Chapter Text
El ambiente está cargado de expectación y esa mezcla clásica de arrogancia noble y nerviosismo adolescente. El Maestro Colbert observa con atención mientras los estudiantes, uno a uno, invocan criaturas impresionantes: un águila gigante, un dragón de tierra, una salamandra de fuego y otros más domésticos.
Luego le toca el turno a ella.
Louise Françoise Le Blanc de La Vallière, apodada por todos como "Louise la Zero" debido a su tasa de éxito del 0% en cualquier hechizo, camina hacia el centro del círculo. Las risas de Kirche y las burlas de los demás estudiantes zumban en sus oídos. Su orgullo de noble está en juego; es su última oportunidad para demostrar que no es un fracaso.
Louise respira hondo, levanta su varita de madera con firmeza y comienza el cántico sagrado con una voz que tiembla ligeramente, pero que rebosa determinación:
— Mi sirviente que existe en algún lugar del universo...
— Mi sagrado, hermoso y fuerte familiar...
— Yo deseo desde lo más profundo de mi corazón y respondo a mi guía...
— ¡APARECE!
Louise agita su varita con fuerza, normalmente el hechizo debería haber fallado o invocado a un ratón, pero algo es diferente esta vez. El aire alrededor del punto de invocación no solo brillaba, sino que se distorsionaba. Una presión extraña que choca contra la energía de Louise.
El humo grisáceo comienza a ceder, revelando a un joven de cabello negro y ojos algo afilados, vistiendo una extraña chaqueta naranja y negra.
Subaru Natsuki parpadea, sacude la cabeza y, al ver el imponente castillo, los uniformes de época y las varitas de madera, sus ojos se iluminan con una chispa de comprensión.
Ignora el hecho de que está en un cráter. Ignora las risas de los nobles. En su mente, el guión de su vida finalmente ha comenzado.
Subaru se pone de pie de un salto, aprieta los puños y lanza un grito que resuena en todo el patio de la academia, ignorando a los estudiantes a su alrededor.
— ¡YOSHA! ¡POR FIN! ¡ESTÁ PASANDO! ¡HE SIDO INVOCADO A UN MUNDO DE FANTASÍA! —grita a pleno pulmón, con una sonrisa de oreja a oreja.
— ¡Adiós a las noches de desvelo y a la vida de nini! ¡Aquí comienza la leyenda de Natsuki Subaru!
Para los presentes, sin embargo, lo que escuchan es un estruendo de sonidos guturales y extraños. No entienden ni una sola sílaba, pero la energía maníaca del chico es evidente.
Subaru gira sobre sus talones y sus ojos aterrizan en la figura que tiene justo enfrente: una chica de baja estatura, con cabello rosa pálido que ondea suavemente y unos ojos grandes que lo miran con una mezcla de horror y confusión.
—Es ella— piensa Subaru, sintiendo un flechazo de adrenalina. —La hermosa chica de cabello rosado que me ha traído aquí, mi invocadora, mi heroína principal.
Se acerca a ella con paso decidido y, antes de que alguien pueda reaccionar, toma las manos de Louise con entusiasmo, ignorando por completo que ella es una noble de alto rango que detesta que los plebeyos la toquen.
— ¡Tú debes ser quien me llamó! ¡No te preocupes, mi salvadora! ¡A partir de hoy, Natsuki Subaru será tu espada y tu escudo! ¡Dime, ¿cuál es el Rey Demonio que debo derrotar primero?!
Louise está congelada. Siente el calor de las manos de Subaru y su rostro pasa de un blanco pálido a un rojo escarlata de pura furia y vergüenza.
— ¡Suéltame, plebeyo atrevido! —grita ella, aunque para Subaru solo suena como un melodioso pero enfadado idioma extranjero.
Guiche de Gramont da un paso al frente, invocando su rosa de bronce.
— ¡Qué espectáculo tan lamentable! No solo es un plebeyo, sino que es un loco que balbucea tonterías y se atreve a tocar a una Vallière. ¡Louise, acaba con esto de una vez!
El Maestro Colbert se ajusta las gafas, confundido. No detecta ni un ápice de maná en el chico, ni nada que sugiera que es un ser mágico. Es, a ojos de todos, un humano común y corriente con ropa muy colorida.
Louise se zafa del agarre de Subaru. Está al borde de las lágrimas por la humillación, pero sabe que si no completa el contrato, su carrera como maga termina hoy.
