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El día había llegado.
El sol abrasador se extiende desde lo alto del coliseo y baja sin medida sobre todos. Para aquellos que hoy rebaten al destino, es apenas una nimiedad el calor que sobrepasa sus cabezas en comparación con la tensión acumulada sobre sus hombros, el de todos.
En el amplio recinto, las vociferaciones resuenan como el rugido de un león, con la capacidad de estremecer a cualquiera. El lugar temblando bajo la pasión irrefrenable de la muchedumbre que se dividía a partes iguales. El primero aclamando en una fuerte ovación a los principescos caballeros, simpatiquísimos y joviales en el extremo más positivo, bañándolos de los más dulces y exagerados halagos.
Mientras el segundo vociferando una promesa más antigua que la propia escuela del Cuervo Oscuro. Aplastar—¡Aplástenlos! —Hundir—¡Húndalos! —Acabar—¡Acabemos con ellos, chicos!...
…Eso fue lo último que se dijeron al reunirse en un círculo para su definitiva conversación, la estrategia era simple. En primer lugar, tras todo el tiempo que habían convivido con los niños prodigio habían recopilado la información suficiente sobre cada uno de ellos, la propia experiencia viva dejaba claro cómo es que al final del día siempre ganarían, alzándose en la victoria. Y el conocer eso era precisamente como reclamarían su propia victoria.
La axiología como rama de la filosofía estudia en sí los valores, analiza el porqué, cuándo y dónde los valores se vuelven principios universales irrefrenables ante la voluntad de la vida. Cualidades tales como la justicia, la lealtad, la honestidad y el compañerismo parecen ganar la batalla ante cualquier meritocracia autoinfligida. No demoraron mucho en darse cuenta que a duras penas podían marcar haber cometido algún bien desinteresado al final del día...
Son chicos astutos, no buenos.
Pero es ahí en donde la inexorable determinación por ganar se haría unión. Pues, ¿Qué es cada bondad que emerge desde los corazones de cada estudiante modelo, sino es debilidad? —bien tenida a oportunidad. Como la manifestación humana del antivalor, de manera coordinada aprendieron rápidamente sobre que ritmo se agitan, sonríen, caen, ayudando como caballeros salvando damiselas en apuro, perdonando al expiar sus pecados con la gracia de aquel que se conoce bueno, superiormente bueno.
Así cada uno de ellos tenía una historia que contar y, así mismo, cada uno sentía merecerse algo más; ellos no serían el eterno villano que nunca acaba junto a la caída del telón, tampoco aquella maldición que revestida de bendición devora todo a su paso, o aquellas pobres almas exiliadas y condenadas por su condición de ser, siquiera la condena que ata la sangre, relevándote a una inferioridad perpetua, mucho menos aquella figura intocable que nunca sería comprendida, ni aquel cuyas leyes inamovibles determinarían el rumbo de su vida, sus vidas, la de cada uno.
En los últimos momentos, cada uno se intercambió fugaces miradas, proverbios no pronunciados, que implicaban las largas y extenuantes horas de práctica y teoría que había entre ellos. Consciente o inconscientemente sus lazos se habían envuelto y estrechado.
Para ese momento, Leona se dio un cierto lujo. Dejar para último momento el poder fijar su mirada en el objeto de su interés.
“Jamil, espero no estés distraído”—Viper juró haber escuchado la voz fantasmal en forma de eco proveniente del príncipe, acompañado de esa sonrisa socarrona típica, mientras arrastra sobre su lengua las letras de su nombre en un tono enloquecedor. Pero él es irreprochable, ¿Quién le juzgaría si aquellas 5 palabras no hubieran sido con lo que más asediaba su territorio? Esa férrea paciencia forjada en un martirio personal se agotaba a cada momento en que su mirada se perdía divagando entre la libertad del ancho mundo, sus obligaciones, objetivos y Leona.
Todo es suficiente para desquiciarlo.
Jamil entornó los ojos, alejándose del inadvertido cortejo, no con la presencia femenina de una sirvienta sumisa, más bien con la rebeldía familiar de una adolescente antipática.
La sonrisa de Leona se estiró con sorna, hasta mostrar sus caninos, resoplando divertidamente por la nariz mientras se ubicaba en su posición designada.
