Actions

Work Header

¿Qué somos?

Summary:

Después de una noche agitada y difícil de recordar, Petey Gatsby despierta en una cama ajena pensando que solo encontrará otra mala decisión esperándolo. En cambio, termina frente a una verdad mucho más complicada: lo que pasó no se siente como algo casual.

Entre ansiedad, viejas heridas y el miedo de aceptar lo que siente, Petey intenta convencerse de que no significa nada. Pero la cercanía compartida, el cuidado inesperado y todo lo que quedó flotando en el aire hacen imposible ignorar una pregunta que no deja de girar en su cabeza:

¿Qué somos?

Notes:

Hola mis amores! si ya se que tengo esto muy abandonado y que no he actualizado mis otras historias...perooo hoy les traigo un one-shot basado en el universo alterno de Green Eyes (propiedad de Damo y Nicol) este es el fanfic ganador con el que participé en el concurso que hicieron.
Ojalá sea des su agrado porque me esforcé en ponerme en el lugar de Petey Gatsby.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Abrió los ojos en la oscuridad de la madrugada, todavía atrapado entre la adrenalina y ansiedad que le habían provocado la pesadilla que tuvo hace un rato. No importa la cantidad de veces que la tenga, siempre se sentía igual de jodido como la primera vez.
En el sueño volvía a ser un niño.
Veía a su madre alejarse entre la niebla, desvaneciéndose poco a poco mientras él corría tras ella con las piernas torpes y el pecho ardiendo. La llamaba hasta quedarse sin voz, llorando, suplicando que no lo dejara solo, pero ella nunca se detenía, nunca miraba hacia atrás. Al final solo quedaba el vacío, el silencio, y esa sensación insoportable de abandono que lo acompañaba incluso al despertar.
“No me dejes... no te vayas, por favor. No puedo estar sin ti. No me dejes solo con papá. Es toda mi culpa... perdóname.”

Y luego, como si el destino se empeñara en arrojarlo una y otra vez contra la misma verdad cruel, despertaba. Lo hacía con el corazón desbocado, golpeándole el pecho con violencia; la frente perlada de sudor frío y las manos temblorosas aferradas a las sábanas. El aire entraba a tirones en sus pulmones, áspero, insuficiente. Sentía las mejillas húmedas y el rastro tibio de lágrimas que habían escapado mientras dormía, pegadas aún a las pestañas.

Durante varios segundos no supo dónde estaba.

Parpadeó una vez, luego otra, intentando apartar la neblina del sueño. Frente a él solo había sombras inmóviles, un techo desconocido y la silueta borrosa de muebles que no recordaba haber visto antes. La habitación permanecía en silencio, extraña, ajena.

Entonces comenzó a comprender que, en efecto, no reconocía aquel lugar. Para una persona normal, aquello sería motivo de alarma; algo inquietante, incluso aterrador, pero para Petey Gatsby, en cambio, se había vuelto parte de la rutina con el paso de los años.

Despertar en habitaciones ajenas, en cuartos de motel baratos, departamentos desconocidos o cualquier rincón prestado, no recordar cómo llegó allí o reconstruir la noche a partir de fragmentos rotos ya no le sorprendía. Era solo otra consecuencia del Green Eyes quien cumplía bien su función: lo distraía de los problemas, adormecía el dolor y lo arrastraba lejos de la miseria pegajosa de su propia vida, aunque fuera solo por unas horas.

Giró apenas la cabeza para echarle un vistazo a la fina dama en turno. Entrecerró los ojos, forzando la vista para distinguir alguna de sus características, ya que la susodicha permanecía de espaldas, inmóvil bajo las sábanas.

Entonces vio, descansando sobre la almohada, lo que parecía ser cabello rubio: revuelto, brillante incluso a la distancia, con esa apariencia que hacía imaginarlo suave al tacto. Por primera vez en mucho tiempo sintió el impulso de tocar a alguien antes de marcharse, y así lo hizo.
Estiró la mano con cautela y dejó que las puntas de sus dedos rozaran apenas aquellos mechones sedosos. Por alguna razón, ese contacto le resultó extrañamente familiar, y bastó para que la supuesta rubia se removiera con incomodidad y se volteara en busca de una mejor posición.

