Work Text:
¿Cuánto tiempo había estado ahí?; ¿dos días?, ¿Una semana? A estas alturas, Juan ya ni siquiera estaba seguro de qué era lo que estaba esperando.
Tal vez, muy en el fondo, aún le quedaba una pequeña esperanza de que Aldo apareciera por esa puerta para decirle que había completado su misión y que podían irse; tal vez esperaba volver al Norte y que toda su familia lo recibiera con los brazos abiertos y una enorme fiesta. Tal vez incluso estaba esperando a que el Régimen estuviera presente.
Se rió con amargura, castigándose mentalmente por aún mantener la esperanza de que alguien lo fuera a buscar.
Aún si no era consciente del día, sabe que han pasado más días de lo acordado para que Aldo cumpliera con su tarea. Ya lo sabía, solo no quería aceptarlo.
No quería pensar en lo que implicaba que la fecha límite hubiese pasado, ¿lo castigarían por ello? Probablemente sí.
Se recostó sobre el frío suelo, dejando que las heridas de su espalda ardieran por el contacto directo. No sabe cuántas heridas abiertas carga en el cuerpo, no sabe siquiera si todas van a poder ser sanadas con posiciones, pero en ese momento era lo que menos le importaba.
Por ahora, su única preocupación era no dejarse vencer por el sueño y el dolor, sabe que si cede es probable que no vuelva a despertar.
Trataba de pensar en otra cosa: en la casa, en Vegetta, en los pleitos sin sentido con Foolish, en Tina, incluso en nuevos detalles para la mansión que seguramente nadie notaría. Algo tenía que capturar su mente lo suficiente como para poder ser capaz de ignorar el dolor que le estaba taladrando hasta los huesos que no tenía rotos, algo tenía que existir que fuera tan intrigante que hiciera que todo su dolor se enfocara en otra cosa.
Y tal vez, Juan sintió que era la primera vez que alguien allá arriba escuchaba sus súplicas, pues un rugido apareció, tan gutural que incluso juraba que las macetas que adornaban su prisión habían temblado por el sonido.
Se levantó del suelo, tratando de encontrar el origen del sonido, aunque era un esfuerzo inútil pues su habitación no tenía ventanas. Pero las paredes eran delgadas, quizás no tanto como las de la mansión, pero eran lo suficiente como para que, si pegaba el oído y ponía la suficiente atención, podía llegar a distinguir voces ahogadas.
Y así fue, en algún punto de la habitación logró escuchar la voz robótica de Cucurucho, hablándole a lo que sea que hubiera provocado aquel rugido. Juan pensaba que era un animal, tal vez algún experimento horroroso con la cara del oso blanco, pero estaba seguro que esas cosas no eran capaces de hablar; y Juan había escuchado con claridad una voz, una cargada de una rabia casi tan bestial como los gruñidos que soltaba dirigidos al trabajador de la Federación.
—¡Tenés suerte de que no me pueda soltar, hijo de puta!
—Tu comportamiento bestial se ha salido de control, 0034; es inviable mantenerte con vida.— La voz monótona y robótica del oso inundó los oídos de Juan, y aunque sintió su cuerpo temblar con miedo, se obligó a mantenerse en su sitio.
Sea quien sea este "0034" se escuchaba que le tenía un odio genuino al oso.
Juan logró escuchar unos cuantos pasos en la habitación de al lado, y antes de que el extraño pudiera volver a decir algo, el sonido de una descarga eléctrica inundó la habitación, así como los gritos de aquel desconocido.
Duró más de lo que al castaño le hubiese gustado, pero cuando paró, escuchó entonces la puerta de su habitación abrirse. Se puso a la defensiva, arrastrándose como pudo hasta una de las esquinas de su habitación.
Sus brazos trataron de cubrirse el rostro, aún si sentía cómo uno le dolía más de lo que podía soportar, no quería sentirse tan indefenso ante los oficiales.
Escuchó la risa burlona de Cucurucho, y sin molestarse en decirle algo, uno de los oficiales se acercó a él para jalarlo por el cabello y arrastrarlo.
Juan luchó con las pocas fuerzas que le quedaban, pataleando y gritando por ayuda, ayuda que sabía que no vendría. Lágrimas de impotencia comenzaron a formarse en sus ojos, y aunque luchaba por no dejarlas salir le era casi imposible; el dolor era insoportable y el miedo le paralizaba el cuerpo. Lo que sea que le fueran a hacer ahora tenía que ser algo horrible si incluso los propios oficiales esquivaban su mirada.