—“No te olvides de mirar al frente y no atrás tuyo”—pronuncio, casi como un siseo arrastrándose en sus propios oídos. Una mirada basta; confirmando su imaginación al ver cómo el filo en los ojos de Viper se agudiza, mordiendo ligeramente su lengua al pasarla por sus dientes. Dejando espacio a una vista maravillosa entre sus colmillos.
Ah…Eso le evoca la memoria…
“Solo son un poco más largos de lo usual, capitán leona”—aseveró con palabras impacientes y cierto dejo que se escapa entre los espacios en donde se rompe su ecuánime máscara. Palabras forzadas, al Jamil verse importunado con preguntas que ponían en duda su naturaleza humana.
Sonríe divertidísimo al recordar esa oportunidad, de ese momento hasta el presente ha pasado tanto tiempo y tantas cosas. Tantas cosas han cambiado. Tantas cosas se han develado.
Tomando el consejo de donde viene, levanta su mirada. Al frente del equipo, en una distribución heptagonal, se alza como el rey de la sabana cuyos confines le pertenecen. Y en algún momento, de algún día, en algún lugar de la mente repta hasta el día de hoy aquella frase : —“Todo lo que baña la luz es tu reino”— la pronunció su hermano cuando nació su primogénito, acabando toda esperanza de un tajo, costa a costa, de raíz.
Los recuerdos le molestan; no tarda más en darse cuenta que su mente quiere huir. La idea de ser una presa de su mente le da asco. Y con un fuerte pisotón sobre la arena se reorganiza, poniendo orden a lo que importa.
Y allí lo ve. En esa posición exacta, cubierto con un aura distinta, un aura “real” de la realeza es la palabra apropiada, pero no es propio ni justo denominar así a quien lucha por exactamente lo contrario.
La contrariedad como concepto es sublime, esa polaridad entre ideas o valores, aquella disparidad entre aquel que guía su conducta por el camino del bien, por el respeto, la caridad, la justicia, la honestidad con respecto al otro. Es eje de la convivencia, permite subsistir, permite progresar, permite avanzar.
Todo a lo que Leona renunció.
Pues no hay nada a lo que más su corazón reprehenda, si no es a sus deseos, pero los deseos son eso, solo un querer, una emoción no manifestada y por tanto una desgracia. Ser rey. Así de simple.
¿Y cómo no sería simple? Si es tan lógico como la sangre que corre mientras respires y tan natural como nacer con esa sangre. Y tan ingenuo como creer que has luchado por merecerlo.
Aún faltan minutos para que empiece el juego. Con las sienes empezando a sudar y la respiración apretándose, algunos se relamen tratando de manejar el nerviosismo; otros recurren a contar las arrugas de su ropa deportiva; también es útil recurrir a ejercicios de respiración.
Leona en cambio, supervisa “perezosamente” con la mirada a su equipo. Lo que está bien, asiente y cambia de objeto de escrutinio, lo que no, lo arregla con un gesto en la mano, y algunas palabras arrogantes. —“Ey, no te desconcentres cachorro”. “Espero hayas desayunado bien, aún recuerdo la última vez que no”. “¿Qué es esa mirada caída?, ¿no me digas que no confías en ti mismo?” —cada frase con una sonrisa chacotera dedicada. —Este noble caballero seguro tiene “fanáticos”.
Hasta que sus ojos se posan sobre esos ojos grisáceos, y se estremece—“No te olvides de mirar al frente y no atrás tuyo”—, se hizo consciente de una sensación ominosa y penetrante. Con una ligereza aprendida, reacomoda sus pies y para verlo con claridad.
Ojos marrones teñidos de un turquesa de la más pura calidad que bendice la naturaleza; su mirada intensa, fija, le resultaba desafiante, por puro instinto su ceño se agrava y sus pupilas dilatan, permitiendo una vista renovada, clara como el agua. Pero cayó en cuenta.
Él miraba a través de él.
Él mira a Jamil.
Tuvo que luchar inmediatamente contra sí mismo —contra una sensación indeseada y aniñada— para que su cola no se moviera tensamente de lado a lado. Pero no pudo ocultar como su cuerpo se tensó; los músculos de su cuello y lo apretado de su mandíbula lo delataron, sumado al escozor ardiente que sube sobre sus piernas, preparándolo para algo. Leona abandono la fatiga de fingir no estar extasiado.
