Chapter Text
Suguru perdió la cuenta de cuántas consultas había tenido durante el día. El reloj marcaba las 11:17 y siente que ha pasado una eternidad. Parpadea, intentando ignorar el cansancio que se asienta sobre sus hombros. Tomó su lápiz para anotar la última frase en el registro: “Menciona pesadillas recurrentes con agua. Sin ideación activa, se reforzará el plan de seguridad”, cierra la carpeta y la desliza hacia el borde del escritorio, en el mismo lugar siempre.
La niña —Sakura, ocho años, miedo al abandono— ya está en la sala de espera con su madre. Suguru escucha sus pasos alejarse. Son pasos ligeros. Eso es bueno. Cuando Sakura llegó hace tres meses, arrastraba los pies.
Se levanta. Estira la espalda. Son las 11:18. El siguiente paciente es a las 11:30. Doce minutos.
Abre el cajón del escritorio. Saca una botella de ansiolíticos. La mira. La vuelve a guardar. No quiere caer en ellas, no quiere necesitarlas, siempre se lo repite, siempre lo repite a sus colegas, se lo repite a si mismo. Y no es que no las necesite, es que los que necesita de una forma que le da miedo, tomarlos sería admitir que el ruido constante detrás de los ojos no es cansancio, sino, otra cosa, y Suguru tiene miedo.
Tiene miedo porque ha visto en los ojos de sus otros pacientes ese cansancio que no se va, esa ansiedad que los paraliza y no los deja ser, ha visto como la sociedad les da la espalda y se burla solamente porque sus mentes funcionan diferentes.
Camina hacia la ventana y mira a la calle. No ve nada, sus ojos están abiertos, pero su cabeza está en otro sitio. No es una disociación dramática —sigue sabiendo que está en su consulta, sigue escuchando el reloj de la pared—, es una pasa, un segundo donde el motor se queda en punto muerto.
Ocho segundos, parpadea y vuelve.
Abre la puerta de su consulta y saluda a la madre de Sakura con una sonrisa que le sale automática, cálida, gentil, agradable. No es falsa, pero es tan practicada que a veces sus mejillas duelen, pero a los niños les gusta, se sienten bien con él. La madre sonríe también, le da las gracias. Le dice que Sakura ha mejorado mucho, que no sabe como agradecerle.
—Ella ha hecho el trabajo, solo la acompañé—. Es verdad, pero es una frase ensayada. Últimamente todo se siente como un guion de una mala película, de esas que ve cuándo quiere matar el tiempo y no sabe en qué.
La madre y la niña se van, Suguru cierra la puerta y apoya la frente contra la madera un momento. Intenta seguir sus mismos mecanismos que le enseña a sus pacientes cuándo la ansiedad, cuándo la angustia, cuándo el mundo es demasiado. Pero no funciona, no del todo, pero se miente a si mismo diciendo que “sigue funcionando” sigue siendo un activo para un país que realmente poco le importa la salud mental, las personas, sus propios ciudadanos.
Suguru hace un tiempo que ya no tiene pensamientos positivos. Si, le gusta ayudar a la gente, protegerlos, ayudarles. Pero...pero ser psicólogo es como tragar constantemente basura emocional que no es suya, tragar, consumir, absorber. Los problemas de los demás los termina volviendo suyo, y no es que quiera, tal vez es su empatía que poco a poco se oscurece, pero no sabe la respuesta y eso es lo que teme ¿se estará volviendo un monstruo?
Tiene 30 años, pero siente que ha vivido más de esos treinta años tan dolorosos y trágicos. Sacude su cabeza de nuevo, piensa en otra cosa, lleva su mente a otor rincón.
Vuelve a su escritorio, revisa sus notas y el siguiente paciente es un niño de seis años con mutismo selectivo. Necesita preparar los material visuales, lo hace sus manos no tiemblan mientras organiza las tarjetas, pero cuando termina, las deja en la mesa y las mira.
Parpadea, se quedó mirando las tarjetas como si estuviesen por contarle un secreto. Siente nuevamente un peso más sobre sus hombros. El teléfono suena y Suguru lo descuelga al segundo timbrazo. Es la recepcionista de la clínica principal, le habla con voz baja, lo que nunca es buena señal.
—Doctor Geto—. La voz de la mujer suena extraña, pero Geto no tiene tiempo de identificar, solo ha sido un mal día se repite. —Necesita venir a la dirección que le enviaré…es sobre una paciente suya, Riko Amanai—.
Suguru no pregunta que pasó, no porque lo sepa, porque ya aprendió cuando lo llaman de esa forma, no hay nada que preguntar, solamente ir.
—Voy—. Colgó. Toma aire, el suficiente para llenar sus pulmones del oxígeno a su alrededor, aún huele a incienso, siempre prende uno cuándo esta con algún paciente, como si eso limpiara las energías que ya se arremolinan en su interior.
La dirección que le enviaron no es la clínica. Es un edificio administrativo, pasillos de color crema. Suguru ha estado aquí otras veces, siempre el mismo motivo. Lo hacen esperar doce minutos, doce minutos que nuevamente pierde la mirada en un punto lejano, apretando su puño, intentando ignorar el ruido que hay en su mente.
El director de la clínica lo recie en una oficina pequeña, hay otro hombre entado. Traje gris, carpeta cerrada, psicólogo forense o alguien del colegio profesional. Suguru no recuerda su nombre, no le importa.
El director habla primero, palabras medias—Señor Geto, lamento informarle…— Dejó de escuchar…Su mente se resquebrajó un poco al oír “Paciente Riko Amanai se suicidó”.
Tragó saliva, pero se sintió como si estuviese tragando su bilis. Quiso decir lo que siempre dice cuándo eso ocurre, pero las palabras no salían de su boca. Su mente aún procesaba, lento y doloroso.
—¿Cuándo? —. Preguntó, intentando ocultar el temblor en su voz.
—Anteayer. La encontraron en su domicilio—. La forma en que respondían a Suguru le hirvió la sangre. Tan mecánicos, tan falta de empatía.
—¿Cómo lo hizo?
El director duda medio segundo. El método no fue grotesco, pero si efectivo. Riko no quería que la salvaran esta vez. Suguru asiente, debería estar acostumbrado, pero este caso en específico movió algo en su interior.
—¿Dejó algo?
El hombre de la carpeta gris abre la boca, pero el director lo interrumpe con un gesto y saca un sobre del cajón.
—Es una carta breve, dirigida a usted—. Suguru toma el sobre, pero no lo abre. Lo dobla y lo guarda en el bolsillo interior de su chaqueta. El papel es grueso, pero no pesa nada.
El director dice algo más; algo sobre apoyo institucional y permiso para ausentarse si lo necesita. Suguru escucha las palabras, pero no las retiene. Sabe que responderá que no, que seguirá trabajando, porque eso es lo que hace, porque si para, no sabe qué va a encontrar.
El hombre de la carpeta gris habla por fin, pregunta si Suguru quiere hablar con alguien, pregunta si se siente capaz d continuar con su practica clínica.
Y Suguru piensa ¿es capaz de continuar? El miedo le invade, sube por su espalda con lentitud como una víbora que le escupe veneno en el oído. Suguru siente ganas de vomitar. No es ira, ni tristeza, es un vacío pequeño y preciso que absorbe todo. Está justo detrás del esternón, como si algo que estaba atado con hilo muy fino se hubiese roto.
—Sí— Responde—. Puedo continuar.
No es verdad, no del todo. Pero tampoco es mentira, puede continuar en el sentido físico como lo ha hecho hasta ahora, todo en automático, puede levantarse; vestirse; abrir la puerta; hablar, pero está vacío, no hay nada en su mente ni ama, de hecho a veces piensa que ni siquiera tiene alma.
El director solo asiente, algo sobre que si necesitaba algo estaban para él, pero Suguru solo da las gracias y se va, ignorando todo, pero yéndose con el dolor a cuestas. ¿Fue mal psicólogo? ¿Por qué no pudo salvar a Riko?
Cuándo salió el aire estaba frío o caliente, no lo sabe. Camina, no tiene una dirección clara hacia donde camina, solo lo hace. Sus piernas saben moverse sin que él tenga que dar instrucciones.
La cara de Riko aparece en su cabeza, es un recuerdo quieto de Riko riendo en la consulta, Riko diciéndole que si la entiende. Riko, con catorce años y una tristeza que él no supo ver del todo.
