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Olvido.

Summary:

Camus de Acuario ha olvidado su vida antes de Athena.

Notes:

No entiendo aún AO3 (⁠っ⁠˘̩⁠╭⁠╮⁠˘̩⁠)⁠っ

Work Text:

Camus no recordaba exactamente su hogar.

 

Verde.

Azul.

Rojo.

 

Hacía mucho tiempo lo había comenzado a olvidar. Algunas veces, cuando dormía, entre los bordes de la inconsciencia y la conciencia del sueño era capaz de ver algo, ahí donde la neblina de sus propios recuerdos emergían cómo débiles chispas estaba su mundo luminoso. Antes de ser un santo de Atenea, antes de llegar a Grecia, y antes del dolor en su cuerpo y mente, había una época inocente, a pesar de sus dificultades. La casa en la villa de Eguisheim en la que solía vivir era pequeña, tenía algunas goteras en la temporada de lluvias. Y solía hacer mucho calor en verano. Pero tenía un pequeño jardín en el que su madre solía sembrar verduras junto a él, sonriendo mientras tarareaba canciones con voz dulce. La tierra que raspaba sus pequeños dedos en aquellos ayeres de primavera era reconfortante, una rutina a la que se había acostumbrado. Otras veces soñaba con su padre. Podía recordar el cansancio permanente en sus ojos ojerosos, casi tormentosos y que ocultaba frente a él cuando llegaba del trabajo. Recordaba cómo su boca se torcía con sorna cuando algo parecía gracioso, mientras resoplaba y se encogía de hombros finciendo indiferencia y murmuraba no tener tiempo para reír. Si tenía suerte, a veces llegaba de la fábrica en la que trabajaba con alguna golosina para él y unas rosas para su madre, mientras revolvía su cabello escarlata con suavidad, darle un beso a Ofelia (su madre) en la mejilla y sentarse para comer con ellos. Otras veces llegaba con prendas nuevas. Los vestidos que su madre usaba y remendaba hasta que ya no podían arreglarse, y los trenes de madera viejos eran sus tesoros, aún cuando la pintura se había empezado a caer. Ese era su mundo de luz. Inocente y suyo, dónde tenía la certeza de que tenía a su familia a su lado. Alguna vez, leyendo Demián de Hesse no pudo evitar pensar que su familia también era luminosa. Su familia era el huevo en el que amaba estar. Pero a diferencia de Sinclair, él no había roto ese cascarón por voluntad propia. Había veces donde deseaba no poder recordar más a ese mundo luminoso y que pertenecía a Dios. La memoria era más una maldición que una bendición que había aprendido a simplemente ignorar. Enterrarla bajo el cansancio de los entrenamientos y el estrés de las misiones.

 

Tenía 6 años cuando sus padres fallecieron. Un accidente aparatoso, un asesinato que no debía haber ocurrido. No a sus padres. Era la fiesta de la villa y su padre había insistido en llegar temprano para que Camus pudiera observar la feria desde el inicio. Se supone que debía ser una tarde para ellos. Y un par de borrachos simplemente se descontrolaron, y antes de que la gente lo notara, las balas resonaron en la plaza, perforando la piel del pecho de su padre, y el vientre de su madre. Ambos cayeron a la tierra, azotando sus cráneos con fuerza mientras la sangre salía a borbotones de sus heridas. Cuando el doctor se acercó,con los gritos angustiados de las personas asustadas, sus padres se habían ido. La nieve que se había estado derritiendo con la llegada de la primavera se tiñó de escarlata, del mismo color que el cabello de su madre y el suyo. A partir de ese momento supo que el mundo era injusto. Porque sus padres estaban muertos. Porque ellos eran buenas personas. Y aún así estaban muertos. Un par de meses después, en el orfanato del pueblo en el que había terminado luego del funeral de sus padres, organizado por algunos de sus vecinos llegó un hombre extranjero buscándolo. Piel bronceada, acento torpe y tosco, expresión enojada y cansancio permanente. Ni siquiera tuvo vergüenza en dar una bolsa de monedas a la monja que cuidaba el lugar frente a sus narices y llevar sin dudar de la mano. Cuando dejó Eguisheim, sólo llevaba una pequeña mochila con un libro que perteneció a su madre, un viejo peluche de conejo y un tren de madera que le habían regalado sus padres. Sus grandes ojos rojizos miraron por última vez la puesta del sol bañando la villa donde toda su vida había estado, mientras se alejaba con prisa; la luz escurriendo por las hojas de los árboles frondosos y las montañas tenebrosas.

