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Draco

Summary:

Percy y Draco salen a una misión.

¿Quién diría que Percy, descubriría cosas de su compañero que nadie más tendría el privilegio de saber?

Work Text:

Lágrimas, sonrisas y promesas. Te juntaste con esa persona, en ese lugar, en ese momento. Secretos, recuerdos y confesiones. Todo eso los une, más fuerte y dulcemente que antes. Camaradería, empatía y compasión. El estar juntos. Acoplamiento y lágrimas...el que controla los mares y crea tormentas, el elegido de los dioses encontrara la causa y liberara la oscuridad del alma...

 

Draco Malfoy estaba seguro que sus manos sangrarían por la fuerza con la que los apretaba, enterrando sus uñas en su carne mientras él y Perceus Jackson caminaban hacia la salida de la ciudad para adentrase en el bosque, hace un tiempo habían bajado en el último paradero de autobuses y solo había casas abandonadas por ahí.

Había estado feliz de aceptar la misión, siempre dispuesto a dejar el campamento por el mayor tiempo posible, hasta que Quiron lo asigno a Percy Jackson para que lo acompañara.

— Eres un capitán de cabaña y no debes desobedecer al oráculo en llevar a un hijo de los tres grandes en tu misión, la tormeta, los mares y la oscuridad son un indicio que cualquiera de ellos es tu acompañante — le había recordado Quirón, como si draco hubiera olvidado la importancia del estúpido oráculo ; podía soportar a Nico, este siendo hijo de hades le habría sido más fácil completar su misión en el tártaro y encontrar lo que buscaba el siendo un alfa emparejado con Will un omega hijo de apolo este no le prestaría mucha atención sin embargo su compañero había entrado en calor y no podía dejarlo solo así que Nico estaba descartado y si no quedaba opción a Thalía hija de Zeus también alfa, a la cual se le notaba su creciente enamoramiento por su amiga beta Annabeth — puedes trabajar en el seguimiento de las plantas que han florecido en el tártaro y si te topas con un monstruo en el camino Percy puede matarlos.

Como si draco estuviera indefenso, como si su magia y dagas fueran solo accesorios que no sabia manejar, como si sus manos no hubieran estado manchados de sangre, al final no había tenido la opción de negarse. No después de que Jackson estuviera de acuerdo, siempre menospreciando sus habilidades.

Una vez llegaron en la entrada del bosque avanzaron una hora más y draco se dispuso a armar un campamento para los dos y dejar sus cosas, en lo que Jackson iba a revisar el área para asegurarse que no había peligro cerca le llevo menos de una hora y media armar todo luego a Perceus Jackson le tomo menos de diez minutos llevar a un monstruo a su campamento y arruinar todas sus cosas.

— ¡¡¡Perceus Jackson idiota!!- draco se paró frente a su tienda de campaña, o mas bien a lo que era una tienda, durante la pelea se había reducido en pedazos de metal chamuscados y cenizas

—Las tiendas son inútiles solo son peso extra - respondió Percy en lugar de disculparse, tomo la única bolsa de draco que no se destruyó en la pelea ya que este la había lanzado al otro lado del campamento, era pequeña tenía dinero, dracmas, vendajes y ambrosia - iremos más rápido sin eso.

Draco lo ignoro y siguió mirando los restos calculando mentalmente los daños dejando escapar maldiciones que percy no había escuchado de él, desde que se unió al campamento mestizo.

- Mierda, mierda,mierda – se arrodillo frente a los escombros y empezó a apartarlos sin importarle la tierra que ensuciaba su ropa- eres un idiota – Percy estuvo a punto de gritarle del por qué lo insultaba hasta que se dio cuenta que este temblaba mientras seguía escarbando sin importarle nada, gruñía y parecía que lloraría en cualquier momento, seguramente estaba enfadado, draco era un beta así que no se preocuparía de que sus sentidos se nublaran por el enfado.

Percy corrió hacia el, agarro el brazo de draco obligándolo a que se levante

- Lo remplazare – ofreció en un momento de pánico.

 

- ¿Qué? - espeto draco arrancando su brazo del agarre del alfa como si este con solo tocarlo le quemara la piel.

- Lo que sea que estes buscando lo remplazare-, repitió con tono arrepentido

Draco dejo escapar una risa amarga y volteo a verle - ¿y si lo que buscaba era algo sentimental, hm? ¿Qué harás entonces?

- ¿eso era? - Percy tuvo un momento de culpa y bajo el cabeza avergonzado ya que draco habría perdido algo insustituible y él era el único culpable.

- No, no lo era – draco no sintió sentimentalismo a sus posesiones, no lloraría por la varita de su madre, ni el peluche que le dio su padre antes de que estos fallecieran, ni mucho menos por la fotografía que tenía de todos los campistas que habían cuando apenas entro al campamento , se negó a abandonar los regalos de sus padres en la cabaña de Hécate donde cualquiera de sus hermanos podría tocarlas con sus pequeñas manos codiciosas, la mayoría de su cabaña eran niños de once y los mas grandes a lo mucho tenían catorce años, draco es el único con veintiún años ya que los demás que habían vivido con el cuándo era un niño murieron por unirse al ejercito de cronos y los pocos que quedaron con el murieron a manos de sus propios hermanos, eran sus cosas , eran solo suyas y se negó a dejarlos era egoísta lo aprendió con los años, desafortunadamente su egoísmo y posesividad lo llevan a que sus cosas quedaran hechas cenizas.

Draco acumulaba objetos y se negaba a separarse de ellos, algunos de la cabaña 5 donde abundan los alfas lo despreciaban llamándolo aspírate de alfa a comparación de el, los alfas gruñían y eran agresivos con los que consideraba forasteros y luchaban por su territorio, los omegas en cambio eran sobre protectores con los que ellos consideraban su manada y sus pertenencias los cuales la mayoría servían para su nido , draco no quería ser un alfa despreciaba a los alfas con un odio ardiente, el nunca pretendía ser uno, si el estaba pretendiendo ser algo que no era, un beta tomando supresores a escondidas bañándose de perfumes que ocultaban su olor, si alguien se acercaba lo suficiente podría sentir su aroma dulce un dulzor que seria imposible que un beta tuviera, en la tienda de campaña había dejado sus mochilas y en una de ellas tenía sus supresores que amortiguaban su aroma omega había sido descuidado de dejarlas ahí ahora por su estupidez tendría que terminar la misión lo más pronto posible .

- "Draco"

 

- Cállate – draco casi grito volviéndose para mirar a su acompañante no estaba de humor para disculpas - ¡no quiero hablar contigo! ¡déjame en paz hasta que lleguemos al tártaro ¡

Se alejo pisando fuerte y aunque Percy lo siguió, ya no intento hablar con el, bien puede que sea un inútil pero sabia obedecer a las personas de vez en cuando.

 

Necesitaba terminar la misión rápidamente, para poder regresar al campamento, su celo empezaría pronto se negaba rotundamente a eso, y no quería entrar en celo con el brito alfa a su lado tenia una semana para regresar.

 

-ˋˏ ༻❁༺ ˎˊ-

 

Habían pasado varios días desde que partieron del campamento mestizo y cuatro días después del incidente en el bosque y en ese tiempo habían llegado al inframundo y ahora se encontraban en medio del tártaro habían derrotado a un puñado de bestias que habían estado atacándolos.

Percy había considerado a draco perezoso, cuando llego al campamento siempre dependiendo de su magia, pero había trabajado con el para derrotar a las bestias en la batalla contra Luke y cronos y sus sentimientos por el rubio habían cambiado con el paso de los años aunque draco lo rechazaba la mayor parte del tiempo, pasando cada día intentando encontrar las plantas nuevas del tártaro permaneciendo despierto toda la noche (suponiendo ya que no se distingue entre el día y la noche además de que claramente a él le daba sueño) registrando sus observaciones y apuntándolos en cuaderno

Percy no era muy bueno con las personas ni mucho menos con las investigaciones, por lo que todo lo que podía hacer era seguir a draco tratando de no estorbar y cuando aparecía una bestia, era el trabajo de Percy deshacerse de ella.

Luchar era algo natural para él desde que empezó la guerra con Luke y todo lo sucedido siendo el, la fuerza que impulsaba las misiones, pero viendo como su compañero trabajaba tan ardua mente por una vez entendió que si se necesitaba más trabajo ser el cerebro que la fuerza.

Con toda honestidad entendía por qué draco tenía tan poco contacto con el, en el campamento todos respetaban a Percy siendo el hijo de uno de los tres grandes, mientras el otro hijo de alguien que se unió al otro bando con casi todos sus hijos siendo el, el único que sobrevivió siendo apartado con una cortesía indiferencia. Si estuviera en su posición Percy perdería los estribos.

Llegando al final del tártaro y no encontrar mas plantas se dispusieron a volver draco no le había hablado más que lo suficiente mente necesario y debería haber sido una bendición, pero Percy se sintió extraño en el campamento él era como una diva siempre encontrando algo para criticarlo.

- Deberíamos descansar -, menciono Percy observando a draco sacar su libreta y revisar sus apuntes por cuarta vez en el día

- ¿Hm?- Draco lo miro pero solo le dedico un segundo, antes de volver a mirar su montón de apuntes que tenia en las manos. – no, estoy ocupado

- Ya terminamos la misión ¿Cuál es la prisa?

