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Español
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Published:
2026-05-06
Words:
10,091
Chapters:
1/1
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4
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27

Doctor

Summary:

Bo tiene un accidente en su moto, detesta los hospitales y cuando despierta desorientado y asustado, solo consigue calmarse por la presencia de un doctor que con su amabilidad y una apariencia que Bo no puede ignorar, lograr que su único pensamiento sea ese hombre. El doctor Hidalgo parece no solo curar las heridas físicas, sino también unas que no son tan visibles para muchos.

Y Bo lo siente.

Notes:

A Bo no le gustan los doctores.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El sonido de esa máquina a la que estaba conectado aún le nublaba los sentidos, estaba seguro de que seguiría temblando de no ser por esa droga que le habían inyectado que lo tenía entumecido. Miraba el techo blanco del hospital mientras evitaba en lo posible moverse. Ese collarín en su cuello lo ahogaba un poco, pero la idea de que se lo quitaran y su cabeza cayera al suelo se le antoja más como una realidad muy plausible que como producto de su ignorancia y miedo.

Desvió su vista apenas unos centímetros y vio a una enfermera que estaba anotando algo que aparecía en el monitor de ese aparato al que estaba conectado ¿Se estaría muriendo y no se lo querían decir? Bo pensó eso por un momento y podría jurar que su miedo provocó algo en su cuerpo porque en el rostro de la enfermera se pintó, leve como una brisa, una ligera sorpresa antes de desviar su vista hacia él.

Bo regresó inmediatamente la vista hacia el techo.

—Doctora Hollow, parece que el shock está disminuyendo, está recuperando la consciencia.

Antes de poder procesar esas palabras, sintió las manos heladas de una mujer que se posaban sobre su cuerpo, luego una horripilante luz que dio de frente contra uno de sus ojos que fue obligado a abrirse más por los mismos dedos sin compasión.

—Reflejos normales, Anna. No creo que haya daño cerebral, pero esperemos los resultados de su tomografía y la radiografía —dijo con su voz severa antes de hacer el mismo procedimiento con su otro ojo—. Señor ¿Me puede escuchar?

La enfermera le hizo una mueca como dándole a entender que se refería a él. Bo no creí que alguna vez alguien se pudiera referir a él como señor.

—S-si —titubeó con cierto nerviosismo cuando la doctora se alejó de él para mirarlo con sus inquisitivos ojos marrones. Con una de sus manos se quitó la larga trenza rojiza que le colgaba sobre uno de sus hombros con un gesto despreocupado.

—¿Sabe dónde se encuentra?

Quiso asentir, pero el pavor del collarín lo golpeó de nuevo y debió de notarse en su rostro porque la mujer ordenó a la enfermera llamada Anna que le pusiera alguna medicina que Bo era incapaz de pronunciar.

—¿Hospital? —respondió con recelo.

Ella asintió como si se tratara de una profesora a la que un alumno con retraso acabara de por fin darle una respuesta coherente después de meses.

—Se encuentra en el Pillbox Hill Medical Center, señor ¿Tiene alguna idea de por qué ha terminado acá? ¿Me puede decir su nombre?

Tú deberías saber, bruja quiso responder, por algo esa mujer con ese rostro que parecía esculpido en hielo era la doctora y él el pobre paciente al que se le caería la cabeza si se sacaba ese collarín. O eso le decía su instinto. Pero se mantuvo callado durante un momento, arrugó sus cejas cuando se percató de que esa respuesta él también debería saberla.

—Mi… mi nombre es Bo —vip enarcarse una ceja rojiza de la mujer, ella esperaba el nombre completo—. Mi nombre es Bo Xin… Y yo estaba…

Sus recuerdos parecían una secuencia de una película de acción de bajo presupuesto donde el inicio era él riendo con sus amigos mientras fumaban marihuana, luego él subiéndose a su moto para regresar a su miserable trabajo.

Y finalmente lo último que recordaba era un auto, él distraído hablando por celular con una mujer que quería llevarse a la cama cuyo nombre nunca se aprendió ni le importaba, el sonido de él intentado frenar, un golpe, luces, mucho ruido y un dolor que lo hizo desmayarse.

Quizás fue algo en su rostro o solo su impaciencia, pero la doctora Hollow decidió responder por él con su voz severa esta vez teñida de algo que era muy cercano a un regaño.

—Tuvo un accidente en su moto, cruzó un rojo y un auto lo golpeó, luego se dio a la fuga, señor Xin. Los paramédicos se encargaron de trasladarlo hasta Emergencias, lo estabilizamos. Estamos esperando los resultados de su tomografía para saber si tiene daños cerebrales, además de una radiografía para determinar si su esguince cervical es leve o moderado y si tiene alguna fractura—señaló su collarín.

Fue la primera vez que Bo hizo ademán de moverse, sintió su brazo pesado como un pedazo de concreto con movimientos torpes y lentos. Lo llevó hasta su cuello donde tocó el collarín y cerró los ojos conteniendo un suspiro. Seguía asustado, no entendía esas palabras y sus pensamientos intrusivos eran como agujas afiladas que penetraban su piel con violencia.

Abrió los ojos y notó que en su brazo estaba ese aparato conectado y una vía, además de que estaba lleno de moratones y algunos cortes apenas tapados con algunas gasas. Tragó saliva con dificultad, debía tener también la cara hecha un desastre, pero no podía sentirla.

—Por favor, señor Xin ¿Puede mover su otro brazo y también sus miembros inferiores?

A Bo no le gustaba que lo tratara por su apellido, pero obedeció. Pudo mover su otro brazo y sus piernas, flexionar sus dedos a pesar de lo difícil que sentía cada movimiento, parecía que hubiera miles de pequeñas agujas en cada centímetro de su piel que se enterraban con vehemencia ante cada micro movimiento suyo torpe y lento como una tortuga. La doctora Hollow parecía satisfecha, lo que sea que significara que podía moverse la hizo asentir con suavidad.

—Por ahora, mientras esperamos los resultados vamos a suturarle las heridas—

—¿Tenía que estar despierto para que me hagan eso? —Bo no pudo evitar chillar indignado. Eso sonaba doloroso. Ya estaba sufriendo mucho como para tener que ser consciente de eso. Quería hacerle mil preguntas, pero su cabeza no lograba enfocarse y lo primero que pareció cruzar a través de la espesa niebla que cubría sus recuerdos y sus reflejos fue ese instinto tan humano de miedo que verbalizó.

—En realidad, íbamos a comenzar a hacerlo, pero —por fin una sonrisa, pero malvada cruzó su rostro. Bo entendió que la doctora no sentía mucha empatía por él—, pero recuperó la consciencia antes. No se preocupe, son solo pequeñas suturas en sus brazos y una un poco más profunda en su pierna. Estará bien.

La doctora Hollow se levantó las mangas de la bata blanca que tenía sobre su uniforme azul oscuro que Bo entendió que la identificaba como doctora porque el de la otra mujer, que era enfermera, era de un tono gris. La vio hacer ademán de sentarse junto a esa bandejita metálica donde estaban algunas herramientas que le podían generar pesadillas si bajaba un poco más su vista a la pierna donde deberían de coserlo como si fuera un juguete roto, pero no logró sentarse.

La especie de cortina blanca que hacía de puerta que cerraba el cubículo donde lo tenían se corrió y vio a una mujer más joven que Hollow entrar, tenía el mismo rostro inexpresivo, pero su cabello era corto de un rubio cenizo. Ni siquiera lo miró, se dirigió a la doctora.

