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Español
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Published:
2026-04-27
Words:
4,904
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1/1
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2
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1
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10

In the back of his mind

Summary:

Después de una pelea que los llevó a separarse en malos términos, Bjorn busca el perdón de su amado a través de una carta que se demora mucho en escribir, solo para enterarse de que tal vez nunca la reciba.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La página en blanco añoraba ser manchada de tinta. No importaba la calidad del puño y letra del príncipe, pero más temprano que tarde, esa carta debía contener el corazón de un enamorado suplicando perdón. A las once con… casi cuarenta, re-acomodándose por milésima vez en la incómoda silla de su escritorio, Bjorn comenzaba a creer que era más tarde que temprano. Otra vez.

¿Cómo comunicar el peso de su arrepentimiento? Todo parecía muy banal. Simple. Absurdo. Lo principal del problema es que… sí lo era. Tonto. Porque la famosa idea que los había llevado hasta esa situación, había sido la peor que hubieran podido cocinar sus propias neuronas.

Mientras dibujaba formas en uno de los borradores ya descartados, intentó verlo de manera más general. ¿Cómo había llegado a la idea en primer lugar? Podría partir por ahí. El principio.

El principio del fin.

Y en ese minuto, cuando ya era tarde para arrepentimientos, Bjorn tuvo un caso grave de ellos. Ojalá no hubiera sido lo suficientemente estúpido para llevar la idea ante su amado. Para su pesar, sí recordaba la razón.

Elijah no era ajeno a las cosas que la reina de la nación de Vargheim sometía a su hijo con tal de que, ante la prensa, se viera como lo que todos—en el reino—querían que fuera. Un monarca ideal, con un escándalo juvenil tan lejano que quien visitara su historial, le obviara. El monarca con el potencial para ser el símbolo de las bondades de la reina, y no de sus fallos, ya demasiado graves y marcados en la gente para lograr empezar desde cero. Pero el peso realmente no estaba sobre los hombros de Bjorn, quien llevaba años en una realidad alterna de la que su madre desconocía.

Ella no sabía que su hijo seguía su juego para que la realidad siguiera su curso desde las sombras. Lo que ella veía como un lienzo en blanco, llevaba años siendo pintado por un pincel que sabía exactamente dónde y cómo rayarlo.

Pero Sigrid le arreglaba citas, y Bjorn las asistía sin chistar. Fue en una de esas citasarreglada de antemano con la mujer que de a poco se había vuelto una amiga, una aliada, Nora Johansen, que surgió la versión no revisada de La Idea.

Un suspiro pesado salió de los labios de la rubia, mientras apartaba con desganas los últimos pedazos de la cena que habían compartido. No había alcohol en su copa, ni en la de Bjorn, y la conversación había tomado un ritmo que se asemejaba más al de una sesión de terapia que cualquier otra cosa que, tal vez, la gente en sus círculos se estuvieran imaginando.

“Desearía que pudiéramos mantener esta farsa para siempre,” dijo ella. “No–no siento nada por ti. No me malinterpretes. Pero… nunca había sido tan libre desde que Ellos nos asocian juntos. Hasta se me ha hecho fácil mentir con el pasar de los años. Esto…" señaló con un gesto de la mano, un tú y yo, "esto no es difícil.” Y ella tenía razón. Llevaban tantos años en lo mismo, que ya ni siquiera llegaban a las páginas de chisme. Su relación, a los ojos de todos, era estable y aburrida, y ya no suponían una novedad, o algo interesante, para el público. Bjorn la miró, y ella debió leer el signo de pregunta en su rostro, porque de inmediato añadió: “Lo que te digo es que… un día de estos vamos a tener que salir con la verdad, ¿no? No es como que podamos casarnos y mantener estas vidas prohibidas por el costado. Si nuestra relación se mantiene casual por muchos años más, va a explotar.” Tomó un sorbo de su bebida, su mirada fija en Bjorn. Arrugó el entrecejo. “¿No?”

Él, en el momento, no supo qué decir. Se limitó a asentir, llevándose su propia bebida a los labios, procesando lo que las palabras de su amiga implicaban. Pero más tarde, ese mismo día, mirando la noche pasar desde su balcón, se encontró con todo el tiempo del mundo para estudiar las distintas posibilidades.