Pensó que tenía tiempo.
Siempre pensó que había tiempo, incluso para él. Pero ahora el tiempo se acabó y la carta en su bolsillo es lo único que queda. No llora, no porque se contenga, es que las lágrimas no vienen. En lugar de eso, hay un peso sordo en la mandíbula, una opresión que no sabe si es muscular o emocional, probablemente ambas.
Suguru se detiene en una esquina. No sabe dónde está, mira el letrero de la calle, lee el nombre, sabe que lo conoce, pero no conecta con ningún mapa mental.
Mira el semáforo. Está en rojo, así que espera, pero no sabe cuántos cambios han pasado, porque cuándo vuelve a ver esta en verde, pero ya no está la misma cantidad de personas que hacía un segundo.
Cuando abre la puerta de su departamento, ya es de noche. No recuerda las horas intermedias, ni si compró algo, ni si habló con alguien. No recuerda nada, todo está en blanco con un ruido de estática de fondo.
Pero lo que si viene a su mente son las preguntas ¿Es buen psicólogo? ¿hizo bien su trabajo? ¿es tan inútil que no pudo salvar a su paciente? Ella tenía una luz, tenía aún vida en sus ojos, pero no la pudo salvar. Y es allí cuándo las lágrimas tibias se deslizan por el rabillo de su ojos con lentitud, como si su alma ya estuviese por desbordarse, pero no. Cerró sus ojos, contó hasta el número uno y dejó el sobre en la mesa, no quería leerlo ahora.
Los días después son iguales. Suguru se levanta a la misma hora, se viste, toma café aunque no tiene hambre. Va a la clínica, atiende a sus pacientes, sonríe cuando toca sonreír, asiente cuando toca asentir, hace preguntas, anota respuestas.
Nadie nota nada o tal vez sí, pero nadie dice nada y Suguru agradece eso, agradece que nadie ve que el morado de sus ojos poco a poco se opaca.
—¿Estás bien, Geto? —. Pregunta su colega, una psicóloga de nombre Yuki. Siempre tan animada, siempre tan fuerte. Suguru a veces se pregunta ¿cómo lo hace? Pero no quiere preguntar, no cuándo la mujer parece que siempre tiene consejos de positivismo tóxico que realmente no quiere oír ahora.
—Si, lo estoy no es nada —. Responde con una sonrisa falsa que se posa en su rostro. Yuki asiente, le dedica una sonrisa y sigue su camino. Eso es todo, no hay segunda mirada, no hay un “te noto raro”, porque Suguru se ha vuelto bueno en eso, mostrar lo que lo demás esperan ver, pero cuándo está solo, las cosas son diferentes.
El departamento está igual que siempre. Pero hay algo que pesa. La carta de Riko sigue sobre la mesa del comedor. Suguru la mira cada noche, no la abre, no la toca. Solo la mira mientras come algo rápido, de pie y sin ganas. La comida tiene sabor a nada o no la mastica lo suficiente, o la traga y no recuerda haber tragado.
También duerme mal, pesadillas que no recuerda, sensación de incomodidad a su alrededor. No es insomnio dramático, solo se duerme cuando el cuerpo ya no da más, pero cuando vuelve abrir los ojos se sigue sintiendo cansado con las ojeras bajo sus ojos. Se despierta con la misma fatiga con la que se acostó, la almohada tiene la marca de su cabeza en el mismo lugar.
Algunas noches se sienta en el borde de la cama, a oscuras y no piensa en nada. Simplemente esta ahí, diez minutos, veinte, hasta que el frío del suelo le recuerda que tiene piernas y que puede volver a acostarse.
Pero no ha abierto la carta, aún no puede. No sabe cuándo es el momento, quizás nunca lo sea.
Suguru sigue atendiendo pacientes. Y los atiende bien, eso es lo peor. Porque si fuera malo, si cometiera errores, tendría una excusa para parar. Pero no, los niños mejoran, los padres agradecen y sus informes siguen siendo precisos.
Siempre le dicen lo mismo: “Usted es muy amable”; “usted es muy gentil”; “usted es muy dulce”. Solo halagos que quizás deberían acariciar su ego, pero en cambio solo lo hacen sentir peor, porque su mente no logra comprender el porque de esas palabras bonitas, cree que no es merecedor de ninguna de ellas.
Cada sonrisa cuesta el doble que antes, porque cada niño que llora Suguru desea que el mundo fuera mejor para ellos.
Cada vez que escucha un problema, siente que se lo traga. Literal, hay una presión en la garganta, un reflejo de náuseas que ya no sabe si es ansiedad o cansancio. Ha perdido peso, no mucho, pero sus pómulos se marcan un poco más. La ropa le queda igual, pero él se ve distinto en el espejo.
No se mira mucho, la verdad. Siempre se viste con ropa negra y cómoda, no quiere pensar en vestimenta ahora mismo.
Cuando se afeita por la mañana, baja la mirada al lavabo, no al espejo, sabe lo que vería. Sus ojos cansados, una boca que ya no recuerda como sonreír sin esfuerzo, pero afuera sonríe y eso vale la pena.
Son casi las seis de la tarde. Suguru está cerrando la última historia clínica del día. El sol ya se fue hace rato, la lámpara del escritorio es lo único que ilumina la habitación. Su teléfono suena, Suguru cuenta hasta tres y contesta.
Es la coordinadora del área de protección infantil. No es la primera vez que le hablan, Suguru ha trabajado con ellos antes. En caso de abuso, negligencia, pero el tono de ella es diferente esta vez.
—Doctor Geto. Necesitamos que venga, es urgente. Son dos niñas, gemelas…el caso es complicado.
Geto sintió otro nudo en su garganta.
—¿Nombres?
—Nanako y Mimiko. Como le dije, son gemelas.
Anota los nombres. No sabe por qué, pero algo se mueve en su pecho. No es esperanza, no es entusiasmo, es otra cosa. Una obligación fría, como si alguien hubiese encendido un motor que creía apagado.
—Voy —. Responde.
Cuando toma sus cosas dispuesto a irse, por un momento se queda a oscuras en su consulta, respira. El aire huele a incienso apagado. Saca la mano del bolsillo, está temblando, pero esta vez no es miedo, es algo que necesita hacer.
Mientras cierra la puerta de la clínica, piensa en Riko. Piensa que no pudo salvarla, pero estas dos niñas aún están aquí y de laguna forma que no puede explicar, lo mantiene en pie.
El edificio de protección infantil a Suguru siempre le dio mala espina. Siempre que entraba sentía que no podía respirar, que era asfixiante, lúgubre, de hecho era deprimente. Suguru ya ha estado en ese lugar lo suficiente para sentir siempre que el lugar es aterrador, pero si lo es para él como un adulto, no puede imaginar como sería para los niños.
Lo hacen pasar a una sala de reuniones de paredes color crema, idénticas a las del edificio donde le dieron la noticia de Riko. Hay una asistente social que él conoce —una mujer de unos cuarenta, con el pelo recogido de forma tan tirante que parece dolerle, libreta en mano— y dos archivos verdes que reposan sobre la mesa como lápidas.
—Nanako y Mimiko Hasaba —dice ella, empujando los archivos hacia él con una eficiencia gélida—. Seis años. Gemelas. Llevan tres semanas en acogida temporal después de que una vecina llamara al 110.
—¿Qué denunció la vecina? —La voz de Suguru suena plana, mecánica, una más de sus herramientas de trabajo.
—Gritos. Golpes. Las niñas llorando de madrugada. Cuando llegó la patrulla, el padre apenas podía mantenerse en pie por el alcohol. Las niñas tenían hematomas en los brazos y el torso. Él dijo que se habían caído por las escaleras.
Suguru abre el primer archivo. Hay fotos.
No las mira mucho tiempo. No necesita más de unos segundos para que el estómago se le revuelva, un eco del deseo de vomitar que sintió apenas ayer. Lo que ve es un mapa de la crueldad humana: hematomas en distintas etapas de cicatrización —algunos amarillentos, otros de un púrpura violento—, marcas de dedos grabadas en las muñecas y una quemadura pequeña, circular y precisa en el antebrazo de una de ellas. Un cigarrillo.
Cierra el archivo de golpe. El sonido del papel chocando con la mesa le recuerda al cierre de la carpeta de Sakura esa misma mañana.