La expresión de draco vacilo y Percy observo como instintivamente su mano se metía en su bolso, sacándolo en un segundo observando el aire frunciendo el ceño y dejo caer su mano a su costado con un suspiro.

Percy sintió que se le retorcía el estómago ante la expresión de tristeza en el rostro de draco, una expresión que el otro hubiera preferido ocultar avanzo rápidamente sin una explicación. Draco le importara tanto, que le había prestado atención lo suficiente como para recordar que cuando el hombre metía su mano en su bolso siempre tenia en sus manos lo que parecía una varita de madera elegante con tonos plateados en el mango, una vez salieron del tártaro ambos se dirigieron al castillo de hades donde este los esperaba junto a su esposa Perséfone para observar las investigaciones de los jóvenes semidioses.

Mientras draco hablaba con la reina del inframundo percy se quedó junto al dios regente, el creía que podrá cumplir su petición ya que el Dios le debía un favor a causa de ayudar a su hijo Nico.

Giro sobre sus talones y se dirigió a la dirección donde lo había enviado el dios sin dar explicaciones, no es como si a draco le importara mucho lo que hacía percy. Probablemente ni siquiera noto que percy salia de la habitación

 

Aunque el remordimiento de percy por el incidente se había desvanecido, no podía soportar ver a draco tan molesto, porque incluso con fruncir un poco el ceño, percy sabía que estaba molesto. Podía sentirlo.

Una vez que encontró el jardín de Perséfone y tomo una rama de granada color negro con destellos color verde, se dirigió en la entrada de los campos asfódelos no fue difícil el entrar reviso detenidamente y encontró una joven dama de cabellos rubios mechones castaños y ojos grises parecida a draco se acercó a ella, esta le sonrió siguiendo las instrucciones de su viejo tío le extendió la rama en una reverencia con la cabeza agachada, sintió las manos frías juntarse a las suyas y de reojo observo una luz brillante que provenía de sus manos.

 

- Lo que suceda de ahora en adelante depende de tu elección. Porque lo que tú escojas, esa será tu verdad, por favor cuida de mi pequeño .

Al levantar la mirada la joven había desaparecido y en sus manos tenia una varita igual al que se había destruido, percy sintió una satisfacción engreída, no muy diferente cuando capturo una bestia y arrastro su cadáver a la cabaña 6 para una investigación. Su alfa casi quería pavonearse ante la idea de que el fuera un proveedor. Caminar de regreso al castillo no tenía la misma emoción que derrotar monstruos pero los resultados eran mas emocionantes. Teniaalgo que draco necesitaba, incluso si era un inútil en la investigación y no podía reponer todas las cosas que había perdido, al menos podía proporcionar algo.

Solo esperaba que a Draco le gustara.

Estaba casi nervioso cuando regreso al castillo, pero no dudo cuando irrumpió en la habitación en la que se habían quedado cortesía de Perséfone para descansar la noche.

—Aquí-Dijo, estirando el brazo y mostrando la varita

Draco levanto la vista y por un momento pareció molesto por haber sido interrumpido. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo grosero y quejarse, noto la varita, sus palabras se apagaron con un silencio jadeo cuando extendió la mano y lo tomo, sosteniendo con manos delicadas y mirándolo.

— Jackson esto es mi varita- draco pregunto, pasando sus dedos en cada detalle con movimientos delicados.

—Por supuesto – percy asintió

Sintió que le hubieran sacado el aire de los pulmones cuando draco lo miro con ojos llorosos

—Gracias- miro hacia la varita con una sonrisa suave – esto fue un gesto tan amable te lo agradezco – su rostro se oscureció mientras se levantaba y apuntaba a percy con la varita- este gesto seria innecesario si no fueras un bruto sesos de alga en primer lugar ¿crees que con la varita que destruiste compensaras todo lo demás?¡no te sientas tan complacido contigo mismo solo porque me ayudaste esta vez! todo en lo que eres bueno es para la lucha no te enseñan nada mas por Poseidón ¡ni siquiera eres capaz de informar correctamente toda la misión!

-

Percy debería sentirse desanimado por la reacción, pero no pudo evitar sonreír incluso si trajo mas la furia del rubio estaba contento de haber recuperado el lado testarudo de su compañero, se sentía mal porque estaba callado y ni siquiera se quejaba de sus ropas sucias, pero resulto que estaba deprimido porque extrañaba su varita.

-Te ayudare – dijo percy la nueva ola de quejas del rubio

-¿Que?

-Cuando lleguemos al campamento te ayudare a explicar toda la investigación y me quedare en la cabaña 7 con las muestras que recogiste.

Draco vacilo un momento antes de cruzarse de brazos con un resoplido

- ¡será mejor que lo hagas ¡Ya era hora de que el gran Perseus Jackson haga algo en lugar de confiar en este capitán de cabaña para hacer todo

- Tienes razón lo siento

Draco dejó escapar otro resoplido- será mejor que reses para que los de la cabaña 7 no te saquen por arruinar todos sus medicamentos y experimento por tu torpeza

Percy estuvo de acuerdo una vez más divirtiéndose escuchando a draco quejarse, tenía razón ya que una vez por estar inquieto en la cabaña 7 había destruido la alacena de medicamentos y Will que siempre había sido paciente con él, lo hecho a patadas con un grito ensordecedor no pudo entrar en la cabaña por 2 semanas completas y cuando se lastimaba solo podía comer ambrosia y tomar néctar fue una pesadilla escuchar los regaños de su amiga Annabeth y grover ambos betas. Se relajo y tuvo que ser perseguido por draco para que los dos durmieran ya que al despertar marcharían de nuevo al campamento esperaba que en el camino siguiera siendo el mismo.

 

-ˋˏ ༻❁༺ ˎˊ-

 

Al principio draco había sentido una furia inmensa, tanto que podía compararla como si fuego corriera por sus venas una ira tan ardiente que no podrían apagarse, nunca le había gustado percy o eso es lo que trataba de convencerse a si mismo (su relación era cortes siendo ambos capitanes de cabaña lo cual es ridículo ya que en la cabaña de Jackson solo eran dos él y su hermano ciclope Tyson a draco le agradaba más el grandulón) pero el olor a culpa había avivado la ira de draco.

Odiaba el olor de la culpa.

Sin embargo, fue peor cuando el olor se disipo en el día como si a Jackson no le importara lo suficiente para arrepentirse más que unas pocas horas Jackson tenía su mochila con sus ropas y comida era lo único que el llevaba.

Draco tenía derecho a estar molesto era alguien propenso a los rencores y pequeños actos de venganza entendió que una furia tan intensa era irracional ya que el no sabia lo que draco había perdido

Cuanto más tiempo estuvo sin supresores más se acercó su celo y mas emocional se volvió, Al final recupero su varita sabrá Merlín que hizo para recuperar la varita de su madre logrando aplacar su rencor, un dia le preguntara como lo logro, solo esperaba que algún dia recuperar el obsequio de su padre, con la ira de su pecho apagada, lo único que quedaba era la ansiedad mientras esperaba el amanecer para marcharse y terminar la misión.

No tenía energía para seguir molestando a Jackson y el bruto de alguna manera fue lo suficiente observador como para notarlo, el bruto que nunca se había preocupado por draco como para incluirlo en su manada, el sesos de alga que apareció con su varita como nueva, con el pecho hinchado de orgullo cuando se la ofreció .

¿se dio cuenta de lo que estaba haciendo? ¿el omega de draco se estaba haciendo tan notorio que el alfa se persuadió inconscientemente para consentirlo? Aun así,lo acepto con las emociones a flor de piel, el gesto casi lo hizo llorar nunca nadie más que sus padres le habían dado algo con tanta sinceridad. incluso los obsequios de su tío abuelo Orión le dio cada una de ellas llenas del olor a culpa por no salvarlo de Walburga, Draco odiaba la culpa.

Rápidamente reprimió sus emociones cursis, era un slytherin después de todo poniendo un falso aire de ira, alejando a Jackson sin embargo Jackson no se molestó. Incluso se divirtió el olor de draco todavía era débil pero sin los productos fragantes que usaba para tratar de enmascararlo, se estaba volviendo transparente Jackson era mala leyendo a la gente y con la frecuencia con la que olfatea el aire confiaba mas en el olor que en las palabras y el lenguaje corporal. No quería que Jackson supiera sus emociones.

Solo quedaban dos días para entrar en calor, tendría que idear un plan alternativo por si no llegan al campamento y también tendría que reprimir sus impulsos por el calor previo al celo se estaba volviendo demasiado obvio tendría cuidado mañana, nadie había descubierto su segundo género aun; la falta de supresores no cambiara eso.

 

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Ver a draco moverse tan fácilmente entre la multitud de nueva york, era casi como si perteneciera a lo que él se refería como la chusma. Pero eso no podía ser correcto no para el rubio nacido del privilegio, que debe haber sido draco malfoy, aún recuerda cuando este lloro e hizo berrinche a quiron por que en la cabaña 11 no tenía cama y tenía que compartir un saco de dormir con otro niño fue todo un espectáculo.