Cuando, para la prensa, el aburrimiento de la estabilidad cayera, y los años pesaran en la relación, se hablaría de matrimonio y tendrían que, entre comillas, terminar. Iniciar el escrutinio desde cero.

O…

Una boda real. La calma de la nación ante la estabilidad de una pareja que conocían hasta el hartazgo, y, si eran cuidadosos, dos personalidad que podían mantener lejos del foco de los que podían arruinarles la vida con un solo artículo malintencionado.

No era ideal, bajo ningún motivo.

Todo lo que Bjorn imaginaba y deseaba en el altar era la distinguida imagen de cierto barón portés. Pero al príncipe le costaba aceptar una realidad que venía cocinándose en su cabeza hacía algunos años. Dolía ponerlo en palabras, el hecho de que había abandonado la esperanza de una iglesia llena de sus seres queridos, y los de Elijah, celebrando ese amor que habían podido cultivar por tantos años. La imagen de ellos dos, frente a todos, sellando en un beso ese futuro que ambos querían compartir por el resto de sus vidas, se había vuelto algo tan lejano que era seguro etiquecar como inalcanzable. Pero en cambio, sí estaba a su alcance tener la ceremonia con Nora. Que en lugar de Elijah, estuviera su querida amiga vistiendo un vestido blanco, y que después de un casto beso, cada uno se fuera a los brazos de sus verdaderos amores, dos hombres rechazados tanto por los Nasstrom como los Johansen, con tanta vehemencia que los empujaban, sin opción, a tal desagradable posición.

Cuando dieron las cuatro y tantas de la mañana, dejándose despeinar por el gélido viento que azotaba los inviernos de Vargheim ese enero del 2025, Bjorn decidió que, con cierto esfuerzo, podía funcionar. La luz del amanecer adornando el horizonte más allá de los abetos rojos, horas más tarde, entre las sábanas color olivo, Bjorn tenía formulada una propuesta—en su cabeza, nada muy formal—para la siguiente vez que se encontrara cara a cara con el que siempre fue y siempre sería, desde el día uno, el amor de su vida.

Qué ironía más grande no recordar lo que imaginó que pasaría, durante esas horas que no se hacían un espacio en sus recuerdos, que lo llevó a concluir que su plan sería acogido por Elijah como algo razonable y plausible.

Rellenando la pluma de tinta, volvió su mirada a la página en blanco, y acomodándola sobre el escritorio, apoyó la punta sobre el papel.

Amor de mi vida, mi luna, escribió. Un inicio tan natural de sus cartas, que su mano parecía moverse por inercia. No sabes cómo me duele haberme separado de ti en esos términos. He oído que las explicaciones agravan la falta, pero no puedo seguir respirando mientras sigas pensando mal de mí. Mientras todo parece haber llegado a su fin.

Tragó, la molestia en su garganta haciéndose cada vez más prominente.

No supe comunicarme bien. Eso ya lo sabes, espero, porque no hay nada que yo quiera más que casarme contigo. Unir mi vida a la tuya es mi más grande anhelo. Pero conoces mi situación, la de mi reino, y si lo piensas bien, ¿realmente crees en una realidad en la que podamos concretarlo? Si me dices que sí, que sabes cómo, yo seguiré esperando. Ya llevamos seis años juntos, mi amor—una miseria en comparación al resto de nuestras vidas. Así que dime si no debo pecar de ansioso y apresurarme a estupideces, que si hay esperanza de un futuro juntos, yo espero. Pero por favor, no te alejes de mí. Si es ese el caso, te llevarás mi corazón y mi vida contigo.

Se detuvo cuando veía más borrones que palabras y su mano perdía la fuerza para sostener la pluma, volviendo su trazo en manchas difíciles de leer. Miró la hora. Eran más de las dos de la mañana. Aguantaría otro día más, se dijo. Un error nocturno era suficiente para su relación. Al día siguiente añadiría algo más, si era necesario, buscaría un sobre y lo enviaría al correo como prioritario, para que llegase a las manos de su Elijah lo antes posible. Si tenía suerte—o, mejor dicho, éxito—, no serían muchos días más para saber de él. Leer de su puño y letra, recibir sus palabras y, si Dios quería, su amor.

