Chapter Text
El viento fresco de la tarde se colaba suavemente por las ventanas abiertas, moviendo apenas las cortinas y trayendo consigo ese aroma ligero de primavera. En la sala, frente al televisor, los gemelos jugaban como cualquier otro día después de la escuela, completamente absortos en su pequeño mundo.
El reloj marcaba las tres en punto, recordándoles que pronto tendrían que empezar con las tareas.
Ambos tenían ocho años y cursaban tercer grado. Yuuji era el más abierto de los dos: hablador, relajado y con una facilidad natural para acercarse a los demás. Sukuna, en cambio, era más serio y temperamental, con un carácter rebelde que contrastaba con los momentos de calma que, aunque pocos, dejaban ver su lado más noble. A su manera, se equilibran.
Nanami los había adoptado cuando tenían cinco años, después de que su abuelo los abandonara. Desde entonces, asumió el papel de padre con una dedicación inquebrantable. Los quería profundamente y hacía todo lo posible para que nada les faltara. Aunque su trabajo solía consumir gran parte de su tiempo, siempre encontraba la forma de estar presente: asistía a sus actividades escolares, los ayudaba con sus deberes y los acompañaba en cada paso.
—¡Papá! —llamó Yuuji, alzando la voz mientras giraba hacia el comedor, donde su padre trabajaba concentrado frente al portátil.— Sukuna me golpeó.
Nanami levantó la mirada con calma, observando a ambos niños. El ambiente se tensó apenas cuando sintieron la atención sobre ellos.
—No peleen, por favor —dijo con voz serena, pero firme, dirigiendo una mirada significativa hacia Sukuna.
—Pero, papá... Sukuna me pega fuerte —insistió Yuuji, frunciendo el ceño en un intento de defensa.
—Tú empezaste —replicó Sukuna sin dudar, con evidente enojo.— No me quieres dar mi juguete.
Empujó ligeramente a su hermano, reafirmando su queja. Nanami suspiró apenas y se levantó de su asiento. Caminó hasta ellos y se agachó para quedar a su altura, asegurándose de que ambos lo miraran directamente.
—Yuuji, Sukuna... ya es momento de hacer las tareas —indicó con tono firme, pero sin dureza—. Han jugado suficiente por hoy. Compórtense bien y, si terminan, habrá helado en la cena.
El cambio fue inmediato.
—¡Sí, helado! —exclamaron los dos al unísono, olvidando momentáneamente el conflicto.
Sin perder tiempo, corrieron en busca de sus mochilas, dejando atrás la discusión como si nunca hubiera existido. El silencio que quedó después del alboroto infantil no fue incómodo. Era ese tipo de calma breve que siempre precedía a otra cosa.
Desde su lugar en el comedor, Nanami observó de reojo cómo los gemelos se instalan en la mesa baja de la sala, sacando cuadernos y lápices con una energía que claramente no provenía del amor por el estudio sino de la promesa del helado.
Yuuji empezó primero, inclinándose sobre su cuaderno con entusiasmo exagerado, moviendo el lápiz con rapidez.
Sukuna en cambio se tomó su tiempo. Abrió la mochila con una calma, sacó sus cosas una por una y lanzó una mirada de reojo a su hermano, como si evaluara si valía la pena competir.
—Voy a terminar primero —anunció Yuuji sin levantar la vista.
—Ni siquiera has leído las preguntas —respondió Sukuna con desdén.
Nanami dejó escapar un suspiro casi imperceptible y volvió a su trabajo aunque su atención estaba dividida. Había aprendido a escuchar incluso cuando parecía concentrado en otra cosa.
Dos horas después ya la tarde había caído dejando ver la noche, la casa se iluminaba con las luces artificiales mientras ambos niños aún estaban en la mesa aún estudiando. Yuuji por su parte se había quedado dormido mientras Sukuna estaba concentrado en realizar su tarea de matemáticas.
