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So you say there's a chance for us?

Summary:

Dónde Moski lleva a su novia a dormir a la casa en la que vive con sus dos amigos.

O;

Dónde Moski no sabe que llevarla es acelerar el proceso de que las cosas, dentro de la casa, estallen de una vez por todas.

Work Text:

A Mernuel se le desfiguró la cara cuando en pleno stream se enteró que la novia de su amigo estaba ahí.
Antes no la había visto, cuando salió de su habitación pasó directo a la sala de stream, por lo que no se había percatado de la presencia de la rubia y, al parecer, a moski se le olvidó comentarle el detalle.

En realidad no hacía mucha diferencia, mientras no apareciera en cámara estaba más que perfecto. Aún así, a Manuel le molestó enterarse que estaba ahí, se quedó callado intentando que no se note. No podía ser el único en quejarse sobre la chica estando en la casa mientras ellos estaban en stream porque parecía ser el único que encontraba alguna razón –aunque todavía inexplicable– para pensar que eso estaba mal.

El resto del stream no pudo disimular su incomodidad. Le irritaba saber que ella estaba ahí, usando sus cosas, ocupando su casa como si fuera parte de ella. Le irritaba pensarla adueñándose de lo suyo.

Sabía que estaba siendo malo. Los comentarios fuera de lugar que hizo, el edit al que reaccionó, establecer una comparación entre cómo su amigo dormía con ella y cómo dormía con él… Probablemente iba a ser motivo de discusión más tarde, pero ¿Que le hace una discusión más a su vínculo?

Cómo siempre, Moski iba a retarlo un poco por hacer comentarios fuera de lugar y él iba a pedirle perdón, insistiendo en que no fueron con intención de hacer ningún mal. El rubio terminaba asintiendo, resignado a la forma de ser de quien decía estar feliz por su relación.

—Bueno gente, hasta acá llegamos por hoy. Cuidense y nos estaremos viendo mañana. Pásense por Youtube que dejamos un video muy muy bueno. Chau, los amo.

Manuel se despidió y apagó el stream. Se encargó de cerrar todo y empezar a acomodar el espacio en silencio, mientras Bauleti y Moski charlaban de algo a lo que él no prestaba atención.

Minutos después, en el lugar no se escuchaba más que el ordenando lo último que quedaba.

—¿Cuántas veces más te tengo que pedir que no hagas ese tipo de comentarios?

Manuel se sobresaltó. Estaba muy seguro de que se había quedado solo. Miró hacia atrás y encontró a moski apoyado en el sillón mirándolo serio.

—¡Gordo! Avisa que estás ahí boludo, me asustaste.

—No salí nunca de la habitación.

—Bueno. Pensé que sí.

La tensión se sentía en todo el lugar. El silencio que se instaló mientras se miraban a los ojos sin decir nada era incómodo.

—¿Vas a dejar de hacerlo o te tengo que estar retando todo el tiempo como si fueras un nene? —Lautaro estaba más enojado que otras veces.

—No lo hago a propósito Lautaro, no sabía que estaba ella abajo. Disculpa —respondió Manuel. No tardó mucho en ponerse a la defensiva.

En realidad, poco le importaba lo que ella pensara. ¿Cómo podría importarle la opinión de una desconocida?
Lo que lograba molestar a Manuel era que, quién sí le importaba, ahora le estaba dando una mirada con la que no estaba para nada contento, y le hablaba en un tono que odiaba cuando venía de él.

Lautaro se levantó del sillón para acercarse más. Lo que menos quería era estar gritando y que su novia se incomode por una discusión boluda.

—No se trata de si está o no está Manuel. La cuestión acá es que te dije varias veces los chistes que no se pueden hacer y los seguís haciendo.

—No me parece que ahora me límites con los chistes cuando sabes que acá se jode con todo, desde siempre —si Lautaro estaba molesto, ahora Manuel lo estaba el doble.

¿Por qué tendría que adaptarse a algo que él no decidió? Lo justo es que, si alguien llega, esa persona se amolde a como estaban establecidas las cosas, no tenía sentido cambiar todo para que a alguien no le moleste.