¿Y si no era suficiente…? Pues, si no era suficiente…

… Tendría que revisar qué más le quedaba.

 

 

Su día inició como cualquier otro. La luz atravesó sus párpados, y los abrió, dándole los buenos días a la luz matutina de siempre que le advertía, por instinto, que eran alrededor de las ocho de la mañana. El sueño no volvería—nunca lo hacía—, así que se levantó. Si en una semana más le preguntaran por ese exacto día, no sabría aislar nada que se sintiera diferente. Lavarse, vestirse, ejercitarse… Todo normal.

Incluso la carta que venía hace días pensando en escribir rezaba en el mismo lugar de siempre sobre su escritorio, con la única diferencia de que esta vez había escrito algo. Mientras se pasaba una toalla por el cabello, la miró a lo lejos, lo suficiente para que lo escrito fuera ilegible y no se tentara a hacerla una bola más en el cesto de la basura. Lo único distinguible, realmente, era una mancha de tinta hacia el final.

¿A Elijah le molestaría?

En cualquier otra carta, Bjorn ni siquiera hubiera notado la mancha. El contenido de esta, sin embargo, le hacía sobrepensarlo. ¿Y si lo consideraba poco cuidadoso, como si no le importara? ¿Y si lo tomaba como una señal de que, esa falta de cuidado, era un reflejo de cómo se sentía hacia él? Como si Bjorn fuera incapaz de hacer el mínimo esfuerzo de pasar en limpio su jodida carta de disculpas, para que llegase pristina a las manos de quién él dice amar, como corresponde de alguien en su situación. Acciones que hablaban más que palabras.

Y qué importaba si pasar en limpio no era Bjorn, cuando las manchas de su letra torpe y tozca sí.

Una presión se formó en su pecho que fue imposible tragar.

Miró su silla, pero en un suspiro, en lugar de tomar asiento, se alejó lo más posible de ella. De la carta. No estaba listo para encarar las palabras que había escrito apenas unas cuatro o cinco horas atrás, seguro de que odiaría cada una, y el tono de las oraciones, y la forma en que sus trazos dibujaban cada letra. Lo cierto es que no estaba listo para revisitar nada de lo que había pasado en los últimos días. Mucho menos meses. La carta, y antes, la discusión, y el plan, y—Nada. Falto de aire, inhaló profundo.

Elijah lo odiaría, si no lo odiaba ya. Y con cada día que pasaba sin saber de él estaba más seguro de ello.

¿Qué pensaría él de su propio silencio? ¿Le pensaría desinteresado, molesto? ¿O patético y desesperanzado?

Varias horas pasaron, el día transcurriendo con una calma que nunca alcanzó a Bjorn, hasta que finalmente firmó su carta. Sin releerla, sin pasarla en limpio. Con manchas, arrugas, y cualquier otra cosa que hubiera pasado por encima en el tiempo que le tomó convencerse de que, hacer eso, simplemente cerrarla y enviarla, era la única opción que tenía si quería que la misiva llegara a manos del amor de su vida en un tiempo razonable.

Pase lo que pase, por siempre tuyo y de nadie más,
Perdón.
Bjorn Nasstrom.

La dobló con cuidado, la metió en el sobre, y procedió a calentar su cuchara de cobre con cera roja que vertió y marcó con su sello personal. Una marca exclusiva de las misivas con su amado. Con pesar vio la luz del sol desaparecer paulatinamente más allá de los abetos rojos. Si no lo hubiera pensado tanto, esa carta ya iría camino a Portelume.

Con el sobre sellado en mano, se pintó la imagen de un Elijah aún molesto viendo el nombre en el sobre, y—dándole crédito al amor de su vida—leyéndolo por el amor que llevaban compartiendo durante tantos años. Su imaginación se negó a llevarlo más allá. ¿Lo meditaría luego? ¿Le sacaría una sonrisa, le robaría un suspiro? ¿Un regaño, tal vez? Si no tuviera más que groserías que dedicarle, no le culparía, pero imaginarlo no dándole una oportunidad de explicarse… hacía que su corazón se quebrara dentro de su pecho. El dolor palpable.

Su Elijah, el real, dedicaría unas palabras al aire que él nunca escucharía repetidas. En su mejor escenario, unos días después habría una carta en su propio escritorio, que hiciera eco de esas que no llegarían a sus oídos, pero en un orden diferente. Mejor pensado. Tal vez disfrazadas de otra cosa.