La revelación le cayó como un balde de agua fría. Aquella rubia era, en realidad, rubio; no se trataba de cabello como tal, sino de parte de su pelaje. Era Greg: Greg, el oficial de policía, el agente encubierto, el señor autoridad, el fumador compulsivo y, por consiguiente, su recién nombrado mejor amigo.
Okay, no era momento para el pánico. Tampoco para hacer ruido y correr el riesgo de despertarlo solo para tener que lidiar con un enfrentamiento incómodo a esas horas de la madrugada.

Quizá no había pasado nada. Quizá ambos terminaron exhaustos después de un largo día soportando las exigencias y los regaños de Gatsby, y por simple casualidad acabaron en el departamento de Greg porque era el más cercano. Tal vez entraron, se dejaron caer en la cama y quedaron inconscientes del cansancio. Sí, quizá había sido algo tan simple como eso.

Y si ese hubiera sido el caso, ¿por qué demonios las sábanas se sentían directamente sobre todo su pelaje, sin una sola capa de tela de por medio?

Con el ceño fruncido, las levantó apenas para comprobarlo. Efectivamente, estaba desnudo.

Tragó saliva y, con una mezcla de timidez y resignación, echó un vistazo rápido bajo las sábanas del lado de Gregory. Efectivamente, él también estaba desnudo.

Bueno, uno más uno eran dos, así que acababa de quedarse sin pretextos y sin justificaciones. Tocaba aceptar lo evidente: habían pasado la noche juntos. Habían follado, tenido sexo, copulado o cualquier otro término que quisiera usar para suavizar el golpe porque de todos modos la realidad seguía siendo la misma.

Con la cara completamente roja, el corazón a punto de salírsele del pecho y la respiración entrecortada, lo único que se le ocurrió hacer en ese momento fue quedarse mirando el techo, intentando acallar el ruido dentro de su cabeza con algo tan estúpido como buscar figuras entre las manchas de humedad que se extendían sobre este.

El leve sonido de la campanita de notificación de mensaje lo trajo de vuelta a tierra firme. El sonido, breve pero suficiente, rompió el caos de sus pensamientos. Apenas pudo incorporarse lo necesario para alcanzar el teléfono que descansaba sobre la mesita de noche a su lado.

Al desbloquearlo, el brillo repentino de la pantalla le iluminó el rostro y le arrancó una mueca de fastidio, obligándolo a entrecerrar los ojos todavía pesados por el sueño. Revisó el mensaje recién llegado y frunció el ceño con evidente molestia.
Era de su padre, cuyo contacto figuraba como “Viejo hijueputa” preguntando exactamente en donde se encontraba, sabía que no era un tipico mensaje de padre preocupado por el bienestar de su propio hijo, dejó de tener esperanza de eso, hacia mucho tiempo que la perdió. Pues el mensaje entero en cuestion decía:
“¿Dónde carajos estás metido? Más te vale no andar cerca de bares ni clubes, y mucho menos de mis bares o clubes. Ya te dije que no quiero verte fuera de tu puta casa. Si la policía te encuentra por andar haciendo quién sabe qué, no voy a mover un dedo por ti. No me llames, no me busques y no esperes que salve tu patético e inútil pellejo. ¿Me entiendes? Si te pasa algo por no saber quedarte quieto, será tu problema, no el mío”

Ni siquiera respondió; no valía la pena. Aunque, al segundo siguiente, se arrepintió.
Conociéndolo, el viejo encontraría cualquier pretexto para joderlo por ignorar sus mensajes, así que se limitó a enviar el emoji de un pulgar arriba. Al menos de esa manera no tendría excusa para seguir molestando.

Desde que su madre falleció, nadie volvió a tratarlo con genuina preocupación, cariño o siquiera con la cortesía básica de verlo como algo más que una molestia, un lastre, un estorbo, una decepción.
¿Acaso no existía en esta tierra nadie más que ella capaz de ofrecerle un buen trato, aunque sea algo mínimo de decencia y dignidad?

Como si la respuesta llegara por sí sola, Gregory volvió a removerse entre las sábanas, dejando escapar un suspiro dormido. La tenue luz de la luna, colándose por la cortina a esas tres de la madrugada, le iluminó suavemente el rostro, entonces Petey pudo verlo mejor.

Lo vio fruncir apenas las cejas y formar un pequeño puchero involuntario que solo pudo catalogar de una manera: tierno. Y, sin darse cuenta, ya estaba embobado, recorriendo con la mirada cada facción del policia mientras una sonrisita tonta comenzaba a dibujarse en sus labios.