—Bueno pero las cosas cambiaron, Manuel —el rubio tenía el ceño fruncido, ¿Por qué le costaba tanto ponerse en su lugar?

—Está claro que cambiaron, Lautaro. No fui yo quien lo decidió.

—Ni siquiera se trata de eso Mernuel —al mencionado le molestó el uso de su apodo.

No tenía ganas de escucharlo ahora, no quería estirar más la conversación —Ya te pedí perdón, no puedo hacer más que eso e intentar que no se me vuelva a escapar ningún chiste.

—No se te puede decir nada, terminas actuando como un boludo siempre —el rubio negó con la cabeza mientras miraba al piso.

—Bueno Lautaro no entiendo qué querés que haga flaco, ya está. Si tan sensible la pone que no venga más cuando estás trabajando y listo —dijo Manuel elevando el tono de voz —. Mira si yo voy a censurarme por una recién llegada. Estás totalmente equivocado.

Ahora sí, a Manuel capaz se le fue un poco larga. Quizá y solo quizá, dijo cosas que no tendría que haber dicho. Se arrepintió al instante de lo que dijo.

—Ahí está

—¿Qué?

—Ahí está el Mernuel egoísta de siempre —al pelinegro se le desfiguró la cara —. No es muy difícil lo que te estoy pidiendo, pero bueno, hace lo que quieras. Cómo haces siempre.

Lautaro se dió la vuelta, no tenía más que discutir.

—No para gordo —le quiso tomar el brazo para evitar que se vaya —. No quise…

El rubio movió el brazo para evitar que lo toque —Soy feliz Manuel. Estoy bien así, ¿Por qué no podés aceptar eso?

—No es eso, Lau.

—¿Entonces? ¿Qué es? —se quedó callado esperando una respuesta, Manuel amagó a decir algo pero nada salía de él —Sos increíble —dijo y, sin más, se fue.

Horas habían pasado desde que discutió con Lautaro. Después de que Lautaro bajó, no tardó en escuchar como reían y hablaban entre todos. Ni siquiera tuvo el pensamiento de dirigirse al living, sabía muy bien que no podía ser parte de eso. Tampoco quería. Sería hipócrita bajar a fingir que todo estaba bien cuando claramente hasta el detalle más mínimo de la invitada podría llegar a molestarle.

¿Era egoísta? Probablemente. ¿Quería fingir lo contrario? No.

Desde que Lautaro había empezado a salir con la rubia, él parecía estar cada día un poco más molesto. Estaba clara la razón. Estaba claro hasta para quien no quería aceptarlo.

Manuel estaba celoso.

Celoso del tiempo que ella le robaba con él.
Celoso de los momentos que ya no compartían.
Celoso de no ser quien mejor lo conoce.
Celoso de no ser él.

Le molestaba demasiado sentir que se estaba perdiendo de una parte de la vida del rubio. Pero es que había un acuerdo silencioso, él no le hablaba de la chica a la que estaba conociendo y Lautaro no le contaba cómo era su vida ahora que tenía novia.

El problema está en qué la mayoría del tiempo la pasaba con ella, entonces, sus charlas eran cada vez más cortas.

Manuel daba vueltas por su habitación. Hace rato escuchó a Santiago despedirse y la puerta principal siendo cerrada, momentos después escuchó a Lautaro y a su novia subir a la habitación.

Por un rato estuvo atento, lo mataba la curiosidad de saber cómo se trataban y cómo sería su dinámica. ¿Le hablaba a ella como le habla a él? ¿La miraba de la misma forma? ¿Intentaba hacerla reír todo el tiempo? ¿Se reía con ella tanto como con él?

En algún punto pensó en que era algo enfermizo querer escuchar a su amigo y a su novia, así que puso música y trató de hacer cualquier otra cosa.

Se duchó. Se cambió. Se tomó fotos. Habló con la chica con la que estaba saliendo. Intentó editar algunos vídeos para la semana. Subió algunos Reels. Se puso a interactuar con gente en Twitter.