—Doctora Hollow, la necesitamos en el cubículo 01. Paciente con un elemento clavado en el pecho, hemorragia y no es posible realizarle la intubación.

La mujer mayor se levantó inmediatamente y sus cejas se arrugaron.

—¿Cómo no pueden intubarlo? ¿Quién está a cargo?

La otra mujer bajó la mirada un momento antes de alzarla y se encogía de hombros.

—Le he intentado dar instrucciones, también el doctor Bennett, pero Eloise no sigue órdenes—

La doctora Hollow blanqueó los ojos antes de interrumpirla con una mano y salir enojada. Bo no sabía quién era esa mujer que parecía enojar y que le desagradaba tanto a su doctora, pero podría jurar que iba a recibir la regañada de su vida. Y él también esperaba eso, se acababa de quedar sin doctora.

Miró a la enfermera que hizo una mueca tratando de tranquilizarlo, iba también a salir del cubículo, pero volvió a entrar la doctora Hollow.

—Dale todo el expediente del paciente y que venga a hacer las suturas. El doctor Hidalgo debe estar en algún lado, que se haga un espacio y se encargue. Cualquier duda que me llame de inmediato. Quédate con él asistiéndolo.

Fue lo último que dijo antes de salir de nuevo seguida de la enfermera Anna que asintió lo suficientemente rápido como para transmitirle que iba a obedecer. Bo no pudo evitar gruñir, no solo se quedaba sin su doctora, sino que iba a venir un hombre a estarlo tocando. Si hubiera sido otra mujer quizás estaría menos enojado.

Había varias doctoras con buen cuerpo en ese hospital, las había visto cuando una vez acompañó a su tío por una neumonía. Una tenía un cabello rojo muy artificial y grasoso, parecía muy estúpida porque la vio incapaz de siquiera recetarle algo a Tao, pero tenía unas buenas tetas según Bo. Podía ser fea y tener una nariz que seguro le podría picar un ojo, pero realmente la cara era lo de menos cuando te querías llevar a una mujer a la cama, claro, solo si ella tenía tetas enormes. O eso era lo que solía pensar la mayoría de las veces.

En estos momentos esos solo eran una minoría de sus pensamientos, estaba más enojado y asustado por haberse quedado sin esa mujer que lo había estado revisando desde que —según ella— llegó inconsciente ¿Y si el otro doctor se equivocaba en algo? Bo había visto películas donde por errores de doctores los pacientes se morían, y él lo que menos quería era que le sacaran el collarín y su cabeza se cayera por ese esguince algo que Hollow había dicho.

Ni siquiera sabía si habían llamado a Tao, no había podido ni preguntarle a la doctora Hollow. Apretó sus puños y lloriqueó del dolor. Cuando viniera la enfermera Anna le preguntaría y haría su mejor esfuerzo para pedirle que regrese la doctora Hollow. Si tenía que esperarla medio abierto por las heridas, lo haría. Pero en estos momentos donde sabía que pudo haberse muerto de no ser por ella, solo confiaba en sus manos.

La primera en llegar fue la enfermera. Anna se acercó a esa bandeja metálica mientras sacaba otros guantes de latex para ponérselos. Bo hizo su pregunta sobre Tao, ella respondió que Bo no tenía un contacto de emergencia en su ficha médica, le aseguró que una vez que terminaran con las suturas podría buscar su número en la base de datos.

No pudo comenzar su pedido por la doctora Hollow porque la cortina se abrió y entró el doctor.

Bo había imagino a un hombre con alguna prominente barriga, quizás un anciano, uno de esos tipos calvos que son desagradables, algún idiota arrogante que le pusiera los nervios de punta, pero en no vio nada de eso. Quien entró era un muchacho delgado, más alto que él, quizás mayor por unos años, pero con una piel tan blanca que hacía que la bata impecable de la doctora Hollow se viera sucia, y con una belleza que por unos minutos le quitó la capacidad de hablar.

Lo miró un instante y fue el primer doctor que le regaló una sonrisa. Una bella sonrisa en sus finos labios.

—Buenas, soy el doctor Hidalgo —caminó hacia la computadora que estaba a un lado del cubículo que era su habitación, lo vio teclear rápido y quizás leer con rapidez su historial clínico—. De acuerdo, señor Xin, me encargaré de suturarle sus cortes mientras esperamos por los resultados de sus exámenes.

Caminó hacia la enfermera y con la misma gracia de sus pasos, tomó el desinfectante que la mujer bajita le ofrecía, luego los guantes y se sentó en el banco frente a su pierna ya cubierta con esa tela turquesa que la enfermera había colocado al prepararlo para la sutura. Cada uno de sus movimientos eran gráciles, elegantes, por un momento Bo se olvidó del miedo que sentía, de que era su pierna, era su herida y era su sangre la que estaba salpicada en su ropa y en los bordes de la tela; solo se fijaba en los movimientos delicados de sus dedos delgados y finos. Bo jamás había visto manos tan hermosas.

Por un momento, sintió que ese doctor no parecía real.

Quizás fue su mirada intensa lo que hizo que el doctor desviara también la suya hacia él. Bo sintió que se le secaba la boca.

—¿Siente dolor?

Bo había olvidado como hablar, titubeó y antes de poder encontrar las palabras decidió negar con la cabeza y un agudo dolor lo recorrió haciendo que se quejara con un magullado gemido.

—10 mg de morfina —indicó a la enferma con esa voz suave que parecía acariciar el aire y a él lo hacía sentir como si dentro de él vibrara y estuviera rozando la misma seda—. Probablemente comienza a pasar el efecto de los opioides, trataré de ser más cuidadoso.

—No… Es decir, sí ¡Digo! No —gruñó y cerró los ojos. No entendía por qué estaba tan nervioso, jamás se había sentido así.

Escuchó una leve risita y eso lo hizo abrir sus ojos, vio su sonrisa suave, tenue, como un trazo delicado en ese rostro precioso. El doctor hizo un movimiento ligero de cabeza para regresar su atención a su sutura y un mechón de ese negro intenso de su cabello se movió con él balanceándose a un lado de su rostro con esa misma gracia que parecía embargarlo todo en él.

No sintió dolor, quizás algo extraño que no era solo por el hecho de que su piel en estos momentos sí era atravesada y cosida como si él fuera una tela rota, pero también había cierta fascinación. Los movimientos eran delicados, pero precisos, rápidos y elegantes. La enfermera la pasó agujas, tijeras y otras herramientas cuyos nombres Bo estaba seguro de no poder pronunciar, pero el proceso fue menos sangriento y menos aterrador como imaginó antes con la sonrisa malvada de la doctora Hollow. Cuando terminó con su pierna, se levantó hacia sus brazos donde levantó gasas, las desinfectó y en algunos daba algunas puntadas pequeñas con otro hilo y con otro modo de coser.

—Las suturas de sus brazos son absorbibles, se van a caer solas, por ellas no se preocupe, pero la de su pierna era bastante profunda, requirió 10 puntos —dijo eso con cierto pesar, Bo no entendía qué significaba, pero no podía ser tan malo viniendo de esa voz tan suave y melodiosa—. Hice lo posible para que no le quede una enorme cicatriz, tendrá que regresar en unas semanas para quitarle los puntos.

—De todas maneras, me iba a tatuar la pierna —dijo intentando sonar casual.

Lo vio de nuevo esbozar esa sonrisa que era apenas una ligera curvatura de sus bonitos labios. Bo volvió a sentir que su corazón volcaba.