Percy tuvo que reprimir un gruñido instintivo cuando un borracho echo su brazo alrededor de draco. Fue una reacción extraña draco puede ser parte de su manada, pero no era un cachorro indefenso ni un omega que necesitaba protección.

Draco miro al borracho con desdén y extrajo fácilmente el brazo el mismo sin la intervención del alfa, percy se distrajo tanto viendo a su compañero que se supone que debían llegar pronto y avanzar al mismo ritmo para encontrar una posada para pasar la noche se supone que lo ayudaría, pero eh aquí parado cómo un bobo sin ayudar en lo más mínimo

- Hola ¿eres nuevo por la ciudad?

Percy se volvió para mirar a la joven que se le acerco, ella le sonrió, retorciendo su cabello alrededor de su dedo con aire sugerente. Era atractiva con cara pequeña y redonda con cabello oscuro, pero a percy le importaban poco las chicas bonitas. Con la frecuencia de ver a las hijas de afrodita, se acostumbró fácilmente a su encanto. olía dulce e inocente y era obvio que estaba liberando mas aroma de lo apropiado en un lugar público después de notar a un alfa sin pareja, era algo que percy se había a costumbrado, aunque no tenía interés de aparearse con una omega joven y agradable, aun asi fue criado por su madre para ser un alfa cortes. (además ya tenia una persona que captaba toda su atención y no era precisamente un omega mas bien era un beta)

--- Hola- saludo el, dándole un asentimiento cortes trato de darse la vuelta y terminar la conversación en eso ella rápidamente se aferro a su brazo negándose a dejarlo escapar

- soy cho chang ¿cómo puedo llamarte ?

Percy apretó los dientes, tratando cortésmente de apartar a la joven de su lado no quería ser grosero con ella ya que los omegas son sensibles y su orgullo quedaría por los suelos si su molestia se filtraba en su olor, sería fácil deshacerse de ella si liberaba su olor de disgusto, pero prefería no dejarla llorando , había recibido muchos regaños de su madre por su comportamiento hostil cuando lo molestaban antes de quedarse por mas tiempo en el campamento mestizó donde tenia que ayudar con los omegas que perdían el control y tenían que llevarlos a la cabaña de apolo para atenderlos.

-No hablas mucho ¿verdad? - Pregunto la omega viendo qu este no le contestaba

-No – percy afirmo aun que era una mentira, como dicen algo que alguien no sepa no se considera mentir, la chica solo se rio

Percy solo se resignó a su destino esperando que la chica se resignara y capte las pistas de que no estaba interesado, cuando escucho que alguien se aclaraba la garganta detrás de ellos.

Se giro y draco los estaba mirando con una expresión ilegible, con la varita apretando con fuerza, percy casi temía ser hechizado o golpeado en la cabeza por estar haciendo el tonto mientras buscaban donde descansar, pero por primera ves la ira de draco golpeo a un objetivo diferente

La joven chang palideció cuando la mirada de draco se posó en ella e instintivamente soltó el brazo de percy

- ¿ que negocio tienes con percy cho chang? -Draco pregunto aferrándose al brazo de percy en lugar de la joven, con un gruñido bajo la garganta

La chica dio un paso atrás y retiro su olor mientras sus ojos revoloteaban entre la pareja

— ¡ yo... lo siento malfoy ¡no me di cuenta ¡- se dio la vuelta y huyo, percy estaba seguro de que escucho un hump satisfecho.

Percy no pudo evitar el alivio que sintió con su ausencia, sin embargo, no entendía por qué la chica huyo o de que no se había dado cuenta ¿conoce a draco de alguna parte?

— Eso fue grosero- percy saco su brazo del agarre de draco debería agradecerle por el rescate, pero no podía soportar ver aun omega ser tratado cruelmente por un beta – además ¿cómo conoces a esa chica?

Draco no tenía un poco de arrepentimiento por asustar aquella chica

- Estábamos en la misma escuela en Inglaterra y no te dire nada mas, Estamos en una misión y debemos descansar para regresar al campamento a comparación de ti, yo tengo niños que cuidar. Puedes coquetear en tus tiempos libres

- No estaba coqueteando ¿y si ella estuviera en problemas?

- ¿Lo estaba? Draco preguntó con intriga con ese tono de voz arrogante que siempre usaba – si Chang estuviera en problemas estaría llorando, es una llorona que le gusta que todos le presten atención.

Percy quería responder, pero antes de que pudiera draco olio el aire e hizo una mueca, luego sin siquiera parecer pensar en lo que hacía, se levantó la manga de sudadera. Sé quedo congelado, mientras draco levantaba la muñeca, frotando su esencia en su pecho antes de pasar a su frente. No era raro que las personas de la misma manada se olieran. Pero nunca sin permiso. Nunca en público; y nunca betas, cuyos olores eran demasiado débiles para retenerlos.

Sin embargo, el olor de draco olía mas fuerte de lo normal. Diferente también; más dulce

Impactado percy reacciono y agarro el brazo de draco, aunque inapropiado percy llevo la muñeca de draco a su nariz e inhalo profundamente draco siempre tenía un olor agradable y fresco de manzana verde, ahora ese aroma limpio tenía una dulzura adherida, como si alguien le hubiera agregado una cucharada de miel.

Draco jadeo, antes de soltar su brazo del agarre del otro y abofetearlo

-¡cómo te atreves! – draco parecía más escandalizado de lo que percy creía posible, percy parpadeo y luego frunció el ceño cuando el rubio acuno su brazo protectoramente contra su pecho como si el fuera a arrebatárselo.

- ¿Qué?, tú me oliste a mi primero

- Eso no te da permiso para olfatearme!!- draco grito de vuelta, su voz bordeaba en lo frenético

-Hueles diferente- percy observo como draco palideció –¿estas enfermo? Me di cuenta que visitaste una clínica en la ultima ciudad cuando yo fui a comprar.

Draco pareció hundirse, luego asintió- si, estoy enfermando, disculpa mi comportamiento.

-Esta bien – Percy se encogió de hombros, no estaba acostumbrado a esa actitud prefería su comportamiento arrogante y arisco habitual- deberías descansar.

- lo hare- acordó draco en lugar de discutir- toma

-¿Qué es esto?— pregunto percy confundido

-Mientras estabas ocupado coqueteando con cualquiera que se te cruzaba recibí esto de mensajería Hermes, cerca de aquí apareció un monstruo y quieren que lo encontremos ya que, hace unos días un monstruo robo uno de los espejos favoritos de afrodita, y quieren que averigüemos si fue este que se encuentra cerca.

Percy tomo los papeles que le entrego draco viendo la información y el mapa que les señalaba donde estaba, por la información el monstruo no pensaba alejarse ya que llevaba varios días ahí así que tenía tiempo para cumplir este mensaje, lo metió en el bolsillo de sus pantalones antes de agarrar el brazo de draco y acompañarlo a una posada que estaba a unos pasos de donde estaban.

Esto es innecesario...-aunque no hizo un movimiento para alejarse

Percy pensó que era necesario ya que, si draco se desmayaba a causa de su enfermedad en medio de la ciudad, mientras peleaba con monstruos, Clarisse lo mataría, si Will no llego primero, por no cuidar a un enfermo.

Incluso si draco rechazaba constante mente cualquier intento de asimilarse a la manada del campamento half-blood, los demás campistas todavía se 'preocupaban por él. Aunque algunos más que otros ,a percy al principio no lo toleraba mucho poco a poco se dio cuenta que era amable y no era indiferente al dolor de otros y eso hizo que se preocupara cada vez más por el, aunque draco no quisiera aliarse con el, cómo manada, draco era parte de su manada, lo aprobara o no, por lo que no podía abandonarlo cuando estaba débil además se trata de Draco nada en el mundo le haría alejarse de el en este momento y ningún otro .

 

-ˋˏ ༻❁༺ ˎˊ-

 

-Asqueroso- draco menciono, escupiendo el sorbo de té que percy le había servido en una taza luego en un movimiento rápido lo derramo en la maceta que tenía a un lado de el en la cama.-inténtalo otra vez.

 

-Draco es solo agua y hojas hervido, como eso tan simple puede ser asqueroso- percy había preparado, el té, porque después de observar a draco tanto tiempo sabia que el rubio jamás tomaba café talvez por ser inglés, así que no entendía como algo tan simple como hervir agua y agregarle las hojas secas le había salido mal.

- Y aun así lograste hacerlo fatal

- No soy tu esclavo, hazlo tú mismo entonces

- Dijiste que no me moviera de aquí hasta que descansara mínimo una hora- draco se cruzó de brazos con un resoplido de indignación- y considérate afortunado, si fueras un esclavo, tu Amo te hubiera roto la tetera en la cabeza por atreverte a servir algo tan desagradable.

-

- Bien, entonces Enséñame como.

- No entendiste que estoy cumpliendo tus órdenes y no me moveré de esta cama por lo menos una hora más, es el deber del gran percy atender a este joven enfermo, si no quiere que le cuente a Will como me obligaste a preparar té estando enfermo.