— No tengo otra opción... —susurra ella para sí misma, levantando su varita mientras Subaru la mira con ojos brillantes, esperando algún tipo de bendición mágica o el inicio de su aventura épica.
Louise, temblando de humillación y con las lágrimas amenazando con brotar de sus ojos, ignora la actitud entusiasta de Subaru. Para ella, este "plebeyo loco" que no deja de sonreír y balbucear sonidos extraños es su última oportunidad de no ser expulsada de la academia.
— ¡Cállate de una vez! —le grita Louise, aunque Subaru solo escucha una voz femenina aguda y autoritaria que le resulta encantadora—. ¡Deberías estar agradecido! ¡Un plebeyo como tú siendo el familiar de una Vallière!
Subaru, esperando una bendición mágica o un "power-up" de protagonista, ve cómo la chica se acerca a su rostro. Sus ojos se abren de par en par.
— ¿Ya? ¿En el primer episodio? ¡Este mundo es el paraíso!, piensa con el corazón a mil por hora.
Louise respira hondo y levanta su varita, apuntando al pecho de Subaru con seriedad que él no termina de comprender. Comienza a recitar con voz clara que resuena en todo el patio de la Academia:
— Pentágono de los cinco elementos... que gobiernan este mundo... ¡Bendice a este ser y conviértelo en mi familiar!
Louise cierra los ojos con fuerza, se pone de puntillas y presiona sus labios contra los de Subaru en un beso rápido y casto.
Para los estudiantes, es una escena cómica. Para Subaru, es el inicio de su aventura… hasta que el mundo se vuelve blanco y un dolor ardiente comienza a grabarse en el dorso de su mano.
— ¡AAAAAAAHHHHHHH! —El grito de Subaru desgarra el aire del patio.
Subaru cae de rodillas, sujetándose la mano izquierda con fuerza desesperada. Siente como si le estuvieran clavando mil agujas al rojo vivo directamente en los huesos. La piel de su mano comienza a burbujear y a emitir un pequeño rastro de vapor mientras unas marcas carmesí se graban a fuego en su carne.
El Maestro Colbert, dejando de lado su sorpresa por la reacción tan violenta del chico, se abre paso entre los estudiantes y se arrodilla junto a un Subaru que jadea y suda frío.
Con cuidado profesional, Colbert toma la mano izquierda del joven. El dolor de Subaru empieza a remitir a un latido sordo y constante, dejando al descubierto cuatro caracteres rúnicos antiguos que brillan con un rojo tenue antes de asentarse como un tatuaje oscuro.
— Increíble... —murmura Colbert, ajustándose las gafas y analizando las runas con fascinación—. Nunca había visto este alfabeto en un contrato de familiar común.
Louise se acerca, todavía roja de la vergüenza, mirando con desprecio a su familiar que sigue lloriqueando en el suelo.
— ¿Qué es, profesor? ¿Es algo poderoso?
Colbert niega con la cabeza, pensativo.
— No puedo leerlas, señorita Vallière. Son runas pérdidas, posiblemente de una era antigua. Pero el flujo de maná es claro: el pacto se ha sellado con éxito. Este joven es oficialmente su familiar.
Tras el caótico ritual, la noche cae sobre la Academia de Magia de Tristain. El ambiente festivo se ha disipado, dejando solo una pesadez incómoda en el aire. Louise camina a paso firme por los pasillos de piedra, con la barbilla en alto pero el rostro ardiendo de vergüenza, mientras Subaru la sigue a tropezones, sujetándose la mano izquierda que aún late con calor residual.
Al entrar en la habitación de Louise, Subaru espera ver algo digno de una princesa de Isekai: camas con dosel, seda y lujos. Pero Louise se detiene junto a un rincón oscuro cerca de la ventana, donde hay una pila de paja seca y una manta áspera.
— ¡Inu! ¡Koko! —señala Louise con autoridad, aunque Subaru solo escucha sonidos cortantes.
Subaru mira la paja, luego la cama suave de Louise, y vuelve a mirar la paja. Su cara de protagonista se desmorona por un segundo.
— ¿Es una broma? ¿Incluso en un mundo de fantasía el presupuesto para el héroe es tan bajo?, piensa con una mueca de dolor.
Subaru intenta protestar. Empieza a gesticular frenéticamente, señalando la paja y haciendo mímica sobre dormir sobre una nube, mientras suelta un discurso en japonés sobre los derechos humanos de los invocados.
— ¡Cállate! ¡Cállate de una vez! —grita Louise, perdiendo la paciencia—. ¡Tu voz me está dando dolor de cabeza! ¡Si no puedes hablar como una persona normal, al menos guarda silencio!
