Chapter Text
Tokuno Yushi era, objetivamente, hermoso.
No de una forma común.
Era de esos rostros que hacían girar cabezas en los pasillos, que dejaban conversaciones a medias y suspiros ahogados. Piel limpia, facciones delicadas, ojos oscuros y profundos, labios suaves y una presencia imposible de ignorar.
El omega perfecto, el omega que cualquier familia poderosa quería como parte de su árbol genealógico. Y Yushi odiaba eso, odiaba cómo lo miraban, cómo lo evaluaban, cómo lo medían..cómo si ya estuviera vendido. Desde los trece, cuando presentó como omega, sus padres habían comenzado con el desfile.
Hijos de empresarios, hijos de políticos, hijos de familias influyentes. Alfas, todos.
“Conocelo.”
“Salgan.”
“Dense una oportunidad.”
Como si el amor fuese una inversión, como si casarse fuera parte de la vida por haber nacido omega y en una familia adinerada y negada a que la empresa sea presidida por un omega soltero.
Yushi entendió rápido que no podía negarse de forma directa, sus padres no aceptaban negativas. Así que construyó otra estrategia: si querían venderlo, entonces él se volvería imposible de comprar. Por eso cultivó su reputación, frío, malhumorado, desagradable, no levantaba la voz jamás, no hacía escándalos.
No necesitaba realmente, pues le bastaba con mirar. Con esa expresión afilada, ese silencio incómodo, esa forma de observar que hacía sentir a cualquiera como si estuviera siendo juzgado.
Y cuando hablaba…Era peor, porque su voz era suave, bajita, preciosa pero lo que decía era cruel o seco, incómodo en lo suficiente para arruinar cualquier intento.
Las citas arregladas terminaban igual: el alfa de turno llevándolo de vuelta a casa con una sonrisa tensa, Yushi entrando primero, indiferente y después venían los gritos de sus padres; su madre diciéndole que era un maleducado, su padre preguntándole si entendía lo que estaba haciendo. Yushi sí entendía, lo hacía perfectamente. Estaba arruinándolo todo, ese era el punto.
Y en la escuela, las cosas no eran muy distintas.
Todos sabían quién era Tokuno Yushi. El omega lindo. El omega imposible. El omega que rechazaba a todos: Los alfas lo miraban. Los omegas lo observaban y analizaban con atención, porque traía a todos locos y Yushi ignoraba a la mayoría.
No tenía amigos. Nunca quiso tenerlos. Desde pequeño había aprendido algo: Las personas siempre querían algo. Atención, Beneficios, Conveniencia. Una amistad era solo una transacción disfrazada. Así que no veía el punto.
A veces alguien lo saludaba, a veces respondía, a veces no, dependía del humor y normalmente su humor era horrible. Esa mañana no era la excepción.
Entró al aula con su bolso al hombro y la cara de quien ya estaba cansado sin haber empezado el día. Se sentó junto a la ventana, apoyó la mejilla en la mano y abrió el celular.
Silencio y paz que duró menos de un minuto.
—Yushi.
Levantó la vista.
Kim Jaehee.
De todos los alfas del mundo, Jaehee era el único tolerable y eso era mucho decir.
Jaehee era raro. Hijo de Kim Doyoung, una de las personas más importantes dentro de la empresa de su padre y aun así…No era insoportable. Era amable.
Ridículamente amable.
A veces demasiado.
—¿Qué?.
Jaehee sonrió y le dejó una bebida sobre la mesa. —Te compré café.
Yushi miró el vaso con desinterés o sueño, nadie sabía muy bien. —No te lo pedí.
—Ya sé.
—Entonces, ¿por qué?
Jaehee se encogió de hombros. —Pensé que estabas de mal humor.
—Siempre estoy de mal humor.
Jaehee se rió cuando el omega tomó el café.
—A veces me olvido que sos alfa.
Jaehee parpadeó.
—¿Eso es algo bueno?
—Depende.
—Qué alentador.
Yushi bebió un sorbo.
— No fue un cumplido.
Jaehee volvió a reír.
Y esa era la cosa. Jaehee nunca parecía ofenderse, nunca insistía, nunca intentaba impresionarlo. Solo… estaba. Y Yushi, sorpresivamente, toleraba eso. Lo cual, viniendo de él, era muchísimo.
Fue entonces que el aula se alteró con ruidos, risas fuertes, pasos atolondrados por jugar a los empujones.
Yushi levantó la vista, molesto.
Era temprano. Demasiado temprano. Las siete y cuarto, medio café con leche encima y un aula entera llena de alfas oliendo a hormonas descontroladas. Hasta el recreo de las diez y algo de comida en el estómago, su paciencia era prácticamente inexistente.
Un grupo entró hablando fuerte y en el medio venía alguien que claramente era el centro de todo.
Jeong Sion.
Yushi lo reconoció solo porque había escuchado su apellido en alguna cena detestable con su padre: Hijo de Jeong Jaehyun y Lee Taeyong, familia rica, famosa, perfecta.
Qué sorpresa.
Sion se veía… brillante. Demasiado brillante con su piel tersa y pálida, cabello oscuro cayendo suave sobre la frente, ojos vivos, sonrisa fácil. Tenía esa energía insoportable de alguien naturalmente querido y se reía con alguien mientras avanzaba por el aula, hasta que sus ojos recorrieron el lugar y se detuvieron, para sorpresa de nadie, en Yushi.
Y obviamente que el omega le sostuvo la mirada, sin expresión y tras unos pocos segundos, decidió que no le agradaba.
Sion no apartaba la vista, al contrario, le sonrió.
Qué molesto.
Jaehee siguió la dirección de su mirada.
—Ah. Ese es Sion.
—Ya sé.
—Es nuevo en esta clase.
—No me importa.
Jaehee lo miró divertido. — Okay.
Yushi siguió con su café hasta que escuchó pasos acercándose, tuvo que levantar la mirada y se encontró con el alfa, frente a su pupitre sonriendo, como si fueran amigos.
Sion inclinó la cabeza cuando Yushi le miró con mala onda.
—Hola.
El omega lo observó en silencio y Jaehee, al lado, ya sabía lo que venía.
—Soy Sion.
—No pregunté.