—¿Han declarado?
—Sí. Pero son inconsistentes. Se contradicen entre ellas. A veces dicen que fue "papá", a veces dicen que fue un monstruo, a veces simplemente se quedan mirando a la nada. Es lo habitual en traumas de apego desorganizado.
Suguru asiente. Lo sabe. Lo ha leído en manuales hasta el cansancio, lo ha analizado en congresos. Pero ver esas marcas en cuerpos tan pequeños, mientras aún siente el peso de la carta de Riko en el bolsillo, hace que su propia empatía se oscurezca un poco más. Se pregunta, con una punzada de cinismo, si él también está tragando esta basura emocional solo para terminar ahogándose en ella.
—¿Puedo verlas?
La asistente social duda, observando las ojeras de Suguru, ese cansancio que parece haberse vuelto parte de su estructura ósea. Luego asiente.
—Son tímidas. No hablan con adultos. No después de lo que pasó.
—Está bien —responde él, levantándose y estirando la espalda, sintiendo cómo cada vértebra protesta por el peso de un mundo que no deja de romperse.
La sala de juegos es pequeña y asfixiante. Hay una mesa salpicada de restos de crayones, una estantería con muñecos de peluche cuyos ojos de plástico parecen seguirlo, y una ventana alta por donde la luz del atardecer entra como una mancha anaranjada y sucia.
Las niñas están sentadas en el suelo, una al lado de la otra. No están jugando; el juego requiere una seguridad que ellas no poseen. Simplemente están mirando la puerta con la fijeza de quien espera una amenaza. Cuando Suguru entra, el aire en la habitación parece comprimirse. Ambas se tensan al unísono, un solo organismo dividido en dos cuerpos. La de la izquierda —Nanako— se aferra al brazo de su hermana con una fuerza que torna sus nudillos blancos.
Suguru no intenta ser el héroe. No se agacha para fingir cercanía, ni les lanza esa sonrisa automática que ya le hace doler las mejillas. Sabe que, para ellas, una sonrisa puede ser solo otra máscara de un monstruo.
Se sienta en una silla de madera a tres metros de distancia. Y espera.
Es lo que los años de "tragar basura emocional" le han enseñado: los niños rotos no necesitan que los invadan con una calidez impostada. Necesitan espacio para comprobar que el mundo, por una vez, se ha quedado quieto. Que no va a pasar nada si no se mueven.
El segundero del reloj de su pulsera marca el ritmo de un silencio sepulcral.
Mimiko lo mira. Es una mirada rápida, cargada de una sospecha antigua. Aparta la vista, estudia el suelo, y vuelve a mirarlo. Suguru permanece inmóvil, dejando que su propia fatiga actúe como un escudo; no proyecta nada, no exige nada. Solo es una presencia más en la habitación, tan gris como las paredes.
Después de un minuto que se siente como una eternidad, Nanako susurra algo al oído de su hermana. Es un murmullo imperceptible, un secreto compartido en el idioma del miedo. Mimiko asiente con un movimiento casi invisible. Ninguna se acerca, pero la dirección de su atención ha cambiado. Ya no vigilan la salida. Lo vigilan a él.
"Se tienen la una a la otra", piensa Suguru, y siente una punzada de algo que se parece peligrosamente a la envidia o a la piedad extrema. "Eso es lo único que les queda. El resto del mundo ya les ha dado la espalda."
No dice nada. Todavía no. El silencio entre ellos es frágil como el cristal, y Suguru no quiere ser quien lo rompa, no cuando su propia voz le suena extraña en su cabeza.
Los días siguientes, Suguru se convierte en un autómata de la eficiencia. Hace las cosas "bien", con una precisión quirúrgica que raya en lo obsesivo.
Habla con las asistentes sociales, cuyas voces ya no distingue unas de otras. Revisa los informes médicos bajo la luz mortecina de su escritorio. Entrevista a la vecina que hizo la denuncia, diseccionando su testimonio en busca de la grieta mínima. Entrevista a la maestra de las niñas, anotando cada silencio y cada mirada esquiva. Redacta un informe psicológico preliminar donde el lenguaje técnico actúa como un escudo: detalla la hipervigilancia, las conductas de evitación y los posibles indicadores de abuso sexual —no confirmados, pero marcados con una cruz invisible en su mente.
Su recomendación es tajante: las niñas no deben regresar con el padre. En ninguna circunstancia.
Escribe cada palabra con una pulcritud gélida. Sin adjetivos innecesarios. Sin permitir que se filtre el "estas niñas están destrozadas" que resuena en sus oídos como un grito sordo. Porque lo piensa. Cada vez que cierra los ojos, ve los hematomas amarillentos de Mimiko y Nanako fundiéndose con la imagen de Riko.
Pero no es un pensamiento cálido. No hay rastro de esa "empatía luminosa" que solía fingir. Es algo más oscuro, un pensamiento que le hiela la sangre: "Si yo no hago esto, nadie lo hará bien. Todos los demás son mediocres, ciegos o cómplices". Sabe que suena arrogante. Sabe que sus colegas se horrorizarían ante tal falta de distancia profesional. Y no le importa. Le importa tan poco que el desdén se le nota en el ángulo de la mandíbula.
El padre —Kenji Hasaba, un hombre de treinta y ocho años que es el vivo retrato del fracaso y la violencia— ha solicitado la custodia. Su defensa es el manual del abusador: las niñas mienten, la vecina es una resentida, y él solo las "disciplina" en un mundo que se ha vuelto blando.
Suguru lee el expediente y siente un nudo en el estómago. No es náusea. No es el asco que le provocaba su propia comida hace una semana. Es rabia fría, destilada, pura. Es la misma bilis que le subió por la garganta al leer el informe forense de Riko Amanai. La misma energía oscura que no supo gestionar y que ahora busca un lugar por donde estallar.
"Esta vez no", piensa, apretando el bolígrafo con tanta fuerza que el plástico cruje. Su mirada se pierde en el vacío de su consulta, donde el humo del incienso ya no logra limpiar nada. "Esta vez no voy a fallar. Aunque tenga que quemarlo todo para salvarlas".
La reunión se lleva a cabo en la misma sala de paredes color crema. Es un espacio pequeño donde el aire se siente estancado, cargado de una falsa civilidad.
Están el padre, su abogada de oficio, la asistente social, un representante del juzgado y Suguru. Kenji Hasaba es un hombre aterradoramente normal. Eso es lo que más le revuelve el estómago a Suguru: la falta de una señal externa de su podredumbre. No tiene cara de monstruo, ni tics nerviosos, ni esa mirada errática que los manuales de psiquiatría a veces sugieren. Lleva una camisa blanca bien planchada, huele a una colonia barata y punzante, y saluda con una educación impecable. Incluso tiene la desfachatez de preguntar, con voz suave, si pueden ofrecerle un café.
Suguru lo observa desde el otro lado de la mesa y el pensamiento le golpea con la fuerza de una verdad absoluta: "Así es como se ve alguien que quiebra la voluntad de sus hijas". Como un vecino cualquiera. Como un ciudadano ejemplar.
La reunión transcurre entre tecnicismos. Se habla de plazos legales, de evaluaciones de entorno y de protocolos de custodia. Suguru expone sus hallazgos con su "voz de psicólogo": neutra, rítmica, despojada de juicio aparente. El padre lo escucha sin interrumpir, asintiendo levemente, mientras su abogada garabatea notas en un margen. Todo es asépticamente profesional.
Hasta que, casi al final, Kenji Hasaba deja escapar un suspiro cargado de una falsa pesadumbre. Apoya los antebrazos sobre la mesa, invadiendo el espacio neutral, y mira a Suguru con una sonrisa cansada, como si ambos fueran adultos razonables lidiando con un berrinche infantil.
—Mire, doctor —dice Kenji, con una cadencia paternalista—, usted no las conoce como yo. Son unas mentirosas. Ya sabe cómo son las niñas de esa edad; se inventan historias para llamar la atención. Mi mujer me hacía exactamente lo mismo antes de marcharse. Es un patrón familiar, ¿entiende?
El silencio que sigue a sus palabras es denso, casi sólido.