Entonces reaccionó. Negó con la cabeza y se restregó el rostro con ambas manos, como si así pudiera espantar lo que acababa de cruzársele por la mente.
No quería pensar de más, no quería dejar que la duda se le metiera en la cabeza como un parásito. Pero apareció de todos modos, se instaló sin pedir permiso y supo de inmediato que no sería fácil sacarla de ahí.

Esa maldita pregunta: ¿qué somos?
Sabía que, si se lo preguntaba directamente a Greg, este solo se reiría, le daría un pequeño golpe en el hombro y respondería algo como: “Pues personas, no seas pendejo”. Una respuesta digna de alguien experto en esquivar preguntas serias y cualquier conversación incómoda.

Aunque tampoco podía juzgarlo. Él era exactamente igual, y se atrevía a admitir que, en gran parte, era su culpa que Greg reaccionara de esa manera. Después de todo, sus primeros acercamientos habían sido en medio de persecuciones, con actitud burlona y demasiado atrevida.

Cuando comenzaron a volverse más cercanos, eso no cambió. Era como si ambos hubieran decidido mantenerse cerrados por completo, escondiéndose detrás de bromas, sarcasmo y verdades a medias.

Pero si ese era el caso, ¿cómo llegaron hasta esto? ¿Cómo terminaron acostándose?

Y no, no fue un simple polvo de una noche, sexo entre borrachos ni mucho menos una experiencia fugaz destinada al olvido. No. A medida que los recuerdos regresaban, cayó en cuenta de que, por alguna razón, aquello había sido distinto. Fue especial, íntimo, cálido.

Algo que ambos querían sin necesidad de decirlo en voz alta. No hicieron falta palabras de por medio; bastó una mirada, un acercamiento y, después, un beso. Luego llegaron las caricias, precisas, perfectas, como si Greg siempre hubiera sabido exactamente dónde tocar para hacerlo reaccionar, para encenderlo, para hacerlo sentir vivo, para despertar ese libido marchito que tantas veces lo había avergonzado frente a algunas de sus antiguas citas.

La gran diferencia entre aquellos encuentros esporádicos y lo que pasó con Greg se reducía a algo muy simple: el vínculo que formaron y que no dejó de fortalecerse con el paso del tiempo.

Atrás quedó la desconfianza que sintieron al conocerse, una desconfianza que se fue borrando con cada broma que le hacían a G.p, cada risa, cada gusto musical compartido y cada pregunta absurda lanzada en el momento más inoportuno. “Si fueras una planta, ¿qué planta serías? Si te convirtieras en lombriz por un día, ¿qué sería lo primero que harías?”

Y aunque Greg solía mirarlo con una ceja alzada, claramente confundido, siempre se tomaba la molestia de responderle. Con el tiempo, incluso empezó a lanzar sus propias preguntas imitando aquella dinámica ¿amistosa?

¡Y es que esa era la raíz del problema! “¿Qué somos?” se repitió Petey.

Todavía no quedaba claro, porque nunca hubo un punto exacto en el que todo cambiara. Al principio, cuando Greg intentaba atraparlo, ni siquiera lo consideraba un rival; solo le resultaba divertido verlo frustrarse cada vez que fallaba en el intento.

Después pasaron a ser compañeros. Quizá cómplices, cuando empezaron a trabajar juntos y a aliarse en contra de su padre.

Pero después... después todo se volvió difuso.

Las líneas comenzaron a mezclarse hasta desaparecer. Ya no sabía en qué momento dejaron de ser una cosa para convertirse en otra, ni cómo habían terminado compartiendo un momento así, buscándose sin motivo o amaneciendo en la misma cama después de una noche aparentemente normal.

No sabía si seguían siendo amigos (¡¿cuando comenzaron a serlo en primer lugar?!), si eran algo más o eran algo que ninguno de los dos se atrevía a ponerle nombre. Y esa incertidumbre, más que cualquier otra cosa, era lo que le revolvía el pecho en esos momentos y de nuevo llegó como un eco la pregunta “¿Qué somos?”.
Era obvio que no obtendría una respuesta útil por parte de Gregory.

“Pues somos personas, Petey. Ya no estes chingando y déjame dormir”

Y ahí estaba de nuevo esa respuesta, la respuesta que se hizo a sí mismo, o más bien fue su propio cerebro contestándole con la voz que imaginaba usaría Greg.