Jaehee se tapó la boca disimuladamente, intentando no reírse, Sion pestañeó sorprendido y después…Se rió.
Eso hizo que Yushi lo mirara peor. Normalmente ahí terminaba todo. La gente se iba, se incomodaba, pero Sion se quedó y parecía feliz de esta interacción.
—Me gusta tu honestidad.
—No es honestidad. Es desinterés.
—También me gusta.
¿Qué clase de persona respondía así?
—¿Querés algo?
—Presentarme.
—Ya lo hiciste.
—Entonces, conocerte.
—No quiero.
Sion lo miró como si aquello fuera lo más divertido del mundo.
—Bueno. Yo sí quiero.
Yushi ladeó la cabeza. —Qué problema.
Sintió algo raro. Irritación. Pero una distinta, porque Sion no estaba nervioso. No parecía querer impresionarlo, no parecía medir sus palabras, solo hablaba normal.
Eso era nuevo.
Yushi volvió a mirar su celular, lo que significaba: conversación terminada.
O eso pensó.
Porque Sion se sentó en el pupitre de adelante y giró hacia él.
—Tokuno Yushi, ¿no?
Yushi alzó la vista lentamente. —¿Sabés lo molesto que sos?
El profesor entró pocos minutos después y el murmullo del aula se acomodó en un ruido bajo, de hojas moviéndose, sillas arrastrándose y mochilas cerrándose a medias. La rutina empezó como cualquier otra: explicaciones al frente, nombres escritos en la pizarra, ejercicios que Yushi ya sabía hacer antes de que siquiera terminaran de explicarlos.
Sentado junto a la ventana, con la luz gris de la mañana cayéndole sobre el perfil, Yushi fingía prestar atención mientras giraba un bolígrafo entre los dedos. O, mejor dicho, fingía ignorar porque podía escuchar perfectamente a Sion y a Jaehee justo delante hablando y hablando.
Al principio, Yushi pensó que sería la típica interacción incómoda donde alguien intentaba sacarle información sobre él a Jaehee.
Pasaba seguido.
“¿Tokuno siempre es así?”
“¿Tiene novio?”
“¿Le gusta alguien?”
“¿Es verdad que rechazó a—?”
Basura. Siempre lo mismo.
Pero esta vez no, Sion no había mencionado a Yushi ni una sola vez y eso llamó su atención más de lo que quería admitir.
—¿Y siempre estudiaste acá? —preguntó Sion, girando apenas en la silla para mirar a Jaehee.
Jaehee asintió. —Sí. Desde pequeño. A media cuadra hay un jardín de infantes…
—Debe ser cómodo seguir con el mismo curso.
—Supongo.
— ¿ Y tenés hermanos?
Yushi levantó apenas la vista de su cuaderno.
¿Qué clase de conversación era esa?
Jaehee parecía sorprendido, lo notó enseguida.
Porque Jaehee no estaba acostumbrado a que alguien quisiera conocerlo a él.
No como “el amigo de Yushi”. No como “el hijo de Doyoung”. Solo Jaehee y eso se veía en la forma en que sus hombros se relajaban, en cómo respondía más.
— dos hermanos mayores —dijo Jaehee.
—¿Se llevan bien?
—Sí… bastante. Viven solos así que, no es problema.
Sion sonrió.
—Qué suerte.
Jaehee sonrió de vuelta.
Yushi apretó un poco más fuerte el bolígrafo, molesto, sin razón o con una razón que no quería pensar.
Jaehee no hablaba tanto normalmente, con Yushi sí, a veces, pero con otros no. Porque la mayoría evitaba acercarse demasiado, no por él sino por Yushi.
Por asociación.
Estar cerca de Tokuno Yushi significaba exponerse a sus malos modos, a sus silencios incómodos y a esa mirada que parecía diseccionarte. Muchos simplemente preferían mantenerse lejos.
Y Jaehee, aunque nunca lo dijo, también cargaba con eso. No tenía otros amigos, solo Yushi y Yushi prefería que siguiera así. Simplemente era… práctico porque Jaehee ya conocía sus límites, sus silencios, sus malos días..agregar personas era innecesario.
Sion seguía hablando, como si no se cansara.
—¿Qué hacés después de clases?
—Voy a prácticas.
—¿De qué?
—Natación.
Los ojos de Sion brillaron. —¿En serio? Yo hacía atletismo.
—¿Hacías?
—Ahora no tengo tiempo.
La conversación fluía fácil. Natural.
Y eso empezó a irritar a Yushi de una forma absurda.
Su forma de inclinarse hacia Jaehee cuando escuchaba. Cómo parecía genuinamente interesado, no fingido, ni estratégico. Eso era raro.
La gente como Sion normalmente hablaba de sí misma, de sus logros, de su familia, el apellido..pero él estaba preguntando, escuchando y Jaehee se veía feliz, contestaba rápido y emocionado, con una sonrisita que siempre tenía cuando hablaba con Yushi.
Qué ridículo.
Sion soltó una risa baja por algo que Jaehee dijo y Jaehee se rio también.
Y ahí fue suficiente.
Sin decir nada, Yushi estiró la mano por debajo de la mesa y tironeó la manga del uniforme de Jaehee, una vez, seco, firme.
Jaehee se giró. —¿Hm?
Yushi ni lo miró, seguía viendo el cuaderno. —Ya está.
El alfa parpadeó preocupado. —¿Qué?
—Hablaste suficiente.
Jaehee entendió al instante,conocía ese tono. Ese tono que parecía indiferente, pero que escondía una orden.
Sion también entendió o al menos intuyó. Miró la mano de Yushi aferrando la manga de Jaehee y después lo miró a él. Yushi seguía evitando su mirada.
Ah.
Interesante.
Jaehee carraspeó.
— Pero…
—¿Qué?
—Estoy hablando…
—Lo noté.
Sion apoyó la mejilla sobre la mano, observando la escena con descarado entretenimiento.
—¿Te molesta?
Yushi levantó la vista por fin, sus ojos se clavaron en él. Fríos.
—Muchísimo.
Sion no pareció afectado.
—Pensé que no te importaba nada de lo que hago.
—No me importa.
—Entonces, ¿por qué esa cara?
Yushi lo miró fijo.—Tu voz es molesta.