—Claro que se va a poder tatuar y si es un buen tatuador, va a poder cubrirlo bien, señor Xin.

Quiso decirle que no tenía que llamarlo así porque no había algo que Bo más odiara que su apellido, pero entonces vio la mano delgada del doctor querer acercarse a su cuello donde estaba el collarín y Bo en un reflejo también levantó su mano como un resorte para detenerlo si intentaba quitárselo, pero solo atinó a posar su mano sobra la del otro.

Fue un contacto como una corriente eléctrica en Bo, estaba seguro de que su rostro se había teñido de rojo como sus orejas, estaba seguro de que el monitor al que estaba conectado debió de haberlo detectado, y estaba seguro de que le tomó segundos o quizás minutos alejar él mismo su propia mano. A través de ese guante que el doctor aún tenía, Bo sintió su calidez, su mano delgada y fina que él podía cubrir con la suya, más grande, más tosca, más llena de cicatrices y nada grácil.

El doctor no se inmutó.

—No quise asustarlo, solo quería asegurarme de que está bien colocado su collarín —retiró su mano y comenzó a quitarse los guantes para dejarlos sobre la bandeja metálica que la enfermera rápidamente tomó y retiró—. Probablemente va a tener que usarlo durante cierto tiempo, espero que eso no sea muy incómodo para usted, señor Xin.

No pudo responder. Un sonido profundo llenó el cubículo, su doctor metió su mano a su bolsillo para sacar un aparatito que no dejaba de vibrar y chillar, pero antes de que sus bonitos ojos oscuros se abrieran del todo, la enfermera Anna lo tomó del hombro y le gritó:

—¡Doctor, código azul!

No sabía qué significaba eso, pero su doctor salió corriendo y la enfermera detrás de él. Bo lo vio desaparecer sin siquiera cerrar la cortina de su cubículo, sin siquiera despedirse y dejando detrás de él un aroma que parecía una amalgama de medicamentos, olor a limpio y un ligero, muy delicado, aroma a algo que parecían ser ¿Flores? ¿Manzanilla? ¿Vainilla? No sabía, era tan tenue, pero hizo que Bo cerrara sus ojos tratando de memorizarlo y que su cabeza lo pudiera identificar.

Pensó que volvería rápido, pero no lo hizo. Y Bo siempre supo que no tenía paciencia ni sentido común.

Lo primero que hizo fue sentarse, aunque el dolor le recorrió cada uno de sus músculos y de sus huesos que fracturados o no, le respondieron, aunque quejándose ante cada movimiento.

Lo siguiente, fue ver sus piernas y determinar cuál era la que tenía la posible fractura —o no, la doctora Hollow había dicho que no lo sabía con certeza— para decidir cuál iba a ser la pierna que no soportara su peso. Se decidió por la pierna con esa sutura apenas visible, su doctor había hecho un trabajo increíble.

Apoyándose en la cama y jalando ese perchero que no era perchero, pero funcionaba como uno a su parecer sujetando la vía que entraba en su brazo izquierdo, se levantó. Se quitó ese aparato raro en uno de sus dedos que lo conectaba al monitor y escuchó ese gélido pitido como si el corazón de Bo dejara de latir. Sintió un escalofrío.

De esa forma tan poco inteligente, Bo comenzó a saltar con torpeza hacia la salida del cubículo, jalando un perchero que no era perchero y esperando poder llegar al borde del cubículo para agarrarse del borde y no caerse. Cuando lo consiguió, se trató de erguir a pesar del dolor y vio hacia afuera.

El área de Emergencias siempre estaba llena y era un caos, eso le había dicho una vez una mujer con la que se acostó, una cuyo nombre ni cara no recordaba, y no le había mentido. Vio en todos lados a doctores yendo y viniendo, camas en los pasadizos con pacientes en ellas mirando con sus rostros enfermizos y cansados al personal médico ir y venir ignorándolos, a enfermeras que parecía estar corriendo una maratón de un lado a otro con mil cosas en las manos, más cubículos llenos con pacientes, algunos con puertas acristaladas de verdad y muchos médicos dentro. Fue allí cuando lo vio, en uno de esos cubículos con puertas acristaladas.

El doctor Hidalgo estaba dentro, con una especie de bata blanca ensangrentada sobre su uniforme azul oscuro, y dando extraños golpes sobre el pecho del paciente o de la persona a la que estaba atendiendo. No entendía qué pasaba, lo vio dejar de hacerlo, ordenar algo a unas enfermeras que pusieron unos aparatos raros sobre el pecho del hombre, al doctor Hidalgo volver a ordenar algo, el pecho del paciente estremeciéndose como si una corriente eléctrica lo hubiera golpeado, luego el mismo procedimiento una y otra vez.

Hasta que parece que pasó algo bueno porque en el último intento, el rostro preocupado de su doctor se iluminó. Lo vio cerrar sus ojos y lanzar algo que debió ser un suspiro por su expresión de desahogo, su bonito rostro pareció brillar con una sonrisa real mientras llevaba sus manos ensangrentadas contra su pecho y las juntaba como si estuviera rezando o agradeciendo, como si fuera un ángel en mitad de ese cuadro sangriento donde acababa de vencer a la muerte y arrebatarle un alma a su propio dios o al diablo. Su rostro hermoso y feliz era hipnotizante.

—¡¿Qué haces aquí?!

Bo salió de su ensoñación por el grito familiar de una enfermera. Era la enfermera Anna que parecía haber salido de algún lado convocada por el mismo Lucifer, estaba hecha un desastre, pero sus ojos lo juzgaban con una dureza que le hubiera gustado poder ser invisible en esos momentos.

—¡¿Cómo se atreve a ponerse de pie?! ¡¿Usted es consciente de que puede tener algún daño cerebral o alguna fractura o contusión interna?! ¡Usted es un inconsciente, muchachito!

Siendo regañado, pero a la vez ayudado, fue devuelto a la cama. La enfermera en ningún momento dejó de regañarlo. Bo estaba seguro de que podría haberlo golpeado de no ser porque él era un paciente y ella un personal de salud. Temió por un momento que ese horrible sonido del monitor informando que su supuesto corazón había dejado de latir se podría volver realidad a manos de esa mujer.

Cuando finalmente fue devuelto a la cama y conectado a todo lo que debía estar conectado, la enfermera no se fue. Se quedó en la puerta con el ceño muy fruncido, sus ojos parecían atravesarlo más que las agujas del dolor o las mismas agujas del doctor Hidalgo.

Pudo ser horas de esa mirada reprobadora que la mujer tenía tatuada en los ojos, solo se libró de ella cuando la vio teclear en la computadora algunas cosas. Bo creí que era algo malo en su historia clínica, seguro advertía que debían amarrarlo a la cama o meterle algo en la vía para tenerlo sedado todo el tiempo. La sola idea le generó ansiedad.

—Disculpe la forma en que me fui.

La voz del doctor Hidalgo lo hizo romper el contacto visual con la enfermera Anna. Su corazón volvió a dar un vuelco y estaba seguro de que una sonrisa estúpida cruzó su propio rostro, se odió por eso. Pero no podía borrarla, aunque lo intentara.

El doctor ya no tenía esa bata ensangrentada, mantenía su uniforme azul oscuro, su estetoscopio colgando de su blanco cuello y su belleza calmada y suave como un estanque de agua cristalina en plena primavera. La enfermera quizás lo acusó, no lo escuchó, no le importaba mucho en ese instante, no cuando podía ver al doctor de nuevo y embriagarse de ese rostro hermoso enmarcado por ese cabello tan negro como la noche sin estrellas.