La asistente social baja la vista hacia sus notas. La abogada del padre mantiene una neutralidad cómplice. El representante del juzgado espera una reacción técnica. Suguru, por su parte, no responde de inmediato. Lo que acaba de oír no es una estrategia legal; es algo mucho más peligroso: es la normalización del mal. Kenji Hasaba no está actuando; realmente cree en su propia narrativa. En su mundo distorsionado, él es el mártir y las niñas de seis años son las arquitectas de su desgracia.
Suguru sabe perfectamente lo que el protocolo dicta. Debe asentar con la cabeza, registrar la declaración en su informe y permitir que el engranaje del sistema jurídico gire a su propio ritmo burocrático. Debe ser el profesional que Riko necesitaba y que no supo ser.
Pero la rabia, que hasta hace un segundo era un témpano en su pecho, de repente entra en ignición.
Siente el calor en las palmas de las manos, un hormigueo eléctrico que le sube por los antebrazos. La mandíbula se le tensa con una fuerza que amenaza con fracturarle los dientes. En algún lugar oscuro de su mente, la imagen de Riko —fría y silenciosa— se superpone a la de Kenji.
—Doctor Geto —interviene la asistente social, rompiendo el trance—, ¿continúa usted con su intervención? ¿Tiene algo más que agregar al perfil conductual?
Suguru la mira, pero sus ojos ya no procesan la sala de reuniones. Ve las fotos forenses de las gemelas. Ve la quemadura circular, perfecta y cruel en el brazo de Mimiko. Ve a Nanako temblando, aferrada a su hermana como si fueran las únicas dos supervivientes de un naufragio.
Y entonces, el ruido constante detrás de sus ojos se apaga. Ya no hay estática. Solo queda una claridad violenta y absoluta.
No es una escena de película. No hay música de fondo, ni cámaras lentas, ni frases lapidarias.
Es rápida. Fea. Silenciosa. Una explosión de carne contra hueso en una sala que huele a colonia barata y café frío.
Suguru se levanta. No hay un proceso deliberado, no hay una evaluación de riesgos ni una ponderación de consecuencias. Sus piernas simplemente se estiran y su centro de gravedad se desplaza hacia adelante. Cuando su cerebro registra el movimiento, sus puños ya están cerrados con tal fuerza que los tendones parecen a punto de saltar bajo la piel.
Kenji Hasaba solo alcanza a articular un parpadeo de confusión. —¿Qué…?
No termina la pregunta. El primer golpe de Suguru le parte el labio superior contra los dientes, un sonido seco, como una rama quebrándose en el invierno. El impacto le recorre el brazo a Suguru, una vibración eléctrica que le devuelve la sensación de estar vivo.
El segundo golpe impacta de lleno en el pómulo. El sonido es más sordo, más húmedo. Kenji cae hacia atrás, su silla chirriando violentamente contra el suelo linóleo. El tercer golpe no llega a tierra firme; el aire se llena de manos, de telas de trajes y de gritos agudos que parecen venir de otra dimensión.
La abogada de oficio grita algo sobre una denuncia. El representante del juzgado rodea el pecho de Suguru con los brazos, tirando de él con un peso muerto, jadeando por el esfuerzo. La asistente social permanece de pie, lívida, con las manos cubriéndose la boca como si temiera que el aire de la habitación estuviera envenenado.
Suguru deja de moverse en el acto. No opone resistencia. No intenta zafarse ni forcejear. Se queda flácido en los brazos del hombre que lo sujeta, dejando que la inercia lo maneje.
No grita. No insulta. No necesita decirle a Kenji lo que es; ambos lo saben ahora.
Sus nudillos están sangrando, un rojo brillante que gotea sobre la alfombra gris. No sabe si es la sangre de Kenji, de sus encías destrozadas, o si son sus propios huesos los que han cedido ante la rabia. Probablemente sea una mezcla de ambos, una unión física y violenta que lo vincula para siempre al hombre que más desprecia.
Kenji Hasaba está en el suelo, encogido, con una mano en la cara y la sangre filtrándose entre sus dedos. Mira a Suguru. No hay rastro de la superioridad paternalista de hace un minuto. Solo hay odio puro y un miedo animal, la mirada de un depredador que acaba de descubrir que hay algo más peligroso que él en la sala.
Suguru le devuelve la mirada con una calma que resulta mucho más inquietante que el ataque mismo.
Y en ese silencio, mientras los gritos de la abogada se vuelven ruido de fondo, Suguru se da cuenta de la verdad: no se arrepiente.
No hay rastro de la culpa profesional que debería sentir. No hay vergüenza por haber cruzado la línea roja de su carrera. No siente nada de lo que el "Doctor Geto" debería sentir ante tal acto de barbarie.
Lo que siente es alivio.
Un alivio sucio, pesado y caliente, que le recorre la columna vertebral como una fiebre que por fin rompe. Es la primera vez en meses que el ruido constante detrás de sus ojos se ha detenido por completo. El silencio ha vuelto, pero ha tenido que comprarlo con sangre.
Y eso es lo que realmente lo asusta. No es el hombre en el suelo, ni el fin de su carrera, ni la posible cárcel. Es el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, se siente condenadamente bien.
Llega la policía. El sonido de las sirenas se filtra por la ventana alta, mezclándose con el tono naranja agonizante del atardecer. Alguien llamó; el sistema, siempre tan lento para proteger a las niñas, ha sido increíblemente rápido para castigar el arrebato.
Suguru no huye. No intenta justificar lo injustificable. Se sienta en el suelo, justo donde lo sueltan, con las manos sobre la cabeza. Se lo pide un agente con voz tensa, y él obedece con una docilidad que inquieta más que su violencia previa.
Le ponen las esposas. El metal es una mordida fría contra su piel. Aprietan más de lo que deberían, o tal vez es que sus muñecas están latiendo, hinchadas por el esfuerzo de los golpes. El "clic" de la cerradura suena definitivo, como el cierre de un ciclo que empezó con el suicidio de Riko.
Está sentado en el suelo de la sala de reuniones. La misma sala donde, días atrás, analizó con frialdad clínica las marcas en el cuerpo de las gemelas. El mismo suelo donde las niñas jugaban a no jugar, habitando un silencio que él acaba de romper a puñetazos.
Mira sus manos, ahora restringidas por el acero. Están sangrando. Los nudillos de la mano derecha están despellejados, la piel levantada en jirones que exponen la carne viva. Hay sangre secándose, volviéndose oscura y pegajosa entre los pliegues de sus dedos.
"Así que esto es lo que soy", piensa.
No es una pregunta cargada de angustia. Es una constatación. Una nota al pie en el registro de su propia vida: Suguru Geto, agresor.
Kenji Hasaba está siendo atendido por una enfermera en el otro extremo de la sala. Sus quejas llenan el aire, una letanía de victimismo y amenazas legales. Dice que va a demandar. Dice que los psicólogos están todos locos, que son un peligro para la sociedad.
Suguru no lo escucha. El ruido de Kenji solo es ruido de fondo. Lo que Suguru escucha es el latido de su propio corazón, retumbando en sus oídos. Todavía está acelerado. Todavía se siente caliente, bombeando una energía que ya no sabe cómo contener.
La asistente social se acerca con pasos vacilantes. Tiene los ojos empañados por una humedad que Suguru no sabe descifrar: ¿miedo, lástima, o la decepción de ver caer a un pilar en el que confiaba?
—Doctor Geto… —susurra ella, con la voz rota—. ¿Por qué hizo eso?
Suguru levanta la mirada. Sus ojos, vacíos de esa calidez practicada que tanto le dolía, se encuentran con los de ella. No busca perdón ni comprensión. No hay una respuesta que encaje en los formularios del juzgado o en los manuales de ética.
—Porque no pude hacerlo antes —dice simplemente.
No explica qué quiere decir con ese "antes". No sabe si se refiere a no haber llegado a tiempo para Riko, a no haber detenido a Kenji antes de que Nanako y Mimiko tuvieran que aprender a ser invisibles, o a no haber dejado de fingir que el sistema funcionaba hace mucho tiempo.
Tal vez es todo a la vez. Tal vez, por primera vez, Suguru ha dejado de tragar basura emocional para empezar a escupir fuego.
Se lo llevan esposado. El camino hacia el coche patrulla es un desfile de miradas que Suguru no se molesta en esquivar; simplemente no las ve. Para él, el mundo exterior ha empezado a desvanecerse, dejando solo el eco de sus propios latidos.