Nada de eso funcionó. Su mente volvía una y otra vez a la discusión que habían tenido y, aunque él jamás lo admitiría en voz alta, ya había pensado más veces de las que podía contar en sí su amigo estaría durmiendo abrazado a ella.

Y ahí va otra cosa que le molestaba, era horrible que alguien más ocupara su lugar. Por mucho tiempo fué él. Fué él el que lo abrazaba. El que miraba series que no le gustaban y el que cocinaba a altas horas de la noche, únicamente para pasar juntos un rato más.

Ahora no le quedaba ni lo que él había hecho primero.
Todo se lo había robado otra persona y eso, además de ponerlo triste, lo enojaba.

Cerró la computadora con más fuerza de la que debería. Abrió la puerta que daba al pasillo, el silencio era profundo. Miró con resentimiento hacia la puerta cerrada de su amigo, como si con eso pudiera atravesar la puerta y decirle todo lo que había pensado hasta el momento.

Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, quizá comer algo dulce contrarreste la amargura del momento. Frenó en seco cuando vio la silueta de Lautaro apoyado en la mesada tomando agua directo de la botella. Con el pelo revuelto y el pijama a cuadros que siempre le criticaba por ser tan de abuelo.

Aún con la luz apagada lograba distinguir la postura decaída del otro.

No se le ocurrió que al bajar podría llegar a encontrarse con él. En su mente él estaba siendo la cuchara pequeña en otra parte de la casa.

—Podes pasar tranquilo, no te voy a pegar —dijo Lautaro desganado.

Manuel pasó sin decir nada. En realidad no sabía si podía decir algo, era como si todo lo que tenía que decir estuviera atorado en un nudo en su garganta.

Sin hablar comenzó a buscar lo que quería. Estaba claro que era un hijo de puta egoísta que no sabía cómo pedir perdón.

Primero fue por una lata de coca, después se acercó un poco más al lugar donde estaba Lautaro para poder abrir el cajón de los dulces y agarrar cosas de ahí.

Lo miró un momento, se veía mal dormido. Pensó en decir algún chiste, rápido se acordó de la razón de la discusión.

Se dio vuelta para volver a la habitación, se detuvo cuando lo escuchó hablar.

—El enojado debería ser yo. No entiendo por qué sos vos el que hace la ley del hielo —Lautaro quiso no hablarle, no dirigirle ni la mirada ni la palabra, pero eso que con el resto podía aplicar tan bien, con Manuel no le salía.

Manuel suspiró y se dió vuelta. Estaba agotado de las discusiones entre ellos. ¿No podían estar bien sin tener un montón de complicaciones encima? ¿No podía volver a ser tan fácil como lo era antes?

—No te estoy haciendo la ley del hielo —pensó que era obvio. No le hablaba porque no sabía si Lautaro quería escucharlo.

Y esa era otra de sus grandes fallas. Daban por sentado lo que el otro sentía o pensaba y no se paraban a intentar hablar de lo que realmente sucedía.

—Me estabas ignorando —respondió Lautaro. Él no quería pelear, él solamente quería respuestas. Quería poder solucionar las cosas, que tan mal iban, con su persona favorita.

—No te estaba ignorando Moski, no sabía que tenías ganas de hablar.

Se quedaron en silencio mirándose fijo. Ya no había rastros de la tensión incómoda de antes, no habían ganas de pelear, a ninguno le quedaban ánimos para seguir agregando piedras a la mochila pesada que cargaban.

Había una sola cosa. Una pregunta que estaba en ambos.

“¿Qué nos está pasando?”

Ninguno quería terminar de arruinarlo con otra pelea, pero ninguno estaba seguro de cómo arrancar la conversación que podría darles algo de tranquilidad.

A Manuel se le caían todos los muros que intentaba levantar para protegerse cada vez que Lautaro lo miraba de esa forma.

Lo leía con mucha facilidad, claramente no la estaba pasando bien. Y se moría por preguntar que sucedía, pero simplemente sentía que no podía.