El sonrojo de sus mejillas volvió, le quemaban sus orejas y su mente antes cubierta por niebla producto de las drogas que le metieron para el dolor, ahora pensaba de forma más clara y llegaba a conclusiones que no estaba seguro de si eran correctos, no podía creer que estaba pensando eso de un hombre. Quizás sí tenía daño cerebral.

El doctor se había acercado al computador.

—Llegaron tus exámenes. Estoy revisando tu tomografía y no veo daño cerebral, tampoco de tus tejidos blandos ¡Es una muy buena noticia! —de nuevo su sonrisa brillante, más brillante que el sol de verano que a Bo tanto le gustaba, más cálido que el fuego de los campamentos a los que le gustaba ir con Tao cuando era niño en China para huir de su casa, donde solo tenía ese fuego para sentir calidez en mitad de su infancia trágica.

Más bello que aquel botón de rosa que vio por primera vez en una pequeña maceta cuando Tao le enseñó la casa donde vivirían y no tendría que volver jamás ni a China ni con su padre. Más bello incluso que ese momento de felicidad que fue el primero y único que sintió en su vida.

—En la radiografía no veo huesos rotos, pero sí tienes un esguince cervical moderado, no es grave. Tendrás que usar ese collarín. Y tienes un esguince en tu pierna, la enfermera Anna te hará un vendaje elástico y te proporcionaremos unas muletas para que te movilices con ellas, pero te recetaré reposo—

Bo había dejado de escuchar, solo lo miraba y sentía. Disfrutaba de eso que le hacía sentir, a pesar de que le avergonzaba tanto tener su cara roja y sus orejas, a pesar de que ahora no podía culpar al golpe de la moto por estar pensando lo que pensaba y sintiendo eso que era como un hielo derritiéndose dentro de él por solo ver esa expresión de genuina felicidad. Ese doctor no lo conocía de nada, era la primera vez que se veían, y por algún motivo parecía muy feliz de saber que Bo, un extraño, no se iba a morir. Tan feliz como lo vio cuando al parecer salvó de la muerte a otro paciente y juntó sus manos para rezar por ello.

Bo no creía en la amabilidad, la gente jamás fue amable con él. A nadie jamás le importó, o eso siempre creyó y el mundo le hizo sentir. Pero estaba frente a un muchacho que parecía realmente feliz al saber que se iba a recuperar. El doctor dejó de hablar o eso creyó, observó su sonrisa no solo ampliarse sino tintarse de un tono que no supo identificar ¿Era pena hacia él? ¿Menosprecio tintada con una compasión venenosa? No, no lo creía, había visto esa mirada en otros rostros que formaban parte de sus pesadillas, pero esa no era ello. Era una mirada con algo tan cristalino y puro que creía que ni la sangre en su ropa podía mancharlo, era una dulzura que le caló en sus huesos, una que se profundizó en él a medida que lo vio hacer el mismo gesto, llevar sus manos hacia su propio pecho, entrelazar sus delicados dedos y hacer ese gesto como si agradeciera a un dios por la vida de Bo. Nadie jamás había agradecido a ningún dios por la vida de Bo. Ni siquiera Tao.

Nadie había sido tan dulce con él. Fue un golpe invisible.

Cerró los ojos y recostó su cabeza contra la cama con los ojos quemándole, pero el roce suave y delicado contra una de sus manos lo obligó a abrir los ojos. Él había caminado hacia su cama y había posado su blanca mano sobre la suya, un roce tenue, era un contacto tan frágil como el hielo de invierno.

—No se preocupe, va a estar bien —le habló con esa voz que parecía un coro de ángeles. Bo ni siquiera creía en un dios ni ángeles, pero de existir, debían sonar así—. Tome sus medicinas, le voy a escribir a detalle la dosis y el horario, tome reposo, venga a los controles, y, por favor, no vuelva a conducir sin casco y con imprudencia. No lo estoy regañando, solo quiero que usted no vuelva a exponerse al peligro, señor Xin. Debe tener un ángel que lo cuida, pero no lo ponga a prueba.

Bo solo había tocado la seda una vez, cuando una de sus amigas le enseñó un vestido con ese material, pero en estos momentos mientras los finos dedos del doctor seguían sobre su piel, él estaba seguro de que su piel era más suave que la seda, más bonita, más tersa. Y que ese aroma que apenas podía identificar entre otros tantos que corrompían su perfume, eran flores.

Ese doctor olía a flores frescas de primavera.

—También le haré la consulta a la doctora Hollow para ver una segunda opinión, pero estoy seguro de que ella estará de acuerdo en que usted no tiene ningún daño grave —dijo mientras quitaba su mano y Bo sintió la necesidad de tomarla, de obligar a que no se rompiera el contacto—. De todos modos, creo que mañana recién le daré el alta, un día de observación estará bien ante cualquier contratiempo, solo para prevenir ¿Ya se ha acercado su contacto de emergencia?

Eso último le preguntó a la enfermera Anna que le explicó lo de la ausencia de su contacto de emergencia. El doctor miró a Bo con una expresión de desconcierto, Bo deseó no tener que explicarle que nunca puso a Tao porque no quería ser una molestia para él.

—Si no tiene un contacto de emergencia, puede ponerme como referencia a mí—

—Doctor Hidalgo —la enfermera lo interrumpió mientras cruzaba sus brazos con la expresión de una madre que regañaba a un hijo muy piadoso—. La doctora Hollow me dijo que impidiera que usted siga permitiendo que pacientes indigentes lo agenden como contacto de emergencia.

—Él no es un indigente, enfermera Anna —el doctor frunció ligeramente sus bonitas cejas delgadas.

—Con mayor razón, doctor. No puede ser el contacto de emergencia de más de diez personas. Lo siento, la doctora Hollow me dio indicaciones.

El doctor quiso reclamar, pero Bo decidió intervenir.

—Tengo un tío —dijo intentando sonar casual—. Pueden buscar su número, él se atendió acá hace unos meses por neumonía…

Vio el rostro del doctor volver a sonreír y asentir.

—Por favor, encárguese, enfermera Anna.

La mujer asintió también satisfecha.

—Llamaré a la doctora Hollow para que también lo revise.

Bo lo vio salir del cubículo con sus movimientos gráciles dejando detrás de él ese aroma tenue a flores, llevándose consigo la calidez, la luz y esa humanidad que el otro hombre creyó que no podía existir después de la vida difícil que le había tocado. No solo fue como si el cubículo se volviera más frío o más grande, dentro de su pecho sintió como si también esa pequeña llamita cálida frágil como un fósforo en mitad de una noche lluviosa, se consumiera y quedaron unas cenizas que el viento se llevó.

*

**

***

Bo llevaba dos horas en esa maldita sala de espera. Se había levantado con torpeza con esas muletas y después de golpear varias veces la ventanita desde donde la recepcionista llamaba a los pacientes para las consultas, ella por fin se dignó a hablarle, pero negándose a darle una explicación que lo convenciera.

—Si no tiene otra pregunta, siéntese, señor Xin. Lo llamaremos a la brevedad.

Y una mierda.

Se había negado a que Tao lo acompañe porque no quería verse como un crío delante de su doctor —además, de que no quería causarle más problemas—, pero mientras leía de nuevo las letras de su ticket de atención donde estaba su nombre como paciente y el nombre de su doctora: Amy Hollow, sentía que la rabia volvía a sus entrañas.