Sin más remedio Percy tomo la taza de las manos de draco y se dirigió en la mesa donde había dejado la tetera y se dispuso a preparar más, sin embargo, estaba molesto y solo para ser mezquino hecho dos cucharadas de azúcar antes de agregar la mitad del tarro de miel. Lo mezclo y se estremeció por el olor dulce que salía de la olla.

Regreso a la mesa junto a la cama con la tetera y la taza en sus manos, haciendo todo lo posible por reprimir su risa mientras le servía a draco una taza nueva, conociendo a draco terminaría hechizado o reprimido por su broma, cuando draco estaba de mal humor nadie se salvaba de sus reproches asi que haga lo que haga terminara reprimido, al menos valdría la pena el regaño.

Percy observo como draco olía la taza, conteniendo la respiración mientras su compañero tomaba un sorbo, espero a que se atragantara y le arrojara la taza, sin embargo, draco sonrió. luego tomo otro sorbo.

-¡qué demonios ¡- percy alejo el ataque de nauseas

- sucede algo – pregunto draco mirando a percy sin dejar de beber su té, percy solo sonrió

- No nada¿ esta rico?

-mph,es adecuado-mientras le extendía la taza a Percy dando le a entender que quería más y, si aguantando se las ganas de vomitar percy siguió sirviéndole hasta que este estuvo satisfecho. En una hora partirían a buscar a la bestia que se encontraba cerca, si tenía lo que buscaban sería bueno, si no era el caso simplemente acabarían con ella.

El aire de Nueva York se sentía pesado, cargado de una humedad impropia que Draco conocía demasiado bien. Frente a ellos, una mole de patas articuladas y ojos negros como el abismo se alzaba desafiante. Una acromántula. Draco no alcanzaba a comprender qué hacía una criatura de la Selva Prohibida en medio de la Gran Manzana, pero no tuvo tiempo de reflexionar; Percy Jackson ya se había lanzado al ataque.

Percy era un torbellino de reflejos sobrehumanos. Mientras él esquivaba las pinzas letales de la bestia, Draco se mantenía a una distancia prudente, lanzando hechizos de aturdimiento y barreras protectoras para darle ventaja al semidios. Sin embargo, en el punto más crítico de la pelea, un dolor agudo y punzante le recorrió el vientre, haciéndole perder el aliento.

Era su celo. El calor comenzó a irradiar desde su vientre, y Draco sintió, con horror, cómo su olor de Omega empezaba a filtrarse en el aire, dulce y vulnerable. Aterrado por la idea de quedar desvalido en medio de una carnicería, comenzó a retroceder, buscando desesperadamente la sombra de un callejón para ocultarse antes de que sus sentidos lo traicionaran por completo.

Percy, al notar que su apoyo se desvanecía, rugió de frustración. Con un movimiento brutal y preciso, hundió su espada en el tórax de la acromántula, degollándola en un estallido de fluido oscuro. Sin perder un segundo, se volvió hacia el mago, que ya se alejaba cojeando.

—¿Por qué querías huir? —le espetó Percy, interceptándolo con la respiración agitada y los ojos encendidos por la adrenalina—. ¿Acaso querías que esa cosa me matara?

—Claro que no —logró jadear Draco, apoyándose en la pared, luchando contra la niebla que empezaba a nublar su mente.

—Eso es lo que parecía —insistió Percy, acercándose demasiado, invadiendo el espacio que el instinto de Draco ahora gritaba por proteger—. ¿Qué demonios te ocurre?

—Jackson... voltea. No te distraigas —advirtió Draco con voz temblorosa, viendo una sombra moverse frenéticamente tras la espalda del hijo de Poseidón.

—No, dímelo ahora. ¿Por qué querías huir? —Percy estaba impaciente, ignorando por completo el peligro que acechaba a sus espaldas.

—¡No es eso! ¡Mira atrás! —gritó Draco, pero al ver que Percy se negaba a apartar la vista de él, el mago actuó por puro instinto de supervivencia.

Con un movimiento rápido de su varita, Draco lanzó un hechizo que apartó a Percy con un golpe de aire, lanzándolo a un lado justo a tiempo. Un rayo de luz roja salió disparado de la madera de espino, impactando de lleno en una cría de acromántula que ya estaba en el aire, con los colmillos listos para hundirse en el cuello del semidios.

La pequeña criatura cayó inerte al suelo. El silencio regresó al callejón, roto solo por la respiración entrecortada de ambos. Percy, desde el suelo, miró el cadáver del monstruo y luego a Draco.

—Me salvaste —murmuró Percy, su voz rompiendo el tenso silencio del callejón.

Draco, cuya respiración era errática y pesada, soltó una risa seca, carente de humor.

—No sería la primera vez —respondió, aunque el tono altanero de siempre sonaba frágil, casi etéreo.

Percy dio un paso hacia él, acortando la distancia. Al estar lo suficientemente cerca, la luz de la luna reveló lo que la oscuridad había intentado ocultar: Draco estaba encendido en un rojo febril y un temblor violento sacudía su cuerpo delgado. La preocupación golpeó a Percy con la fuerza de un impacto físico.

—Por esto te escabullías... tu enfermedad está empeorando. Tienes fiebre —afirmó Percy, más que preguntar. Extendió la mano con cautela, buscando el calor de la frente de Draco para confirmar sus sospechas.

—¡No me toques! —escupió Draco, interceptando el movimiento con un manotazo brusco—. Yo me largo de aquí.

Con un orgullo que superaba sus fuerzas, Draco giró sobre sus talones. Dio apenas unos pasos, tambaleándose como un hilo a punto de romperse, sus piernas cedieron y el mundo se desvaneció para él. Cayó pesadamente, su cuerpo golpeo el frío suelo, Percy al ver a Draco caer inconsciente se acercó rápidamente, levantándolo del suelo y acunándolo en sus brazos.

Lo levantó con una urgencia que no supo explicar, acomodándolo contra su pecho. En ese instante, la rigidez se apoderó de los músculos del alfa. Draco, sumido en la inconsciencia, buscó instintivamente el calor del cuerpo que lo sostenía. Se frotó con suavidad contra la camiseta de Percy y, con un suspiro quebrado, hundió el rostro en el hueco de su cuello.

Percy contuvo el aliento. Sintió la nariz fría de Draco contra su piel ardiente y las exhalaciones rítmicas del otro hombre haciéndole cosquillas en la yugular. Sus nervios se tensaron como cuerdas de violín.

Debía sentirse ofendido. La glándula de olor era un territorio sagrado, un espacio reservado exclusivamente para un compañero de vida. Draco ciertamente no era su compañero; no debería estar allí, profanando ese espacio con su cercanía. Si hubiera sido cualquier otra persona, Percy la habría apartado con brusquedad, invadido por la incomodidad o el rechazo.

Sin embargo, mientras sentía el peso de Draco en sus brazos y su aliento contra su cuello, Percy no experimentó ni una pizca de molestia. Al contrario, una extraña calma, peligrosa y profunda, comenzó a echar raíces en su pecho. El problema no era el contacto, se dio cuenta con horror; el problema era que, tratándose de Draco, no quería que se detuviera.

 

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El aire en la enfermería de Hogwarts se volvió gélido, como si los muros de piedra hubieran decidido absorber todo el calor del lugar. La medimaga, con las manos temblorosas, sostuvo el pergamino oficial por segunda vez, confirmando lo que nadie en esa sala quería aceptar.

—El joven Malfoy es un Omega, señores Black —sentenció la mujer, entregando los resultados a Walburga y Orión Black con un gesto de suma cautela.

Draco sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Omega. La palabra resonaba en su cabeza como una campana fúnebre. En el linaje de los Black, la jerarquía no era una cuestión de biología, sino de poder; solo los Alfas tenían derecho a existir con orgullo. Los Omegas no eran más que moneda de cambio, debilidad pura, basura a los ojos de su tía abuela.

Al levantar la vista, Draco se topó con el horror. La ira de Walburga era una fuerza física, una marea negra que amenazaba con asfixiarlo. Su tío Orión, en cambio, lo observaba con algo que Draco descifró como una lástima punzante, una mirada que dolía casi tanto como el odio.

Walburga alzó su varita. Draco, movido por un instinto de supervivencia primario, retrocedió un paso, pero fue inútil.

—¡Crucio!

Un destello de luz roja impactó en su pecho y el mundo estalló. Draco cayó al suelo, sus músculos contrayéndose violentamente mientras cada terminación nerviosa de su cuerpo parecía arder en llamas. Diez segundos de agonía pura que se sintieron como una eternidad. Cuando el hechizo cesó, Draco quedó jadeando sobre las baldosas frías, mordiéndose los labios con tanta fuerza que el sabor metálico de la sangre llenó su boca. Se obligó a no gritar; no quería darles ese placer.

Con un esfuerzo sobrehumano, levantó la mirada hacia su tío Orión, suplicando en silencio que interviniera, que detuviera esa locura. Pero Orión permanecía allí, impasible, con las manos cruzadas tras la espalda, observando la tortura de su propio sobrino con la misma frialdad con la que se mira un mueble roto.

—¡Un Omega! ¡Un maldito y asqueroso Omega! —rugió Walburga. Esta vez, un hechizo cortante surcó el aire, abriendo una brecha sangrienta en el hombro de Draco—. ¡Un inútil, como siempre! ¡Ni siquiera un maldito Beta!