Jaehee bajó la cabeza para esconder una sonrisa y Sion soltó una pequeña risa.
—Eso fue cruel.
—Podría ser peor.
El alfa inclinó la cabeza, divertido. —¿Siempre protegés así a Jaehee?
Yushi frunció el ceño.—No lo protejo.
Jaehee murmuró: —Un poco sí.
El omega le dio una mirada asesina y su amigo levantó las manos.
—Solo digo.
El resto de la clase transcurrió con una lentitud casi insoportable, como si el reloj se hubiera puesto de acuerdo para avanzar más despacio solo para fastidiarlo. Yushi intentó concentrarse, de verdad lo hizo; mantuvo la vista fija en su cuaderno, copió lo que el profesor escribía en la pizarra e incluso se obligó a releer varias veces el mismo párrafo del libro para fingir, al menos frente a sí mismo, que estaba prestando atención. Pero era inútil.
Cada cierto tiempo, inevitablemente, la voz de Sion volvía a colarse en su espacio, baja y ligera, con ese tono relajado de alguien que parecía hablar con una facilidad irritante, como si conectar con los demás fuera algo simple. Y lo peor no era escucharlo, sino escucharlo hablando con Jaehee. Porque cada vez que Jaehee respondía o soltaba una pequeña risa —una risa genuina, más suelta de lo habitual— Yushi sentía una presión extraña instalándose en el pecho, algo pequeño pero constante, como una incomodidad difícil de nombrar, como si algo dentro suyo se estuviera moviendo de lugar sin permiso.
No le gustaba esa sensación. No le gustaba en absoluto, principalmente porque no lograba entenderla.
Cuando el timbre finalmente sonó, marcando el inicio del almuerzo, Yushi se levantó con una rapidez casi automática, como si hubiera estado esperando ese sonido desde hacía horas. Guardó sus cosas con movimientos secos y precisos, metiendo libros y cuadernos dentro del bolso sin prestar demasiada atención, más concentrado en salir de ahí que en cualquier otra cosa.
Jaehee hizo lo mismo a su lado, acomodándose la mochila sobre un hombro, y durante un instante pareció que ambos simplemente seguirían con su rutina de siempre, saliendo juntos del aula para después separarse en algún punto del pasillo. Pero antes de que pudieran dar siquiera dos pasos, la voz de Sion volvió a detenerlos.
—Jaehee.
Ambos giraron casi al mismo tiempo, encontrándose con Sion de pie junto a su pupitre, mirándolos con esa expresión tranquila y abierta que, por algún motivo, empezaba a irritar profundamente a Yushi.
—¿Querés almorzar conmigo?
La pregunta fue simple, dicha con naturalidad, como si no tuviera ningún peso detrás, pero para Jaehee pareció tenerlo todo. Se quedó inmóvil en el acto, con la correa de la mochila apretada entre los dedos y la mirada yendo de Sion a Yushi como si de pronto lo hubieran obligado a tomar una decisión imposible. Yushi lo notó enseguida, porque conocía a Jaehee demasiado bien como para no hacerlo. Sabía leerlo incluso en sus silencios, en la forma en que tensaba los hombros o bajaba un poco la mirada cuando se sentía atrapado entre dos opciones. Y en ese momento era evidente lo que estaba pasando por su cabeza: quería decir que sí. Se le notaba en la curiosidad apenas contenida, en la sorpresa genuina de que alguien quisiera compartir tiempo con él por él mismo y no como una vía para acercarse a Yushi.
Porque eso era lo que solía pasar. La mayoría de las veces, cuando alguien se acercaba a Jaehee, era para preguntar por Yushi, para usarlo como puente o excusa, nunca porque realmente quisieran conocerlo. Pero Sion no había hecho eso. Desde que empezó a hablarle, le había preguntado sobre él, sobre sus cosas, sus intereses, su vida. Y Jaehee, que no estaba acostumbrado a ese tipo de atención desinteresada, claramente lo había notado.
Yushi sintió algo helado cruzarle el pecho, una sensación incómoda y punzante que inmediatamente quiso clasificar como molestia, porque cualquier otra explicación sería absurda.
Sí, tenía que ser eso. Molestia.
Porque si Jaehee empezaba a hacerse amigo de Sion, eso significaba algo muy concreto: Jeong Sion iba a empezar a estar alrededor con más frecuencia. Más cerca. Más presente. Más integrado en un espacio que hasta ese momento había permanecido cerrado y delimitado. Y Yushi ya había decidido hacía mucho tiempo que tolerar un alfa era más que suficiente para su vida. No necesitaba otro, y definitivamente no uno que pareciera sonreír tanto y con tanta facilidad.
Jaehee seguía quieto, visiblemente atrapado entre lo que quería hacer y lo que sentía que debía hacer, y esa lucha interna era tan transparente que casi daba ternura.
Siempre había sido así, incapaz de ocultar nada; todo lo llevaba en la cara, desde la emoción hasta la culpa, desde la ilusión hasta la incomodidad. En ese momento parecía exactamente un cachorro perdido, mirando a un lado y al otro, intentando decidir qué camino seguir sin herir a nadie en el proceso.
Sion, por su parte, simplemente esperaba. No insistía, no apuraba la respuesta ni hacía presión alguna, y eso solo empeoraba las cosas, porque si hubiera sido insistente o arrogante, Yushi habría tenido una razón válida para intervenir y mandarlo lejos. Pero no. Sion estaba siendo amable, paciente, genuinamente abierto, y eso lo volvía mucho más difícil de rechazar.
Tragó saliva antes de hablar, pero la duda lo hizo detenerse a mitad de camino. Sus ojos fueron primero hacia Yushi, después hacia Sion y luego de vuelta hacia Yushi, como si buscara permiso o, al menos, una señal de qué hacer. Yushi no necesitó escuchar nada para entenderlo.
Si Jaehee aceptaba, él almorzaría solo, como siempre lo hacía: en la biblioteca, en algún rincón apartado del patio o detrás del edificio principal, donde nadie lo molestara y pudiera pasar el recreo en paz. Eso nunca había sido un problema. La soledad era cómoda, predecible, segura. Pero esta vez era diferente, porque no se trataba simplemente de estar solo; se trataba de que Jaehee estuviera eligiendo irse con alguien más. Y esa diferencia, por mínima que fuera, le apretó algo dentro de forma desagradable.