Aún saborea amargamente aquellas palabras—“Quien se lo lleve gana”—susurró a su oído aquella tarde, con la mano izquierda al hombro derecho, acompañada de esa mirada que no disimula que está siendo objeto de examinación. Fue posterior al día en que, terminando las prácticas del equipo, apareció de la nada, alzándose por los aires, sobrevolando los cielos, serpenteando manos bravas cargadas de resentimiento, elevándose sobre las cabezas de los miembros del equipo, hasta llegar y convencer a Jamil con una sonrisa galante, el brazo extendido y una mano paciente.
Y así es como es la vida, en el mundo en donde la magia es el orden de las cosas en la realidad. Y el orden más importante es el orden de llegada. “Quien se lo lleve gana” es tan solo una premisa más de un contrato verbal, no escrito. Un pacto secreto, una colusión que implica un acuerdo tácito.
“Quien gane no se interpondrá en el territorio ajeno”.
Oh. Porque los tigres y leones son territoriales.
Y así mismo, como un León y un Tigre, que acaban de crecer sus colmillos, tras abandonar la ternura de la infancia, se escrutan mutuamente, luchando furiosos por la carne. Así mismo son Leona y Minajael. Cual luchadores hábiles y poderosos, que no se fatigan con facilidad, no cuando el honor y el amor están comprometido. Cargando la energía que solo habita la juventud, contemplando un largo y feroz duelo, pisoteando la tierra, como 2 felinos civilizados tratando de aparentar no estar rebatiendo sobre un delicioso festín.
Pues ni uno ni el otro se permitirían la comensalidad; bienvenida, educada y bienaventurada.
Existe un viejo relato, que data desde los inicios de la era de los dioses, cuando la sobremancha era la comida y la condena de los hechiceros. Ahí, en donde era más necesaria la compasión en un entorno hostil que empujaba a los mejores prospectos de magos, reduciéndolos a seres irracionales, ahí entre los hombres y las animas sobreborradas se erigió sobre los pueblos, tras la colina, un errante, un ser de luz, cuyos pasos se cuentan hasta perderse, pero su presencia guía con el cariño de un maestro paternal que perdura hasta hoy en día. Es aquel que cultiva las llamadas “4 bondades”: la bondad amorosa, la compasión, la alegría empática, y la ecuanimidad.
Aquel ermitaño cuando se siente sofocado, con la mirada hecha humo y la cabeza arrastrando su ímpetu, se retira y cuando eso sucedía ahí estaban sus amigos “La Oscuridad Antigua” y la “Luz Ancestral”, cual manifestación de un León majestuoso y un Tigre feroz, siendo sus más fieles compañías.
En algún momento de la historia, su amistad mostró signos de debilidad, pues no llegaban a un acuerdo. ¿Quién tenía la razón? Pues el león sostuvo que hacía frío en la mitad clara del mes y el Tigre que hacía frío en la mitad oscura. Entonces el sol brilló para ambos, con la sonrisa refulgente de un rubí en su color carmín y los brazos abiertos cual hojas de palmeras de coco apuntando al cielo, el sabio resolvió: “si había viento haría frio”. Porque el frio es causado por el viento. Y Ambos tuvieron razón.
—Ha pasado un tiempo, Leona. —dijo en un tono sobrio. —“Evitando los formalismos y las presentaciones pomposas”— pensó Leona.
—No diría eso, pero algo ha pasado, es cierto—soltó como respuesta sin pensarlo demasiado. La mano del príncipe se levantó en un intento de saludo, quedándose a medio camino. Leona mostró la palma de su mano con ligereza, demostrando suficiencia con los saludos verbales.
El tigre asintió asertivamente con un sonido aprobatorio en la garganta —“hm, correcto”—su gesto bienvenido menguó, pero la nobleza y humildad persistió en su mirada.
Sintiendo que el silencio se filtraba, tensando al aire, el rey de la arena decidió darle tregua.
—¿A qué debo su saludo cordial en este buen día? — un ligero cinismo se resbala en su tono por más palabras amables que se pronuncien.
