peor aún, el hambre contenida. No una vulgar. No una insolente. Una que pedía confirmación antes de existir. Eso fue lo que terminó de romperle algo.


Resopló apenas por la nariz y negó una vez con la cabeza, agotado de él, de Ash, del Régimen, del Norte, de la piña, del mundo entero.

Luego se inclinó. No mucho. Sólo lo suficiente. Y le robó un beso.

Fue breve. Torpe apenas por lo inesperado. Un roce directo, cansado, tibio, más honesto que pulido. Juan apenas tuvo tiempo de registrar la suavidad de la boca ajena antes de apartarse otra vez, quedándose a una distancia mínima, tan cerca que el aire entre ambos ya no servía de nada.

Ash se quedó inmóvil. Completamente inmóvil. Con los ojos abiertos apenas de más, la respiración suspendida y una expresión tan limpia de sorpresa que, por un segundo glorioso, Juan casi se sintió reivindicado. Casi. Porque entonces cayó en cuenta de lo que acababa de hacer.

Y ya era demasiado tarde para dignidad.


“Si yo hubiera querido cortejarte,” murmuró, con la voz ronca y la frente casi tocando la ajena, “te habría pedido una cita.” Ash no respondió. Seguía mirándolo como si Juan acabara de bajarle la luna en vez de darle un maldito beso. Juan tragó saliva. “Como una persona normal,” añadió, porque algo en él necesitaba seguir hablando antes de que el momento se lo comiera entero. “No con fruta. No con flores diplomáticas. No con… lo que sea que te inventaste en tu cabeza.”


La boca de Ash se entreabrió apenas. “Juan…”


“Y habría sido una idea terrible,” continuó él, ahora sin apartar la mirada. “Porque tú estás en el Régimen y yo en el Norte. Así que sí, hubiera sido peor que Romeo y Julieta, pero con más idiotas alrededor y probablemente más espionaje.”


Eso, por fin, pareció devolverle un poco de vida al alfa. No mucha. La suficiente para que sus ojos bajaran a la boca de Juan y volvieran a subir con una lentitud casi dolorosa.


A Juan le dieron ganas de arrepentirse, de hacerse pendejo, de fingir cansancio terminal y dormirse ahí mismo sólo para no tener que lidiar con la honestidad de esa escena. No hizo ninguna de las tres.
“Si hubiera querido hacerlo,” dijo despacio, “sí. Te lo habría pedido de frente.”

Ash parpadeó una sola vez. Seguía con esa cara. Esa cara de perro esperando un dulce, pensó Juan con una punzada de ternura tan ofensiva que quiso patearse a sí mismo.

El alfa no se movió. No intentó besarlo de vuelta. No se aprovechó del impulso. Sólo esperó.
Esperó con todo el cuerpo puesto en esa espera, con la mano aún tibia en su cintura, con el pecho apenas subiendo y bajando, con la boca todavía demasiado cerca de la suya, como si supiera que el primer beso había sido un robo, sí, pero el segundo ya no podía serlo.

Tenía que ser concedido. Y mierda. Eso también le gustó.

“¿Vas a seguir mirándome así?” murmuró Juan, incapaz de decidir si estaba más incómodo o más enternecido y atraído.

Ash no fingió no entender.

“Only if it helps.”

“¿Ayudar a qué?”

“To know if you want me to kiss you back.”

Juan soltó una exhalación corta, casi una risa, casi una rendición. “Eres desesperante.”

“And yet–”

“Y aun así sigues aquí, sí. Ya entendí.”

La sombra de una sonrisa tocó la boca de Ash, pero no llegó a instalarse del todo. Seguía esperando. Seguía dejando que la decisión viviera del lado de Juan.


Tan migajero, pensó Juan con un cansancio feroz. Los dos. Los dos hasta la médula, como un par de idiotas funcionales que llevaban demasiado tiempo sobreviviendo sin permitirse depender de nadie, sin recibir caricias sin agenda, sin ternura sin consecuencia.
Le sostuvo la mirada un segundo más.
Y luego, porque de todos modos ya había cruzado una línea absurda e imposible de descruzar, le acarició la mandíbula con la punta de los dedos.


Apenas eso bastó.


Ash cerró los ojos un instante, como si el gesto le hubiera caído demasiado hondo para alguien que estaba haciendo un esfuerzo tan claro por no desbordarse.