Era ridículo. Jaehee no le pertenecía. No era suyo, no era una extensión de él y tenía todo el derecho de hablar con quien quisiera o compartir su tiempo con quien quisiera. Yushi lo sabía, racionalmente lo sabía. Por eso, después de unos segundos de silencio incómodo, habló sin siquiera mirarlo, manteniendo la vista fija en el cierre de su bolso mientras terminaba de guardarlo.
—Hacé lo que quieras.
Las palabras salieron secas, desinteresadas, incluso un poco ásperas, pero Jaehee entendió perfectamente lo que significaban realmente, porque conocía a Yushi desde hacía demasiado tiempo como para quedarse con la superficie de lo que decía. Sabía que detrás de ese tono duro había un “andá, está bien” que Yushi jamás pronunciaría de forma directa, porque la amabilidad en él siempre llegaba rota, torcida, escondida detrás de palabras mal elegidas y actitudes frías.
Aun así, Jaehee no se sintió bien con eso. Nunca le había gustado dejarlo atrás, y menos ahora que podía notar que algo en Yushi estaba extraño, aunque probablemente ni él mismo supiera qué. Habían crecido juntos, y con los años Jaehee había aprendido que el verdadero Yushi era mucho más complejo de lo que mostraba.
Sí, era arisco, malhumorado y difícil de tratar, pero también podía ser divertido, extrañamente ingenioso e incluso considerado en sus propias formas torpes. Solo que casi nadie llegaba a verlo. Por eso, apretando un poco más fuerte la correa de su mochila, Jaehee alzó la vista y preguntó con genuina intención:
—Podemos… ir los dos, ¿no?
La propuesta no nació de la lástima, sino de algo mucho más simple y honesto: no quería elegir entre uno y otro. Quería conocer a Sion, sí, pero tampoco quería dejar a Yushi solo, no cuando sentía que eso significaba algo más de lo habitual.
Sion miró a Yushi por un momento, como evaluando la situación con rapidez, y después asintió con una naturalidad desconcertante.
—Obvio. No hay problema.
Y ahí fue donde Yushi sintió la irritación subirle por el cuello como calor. Porque Sion lo hacía ver fácil, como si integrarlo a esa escena fuera lo más normal del mundo, como si pudiera entrar en un espacio que Yushi llevaba años manteniendo cerrado y reorganizarlo con una simple sonrisa. Lo odiaba.
Odiaba que Jaehee quisiera ir. Odiaba que Sion hiciera que todo pareciera sencillo.
Cuando Jaehee intentó sujetarlo de la muñeca para detenerlo, se apartó de inmediato, dando un paso atrás con esa rapidez instintiva que usaba siempre que sentía que algo lo desbordaba.
—No.
Jaehee frunció el ceño, confundido.
—Yushi…
—Me voy.
Lo dijo simple, firme, sin dramatismo, como si realmente no importara.
—Pero podés venir —insistió Jaehee.
Yushi levantó la mirada hacia él y, por primera vez en esos minutos, dejó que esa pequeña herida interna asomara lo suficiente como para endurecerle más la expresión. Porque el problema nunca había sido almorzar solo; el problema era esa sensación absurda de ser reemplazable, de darse cuenta de que incluso el único vínculo constante que tenía podía moverse hacia otro lado. Y eso era injusto, porque él mismo había construido esa distancia con el mundo. Él mismo había levantado esas paredes. No podía molestarse porque alguien decidiera no quedarse encerrado con él detrás de ellas.
—No quiero —dijo finalmente.
Y aunque, como siempre, no sonó amable, Jaehee entendió que esa era la única forma que Yushi tenía de protegerse.
Sin agregar nada más, giró sobre sus talones y empezó a caminar por el pasillo, alejándose rápido, con las manos hundidas en los bolsillos y la espalda rígida de quien está sosteniendo algo incómodo dentro de sí.
Jaehee se quedó mirándolo irse, con la culpa asentándose pesada en el pecho, hasta que en voz baja, casi para sí mismo, preguntó:
—¿Se enojó…?
Sion siguió con la mirada la figura del omega alejándose hasta desaparecer al doblar el pasillo, fijándose en detalles que otros probablemente habrían pasado por alto: la tensión en sus hombros, la mandíbula apretada, la forma deliberada en que no miró atrás ni una sola vez.
Y entonces sonrió apenas, entendiendo algo que quizá Jaehee todavía no veía.
—No —dijo al final—. Creo que está celoso.
—¿Qué?
Sion soltó una risa. —De perderte.
Jaehee abrió mucho los ojos.
—¿Yushi? ¿Celoso?
—No románticamente.
Jaehee casi se atragantó. —Obviamente.
Sion rió. Después miró otra vez hacia donde Yushi se había ido.
Tokuno Yushi no era frío; nunca lo había sido realmente. Lo que tenía delante no era indiferencia, sino defensa, y entre ambas cosas existía una diferencia enorme que la mayoría de las personas no sabía distinguir.
La gente fría de verdad no buscaba atención de formas torpes, no tironeaba de una manga para interrumpir una conversación que no le gustaba, no se quedaba pendiente de lo que otros hablaban ni se iba con esa rigidez contenida, con la mandíbula tensa y la mirada fija al frente como si estuviera reprimiendo algo. No. La indiferencia era limpia, sencilla, distante. Lo de Yushi no era eso.
Yushi sentía, probablemente más de lo que quería admitir, pero parecía detestar cada emoción que lo atravesaba y hacía todo lo posible por disfrazarla de fastidio.
Mientras tanto, el omega caminaba solo por el pasillo con el almuerzo apretado entre las manos y una sensación desagradable instalada en el pecho, una mezcla amarga de irritación y algo más difícil de nombrar que no terminaba de acomodarse dentro suyo. Estaba molesto, sí, eso era evidente, pero ni siquiera sabía con quién exactamente.
Con Jaehee, por haber dudado. Con Sion, por aparecer de la nada y alterar una rutina que hasta esa mañana funcionaba perfectamente. Y, sobre todo, consigo mismo, por reaccionar de una manera tan absurda ante algo que no debería importarle.