No sabe hasta dónde fue llevado, solo supo que su cabello dejó de doler de repente; fue entonces que escuchó una única órden del oso blanco.
—Entra al cuarto.— Ordenó, y aún si quisiera, no le dieron tiempo a oponerse; los oficiales lo empujaron dentro de una nueva habitación, una aún más oscura que la suya.
Aunque trató de ponerse de pie le fue imposible, pues el estrés y el dolor de todos los días acumulados finalmente lo alcanzaron. Juan ya no tenía fuerzas para pelear, y pudo suponer qué era este nuevo castigo cuando notó los zarpazos en las paredes, marcas de mordidas y algo de sangre seca en el suelo. Lo había encerrado con aquella bestia que escuchó apenas unos minutos antes.
Se había acabado, ya no podía pelear. Si era así como querían que muriera entonces él ya no pondría resistencia.
Se dejó caer en el frío mármol del suelo, cerró sus ojos y trató de no moverse cuando escuchó unos pasos acercarse a él.
Mientras Juan esperaba que su muerte no fuese tan dolorosa como esos días en cautiverio, aquel otro desdichado lo miraba de pie, sintiendo su respiración cada vez más pesada y errática.
Agradecía que el castaño tuviera sus ojos cerrados, así no podría ver cómo su expresión pasó de la confusión a una mueca que trataba de contener el llanto.
Era él. De verdad era él.
Nunca podría confundirlo: esos mismos lentes, enormes y ridículos que adornaban de manera armoniosa sus ojos, ese cabello castaño y esa bandana roja. No había duda, ese era Juan.
Era su Juan.
Se arrodilló a su lado, y pudo sentir que el castaño temblaba aún si trataba de controlarlo. Fue entonces que puso mayor atención a su magullado rostro.
Moretones y golpes esparcidos por toda su cara, uno de sus brazos completamente inmóvil y morado, el otro apenas podía moverse por todos los golpes y cortes que tenía. Su pierna izquierda, tan maltratada como el resto de su cuerpo, no había dejado de sangrar desde que lo arrastraron al cuarto, y en medio de su forcejeo él podía jurar que vió heridas en su espalda.
Sintió la rabia recorrerle por todo el cuerpo, pero alterarse no era lo mejor; no ahora, no cuando Juan se veía tan herido que parecía que apenas lo tocara volvería a desaparecer justo en frente suya.
No permitirá que eso pasara una segunda vez.
Se alejó por un momento, y con la poca ropa suya que no estaba manchada de sangre, propia y ajena, arrancó un pedazo de la tela.
Juan apenas abrió los ojos cuando sintió que se alejaba, pero no fue lo suficientemente rápido como para volverlos a cerrar cuando el extraño se volvió a acercar a él. Quiso gritar, pero el contrario le hizo una seña de que guardara silencio. Y no sabe por qué, pero obedeció.
Tragó saliva, nervioso, cuando lo vió volver a ponerse a su lado. Aunque no se esperaba que aquel desconocido limpiara con tanta delicadeza la sangre que salía de su nariz.
Se dejó hacer, viéndolo ir desde su rostro hasta su pierna herida; ahí se detuvo un momento y lo miró, como si pidiera permiso antes de seguir. Juan no sabe por qué, pero le permitió seguir, tal vez su instinto de supervivencia se había roto justo como sus huesos, pero había algo en este tipo que le resultaba reconfortante, casi como si se hubieran visto antes.
El extraño hizo lo mejor que pudo para formar un torniquete en su pierna, evitando que más sangre saliera y fuera a infectarse. Solo entonces cuando terminó su labor Juan pudo verlo mejor.
Para empezar su rostro, aún con los golpes que llevaba podía notar que el tipo no era nada feo. Su piel parecía pálida, un contraste bonito con su despeinado cabello negro que guardaba unos mechones blancos enredados entre sí. Uno de sus ojos era negro, no podía descifrar si el otro ojo era blanco por culpa de la Federación, aunque lo más probable era que si.
También era alto, mucho más que él. Sus manos parecían maltratadas, en sus muñecas habían signos de que había estado encadenado por muchísimo tiempo, al igual que en su cuello existían marcas de tortura.