“Puedes besarme,” dijo Juan al fin, más bajo. No tuvo que repetirlo.
Ash se movió como si llevase conteniéndose toda la noche para no hacerlo demasiado rápido. Cerró la distancia con cuidado, pero esta vez sin la torpeza sorprendida del primer roce. Fue un beso más pleno, más consciente, todavía prudente, pero ya no robado. Su boca buscó la de Juan con una necesidad que no se volvió brusca porque seguía pidiendo permiso incluso al tocarlo.

Juan sintió el calor subirle por el pecho.

Le devolvió el beso antes de pensarlo demasiado, ladeando apenas la cabeza, dejándolo profundizar lo justo para comprobar que sí, que Ash besaba como todo lo demás: como si contuviera más de lo que mostraba, y justo por eso cada mínima cesión tuviera el peso de una confesión.

La mano en su cintura se afirmó un poco más. No aprisionando. Sosteniendo. Preguntando.
Juan respondió acercándose un poco más contra él, eliminando el último espacio tibio que quedaba entre ambos. El cambio arrancó de Ash una exhalación baja contra su boca, una de esas que no llegan a ser sonido del todo pero igual dicen demasiado.

“Still okay?” murmuró el alfa, rozándole los labios.

La pregunta le apretó algo por dentro. “Sí, it's okay…” dijo Juan, y la sinceridad salió más fácil de lo esperado.

Eso fue todo lo que Ash necesitó para volver a besarlo. Más lento esta vez, pero también más necesitado. No urgido. Necesitado.
Como alguien que llevaba demasiado tiempo soñando con un gesto así y todavía no se atrevía a creer que lo tenía. Sus dedos se deslizaron apenas sobre la tela arrugada de la camisa de Juan, de la cintura al costado, luego a su espalda, siempre midiendo, siempre dejando que cada caricia tuviera un margen para ser detenida.
Juan, que había pasado media vida cargando responsabilidades y la otra media tensándose antes de que alguien lo tocara, descubrió con una mezcla de sorpresa y vergüenza que no quería detener nada.

Al contrario. Quería más.
Le apoyó una mano en la nuca y lo trajo un poco más cerca, apenas, y sintió de inmediato la forma en que el cuerpo de Ash reaccionó a eso. Como si esa pequeña exigencia le hubiera sacudido algo más profundo que deseo; algo parecido a alivio.


Se besaron otra vez.


Y otra.


Cada vez un poco menos cautos. Un poco más cálidos. Las caricias de Ash se volvieron más presentes, más seguras en la línea de su espalda, en su costado, en la cintura floja del pantalón desajustado, pero sin perder nunca esa cualidad casi reverente que volvía todo peor. Juan le rozó el cabello, la nuca, la mejilla, como si también estuviera aprendiendo una textura largamente negada.

Ninguno dijo “estoy enamorado”. Ninguno era tan idiota. Pero tampoco podían fingir que aquello era sólo curiosidad. Ni que el modo en que se buscaban, se sostenían y se confirmaban a cada segundo perteneciera a otra cosa.

Ash se separó apenas para respirar, con la frente apoyada contra la de él y los ojos todavía medio cerrados. “You would have asked me on a date?” murmuró, como si siguiera atascado en esa parte.
A Juan le dio una risa mínima, incrédula. “¿Eso fue lo que te quedó claro de todo esto?”


“I'm wondering how you would have asked me first–.”
“Sí, bueno. Hipotéticamente.”


“Hypothetically,” repitió Ash, y la manera en que lo dijo hizo evidente que ya estaba guardando esa palabra junto a la maldita piña, como si también fuera una reliquia.


Juan negó con la cabeza. “Estás muy mal.”
“And you kissed me.”


“Eso también está mal.” Ash abrió los ojos apenas, lo justo para mirarlo de cerca.


“Then we are both in trouble.”


La frase debería haberlo hecho retroceder. En vez de eso, Juan le acarició la mejilla con el pulgar.
“Ya lo estábamos desde antes.”

Algo en la expresión de Ash se suavizó de tal manera que por un segundo dejó de parecer peligroso, enemigo o líder. Se volvió sólo un hombre demasiado solo en brazos de otro hombre igual de solo.