Dentro del coche, apoya la frente contra el cristal frío de la ventanilla. Las luces de la ciudad pasan como manchas de color borrosas, un caleidoscopio de neón que no logra iluminar nada en su interior. Sus ojos están abiertos, pero su mente ha regresado a la sala de juegos de paredes color crema.
En su cabeza, una imagen se repite en un bucle tortuoso: Nanako y Mimiko, sentadas en el suelo, aferradas de la mano como si sus dedos fueran el único vínculo con la realidad.
"Ahora sí las perdí", piensa.
Es una conclusión lógica, desprovista de drama, puramente técnica. Sabe cómo funciona el sistema; conoce los engranajes de la burocracia mejor que nadie. Nadie le va a dar la custodia, ni siquiera la visita, a un psicólogo que acaba de demolerle el rostro a un padre en una reunión oficial. Al salvar su honor de forma violenta, ha sentenciado el futuro de las gemelas a las manos de ese mismo sistema que él tanto desprecia.
Cierra los ojos. El roce de los párpados se siente pesado, como si pesaran toneladas.
No llora. No hay lágrimas para este tipo de desastre.
Las manos le duelen; es un dolor punzante, rítmico, que parece nacer de los huesos mismos de sus nudillos destrozados. Pero, por encima del dolor físico, el alivio sucio persiste. Sigue ahí, palpitando en su pecho como un animal vivo y caliente, recordándole que, por unos segundos, dejó de ser una víctima de las circunstancias para convertirse en el verdugo de la injusticia.
Y eso es lo más aterrador. Eso es lo que no sabe cómo contar, ni a la policía, ni a sus colegas, ni a Satoru. ¿Cómo explicar que se siente más humano ahora, con las manos manchadas de sangre y las muñecas encadenadas, que cuando llevaba una bata blanca y una sonrisa ensayada?
Suguru Geto se sumerge en la oscuridad del coche patrulla, abrazando ese calor prohibido mientras el ruido de la estática, por fin, se queda en silencio.
La noche en la comisaría es larga, pero carece de dramatismo. No hay focos cegadores ni interrogatorios agresivos; solo el zumbido constante de las luces fluorescentes y el olor a tabaco rancio y desinfectante.
Suguru pasa las horas en una sala gris, sentado en un banco de metal. Una de sus muñecas sigue anclada a una barra de hierro, un recordatorio frío de que ya no es el dueño de sus movimientos. Nadie lo golpea. Nadie le grita. Un policía joven, con ojeras profundas y el uniforme ligeramente arrugado, toma su declaración con un aburrimiento profesional que resulta casi insultante. Otro agente, más veterano, le deja un vaso de cartón con café que Suguru no llega a tocar. El líquido se enfría hasta formar una película amarga, tan estancada como él.
—Mire, doctor —dice el policía, repasando sus notas con un bolígrafo que muerde al hablar—, usted molió a golpes a un hombre en medio de una reunión oficial. Tenemos testigos, actas y un representante del juzgado que todavía está en shock. El sujeto tiene el labio partido, un pómulo hundido y una conmoción leve. En cualquier libro, eso es agresión. ¿Es consciente de ello?
—Lo soy —responde Suguru. Su voz suena ronca, extraña en sus propios oídos, como si viniera de un túnel lejano.
—¿Antecedentes penales?
—No.
—¿Incidentes previos? ¿Alguna queja en el colegio de psicólogos? ¿Alguna denuncia por mala praxis?
—Nada.
El policía asiente, hace una última marca en el papel y cierra la carpeta con un golpe seco. El sonido resuena en la sala vacía.
—Con su historial limpio y el contexto de estrés… es probable que el fiscal no busque cárcel si el abogado es hábil. Pero no se engañe: su licencia va a ser suspendida, al menos de forma provisional mientras se abre el expediente administrativo. Y, por supuesto, hay una orden de alejamiento inmediata para el señor Hasaba. ¿Entiende lo que eso significa?
Suguru entiende perfectamente. Significa que el muro que intentaba levantar entre las gemelas y su agresor ahora lo deja a él del lado de afuera.
Nadie en esa sala le dice que el sistema es injusto. Nadie le da una palmadita en el hombro diciendo que Kenji se lo merecía. Le explican los hechos con la misma frialdad con la que se lee el manual de un electrodoméstico: Golpeó a un ciudadano. Habrá consecuencias legales. Eso es todo. El peso moral de su acto no le importa a nadie más que a él.
Suguru no pide disculpas. No es por orgullo, ni por una rebeldía infantil. Es simplemente porque no sabe si podría pronunciar las palabras sin sentir que está traicionando la poca verdad que le queda. Si pedir perdón significa admitir que Kenji Hasaba es una víctima, entonces Suguru prefiere el silencio.
Lo liberan al amanecer, cuando la luz del sol todavía es un gris indeciso en el horizonte. Sin esposas, pero con una notificación judicial que pesa más que el acero en su bolsillo.
Sale a la calle. El aire de la mañana está cargado de una humedad pesada que se pega a la piel. Suguru respira hondo, sintiendo el ardor en sus nudillos heridos. Comienza a caminar, sin rumbo, pero de repente, la ola de la que ha estado huyendo durante meses lo alcanza. No es una metáfora. Es una masa física, una muralla de agua negra de diez mil metros de altura que cae sobre sus hombros, aplastando sus pulmones, desplazando todo el oxígeno de la habitación.
Se queda mirando a la nada, sintiendo el frío calarse hasta sus huesos. Sus manos, aún manchadas de sangre seca y restos de la colonia de Kenji, tiemblan con una violencia que le sacude todo el cuerpo.
—Basta —susurra, pero su propia voz le da asco.
Todo está a carne viva. Es como si le hubieran arrancado la piel y el simple roce del aire contra sus nervios fuera un insulto. Cada pensamiento es una aguja. Piensa en Nanako y Mimiko y no siente ternura, siente una desesperación tan ácida que le quema las entrañas. Se ve a sí mismo como un fracasado, un paria, un despojo que ha sellado el destino de esas niñas con su propia torpeza. En su mente, no hay matices: o las salvaba perfectamente o las ha matado él mismo. Y la realidad ha dictado lo segundo.
Y entonces, el odio cambia de dirección. Deja de ser hacia sí mismo y se expande hacia afuera, como una mancha de aceite.
Siente asco. Un asco profundo, visceral, por la humanidad. Ve las caras de los policías, la indiferencia de la asistente social, la sonrisa de Kenji, la pasividad de los jueces. Todos son parte de lo mismo. Una masa informe de personas podridas que caminan sobre los cadáveres de niños como Riko, como las gemelas. El mundo no es un lugar que necesite ser arreglado; es una herida infectada que necesita ser cauterizada.
"Están todos podridos", piensa, y la idea brilla en su mente con la claridad de un diamante. "¿Para qué seguir siendo el vertedero de su basura emocional? ¿Para qué tragar su bilis si al final el sistema siempre protege al monstruo?"
El colapso llega en forma de un llanto que no es humano. Son sollozos que desgarran la garganta, gritos ahogados contra sus propias rodillas que suenan a algo rompiéndose por dentro. Se tira del pelo, aprieta sus nudillos heridos contra el suelo buscando que el dolor físico opaque el incendio de su mente, pero no funciona. El estrés ha sobrepasado el límite de lo soportable; su sistema nervioso está en cortocircuito.
Se siente solo. Tan horriblemente solo que la palabra se queda corta. Se siente como el único ser vivo en un planeta de fantasmas malvados.
Comienza a caminar más rápido, tambaleándose. Sus movimientos son erráticos, dictados por una urgencia suicida que le dice que la única forma de detener el ruido es apagando la luz. El mundo es demasiado ruidoso, demasiado sucio, demasiado injusto. No hay futuro para un Suguru Geto que no puede proteger, y si no puede ser el escudo, prefiere no ser nada.
Camina, solo camina y no importa el destino, solo el fin. Sus dedos rozan la carta de Riko en su bolsillo, pero ya no tiene fuerzas para leerla. Para él, la carta es un testamento de su inutilidad.
"No vale la pena", se repite como un mantra mientras las lágrimas le nublan la vista. "Ni las niñas, ni yo, ni este mundo de mierda. Que se queden con su podredumbre. Yo me bajo aquí".