La mujer se acercó, su sombra proyectándose sobre el cuerpo tembloroso del joven.

—¡Tú, el heredero de las casas Malfoy y Black! Eres una vergüenza... —escupió con un veneno que superaba cualquier maldición—. ¡Debiste morir tú en lugar de tus padres!

Esas últimas palabras fueron el golpe de gracia. El dolor físico de la maldición Cruciatus y el corte en su piel se mezclaron con la devastación emocional. La oscuridad comenzó a cerrarse sobre la visión de Draco, y antes de que pudiera ver el siguiente movimiento de la varita de su tía, el alivio del desmayo lo arrastró hacia el vacío.

En ese entonces Draco tenía aún once años

La revelación de su género había sido el prólogo de una pesadilla, pero la realidad de sus celos fue el descenso definitivo al infierno. Al cumplir los doce años, Draco no recibió celebraciones, sino un contrato de compromiso: lo habían vendido a un Alfa diez años mayor que él, un hombre que lo miraba no como a un ser humano, sino como a una posesión que debía ser doblegada.

Durante los primeros meses, Walburga Black se encargó de que Draco entendiera su "lugar". Cada vez que el calor del celo comenzaba a consumir su cuerpo, su tía lo arrastraba y lo encerraba en un armario oscuro y maltrecho. Draco amaba su propio aroma a manzanas frescas, pero en aquel encierro, el olor se volvía su propio verdugo, asfixiándolo en la penumbra. No se le permitía anidar. Solo si Walburga consideraba que había sido "obediente", le arrojaba con desprecio un trozo de tela vieja para que intentara buscar algo de consuelo. El aire allí dentro era una mezcla nauseabunda del olor metálico de su tía y el rastro amargo de Orión, una combinación que lo ahogaba, pero que era lo único a lo que sus instintos heridos podían aferrarse para sobrevivir al ciclo.

Al terminar uno de esos ciclos, débil y tembloroso, recibió la visita de su prometido. El hombre lo obligó a sentarse en sus piernas, una humillación que Draco tuvo que soportar con la cabeza baja.

—¿Ves lo que sucede cuando te resistes? —susurró el hombre con una voz que hacía que la piel de Draco se erizara de asco—. ¿Prefieres pasar tu calor solo en ese agujero antes que conmigo?

—No... —susurró Draco, todavía demasiado joven para comprender la magnitud del horror, pero lo suficientemente roto como para suplicar misericordia a un monstruo—. Por favor, Alfa... ayúdame.

El hombre le dedicó una sonrisa retorcida, una mueca de triunfo que perseguiría los sueños de Draco durante años.

—Entonces, el próximo mes, si eres bueno, te dejaré calentar mi cama.

Ese siguiente mes, Draco descubrió una nueva forma de desesperación. No sabía qué era peor: si el dolor agonizante de pasar el celo solo en un armario, gritando hasta desgarrarse la garganta, o la traición de su propio cuerpo bajo la influencia del Alfa. En la cama de aquel hombre, el dolor físico desaparecía, enmascarado por un aroma dominante que obligaba a sus sentidos a relajarse de mala gana. Se sentía sucio al notar cómo sus músculos cedían en un nido que ni siquiera se le había permitido construir por sí mismo.

—Mira, necesitas a un Alfa —le decía el hombre, abrazándolo con una cercanía asfixiante—. El nudo es la única forma de ayudarte. ¿No soy generoso? Deberías estar agradecido.

Draco sentía su estómago hinchado por la tensión del celo, pero por dentro nunca se había sentido tan vacío. El fuego de la fiebre había disminuido, pero en su lugar ardía un incendio de odio y vergüenza que amenazaba con consumirlo. Al finalizar el ciclo, el horror no terminaba; su tía y su prometido quemaban las sábanas y las prendas frente a él, proclamando que su aroma a manzana era una "pestilencia asquerosa" que debía ser borrada.

Draco aprendió a odiarlos a todos. Odiaba a Walburga por su crueldad y al Alfa por su abuso, pero guardaba un rencor especial para Orión. Su tío nunca levantó una mano contra él, pero su silencio era igual de letal. Orión se limitaba a comprarle obsequios caros después de cada tortura, intentando limpiar su conciencia mientras lo miraba con esos ojos cargados de una lástima inútil que Draco despreciaba más que a los propios golpes.

Al finalizar su segundo año en Hogwarts, Draco Malfoy cruzó el umbral de la mansión Black con una resolución que no tenía nada que ver con los estudios o el prestigio. Ya no era el niño asustadizo que suplicaba clemencia; era una brasa a punto de convertirse en incendio.

Dos días después, el calor del celo comenzó a trepar por su espina dorsal. Como de costumbre, su prometido aguardaba con una sonrisa rapaz, y Walburga permanecía cerca, vigilando la "entrega" como quien inspecciona una mercancía. Orión, en su cobardía habitual, se había marchado. Siempre lo hacía: desaparecía cuando el horror comenzaba y regresaba cuando solo quedaban cenizas y regalos de disculpa.

Pero esta vez, Draco tenía un aliado silencioso. Bajo la almohada ocultaba una daga de plata, parte de la colección que había pertenecido a su tío Regulus Black. Draco había descubierto su nombre en el tapiz familiar años atrás, junto al de sus padrinos, Regulus y Sirius. Al ver la palabra "muerto" bajo sus nombres, Draco no sintió tristeza, sino un alivio profundo: ellos no lo habían abandonado, la muerte se los había arrebatado. Poseer las armas de Regulus era poseer su fuerza.

Cuando el hombre mayor se inclinó sobre él, confiado en su dominio como Alfa, Draco no retrocedió. Se sentó sobre el regazo de su prometido, fingiendo sumisión, y entonces, con un movimiento fluido y letal, hundió la daga en su cuello. El hombre ni siquiera pudo gritar. Draco lo apuñaló una, dos, tres veces, hasta que el cuerpo quedó inerte y el aroma a Alfa se disipó bajo el olor metálico de la sangre.

Con la ropa empapada en rojo, Draco se dirigió a la habitación de Walburga. La despertó con un hechizo de atadura que la dejó clavada a la cama. Ella intentó rugir órdenes, pero Draco comenzó a trazar cortes profundos en sus brazos, ignorando sus alaridos.

—Esto es por el armario —susurró Draco mientras la hoja de Regulus desgarraba la piel—. Esto es por el nido que me prohibiste.

Cuando Walburga se quedó sin aliento, Draco terminó con su vida con la misma furia con la que había matado al prometido. Salió de la mansión sin mirar atrás, lanzó una chispa hacia las cortinas cargadas de magia oscura y vio cómo el fuego empezaba a devorar los recuerdos de su tortura.

Mientras la mansión Black ardía, algo en la sangre de Draco se activó. No era solo magia de mago; era un legado antiguo, una herencia de Hécate que había permanecido dormida, despertando bajo el trauma. La misma diosa, viendo la chispa de su linaje, lo envolvió en sombras y lo arrancó de ese mundo, depositándolo lejos, en las colinas de Long Island, en el Campamento Mestizo.

Días después, Orión Black regresó para encontrar solo escombros humeantes. Buscó a Draco entre las cenizas con una desesperación tardía, pero no halló rastro de él. Orión murió meses después, consumido por la amargura y el arrepentimiento, pero con una última chispa de fe: convencido de que Draco seguía vivo, le legó toda la fortuna familiar y el título de Señor de la Casa Black.

Años más tarde, en una misión en Nueva York juntó a un hijo de Poseidón, ese mismo Draco Malfoy, ahora un guerrero endurecido, sentía nuevamente el inicio de su celo, pero esta vez, tenía una daga y la voluntad necesaria para no permitir que nadie volviera a encadenarlo.

 

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- Entonces, me estás diciendo que Draco intimidó a una Omega que te estaba coqueteando y después te impregnó con su olor... y que ahora ese aroma es más dulce y él tiene fiebre -resumió Annabeth a través del mensaje de Iris, con esa expresión analítica que solo ella poseía.

— Sí, eso es lo que intento decirte. ¿Tienes idea de qué enfermedad sea? — preguntó Percy, buscando desesperadamente una respuesta.

A pesar de que Draco siempre se mostraba arisco, Percy se sentía atraído hacia él de una forma que no podía explicar. Fue esa misma atracción la que lo llevó a ser honesto con Annabeth tiempo atrás; ella, con la sabiduría que la caracterizaba, lo había entendido y apoyado. Eran mejores amigos, y por eso ella era la primera a la que acudía cuando el mundo se ponía patas arriba.

— A ver, repásame sus actitudes recientes, Sesos de Alga — pidió ella.

—Pues... está extremadamente sobreprotector, muy sensible, y su olor está por todas partes. Además, no soporta que nadie se me acerque —enumeró Percy.

—Aja... — murmuró Annabeth, y su mirada se volvió cómplice.

Percy se detuvo a pensar. Draco se estaba comportando como un Omega angustiado, pero Draco no era un Omega... ¿o sí? Incluso si lo fuera, la mayoría podía controlar sus instintos, a menos que estuvieran a punto de entrar en...

Oh...

Oh, no.

Percy se congeló, con los ojos abiertos de par en par al comprender la magnitud de la situación.

