Actions

Work Header

Vecino Indeseado

Summary:

"¡Saitou! ¡Ey, Saitou! ¿Tienes azúcar qué puedas darme? ¡Saitou! ¡Necesito azúcar, Saitou!"

La voz irritante y joven proviene del destartalado edificio continuo. Una edificación vieja y arruinada al cual Saitou no entiende aún por qué la ciudad no lo ha demolido hace años, después de todo es solo un conjunto de apartamentos pequeños y viejos que sirven como un nido de ratas para vagabundos y personas peligrosas.

O

Saitou tiene un gallo por vecino.

Un pendenciero que pasa gran parte de sus días vagando por las calles de Tokio, buscando peleas sin sentido o armando alboroto.

Saitou intenta que Sagara Sanosuke no afecte nada en su vida.

Si tan solo fuese tan fácil...

Chapter Text

– ¡Saitou! ¡Ey, Saitou! ¿Tienes azúcar qué puedas darme? ¡Saitou! ¡Necesito azúcar, Saitou!

La voz estridente y escandalosa resuena como un desagradable eco en la tranquilidad de una mañana de jueves. El invierno ha teñido las calles de Tokio de un blanco puro y pacifico, los adornos navideños colorean las calles con un aire festivo del cual Saitou Hajime nunca se ha sentido cautivado, ni siquiera de niño.

Su departamento, pequeño y sin mucho detalle personal, se encuentra iluminado por el sol de la mañana. El reloj digital sobre la encimera de la cocina anuncia que debe irse ahora si no quiere llegar tarde al trabajo.

– ¡Saitou! ¡Oye, sé que aún estás en casa! ¡Necesito azúcar para mí desayuno!

La voz irritante y joven proviene del destartalado edificio continuo. Una edificación vieja y arruinada al cual Saitou no entiende aún por qué la ciudad no lo ha demolido hace años, después de todo es solo un conjunto de apartamentos pequeños y viejos que sirven como un nido de ratas para vagabundos y personas peligrosas.

El adolescente que grita sin cuidado es un ejemplo claro de lo desagradable que puede habitar aquel feo edificio gris construido en los años 50.

Saitou intenta ignorar aquella voz tanto como puede. No es la primera vez que tiene problemas con su alquiler por culpa del Ahou y no desea volver a repetir el incidente del mes pasado.

Suspirando con un gesto de fastidio, el oficial de policía toma su pesado abrigo azul colgado sobre el respaldo de una silla y se lo coloca dispuesto a marcharse. Toma las llaves de su auto, su maletín y se dispone a caminar hacia la salida.

Es allí cuando la puerta corrediza de vidrio de su balcón se abre en un movimiento rápido y brusco, dejando entrar ráfagas de viento frío dentro del departamento. Varios copos de nieve ingresan y caen al suelo, dejando para más tarde lo que serán indeseados charcos de agua fría.

La mirada de Saitou se fija como un punto láser en el adolescente que entra con una sonrisa estúpida a su casa.

Su rebelde cabello castaño está cubierto por finos copos de nieve, y Saitou sabe que no debería fijarse en ese estúpido detalle.

– ¡Sabía que no te habías ido al trabajo todavía! Te estuve llamando, viejo ¿Qué acaso eres sordo? Apuesto a que la edad ya te está jugando en contra, Saitou.

El adolescente descarado que entra sin avisar a la casa de un oficial de la Policía es Sanosuke Sagara.

Un pendenciero que pasa gran parte de sus días vagando por las calles de Tokio, buscando peleas sin sentido o armando alboroto. En más de una ocasión, el adolescente ha caído en la comisaría de Saitou con un ojo morado y la sonrisa más estúpida que ha visto. Deberías haber visto al otro tipo, es lo que siempre dice.

Saitou ha intentado con gran esmero deshacerse de Sanosuke Sagara desde que se mudó al edificio vecino hace un año y medio. Pero el estúpido niño no parece querer entender el deseo de Saitou para que lo deje solo, o es lo suficientemente estúpido como para echarse atrás.

– Un día de éstos terminaré por dispararte ¿Sabés que puedo confundirte con un ladrón?

Sanosuke sonríe mientras busca en su cocina el frasco de azúcar que guarda en una gaveta superior.

– Todos saben que tú vives aquí, Saitou. Nadie es lo suficientemente estúpido como para entrar a robarte.

Excepto tú, piensa el oficial mientras observa a Sanosuke encontrar el azúcar y tomarlo en sus manos con cuidado. El adolescente vestido con un viejo abrigo blanco y una larga bufanda roja sonríe con victoria, vuelve sobre sus pasos hasta el balcón y se marcha con la promesa de devolver el azúcar luego de su desayuno tardío.

Saitou cierra los ojos brevemente y con fastidio cierra la puerta corrediza.

Observando a través del vidrio, allí al otro extremo de su estrecho balcón y conectado por unos pocos pasos al balcón vecino, se encuentra iluminado por el sol a Sanosuke quién agita el azúcar y alza su pulgar.

Frunciendo el ceño, Saitou cierra la delgada cortina y bloquea la vista de su indeseado vecino.

La hora en su reloj digital dice que es tarde y que debe marcharse de inmediato.

– Ahou.

El gruñido es bajo y Saitou se siente estúpido por dejar que el adolescente idiota lo afecte tanto.

De mala gana, vuelve hacia la salida. Abre la puerta de su departamento y sale, no sin antes mirar con desconfianza hacia la puerta corrediza del balcón. Pero Sanosuke no vuelve a reaparecer, ni su voz vuelve a oírse.

Saitou se marcha sabiendo que debe volver a pasar por la tienda a comprar azúcar.

Después de todo, Sanosuke no es de los vecinos que devuelve las cosas que toma.