Le costaba horrores hablar, porque hablar era mostrarse vulnerable y él no quería ser vulnerable con nadie. El problema era que algo en Lautaro lo invitaba a abrirse de formas que no había hecho con nadie, a dejar que su corazón tome el mando y su mente deje de intentar controlar todo, todo el tiempo. Y no sabía si en este momento tenía lo que se necesitaba para enfrentar una charla como la que ellos deberían tener. No estaba seguro de poder cargar con las cosas que necesitaba decir ni con lo que iba a oír.

Pero cuando Lautaro lo miró con su rostro afligido, supo que, preparado o no, era momento. Era ahora o nunca, porque después de pasar por tanto, estaba muy seguro que no habría otra chance. No habría oportunidad para recuperar lo que se perdería si subía enojado a su habitación y dejaba a Lautaro solo. Lo sabía.

Así que Manuel juntó todo el valor que requería el intentar hablar, dejó las cosas que tenía en las manos y se apoyó en la isla que estaba frente a moski.

—Perdón —fué lo primero que dijo, con la voz temblorosa y ganas de salir corriendo —. Se que lo que dije no estuvo nada bien, estando o no ella en la casa, soy consciente de que tengo que saber respetar los límites que me pones, te juro que lo entiendo completamente —hizo una pequeña pausa —. Sé que las cosas cambiaron y por respeto a ella y, obvio, por respeto a tu relación y a vos, tengo que dejar de hacer ciertos chistes y dejar de ponerte en ciertas situaciones. Lo tengo muy claro y prometo intentar actuar acorde a las cosas que me pediste.

Claramente no era ni la mitad de lo que quería decir. Es más, parecía un perdón guionado por alguien más, algo que se había memorizado para decir cuando le llegara el momento de hablar.

Lautaro lo miró, atento a lo que decía pero sin intención de interrumpir. Su cuerpo temblaba, los nervios lo tomaban como marioneta. Uno nunca está preparado para tener conversaciones tan importantes una madrugada en medio de la cocina iluminada únicamente por luces que entran del exterior. Todo se sentía más íntimo así.

Lautaro, frustrado, se pasó las manos por la cara. Le molestaba estar esperando más. Lo conocía. Lo conoce como a la palma de su mano. ¿Qué estaba esperando para decir lo que realmente quería decir? ¿Por qué siempre tenía que ser él el primero en ceder?

—Está bien —dijo el rubio.

Manuel lo miró. Esperó que agregara algo más a la respuesta, pero no vio intenciones de decir más. ¿Era lo único que tenía para decir?

—¿Está bien? —preguntó el pelinegro.

—Si, está bien.

—¿Es lo único que tenés para decir?

—¿Esperabas que diga más?

—Si —respondió antes de poder pensar en la justificación de tal respuesta —. Digo, no —se corrigió.

—¿Si o no?

—No sé. ¿Quizá? —Manuel se enredó en sus propios pensamientos.

—Bueno, no tengo más para decir. Vos sí tenés algo más para decir —no era pregunta, era afirmación —. Pero creo que se me va a ir la vida si sigo esperando a que te animes a decir lo que en realidad querés decir.

Lautaro hasta el momento había tenido una pésima noche. Discutió con Manuel. Discutió con su novia. Intentó dormir abrazado a ella y se odió cuando pensó en todo lo que estaba forzando para poder sentir algo. Y más se odió cuando a su mente llegó el pensamiento de que con ella forzaba algo que con él le salía tan natural. Le había durado poco la estabilidad que pensó que consiguió, todo se volvía cada vez más pesado con el paso de los días. No le quedó otra que huir de la habitación que comenzaba a asfixiarlo y bajar a la cocina a buscar las respuestas en una botella de agua.

Frente a Manuel se resignó. Porque lo que él esperaba nunca iba a poder ser. No pretendía echar culpas, estaba más que claro que ninguno quería admitir nada de lo que sucedía en voz alta. Pero con la noche que había tenido y siendo Manuel la única persona a la que podía culpar, decidió que lo mejor era dejar todo ahí e irse a intentar dormir.

—Chau, Manuel —dijo, con ese tono seco que el pelinegro odiaba.