No sabe si fue un impulso, o que tal vez, el que este desconocido le hubiese brindado cuidado y cariño en los días donde sólo había sentido dolor, le llevó a tener más osadía de la que se podría permitir en circunstancias normales.
Llevó su mano con cuidado al rostro magullado del muchacho, apenas rozando su mejilla con sus dedos cuando se dió cuenta de lo que estaba haciendo.
Retrocedió, sintiendo la vergüenza subir a sus mejillas.
—Perdón, me vi muy igualado contigo.
—No pasa nada, no me molesta.
Juan podía sentir la mirada del muchacho encima suya, y aún si no era una que le hiciera sentir en peligro, se seguía sintiendo expuesto.
—Soy Spreen, por cierto.— Volvió a escucharlo, y esta vez le sostuvo la mirada mientras hablaba.— ¿Y tu nombre?
—Ah, verdad. Perdóname, me llamo Juan.
Juan no fue consciente de lo que provocó en el contrario, era alguien bastante difícil de leer. Le recordaba un poco al líder del Régimen, y ese pensamiento le hizo reír un poco.
Esa pequeña risa fue suficiente para derretir el corazón de Spreen, mirándole con una ternura de la que ni él se creía capaz de dar.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?— Se animó a preguntar, viendo que el azabache no parecía realmente una amenaza para él.
—La verdad no tengo ni idea capo, perdí la cuenta después del primer año—
—¿¡Año!?— La mirada aterrada de Juan le hizo querer darse un golpe, se supone que estaba tratando de hacerlo sentir mejor.— Osea, ¿cómo?; ¿pues qué fue lo que te pasó?
—Ah, eso es otro quilombo.— Recordó, algo fastidiado, pero ver que los ojos curiosos de Juan se enfocaban en él le hizo no poner mucha resistencia a hablar.— Llegué a esta isla de mierda en un tren con un montón de pelotuditos que no conocía de nada. Se supone que eran unas vacaciones o qué sé yo, pero el putito ese de blanco se la pasaba rompiendo las bolas a todos. Un día nos dijeron: "che, ¿adivina qué? Van a ser papás." Y fue, nos obligaron a cuidar a unos huevos, a mí me tocó con un pelado; pero eso no era para mí, entonces traté de escapar pero los espermas éstos me agarraron y me llevaron a un laboratorio.
Juan escuchaba con atención, llegando incluso a sentarse a su lado sin importarle demasiado si invadía su espacio personal; y a Spreen parecía tampoco importarle que lo hiciera.
—Las primeras semanas fueron re pesadas; me torturaron, me hicieron ver lo que les hacían a mis compañeros en la isla, no podía hacer nada para ayudarlos. Pero después algo cambió...— Spreen miró su mano por un momento, aún siendo capaz de ver cómo la marca que le hicieron al rojo vivo seguía ahí, visible para que todos supieran lo que le habían hecho.
Juan también pudo verla, y sintió un nudo en el estómago cuando logró distinguir una única frase que sabe era una condena.
"Propiedad de la Federación."
Spreen siguió con su relato, tratando de cubrir su marca, aún si sabía que el castaño ya la había visto.
—Querían armas biológicas, y comenzaron a experimentar con mobs primero; pero después dijeron que podían retomar el proyecto inconcluso que tenían. Fue entonces que me llevaron a mí a un cuarto raro, me hicieron una banda de cosas; casi no recuerdo qué, solo recuerdo que sentía que me dolía.— Spreen sabía que no había muerto, pero la sensación de cada experimento que hicieron en él le hicieron desear estarlo más de una vez.
Juan sintió que su propio cuerpo comenzó a temblar, el solo pensar que podría estar ahí más de un año le heló la sangre. Spreen lo notó y trató de calmarlo, poniendo su mano en el hombro del castaño.
El tacto del azabache era frío, pero aquello pareció ayudarlo a volver poco a poco a la realidad; aún sentía un leve temblor, pero era menos paralizante que antes.
—¿Por qué nunca te buscaron?— Preguntó, tomándose incluso a él por sorpresa.— Dijiste que llegaste a la isla con más personas, ¿por qué nunca vinieron a buscarte?
—Y bueno, porque me fuí un día sin decirle a nadie que me iba—
—¡Aún así! Debieron pensar que algo malo te había pasado cuando nunca volviste... ¿Nunca lo intentaron?