—¡Oh, no! —soltó mirando a Annabeth con pánico—. ¡Me tengo que ir!

Sin esperar respuesta, cortó la comunicación de un manotazo y corrió hacia la habitación donde reposaba Draco. Al entrar, el sonido de unos sollozos apagados le encogió el corazón. Draco estaba hecho un ovillo sobre la cama, con los ojos cerrados y el rostro bañado en lágrimas. El aire aún no estaba saturado con el aroma del celo, pero la tensión era palpable.

Con pasos lentos, como si temiera romper algo frágil, Percy se acercó. Se sentó a su lado y, con una delicadeza infinita, llevó sus manos hacia la base del cuello del mago. Sus dedos buscaron las glándulas de olor, que se sentían hinchadas y calientes bajo la piel pálida. Comenzó a masajear las con suavidad, permitiendo que la presión se liberara y el aroma a manzanas frescas comenzara a fluir finalmente por la habitación.

Draco soltó un suspiro de puro alivio cuando sintió el leve olor a canela y sándalo, conocía ese olor siempre que ese olor estaba cerca nada malo podría pasarle, su cuerpo relajándose por primera vez en horas. Abrió los ojos con pesadez, nublados por la fiebre, y enfocó la figura del semidiós.

—¿Percy? -susurró con una voz tan suave y vulnerable que el hijo de Poseidón sintió que el mundo entero se detenía.

—Aquí estoy —susurró Percy, manteniendo el movimiento rítmico y delicado de sus dedos sobre la piel ardiente de Draco libero levemente sus feromonas para tranquilizar al omega frente a el.

—No estoy enfermo... —logró articular Draco, con la voz quebrada por la fiebre.

—Lo sé —respondió el semidiós, sin detenerse.

—No hay cura —continuó el mago, buscando desesperadamente algún rastro de desprecio en los ojos de Percy.

Draco conocía bien al hijo de Poseidón; sabía que odiaba las mentiras, que su lealtad era su mayor virtud y su mayor exigencia. Esperaba que, al descubrir el engaño sobre su casta mantenido durante años, Percy lo mirara con el mismo asco que recordaba de su infancia. Pero Percy solo aumentó ligeramente la presión del masaje, manteniendo una mirada cargada de una ternura que dolía. Se preguntaba cuánto sufrimiento habría cargado Draco para verse obligado a esconder su propia naturaleza bajo capas de orgullo y frialdad. Si Draco se lo permitía, él estaba dispuesto a ser su ancla, su apoyo... su compañero.

Un gemido que mezclaba el alivio supremo y un dolor punzante escapó de los labios de Draco cuando sus feromonas finalmente rompieron el dique, inundando la habitación con el aroma puro de manzanas mezcladas con miel.

—Lo siento... —murmuró Draco de inmediato, cubriéndose el rostro con un brazo, avergonzado de mostrar tal debilidad frente al Alfa.

—¿Por qué? —preguntó Percy, sin dejar de ayudar a que las glándulas se drenaran.

—Huele mal —escupió Draco con odio hacia sí mismo.

El eco de las palabras de Walburga y de aquel asqueroso Alfa resonó en su mente. Recordó cómo quemaban cada prenda que él tocaba, alegando que su rastro contaminaba la mansión, y cómo los elfos domésticos lo restregaban hasta lastimarle la piel para borrar cualquier vestigio de su aroma antes de bañarlo en perfumes asfixiantes.

—Huele bien —respondió Percy, genuinamente confundido—. A mí me gusta. Además, no es saludable retenerlo así, Draco. Tienes que soltarlo.

—¡Yo no quería! —la voz de Draco subió de tono, cargada de una desesperación cruda—. No puedo tener mi celo... no lo permitiré.

—Tienes que hacerlo, tu cuerpo no va a aguantar...

De pronto, Draco sacudió la cabeza con violencia, como si intentara espantar un fantasma, y se alejó bruscamente de las manos de Percy, refugiándose en el extremo opuesto de la cama.

—¡No! —gritó, aunque el sonido salió más como un gemido suplicante que como una orden—. ¡Me niego! ¡No volveré a pasar por eso!

—Draco! Ya ha comenzado, no puedes detenerlo —exclamó Percy, elevando la voz con firmeza, pero cuidando de no intimidar al Omega con esa autoridad de Alfa que sabía que podría aterrarlo en su estado actual.

Percy intentó acercarse un paso, manteniendo las manos a la vista, en son de paz.

—Has tenido tu celo antes, Draco. Por todos los dioses, tienes veintiún años. ¿Qué hace que esta vez sea distinta de las últimas? —preguntó, tratando de apelar a la lógica del hombre que siempre parecía tener un plan para todo.

—¡No hubo últimas veces! -gritó Draco, y el sonido fue un desgarro de puro dolor y rabia contenida.

Percy se quedó petrificado a mitad de camino. Sus ojos se abrieron con horror mientras procesaba lo que Draco acababa de confesar.

—¿Qué quieres decir con que no hubo últimas veces? —susurró Percy

—¡Supresores! pensaste que era un beta no es así es por qué he estado tomando esas cosas desde que cumplí los trece años —Draco escupía las palabras como si fueran veneno, mientras se abrazaba a sí mismo, temblando con tal fuerza que la cama vibraba. — Me prometí que nadie volvería a olerme...

sintiendo un frío repentino en la boca del estómago. —Draco... desde que llegaste al campamento han pasado años, Will o algún hijo de apolo lo sabe, Clarisse o los hijos de Afrodita

—No. Nadie lo sabe y nadie lo sabrá jamás —sentenció Draco, sus palabras eran una amenaza envuelta en temblores. — ¡Déjame! Superaré esto solo.

—Draco deja que yo te ayude—dijo Percy

Draco se puso rígido y abrió los ojos de golpe mirando a Percy como si mil dagas lo perforaran, había visto a Draco furioso contra otros y con el pero nunca lo había mirado con tanto odio

—No tendré sexo contigo

—Yo...- Percy parpadeo sin saber cómo responder, había ayudado a tantos omegas a pasar su celo por petición de la cabaña de Hermes al ser más betas que alfas tenía, más facilidad de calmar a los omegas solo haciéndoles compañía y soltando su olor para relajarlos, nunca paso por su cabeza acostarse con algún pequeño o cualquier compañero Omega por respeto, pero la forma en la que Draco se sostenía ante esa información, como si estuviera preparado para huir —¿no estaba ofreciéndolo?

Draco vaciló y su mirada cambió, pero Percy podía sentir la inquietud, la desconfianza, irradiando en oleadas

—Me crees un tonto -acuso Draco -ustedes los alfas son todos iguales, sé lo que quieres y si ese es el único alivio a esto soportaré mi calor solo, lárgate

Percy tardo un momento en procesar eso y cuando lo hizo sus adentros ardieron en furia

—eso no es cierto -dijo con una voz tan profunda que aterroriza al mismo Zeus—¿Quién dijo eso?

Draco se sorprendió, nunca había visto esa mirada en el alfa ni siquiera con sus enemigos bajo la mirada incapaz de soportarlo trago saliva con la garganta apretada

—cuando paso mi calor yo solo...—la voz de Draco se quebró recordando el dolor y la desesperación, miró a Percy y había una impotencia que el alfa no pudo soportar con la voz frágil siguió horrorizado.

—Dijo solo un nudo podría. -con lágrimas cayendo en su rostro

Percy se arrodilló lentamente frente a la cama, asegurándose de que Draco pudiera ver cada uno de sus movimientos. No quería ser una amenaza; quería ser un ancla.

—Escúchame bien, Draco, y mírame —dijo con una voz suave pero cargada de una verdad absoluta—. Te mintieron. Esos monstruos te hicieron creer que tu cuerpo era una cárcel y que ellos tenían la única llave. Pero en el campamento las cosas no funcionan así.

Draco lo miró con escepticismo, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano, aunque su respiración seguía siendo errática.

—He ayudado a muchos Omegas de la cabaña de Hermes —continuó Percy, extendiendo las palmas de las manos hacia arriba en señal de paz—. Y jamás he tenido que tocar a nadie de esa manera. A veces, todo lo que un Omega necesita es un nido seguro y un olor que no sea una amenaza. Mi olor solo está ahí.

Percy dejó que su aroma a canela y sándalo se intensificara gradualmente, inundando el aire la manzana con miel de Draco y la canela y sándalo de percy creaban una fragancia cálida y reconfortable que te hipnotizaba.

—Puedo ayudarte a pasar esto sin que pongas un dedo sobre mí si no quieres. Puedo sentarme en esa silla, o al pie de la cama, y simplemente dejar que mi aroma calme la tormenta en tu sangre. Solo necesitas dejar de luchar contra ti mismo. No eres débil por tener un celo; eres valiente por haber sobrevivido a quienes intentaron usarlo en tu contra.

Draco bajó la guardia apenas un milímetro. La mención de un "nido" y la oferta de una presencia no invasiva chocaban con todo lo que Walburga le había enseñado. Por primera vez en años, no sintió que un Alfa frente a él quisiera devorarlo, sino protegerlo del incendio que lo devoraba por dentro.

—¿Solo... sentarte ahí? —preguntó Draco con un hilo de voz, la duda luchando contra la necesidad instintiva de protección.