El rubio se levantó del comedor al notar que ya eran las seis. Cerró su laptop, dio un pequeño estirón y observó a sus hijos para luego moverse hacia la cocina para preparar la cena. Busco los ingredientes y cosas necesarias para kare-raisu. Un curry de pollo con verduras y arroz.
El olor a comida llenó el espacio, haciendo que Sukuna levantara su cabeza del cuaderno para así caminar hacia donde estaba su padre.
—Pa... —dijo en voz baja. —¿Estás haciendo curry?
Nanami detuvo sus movimientos en la mezcla del caldo y bajó la mirada hacia el pequeño de cabello rosado.
—Así es. —asintió con la cabeza y le acarició el cabello rosado. —¿Ya terminaste tu tarea? Si es así ayúdame a ordenar la mesa.
Sukuna asintió y se movió hacia el estante donde estaban los platos, agarrando tres, mientras acomodaba encima de ellos los palillos de cada uno. Luego llevo tres vasos hacia la mesa, ordenando los platos con una presión muy atenta. Nanami no pudo evitar soltar una risa nasal al verlo, continuó mezclando el curry.
Yuuji unos minutos después se levantó y con pasos torpes, se acercó hacia su padre. Quedando con su cabeza en su costado.
—Papi... Temgo muchop sueñoo. —dijo con voz somnolienta mientras se apoyaba más, levantando un poco su cabeza para ver los ojos avellana de su padre.— ¿Es necesario comer?
—Claro que sí, campeón. Necesitas energía para mañana. —respondió con calma Nanami mientras apagaba el fuego, dejando reposar el curry.
Yuuji hizo un pequeño gesto de queja, pero no protestó más. Solo se quedó ahí, apoyado, cerrando los ojos de nuevo por unos segundos. Desde la mesa, Sukuna los observó en silencio.
—Yuu, ven a comer. —dijo, cruzándose de brazos mientras le daba una mirada a su hermano.
—¡No es justo!
—Ya te dije, Yuuji. Debes comer algo al menos. —Nanami tomó un plato y comenzó a servir.
Ambos niños se sentaron, teniendo enfrente su plato ahora lleno de comida. El kare raisu se miraba delicioso y olía muy rico. Sukuna no espero más, empezando a comer con su cuchara y aveces cambiándolo a los palillos para agarrar zanahorias y papas. Por su parte Yuuji, miro la comida con enojo pero aun así comió igual, solo que dejando a un lado las zanahorias.
Nanami los observaba mientras hacía lo mismo. Comiendo en una calma tan suya, aveces dando sorbos al juego de naranja que había servido. Luego de comer, el menor de cabello rosado se levantó y camino hacia su habitación.
Cuando terminaron, Sukuna fue el primero en levantarse, recogiendo su plato sin que se lo pidieran. Yuuji por su parte, apenas empujó la silla hacia atrás. Se levantó con evidente pesadez y comenzó a arrastrar los pies hacia su habitación.
—Yuuji, no te vayas a dormir todavía —dijo Nanami con voz firme, alzando ligeramente el tono.— Debes esperar al menos diez minutos.
No hubo respuesta. Sukuna llevó los demás trastes al fregadero, acomodándolos con cuidado. Su mirada se desvió hacia el pasillo por donde su hermano había desaparecido.
—No lo hará —comentó el niño en voz baja.
Nanami suspiró apenas. Se limpió las manos con un paño y caminó hacia la habitación de Yuuji. Empujó la puerta suavemente, encontrándose con la escena que ya esperaba. El niño estaba acostado sobre la cama, aún con su ropa sucia luego de pasar jugando casi toda la tarde, abrazando su almohada como si fuera lo único que lo mantenía en pie o más bien dormido.
Nanami se acercó en silencio.
—Yuuji —llamó con suavidad. Nada. Se inclinó un poco más, apoyando una mano en su hombro. —Campeón.
Yuuji murmuró algo ininteligible, acomodándose más en la cama sin abrir los ojos. Nanami exhaló por la nariz, resignado.