El vacío detrás del esternón finalmente ha ganado. Ya no es un agujero pequeño; es un agujero negro que lo está succionando hacia adentro, y por primera vez, Suguru no lucha contra la gravedad. Se deja caer.
El aire ahora parece ser venenoso y frío, pero Suguru ha dejado de registrar la temperatura.
No recuerda haber corrido tanto. No recuerda las calles por las que ha pasado ni siquiera de cuántas horas han pasado, ni el trayecto de las primeras cuadras. Habita un estado de despersonalización tan absoluto que sus piernas se mueven por pura inercia biológica, como si alguien más estuviera pilotando un cuerpo que él ya ha renunciado a reclamar.
Las calles están cubiertas de una película de humedad. La lluvia que amenazó durante todo el día nunca llegó a romper, limitándose a dejar el asfalto brillante y un aire espeso, cargado de un vapor que se siente como plomo en los pulmones.
Suguru camina. No hay una brújula interna, no hay un destino. No le importa.
La ciudad desfila a su lado como una película desenfocada: luces que se estiran en manchas borrosas, peatones que apresuran el paso hacia vidas que aún tienen sentido, coches que frenan ante semáforos que él ignora. Nadie lo mira. Nadie nota al hombre con los hombros hundidos y la mirada perdida. Se ha convertido en un fantasma antes de tiempo.
Llega al puente.
No es una decisión consciente; no hay un momento de epifanía. Simplemente, cuando levanta la vista, el puente está allí, extendiéndose sobre el vacío. Abajo, el río fluye como una cinta de tinta negra, moviéndose con una lentitud pesada bajo el reflejo anaranjado de las farolas.
Suguru se detiene.
Apoya las manos en la barandilla de metal. El frío del hierro le muerde las palmas, pero el dolor es lejano. Las vendas de sus nudillos están sueltas, deshilachadas, colgando de sus muñecas como jirones de una bandera derrotada. La sangre seca en su piel se mezcla con la humedad del ambiente, volviéndose pegajosa una vez más.
Mira el agua.
Por primera vez en meses, el ruido constante detrás de sus ojos se ha silenciado. No es la paz de la meditación; es el silencio de una habitación vacía. Ya no hay estática porque ya no hay nada que emitir. El motor se ha detenido en punto muerto.
"Esto es todo", piensa. Es una constatación técnica, carente de autocompasión. Es un hecho tan irrebatible como la corriente del río o la dirección del viento.
Mira el abismo líquido y la imagen de Riko emerge de las sombras. La ve riendo en su consulta, una niña de catorce años con una tristeza que él, con todos sus títulos y su arrogancia profesional, no fue capaz de diagnosticar a tiempo. La carta sigue en su bolsillo, un peso muerto sobre su corazón. Ya no la abrirá. Siente que no tiene derecho a leer las últimas palabras de alguien a quien le falló.
Luego, piensa en las gemelas. Nanako y Mimiko, dos fragmentos de un mismo miedo, aferradas la una a la otra en la sala de juegos. Él quiso ser su salvador y terminó siendo el clavo final en su ataúd administrativo. En su mente dicotómica, su ausencia es el único regalo que puede hacerles: si él desaparece, el sistema les buscará una familia "funcional". Una familia sin sangre en los nudillos. Una familia que no esté rota.
"Quizás es mejor así".
No hay un impulso violento de "voy a saltar". Lo que hay es una ausencia total de razones para quedarse. Es la lógica del vacío.
Siente una calidez extraña expandiéndose por su pecho. No es felicidad, es el alivio anticipado del que sabe que el cautiverio está por terminar. Es la misma sensación de ligereza de cuando era niño y sabía que las responsabilidades del día siguiente se habían cancelado. Una puerta que finalmente cede. Una exhalación que no necesita ser seguida por otra inspiración.
Suguru se sube al borde del puente. El viento le azota la cara, pero él solo mira hacia abajo, hacia el silencio definitivo que lo reclama.
El metal de la barandilla está traicioneramente resbaladizo. Sus zapatos emiten un ruido sordo, un roce de goma contra acero que suena a despedida. Suguru no mira hacia abajo; el abismo no necesita ser observado para existir. Mira el horizonte, donde las luces de la ciudad se difuminan en la negrura como brasas muriendo en una chimenea fría.
Respira una última vez.
El aire entra en sus pulmones cargado de un frío cortante. Huele a río, a vegetación podrida por la humedad y a un asfalto que ya no tiene que volver a pisar. Ya nada le importa.
No hay lágrimas. No hay gritos. No hay un monólogo interno que intente dar sentido al caos. La sensación de angustia en su forma más letal, esa depresión funcional que se fue ahuecando entre sus costillas sin permiso, ahogado entre tantas emociones ajenas, entre tanto dolor que ni siquiera era suyo, pero lo vivía como suyo, consumiendo cada emoción hasta dejar solo un residuo de quietud absoluta.
Y luego, simplemente, se deja caer.
No es un salto atlético. No es un gesto heroico ni una tragedia coreografiada. Es un movimiento casi suave, una rendición física. Es como acostarse al final de un día que ha durado treinta años de cansancio acumulado. Sus pies pierden contacto con el borde y, por un instante eterno, el mundo se congela en un fotograma de ingravidez.
—¡Oye!
La voz desgarra el silencio desde algún punto a sus espaldas. Es aguda, urgente, cargada de una vibración que Suguru percibe como si estuviera envuelta en papel de aluminio, distorsionada por la distancia emocional que ya ha interpuesto entre él y los vivos.
Suguru no gira la cabeza. El proceso ya es irreversible; la gravedad ha reclamado su deuda. El aire empieza a silbarle en los oídos, un rugido que crece con cada milímetro de descenso.
—¡Oye, espera! —La voz vuelve a estallar, mucho más cerca, casi encima de él—. ¡No hagas eso!
"¿Quién es?", se pregunta Suguru, pero el pensamiento es vago, una mota de polvo en un vendaval. Ya no se siente dueño de sus procesos mentales.
Entonces, algo lo detiene en seco. Un tirón violento.
Es una mano. Está ardiendo, o al menos así la siente Suguru contra su piel gélida. Es fuerte, casi brutal. Los dedos se cierran alrededor de su antebrazo con una presión tan extrema que corta la circulación, hundiéndose en la carne con una voluntad de hierro.
Suguru abre los ojos —no se había dado cuenta de que los tenía cerrados— y ve una mancha de color blanco contra el cielo negro. Un hombre. Pelo de un color blanco antinatural. Los ojos están ocultos tras unas lentes oscuras que reflejan la luz de las farolas, pero la tensión de su rostro es legible.
El desconocido está medio volcado sobre la barandilla, con el torso proyectado hacia el vacío en un ángulo suicida. Su otra mano se aferra al metal con tal fuerza que los nudillos parecen perlas blancas a punto de perforar la piel. Tiene los dientes apretados, la mandíbula desencajada por el esfuerzo.
—¡Agárrate! —ruge el extraño, y hay una mezcla de rabia y pánico en su tono—. ¡No seas idiota!
Pero Suguru es un peso muerto. Su cuerpo, entregado por completo a la caída, ejerce una palanca que el desconocido no puede compensar. La lluvia que no terminó de caer ha dejado el metal como una superficie lubricada.
Los ojos de Suguru —vacíos, agotados— se encuentran con el reflejo de las gafas del hombre durante un segundo que se dilata. No hay espacio para las explicaciones. No hay tiempo para el arrepentimiento.
Los dedos del desconocido resbalan. No es una elección; es la física superando a la voluntad. El metal mojado cede, el agarre se pierde y, por un instante, el hombre parece flotar sobre Suguru antes de ser succionado por la misma oscuridad.
Y caen los dos. El salvador y el suicida, unidos por un brazo que todavía se niega a soltar, descendiendo hacia el río como una sola sombra rota.
El impacto es brutal. No es una entrada limpia, es un puñetazo líquido que le expulsa el aire de los pulmones de un solo golpe. El agua está fría, mucho más de lo que Suguru había calculado; es una frialdad agresiva que le entra por la nariz y los oídos, recordándole que el olvido no es gratuito. La sacudida les devuelve la conciencia a latigazos, arrancándolo de su trance disociativo.
Por un instante, el mundo es solo una masa negra y caótica. No sabe dónde está el arriba o el abajo. Sus pulmones arden y las vendas de sus manos, deshechas, flotan a su alrededor como medusas muertas, jirones de su antigua piel de psicólogo.