Spreen sabía que era el propio miedo de Juan a nunca ser buscado lo que estaba hablando, y le rompió un poco el corazón ver que esto era una similitud que tenía con su mago de cumpleaños. Sentir que nadie notaría su ausencia.
—No podían intentarlo si les hicieron creer que había muerto.— Soltó, ganándose una mirada confusa del castaño.— Desde el momento en que me fuí les hicieron creer que me habían matado, y bueno, difícil es buscar a alguien que ya no está ¿sabes? Pero esa es la diferencia entre vos y yo. A vos sí te están buscando, saben que estás acá encerrado.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es lo único de lo que habla el puto de Culosucio.— El apodo hizo reír a Juan, probablemente era la primera vez en días que podía soltar una risa sincera.— Que un tal Aldo tiene que cumplir y que sabe que te tienen acá. Estoy seguro que están haciendo todo lo posible para buscarte.
Spreen se atrevió a tomar la mano de Juan, sabe que para él esto no podía significar nada más que un pequeño gesto para hacerlo sentir acompañado, pero para él era la afirmación que necesitaba de que no estaba soñando otra vez, realmente tenía frente suya a una nueva versión de su gafotas.
—No perdás la esperanza, eso es lo que quieren. Van a venir por vos y te vas a ir y estarás bie—
—¿Y qué hay de ti?— Lo interrumpió, logrando sacarlo por un momento de lugar.— ¿Piensas quedarte aquí?
—No me puedo ir, Juan.
—¡Si puedes!, puedes venir conmigo al Norte; te van a aceptar, estoy seguro.
—Nah, no pertenezco.— Pese a que le sonreía, Juan pudo notar en los ojos de Spreen una mirada cargada de furia, una que no cree haber visto nunca en nadie que conocía.— Además, ellos no me van a dejar ir, porque saben que en el momento en el que me suelten los voy a hacer cagar por todo lo que me hicieron.
Juan agradeció que aquella no era una amenaza dirigida a él, y también agradecer que, por alguna razón, parecía que le había agradado a este tipo.
Los días pasaron, 3 días para ser exactos. 3 días donde el castaño no comprendió qué era lo que la Federación estaba buscando al dejarlos juntos. Pero no podía quejarse, tener a alguien con quién hablar hacía toda la tortura menos insufrible.
Juan había aprendido mucho sobre Spreen; le contó sobre su vida antes de la isla, sobre los amigos que tuvo y sobre sus pérdidas. Había notado que se ponía especialmente triste ante la mínima mención de la magia.
Spreen por su lado también había aprendido de esta nueva versión de Juan. Habían muchas cosas que lo diferenciaba del que él conoció, la más evidente era la falta de magia. Pero tenían el mismo carisma, los mismos ojos encantadores y el mismo sentido de protección y cuidado que lo caracterizaba.
El azabache escuchaba con atención cómo Juan contaba cosas sobre su familia, sobre el Norte y sobre su puesto del que parecía tan orgulloso, aún si solo era un nombre elegante para evitar ser llamado esclavo. Probablemente era la primera vez en días que Juan había podido sentirse aliviado, y a Spreen le agradó ser el causante de que su dolor fuera menos insoportable.
Se quedó pensando entonces, en una de las noches donde Juan finalmente se sintió lo suficientemente seguro como para poder dormir unas horas, y Spreen se quedó cuidando la puerta. No entiende cuál era el propósito de tenerlos ahí, pero sea lo que fuera, no podía ser bueno.
Había aprendido a no confiar nunca en nada de lo que hiciera la Federación, tal vez estaban esperando el mejor momento para matarlos a los dos; pero si ese era el caso tendrían que pasar primero por encima suyo para volver a tocarle un pelo a Juan.
Se giró un momento, encontrándose con la respiración tranquila y el rostro herido del castaño, descansando de los días de tortura que había sobrevivido. Ya no tenía sus lentes, se habían roto en algún momento y no se había molestado en tratar de arreglarlos. Aunque eso le permitía ver con mayor libertad su bonito rostro.
Pasó uno de sus dedos por su cabello, mirándolo descansar, como si el horrible mundo en el que estaban no fuera capaz de tocarlo mientras estuvieran ahí.
Juntos.
Spreen suspiró con pesadez, sabiendo que nunca podría permitirse irse de esa isla si Juan estaba ahí.
Ahora entendía un poco lo que la Federación quería: darle una probada de lo que había en ese lugar, casi esperando por él, para evitar que se fuera. Eran listos, porque realmente habían aprendido a leerlo en esos 4 años que estuvo encerrado.