—Al menos cámbiate la camiseta... —murmuró para sí mismo.
Con cuidado, se sentó en el borde de la cama para quitarle la camiseta sucia. Luego se movió hacia el armario, buscando una limpia para colocársela. Cubriendo después al niño con la manta y acomodando un poco su almohada.
Se quedó ahí unos segundos más, observándolo.
El cansancio siempre ganaba con Yuuji. Cuando se levantó la luz del pasillo iluminó apenas su expresión más suave de lo habitual. Al salir de la habitación encontró a Sukuna apoyado contra la pared esperando.
—Se durmió —dijo Nanami.
El menor asintió. Hubo un pequeño silencio. Sukuna desvió la mirada por un momento, como dudando si decir algo más.
—Papá...
Nanami lo miró.
—¿Cuándo volveremos a ver a Haibara-san? —preguntó con calma, cruzándose de brazos mientras esperaba la respuesta de su padre.
Nanami sostuvo la mirada de Sukuna por unos segundos. No respondió de inmediato. Algo en su expresión cambió apenas, una tensión sutil que no pasó desapercibida. Finalmente, exhaló por la nariz.
—Bueno... ya te lo había dicho, Suku —respondió, con un tono más bajo de lo habitual. Se agachó frente a él, buscando estar a su altura y tomó su mano con cuidado.— Ya no me estoy viendo con él.
Hubo una breve pausa antes de continuar.
—A veces... los adultos tienen sus propios problemas —añadió, eligiendo cada palabra con precisión.— Por eso ya no lo verán más.
Sukuna no respondió enseguida.
—Pero... —empezó, deteniéndose a mitad de la frase. Bajó la mirada al suelo, apretando ligeramente los labios. Tenía más preguntas, demasiadas quizá, pero algo en el tono de su padre le hizo entender que no era momento de hacerlas.
Aun así, no pudo quedarse completamente callado.— Él me caía bien. —murmuró.
Nanami no soltó su mano. Su pulgar se movió apenas, en un gesto casi inconsciente.
—Lo sé —respondió con suavidad.
El silencio regresó. Sukuna no levantó la mirada, estuvo callado unos minutos. Pensando en si había dicho algo malo o preguntó algo que no debía.
Nanami lo entendió de inmediato. Sabía que los niños podían haberse encariñado con la persona que les presentó como su pareja hace unos seis meses atrás. Entendía que podrían tener miedo, inseguridad y rechazo a cualquiera, sobre todo Sukuna.
—No voy a traer a alguien a sus vidas si no estoy seguro —dijo con firmeza tranquila, inclinándose un poco más hacia él.— Ustedes son lo único que me importa.
Sukuna levantó la vista de golpe.
—¿Seguro?
—Seguro. —no hubo duda en su respuesta. Nanami le acarició el cabello rosado.
El niño lo observó unos segundos más, frunciendo el ceño un poco como si buscara una grieta en esas palabras. No la encontró y se acercó rodeando sus brazos alrededor de su padre en un abrazo breve.
—Está bien... te creo. —murmuró al final, aunque su voz no sonaba del todo convencida.
Nanami asintió levemente. Se puso de pie y soltó su mano con cuidado.
—Cámbiate y luego a dormir. —dijo con calma. Sukuna no respondió, pero tampoco discutió. Se giró hacia su propia habitación al lado de la de su hermano.
Nanami lo observó unos segundos más antes de apagar las luces del comedor, dejando solo la iluminación tenue del pasillo. La casa volvió a quedar en calma.
ꉂ(˵˃ ᗜ ˂˵)
Al día siguiente la rutina los despertó como siempre. Las mañanas de primavera suelen ser un poco calurosas pero fresquitas. Nanami se levantó de su cama, estirándose en el camino. Salió hacia el pasillo dirigiéndose primero a la habitación de Yuuji y luego a la de Sukuna para levantarlos.
—Buenos días, bebé. —dijo el rubio con voz suave mientras acariciaba el cabello de Yuuji.