—He de reconocer cuando se está ante un igual—afirmo en un tono cortés, la mano en su pecho delataba cierta sinceridad, pero la sombra de su mirada un estado defensivo, consistente con la situación. Un inusitado viento comenzaba a levantar arena, creando ligeros remolinos que los hábiles jugadores direccionaban a los costados, cada uno a su propio y arrogante estilo. Los espectadores ya acostumbrados a las extravagancias del mejor espectáculo de magia, sacaban cada uno el artefacto mas apropiado para protegerse que encontraron—lentes de sol, con lunas de policarbonato revestido en magia defensiva; sombrillas que tanto como otorgan sombra también crean escudos de ligera potencia, y algunos pocos, con el goce temblando, solo cargaban con su presencia preparados para lo que el destino les daría el día de hoy.
Leona lo entiende rápidamente; el niño no hace excepciones en cuanto humilde cordialidad, solo quiere un concierto de halagos con puñales entre silabas. —Entiendo, príncipe Minajael—el futuro prometido de la tierra las Arenas Ardientes se disgusta en la manera en la cual pronuncia “príncipe”, bastando para revolverle el estómago y no pudiendo contener el gesto poco humilde; —pero he de decir que, no pasado tanto tiempo desde la última vez, así que me extraña su comentario—.
Minajael encorvó sus manos aún más sobre su pecho; dedos largos, manos llenos de vigor y suavizadas por el tratamiento del que nace en la realeza, porque hay cosas que el esfuerzo no puede borrar y al príncipe del “exótico” país le falta una vida más de largo autoflagelo para asemejarse a los “comunes”.
La tensión le crispa los huesos, encontrando rápidamente apoyo en su instrucción noble; la moderación y la educación son dos escudos cuando no tienes ganas de que hurguen entre tus costillas.
Nada de eso pasó inadvertido para la vigilia del atractivo capitán. La lengua de Leona hizo un “click”, había ganado algo, ¿algo importante?, no, pero algo.
—Confió en que tengas una memoria que abarque más allá de estos últimos meses — respondió melosamente el futuro de las Arenas Ardientes; la connotación deslizada en sus palabras los hizo sonreír con complicidad a ambos.
—¡Ah!, me encantaría que refresque mi memoria—tomándose unos segundos antes de continuar—, pero la última vez que tuvimos un encuentro significativo…—Leona dejó las palabras flotando al aire, fingiendo recordar algo. Minajael agravó su ceño, limitándose a una sonrisa parcial, expectante. El felino mayor observó cada pequeña inflexión y se deleitó, pero se recordó así mismo con un breve vistazo que no tenía el tiempo de jugar a sus anchas, decidiendo finalmente brindarle la satisfacción que tanto buscaba.
—Esa cena por la unión de nuestros pueblos… ¿podría ser? — regalando una fingida mirada expectante, sumado a un gesto escéptico que delata su buena memoria.
Por allá en los albores de la adolescencia, fueron presentados. En aquel momento, la diplomacia se erigió como hasta hoy en día como baluarte renovado entre los territorios cálidos o más técnicamente dicho que “comparten factores geográficos comunes” y en lo que no, se complementan en sus carencias. En una época en donde la segregación empuja a reconocer mutuamente paralelismos, mientras todas las naciones se preparan subrepticiamente para probables conflictos, la diplomacia se hace necesaria y los banquetes sellan probables aliados y descartan probables oportunistas. Es el tipo de ambientes que no pertenece a los niños, pero los dignatarios lo requieren como parte de la preparación a algún importante cargo venidero, para ello, el aprendizaje empírico se enseña. Claro ejemplo son las presentaciones formales, palabras premeditadas por un asesor trasnochado, acompañado de saludos rebosantes de insulsas emociones, y uno que otro acto de compadrazgo exacerbado. Allí es en donde los herederos del mañana son presentados ante la sociedad.
Y allí se conocieron, dos jóvenes de la belleza más digna y la esperanza vibrando en sintonías ajenas, allí en los primeros días en donde se encuentran uno a sí mismo, lo que quieren, lo que no y lo que aún no sabe.
—Ey —un susurro le despertó, absorto en aquel libro que hacía noches no podía terminar y su padre le insistió no traer.
—¿Hm? —salió de su garganta, no reconociendo si el sonido pertenece a su cabeza, a los murmullos de la naturaleza o a un funcionario entrometido.