Manuel exhaló fuerte y lo tomó del brazo cuando pasó por su lado. El vínculo se caía a pedazos frente a ellos, ¿Qué es lo peor que podría pasar si una vez decía lo que quería decir? ¿Cuánto más se podría romper algo que ya estaba roto?

—Soy muy consciente de las cosas que tengo que respetar —le dijo mientras hacía que vuelva a ponerse frente a él, está vez más cerca que antes —. Pero cuando pasa, cuando ella llega, toda la racionalidad se me va a la mierda. No puedo parar y pensar dos minutos en lo que va a sentir el resto, porque lo único que quiero es que deje de adueñarse de todo. Cuando llega, lo único que quiero es hacer tantos comentarios que no le quede otra que irse. Y me molesta ser tan forro, pero no puedo evitarlo.

—¿De qué se adueña, Manuel? Si ella nunca te hizo nada, ¿Qué es lo que tanto te molesta de ella? ¿Por qué te cae tan mal?

—Me molesta que llegue como si nada. Me molesta que se pasee por acá como si todo fuera suyo. Me molesta que se crea dueña de algo que yo tuve antes.

—En todo caso si te molesta que venga tenés que decírmelo a mí, después de todo, soy yo quien la trae.

Manuel se pasó las manos por la cara y después por el pelo. Se sentía frustrado, ¿Tanto costaba entender lo que estaba queriendo decir?

—No estás entendiendo, Lautaro.

—¿Soy yo el que no entiende o sos vos el que no tiene los huevos para decir lo que tiene que decir de forma clara? —Lautaro le apoyó el dedo en el pecho. Culpándolo de eso que en este momento molestaba.

Ambos estaban hartos. Hartos de no poder hacer las cosas como querían hacerlas. Hartos de esperar. Hartos de fingir que no les importaba nada de lo que ocurriera con la vida amorosa del otro. Hartos de las peleas constantes y de las discusiones que no los llevaba a ningún lado. Hartos de limitarse tanto.

—¡Dios! ¿Qué querés que te diga, Lautaro? —el pelinegro elevó el tono un poco más —¿Qué me da bronca que se lleve todo tu tiempo y que vos le des más bola a una que llegó de la nada que a mí? ¿Qué estoy completamente celoso de qué ahora no me busques ni para ver alguna serie boluda en Netflix? ¿Que me cae como el culo alguien que ni siquiera conozco pero que el hecho de que esté con vos, en mi mente, es razón suficiente para detestarla?

Manuel, que hasta el momento había estado apoyado en la isla, se enderezó, quedando aún más cerca de Lautaro. Mientras más hablaba, más enojado se sentía. Porque no veía una reacción del otro lado y porque tampoco veía soluciones para aquello que por fin había dicho en voz alta.

—Odio todo esto, Lautaro —dijo, finalmente —. Odio que hagas con ella cosas que hiciste primero conmigo. Odio que la dejes ocupar el lugar que me perteneció a mí primero y odio que seas con ella lo que fuiste conmigo. Y sé que tenés muy presente eso, se que te acordás de mí cuando te pones a mirar series que empezaste conmigo y sé que te acordás de mí cuando cocinas con ella a las 12 de la noche. Sé que te acordás de mí cuando ella te lleva a algún lado en su auto y cuando intenta enseñarte a manejar. Y, por sobre todo, se que te acordás de mí cuando te vas a dormir y si no lo pensas antes, si no te forzas a hacerlo, no te sale ni abrazarla.

Lautaro respiraba rápido. Su corazón estaba acelerado y en su mente pasaban miles de cosas a la vez. Le pesaba no poder contradecir a Manuel.

Manuel, del mismo modo en el que Lautaro lo había hecho antes, apoyó su dedo en el pecho ajeno —Así que antes de señalarme a mí por lo que no me animo a decir podrías empezar por intentar hacer lo que tantas ganas tenés de hacer.

—Y según vos, que tanto creés saber, ¿Qué es lo que quiero hacer? —le dijo mientras ponía los ojos en blanco. A Manuel lo irritaba su actitud inmadura, pero ¿qué podía juzgar él de la inmadurez ajena?