 

No había calidez en la mano que sostenía la suya mientras lo llevaba lejos de casa. Llegó a Grecia un mes después. Agotado, confundido y abrumador. Porque Grecia era calor. Era ruido, era bullicio, y un dolor que se instalaba en su estómago, haciendo mirar con insistencia el cielo nocturno durante las noches. Nunca supo el nombre del soldado que lo trajo. Se le había encomendado una misión y se había limitado a cumplirla. Conoció al Gran Patriarca una semana después. La máscara inexpresiva de su rostro le resultó intimidante, y el gran casco de oro que cubría sus cabellos grisáceos era casi tan brillante como el sol. La túnica que resbalaba de sus hombros parecía suave, y mientras sus pasos resonaban en la alfombra de su habitación, Camus supo que el hombre frente a él, no era un hombre cualquiera. Se presentó como Shion. No fue grosero. No fue cruel. Le habló en francés con una fluidez que le tomó por sorpresa, y se aseguró de saber si había estado cómodo, si el soldado que lo trajo lo había tratado bien. Si había estado durmiendo y comiendo adecuadamente. Incluso le dejó sostener su casco, incluso cuando sus manos apenas podían cargar el objeto correctamente.

 

—Es… es pesado —murmuró quedito, con un pequeño puchero en sus labios, antes de volver a mirarlo.

 

—Por supuesto, es oro —replicó con suavidad, acariciando su cabello. No pude evitar pensar en su padre y su rostro amable. No pude evitar recordar la voz de su madre. No estaba seguro cuando las lágrimas empezaron a escurrir en sus mejillas pálidas. Shion estuvo con él esa noche antes de que lograra dormir otra vez.

 

Le tomó un mes entender exactamente cómo funcionaba el Santuario. Shion fue muy pragmático al explicarle con una calma que resultaba inquietante que su destino era convertirse en un santo dorado.Hombres que portaban armaduras y que protegían al mundo, al servicio de Atenea, la diosa de la guerra y la sabiduría. Le explicó cómo era la jerarquía social dentro de los santos, y cómo sería su entrenamiento a partir de ahora. De aquel momento habían pasado veinte años, y se había acostumbrado a su vida. Cómo Santo Dorado de Acuario, su vida era cuánto menos cansada, solía viajar demasiado. Ir aquí y allá donde lo necesitaran. Aunque hacía ocho años se había vuelto maestro de dos niños. Hyoga e Isaak eran sus nombres. Un niño tímido y uno más explosivo. Diez años, huérfanos. Sin familia. Nada. Así que el Patriarca simplemente había dado la orden de que sería maestro de ambos niños, y lo había mandado a Siberia. Estaba bien para él, a pesar del cansancio que significaba cuidar a dos niños. Eran amables. Eran dulces. Casi como sus hijos. Cuidarlos significaba no recordar. Porque recordar era doloroso, porque era ver sus fracasos claros. La risa de su madre, y la sonrisa de su padre se habían desvanecido en las tinieblas de su inconsciente. Los ojos de Isaak aunque aún claros como la nieve en su memoria, inevitablemente empezarían a borrarse también.

 

Porque Isaak…

Porque él…

El estaba…

 

—Maestro Camus —la voz de Hyoga lo trajo a la realidad nuevamente, sus ojos escarlatas parpadeando, antes de mirar el rostro de su joven alumno. Era cierto. Había salido para tomar un poco de aire y observar el movimiento de las estrellas al porche de la pequeña cabaña en la que había vivido desde su llegada a Siberia.

 

—Ah, lo siento Hyoga. ¿Pasó algo? Ya es tarde —murmuró, mientras miraba a su alumno acercarse a él, con una manta sobre sus hombros, y pararse a su lado, observando el cielo nocturno de Siberia. La noche brillaba con intensidad, mientras los luceros en el cielo parpadeaban, marcando las constelaciones que habitaban en el cielo nocturno.

 

—No podía dormir —admitió luego de unos momentos, con una expresión cansada. No contestó. Simplemente vislumbrar a Hyoga. Sus mechones rubios naturalmente rebeldes aplastados ligeramente por el movimiento de su cabeza contra la almohada, y las ojeras de las noches de insomnio habían comenzado a hacerse notar con rapidez también. Ciertamente, ver a Hyoga era como verso a sí mismo, una versión vulnerable que hacía años había sido enterrada. Escondida para no sufrir. Hyoga había dejado de ser ese niño tímido y ansioso que se escondía detrás de las puertas. Pero su corazón seguía ahí. Visibles, tangibles.

 

—Sabes, cuando tenía tu edad, me enviaron a una misión cerca del pueblo donde nací, en Francia. Fue una de mis primeras misiones como Santo. Ni siquiera recuerdo qué era lo que pasaba para que me hayan enviado. —Hyoga miró de reojo, esta vez curioso, antes de inclinar a un lado su rostro.