De repente un oficial entró, como si hubieran escuchado su tren de pensamientos, y fue más veloz que el oso cuando lo paralizó con un choque eléctrico, sacándole un grito y tirándolo al suelo.
Juan despertó por el ruido, y al ver al chico en el piso trató de ayudarlo; pero le fue imposible. Otro oficial apareció, arrastrándolo fuera del cuarto, nuevamente a su antigua celda.
—¡No!, ¡espera por favor!— Gritó en vano, el oficial apenas se movió para volverlo a tirar al suelo. Y sin darle tiempo a levantarse invocó más de esos esqueletos de wither modificados.— ¡No!, ¡No!; ¡No hicimos nada!, ¡ayuda por favor!
En el cuarto continuo, Spreen luchaba por ponerse de pie; no podía permitir que le hicieran más daño a Juan, no iba a soportarlo.
Escuchó entonces los gritos desesperados de él, implorando por una ayuda que no sabía si iba a llegar.
No iba a fallarle, no una segunda vez.
Con toda la fuerza que tenía Spreen logró ponerse de pie, atacando al oficial que apenas pudo meter las manos cuando Spreen le mordió el cuello con tanta fuerza que incluso sintió su propia mandíbula doler. Un líquido rojo bajó por su boca hasta manchar su cuello y parte de su ropa, pero no le importó. No soltó al trabajador hasta que este dejó de retorcerse en sus fauces, y solo entonces lo soltó.
Salió corriendo de su celda, encontrándose con el ruido de los gritos de Juan en la habitación siguiente.
No lo pensó mucho cuando corrió hacia el peligro que había. Aún sin armas podía pelear, y uno a uno los mobs que lo atacaban sin piedad iban cayendo, hasta que solo quedó con ellos aquel trabajador que trataba de invocar más.
El oso no se lo permitió, y justo como a su compañero apretó su mandíbula en su cuello, esperando a que dejara de pelear.
Juan se mantenía tirado en algún rincón de la habitación, abrazándose a si mismo, sin notar que el peligro ya había pasado. Él seguía sintiendo los golpes tan frescos que parecían no haberse detenido; no escuchaba a Spreen, no escuchaba al trabajador de la Federación, solo escuchaba su propio latido del corazón retumbando en sus oídos tan fuerte que comenzaba a doler.
Todo le dolía, no lo soportaba más, quería irse a su casa.
Un nuevo rugido por parte del azabache llegó, y solo entonces Juan levantó su vista para verlo caer al suelo. Nuevamente había sido electrocutado.
Con las pocas fuerzas que tenía se arrastró hasta él, gritando su nombre con miedo de que él no fuera a despertar.
Sostuvo con cuidado su cabeza, viendo la mueca de dolor que tenía en el rostro.
Cucurucho apareció frente a ellos, viendo el desastre que habían causado. Vió a Juan temblar ante su presencia; vió a Spreen, quién a pesar de su evidente daño seguía gruñendo en advertencia de que no se acercara.
Si esa sonrisa perpetua que tenía pudiera deformarse, tal vez habrían notado que estaba más que complacido por ver que su experimento había sido todo un éxito.
Spreen se había encariñado con este Juan, y mientras él tuviera pánico del daño y de ellos no tendría la fuerza para resistirse. Estaban justo donde los querían.
Hizo una señal a uno de sus empleados, y apenas entró a la habitación un barco apareció frente a los secuestrados.
Juan lo miró con duda, Spreen apenas podía entender lo que estaba pasando.
—Tenemos lo que necesitamos de ustedes. Son libres de irse.
Y sin decir una palabra más salió de la habitación, dejando al par de isleños y a su oficial ahí.
El uniformado se acercó, siendo incapaz de ver su sonrisa cuando vió al de lentes dar un salto por el miedo; les ordenó subir, y como pudieron obedecieron.
No fue hasta que el sonido de la teletransportación sonó que Juan pudo volver a respirar.
Estaban en el spawn.
Estaban vivos.
El sol estaba saliendo para ellos.
El oficial rompió el bote, dejándolos tirados en el lugar, un único "disfruten la isla" salió de él antes de retirarse y dejarlos a su suerte.
El castaño ayudó al oso a sentarse, aún necesitaba recuperarse de ese último shock eléctrico; y cuando Spreen le aseguró que estaba bien, Juan dió un vistazo al cielo que podía ver a través de los muros de la torre del spawn.