¿Por qué tenía que atenderlo Amy Hollow? La mujer de la recepción no le dio explicación, un estúpido: “Ella figura como su doctora, señor Xin. Si tiene un problema, puedo cancelar su cita médica. No tenemos otros doctores en estos momentos.” Fue lo que usó para deshacerse de él.

Puta mofetera de mierda.

Se fue cojeando no a la incómoda silla metálica que le estaba rompiendo la columna, cojeó con sus muletas hacia la salida. Iba a fumar en esa zona donde las ambulancias se estacionaban, siempre estaba vacío a esas horas, creía que no podían decirle nada porque era un paciente. Lo suyo jamás fue el sentido común y poco le importaba en esos momentos. De todas maneras, su turno estaba tan lejano que podía morirse en la sala de espera, volver a nacer, morir nuevamente, y quizás aún tendría que esperar un par de horas más.

El sistema de consultas de Pillbox Hill Medical Center era una mierda, caminar en muletas era una mierda, Amy Hollow era una bruja, y no iba a volver a verlo jamás a él. El último pensamiento lo enojó aún más, casi lo hace escupir.

Llevaba unas semanas donde su nula paciencia fue puesta a prueba mil veces aún cuando él era consciente de que no la tenía. No podía hacer muchas cosas solo y tener a Tao detrás de él lo golpeaba con una sensación de culpabilidad que solo lograba difuminar con la marihuana aquellas noches que se conseguía escapar a algún parque y mirar el cielo tan negro como el cabello del doctor Hidalgo. No lo habían despedido de su trabajo de mala muerte, Tao había llevado los certificados que el doctor le firmó y los amenazó con demandarlos si lo hacían. Bo se rio para sus adentros porque no tenían dinero para hacer ello, aunque quisieran, al final aceptaron porque sabían que Tao era capaz de estar todos los días afuera del local con un cartel haciendo mala publicidad.

Apenas había visto a amigos para los que Bo era más un conocido que una verdadera amistad, y ni hablar de sus amiguitas. No recibió ni un mensaje de alguna, tampoco lo esperaba. No se encontraba en la posición de tener sexo con ninguna, y solo una le escribió para animarlo un poco. Cuando se puso entre sus piernas y comenzó a bajarle el cierre del pantalón, Bo no consiguió enfocarse ni disfrutar del momento. Por algún motivo su cabeza estuvo más enfocada en tachar los días que le faltaba para su próximo control donde volvería a ver a su doctor. Fue incómodo y terminaron discutiendo, ella lo acusaba de estar pensando en otra puta y él en que no sabía hacer una mamada —un argumento falso porque ya se lo había hecho antes y no le había desagradado para nada—, una relación que más eran encuentros sexuales casuales terminó con esa escena poco erótica, poco romántica y poco trágica. Solo fueron dos idiotas insultándose y decidiendo que no volverían a coger con el otro. Bo ni siquiera lo lamentó. No recordaba su nombre, nunca recordaba el nombre de ninguna por eso siempre las llamaba por apodos.

Habían sido semanas difíciles y horribles por el dolor, la incomodidad, su extraña ausencia de necesidad de mujeres, las medicinas amargas, Tao y su preocupación que lo hacía sentir más pequeño de lo que era. Lo peor era su mente que por momentos se enfocaba en lo cerca que estuvo de morir generándole escalofríos como si una capa de hielo lo cubriera de pies a cabeza, y cuando no estaba enfocado en pensamientos funestos de una vida miserable que pudo extinguirse en cuestión de segundos, su cabeza viajaba hacia otra sensación. Hacia otra persona. Hacia un doctor cuya belleza no parecía provenir solo de su rostro cual muñeca de porcelana, sino que parecía provenir de todo él. De su ese aroma a flores, esa calidez como un chocolate dulce que se adhiere a tus papilas gustativas y eres incapaz de olvidar.

Semanas de mierda, con pensamientos confusos y un anhelo insensato, hambriento y delirante que le consumía los huesos por volver a verlo. Y todo ello para nada, porque no iba a ocurrir. La recepcionista rompió sus ilusiones y lo regresó a la realidad donde se encontraba saliendo a fumar y maldecía a todos.

Mientras cojeaba con lentitud en su camino hacia ese retiro con jardineras donde sentarse a fumar, lo reconoció a lo lejos. Su figura delgada y su bonito perfil era imposible de olvidar, Bo reconoció ese cabello negro tan intenso peinado hacia atrás, ese mechón rebelde que parecía querer caer en su frente, y su piel tan blanca como la bata que ahora usaba. No importaba que tuviera en esos momentos unos lentes oscuros, él podría reconocerlo donde sea.

Su corazón saltó y alzó su mano, pero antes de gritar para llamar su atención, notó que no estaba solo. El doctor Hidalgo estaba de pie casi al ingreso de la bahía donde entraban las emergencias, pero frente a él estaba otro hombre que no reconoció, pero llevaba un chaleco negro que decía POLICÍA.

Era un hombre más alto que el doctor, mucho más grande y mayor, con su cabello castaño corto, su barba recortada con cuidado y también unos lentes oscuros. No sabía de qué hablaban, estaba demasiado lejos para escuchar o ser visto como un observador por ellos, pero no le gustaba la cercanía de ese hombre.

Mientras el doctor estaba con sus brazos cruzados y parecía hablar con esa calma que a Bo se le asemejaba como un toque gentil de una mano amiga, el otro hombre estaba cerca, muy cerca. Tanto que parecía que podría lanzarle el humo de su cigarrillo. Parecía un depredador esperando a que su presa lo deje morderle el cuello.

Y eso lo enojó. Bo apretó la cajetilla de sus propios cigarros en su mano y pudo casi escuchar como todos se deshacían por la fuerza de sus dedos. Pero no podía moverse, se quedó parado como una estatua, como una víctima de Medusa observando y siendo incapaz de dar un paso hacia delante o hacia atrás. Con esa amargura y esa acidez en sus entrañas que se acentuaba como fuego vivo cada vez que una sonrisa autosuficiente se formaba en el rostro del policía.

Ni siquiera sabía por qué estaba tan enojado, por qué se le crispaban tanto los nervios, por qué cada gesto de ese hombre hacia su doctor era como un hierro tatuando en sus pupilas, algo que quería poder destruir como quien rompe un vidrio de un golpe y lo convierte en miles de pedazos imposibles de volver a ensamblar. No entendía por qué no solo su mano con los cigarros sino su otra mano aferrada a la muleta tenía los nudillos blancos de tanta fuerza con la que aferraba el objeto, como si ese fuera el cuello de ese policía.

No fue el policía el que terminó la conversación, fue el doctor Hidalgo quien hizo un grácil gesto con su cabeza antes de comenzar a alejarse probablemente hacia el ingreso lateral del hospital solo para el personal médico. Pero Bo sí vio como el policía delineaba la figura del doctor alejándose mientras llevaba a su boca el cigarro y una sonrisa ladeada cruzaba su rostro.

Si no tuviera esas muletas ni ese esguince, Bo hubiera terminado en la comisaría por romperle la cara a un policía. O por lo menos haberlo intentado. Tenía tan apretados los dientes que creyó que iba a romperse uno, su sangre parecía un volcán a punto de erupción por culpa de un enojo animal y primitivo que no comprendía del todo porque ¿Cuál era la razón para enojarse con un policía por haber mirado con morbosidad a su doctor? Exdoctor.

Por respeto, joder ¿Cómo va a mirar así a MI doctor?

Exdoctor.