Y eso sí era mortal. Volvió a besarlo. No con prisa. Con hambre quieta. Con esa necesidad de quien no está tomando, sino comprobando una y otra vez que todavía lo dejan quedarse.
Juan se dejó llevar esta vez con menos resistencia, acomodándose mejor contra él, dejándose recoger por el calor del alfa, por la mano que le acariciaba la espalda en trazos lentos, por la otra que seguía en su cintura como si ése fuera el sitio más natural del mundo. El cuarto, la política, los bandos, el Norte, el Régimen, Romeo, Julieta y la fruta tropical se volvieron ruido lejano durante unos minutos indecentemente breves.

Cuando por fin se apartaron, fue sólo lo suficiente para respirar. Seguían demasiado cerca.

“Si vas a seguir pidiendo permiso para todo,” murmuró Juan, con la voz gastada y baja, “te vas a quedar dormido antes de hacer cualquier otra cosa.”
Ash, para su crédito, tuvo la decencia de parecer un poco avergonzado.
“Oh, sorry that I simply don't want to overstep.”
“Ya te metiste por mi balcón.”
“That was different.”
“Claro que te sintió diferente. Tú y tu diccionario hormonal raro.”
Una risa baja, casi deshecha, le vibró a Ash en la garganta. Luego lo miró otra vez, y ahí estaba de nuevo esa espera. Esa necesidad de confirmación.
Juan entendió entonces que no era sólo disciplina. No era sólo cultura alfa. Era hambre también. La clase de hambre que deja el afecto cuando llega demasiado tarde en la vida. La de alguien que podía parecer invencible ante todos y aun así quedarse inmóvil por un beso robado, esperando a que lo eligieran de vuelta.
Le pasó los dedos por el pelo, despacio. “Acércate más,” dijo. Y esta vez Ash no necesitó que se lo dijeran dos veces.
Se pegó a él con un cuidado casi doloroso, y Juan lo recibió, hundiéndose un poco más en aquel abrazo ahora menos cauteloso y más necesitado, dejando que la boca ajena volviera a buscar la suya, que sus manos encontraran mejor sitio en su espalda, en su cintura, en el borde de su camisa desarreglada.
No hacía falta admitir nada todavía.
Ni nombrarlo.
Bastaba con eso: con la forma en que ninguno de los dos parecía dispuesto a soltar al otro una vez que por fin había empezado a tocarlo como si importara.

 

Epílogo

 

El amanecer todavía no terminaba de romper del todo sobre el Norte cuando una puerta se abrió con la delicadeza criminal de quien claramente no quería ser visto saliendo de ahí.
Ewron asomó primero la cabeza.


Después un hombro.


Después el resto de su persona, larga, alta, y demasiado marcada como para fingir inocencia ante los ojos de cualquier ser vivo con dos neuronas funcionales.


Porque si algo tenía Ewron -además de la cara descarada de un alfa que vivía como si la vergüenza fuera un invento ajeno- era que siempre parecía salir de alguna guerra privada. Tenía mordidas. En el cuello. En la clavícula. Una cerca de la mandíbula. Otra asomando por debajo del borde del cuello mal cerrado. Una más, escandalosamente visible, en la base de la garganta como si alguien hubiera decidido reclamarlo a dentelladas con una dedicación casi artística.


Y él no hacía ni el más mínimo esfuerzo por ocultarlas.


Llevaba la ropa medio puesta, el cabello revuelto y esa expresión de gato satisfecho que sólo empeoraba las cosas. Cerró la puerta de la habitación de Roier con una lentitud ridícula, apenas apoyando la madera en el marco para que no hiciera ruido, y luego se quedó un segundo inmóvil, de puntillas, escuchando.


Silencio.

 


O bueno, el tipo de silencio que sólo existía en una casa donde todos dormían mal, conspiraban peor y se cogían entre facciones como si quisieran empeorarle la vida a los historiadores del futuro.
Ewron sonrió para sí.


Y entonces otra puerta, al otro lado del pasillo, se abrió con exactamente la misma delicadeza sospechosa.


Ash salió de la habitación de Juan.

 


También en puntillas, con el cabello desordenado. Vestido con esa dignidad arruinada de alguien que claramente había pasado la noche donde no debía y encima no se arrepentía lo suficiente.


Los dos alfas se quedaron congelados al mismo tiempo.


Ewron con una mano todavía cerca del pomo de la puerta de Roier.
Ash con medio cuerpo fuera de la habitación de Juan, intentando cerrar sin hacer ruido.