—Esto —dijo, y estampó sus labios contra los ajenos.

Manuel no dudó. Se tiró a la pileta sin pensar en si había agua en ella o no. Ya estaba jugado. Y lo que hizo, lo hizo consciente de que después de eso, después de todo lo que había admitido y después del beso que acababa de robar, nada podría ser como antes.

Se separó de Lautaro para mirarlo.

Lautaro lo miraba boquiabierto con su respiración agitada. Su expresión se tenso, cambió de sorprendida a algo que Manuel, por primera vez, no supo descifrar. No sabía si la había cagado del todo o todavía quedaba algo por lo que valiera la pena luchar.

El pelinegro dió un paso atrás y se miró sus propios pies intentando pensar en cómo salvarse de lo que acababa de hacer. Nunca antes se había sentido tan inseguro. Quedó completamente expuesto y ahora no tenía idea de cómo seguir.

—Gordo, perdón, yo…

Manuel quiso hablar, quiso excusar su comportamiento, inventar alguna mentira para dejar de sentirse como se estaba sintiendo. Pero todo quedó en nada cuando Lautaro lo tomó por la remera y lo acercó a él lo más que pudo. Sus narices quedaron pegadas. Lautaro cerró los ojos e inhaló fuerte.

—Cállate.

—Lauti…

—Cállate, Manuel.

Lautaro abrió sus ojos para mirarlo fijo.

—¿Por qué tuviste que esperar tanto? ¿Por qué decís todo esto ahora que tengo novia? —le susurró el rubio, aún aferrándose a su remera.

—Porque siento que si no te lo digo te pierdo para siempre —Manuel le respondió de la misma manera —. Lautaro, no hay nada que me duela más que pensar en la posibilidad de perderte a vos.

Manuel apoyó su frente en la contraria y movió la cabeza de un lado a otro, haciendo que sus narices se rocen.

—Intenté dormir pero no pude porque tenía la necesidad de hablarte. Nunca puedo dormirme si estoy enojado con vos —confesó Lautaro.

—Intente dormir pero cada vez que cerraba los ojos te veía a vos durmiendo abrazado con alguien que no soy yo y me enojaba.

A Lautaro se le escapó una risita. Apoyó su mano en el rostro ajeno y lo besó despacio.

Manuel, rendido al rubio y a sus sentimientos, le correspondió. Nunca nadie lo besó con la ternura que lo estaba besando Lautaro.

—Me duele mucho pelear con vos —confesó Manuel cuando se separaron —. Pero últimamente si no peleamos directamente no hablamos. Me duele.

—Por favor, basta de peleas. No sabes lo que me frustra pelear con alguien que es igual de terco que yo. No puede ser que quieras tener la razón hasta cuando sabes que estás equivocado, chabon.

Lautaro le golpeó ligeramente el hombro mientras reían. Manuel le tomó la mano y lo llevó hacia él para abrazarlo.

—Te extraño mucho —dijo el rubio en un tono bajito mientras hundía su rostro en el cuello ajeno.

—Yo también gordo. Demasiado.

Se quedaron unos minutos en silencio. Pensando en la probabilidad de que todo se arruine, pero dándole lugar a un nuevo pensamiento. Quizá y solo quizá, las cosas no serían tan catastróficas, quizá podían resolverlo juntos.

—¿Pensas que hay una chance para nosotros? —dijo Manuel.

—¿Estás dispuesto a luchar por esto? —preguntó Lautaro —Yo lo estoy. Yo creo que nos merecemos esa chance.

—Yo por vos estoy dispuesto a todo.

Se besaron una vez más. Está vez con la promesa de luchar por eso que tanto querían. Con la promesa de darle más espacio a lo que sentían ellos y menos a lo que pensaban que le debían al resto.

Se besaron para sellar la promesa de un amor que tanto habían intentado olvidar pero que crecía cada vez más.

Quizá y solo quizá, las cosas mejoraban cuando se hacían desde el corazón.