 

—No parece… no me parece que haya sido una visita agradable. Camus rió ligeramente. Una risa pequeña y hueca que lograba sonar sarcástica, antes de limitarse a asentir.

 

—Tienes razón. No lo fue. Hay muchas cosas que cambiaron, en realidad. Excepto las tumbas de mis padres. Murieron por accidente —admitió, tomando aire nuevamente mientras el chico rubio tomaba aire. —No tienes que poner esa cara. Hace mucho tiempo olvidé sus rostros. —Hyoga tragó el nudo en su garganta, asintiendo con cierta amargura.

 

—No entiendo porque me cuenta eso, maestro.

 

—Está bien extrañar a tu madre Hyoga. Pero tienes que dejarla ir. Algún día ese será el motivo de tu muerte —dijo con firmeza. Sus palabras sonaron intimidantes, incluso para él, ya juzgar de la manera en la que los hombros de Hyoga se tensaron, era claro que lo sabía. Porque sólo son humanos. Hyoga no replicó. Solo agachó la mirada, como si se sintiese avergonzado de sus propios sentimientos y su propia melancolía. Suspirando, Camus simplemente revolvió con suavidad su cabello rebelde. Un gesto silencioso de disculpa por la rudeza de sus palabras. Por tener que decir la verdad.

 

— ¿Qué te parece si descansamos una semana? Escuché que en Moscú habrá una función del lago de los cisnes. Dijiste que tenías ganas de verla ¿No?

 

—¿En serio? ¿Está bien que descansemos? —preguntó luego de unos momentos, aún reticente ante su propuesta. Era inusual. Porque a su maestro le gustaba tener todo bajo orden y control.

 

—Claro. Necesitamos despejarnos un poco de todas maneras —tarareó, mientras daba media vuelta para abrir la puerta de la cabaña.

 

—Vamos a descansar, ya es tarde. Hyoga avanzando, caminando detrás de su maestro, mirándolo de reojo, antes de apartar su mirada. Era extraño ver a su maestro de esa manera, en realidad. Usualmente su expresión solía ser serena, controlada, firme. Cómo un glaciar ante la tempestad, no cedía, no temblaba. Se había acostumbrado a ver esa misma expresión todas las noches, mientras observaba por la ventana como su maestro solía mirar el cielo nocturno. A pesar de todo eso, era un hombre dulce. Casi como si fuese su hijo. Las noches que pasaba a su lado cuando enfermaba. Las mañanas en las que solía prepararle un almuerzo adecuado para soportar el entrenamiento. Las clases sobre filosofía, ciencias, lengua y arte que solía tener desde que llegó a Siberia. Era la manera en la que su maestro demostraba la verdad detrás de su mirada inexpresiva. Incluso si sus palabras eran crueles. Después de todo, había sido su culpa el que Isaak estuviera muerto.

 

Porque se aferró a su madre. Porque seguía aferrándose a ella. E Isaak había pagado su osadía. Inevitablemente él también. Y aún así su maestro no lo había culpado, ni lo odiaba.

 

—Maestro, ¿Qué pasará si olvido el rostro de mi madre? —preguntó Hyoga antes de entrar a la cabaña, permitiendo que su expresión finalmente mostrara la crudeza del terror al olvido. Porque olvidar significaba que ya no importaba. Porque él era humano. Porque sería romper su mundo.

 

—Tu vida seguirá, aún con el olvido.

 

—Usted… ¿usted ha olvidado el rostro de sus padres?

 

—Si. 

Fue una respuesta corta. Una palabra que parecía mostrar la fragilidad de su propia alma y corazón.Porque Camus de Acuario era un humano, a pesar de su poder. Tan humano como él. Incluso si su rostro parecía sereno, por un momento vió la verdad detrás de esa palabra: la resignación en sus ojos escarlata.

 

—¿Ser santo era lo que deseaba, maestro? —preguntó en un susurro, apretando entre sus puños la tela de sus pantalones, angustiado ante las posibilidades de una respuesta. Después de todo, ¿Quién realmente era santo por gusto?

 

—No, realmente no.—Hyoga no replicó. Simplemente bajó la mirada. —Está bien Hyoga. Descansa ¿Vale? Mañana iremos al pueblo, necesitamos comida.

 

—Está bien —contestó, antes de pasar a su lado para tocar el pomo de la puerta de su cuarto, y abrirlo, volteando una última vez para mirarlo.

 

—Buenas noches.

 

—Buenas noches maestro.