Si tenía suerte, tal vez, incluso, las bañasen unos besos color rubí.

De lo contrario, ese papel volvería a sus manos con un sello de devolución. O, peor, terminaría en las profundidades de los desechos porteses.

Cualquiera fuera el fin de ese sobre, el tiempo de estar en su posesión había llegado a su fin. Para no tentarse a desecharla, en lugar de abandonar el sobre encima de su escritorio hasta el día siguiente, cuando finalmente pudiera dejarla en el correo, salió de su habitación e interceptó al primer empleado de confianza que se encontró.

“Te tengo un encargo muy importante,” le dijo, tomando su mano y dejándole el pequeño sobre amarillo en la palma. El borde, demarcado con colores que los sobres comunes de Bjorn no llevaban jamás. Azul y rojo. Urgencia. “A primera hora mañana, antes de que hagas cualquier otra cosa, irás al servicio postal y enviarás esto. ¿Entendido?”

El jóven príncipe no era de pedir favores, y a decir verdad su voz tampoco cargaba el ímpetu que las personas de su familia usaban tan bien. El gesto en el rostro del mozo demostraba esos hechos a la perfección, tardando unos segundos en advertir que no había respondido, asintiendo y afirmando que lo haría con un: "Como usted diga, Alteza." Apurado, disculpándose, y continuando con su camino.

Un suspiro profundo abandonó los pulmones de Bjorn, que siguió al muchacho con la mirada hasta que desapareció por un pasillo, parte del peso que cargaba sobre sus hombros abandonándolo con ese sobre sobre. Lo que sucediera después, no quedaba en manos de nadie más que el destino.

Pero con una mano en el pecho, él esperó, que ese destino estuviera de su lado.

 

 

Con lo incómodas que tendían a ser las cenas en el palacio, sentarse en una mesa en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de los finos utensilios sobre la loza menos favorita de la reina, resultaba una tarde perfectamente aceptable para Bjorn. Un peso en la boca de su estómago le tenía masajeando su esternón. Aún tenía el sobre en su cabeza, imaginando las manos que la recibirían miles de kilómetros lejos de allí. Unos lindos dedos que quebrarían su sello, tocarían sus palabras, y luego, estrujarían su corazón. Tal vez. Todo tal vez.

¿Ganas de comer? Ni el aroma a su platillo favorito podría tentarlo a tomar bocado. Su presencia en ese lugar no era más que obligatoria. Se sentó en su silla, y por primera vez en el día, entró conscientemente al mundo terrenal en el que se encontraban los demás, el peso de la realidad estrujándolo con una incomodidad ajena a las rumiaciones que trabajaban en su cabeza a lo largo del día.

“Madre,” saludó con un breve asentimiento de la cabeza, que la reina devolvió con la mirada perdida en el centro de la mesa. Sostenía un vaso con un líquido rojo, que Bjorn no reconoció en ninguna de las jarras dispuestas sobre la mesa para el consumo general. Freya aún no llegaba. Su mirada cayó en el último miembro de la familia, Agathe, que miraba con fijesa más allá de Bjorn. “¿Consorte Agathe?” Su saludo sonó más a una pregunta, arrugando el ceño con la sensación de que sucedía algo que él no se había enterado.

Solo entonces, notó cómo los ojos de la mujer se llenaban de lágrimas. Su labio tembloroso. Era un fallo, eso no debía pasar. “Mierda,” masculló, con elegancia llevándose un fino paño los lagrimales. Se levantó con forzada cortesía, manteniendo, le dio la impresión, la poca cordura que todavía manejaba. Hizo una reverencia, que incluso en su estado de agitación, estaba perfectamente ejecutada. “Lo siento, mi señora. Hermano. Estoy impresentable para cenar. Mis disculpas.”

No era usual.

En las pocas semanas que llevaba en el palacio, a él le parecía una mujer mordaz, atrevida, vistiéndose en colores que sobresaltaban en la depresión natural del desgastado matiz de Vargheim. Vargheim, como nación. Agathe Aubert, a ojos de Bjorn, se manejaba como un premio que el reino había recibido, colorido y elegante, con un temperamento fuerte y falto de miedo que contrastaba por completo con cualquiera de los Nasstrom.