—¡Acá! —Leona salta por la sorpresa, mira a todos lados y lo encuentra. Es un niño a juzgar por su estatura y el tono agudo de su voz. Pero no tiene el semblante dócil lo cual descarta sea un sirviente enviado, más bien una mueca intrépida y caprichosa le atraviesa la cara. Leona relaja su expresión al sentirse entre pares y se tensa de nuevo al verse atrapado, había jurado estar vigilante.
Nada de esto pasa desapercibido para los ojos castaños.
—¿Qué haces?, ¿Quién eres?, ¿Qué lees? —pregunto rápidamente.
Exhalando de manera audible, Leona se recompone en su creciente tensión—Tomando un respiro… —contestó Leona con una sonrisa gentil, empleando sus conocimientos en sonar lo suficientemente formal y digno de escuchar. Trata de pensar si es necesario responder la última duda o si puede esquivarla de un niño insistente, mientras busca su mirada para que tome atención a sus palabras y no a como esconde discretamente un libro sobre hechizos que no debería estar en su poder.
—¿Un respiro? —pregunta de forma reflexiva, más para sí mismo que para Leona. Sus miradas se encuentran, rostros jóvenes, ojos punzantes, la infancia aun le pisa los talones; una mirada divertida, curiosa contraria a la mirada esquiva e incómoda. —Pero no me has dicho quién eres… —.
Enderezando la espalda y alzando la vista, puede verlo con más claridad y abre los ojos ante la sorpresa, este niño ya se lo habían presentado. Encima de la baranda de palacio; el mármol tallado y los detalles intrincados de la ciudad de las Flores se hallan siendo pisados por un heredero. Hijo del monarca, perteneciente a la casa Tealrajah en el reino de las Arenas Ardientes, lugar ampliamente reconocido por sus dunas ardientes, manantiales de ensueño, la fauna más exótica, las especias más variadas, las jóvenes siempre bellas y siempre dispuestas; con aquellas comidas dignas de un rey a precios de un común.
También, según recuerda, el niño es descendiente de aquel controvertido linaje: “La princesa que desposó a un embaucador. Un sucio ratero. Perteneciente a las calles no a un palacio ni a sus mieles. Solo un humilde sirviente de una casa ajena.”—o eso había podido escuchar las pocas veces que presto atención a los murmullos de los viejos.
Recuperando su enfoque al hilo de la conversación, contesto —Eh, creería recordar que ya nos han presentado —.
—Bah, pero si eso sí lo recuerdo —parándose, adquiere una postura típica en los aristócratas, con la mano al pecho y la otra meciendo al aire; remendándolos a modo de burla. Pero Leona no puede dejar de notar cómo ensucia el blanco mármol y cómo podrían atraparlos, — “Leona Kingscholar, segundo hijo en orden sucesorio del regente actual de la sabana atardecida, bendecido por los siete en lo arcano, prodigio de grave magia única, destacado en… bla blablá”. Me refiero a quién eres después de esa presentación tan estrafalaria—. Los ojos de leona parpadearon, consternado por el atrevimiento recientemente adquirido del muchacho, quedándose en silencio por algunos segundos.
—Eh. Bueno … Estaba. —“es más fácil hablar sobre mi libro” pensó. —Bueno estaba leyendo sobre algunos hechizos interesantes— intentó seguir, pero la mirada que le dio Minajael´, sumado al bostezo poco disimulado, le hizo enervarse “¿Quién se cree?, está bien que estemos entre iguales al ser ambos jóvenes, pero no es manera de comportarse y menos cuando tienes prometido el trono”. Y decidido a responder algo, comenzó— Leona Kingscholar, amo leer, busco el beneficio mayor para mi pueblo y me gusta meterme en donde no tengo cabida. Y eres demasiado irritante—soltó sin remedio, con las inflexiones entre graves y agudas de un típico adolescente, frunciendo el ceño con una expresión poco paciente.
Un extraño brillo apareció en los ojos del tigre. —Ah parece que ya estamos hablando…—Minajael toma asiento en la baranda, doblando las rodillas, su rostro tocando la palma de su mano, sus ojos ligeramente entrecerrados. “Este chico es divertido”, piensa. —A mí también me gustan los libros, pero mi historia favorita es sobre mi abu…—disminuyo el tono de su voz con cierta duda—¿Has escuchado sobre el rapto de Sita en aquella epopeya de las tierras de las Arenas Ardientes?