Nada tenía sentido. Acababan de compartir una intimidad que no parecía casual, pero tampoco sabía si eso cambiaba algo entre ellos o si, al despertar, Greg actuaría como si nada hubiera pasado. Seguían atrapados en ese punto confuso donde no eran solo amigos, pero tampoco algo que supiera nombrar.

Entonces llegaron las preguntas que de verdad le daban miedo: “¿Se enamoró de mí?” Y, peor aún: “¿Estoy enamorado de él?”.

De repente llegó el mareo, las manos le temblaron, la garganta se le secó de golpe y una inquietud áspera le recorrió el cuerpo, sentía una incomoda comezón y todo le daba vueltas. Otra vez estaba pensando de más, y su cerebro parecía castigar cada segundo de lucidez.

Todo pasó por su mente, cada momento que alguna vez le hizo sentir que su simple existencia era un error: la muerte de su madre, los malos tratos de su padre, el Green Eyes consumiéndolo hasta dejarlo en un estado deplorable, las relaciones fallidas, esas ganas persistentes de desaparecer.

No, no podía lidiar con eso. Necesitaba una dosis, necesitaba apagar el ruido, calmar el temblor, necesitaba irse de la realidad aunque fuera por un rato.
¿Dónde estaba su anillo? no lo traía puesto, debía encontrarlo, todo su ser gritaba por el Green Eyes.

La ansiedad lo golpeó con tanta fuerza que ni siquiera se dio cuenta de cuánto se estaba moviendo. Revolvía las sábanas, sacudía la cama y tanteaba a ciegas entre almohadas y ropa tirada con una desesperación cada vez menos disimulada.

-¿Qué carajos...?- Murmuro Greg despertando con un quejido de ligera molestia.

La protesta murió apenas enfocó la vista y vio el estado en que se encontraba Petey: respiración agitada, manos temblorosas, pupilas inquietas y esa urgencia casi salvaje en cada gesto.

-Petey... ¿qué pasa?- Se incorporó de inmediato.

-Mi anillo. ¿Dónde está mi puto anillo? - Soltó, sin mirarlo, rebuscando entre las sábanas.
-¡Lo tenía anoche!

-¿Qué anillo?- Preguntó Greg frunciendo el ceño.

-¡No te hagas el idiota, Greg. Mi anillo. Necesito encontrarlo ya!

-Petey…

-¡No! ¡Necesito mi maldito anillo!

-Cálmate. Respira primero- Greg le sujetó ambas muñecas para detener el temblor frenético de sus manos.

-¡Suéltame! No entiendes nada- respondió Petey sin recuperar la calma.

Honestamente, ya no esperaba nada bueno. Solo gritos, que lo empujara, que lo llamara loco y que lo echara a patadas de su casa en plena madrugada. Pero nada de eso sucedió.

-¡Entonces explícamelo!- replicó Greg.

Y solo entonces Petey comprendió que, en lugar de desprecio, estaba recibiendo paciencia, en lugar de rechazo, comprensión.

-¡Necesito encontrarlo, eso es lo que pasa!-

-No vas a morirte en los próximos treinta segundos por no encontrar un anillo.

-¡No sabes eso!- La voz de Petey se quebró más de lo que seguramente habría querido. Greg lo notó al instante y su expresión se suavizó, aunque no lo soltó.

-Lo que sé es que estás hecho un desastre.

Petey forcejeó una vez más, pero la fuerza se le fue tan rápido como había llegado. El temblor siguió en sus manos, en sus hombros, en la respiración entrecortada.

-Siempre tienes que hacer las cosas más difícil ¿verdad?- Greg suspiró, cansado. Sin darle tiempo a protestar, tiró de él hacia adelante y lo arrastró contra su pecho, sujetándolo con firmeza entre ambos brazos. -Quédate quieto…

-Greg, suéltame.

-No.

-Necesito...

-Ya sé lo que crees que necesitas.

Petey intentó apartarse, pero Greg solo ajustó más el abrazo, una mano detrás de su nuca y la otra en su espalda, manteniéndolo pegado a él. Luego se dejó caer de nuevo sobre la cama sin romper el contacto, y solo así el forcejeo se detuvo.

La desesperación encontró otra salida, sin pensarlo demasiado, Petey giró el rostro y hundió los dientes en el hombro desnudo de Greg. No fue una mordida juguetona ni medida; fue brusca, nacida del temblor y la frustración, lo bastante fuerte para marcar presión llegando a herir de verdad.