—Buenos días... papi. —respondió Yuuji levantándose y frotándose su ojo izquierdo mientras intentaba despertarse.
—Cuando estés completamente despierto. Te vas a bañar, no peros. —habló con voz firme mientras salía de la habitación.— Me oíste.
El pequeño soltó un bufido y pataleó en la cama antes de levantarse con desgano. Odiaba levantarse temprano, el agua de la ducha era muy fría y brusca, Tampoco no le gustaba bañarse por las mañanas. Prefería hacerlo por la noche antes de dormir pero eso no lo iba a salvar hoy.
Nanami ya había salido de la habitación. Se dirigió a la siguiente puerta y la abrió con la misma calma.
—Buenos días, campeón. —dijo con voz calmada mientras se acercaba hacia la cama de su hijo.
Sukuna ya estaba medio despierto. Se incorporó lentamente, apoyándose en las manos mientras alzaba la mirada hacia su padre.
—Buenos días, pa —respondió con voz aún somnolienta.
Nanami asintió levemente. —Arriba. Tienes que bañarte después de tu hermano.
Sukuna no se quejó. Se sentó al borde de la cama, llevándose una mano al rostro para despejarse. Desde el pasillo, se escuchó la voz de Yuuji.
—¡No quiero bañarme! —dejando salir un suspiro con un enojo.
Nanami cerró los ojos un segundo.
—Sí quieres —respondió sin alzar la voz. Saliendo de la habitación de su otro hijo para ir a donde Yuuji.
Quien estaba parado enfrente de la ducha con un mohín en los labios y la toalla en su mano derecha rozando el suelo. Claramente no quería bañarse, haciendo el tiempo más largo para evitar entrar a la ducha.
—¡Está fría! —la queja de Yuuji resonó por todo el pasillo al abrir la llave de la regadera.
Sukuna dejó escapar una pequeña exhalación, casi una risa contenida. La casa comenzaba a despertar del todo: pasos, quejas, puertas abriéndose dando el inicio de otro día.
Nanami ahora desde la cocina continuó con lo suyo sin inmutarse. Ya estaba preparando el desayuno: arroz, huevos y un poco de fruta cortada. Movía los utensilios con la misma precisión de siempre, como si nada pudiera sacarlo de su ritmo.
—Se va a acostumbrar —murmuró más para sí que para nadie.
El sonido de sus voces llenaba la casa. Yuuji había terminado de bañarse y hubo una pequeña discusión entre los gemelos. El sonido de las puertas cerrándose, caótico, ruidoso pero vivo. Los gemelos no tardaron en llegar al comer, ya vestidos con su uniforme del colegio. El desayuno los esperaba.
Yuuji se sentó primero, todavía acomodándose el cabello con las manos. Sukuna tomó su lugar después, más ordenado.
—Coman —indicó Nanami.
Y por unos minutos, todo volvió a ser simple. El tintinear de los cubiertos, pequeñas quejas, miradas cruzadas. Un inicio de día común.
El desayuno transcurrió con esa normalidad ruidosa que ya era costumbre. Yuuji comía más lento de lo habitual, todavía medio dormido, apoyando la mejilla en su mano mientras llevaba la cuchara a la boca casi por inercia. Sukuna, en cambio, ya estaba completamente despierto, terminando primero y observando de reojo a su hermano.
—Te vas a quedar dormido en la escuela —comentó.
—No... —murmuró Yuuji, aunque su parpadeo lento decía lo contrario.
Nanami tomó un sorbo de café antes de intervenir. —Termina de comer. —Yuuji asintió sin ganas y siguió, aunque claramente cada bocado le costaba más que el anterior.
Cuando finalmente acabaron, la rutina continuó sin pausas. Buscando sus mochilas, zapatos, revisión rápida de cuadernos. Nanami se aseguró de que todo estuviera en orden como cada mañana.
—¿Tienen todo? —preguntó, de pie junto a la puerta. Acomodándose la corbata una ultima vez en el espejo de la entrada.