Louise levanta su varita, apuntando directamente a la boca de Subaru. En su mente, intenta lanzar un simple hechizo de "Silencio" para que el chico deje de balbucear. Pero, como es costumbre con "Louise la Zero"...
— ¡SILENCIO! —exclama.
¡BOOOOM!
Una explosión de energía mágica detona en la cara de Subaru. El humo inunda la habitación, las ventanas vibran y Subaru sale volando hacia atrás, aterrizando de espaldas sobre la paja.
Subaru tose, con la cara negra por el hollín y el cabello chamuscado. Se lleva las manos a la garganta, esperando haber perdido el habla, pero de repente, el zumbido en sus oídos cambia. Los insultos que Louise grita ahora dejan de sonar como ruidos extraños y empiezan a tomar forma en su mente.
— ...¡¿Me escuchas, pedazo de perro idiota?! ¡Si vuelves a hablar, te haré...! —Louise se detiene en seco, dándose cuenta de algo—. ¿Me estás entendiendo?
Subaru parpadea, procesando la información. La explosión de Louise, por puro azar mágico, ha forzado un enlace de comprensión lingüística entre el invocador y el familiar.
Subaru siente que este es su momento. El dolor de la explosión se olvida. Se pone de pie de un salto, se sacude las cenizas de su chaqueta deportiva con estilo y se coloca en su pose más icónica: una mano en la cadera, la otra apuntando al techo con el dedo índice y una pierna cruzada frente a la otra.
— ¡Je! No sé qué tipo de 'bendición explosiva' me acabas de dar, ¡pero el mensaje ha llegado alto y claro! —dice Subaru con una confianza renovada—. ¡Escucha bien, chica de cabello rosa! ¡Porque este nombre resonará en cada rincón de este mundo!
Louise lo mira como si hubiera perdido la cabeza definitivamente.
— ¡Mi nombre es Natsuki Subaru! ¡No solo soy un ignorante total, sino que además estoy más quebrado que una tienda en quiebra! ¡Y a partir de hoy, seré el héroe que pondrá este mundo patas arriba!
Louise parpadeó, confundida por la mezcla de arrogancia y absoluta falta de dignidad del chico.
— ¿Natsuki... Subaru? Qué nombre tan extraño... —susurra, antes de recuperar la compostura—. Bueno, Familiar... es momento de que sepas con quién estás hablando.
Ella da un paso al frente, haciendo que su capa ondee ligeramente.
— Soy Louise Françoise Le Blanc de La Vallière, la tercera hija de la noble familia Vallière de Tristain. Y puesto que yo fui quien te invocó con éxito, ahora eres mi familiar. Así que deja de hacer esas posturas ridículas; me duelen los ojos de solo verte —dice con frialdad, llevándose las manos al cuello de su capa—. Y recuerda que sigues durmiendo en la paja.
Subaru parpadea, rompiendo su pose y rascándose la nuca con una sonrisa nerviosa.
— ¿Louise Françoise Le Blanc de La Vallière? Vaya, eso es mucho nombre para alguien tan pequeña... ¡Oye, oye! ¡No saques esa varita! ¡Un poco de respeto por el nombre que hará historia! ¿No viste la pose? ¡Fue de manual!
Louise no responde y con naturalidad, deja caer su capa sobre la cama. Luego, sube las manos a los botones de su blusa.
— ¡¿E-E-EH?! ¡¿Oye, qué haces?! —tartamudea Subaru, poniéndose rojo como un tomate y cubriéndose los ojos, aunque dejando un espacio entre los dedos—. ¡Se supone que esto es un anime de fantasía, no una novela visual con clasificación R! ¡Ni siquiera hemos tenido nuestra primera cita!
Louise lo mira de reojo, genuinamente confundida por su reacción histérica. Para una noble, que un familiar vea su ropa interior no es tabú sexual, es simplemente irrelevante.
— ¿De qué hablas, perro? Solo me estoy cambiando, dice mientras se quita la blusa y la falda, quedando en camiseta blanca. —Un familiar debe ser útil. Toma esto.
Louise le lanza un montón de ropa (capa, blusa, falda y medias) directamente a la cara de Subaru. El olor a perfume y el calor de la tela lo dejan en cortocircuito cerebral.
— Lávalas. En el patio hay un pozo y tablas de lavar. Quiero que estén impecables y secas para mañana por la mañana —ordena Louise, metiéndose bajo las sábanas—. Y ni se te ocurra usarlas de almohada en tu montón de paja. Si encuentro un solo pelo tuyo en mi capa, te haré estallar de verdad.