Se miraron.


Miraron las puertas.


Se volvieron a mirar.


Hubo una pausa.


Luego otra.


Y una tercera, mucho peor, en la que la escena entera se sostuvo con la clase de tensión absurda que sólo puede existir entre dos hombres que acaban de descubrir que no tienen derecho alguno a juzgar lo que está pasando enfrente.


Ewron fue el primero en alzar una ceja.


Ash fue el primero en entrecerrar los ojos.


Ninguno habló.


Ninguno podía.


Porque Ewron tenía la garganta hecha un catálogo de mordidas ajenas y venía saliendo de la habitación del príncipe heredero del Norte.


Y Ash… bueno.


Ash venía saliendo de la habitación del Segundo al Mando Deluxe con la misma cara de idiota satisfecho con la que Ewron había salido de la de Roier.


Fue Ewron quien, al final, bajó muy lentamente la vista hacia el cuello de Ash.


No había marcas visibles.


Qué cobardes, pensó con una malicia instantánea.
Ash volvió a bajar la vista hacia el cuello del polaco. Las mordidas. La clavícula. La garganta. La mandíbula. Prácticamente una galería.
Ash alzó una ceja.


Ewron, sin el más mínimo pudor, se subió un poco el cuello de la camisa… empeorando la situación porque sólo dejó al descubierto otra marca más, oscura y descarada.
Ash soltó aire por la nariz.


“Subtle.”


Ewron sonrió, orgulloso.
“Jealous?”


Ash lo miró de arriba abajo, luego dejó que sus ojos se desviaran apenas hacia la puerta de Roier y regresaran.
“Not particularly.”


“Liar.”


“Exhibitionist.”


Ash siguió la dirección de su mirada y su expresión se endureció apenas, lo justo para convertirse en ese tipo de advertencia silenciosa que decía: ni se te ocurra.


Ewron volvió a mirarlo a la cara.


Después sonrió.


Despacio.


Con toda la maldad del mundo.
Ash negó una sola vez, mínima, tajante.
Ewron sonrió más.


El líder del Régimen apretó la mandíbula.
Y entonces, desde dentro del cuarto de Roier, se oyó una voz adormilada y perfectamente reconocible arrastrarse por el aire del pasillo:


“Ewroon… si te quedas parado ahí mucho más rato, juro por Dios que voy a pensar que me robaste de nuevo algo.”
Ewron cerró los ojos un segundo, resignado.


Del otro lado, desde la habitación de Juan, no salió voz alguna, pero sí el sonido seco de algo golpeando suavemente la madera. Como si alguien muy cansado acabara de aventar una almohada sin fuerza ni ganas de abrir los ojos.


Ash y Ewron se quedaron inmóviles otro segundo más.
Entonces, al mismo tiempo, ambos hicieron lo único medianamente digno que podían hacer.


Enderezarse. Acomodarse la ropa.


Pretender que aquello no estaba pasando.
Ewron carraspeó primero y señaló con el mentón hacia la puerta de Juan.


Ash, lentamente, giró los ojos hacia la de Roier.
Otra pausa.


Luego Ewron murmuró, con una voz baja y raspada por el sueño:
“Not one word.”


Ash sostuvo su mirada con toda la hipocresía moral que le cabía en el cuerpo.


“Agreed.”

Notes:

Si les gustó el concepto, escribiré warkitten/crystalkitten o spiderpanda, el duo que más les guste

Por mientras, algunos de mis hcs de mi AU omegaverse:

Quackity posiblemente un gamma/delta/u omega mordido
pero vínculo roto
Roier híbrido alfa, tiene una mordida en su dedo (recuerdo de su vínculo con Cellbit)
Vegetta omega Dominante
Foolish omega dominante
Molly enigma
Aldo omega Dominante
Ash alfa recesivo/sigma ??
Ewron delta que se deshizo de su glándula luego
de ser mordido múltiples veces
Juan beta (mamado de puro construir la escalera papu)
Tina alfa recesiva nacida de betas
Senpai latebloomer, aún no manifiesta
Alondra beta
Ishan híbrido beta-alfa
Pac latebloomer, probs omega dominante
Mike beta
Graf alfa
Shappo beta hibrido alfa
Multi omega dominante nacido de 2 alfas

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