Eso, mi exdoctor. Se maldijo por hacer esa corrección ¡No le gustaba! ¡No le gustaba y no era justo! El doctor era su exdoctor y ese policía podía verlo como si fuera un—

El policía se subió a su patrulla y pasó a su lado, haciendo la maniobra para salir del hospital. Bo se tragó la amargura que era como un veneno que llenaba todo su cuerpo, y decidió comenzar a cojear con su andar torpe hacia ese retiro. Si antes quería fumar porque debía distraerse con algo después de las malas noticias, ahora necesitaba sacar su enojo de alguna forma. Se consideraba un fumador moderado, pero estaba dispuesto a convertirse en una máquina de humo si con eso el sabor a acidez, amargura y esa hiel que conformaban los celos desaparecía de su boca.

Aunque no eran celos, para ser celos tendría que gustarle el doctor. Y el doctor era un hombre. No eran celos. Se repitió en cada paso lento hasta que llegó al lado de una de las jardineras y se sentó en el borde, agradeció poder descansar un poco. No se le daban bien las muletas y estaba bastante cansado de ellas, llevaba casi un mes con ellas, esperaba que Amy Hollow le diera más medicinas o algo para dejar de sentirse como un inválido. No podía ni siquiera conducir.

Aunque Tao le había prohibido las motos no solo por el accidente sino por lo que costaba reparar la moto siniestrada. Al final, consoló a Bo prometiéndole que le daría las llaves de su viejo auto cuando estuviera sano del todo. Ese día parecía muy lejano.

Sacó un cigarro casi destruido, lo reacomodó con los dedos y lo llevó a sus labios mientras buscaba en el bolsillo de sus pantalones cortos su encendedor.

—No se puede fumar aquí, señor.

El cigarro cayó inmediatamente de sus labios y Bo tuvo el impulso de ponerse de pie, pero el dolor lo obligó a volver a sentarse. El doctor que lo había atendido estaba de pie frente a él con sus manos en los bolsillos de su bata, con su rostro bello, con esos lentes oscuros donde se veía reflejado.

Bo observó su reflejo y comenzó a peinarse su cabello rojizo y a maldecir por dentro que tuviera el cabello tan seco por el tinte. Quizás debería dejar de teñirse, quizás debería dejarse el cabello natural ¿Al doctor le gustaría su tono castaño oscuro natural…? ¡¿Qué estaba pensando?!

Pensó que no lo reconocía porque siguió de pie cerca a la puerta de acceso de personal. No le sorprendía —aunque le dolía—, ese día lo vio probablemente hinchado, con las contusiones y cortes en su rostro, Bo luego con un espejo que le trajo Tao descubriría que tenía un ojo morado y una venda en la cabeza que casi le cubría todo su cabello rebelde teñido de rojo.

Pero entonces lo vio dibujar esa delicada sonrisa en su rostro bello y caminar hacia él.

—No creo que deba fumar, ni aunque sea una zona de fumadores, señor Xin.

Casi un suspiro se escapa de sus labios al sentir que lo reconocía y recordaba su nombre. Bueno, su apellido.

—¿Te acuerdas de mí? —Bo odió sonar tan ansioso, se mordió la lengua y agregó— doctor.

—Me acuerdo de todos mis pacientes, señor Xin —su tono suave y amable lo envolvió meciéndolo y endulzándolo junto a ese perfume de flores, medicinas y a limpio. Casi no sintió ese pinchazo de celos de saber que no era especial. Casi.

—Pero yo ya no soy tu paciente —dijo sin pensarlo, sin poder evitar y sin esconder su tono de un reproche injusto.

Lo vio apenas levantar sus bonitas cejas negras antes de que se sentara a su lado con un gesto elegante y lanzara una risita que para Bo resonó como la chispa de un fuego artificial en una noche sin estrellas y en absoluta oscuridad.

—Lo siento por eso, señor Xin. La última semana cambió un poco mi agenda de pacientes, estoy por terminar mi R4 y me enfocaré más en pacientes de la especialidad que busco. La doctora Hollow como jefe de Emergencias me recomendó que haga eso —hablaba con mucha suavidad, pero había una sinceridad en su voz que, aunque Bo quisiera enojarse, no hubiera podido—, de nuevo le expreso mis disculpas si sintió que lo abandoné como paciente. Jamás fue mi intención.

—No, no, no, no —Bo comenzó a negar también usando sus manos y cabeza—, está bien ¡Está todo bien! Tenía que terminar tu… Ehm, tu, Ralgo, tu R…

Bo no tenía idea lo que se supone que su doctor debía terminar ¿Sería alguna tarea? Él a veces tenía tareas como limpiar de grasa todas las herramientas en el taller de mala muerte donde trabajaba. Pero fue de nuevo la risa cristalina como el diamante más puro lo que volvió a sacarlo de sus pensamientos. El doctor volvía a reírse.

—R4, significa residente superior —calmó su risa y le regaló una sonrisa amplia, brillante y bella—. Cuando estudias Medicina, debes tener prácticas en hospitales y se divide dependiendo de los niveles. R1 es recién ingresado, un estudiante de medicina, puedes llegar hasta R4 cuando eres casi doctor de cierta forma—

—Pero tú eres mi doctor —interrumpió Bo sin poder evitarlo. El sonrojo adornó sus mejillas al percatarse.

El doctor Hidalgo solo mantuvo su sonrisa preciosa. Bo deseó que se sacara los lentes oscuros, deseó poder ver esos ojos también brillantes, más brillantes que cualquier estrella.

—Muchas gracias por considerarme así —hizo un movimiento grácil con la cabeza en señal de agradecimiento antes de agregar—, y pronto lo seré ante todos.

—Porque escogiste una espa… espaci… espacialidad —Bo pronunció con dificultad la última palabra. Llevaba años viviendo en Estados Unidos, en el maldito Los Santos y aún así odiaba sentir que era incapaz de hablar o escribir bien en inglés. Detestaba ese idioma de mierda.

—Especialidad —pronunció con paciencia y lentitud el doctor, con esa voz suave cual terciopelo y ese acento que desde el primer momento llamó la atención de Bo. Era un acento tan elegante como todo él. Fino y melódico.

Por primera vez no sintió vergüenza de que alguien corrigiera su inglés, no lo sintió como una burla o un acto racista donde era menospreciado por ser un chino intentando hablar un idioma que no era suyo y vivir en un país que tampoco era suyo. No fue una bofetada, ni un acto de falsa misericordia bañada con menosprecio. Fue amable, fue dulce.

Como todo lo que ese doctor era.

Bo lo repitió con lentitud, el doctor volvió a pronunciarlo, lento, suave, enseñando cada uno de los sonidos para que el otro hombre pudiera reproducirlo. Así lo hizo, hasta que consiguió hacerlo.

El doctor le regaló de nuevo una sonrisa y un asentimiento aprobatorio, una que hizo sentir orgullo a Bo por conseguir pronunciar bien una nueva palabra. Aunque no supiera su significado.

—Porque escogiste una… especialidad —retomó lo que intentó decir antes, con cierto nerviosismo de no poder pronunciarlo bien después de todo, pero al conseguirlo y observar que el doctor parecía complacido, Bo creyó que por ese día podía morir en paz y feliz.

—Sí —asintió—. Escogí Pediatría.

—Claro, claro, Pedi… Petiatroía… —respondió asintiendo como si comprendiera.

Bo no tenía idea de como pronunciar esa palabra ni lo que significaba. Y por primera vez sintió vergüenza de su ignorancia.