Todo lo que tenía ganas de decir el joven Leona muere sobre sus labios. —¡Ah si aquí lo tengo! —exclamó, sus ojos brillaron con cierta dulzura más propia de los niños que de su edad actual, con los labios entreabiertos por la emoción, rebusca en su bolso ligeramente abultado; es notable que el joven se preparaba para el aburrimiento. Con respecto a lo otro, a pocos conocía que habían leído el libro, la mayoría tenía referencias superficiales, sobre todo para usar el relato a modo de parábola y advertir proverbialmente con la cita más famosa: “La belleza puede torcer la devoción en distracción”.
Tamaña frase solo puede ser empleada para decirle usualmente a los niños que no todo lo que brilla es oro y aun así lo fuera no debieran de quedar encantados en su belleza. Claro sino querían terminar como Sita.
Aquel día encontró un chico inteligente, con la personalidad intrépida y cínica como la una rata, que entra por la ventana cuando dejas un delicioso postre recién horneado a enfriar. O tal vez como algún rey Ravana encantado en el brillo de una joven, que opta por raptarla. Este chico seguro conocía alguno de sus gustos y decidió divertirse en vez de aprender.
Aquellos días son parte de la memoria.
Bajo el sol ardiente. El tiempo pareció congelarse. Y valió lo suficiente como para que ambos se perdieran un momento en los ojos del otro; una eternidad en un suspiro.
Desde lejos. Ambos podían escuchar el ruido blanco proveniente de las porras a viva voz de Karim, con el tono más alegre y la risa más vibrante. Tratando de dividirse entre el amor a su familia y el amor a su hogar. Que nunca son lo mismo. Convengamos.
Con ello, la voz del presentador alarmó a ambos, avisando que todos tomaran asiento. Sacándolos de la disociación mutua, interrumpiendo miradas que parecían narrar más de lo que se permiten decir en voz alta.
Pero a diferencia de aquel heredero rebelde, Leona conoce lo que su mente solo puede imaginar. Esa sensación de sedosidad en sus cabellos, el calor de su aliento cerca su rostro, la sensación de frialdad bajo su piel que caracteriza a aquellos seres ectotermos, cuyos cuerpos no generan calor. Y dependen del sol para calentarse…
Pero es ahí en donde el León le da la razón a la Víbora, el no necesitaba a nadie, tampoco su calor, contrario sensu es un maestro en hacerse necesitar. Pues no en balde, sus diecisiete años de servidumbre y necesidad de sobrevivir habían hecho de él y su existencia más parecida a una máquina, multifacética en su capacidad; como un reloj que da la hora a su debido tiempo, o alguna escoba cara destinada a durar años. Y desde la más tierna infancia tuvo que aprender, sí, a conocer sus recursos y saberlos usar claro está. Su inteligencia es su virtud, le enseña en que forma los hombres gimen y las mujeres gritan. Qué alimento es el predilecto solo al ver la postura distante y qué cosa sin importancia para nadie, aman al no poder estar en su contacto. De qué manera las jóvenes de palacio usan sus encantos femeninos para buscar algún favor; tocando su pelo constantemente, imitando el nerviosismo cándido de la inocencia primaveral. Cuando presentarse con la caballerosidad debida que arranca suspiros, como un joven acostumbrado a ayudar en todo a su convaleciente madre.
Cuando ceñir sus vestiduras a la cintura; en qué ángulo curvar la espalda —con la sutileza debida—, en qué forma se endulza la mirada para provocar una calidez en el pecho y cuando es el momento de dar miradas sugerentes invitando a la vileza del pecado.
Pero para aquellos que no sean alguna joven ingenua o un depravado canoso, era pura obviedad, tanta perfección no existe y Jamil no puede ocultar del rabillo del ojo sus gestos emponzoñados y cizañeros.
Un hambre que solo brilla ante ciertas lámparas.