Terminó refugiándose en su lugar habitual, ese rincón detrás del edificio principal donde casi nadie iba porque no había nada interesante que ver, solo pared, sombra y un pequeño espacio de silencio lejos del ruido constante del patio. Se dejó caer contra la pared y abrió su almuerzo con movimientos mecánicos, como si el simple acto de seguir una rutina pudiera acomodarle la cabeza, pero apenas dio un par de bocados entendió que no tenía hambre. Su mente volvía una y otra vez a la misma escena: la expresión dudosa de Jaehee, la culpa en su mirada, las ganas evidentes que tenía de quedarse con Sion. Y después, inevitablemente, volvía a esa sonrisa. Esa sonrisa tranquila, fácil, casi insolentemente cómoda.
Yushi apretó con más fuerza los palillos entre los dedos, frunciendo el ceño como si eso pudiera espantar el recuerdo.
—idiota… —murmuró para sí, con la voz tan baja que apenas se escuchó.
Aunque, para su propia molestia, ni siquiera estaba seguro de a cuál de los dos se refería.
El almuerzo terminó siendo exactamente como había imaginado: solo, silencioso y con esa sensación incómoda todavía pegada al pecho, como una astilla imposible de sacar. Después de unos minutos más, guardó la comida a medio terminar y decidió moverse antes de seguir dándole vueltas al asunto. La biblioteca siempre era una buena opción cuando quería desaparecer del mundo por un rato.
Era, probablemente, su lugar favorito dentro de toda la escuela.
No porque fuera particularmente apasionado por la lectura —aunque leer le gustaba—, sino porque la biblioteca era uno de los pocos espacios donde el silencio era una regla y no una elección extraña. Nadie insistía en hablarle, nadie lo miraba esperando algo de él y, por un rato, podía existir sin sentirse observado.
Apenas cruzó las puertas, lo recibió ese silencio pesado y antiguo que siempre parecía envolver el lugar, acompañado por el olor característico del papel envejecido, la madera vieja y el polvo acumulado entre los estantes altos que se elevaban hasta casi tocar el techo. Había algo casi sagrado en ese ambiente, una calma inmóvil que hacía que incluso respirar sonara demasiado fuerte.
Yushi fue directo hacia una de las mesas del fondo, la más apartada, junto a una ventana alta por donde entraba una luz tenue y grisácea que caía sobre la madera en líneas suaves. Dejó sus cosas, se acomodó en la silla y se puso los auriculares, dejando que la música sonara baja, apenas lo suficiente para ocupar el espacio vacío sin invadirlo.
Mientras terminaba los pocos bocados que le quedaban del almuerzo, sacó el celular y volvió a uno de esos videos extraños que solía ver cuando quería distraerse de su propia cabeza. Eran videos de casos místicos, teorías imposibles, rituales antiguos y criaturas que supuestamente existían fuera de toda lógica. No creía realmente en nada de eso; le parecía absurdo, casi ridículo, pero precisamente por eso le resultaba entretenido. Había algo extrañamente relajante en pensar en cosas imposibles, en problemas ajenos a la realidad concreta que lo rodeaba. Cosas que no involucraban matrimonios arreglados, expectativas familiares o alfas insoportables.
Mientras el video seguía reproduciéndose, hablando de símbolos arcanos y entidades antiguas, Yushi estiró la mano casi por inercia hacia uno de los estantes cercanos y tomó un libro viejo que había visto varias veces, aunque nunca se había detenido a abrirlo. Era grueso, pesado, con tapas negras gastadas y sin ningún título visible en el lomo, como si el tiempo hubiera borrado cualquier pista sobre su contenido. Siempre le había llamado la atención precisamente por eso; tenía esa estética antigua y extraña que parecía sacada de una película.
Lo abrió por simple curiosidad, esperando encontrar algún texto viejo o una recopilación de mitos, pero desde las primeras páginas notó que había algo raro. No parecía un libro escolar, ni tampoco una novela. Sus páginas estaban llenas de dibujos, diagramas extraños, símbolos que parecían formar patrones y fragmentos escritos en idiomas que Yushi apenas podía reconocer. Algunos parecían latín, otros eran completamente ajenos para él.
Fue pasando páginas sin demasiado interés, observando criaturas aladas, bestias con múltiples ojos, seres sin sombra y figuras imposibles que parecían inventadas por alguien con demasiado tiempo libre y demasiada imaginación. Todo sonaba ridículo, entretenido, sí, pero ridículo.
Hasta que una página en particular hizo que se detuviera.
No era exactamente una ilustración detallada.
Era más bien una silueta.
Y algo en ella captó su atención de inmediato.
Yushi bajó el volumen de la música y se inclinó un poco más sobre la mesa, observando con cuidado aquella figura extraña. Se trataba de una pequeña criatura con forma de estrella de cinco puntas, redondeadas y suaves, acompañada por dos pequeñas alas que sobresalían a los lados y una especie de estela luminosa que caía desde su base, terminando en una estrella aún más pequeña, como un adorno suspendido. El dibujo era simple, casi incompleto, como si quien lo hubiera hecho quisiera mostrar su forma general pero reservarse los detalles importantes.
Debajo de la silueta había pequeñas anotaciones escritas con tinta desgastada, descripciones breves y observaciones dispersas que parecían hablar de su comportamiento y naturaleza, como si alguien hubiera dedicado años a estudiarla.
Yushi leyó.
"Entidad astral menor."
"No posee lenguaje oral."
"Presenta alta capacidad expresiva corporal y emocional."
"Tiende a vincularse con el primer invocador."
Yushi frunció el ceño.
—Qué estupidez…
Siguió leyendo con más atención, recorriendo con la vista las anotaciones dispersas que acompañaban la silueta. La mayoría eran descripciones breves sobre la naturaleza de la criatura: su incapacidad para hablar, su tendencia a expresarse a través de movimientos y emociones exageradas, y algo sobre un vínculo de lealtad con quien la invocara. Todo sonaba lo suficientemente absurdo como para mantenerlo entretenido, hasta que, más abajo, casi al final de la página, encontró una inscripción diferente al resto.
Estaba escrita con otra tinta, más oscura, como si hubiera sido añadida después.
Una frase en latín.
Debajo, una pequeña anotación explicaba:
"Canticum liberationis".
(Cántico de liberación.)