Patea. No lo hace por un deseo renovado de vivir, sino por puro reflejo autonómico. Su biología se rebela contra su nihilismo.
Su cabeza rompe la superficie. Tose violentamente, escupiendo un agua que sabe a metal y lodo. El aire entra en su tráquea como una hilera de cuchillas. A su lado, el desconocido emerge también, maldiciendo entre dientes y luchando contra la corriente con una energía frenética.
—¡Eres... eres un idiota! —escupió el hombre, con la voz quebrada por el jadeo—. ¡Un maldito idiota!
Suguru lo mira, aturdido. El pelo blanco, ahora apelmazado y oscuro por el agua, le enmarca el rostro. Sin las gafas, sus ojos se revelan: son de un azul tan eléctrico y puro que parecen emitir su propia luz en la penumbra de la ribera. No sabe quién es. No le importa. Solo es un obstáculo entre él y el final que había elegido.
—¿Por qué...? —intenta articular Suguru, pero la frase se ahoga en un espasmo de su diafragma.
—¡¿Por que qué?! —el desconocido vuelve a aferrarle el brazo. Su fuerza es antinatural, una presión que no debería existir en alguien que acaba de caer desde esa altura—. ¡¿Por qué te seguí?! ¡No tengo la menor idea! ¡Eres un estúpido, eso es lo que eres!
Suguru intenta zafarse, quiere gritarle que su sacrificio es una interferencia innecesaria, que no entiende el peso de la basura que él ya no puede tragar. Pero no hay fuerzas. La fatiga acumulada de meses, el agotamiento mental y el frío que le cala los huesos lo derriban. El desconocido lo arrastra hacia la orilla en un rescate que no tiene nada de épico: es una lucha torpe, descoordinada y desesperada. Ambos chocan, se hunden y emergen, tragando barro hasta que los dedos de Suguru arañan algo sólido.
Cieno. Piedras. Tierra firme.
Sale del río gateando, con los músculos temblando de forma incontrolable. Se desploma en la orilla, con la mejilla hundida en el barro húmedo, expulsando el agua de sus pulmones en arcadas dolorosas. A su lado, el desconocido cae de espaldas. El pecho le sube y baja como un fuelle roto mientras observa el cielo gris, ese mismo cielo indiferente que hace diez minutos era el telón de fondo de su muerte.
—Qué manera de empezar la noche —suelta el extraño entre jadeos—. Solo quería dar un paseo.
Suguru cierra los ojos. El agua gotea de su ropa, el barro se le mete bajo las uñas y el frío le recorre la columna como una advertencia. Y entonces, en medio de la tiritona, aparece algo que no es vacío.
Es rabia.
Una rabia incandescente porque ese imbécil de ojos imposibles le ha negado el silencio. Rabia porque lo ha obligado a volver a un mundo que sigue estando podrido. Rabia porque ahora está vivo y no sabe qué demonios hacer con ese hecho.
Abre los ojos y gira la cabeza. El desconocido sigue ahí, empapado y vulnerable, pero extrañamente presente.
—¿Quién eres? —pregunta Suguru. Su voz es una lija, un sonido roto que apenas reconoce.
El hombre gira el rostro. Durante un segundo, lo escruta con una intensidad que parece atravesar sus defensas, evaluando las grietas de su alma con la misma naturalidad con la que se mira un paisaje.
—Alguien que necesita dejar de meterse en problemas ajenos —responde finalmente—. Pero, al parecer, no aprendo.
Allí, entre el lodo y la humedad, Suguru siente algo nuevo. No es gratitud, ni mucho menos esperanza; es simplemente una frecuencia distinta. Es el primer ruido en mucho tiempo que, aunque molesto, no le produce dolor. Es la presencia de otro ser humano igual de roto y empapado que él.
A lo lejos, el aullido de las sirenas corta la humedad de la noche.
Alguien vio la caída desde el puente. Alguien, en algún lugar de la ciudad que Suguru ya había dado por muerta, llamó para alertar al sistema. El engranaje burocrático, el mismo que lo ha traído hasta este lodo, se pone en marcha una vez más para reclamarlo.
El desconocido se incorpora con dificultad, sentándose sobre las piedras irregulares de la orilla. Se pasa una mano por el pelo blanco, que ahora es una maraña de puntas mojadas y barro, y mira a Suguru. Su expresión no es la de un héroe de epopeya ni la de un salvador iluminado. Es una mirada de cansancio absoluto, una fatiga que resuena con la que Suguru lleva tatuada en los huesos.
—Van a venir por nosotros —dice el hombre, con la respiración aún entrecortada por el esfuerzo—. Así que aguanta. No te mueras ahora, ¿vale? Sería una pérdida de tiempo estúpida después de todo el trabajo que me has dado.
Suguru no responde. No tiene palabras, ni voluntad, ni fuerzas para discutir la lógica de su supervivencia.
Solo cierra los ojos otra vez, dejando que el frío del suelo y el sonido de las sirenas se conviertan en su nueva realidad. Ya no huye, pero tampoco lucha. Simplemente se queda allí, en ese limbo de barro y agua, y espera. El ruido en su cabeza no ha desaparecido, pero por primera vez, el peso de otro ser humano a su lado lo hace un poco más soportable.
El techo es blanco absoluto y la luz fría a Suguru siempre le dio miedo. Por eso disfruta las luces cálidas, siempre ha pensado que las personas que prefieren la luz blanca son psicópatas.
Suguru lo estudia durante lo que parece una eternidad antes de que el mundo empiece a cobrar una forma coherente. La memoria no regresa con la violencia del impacto en el río; vuelve en fragmentos dispersos, como piezas de un naufragio: el frío lacerante, una mano atenazando su antebrazo y un par de ojos azules que brillaban en la negrura como estrellas eléctricas.
Parpadea. El techo sigue ahí, imperturbable, con una grieta que atraviesa el cielorraso de lado a lado como el lecho de un río seco.
El ruido del hospital es un murmullo constante y bajo: el pulso electrónico de los monitores, el roce de pasos apresurados en el pasillo y el rumor lejano de un carrito de metal. Huele a desinfectante y a sábanas con un exceso de cloro. Es un olor limpio, pero a Suguru le revuelve el estómago; huele a la misma institucionalidad que lo ha estado asfixiando.
Intenta incorporarse, pero un dolor punzante en las costillas lo clava de nuevo al colchón. Los cables lo mantienen cautivo: parches en el pecho, un sensor en el dedo y una vía que le muerde el dorso de la mano izquierda. Nota que la venda en sus nudillos derechos ha cambiado; ahora es blanca, impecable, casi ofensiva.
"Sobreviví", piensa, y la palabra se siente como una condena más que como una victoria.
Gira la cabeza hacia la izquierda. Hay alguien en la silla de visitas.
Es el hombre del puente. Está sentado con una confianza que roza la insolencia, las piernas abiertas y los brazos cruzados. Su cabeza está inclinada hacia atrás, sugiriendo un sueño profundo, pero es un espejismo. En cuanto Suguru se mueve, los ojos azules se abren de inmediato, fijos en él.
—Despertaste —dice Satoru. Su voz es plana, desprovista de esa compasión profesional que Suguru tanto detesta.
Suguru lo observa en silencio. La imagen es casi surrealista: el desconocido sigue vistiendo la misma ropa que en el río. Aunque está seca, la tela está rígida, arrugada, con manchas de barro en los hombros. Tiene una gasa pequeña sobre la ceja derecha. Un rasguño insignificante.
—¿Quién eres? —pregunta Suguru. Su voz suena extranjera, rasposa, como si el agua del río se hubiera quedado estancada en sus cuerdas vueltas.
El hombre inclina la cabeza, estudiándolo con una curiosidad desprovista de juicio.
—Satoru —responde—. Satoru Gojo.
—¿Nombre y apellido? —Suguru cierra los ojos un momento, agotado por la literalidad del tipo—. ¿Acaso quieres mostrarme tu número de identificación también?
Satoru ni siquiera parpadea.
—No. No pensé en traerlo, pero si lo necesitas para confiar en mí, puedo ir a buscarlo —asiente, como si hubiera resuelto un dilema logístico importante.
Silencio. El monitor emite un pitido rítmico. Alguien tose en la habitación de al lado. El mundo sigue girando con una normalidad obscena mientras Suguru intenta entender por qué sigue formando parte de él.