Greg soltó un siseo entre dientes y todo el cuerpo se le tensó por el pinchazo repentino, pero no lo apartó. El dolor breve vino acompañado de otra cosa más difícil de nombrar: la certeza de que Petey estaba desbordándose entre sus brazos.

Petey, por su parte, sintió el calor y la suavidad de la piel ajena bajo sus colmillos y lengua, la firmeza del músculo contrayéndose y el extraño alivio de descargar parte del caos en un gesto absurdo. Cuando aflojó la mandíbula, la respiración salió temblorosa.

Greg apenas resopló, todavía sujetándolo.

-¿Ya acabaste o piensas arrancarme un pedazo?- Como si nada hubiera pasado, volvió a acomodar una mano en su espalda. -Respira- murmuró, con la voz aún ronca por el dolor y el sueño -Primero respira, Petey, luego buscamos lo que sea.

Petey permaneció quieto entre sus brazos, demasiado agotado para seguir resistiéndose y, quizá, demasiado cómodo para querer hacerlo. Ahí estaba Gregory Knight sosteniendo a Petey Gatsby como si no pesara nada, como si no fuera una carga que hubiera que soltar cuanto antes.

Y eso era lo extraño, porque Greg lo estaba tratando como a una persona. No como un problema, no como una molestia, no como alguien roto al que había que soportar con fastidio. Lo sostenía con una paciencia silenciosa que Petey no estaba acostumbrado a recibir desde su infancia.

Entrando más en confianza, apoyó la frente contra su pecho y escuchó el latido relajante de su corazón. Había algo profundamente calmante en esa cercanía y en ese sonido, era cálido pero también peligroso y esto se debía a que estaba dandole demasiada importancia. Quiso convencerse de que solo era gratitud, que cualquiera se aferraría al primero que le ofreciera un poco de amabilidad en medio del caos, quiso llamarlo costumbre, confusión, la resaca emocional de una mala noche.

Pero las dudas seguían ahí, respirándole en la nuca. Porque si aquello no significaba nada, ¿por qué se sentía como si lo significara todo? Era como si entre los brazos de Greg todo encajara, como si por fin estuviera en casa; pero en cuanto se separaba, el frío regresaba sin piedad.

Y entonces, al aceptar que quizá sí significaba algo… El conflicto interno inicial se volvió inevitable: “¿Qué demonios siente Greg por mi? O mejor dicho: ¿qué somos?”
La pregunta estuvo a punto de salir. La sintió completa, lista en la punta de la lengua, pesada y urgente. Petey abrió la boca apenas… y se detuvo.

Greg ya estaba cayendo en el sueño. Su respiración era lenta, profunda, y el cuerpo aflojado contra el colchón tenía esa calma inevitable de quien está a segundos de dormirse. Aun así, no soltaba a Petey del todo, como si incluso en ese estado se negara a dejarlo ir.

-Greg…- la pronunciación de su nombre rompió el silencio. Pero él no abrió los ojos de inmediato. Solo hizo un leve gesto, un grave y adormilado:

-¿Mmm…?

Petey lo miró en silencio unos segundos. Observó su rostro relajado, menos rígido de lo habitual, y por fin en toda la noche no sintió esa urgencia por entenderlo todo, ni la ansiedad por encontrar una explicación.

Tragó saliva, la pregunta volvió a formarse… pero esta vez no encontró salida. Se rindió antes de pronunciarla y en su lugar, bajó un poco la mirada y, casi en un susurro que no exigía respuesta, dijo:

-Gracias… por estar- Petey dejó salir el aire despacio. No se apartó, no buscó huir.

El policia, (aun sin abrir los ojos) no respondió con palabras. Solo dejó escapar un leve sonido, algo entre un murmullo y una aceptación somnolienta, y su brazo lo atrajo un poco más cerca, como si incluso al borde del sueño pudiera expresarse mejor de lo que podía hacerlo estando despierto.

La madrugada siguió afuera, indiferente, filtrándose por la ventana como si nada hubiera pasado. Dentro de la habitación, toda la tensión perdió peso, y aunque la pregunta seguía ahí, ya no molestaba igual ni exigía una respuesta inmediata. Se quedó suspendida, quieta, como algo que podía esperar un poco más. Por el momento, ya no seguiría robándole el sueño a Petey Gatsby.

Notes:

¡Nos leemos luego, muchos besitos y abrazos de su amiga Blassie!