Yushi arqueó una ceja mientras repasaba las palabras.
Debajo, en una letra más pequeña y casi borrada por el tiempo, había una advertencia simple:
"Pronuntia ter, et astrum respondebit."
(Pronúncialo tres veces y la estrella responderá.)
Yushi soltó una pequeña risa nasal, apoyando el codo sobre la mesa mientras negaba con la cabeza.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Le parecía el tipo de cosa que alguien escribiría para hacer más interesante un libro mediocre.
Levantó la vista por reflejo y observó alrededor.
La biblioteca seguía hundida en su calma habitual. La bibliotecaria seguía en su escritorio, medio dormida detrás de una montaña de libros, y al otro extremo del salón había dos estudiantes concentrados en sus propios apuntes, demasiado lejos como para prestar atención a cualquier cosa que él hiciera.
Nadie lo miraba.
Nadie estaba pendiente.
Volvió la vista al libro y leyó la frase en voz baja, casi burlándose de ella.
—Stella errans, lumen clausum, solve vinculum et ad me veni.
La traducción escrita debajo era simple:
"Estrella errante, luz encerrada, rompe tu vínculo y ven a mí."
Yushi sonrió apenas, divertido por lo dramático que sonaba.
Esperó un segundo.
Nada.
Se recostó en la silla, soltando una exhalación por la nariz.
Obvio.
Volvió a inclinarse y la repitió una segunda vez, esta vez con menos cuidado, arrastrando algunas palabras.
—Stella errans, lumen clausum, solve vinculum et ad me veni.
Otra vez, nada.
Yushi resopló, ya dispuesto a cerrar el libro y seguir con su video, pero antes decidió hacerlo una tercera vez, solo por completar la ridiculez.
—Stella errans, lumen clausum, solve vinculum et ad me veni.
Y entonces el aire cambió.
No fue algo visible al principio.
Fue una sensación.
Una presión extraña, como si el ambiente se hubiera vuelto más pesado de golpe, como si el silencio de la biblioteca hubiera adquirido un peso físico.
Yushi se quedó inmóvil.
La sonrisa desapareció de su cara.
La página bajo sus manos empezó a emitir un brillo tenue.
Verdoso.
Débil al principio, como polvo iluminado atrapado entre las hojas.
Pero en cuestión de segundos, esa luz comenzó a expandirse, deslizándose entre las letras antiguas como si algo estuviera despertando dentro del papel.
Yushi apartó la mano de golpe, el corazón dándole un salto brusco dentro del pecho mientras veía cómo los símbolos comenzaban a encenderse uno por uno.
—…¿Qué?
El libro vibró debajo de sus manos.
No fue un temblor fuerte, sino algo breve y contenido, como un pequeño pulso latiendo desde el interior de las páginas, como si algo dormido hubiera despertado de golpe. Yushi se quedó inmóvil, mirando fijamente el centro del papel mientras el brillo verdoso seguía extendiéndose entre las líneas y símbolos antiguos, iluminando las letras con una intensidad cada vez mayor. Durante un segundo entero su cerebro intentó encontrar una explicación lógica —algún truco de tinta sensible al calor, alguna reacción química absurda, cualquier cosa—, pero no tuvo tiempo de llegar a ninguna conclusión, porque al instante siguiente el libro tembló con más fuerza y una pequeña nube de polvo brillante explotó desde el centro exacto de la página.
El sonido fue leve, apenas un puf seco, casi ridículo para algo tan imposible, pero hizo que Yushi se echara hacia atrás tan rápido que la silla rechinó violentamente contra el suelo y casi perdió el equilibrio. Se sostuvo de la mesa por reflejo, con el corazón golpeándole las costillas mientras veía cómo aquellas partículas verdes quedaban suspendidas en el aire, flotando como polvo atrapado en un rayo de luz, brillando suavemente antes de empezar a caer.
Y en medio de esa nube luminosa había algo.
No una cosa indefinida.
No humo.
No una ilusión.
Algo.
Una pequeña criatura.
Yushi parpadeó una vez, luego otra, convencido de que sus ojos estaban interpretando mal lo que tenía delante, pero la figura seguía ahí, tomando forma mientras el polvo se disipaba lentamente.
Era una estrella.
Una estrella literal, pequeña y perfectamente definida, de un verde brillante y vivo, con cinco puntas redondeadas que le daban una apariencia menos rígida, casi suave. De ambos lados salían dos pequeñas alas blancas que se agitaban con torpeza, como si acabara de despertar y todavía estuviera acostumbrándose al movimiento, y desde su parte inferior colgaba una pequeña estela luminosa que descendía en una línea fina hasta terminar en una estrella todavía más pequeña, como un pequeño adorno suspendido.
Flotaba.
Se movía.
Y estaba viva.
La sola idea era absurda.
Yushi se quedó completamente congelado, incapaz de apartar la mirada, con esa sensación de incredulidad pegada a la nuca, como si cualquier movimiento brusco fuera a romper lo que estaba viendo. La criatura también se quedó quieta, suspendida frente a él con sus ojitos ovalados brillando en su dirección, encantados.
Se observaron en silencio durante un segundo que se sintió mucho más largo.
Y entonces la estrella hizo algo completamente inesperado.
Se sacudió. Exactamente como Jaehee cuando salía de la piscina y buscaba molestarlo mojandolo con su cabello.
Todo su pequeño cuerpo tembló de un lado a otro y pequeñas partículas brillantes salieron despedidas, cayendo sobre la mesa, sobre el libro y sobre el uniforme de Yushi. Después giró una vez sobre sí misma, una vuelta pequeña y rápida, y agitó sus alitas con energía, como si acabara de liberarse de algo pesado y aquello la hiciera sentir ligera.
Parecía feliz.
Esa fue la parte que más desconcertó a Yushi.
No la aparición, ni la magia, tampoco la existencia de una estrella viva. Sino el hecho de que esa cosa parecía feliz de estar ahí.
Levantó la cabeza de golpe y miró alrededor, alarmado, esperando encontrar alguna reacción, algún gesto de sorpresa, alguien señalándolo o preguntando qué había pasado.
Nada.
La biblioteca seguía hundida en su calma habitual.