Pues el consenso existe, sí, reside y se perpetúa sobre el único lado sincero de Jamil; es donde ambos pueden tener la razón. —El viento se levanta enfriando la punta de sus dedos —. De ahí nace su pasión. Pues cuando sonríe con algún regalo simple como alguna fruta extrajera desconocida o cuando no puede reprimir a tiempo una carcajada al ver caer a su compañero de la escoba, es ahí en dónde reside la naturaleza de Jamil, la verdadera. Reside en su capacidad de llevarse a fondo y hacer de la sugerencia más inocua el más inflexible de los consejos, tomando a modo personal, lo que no está haciendo bien. Intentándolo una, otra y otra vez, hasta el cansancio, todo ello hasta poder estar satisfecho consigo mismo, y esto sucede cuando logra que el otro entienda lo bien que puede con todo.
Es el tipo de personalidad que no pide ayuda, pues él hace su independencia a partir de sus habilidades, así él será requerido para ayudar. Y permítame comulgar con los idiotas enamorados, pero no hay nada más esclavizante que su capacidad para abarcarlo todo.
Todo como el espacio en tu cabeza cada vez que piensas en cómo hacer las cosas más fáciles, todo como en el momento en que te das cuenta que todo es más sencillo luego de una charla cotidiana repleta de sus consejos no solicitados y su bien parecida presencia, siendo tan solo el ornamento delicado de la escena. Todo cuando comienzas a entender que no son solo sus palabras, es la forma en la que lo dice, cómo lo dice, cuándo lo dice; palabras dotadas de la sabiduría práctica e incómoda de alguien que no debería de abarcarlo todo. Risas arracadas de juegos, miradas que ponen en duda si es seguro estar, mientras su presencia te invita a quedarte. Todo cuando caes en cuenta que ya no puedes vivir sin su presencia.
Un largo suspiro de anhelo, emerge de los pulmones. El frio receloso se filtras entre los tejidos blandos. La visión se tiñe del ébano de su largo pelo que invita a navegar en sus olas, enmarcando su figura atlética y estilizada. La sedosidad de sus cabellos que aunados en el reflejo dorado le otorgan un aura mística e intoxicante. Sus ojos grises, los cuales nada tenían que envidiar a la vorágine de un agujero negro. Tan grises como la ambigüedad misma.
Este niño se alimenta de la curiosidad y por eso siempre siembra la duda. No es para nada certero, no brinda seguridad. No confíes, ni, aunque creas que no podrías perder nada. Craso error ¡ya perdiste! No mora la inocencia sobre sus ojos cuando tiene hambre, no observes, tarde es ya cuando abriendo sus fauces atrapa tu garganta por la eternidad.
Lo único tajante que obtendrás de él es una rotunda negativa cuando le invitas a comprometer su libertad.
Con la prolongada exposición emocional a la imaginación, surge un calor insoportable que se extiende desde la medula de los huesos y aflora sobre la superficie de la piel. ¡Qué casualidad!, al mirarse es casi como una sincronicidad en ambos—“pensar lo mismo al mismo tiempo”.
En cambio, con la pasión contrastada, Karim desde la lejanía lanzaba besos con las palmas abierta, no los dirigía a nadie en específico, así le habían enseñado. Era así hasta que Jamil frunció el ceño en desaprobación, exasperado, con los dedos a los costados de su nariz, buscando contención sobre su reprensión. Y Karim entendió; que él colérico Jamil necesita algún apoyo extra y dedico sus esfuerzos a “animar” a un Jamil que inconscientemente buscaba en su ser alguna capucha, tal vez para ocultar cómo los colores le subían a la cara.
Cater no sabía lo eficiente que era una broma que llega a los oídos de Karim, pero lo entendió lo suficiente cuando Jamil le dio sus miradas más agrias y los labios fruncidos por aquellas blasfemias aguantadas; todo dedicado a él. No lo negaría tenía miedo de las represalias.
—“Pasará un tiempo hasta que Karim se aligere, y con suerte se olvidará”—dijo para sí mismo el objeto de los besos al aire, asegurándose de ser consciente de su respiración, lejos de notar que más adelante la pelea ya había empezado.
Ambos se vieron con una suspicacia compartida.
“La independencia es su velero y su ancla un astro”. No hay nada más que agregar, lector.
Y por favor, no caer en error, este acuerdo no pertenece a algún reto de ganarse el corazón de Jamil, mucho menos el de acostarse con él primero, es sobre no entrometerse en el camino del ganador, es sobre no sobrepasar los límites que la nostalgia guarda con recelo, frágiles como son. Porque la idea de compartir gustos es dulce cuando se es más joven, de viejo, compartir significa sacrificar lo poco que eres.