—No pedí que me salvaras —suelta al final. La frase sale más dura de lo que pretendía, pero es lo único honesto que le queda.
Satoru lo mira. No se ofende. No se incomoda. Simplemente procesa la información como quien analiza un dato estadístico.
—Lo sé —responde.
—¿Entonces por qué lo hiciste?
—Entonces nada. No me pediste que te salvara, pero te salvé igual. No veo la contradicción en eso.
Suguru frunce el ceño. El dolor en sus costillas se intensifica con el gesto. Nada de esto tiene sentido, pero Satoru habla con una seguridad tan absoluta que hace que Suguru se sienta el único fuera de lugar.
—¿Me vas a dar el discurso ahora? —pregunta Suguru con un cansancio corrosivo—. ¿Esa charla sobre que "la vida vale la pena", que hay personas que se preocupan por mí y que el suicidio no es la respuesta? Adelante, terminalo pronto.
Satoru se toma un momento para evaluarlo. Se queda en silencio unos segundos, ladeando la cabeza como si estuviera sopesando la propuesta.
—No —dice finalmente—. Sería mentira. No sé si tu vida vale la pena; ni siquiera te conozco. Y no sé si hay personas que se preocupen por ti. Por la ropa que tenías puesta, diría que no muchas, pero puedo estar equivocado.
Suguru parpadea, descolocado.
—¿Acabas de juzgar mi red de apoyo por mi ropa?
—Tu ropa. Estaba desgastada y algo…descuidada—dice Satoru, encogiéndose de hombros—. Y las vendas en tus manos estaban asquerosas. Llevabas días sin cambiarlas. Eso no es algo que haga alguien que tiene a alguien cuidándolo. O alguien que se cuida a sí mismo.
Suguru abre la boca para responder, pero la vuelve a cerrar. No sabe si reírse por la absurda honestidad del extraño o golpearlo por la precisión del insulto.
—Eres muy observador para alguien que se cayó de un puente tratando de salvar a un desconocido —murmura Suguru, desviando la mirada hacia la grieta del techo.
—No fue observación —replica Satoru con naturalidad—. Fui yo quien te puso las vendas nuevas en la ambulancia. Las viejas daban náuseas. Estaban podridas, igual que tu humor.
Suguru siente una punzada de rabia, pero es una rabia que le da calor. Por primera vez en mucho tiempo, no lo están tratando como a un paciente frágil o como a un monstruo. Lo están tratando como a un idiota. Y de alguna forma retorcida, eso se siente como el primer respiro real que ha tenido en años.
Lo dice con tanta naturalidad que Suguru no sabe si es una confesión vulnerable o simplemente un dato técnico. Como si dijera que tiene el pelo blanco o que hoy es martes.
—¿Te pasa seguido? —pregunta Suguru, sin entender por qué siente la necesidad de profundizar en la psique de su salvador.
—Sí —responde Satoru, sin rastro de autocompasión—. Pero la gente termina por acostumbrarse. O se va. Ambas son opciones perfectamente válidas.
Suguru guarda silencio. Hay algo en esa honestidad brutal, una que no busca herir sino simplemente ser, que lo descoloca por completo. No sabe si es un alivio refrescante o una presencia agotadora; probablemente sea una mezcla de ambas, un ruido que por fin tiene una frecuencia distinta.
—No pedí que me salvaras —repite Suguru por tercera vez, aferrándose a la frase como si fuera el último resto de su autonomía.
—Ya lo sé —dice Satoru, ladeando la cabeza—. Ya me lo dijiste. Dos veces. Tengo buena memoria, ¿sabes?
—Y aun así estás aquí. Sentado en una silla incómoda, empapado y con la cara cortada.
—Sí.
—¿Por qué?
Satoru se queda callado. Esta vez, el silencio se expande, filtrándose entre el pitido del monitor y el rumor del pasillo. Suguru llega a pensar que ha alcanzado el límite de la paciencia del extraño, pero entonces Satoru habla.
—Porque cuando me subí a esa barandilla para impedir que te soltaras —dice Satoru finalmente—, no me detuve a procesar si habías pedido ayuda o no. Simplemente vi a alguien a punto de desaparecer y mis piernas se movieron antes que mi cabeza. No fue una decisión heroica, Geto. Fue un reflejo.
—¿Un reflejo? —repite Suguru, con la palabra amarga en la lengua.
—Como cuando se te resbala un vaso de la mesa e intentas atraparlo antes de que estalle contra el suelo. No haces un análisis de costo-beneficio sobre si el cristal vale la pena. Solo estiras la mano. Intentas que no se rompa.
Suguru lo mira fijamente. Las palabras resuenan en su cabeza con una claridad dolorosa. Un vaso. Alguien que intenta evitar el estallido simplemente porque el desastre no debería ocurrir.
—¿Y ahora? —pregunta Suguru en un susurro—. Ya no me estoy cayendo. Ya estoy en el suelo. ¿Por qué sigues aquí?
Satoru se encoge de hombros con una despreocupación que roza lo absurdo.
—Porque todavía no termino de secarme. Y porque me debes un café por arruinarme la chaqueta.
Suguru suelta una risa. Es un sonido corto, seco, que le tensa las costillas heridas hasta que le duele, pero es una risa real. La primera que no nace de un guion ensayado para consolar a un paciente.
—Eres raro, Satoru.
—Lo sé —responde él, sin sombra de ofensa—. Me lo dicen casi tanto como que soy un idiota.
El monitor sigue marcando el pulso de una vida que Suguru ya no reconoce como suya. Los pasos en el pasillo no cesan y el mundo exterior sigue girando con su indiferencia habitual. Pero allí, bajo la luz blanca y el olor a hospital, el silencio ha dejado de ser una amenaza.
Por primera vez, es solo silencio. Y extrañamente, es suficiente.
Una enfermera entra en la habitación, rompiendo el vacío con el crujido de sus zapatos de goma. Revisa el monitor, anota la frecuencia cardíaca y luego desvía la mirada hacia Satoru, deteniéndose en su ropa arrugada y la gasa de su frente, para finalmente mirar a Suguru.
—¿Es un familiar? —pregunta, con la pluma suspendida sobre el tablero.
—No —responde Suguru de inmediato, queriendo marcar la distancia.
—Todavía no —dice Satoru al mismo tiempo, con una seguridad que descoloca el aire.
Se miran. Suguru con desconcierto; Satoru con una chispa de diversión que sus ojos azules no intentan ocultar. La enfermera, acostumbrada a las dinámicas extrañas de la unidad de agudos, anota algo en su informe y sale de la habitación sin hacer un solo comentario.
Suguru gira la cabeza hacia Satoru en cuanto la puerta se cierra.
—¿"Todavía no"? —repite, y la palabra se siente pesada en su lengua.
—Fue un chiste —responde Satoru, encogiéndose de hombros—. ¿Lo captaste esta vez?
—Lo capté.
—Bien. Parece que mi timing está mejorando.
Satoru se levanta de la silla con un movimiento fluido. Estira los brazos por encima de la cabeza, haciendo que sus articulaciones crujan, y suelta un bostezo ruidoso que no se molesta en disimular. Bajo la luz blanca, su presencia parece demasiado grande para una habitación tan pequeña.
—Me voy —anuncia—. Necesito ropa que no parezca sacada del fondo del río y una ducha que no huela a cloro hospitalario. ¿Vas a estar aquí cuando vuelva?
Suguru se queda mudo. La pregunta abre un abanico de posibilidades que no está listo para explorar. No sabe si quiere que regrese, pero la sola idea de que se vaya lo devuelve a ese silencio asfixiante del que Satoru lo sacó a tirones.
—¿Por qué volverías? —pregunta finalmente, buscando una lógica que se le escapa.
Satoru lo mira desde la puerta, con la mano en el pomo. Lo observa como si la pregunta fuera un enigma matemático que Suguru ya debería haber resuelto.
—Porque todavía no termino de entenderte —dice con una sinceridad que desarma—. Y no hay nada que me moleste más en este mundo que un rompecabezas a medio armar.
Y con eso, sale de la habitación. Sin despedidas formales. Sin promesas vacías. Solo el eco decreciente de sus pasos en el pasillo y una pregunta flotando en el aire que Suguru, por primera vez, no tiene prisa por responder.
