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—Ni siquiera lo pienses.
La voz de Osamu es autoritaria, baja, peligrosa; la misma que utiliza cuando lo regaña por haber tomado un postre de la cocina sin permiso. El sonido llega a los oídos de Atsumu, quien choca contra un muro defensivo que cruza los brazos y lo mira con el ceño fruncido.
Le devuelve el gesto, pero añade algo más: saca la lengua, un gesto infantil que hace tiempo no hacía.
—No vas a decirme lo que tengo que hacer —refunfuña él.
—¿No te bastó con decirle que algún día le harías de colocador?
—No.
—Literalmente acabamos de perder contra su equipo, ¿y, aun así, quieres ir a hablar con él?
—Sí.
Observa como su hermano resopla y suelta una risa sin gracia. Luego, el chico empieza a enumerar las razones por que aquello no saldría bien; empezando, por supuesto, con «eres un imbécil. Con ellos las cosas nunca salen bien». Y sigue con una lista de cosas que tiene más que ver con el orgullo del Inarizaki como equipo que con el propio Atsumu.
No es que le reste importancia, claro que se siente impotente, frustrado con el resultado, especialmente después de un partido tan intenso. El fuego ardiente de la rivalidad todavía corre por sus venas con la fuerza indomable de un torrente, algo así no se juega todos los días.
Sin embargo, tampoco se encuentra un jugador como Hinata Shoyo todos los días. Alguien que desafíe al colocador tal como él lo hizo con Tobio, que disfrute el deporte con tanta pasión y arrebato, aun con lo difícil de todo tras cada punto. De hecho, eso parecía motivarlo más, lo que además demostraba un fuerte respeto y admiración por sus rivales.
Aunque no solo de trata de eso, pero no lo dirá en voz alta, mucho menos si su hermano está presente.
—¿Me escuchas? —pregunta el otro gemelo.
—Sí, ¿pero quieres saber que pienso de tu opinión y que hago con ella?
—Sin duda eres un imbécil.
Atsumu sonríe.
—Lo haré de todas formas.
—Bien, entonces iré contigo.
El chico alza una ceja. —¿Por qué?
—Me gustaría ver que tanto ridículo haces —dice con desdén mientras oculta sus manos en los bolsillos de su chaqueta.
Atsumu vuelve a arrugar el entrecejo al escuchar el comentario, pero no dice nada y se muerde la lengua para evitar el impulso de sacarla otra vez. Intentará no ser tan infantil en tan corto tiempo.
De esta manera, ambos se escabullen por los pasillos del estadio, buscando los vestidores masculinos, más exactamente donde debería estar el Karasuno.
En el camino, su hermano empieza a hacer preguntas para las que, si lo piensa bien, no tiene respuestas. No sabe que le va a decir a Shoyo cuando lo encuentre —si es que lo hace—, ni que excusa debería poner de ser necesario, mucho menos si el resto del equipo del número diez anda rondando cerca.
Está oyendo los mismos insultos que antes cuando, antes de poder evitarlo, su pecho va contra alguien mucho más bajo que él.
—Lo siento, no…
Las palabras mueren en su garganta al notar que es precisamente Shoyo con quien chocó.
—Miya-san. —El chico se apresura a inclinarse, aunque el error no fuera suyo—. Lo lamento.
Atsumu quiere responder, pero nada sale, ni media palabra. Los grandes ojos de Shoyo lo observan, seguramente en la espera de una respuesta. Parpadea lento tras sus largas pestañas, un detalle que el colocador del Inarizaki no había notado hasta ahora que lo tiene tan cerca.
La primera vez que lo vio, no se fijó en más que su baja estatura, algo que, inevitablemente, llama la atención si se está dentro de un deporte dominado por personas altas; aunque el pelirrojo de su cabello también le llamó la atención, no suele haber muchos en Japón, al menos que él haya conocido.
Y le encantaría detallar su rostro, sobre todo las ténues pecas y lunares que tan estratégicamente se esconden en los costados, pero el acompañante del chico —el líbero de su equipo, si no se equivoca— coloca las manos sobre sus hombros y empieza a empujarlo con suavidad.
Él también es bajo, posiblemente dos o hasta tres centímetros menos que su compañero, pero no importa tanto en su posición.
—Shoyo —susurra el chico, apenas audible por el evidente cansancio que se denota su voz—. Vámonos, por favor.
El número diez asiente con la cabeza y se despide de Atsumu, incluso del otro gemelo, quien no ha dicho nada hasta el momento. Luego sigue su camino, no sin antes felicitarlos por el gran partido que tuvieron hoy.
—¿Fue una presentación? —se burla Osamu con los brazos cruzados—. Te lo dije, eres imbécil y a los imbéciles no les sale nada bien.
—¡Calla! —Intenta arremeter contra el otro, pero no lo alcanza antes de que pueda esquivar el golpe. Frunce el ceño cuando nota la expresión burlona en su rostro, así que le da la espalda y empieza a caminar sin él—. Verás que lo haré en el Interescolar, luego de haberlo acabado en la cancha.
Si su hermano se ríe a sus espaldas lo ignora. Él sabe que es verdad, conseguirá presentarse como es debido y tal vez… Algo más que eso.