La bibliotecaria seguía medio dormida detrás del escritorio, con la cabeza inclinada sobre un libro abierto. Los dos estudiantes del fondo seguían escribiendo, concentrados en lo suyo.
Nadie miraba.
Nadie parecía haber visto cómo una criatura acababa de salir de un libro frente a él.
Volvió la vista hacia la mesa y la estrella seguía ahí, flotando. Moviendo las pequeñas alas con calma, balanceándose ligeramente en el aire como si aquello fuera perfectamente normal.
Yushi sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué carajos…? —murmuró, apenas moviendo los labios.
La criatura se inclinó hacia él al escuchar su voz y, de una forma extrañamente expresiva, bajó un poco las puntas superiores de su cuerpo, como si de pronto se hubiera sentido avergonzada.
Yushi la miró durante un segundo.
Después, por puro reflejo, cerró el libro de golpe.
El sonido seco hizo que la estrella pegara un pequeño saltito en el aire.
Pero siguió ahí. No desapareció.
Yushi frunció el ceño y volvió a abrir el libro.
La página estaba vacía. Completamente vacía. Se quedó mirándola, esperando que el dibujo reapareciera.
Nada.
Volvió a cerrarlo.
Lo abrió otra vez.
Blanco.
Sin texto.
Sin ilustración.
Sin la descripción.
Sin la invocación.
Nada.
Levantó la vista hacia la criatura.
Después bajó la mirada al libro.
Y volvió a mirar a la criatura.
—No.
La estrella giró un poco sobre sí misma, como si no entendiera.
Yushi negó con la cabeza.
—No, no, no.
Eso no estaba pasando, no podía estar pasando. Las cosas así no pasaban, no en una biblioteca, no por leer tres veces una frase absurda.
No a él.
La estrella, como si notara su agitación, se acercó un poco más, flotando despacio, y de pronto empezó a moverse rápido frente a él, subiendo y bajando, girando sobre sí misma y haciendo pequeños gestos con sus puntas, como si intentara explicarle algo.
Yushi la observó, todavía con el pulso acelerado.
Entonces recordó lo que había leído.
La falta de habla. El exceso de expresiones.
Parpadeó.
—¿No hablás?
La estrella se detuvo al instante.
Sus puntas bajaron un poco y su brillo pareció apagarse apenas, como si la pregunta la hubiera entristecido.
Después hizo un pequeño movimiento hacia arriba y abajo. Una especie de asentimiento o lo más parecido que una estrella podía hacer.
Yushi se quedó mirándola, sintiendo cómo el cerebro se negaba a seguir procesando.
—Perfecto… —murmuró, llevándose una mano a la frente—. Invoco una cosa rara y encima es muda.
La reacción fue inmediata.
La estrella infló su brillo de golpe, volviéndose más luminosa, y se dio vuelta en el aire con una velocidad dramática, dándole la espalda —si es que eso tenía sentido— como si acabara de ofenderse profundamente.
Yushi entrecerró los ojos.
Incrédulo.
—¿Podés ofenderte pero no hablar?
La estrella giró hacia él de golpe y agitó las alas con fuerza, temblando de indignación.
Era ridículo.
Absolutamente ridículo.
El silencio que siguió fue largo y extraño, pesado de esa forma incómoda que solo existe cuando uno ya no sabe qué hacer con una situación.
Yushi apoyó ambas manos sobre la mesa y bajó la cabeza, respirando lento.
—Me volví loco —susurró.
La estrella lo observó unos segundos y, con una suavidad inesperada, se acercó despacio hasta quedar frente a su rostro.
Antes de que Yushi pudiera reaccionar, una de sus puntas tocó su frente.
Un pequeño golpecito. Ligero, casi correctivo. Como si le estuviera diciendo que no.
Yushi abrió los ojos de golpe. Lo había sentido, lo había sentido de verdad, no era una alucinación, no era estrés, no era un sueño.
Era real.
Se apartó tan rápido que volvió a hacer rechinar la silla.
—¡No me toques!
La estrella dio un saltito hacia atrás en el aire, claramente asustada por su reacción, y se quedó quieta, con las alas tensas.
Yushi respiraba rápido ahora, con la mirada fija en aquella cosa imposible.
Una estrella viva.
En una biblioteca escolar.
Como si eso tuviera sentido.
Y entonces lo recordó.
La última línea del libro.
La advertencia.
"Tiende a vincularse con el invocador."
Sintió un vacío inmediato en el estómago.
Volvió a mirar a la criatura y la criatura lo miró de vuelta.
Y lentamente, como si aquella frase acabara de confirmar algo importante, la pequeña estrella descendió y se acomodó encima del libro cerrado, apoyándose con total naturalidad sobre la tapa negra, como si ese lugar le perteneciera.
Como si ahora le perteneciera a él.
Yushi la miró fijo.
La criatura, completamente ajena al desastre mental que acababa de provocarle, parecía bastante cómoda allí, balanceándose apenas de un lado a otro sobre la tapa negra, con sus pequeñas alas moviéndose en intervalos suaves, como si respirar y existir dentro de aquella biblioteca fuera lo más normal del mundo.
El problema era que no lo era.
Yushi todavía estaba intentando entender qué carajos acababa de pasar, si aquello era real o si de verdad había perdido la cabeza por el estrés acumulado, cuando el sonido estridente del timbre atravesó el silencio de la biblioteca y lo hizo dar un pequeño salto.
El final del almuerzo.
Tenía que volver a clases.
Y, por un segundo absurdo, esa realidad cotidiana le pareció incluso más irreal que la criatura flotando frente a él.
Miró el reloj. Tarde.
Genial.
Bajó la mirada hacia la estrella.
La estrella lo miró de vuelta.
Silencio.
—No.
La estrella inclinó apenas su cuerpo.
—No venís conmigo.
La pequeña criatura giró sobre sí misma, como si no entendiera la lógica detrás de esa afirmación.
Yushi cerró los ojos un segundo, pasándose una mano por la cara.
Pensá…Pensá. No podía dejarla ahí pero definitivamente tampoco podía llevarla así, flotando al lado suyo por los pasillos.
Y tampoco podía volver a meterla en el libro, porque el libro ya ni siquiera tenía la página.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
Abrió la mochila de golpe.
—Metete ahí.