En general, Bjorn no creía que le importase nada. Nadie que conversara con su madre de la forma en que la princesa usualmente hacía, podía importarle algo. El verla reducida al llanto, que estalló apenas cruzó la puerta, significaba conocer un lado nuevo suyo. Pero, ¿cuál sería?

La reina no se inmutó. Continuó esperando por su hija como si necesitara de su presencia para empezar a funcionar. Bjorn se aclaró la garganta.

“Madre, ¿pasó algo?” aventuró, su voz resonando demasiado fuerte incluso cuando era poco más que un murmullo. No estaba acostumbrado a los encuentros con su madre, mucho menos los inofensivos. Cada vez que se encontraban, era ella la que hablaba, y eso rara vez era en la mesa.

“Su hermano sufrió un accidente. Está en todas las noticias,” le comunicó. No desinteresada por completo, pero monótona. Ida. Bjorn no sabía si estaba muy metida en su cabeza, o si tal vez su copa tenía algo demás. Como fuera, no era una respuesta que se esperara. Abrió la boca, pero no alcanzó a replicar nada. Su madre siguió hablando. “Se cayó de su caballo, o lo botaron. No lo sé. Pero había una foto. No es el que le sigue, el que yo quería. Uno más chico. Elijah, se llama.”

Ella le miró, y luego bebió un poco más de su copa. Bjorn debió hacer una cara, porque al final agregó:

“No está bien. El hermano, digo, o eso comunican los medios—¿Crees que se vaya? Espero que sí.”

Bjorn forzó una sonrisa. Agathe, decía ella. Que se fuera Agathe. No se atrevió a replicar, así que no le mantuvo la mirada y la pegó al mantel.

Elijah, repitió en su cabeza. Su nombre le perseguía. Sabía de ese Elijah, nadie lo conocía. Por eso su madre conocía la noticia. Había una foto, había dicho ella. Debía ser escándalo internacional, para todo quien le interesara las aburridas vidas de los monarcas.

¿Su propio Elijah se habría enterado? ¿Se encontraría en ese mismo evento, conociendo de esa misma noticia a la par de él?

Lo extrajo de su mente la voz de su madre, que le pedía casi en un grito a un mozo que se acercara, para preguntarle dónde estaba la princesa Freya. Justo en ese minuto, como si hubiera estado esperando a ese llamado, ella apareció.

La cena continuó como si nada hubiera pasado.

 

 

 

Elijah, Elijah, Elijah.

Bjorn se volvería loco sin saber la reacción de Elijah, se estaba volviendo una obsesión. Pero tenía que estar bordeando la locura si creyera que la carta llegaría a posesión del baron en menos de veinticuatro horas. Imposible. Sí había enviado la carta con sello de urgencia, pero era mucho pedir. Si se convencía o no de aquello, sin embargo, era un hecho de que no podía dejar de darle vueltas al nombre. Al chico. Su novio… porque podía seguir llamándolo así, ¿no?

Las cuatro paredes de su habitación se estaban volviendo claustrofóbicas. Como opción, había paseado casi todo el día en el bosque, y ahora se tomaba el camino más largo devuelta al agobiante verde de esas paredes. Le faltaba la buena parte del largo extra de camino, pero la presión en su pecho, que masajeaba con insistencia, se volvía cada vez más aplastante.

Un llanto se pronunció, ahogado por la lejanía. Aunque nunca había oído ni a su madre ni a su hermana llorar, sabía que esos sollozos no pertenecían a ninguna de las dos. No se detuvo a pensar en lo apropiado, o en lo sensible. En si hubiera ayudado a la persona pasar ese sufrimiento en paz. Cuando se dio cuenta, ya se encontraba frente a la puerta del cuarto rojo.

Tomó la manilla, y abrió.

Su movimiento permitió que la luz entrara, iluminando gradualmente, hasta que fue su propia figura la que devolvió algo de oscuridad a la habitación. La persona del otro lado pareció relajarse. O más bien, contenerse, su llanto vuelto nada más que un aliento agitado. A sus espaldas, dejó que la oscuridad los abrazara a los dos.