—Sí —respondió Sukuna de inmediato.
Yuuji tardó un segundo más. —Creo que sí...
Sukuna rodó los ojos y tomó la mochila de su hermano, abriéndola para revisar.
—Te falta el cuaderno de matemáticas.
—Ah...
Nanami no dijo nada, pero su mirada fue suficiente.
Yuuji corrió de vuelta a la habitación. Regresó en unos segundos con el cuaderno en su mano, seguido los tres salieron de casa.
El aire de la mañana aún conservaba ese frescor agradable. La calle ya tenía movimiento, los autos pasando, de personas caminando en diferentes direcciones y el inicio del día en marcha. Caminaron juntos en silencio por unos minutos.
Yuuji iba al lado derecho, balanceando ligeramente su mochila con cada paso que daba. Sukuna caminaba del otro, más atento a todo mientras Nanami caminaba en medio de los gemelos con pasos constante.
—Papá —llamó a Yuuji de pronto.
Se detuvieron en una esquina, esperando que el semáforo peatonal cambiará a verde para así cruzar al otro lado. Nanami lo miró.
—¿Hoy vas a llegar temprano? —La pregunta parecía simple, pero no lo era. Nanami pensó un segundo.
—Lo intentaré. —respondió con calma, tomando de las manos a sus hijos al notar que el semáforo cambió de color.
Yuuji asintió conforme con eso. Sukuna no dijo nada pero no desvió la mirada, observando el perfil de su padre. Siguieron caminando hasta que la escuela apareció frente a ellos. El sonido de otros niños, saludos, puertas abriéndose y el ruido de otros estudiantes entrando al recinto.
Nanami se detuvo. Les acomodó las mochilas a ambos y dijo:— Compórtense.
—Siempre. —Yuuji sonrió.
Sukuna no respondió, pero tomo las tiras de su mochila. Antes de entrar, Yuuji se giró y abrazó a su padre con rapidez.
—Adiós, papi. —Nanami correspondió el gesto, breve pero firme. Acomodándole un pequeño mechón que se había caído en su frente.
—Adiós, campeón.
Sukuna dudó un segundo pero al final también se acercó. Demostrando que a pesar de su comportamiento serio, le gustaba abrazar a su padre. Nanami le devolvió el gesto, dándole un pequeño apretón antes de separarse y Sukuna sonrió leve.
—Nos vemos. Cuida a tu hermano. —dijo su padre con calma. Sukuna asintió alejándose mientras a su lado Yuuji corría hacia el interior, topándose con Megumi para así caminar junto a él.
Los vio irse y por un momento, se quedó ahí, observando cómo desaparecían entre los demás niños. Nanami exhaló suavemente y giró sobre sus pasos. El día apenas comenzaba. Y aún quedaban muchas cosas por enfrentar.
Las horas avanzaron. El trabajo absorbió gran parte de su atención, como era habitual. Reuniones, informes, decisiones; Todo sucedía sin pausa. Nanami cumplía con cada tarea con la misma eficiencia de siempre, sin dejar espacio para distracciones.
Aun así, en pequeños momentos de silencio —entre una actividad y otra—, su mente regresaba. A la casa. A sus hijos. Y, inevitablemente... a ese hombre que conoció hace poco. Satoru Gojo. No era algo constante pero estaba ahí. Como un pensamiento que se negaba a desaparecer por completo.
Cuando finalmente salió del trabajo, el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos cálidos. Nanami caminó por la acera con paso firme, ajustando ligeramente su corbata y sacó su celular. Dudó un segundo, luego escribió un mensaje breve.
"¿Sigues libre hoy?"
No tuvo que esperar mucho.
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Siempre para ti."
Nanami observó la pantalla unos segundos más antes de guardar el celular en su bolsillo. No sonrió pero tampoco parecía molesto. Tenía permitido conocer a más personas... luego de seis meses sin estar junto a nadie. No había nada que se lo impidiera, bueno si, sus hijos.