Subaru se queda de pie, sosteniendo la ropa de una noble, mirando su pila de paja y procesando que su aventura épica ha comenzado como lavandero personal.
— No puede ser... —susurraba para sí mismo en japonés—. Sin dinero, sin casa, durmiendo en paja y ahora esclavo de una loli mandona. ¡¿Dónde está mi poder trampa?! ¡¿Dónde está mi espada legendaria?!
Mira su mano izquierda, donde están las runas. Siente algo ahí, una fuerza latente, pero por ahora solo sirve para sostener un cubo de agua con jabón.
Subaru sale al patio de la academia, cargando el bulto de ropa, refunfuñando sobre cómo su destino como "héroe de otro mundo" ha dado un giro hacia el sector de servicios domésticos.
La noche es extraña.
Las dos lunas que brillan en el cielo le recuerdan que ya no está en su zona de confort.
Al llegar a la zona de los lavaderos, el lugar está casi desierto, iluminado solo por lámparas mágicas de luz tenue. Subaru deja caer la ropa de Louise con un suspiro y se acerca al pozo, frotándose las manos en agua helada.
— Muy bien, Natsuki Subaru... Si este es el primer paso para convertirte en una leyenda, ¡serás el mejor lavandero que este mundo haya visto! —exclama para darse ánimos, aunque su voz suena un poco hueca en el silencio nocturno.
Justo cuando introduce las manos en el agua, escucha un suave jadeo de sorpresa a su espalda. Se gira rápidamente, poniéndose en guardia (o lo que él cree que es guardia), pero se relaja al ver a una chica de su edad, con uniforme de sirvienta, cabello oscuro y expresión amable.
— Oh... tú eres el chico que la señorita Vallière invocó hoy, ¿verdad? —dice, hablando el idioma que Subaru ahora entiende gracias a la explosión—. Soy Siesta, una de las criadas de la academia.
Subaru parpadea, impresionado. A diferencia de los nobles arrogantes del patio, ella lo mira a los ojos sin desprecio.
— ¡Ah, sí! ¡Soy yo! ¡Natsuki Subaru, a tu servicio! —responde con su característica energía—. ¿También te mandaron a hacer trabajos forzados a estas horas?
Siesta deja escapar una risita tapándose la boca.
— Es mi trabajo, Natsuki-san. Pero... es muy extraño ver a un familiar lavando ropa. Normalmente los familiares son animales o criaturas mágicas que simplemente existen junto a su amo.
Siesta se acerca y, al ver que Subaru está restregando la blusa de Louise con una técnica que probablemente la destrozaría en cinco minutos, se arrodilló a su lado.
— Déjame ayudarte. Si la señorita Louise ve que la ropa está mal lavada, se enfadará mucho contigo —dice, tomando suavemente la prenda de sus manos.
Subaru se queda helado por un segundo. El contacto de sus manos con Siesta es cálido en comparación con el agua fría. En su mente empieza a comparar:
¿Louise? Explosiva mandona que me hace dormir en paja. ¿Siesta? Un ángel con uniforme de maid que me ayuda en mi hora más oscura.
— Siesta... eres un salvavidas —dice Subaru, dejándose caer junto al lavadero—. No tienes idea de lo raro que ha sido este día. Besos por contrato, explosiones, runas que queman... siento que sí bajó la guardia, este mundo me va a masticar y escupir.
Siesta lo mira con simpatía, notando el cansancio tras su fachada de energía.
Subaru sonríe de alivio, pero mientras Siesta lava la ropa, siente un leve hormigueo en su mano izquierda. Las runas reaccionan por un segundo ante algo cercano, pero desaparecen tan rápido que lo atribuyen al frío del agua.
— Oye, Siesta... ¿en este mundo pasan muchas cosas peligrosas? —pregunta Subaru, mirando las dos lunas.
— Bueno, hay guerras y monstruos a veces... pero aquí en la academia estamos seguros. ¿Por qué lo preguntas? —responde ella.
— Por nada... solo es un presentimiento de protagonista.
Subaru regresa por los pasillos de piedra de la academia, cargando la ropa impecable gracias a la ayuda de Siesta. El silencio del castillo a estas horas es sepulcral, sólo interrumpido por el eco de sus pasos.
Al llegar a la habitación, espera encontrar a Louise roncando plácidamente pero se equivoca.