La estrella lo miró, después miró la mochila y volvió a mirarlo, como si evaluara seriamente la propuesta.
—Dale —murmuró Yushi, bajando la voz—. Ahora.
La estrella dudó unos segundos, pero finalmente descendió y se dejó caer dentro de la mochila, acomodándose entre los cuadernos y el estuche.
Yushi cerró el cierre casi por completo, dejando una pequeña abertura para que pudiera respirar.
No sabía si necesitaba respirar, pero por si acaso.
Se quedó quieto un segundo, esperando y nada explotó ni brilló.
Bien.
Se colgó la mochila y salió de la biblioteca con pasos rápidos, intentando convencerse de que todo estaba bajo control.
No lo estaba.
Lo supo apenas dobló el primer pasillo y sintió un pequeño movimiento dentro de la mochila.
Como algo acomodándose.
Apretó los labios.
—Quieta —murmuró por lo bajo.
La mochila se movió otra vez.
Yushi siguió caminando más rápido.
Cuando entró al aula, el profesor todavía no había llegado y varios alumnos seguían acomodándose en sus lugares.
Jaehee ya estaba sentado.
Y Sion también.
Yushi evitó mirar a ambos y fue directo a su asiento, dejando la mochila sobre la silla con un cuidado excesivo.
Demasiado cuidado.
Jaehee lo notó. Obviamente lo notó.
El omega se sentó y apoyó una mano encima de la mochila para evitar cualquier movimiento sospechoso.
Todo iba relativamente bien hasta que la mochila vibró. Apenas, pero vibró.
Yushi se quedó tieso y Jaehee levantó una ceja.
—¿Qué hacés?
—Nada.
Jaehee lo miró.
—Estás abrazando tu mochila.
—Y vos estás mirando demasiado.
Jaehee frunció un poco el ceño.
Y ahí fue cuando vio un pequeño brillo escapando por la abertura del cierre. Mínimo, pero visible.
Jaehee parpadeó. Yushi lo vio verlo.
Maldición.
El alfa entrecerró los ojos. —¿Qué es eso?
—Nada.
—Yushi..
—Nada.
Jaehee se inclinó un poco hacia él, claramente intentando mirar mejor y Yushi agarró la mochila de inmediato, poniéndose de pie rápidamente.
—Vení.
—¿Qué?
—Ahora.
No esperó respuesta.
Lo tomó de la muñeca y lo arrastró fuera del aula justo antes de que entrara el profesor, llevándolo hasta uno de los pasillos vacíos cerca de las escaleras de emergencia.
Jaehee tropezó un poco intentando seguirle el ritmo.
—¡Yushi! ¿Qué pasa?
Le soltó su muñeca y se giró hacia él con la mochila todavía apretada contra el pecho. Su expresión era seria, demasiado seria.
—Lo que veas, no lo contás.
Jaehee parpadeó. —¿Qué?
—Y si lo contás, te mato.
Jaehee lo miró un largo rato, en silencio y después inclinó la cabeza suave hacia un costado, extrañado.
— ¿a qué se debe la amenaza?
El omega abrió la mochila, lo suficiente para que pueda ver y lo primero que Jaehee pensó fue “Se volvió loco” porque no había nada o eso creyó.
Miró a Yushi y él le miraba con intensidad. Así que le dio una segunda oportunidad y buscó con su mirada alguna cosa anormal en la mochila de su amigo.
Nada.
Volvió a mirar a Yushi.
Sus ojos tenían esa expresión cuidadosa que uno usaba cuando alguien claramente estaba pasando por algo. Como si estuviera decidiendo seguirle la corriente.
—Yushi… —dijo despacio—. ¿Dormiste bien?
Y justo en ese momento—
Achís.
Un pequeño estornudo agudo salió desde adentro seguido de una diminuta explosión de brillitos verdes.
Jaehee se quedó petrificado.
La estrella emergió de la mochila con cara de absoluta indignación, sacudiéndose como antes, expulsando pequeñas partículas de polvo.
Al parecer había estornudado por el polvo de los cuadernos.
Yushi cerró los ojos, quería morirse ahí mismo.
Jaehee se quedó mirando la criatura flotante frente a él.
Parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Y después abrió la boca.
—¿Qué… es eso?
La estrella giró hacia él y agitó una alita, como saludando. Jaehee la miró fascinado y su primera expresión de miedo desapareció rápido.
—Es hermosa.
Yushi abrió los ojos.
—¿her-hermosa?
—¡Es una estrella!
—No es el punto.
Jaehee se acercó un poco más, mirando cómo flotaba.
—¿Está viva?
—Obviamente está viva.
—¿de dónde la sacaste?
Yushi apretó la mandíbula.
— La invoque..accidentalmente.
Jaehee lo miró y después a la estrella. Después otra vez a Yushi.
Procesando.
Mucho.
—Pensé que estabas loco.
Yushi giró los ojos, ofendido —Gracias.
—No, digo… por un segundo pensé que estabas teniendo un episodio.
Yushi lo fulminó con la mirada.
La estrella, como si entendiera el insulto indirecto, infló su brillo y se pegó al hombro de Yushi. Protectoramente.
El alfa sonrió. —Creo que le gustás.
Yushi lo ignoró. —No digas nada.
Jaehee levantó las manos.
—No voy a decir nada.
El omega lo observó, desconfiado y Jaehee suspiró. —Lo prometo.
Hubo un pequeño silencio.
Jaehee bajó la mirada un momento y después habló, más bajo.
—...La próxima vení, ¿sí?
Yushi frunció apenas el ceño, no comprendiendo de que hablaba y Jaehee jugueteaba con la correa de su mochila.
—Me hubiese gustado que me acompañes.
La frase fue simple.
Honesta.
Y eso hizo que algo dentro de Yushi se moviera incómodamente otra vez.
Porque no había reproche, solo sinceridad y eso siempre era peor.
La pequeña estrella, todavía apoyada en su hombro, giró despacito entre ambos, como si pudiera sentir esa tensión extraña.
Yushi apartó la mirada primero.
—Ya dijiste que no vas a contar nada.
—No voy a hacerlo. — Y entonces miró a la estrella otra vez. —Pero… ¿cómo se llama?
Yushi bajó la vista hacia la pequeña criatura y la estrella lo miró.
—Wichu.