—Solo si tú me dejas —reafirmó Percy—. No soy como ellos, Draco. Nunca lo seré.

Draco, vacilante, extendió su mano hacia Percy en un gesto cargado de una vulnerabilidad que nunca antes se había permitido mostrar.

—¿Podrías? —susurró. Su voz fue tan tenue que, si a Percy no le importara tanto aquel mago, jamás lo habría escuchado.

Percy no dudó. Extendió su mano y unió sus dedos con los de Draco, entrelazándolos con una naturalidad que lo dejó sin aliento. Sus manos parecían piezas de un rompecabezas que finalmente encontraban su lugar; no se sentía la incomodidad que experimentaba al ayudar a otros Omegas en el campamento. Con Draco, simplemente se sentía correcto.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó Percy de nuevo, con una firmeza que nacía de una furia protectora.

—Ya no importa —contestó Draco, sosteniendo la mirada del semidiós un segundo antes de desviarla. Antes de que Percy pudiera protestar, de que pudiera jurar que buscaría a los responsables para hacerles pagar, Draco añadió en un susurro gélido—: Los maté.

El mago guardó silencio, observando la reacción de Percy, esperando el rechazo, el juicio o el horror ante su confesión. Pero Percy solo apretó el agarre de sus manos, su rostro endurecido por una justicia implacable.

—Bien —respondió Percy—. Espero que los hayas hecho sufrir.

Para el hijo de Poseidón, cualquiera que dañara a un Omega de esa forma merecía un destino peor que la muerte. En ese instante, Percy hizo un juramento silencioso: le pediría un favor a Hazel y a Nico para localizar las almas de esos monstruos en el Inframundo y asegurarse de que su castigo no terminara nunca. No importaba el precio; pagaría lo que fuera por vengar el sufrimiento de Draco.

—Percy... me duele —gimoteó Draco, rindiéndose finalmente. Sus fuerzas se evaporaron y se dejó caer contra el pecho del semidiós.

Percy lo sujetó con fuerza, acomodándolo contra su cuerpo y refugiando la cabeza del rubio bajo su barbilla.

—Lo sé —murmuró, liberando su aroma con toda la intensidad posible, envolviendo a su persona más preciada en una marea reconfortante para sofocar el fuego dentro de el.

—Tengo miedo...

—Está bien —lo consoló Percy. Se levantó con Draco en brazos y lo depositó con suavidad sobre la cama. Sabía que debía compensar al mago por todo el esfuerzo y el dolor de los últimos años, y el primer paso era enseñarle a descansar—. Deberías anidar, Draco. Te hará sentir seguro.

Draco se puso de pie con dificultad, sintiendo el vacío inmediato al separarse del calor de Percy. Caminó por la habitación con torpeza, deteniéndose frente al semidiós con una expresión de profunda desolación.

—Yo... —comenzó Draco, bajando la vista.

—¿Qué ocurre? —preguntó Percy, confundido por su vacilación.

—No sé cómo... —admitió Draco, y al ver el ceño fruncido de Percy, reafirmó sus palabras con una mezcla de vergüenza y tristeza—: Nunca hice uno. Nunca me dejaron hacer un nido.

 

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El corazón de Percy se hundió en una mezcla de furia y tristeza absoluta. No podía evitar imaginar a un pequeño Draco, solo y asustado, privado del consuelo más básico de su naturaleza: un nido cálido y una presencia que le brindara seguridad. Sabía, por lo que Clarisse le había contado, que Draco había perdido a sus padres a los cinco años y que llegó al campamento a los trece, cargando con un pasado que se esforzaba por enterrar. Ahora todo cobraba sentido; su constante refugio en la cabaña de Afrodita no era por vanidad, sino porque allí, rodeado de Omegas, encontraba el único lugar donde su miedo podía pasar desapercibido.

El abuso y las mentiras lo habían obligado a vivir tras una máscara. Si este iba a ser el primer nido de Draco, merecía ser algo más que sábanas viejas de un motel. Percy recordó que el Campamento Júpiter tenía una entrada secreta a pocos minutos; si se daba prisa, podría conseguir mantas de seda y almohadas de calidad con las hijas de Venus y Hazel.

—Vuelvo enseguida —anunció, pero Draco estaba demasiado absorto en su tarea para registrar sus palabras.

Draco observaba las almohadas y sábanas con una intensidad casi analítica. Sus manos temblaban mientras las colocaba en un círculo rudimentario, solo para desbaratarlo segundos después. Sentía una vergüenza abrasadora; se suponía que esto debía ser instintivo, que su naturaleza debía guiarlo, pero ninguna estructura le parecía suficiente. Tras varios intentos, finalmente logró algo que le dio un atisbo de paz. No era tan grande ni tan lujoso como los que veía en la cabaña diez, pero era suyo. Era su primer nido.

Con una sonrisa tímida y el pecho henchido de una extraña satisfacción, se volvió esperando encontrar la aprobación en los ojos verdes de Percy. Pero su sonrisa se marchitó al instante: la habitación estaba vacía.

El silencio le devolvió una respuesta cruel. Por supuesto, pensó Draco, sintiendo cómo el frío volvía a invadirlo. Ningún Alfa querría a un Omega que ni siquiera sabía construir un refugio, un Omega roto que no se comportaba como tal. La furia y el autodesprecio estallaron en su pecho, y empezó a tirar las almohadas al suelo con violencia mientras las lágrimas desbordaban sus ojos. Había sido un tonto al creer que alguien como Percy Jackson podría aceptarlo.

—No tiene que ser perfecto, Draco. Solo tiene que gustarte a ti.

La voz de Percy lo detuvo en seco. El semidiós estaba de pie en el umbral, cargado con mantas de lana fina, almohadas de plumas y algunas prendas propias que desprendían un aroma intenso a sal de mar. Percy observó el caos en el suelo y luego la mirada destrozada de Draco, comprendiendo de inmediato el vacío que el mago había sentido.

—Perdón por irme sin avisar —dijo Percy con suavidad, dejando las cosas sobre una silla y acercándose con cuidado—. Pero quería que tu primer nido fuera digno de un príncipe.

—Te fuiste... te fuiste sin decir nada —reclamó Draco, con la voz entrecortada y los ojos aún empañados por las lágrimas de rabia que no habían llegado a secarse.

—Te avisé, de verdad que lo hice —respondió Percy con suavidad, manteniendo una distancia prudente para no abrumarlo.

Draco sintió una punzada de vergüenza; en su frenesí instintivo, realmente no había escuchado nada más que los latidos de su propio corazón. Bajó la mirada hacia el montón de telas lujosas y objetos que el semidiós sostenía.

—¿Qué es todo esto? —preguntó, su curiosidad luchando contra su orgullo.

—Materiales para ti —dijo Percy, regalándole una de esas sonrisas radiantes que parecían capaces de iluminar el fondo del océano.

Draco soltó un jadeo involuntario al tocar las mantas. Eran de una suavidad casi irreal, seda y lana de la más alta calidad que se sentían como una caricia contra sus dedos febriles.

—¿Tú... compraste todo esto para mí? —preguntó Draco, levantando la vista para encontrar los ojos verdes de Percy, buscando cualquier rastro de burla que, por supuesto, no existía.

—Sí. Fui al Campamento Júpiter y se las compré a las hijas de Venus —explicó Percy con total naturalidad.

Omitió el detalle de que lo había pagado con la tarjeta de crédito de Poseidón. Percy se la había "prestado" sin permiso meses atrás, bajo la lógica de que era una compensación justa por todos los años de manutención no pagada y por los traumas de su infancia. Si su padre se enteraba, Percy ya tenía preparado el discurso sobre las responsabilidades parentales de los dioses.

Draco abrazó las mantas contra su pecho, sintiéndose abrumado. Era mucho más de lo que jamás había soñado tener, pero al hundir la nariz en la tela, frunció el ceño con descontento. Algo faltaba. Algo vital.

—¿Qué pasa? ¿No te gustan? —preguntó Percy, su expresión transformándose de inmediato en una de preocupación genuina.

Sin mediar palabra, Draco tomó una de las almohadas de seda y se la arrojó con fuerza a la cara a un Percy confundido. Antes de que el semidiós pudiera reaccionar, Draco se abalanzó sobre él, le arrebató la almohada y se la volvió a estampar en el pecho, frotándola contra su camiseta con una urgencia casi desesperada.

Percy tardó al menos cinco prendas en procesar lo que estaba sucediendo. Draco no estaba enojado con el regalo; simplemente lo estaba usando como si fuera un frasco de perfume humano. El mago necesitaba que cada fibra de ese nido estuviera impregnada con el aroma del Alfa para sentirse realmente a salvo.

Al entenderlo, Percy sonrió y, más feliz que nunca, cerró los ojos y se relajó. Permitió que su aroma a canela y sándalo —una mezcla cálida y terrosa que solo reservaba para los momentos de absoluta intimidad— fluyera libremente, envolviendo la habitación. Se quedó allí, quieto y dócil, dejando que el Omega lo usara a su antojo para marcar cada manta y cada almohada, convirtiendo los tesoros de Nueva Roma en un refugio que finalmente olía a hogar.