¡Pobres sus almas! Si Jamil se enteraba. Es fácil darle colores a la imaginación. Él tomaría su mano, los conduciría con palabras dulces de aquellas que bailan sobre la piel y suben ardiendo por la nuca; obvio es una trampa, su trampa, pero cuando su magia es el dominio de la voluntad, ¿con que voluntad se puede uno negar? Con una mano fría sobre su mano; piel incitando la piel. Con la mirada que contiene promesas vacías los conduciría a un lugar incierto y los ahorcaría en cuanto bajaran la guardia, y si tal vez tenía un poco de compasión usaría sus manos. Manos cuyos dedos contorneados y elegantes con la dureza que precisa aquel que se dedica a criar niños y sostener el hogar posee, con la palma tentando terreno desconocido, sus ojos evitan que mires cómo el agua llega al cuello, con el ritmo cardiaco subiendo, las pulsaciones bullendo bajo la piel fina y sensible de la garganta. Él presiona el pulgar; tratar de evitar tragar saliva es una tarea ardua bajo el escrutinio de sus ojos que todo juzgan; desde la manera en la que el cuerpo desafía el instinto de preservación al inclinarse sobre la herramienta de letalidad, hasta cómo la indefensa víctima no separa los ojos de su atacante. —“No siente miedo, ¿no siente miedo?”— reflexiona con molestia Jamil.
Los dedos comienzan a cerrarse alrededor del cuello, pulgar e índice sobre las arterias carótidas, presionando su peso encima de la presa. —“Si este es tu último respiro, ¿no sería descortés, privarle de su último deseo?’”—medita Jamil, sintiendo cómo el flujo de aire se cierra bajo su agarre. —¿Cuáles son tus últimas palabras? —la voz es apenas distinguible ante un mundo que cae a pedazos, la visión comienza a nublarse, ojos vidriosos que tan solo se recupera en los pocos intervalos que Jamil le da para respirar —lo que apenas necesita— más la sangre no está llegando precisamente a la cabeza pensante, es un crimen perfecto y en este estado no es viable ninguna lucidez en sus últimas palabras:
—“Te ves hermoso encima de mi”. —
Jamil no soporta más a los niños engreídos.
Oh…Es hora de despertar. Pero aquellos ojos sobre los que posa su atención son tan estimulantes, invitan a buscar tu propio reflejo, así mismo, la sensación es igual, Leona como cada día al despertar ve lo patético que es, y es absolutamente irritante cómo aquel niño pareciera tomar el peor sendero y arrasar todo a su paso, un sendero que ya conoce Leona y el cual no puede evitar. Se torna aún más irritante cuando mira a cualquier lado menos a lo que tiene al frente.
Él no lo sabría hasta años más tarde, pero aquel día en que fueron presentados, él estaba ahí, y se llenaría de absoluto terror, pues es difícil de comprender como un niño puede adquirir con tanta naturalidad la similitud a una sombra; indivisible de su portador y sigiloso cual mercenario. Con apenas 12 años cruzando por su vida.
Pues cuando se dio inicio al segundo año en la academia del “Cuervo Nocturno” todo comenzó a encajar, como si la memoria hubiera preferido mantener un secreto de aquel día, entonces lo supo porque a pesar de tener la capacidad de tomar la forma familiar del entorno algo dentro de ti lo sabe, él está ahí, como un algo, como una forma en duda, poseyendo ese tipo de magia no se puede ocultar. Esa esencia bendita que se queda en las recamaras de la mente, ese olor que hace imposible confundir entre una rata intrusa que asalta a media noche en busca de algo que comer en la casa Al Sim de la de un heredero rebelde que gusta jugar a ser algo que no es. Hecho del cual ni Leona, ni Jamil resultaron indemnes.
Con alguna voz más parecida a ruido, la árbitro hecha a los designios de la fuerza del aire una moneda que forma parte de la historia de la magia. Y como último acto de resistencia el azar le otorga su bendición a la academia “De la Espada Real” para iniciar el partido. El disco mágico estaba en su poder.
Porque la Comensalidad no tiene cabida en el reino del más fuerte.