Pero el doctor Hidalgo no se rio, no lo miró con menosprecio ni se levantó dando por terminada la conversación con alguien tan ignorante que no era capaz ni de pronunciar palabras complicadas. Ni siquiera había una sombra de incomodidad o molestia en su rostro precioso.

—Pediatría —pronunció letra por letra con su acento perfecto—. Es una especialidad médica enfocada en la salud de bebés, niños y adolescentes; y bueno, una especialidad es enfocarte en un área específica de la medicina —explicaba con paciencia—, y yo escogí Pediatría.

—Y-yo… y-yo sabía eso —Bo comenzó a sonrojarse indignado al punto que sintió sus orejas y cara quemar tanto que creía que el doctor podría sentirlo, aunque estaba a amplia distancia de su rostro— ¿C-cómo no voy a saber eso, doctor? ¡Ni que fuera bobo!

Él solo hizo una mueca que Bo creyó que era virar los ojos detrás de sus lentes oscuros mientras apretaba sus finos labios forzándose para que una sonrisa no se le saliera.

—Sí, señor Xin, lo sé. Solo que a mí me gusta mucho enseñar, se me olvida que usted no es un estudiante.

Su celular sonó y lo vio responder, Bo creyó que se levantaría y se iría, pero no se movió. Estaba desde su posición respondiendo algunas preguntas con indicaciones que debían ser para algunos de esos estudiantes de los que habló. De verdad le gustaba enseñar, y quería hacer una especialidad enfocada en niños.

La imagen de ese doctor cargando a un bebé o a un niño pequeño de pronto se le hizo a Bo la imagen más hermosa que su mente podría imaginar. Desvió su rostro hacia él y mientras más lo veía, hablar con esa calma y escuchar esa dedicación que no solo transmitía en esa conversación, sino que también le regaló a Bo mismo cuando lo trató como paciente, más entendía que era perfecto para no solo ser doctor sino para tratar a pacientes que necesitaban de alguien que tomara sus manos cuando estaban asustados y que rezaran a un dios por su mejoría.

Necesitaban esa dulzura y esa calidez que Bo sintió durante instantes, esas manos amables y piadosas que los sostendrían mientras buscaban sanar. A Bo no le gustaban los niños, incluso no quería tenerlos, el mundo era cruel con los niños, él lo había vivido en sus carnes, en su piel y en sus lágrimas que le quemaban las heridas abiertas. Pero si había alguien como ese doctor, entonces quizás los niños tendrían por fin a una persona que no viera en ellos errores propios ni ajenos, sino que viera a alguien indefenso que curar, cuidar y sanar.

Suspiró esta vez sin poder evitarlo. Vio su bonita nariz respingada arrugarse en una mueca de risa y creyó que era curioso que en el mundo existiera alguien tan bello y que estuviera tan cerca a él. Era como ver una pintura, de esas que los museos escondían detrás de vitrales y vigilaban como si fuera oro. Estaba seguro de que lo que sentía al verlo podía compararse con eso que un alma atormentada sentía frente a una obra de arte que obnubila sus sentidos o frente al altar de una iglesia pidiendo su salvación.

Jugueteó con sus manos, Bo sintió que las tenía sucias a pesar de haberlas lavado.

—Disculpe, tenían una consulta que hacerme —dijo colgando y guardando su celular—. Entonces ¿Comprendo que vino a su revisión con la doctora Hollow?

Bo asintió, no podía hablar, era como si la voz de nuevo se le había apagado.

—Lo veo saludable, la doctora Hollow es muy buena y pensará lo mismo. Espero que pueda pronto estar del todo recuperado.

Era su rostro que otra vez le regalaba esa expresión cargada de ese brillo que nacía de él, eran sus manos preciosas de nuevo colocadas contra su pecho en un gesto quizás inconsciente, pero genuino y de puro acto desinteresado de desearle lo mejor a un extraño; era ese latido en su pecho y ese ardor en sus manos lo que hizo que Bo fuera la criatura famélica que era, ese deseo por más, esa hambre que siempre tuvo dentro lo que lo hizo hablar de nuevo sin pensar. Porque si el doctor Hidalgo le regalaba de nuevo esa escena que le calaba hasta los huesos y los volvía una amalgama de calidez, dulzura y algo que era incapaz de identificar —o aceptar—, entonces quería que le diera todo.

—¿Por qué no te quitas los lentes oscuros? —quizás le sorprendió su pregunta atrevida, Bo creía que sí, pero era muy tarde para echarse para atrás y aun con el rojo más intenso en su rostro, Bo agregó—. ¿Por qué los usas?

La respuesta podía ser simple, estaba en el exterior y sus ojos podían ser sensibles. Incluso, si lo pensaba bien, no tenía que darle ni una respuesta, ni una justificación. Él solo era un expaciente y él un doctor brillante que podía hacer lo que quisiera.

Pero lo vio quitarse los lentes con un movimiento elegante.

—¿Usted es de esas personas que no les gusta hablar con alguien con lentes de sol? —preguntó con un tono cargado de gracia, pero Bo no le prestó atención alguna.

Estaba seguro de que cuando lo atendió, el doctor Hidalgo tenía ojos oscuros. Sin embargo, esos ojos que ahora le devolvían la mirada y brillaban como el amanecer más puro y hermoso que puede existir en ese mundo no eran oscuros. Ni siquiera podía identificar el color, mientras reconocía un azul tan intenso como el color del cielo un día de verano donde el mundo decidía convertirse en un lugar apacible para vivir, también había un verde tan puro como el de las hojas de un árbol que apenas comienza a vivir y se abre ansioso ante el sol que lo baña como si fuera una lluvia de oro.

Azul, verde, dorado, miel y ese brillo natural, Bo sentía que los ojos de ese doctor nunca fueron estrellas, eran constelaciones. Su madre de niño le habló de ellas, le dijo que estaban compuestas por millones de estrellas y enseñaba fotos en un libro viejo y desgastado que la República prohibió. Le dijo que eran bellas, a ella le gustaba el cielo y todo el espacio. Pero era él frente a esos ojos que sentía que estaba frente a una constelación real dentro de unas pupilas en un rostro que debería ser lo que los religiosos llamaban ángel.

El doctor sintió su mirada intensa porque desvió su rostro y lo vio hacer un ligero mohín con sus labios bonitos.

—Sí, bueno, normalmente uso lentillas oscuras, pero el oftalmólogo me dijo que debo dejar de hacerlo porque es irritante —bajó su vista a los lentes que sostenía—. No los puedo usar adentro, pero acá sí —. Y se los volvió a poner.

Bo quiso decir de nuevo algo, pero ese sonido chillón que esa vez escuchó en el cubículo volvió a romper la tranquilidad. El doctor metió su mano con rapidez en su bata y en su premura por sacar ese aparatito rectangular tan curioso y ruidoso, tiró al suelo su identificación como doctor del hospital. Fue solo un segundo porque el doctor tenía manos preciosas, pero rápidas y lo levantó aún sin despegar su vista del otro aparatito. Fue solo un segundo, pero Bo consiguió leer la identificación.

Luis Hidalgo.

Luis.

Luisito pensó saboreando cada palabra en su mente.

Y una sonrisa estúpida cruzó su rostro.

—Debo volver, señor Xin, se terminó mi descanso —dijo mientras se ponía de pie.

Mi nombre es Bo pensó. Llámame Bo quiso decir, pero las palabras no encontraban el valor en él.

—Fue un gusto verlo recuperado, manténgase saludable, señor Xin.

Llámame Bo, Luisito. Déjame llamarte Luisito.