“¿Estás bien?” Pregunta estúpida, él lo sabía, pero fue lo primero que se le vino a la mente. Su mirada no tardó mucho en adaptarse a la noche, ayudado por la luna que, aunque incompleta, no dejaba de brillar lo suficiente para entrar por los opulentos ventanales que daban al jardín.

Agathe se encontraba sentada en el borde, cubierta por una cabellera rojiza y abundante que ondeaba hasta unos veinte centímetros del suelo. Le costó darse cuenta que también era su vestido lo que caía a una altura similar, de un color que era difícil de apreciar en la noche. Bjorn pensó en un luto. Iban acorde a sus lamentos.

La respuesta tardó en llegar, pero se limitó a negar con la cabeza, sin preocuparse de enjugar las lágrimas que brillaban en sus mejillas. Se abrazó más a sus rodillas, y volvió a negar, esta vez con más fuerza.

“Es raro, ¿sabes?” Palabras estranguladas en un nudo que claramente aún no se disolvía. “No… no somos tan cercanos. Pero lo vi… en la panza de su madre. Lo vi recién nacido. Lo sostuve—se siente raro verlo ahí… tirado, inerte. Me- me jala algo en el corazón.” Esa última palabra apenas se escucha en lo que un nuevo sollozo le trae lágrimas a los ojos.

Bjorn no lo entendía. Nunca había pasado por tal cosa. Quería ponerse en su lugar, y era imposible de imaginar. Su pérdida más cercana era su padre, y eran cosas tan diferentes que se volvían incomparables. Morir no era lo mismo a decidir irse. A activamente buscar no ser parte de la vida de otro.

Había entrado sin un plan, sin cargar ni palabras de consuelo, pero se acercó, con calma, y se sentó en el espacio libre del ventanal, a los pies de Agathe. Quería consolarla, pero incluso en la fragilidad del llanto, a Bjorn no le parecía una mujer débil. Agathe no intentaba ocultarse tras sus lágrimas, las vestía con tanta certeza como sus coloridos vestidos. ¿Qué podría ofrecerle él?

“¿La viste?” preguntó ella. Bjorn la miró a los ojos. En esa luz extraña, parecían casi por completo negros, pero no temió. Simplemente negó, aunque no sabía bien a qué se refería. La duda debió notarse en su rostro. “La foto,” dijo ella. “La foto de mi hermano. ¿La viste?—¿Por eso estás aquí? Es… horrible, inhumano, morboso. Y la andan difundiendo en todos los reinos, como… como si fuera…” meneó la cabeza, y aunque nunca terminó la idea, Bjorn creía entender lo que quería decir.

“No la vi," respondió esta vez con certeza. "Pero mi madre me la mencionó.” Se odió por la curiosidad que le produjo después de esa descripción, pero lo mismo fue que le impidió pedírselo en ese momento. "Yo… yo te escuché. Por eso vine."

De pronto, ya no habían más sollozos. Solo una mirada perdida hacia afuera, y una nariz congestionada por el llanto. Al parecer, habiendo oído que su llanto atrajo visitas, Agathe decidió que ya había llorado lo suficiente. Una sombra adornó su rostro. Bjorn no podía dejar de verla.

“Anoté su nombre, ¿sabes? Del fotógrafo.” Un comentario que podía ser inocente, pero no en la boca de la mujer, que lo hacía sonar como una maldición. “Eventualmente me aseguraré de que no pueda volver a sacar una foto en su vida.”

Se forjó un silencio cargado de algo que el príncipe era incapaz de identificar, pero con lo que no se atrevía a jugar.

“Es lo que se merece,” agregó Bjorn, bajo la impresión de que era lo correcto para decir, en comparación a hacer demasiadas preguntas. Una pequeña sonrisa se dirigió hacia él, luego un suspiro de cansancio, y Bjorn no hizo más que devolverle la sonrisa.

“Creo que eres mi señal,” dijo ella, dejando que sus pies, descalzos, tocaran el suelo. “Ya lloré lo suficiente, es hora de hacer algo más… útil. Gracias por venir a verme.”

Él se dedicó a asentir mientras ella se alejaba. No había hecho nada, en realidad. Tal vez molestar. Se sintió extraño mientras veía el tren de su vestido arrastrarse más allá de la puerta, que Agathe dejó abierta, un halo de luz cayendo sobre la figura del príncipe. Bjorn no se levantó hasta que dejó de escuchar los pasos de la princesa consorte.