Louise está sentada en el borde de su cama, envuelta en una fina sábana, mirando fijamente por la ventana hacia las dos lunas. No tiene su habitual expresión de mando; se ve pequeña, casi frágil. Al escuchar la puerta, se sobresalta y recupera instantáneamente su máscara.
— Llegas tarde, perro —dice, aunque su voz no tiene la fuerza de antes.
Subaru deja la ropa sobre una silla.
— ¡Oye, no es fácil lavar ropa de noble con agua que parece sacada de un congelador! Además, tuve que aprender la técnica del tallado... bueno, me ayudaron un poco.
Louise suspira y vuelve a mirar por la ventana. Hay un silencio incómodo que Subaru decide romper.
— Oye... ¿estás bien? Tienes cara de haber suspendido un examen de matemáticas, y créeme, yo sé mucho de esa cara.
Louise aprieta los puños sobre la sábana. Normalmente le gritaría por su insolencia, pero la oscuridad invita a confesiones.
— Mañana todos se burlarán de mí de nuevo —susurra Louise—. Invocaste a un plebeyo... ni siquiera a un animal mágico. Solo a un chico que hace poses raras y que no sabe usar un tenedor correctamente.
Subaru siente un pinchazo de culpa. Su llegada no fue heroica, sino una carga social para ella. Se acerca un poco, manteniendo la distancia.
— Escucha, Louise... puede que no sea un dragón escupe-fuego o un grifo majestuoso, dice Subaru, rascándose la nuca. — Pero donde yo vengo, no nos rendimos tan fácil. Si me invocaste a mí, debe ser por algo. Tal vez no sea 'mágico', pero tengo... otros talentos.
Louise lo mira a los ojos. Por un segundo, la determinación maníaca de Subaru parece contagiar.
— Eres muy extraño, Familiar. Dices cosas que no tienen sentido, pero las dices con tanta seguridad que... casi te creo.
Se tumba en la cama y le da la espalda, cubriéndose hasta la cabeza.
— Apaga la lámpara. Y no te acostumbres a hablarme así. Mañana quiero mis botas lustradas.
Subaru sonríe para sí mismo en la oscuridad. Se dirige a su montón de paja y se tumba. Está dura, pica y huele a granero, pero después de un día de ser transportado a otro mundo, besado por una maga y marcado por runas dolorosas, el cansancio lo vence.
Se mira la mano izquierda, donde las runas emiten un tenue pulso de calor. El dolor extremo ha desaparecido, pero queda una sensación de conexión.
— Bueno... —susurra Subaru acomodándose—. Tengo una heroína tsundere, runas mágicas y puedo entender el idioma. No es el comienzo perfecto, pero al menos no hay monstruos gigantes tratando de destriparme... de momento.
— Buenas noches, Louise —dice Subaru, cerrando los ojos.
Omakes
El Espejismo del sistema
El sol de Tristain comenzaba a descender, tiñendo las torres de la Academia de un naranja sangriento. En el centro del patio, ajeno a las miradas de desprecio de los nobles que se retiraban, Subaru Natsuki se encontraba en medio de una batalla invisible.
Sus manos se movían frenéticamente en el aire, trazando círculos, cuadrados y pulsando botones imaginarios. Sus ojos, antes llenos de asombro, ahora bailaban con una mezcla de paranoia y desesperación.
—¡Menú! ¡Opciones! ¡Configuración de personaje! —exclamaba Subaru, su voz quebrando el silencio del patio—. ¡Vamos, maldita sea! ¡Dame al menos un tutorial! ¡¿Dónde está la ventana flotante con mi nivel de fuerza?!
A unos metros de distancia, Louise observaba la escena con una mano en la frente, sintiendo que cada espasmo de su familiar le restaba un año de vida por pura vergüenza. El Maestro Colbert, a su lado, sostenía su bastón con curiosidad, ajustándose las gafas mientras tomaba notas mentales sobre el extraño comportamiento del convocado.
—Dígame, profesor... —susurró Louise, con la voz temblorosa por la humillación—. ¿Es posible que esté sufriendo un colapso mental por la presión del contrato? ¿O acaso es un ritual de apareamiento de su especie? Si es así, juro que lo haré estallar ahora mismo.
Colbert ladeó la cabeza, fascinado.
—Es difícil de decir, señorita Vallière. Sus movimientos son erráticos, pero parecen seguir un patrón lógico.... Observa cómo busca algo en el aire con los dedos. Quizás en su pueblo, los plebeyos intentan sintonizarse con el ambiente a través de estiramientos de gimnasia básica y gritos de guerra incoherentes.