Pero, aunque Bo no tenía sentido común, tampoco tenía valentía ni coraje, no en una situación donde le estaban sudando las palmas de las manos, donde el corazón le golpeaba con violencia mientras veía al doctor, no, mientras veía a Luis alejarse hacia el ingreso de personal médico. Bo no podía levantarse, no podía hablar, no podía ni siquiera verlo alejarse sabiendo que esa podría ser la última vez que lo viera y que, aunque dijera que no, lo terminaría olvidando o encerrándolo en su mente como un paciente más.

Agachó la vista, se estaba ahogando en su cobardía. No lo iba a volver a ver nunca. Era un perdedor. Metió con un temblor sus manos en sus bolsillos buscando de nuevo sus cigarros, el encendedor. Metió otra vez un cigarro con manos temblorosas en su boca, pero antes de encenderlo sintió un deja vú al escuchar la misma melodiosa voz.

—Realmente no se puede fumar aquí, señor Xin. Y por su salud no debería.

Había regresado, el cigarro, la cajetilla destrozada y le encendedor cayeron al suelo esta vez, con un sonido tan estruendoso para Bo porque no podía creer que Luis había regresado, estaba de nuevo de pie frente a él con una de sus bonitas cejas enarcadas y sus manos en los bolsillos de su bata, como cuando creyó que se había ido por primera vez. Jamás creyó en dios ni en milagros, pero este debía ser uno.

—Dejaste… Dejaste fumar al policía —respondió en automático. Bo se maldijo internamente por ser tan idiota.

Sus bonitas cejas se levantaron a la vez que cruzaba esta vez sus brazos, la misma posición que lo vio con ese policía que lo miraba como si Luis fuera un plato de filete y él un león famélico.

—Es complicado señalarle las reglas y decirle qué puede o no hacer al jefe de la LSPD. Los jefes de policía están por encima de muchas cosas al parecer —se encogió de hombros con un movimiento suave—. Además, Lewis nos facilita muchos traslados, mantener la relación amical con la LSPD es importante para mi jefa y Emergencias.

El jefe de la policía. Bo quiso reírse como un orate ¿Cómo se podía competir contra un jefe de la policía? Ni siquiera estaba seguro por qué quería competir con un hombre así, pero escuchar que no era un simple oficial fue una puñalada de la que emergió más espeso y caliente como lava hirviendo ese sabor conocido, ácido, amargo y de hiel. Sus entrañas se estaban devorando unas a otras, se estaban desgarrando en su interior, quemando cada centímetro, escarbando y dejando en carne viva todo a su paso donde esa acidez y amargura corroían todo. Los celos eran un veneno asqueroso y él ni siquiera era capaz de entenderlos o combatirlos.

—Por favor, de verdad no fume en esta zona. Por usted y por los otros pacientes, señor Xin.

Dicho eso se dio de nuevo la vuelta para irse, esta vez para siempre, pero Bo embriagado por esa amalgama espesa y nauseabunda que eran los celos, no pudo quedarse callado.

—Mi nombre es Bo —y repitió más alto—. Me puedes llamar Bo… Luis… Luisito.

Lo vio detenerse de improviso, y voltearse del todo, aunque tenía sus lentes oscuros, Bo estaba seguro de que detrás de esos lentes, sus hermosos ojos cual galaxias, cual constelaciones en la noche sideral reflejaban confusión. Y no lo culpaba, él mismo no sabía lo que hacía. No entendía de dónde había sacado ese valor o si solo era el sabor amargo que quería escupir con cada letra del nombre de ese jefe de policía.

—No es apropiado ni ético, señor Xin. Usted es mi paciente—

—No soy tu paciente, soy el paciente de la doctora Hollow —Bo lo interrumpió con rapidez, hablando tan rápido que sintió que se comió la mitad de las palabras, que no sonó ni siquiera como inglés, que pudo haber sonado como chino mandarín o su primitivo cantonés que Tao había intentado enseñarle mil veces, pero no conseguía aprender. Pudo haber sido incluso un nuevo idioma inventado. No lo sabía. Pero no se detuvo—. Como no soy tu paciente, me puedes llamar Bo, mi nombre es Bo.

El doctor siguió de pie, en silencio. Solo observándolo, quizás meditando si darse la vuelta y dejarlo con la palabra en la boca era muy cruel o si su propia ética y humanidad para con un desgraciado como Bo, se lo permitiría.

—Y yo te puedo llamar Luisito… —la voz de Bo sonó esta vez como un susurro, casi como un pensamiento que ni siquiera salió de la mente caótica y desastrosa de Bo Xin.

Él siguió en silencio, quizás fue ese silencio el que alentó a un Bo incapaz de procesar que se generara un silencio incómodo entre ellos, dos desconocidos, pero también dos personas que hace unos minutos estaban sentadas uno al lado del otro compartiendo un momento que a Bo lo hizo desear poder tatuar en su memoria, en su corazón y en su alma si es que tenía una.

—Y podría conocerte… —respiró profundo y volvió a hablar rápido, sin sentido, sin saber si estaba hablando inglés o acababa realmente de inventar su propio idioma—. Déjame conocerte… Por favor, Luisito…

Casi sintió la necesidad de hacer el kowtow, de levantarse para ponerse de rodillas y chocar su frente contra el piso como Tao le dijo que se hacía frente a los dioses. Bo no creía en Buda, no era taoísta y no le tenía respeto alguno a ningún dios, pero si esa pose de completa sumisión lo ayudaría a conocer a ese muchacho, entonces…

Pero Luis se dio la vuelta y para Bo fue como romper su burbuja, ese poco valor que reunió producto de los celos. El aire le volvió a faltar, pero ya no le importaba. El mundo se detuvo durante un segundo y retomó su ritmo al siguiente con el sonido melodioso de su bella voz.

—Mi turno termina a las 8:00pm si no hay algún código o emergencia catastrófica.

Y comenzó a caminar hacia la puerta del personal médico. Bo asintió como idiota sabiendo que Luis no podía verlo, su corazón golpeaba su pecho con tanta violencia que pensó que podría salírsele en algún momento y comenzar a saltar en el frío pavimento mientras él aún no procesaba lo que acababa de pasar.

—Hasta pronto, Bo.

Desde la puerta, Luis sin los lentes oscuros le regaló una última sonrisa y pronunció su nombre antes de entrar y cerrarla detrás de él.

A Bo se le erizó la piel como si acabaran de lanzarlo desnudo al frío invierno, pero su cara estaba tan roja como su cabello con esa tintura barata, como sus orejas que no podían diferenciarse de sus mechones. Sus labios, tensos y tirantes como si los músculos de su cara estuvieran todos en el mismo trance en el que estaba su cabeza, se curvaron con torpeza en esa sonrisa estúpida que comenzaba a aparecer en él solo cuando se trataba de Luis.

—Hasta más tarde, Luisito…

Y suspiró.

Su nombre jamás había sonado tan bonito.

Notes:

A Bo le gusta un doctor.

Yyyyy bueno, obvio es un universo alternativo. :p

Esto es por los cumpleaños de Luis Hidalgo, por el primero del 25/04 y este que es el segundo, en los dos universos. Se me ocurrió porque yo amo las series médicas, y Luis quería estudiar medicina así que decidí hacerle este regalito, en algún universo es el mejor doctor pediatra del mundo. Escogí Pediatría después de hablar con mis amigas y me dijeron su sincera opinión de una especialidad para Luis. Yo disfruté mucho escribirlo, me gustó como me quedó este AU.