Lo primero que hizo al abandonar el cuarto, fue ir a la salida más cercana, donde uno de los guardias cubría su guardia, y pedirle que buscara algo por él en su teléfono. No sabía por qué, pero necesitaba verla por sí mismo. La famosa foto. No había llamado su atención hasta la mención de boca de Agathe. Ella había dicho que él era su señal, pero tal vez ella lo fuera para él. No iba a esperar a que se la mencionaran una tercera vez para finalmente buscarla.

El guardia lo dudó un momento, pero pronto sacó su aparato y buscó exactamente lo que el príncipe le pidió. Arrugaba el ceño. Era claro que se le hacía extraño que el príncipe le pidiera algo a esa hora, pero no se atrevía a cuestionarlo.

Se lo enseñó.

Su alma se derrumbó con lo que reconoció, y que reconocería hasta con los ojos cerrados. Ese rostro, aunque amoratado y deforme en una mueca de dolor, imposible de confundir. Le hubiera gustado tener la opción de entregarse a la negación. Le arrebató el teléfono al muchacho, y la imagen, en su agarre, temblaba tanto que apenas podía mirarla sin sostenerse a sí mismo. “No,” se le escapó. O tal vez un: no puede ser.

El cabello negro despeinado, los ojos cerrados… La imagen más de lejos, era como si estuviera durmiendo. Tan solo la boca abierta parecía antinatural en su forma. Provocó el nacimiento de una idea que le agitaba el corazón hasta hacerlo sentir que la habitación a su alrededor giraba, pero que no se atrevió a abandonar la parte más oscura de su mente. Puso una mano sobre su boca, y notó que su palma se mezclaba con algo húmedo que cubría su rostro.

“¿Está bien, Alteza?”

Sin responder, devolvió el aparato y avanzó a paso acelerado.

LA VOZ DE REIKIAVIK

[FOTO] Elijah Aubert, el hijo oculto del rey Alfonse de Portelume y su esposa la baronesa Hannah Lim, sufre accidente grave durante la celebración del evento de caridad anual de Polo en Au Port. Con veinticuatro años, su identidad es finalmente revelada.

Cuando Bjorn finalmente entró a su dormitorio, se dirigió directo al baño, en donde la molestia del pecho que había acarreado durante todo el día se le subió a la garganta. Afirmándose en el borde, devolvió todo lo poco y nada que aún contenía su estómago.

Una tragedia azotó la tarde de ayer, 3 de Mayo, en el campo del Club de Polo I. Mérieux Park cuando uno de los competidores perdió el control de su caballo, quedando gravemente herido por la caída. Fue rápidamente atendido por el personal médico presente.

La imagen no dejaba de repetírsele en la cabeza. Con una última arcada, terminó explotando en sollozos, tirado de rodillas sobre el suelo de su baño. Elijah Lim. Elijah Aubert. La misma persona—una segunda noticia dentro de la más grande. Últimamente, su Elijah.

El acontecimiento tomó un giro cuando el príncipe heredero de Portelume, Ludovi Aubert, se dirigió a la víctima, visiblemente alterado. Según informan nuestras fuentes, se trata del último príncipe, cuya identidad se había mantenido secreta por más de dos décadas. Elijah Aubert Lim. De acuerdo a los reportes, el joven de veinticuatro años se encuentra en estado grave de salud. Nuestros sentimientos y buenos deseos están con la familia real de nuestros aliados en este momento tan difícil.

Bjorn pensó en su cabello negro, sabía que al tacto sería sedoso y grueso. En sus pestañas largas. En la última vez que sus propios labios tocaron los ajenos, y en cómo se encontraban anormalmente partidos, para siempre inmortalizados en una imagen que jamás debió salir a la luz. Grave. Su carta nunca llegaría a sus manos, sus ojos nunca leerían lo arrepentido que estaba de ese último encuentro que no pudieron aprovechar, no volvería a sostenerlo entre sus brazos, sentir el calor de su piel contra la propia, o la humedad de sus besos.

Su Elijah. Nunca volvería a ser su Elijah.

Y esa imagen.

Lo último que vería de él.