Cuando Draco finalmente terminó de usar a Percy como su "frasco de perfume" personal, comenzó la verdadera tarea de construcción. Fue un proceso caótico y extrañamente doméstico. Percy intentaba ayudar, pero era regañado constantemente por Draco por colocar una manta con el doblez equivocado o por no darle la suficiente estructura al borde. Sin embargo, cuando Percy intentaba dar un paso atrás para darle espacio y que se calmara, Draco volvía a arremeter contra él, quejándose de que lo dejaba solo y no lo ayudaba en absoluto.

Entre regaños punzantes del mago y risas contenidas del semidiós, el nido fue tomando forma. Draco lo observaba con atención crítica, analizando cada ángulo, pero algo seguía sin convencerlo. En un gesto decidido, se quitó su propia sudadera y la acomodó en el centro del círculo de almohadas.

—¿Quieres mi camiseta? —preguntó Percy, llevando sus manos al dobladillo de la prenda, dispuesto a despojarse de ella.

—Está sucia —respondió Draco con altivez, arrugando la nariz.

—Oh —Percy se detuvo en seco, sintiéndose extrañamente desanimado. Soltó la tela y bajó los hombros, pensando que su olor ya no era bienvenido.

Pero antes de que pudiera lamentarse, Draco se acercó con pasos felinos y atrapó las mangas de la camisa de Percy entre sus dedos. Sus ojos grises centellearon con una intensidad febril.

—Eso no fue un "no" —sentenció.

Con una rapidez que dejó a Percy parpadeando, Draco le quitó la camisa, dejando al semidiós con el torso desnudo. Satisfecho al fin con el trofeo, el Omega se metió en el nido, acomodándose entre las sedas y el algodón impregnados de canela y sándalo.

—Es lindo —murmuró Percy, sintiendo una atracción magnética hacia el refugio. Estaba a punto de adentrarse en él, buscando el calor de Draco, cuando una mano pálida se interpuso en su camino, frenándolo en seco.

Percy sintió una punzada de dolor en el pecho. Sabía perfectamente que un Omega tiene el control absoluto sobre quién entra en su espacio sagrado, pero después de todo lo que habían pasado esa tarde, el rechazo físico le dolió más de lo que quería admitir.

—Al igual que tu ropa, tú también estás sucio —sentenció Draco con una autoridad real, aunque sus mejillas estaban encendidas por la fiebre—. Podrás entrar en nuestro nido una vez que te hayas bañado.

El mundo de Percy se detuvo. Las palabras "nuestro nido" resonaron en su cabeza como una melodía triunfal, borrando instantáneamente cualquier rastro de dolor o duda. Draco no lo estaba alejando; estaba preparando el lugar para los dos.

—¡Me baño en un segundo! —exclamó Percy.

A una velocidad que habría dejado en ridículo a cualquier atleta olímpico, el hijo de Poseidón salió disparado hacia el baño, dejando tras de sí una estela de aire y a un Draco que, por primera vez en su vida, sonreía con verdadera paz dentro de su propio refugio.

Percy salió del baño envuelto en una nube de vapor, con el cabello goteando y la piel aún fresca por el agua. No usó una toalla para secarse por completo; como hijo de Poseidón, simplemente deseó estar seco y el agua obedeció, dejando su piel suave y lista. Al entrar en la habitación, la intensidad del aroma de Draco lo golpeó de lleno: era una mezcla embriagadora de manzanas de invierno, canela y la vulnerabilidad dulce que solo un Omega en confianza libera.

Draco estaba enterrado hasta la nariz en el nido de mantas. Sus ojos grises, brillantes por la fiebre pero ahora carentes de miedo, siguieron cada movimiento de Percy con una fijeza instintiva.

—Ya estoy limpio —susurró Percy, deteniéndose al borde del nido, esperando la invitación formal.

Draco no dijo nada. En su lugar, extendió un brazo pálido y levantó una de las pesadas mantas de seda de las hijas de Venus, creando un hueco cálido a su lado. Percy se deslizó dentro con cuidado, sintiendo cómo el calor del cuerpo de Draco lo envolvía de inmediato. En cuanto se acomodó, Draco se pegó a su costado como si fuera un imán, apoyando la cabeza en el pecho desnudo de Percy y soltando un suspiro que pareció liberar años de tensión acumulada.

—Hueles a bien... —murmuró Draco, cerrando los ojos—. Es mejor que el perfume.

—Y tú hueles a hogar, Draco —respondió Percy, pasando un brazo sobre los hombros del mago y atrayéndolo más hacia él.

La noche avanzó y la fiebre del celo comenzó su ascenso constante, pero el dolor ya no era el protagonista. Entre las sombras de la habitación, protegidos por el nido que Draco había construido con tanto recelo, las palabras empezaron a fluir. Draco le habló de los pasillos fríos de la Mansión Black, de cómo aprendió a silenciar sus propios gritos en aquel armario oscuro y de la soledad absoluta que sintió al darse cuenta de que su familia lo veía como un defecto que debía ser corregido o usado.

—Pensé que si alguien lo sabía, vería lo mismo que ellos —confesó Draco, con los dedos trazando distraídamente las cicatrices de batalla en el brazo de Percy—. Una debilidad. Un objeto.

—Nunca —le prometió Percy, besando la coronilla de su cabeza—. Eres el mago más fuerte que conozco. Sobreviviste a monstruos que otros ni siquiera pueden imaginar, y lo hiciste solo. Pero ya no tienes que hacerlo más.

Draco se tensó un momento, pero luego se relajó profundamente, dejando que el ronroneo instintivo de su pecho —un sonido que nunca se había permitido emitir— llenara el espacio entre ambos. Por primera vez en su vida, el celo no era una condena de muerte o una humillación; era simplemente estar en casa, en los brazos de alguien que lo valoraba por quien era, no por su casta.

 

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La semana que duró el celo de Draco fue, para ambos, un paréntesis fuera del tiempo. En la penumbra de la habitación, Percy se convirtió en su mundo entero. No hubo rastro de la brusquedad que Draco tanto temía; solo hubo ternura. Percy lo mimaba con una devoción absoluta, trayendo agua fresca, comida o simplemente ofreciendo su presencia cuando el dolor se volvía insoportable y si quería algo por capricho percy lo conseguía.

En los momentos de calma, Draco vació su alma. Contó la crueldad de los Black, las sombras del armario y el peso de una máscara que le asfixiaba. Percy no lo juzgó; se limitó a escuchar, secando sus lágrimas con la delicadeza de quien toca una reliquia preciosa. Cuando el ambiente se volvía demasiado denso, Percy lo rescataba con risas, narrando sus propias torpezas, desde las expulsiones de cada escuela hasta sus encuentros más absurdos con monstruos. La calidez entre ellos surgió sin esfuerzo, una conexión forjada no solo por la biología, sino por un cariño que finalmente encontraba su cauce.

La calidez fue natural no fue forzada ya que en ambos tenían el sentimiento del cariño el uno por el otro.

Al regresar al campamento, la realidad los recibió con firmeza. En la cabaña de Apolo, Will le lanzó a Draco una reprimenda que resonó en las paredes de la enfermería. El sanador estaba horrorizado al saber que Draco había usado supresores durante casi una década sin supervisión médica.

—Estás vivo de milagro, Draco —le advirtió Will, prohibiéndole terminantemente volver a tocarlos hasta que su sistema se regulara—. De ahora en adelante, tu salud pasa por mis manos.

En la cabaña de Afrodita, el recibimiento fue distinto. Clarisse La Rue, la ruda hija de Ares, estaba allí. Con una honestidad brutal, la Beta confesó que siempre había sospechado la verdad. Miró a Draco con un respeto renovado, asintiendo con orgullo por la fortaleza que había demostrado al cargar con semejante secreto él solo, y le pidió disculpas, a su manera, por no haber intervenido antes. Mientras tanto, las hijas de Afrodita no le quitaron los ojos de encima en todo el día, cuchicheando con sonrisas cómplices y avergonzando a Draco al señalar lo evidente: el olor de Percy Jackson estaba impregnado en él de forma tan profunda que parecía una segunda piel.

A partir de entonces, Percy inició su cortejo. Fue un proceso decidido y paciente; quería que Draco supiera que era el único Omega en su vida. Cada vez que el celo regresaba, Percy desaparecía del mundo exterior para encerrarse con él entre abrazos y mimos.

Los campistas ya se habían acostumbrado a la señal: si veías a Percy Jackson usando la misma muda de ropa durante una semana entera, era porque no se había separado del lado de Draco ni un segundo y por qué el omega le había robado toda su ropa al alfa y unas cuantas a sus amigos cercanos.

Un año después, el cambio era total. Draco ya no caminaba con los hombros tensos ni la mirada defensiva. En su cuello, una marca de unión lucía con orgullo, un lazo inquebrantable que sellaba su destino. Ahora, dondequiera que Draco fuera, el aire se transformaba. El aroma a manzanas frescas se mezclaba con la dulzura de la miel y la calidez de la canela y el sándalo de Percy, una fragancia única y poderosa que anunciaba a todo el campamento que el Omega lider de la cabaña de Hécate finalmente había encontrado su destino, su paz y su hogar en los brazos del hijo del mar.