Subaru, mientras tanto, se había dejado caer de rodillas, con los hombros caídos y el rostro ensombrecido. Metió la mano en la balsa de supermercado y sacó su única herencia de la Tierra: un paquete de papas fritas medio vacío y su teléfono celular, cuya pantalla solo mostraba el símbolo de "Sin Servicio" y un 15% de batería que descendía como su esperanza de vida.
—Nada... no hay interfaz. No hay inventario infinito. Ni siquiera un mapa con puntos de guardado... —murmuró Subaru, mirando el paquete de papas con tristeza —. Solo tengo un snack de sabor dudoso y un aparato que sirve más como un espejo caro que como una herramienta de héroe. ¡Este Isekai está bugeado! ¡Quiero hablar con el administrador!
Louise dio un paso adelante con molestia, haciendo que su capa ondeara.
—¡Deja de pelear con el aire, perro idiota! ¡Y deja de lamer ese trozo de cartón brillante! —le gritó, señalando el celular—. Si tienes tanta energía para hacer payasadas, tienes energía para seguir mis órdenes. ¡Muévete!
Subaru se puso de pie lentamente, guardando su celular con la reverencia de quien guarda una reliquia sagrada de una civilización muerta. Suspiro y se resignó a su destino.
—No sé lo que dices, pero, ya voy... —dijo Subaru, recuperando su sonrisa forzada—. Pero que conste: si muero en el primer nivel por falta de una barra de salud, mi fantasma vendrá a quejarse de tu falta de soporte técnico.
La bendición del sirviente supremoLa habitación de Louise estaba sumida en oscuridad, rota únicamente por los dos hilos de luz plateada que se filtraban desde las ventanas. Sentado sobre su incómodo lecho de paja, Subaru Natsuki se contemplaba la mano izquierda. Las runas familiares, grabadas a fuego en su piel, latían con un brillo mortecino, como brasas que se niegan a apagarse.
—Habilidades ocultas... —susurró, trazando los contornos de los caracteres rúnicos con el pulgar—. ¿Qué eres realmente? ¿Fuerza bruta para derribar murallas? ¿Una velocidad que rompa la barrera del sonido? ¿O quizás algo místico, como hablar con las bestias de este mundo?
Cerró los ojos, intentando canalizar esa "energía de protagonista" que le habían prometido las novelas ligeras. En su mente, se imaginaba blandiendo una espada flamígera o deteniendo el tiempo. Con esa intensidad fluyendo por sus venas, estiró la mano y sujetó una de las botas de cuero de Louise que descansaba en el suelo, listo para comenzar su tediosa tarea de limpieza.
En el instante en que sus dedos tocaron el cuero, el mundo cambió.
—¡¿Pero qué...?! —el grito de Subaru fue sofocado por el repentino frenesí de su propio cuerpo.
Sus manos dejaron de pertenecerle. Su brazo izquierdo se movió con precisión casi mecánica, sujetando el cepillo y el paño con una firmeza. Sus dedos ejecutaban movimientos rítmicos y circulares a una velocidad que el ojo humano apenas podía seguir. No era una lucha, era una danza técnica perfecta; sus runas brillaban con intensidad febril, dictándole a sus músculos el ángulo exacto de fricción y la presión necesaria sobre el material.
Treinta segundos después, el trance se rompió.
Subaru soltó la bota como si quemara. El calzado, antes opaco y sucio, ahora emitía un resplandor casi cegador. El cuero estaba tan perfectamente pulido que reflejaba las dos lunas con la nitidez de un espejo de alta gama. No solo había quedado limpio, era una obra de arte nivel divino aplicada a un objeto mundano.
Subaru miró su mano, que aún temblaba por la descarga de adrenalina, y luego miró la bota. Una lágrima rodó por su mejilla.
—¡Esto no es para matar monstruos! —exclamó en un susurro desgarrador, apretando los puños mientras caía de rodillas sobre la paja—. ¡No soy un paladín ni un berserker! ¡Es el instinto de un... de un ayudante de tienda de conveniencia! ¡He sido bendecido con el don de la servidumbre extrema!
Se cubrió el rostro con las manos, sintiendo el peso de la ironía cósmica. Mientras otros héroes recibían espadas sagradas, el destino le había otorgado a él el poder de ser el empleado del mes en un mundo de fantasía.
—El destino se está riendo en mi cara... —sollozó, mirando el brillo impecable de la bota—. ¡Mañana Louise va a querer que le lustre hasta el alma!