—... Era el atardecer.— Dijo, antes de sentir que sus piernas cedían al cansancio y estrés; finalmente sintiéndose libre, su cuerpo se relajó.
—¡Juan!— Spreen apenas reaccionó a tiempo para evitar que su cabeza golpeara contra el suelo, y entró en pánico por un momento, hasta que lo escuchó roncar.— ... Sos un pelotudo.— Y sonrió, acomodando los cabellos que caían en su frente y miraba el atardecer.
Eran libres.
.
.
.
.
.
.
.
.
Cuando Juan despertó ya era de día, se sintió más cansado de lo que alguna vez había estado en toda su vida, y no reaccionó hasta que vió el sol, y sintió las manos de Spreen sobre su cabeza.
—Ah, ¿ya despierto?— Habló, ayudándolo a ponerse de pie.
—¿Cuánto tiempo dormí?
—Toda la noche. Me re asusté por un momento, gafotas.— Spreen pasó uno de los brazos del castaño por encima de sus hombros, ayudándolo a mantenerse de pie. Él no tenía fuerzas ni para protestar, sólo se dejó hacer.
—Me sigues llamando gafotas y te juro que te mato.— Sonrió apenas, empezando a caminar para guiarlos hasta la mansión del Norte.
Mientras se paseaban por los terrenos de la isla, Juan pensaba en cómo estaría la casa luego de tantos días de su ausencia. ¿Estarían bien?, ¿ya se habrían matado entre ellos?, ¿cómo estaría Aldo? Enserio esperaba que no se sintiera culpable por lo que había pasado.
Spreen por su parte miraba todo el nuevo mundo, no sabe cuándo fue que lo movieron de isla, sólo esperaba que nadie de los que había conocido antes fuese tan estúpido como para haber vuelto por voluntad propia.
Miró las construcciones, las casas, las nuevas vidas que parecía habían aceptado sin mucha resistencia. Desearía poder ser igual, aceptar que no podría irse ni aunque lo intentara.
Su mirada viajó desde el paisaje y las construcciones hasta terminar en Juan, quién, ahora que lo notaba, se veía preocupado. Giró su vista hasta enfocar lo que sea que estuviera viendo, y fue que se dió cuenta que había una colina enorme para subir.
Con la pierna herida no iba a llegar muy lejos, por lo que no esperó una respuesta, Spreen lo subió a sus hombros para cargarlo.
Aunque Juan quiso negarse, la realidad era que no podía, apenas le habían alcanzado las fuerzas para llegar hasta ese punto. Subir la colina donde estaba la mansión lo iba a terminar de matar, por lo que se dejó llevar por el azabache sin mucho escándalo.
Juan le habló con entusiasmo del dragón de Foolish, de las construcciones que quedaron pendientes, de las escaleras que aún tenía que terminar. Y sin saberlo removió una memoria en Spreen, quién no pudo evitar soltar una risita pensando en que era curioso que otra similitud entre los Juanes que conocía eran las escaleras.
Cuando llegaron a la entrada de la mansión Juan insistió en caminar por su cuenta, diciendo que no se sentiría libre de verdad hasta que pisara con sus propios pies el suelo de su hogar.
Spreen no lo cuestiono mucho, le permitió hacer lo que tuviera que hacer, solo yendo a su lado en caso de que necesitara soporte.
Subieron con cuidado las escaleras, recorrieron los pasillos de la mansión, y finalmente llegaron a la habitación de Juan.
Habían pequeños cambios, como que su cartel no estaba en su sitio, pero después se encargaría de arreglarlo. Por ahora, Juan solo quería llegar a su balcón.
El mismo balcón que fue testigo del inicio de su tormento, el mismo que lo vio desaparecer completamente solo; el mismo donde sintió que una parte suya murió.
Se sentó en su banca, invitando al oso a sentarse a su lado, y sin decir nada ambos miraron el panorama, dejando que la brisa les recordara que eran libres.
—¿Juan?— Una voz, conocida para el castaño y extraña para el azabache, inundó la habitación. Spreen se puso a la defensiva, pero Juan le impidió moverse, tocando su brazo apenas.
—Hola Graf.
—Te liberaron.— El hombre se acercó a Juan, y aunque Spreen quiso alejarlo, sabía que no era su lugar para interferir.
Se alejó un poco, dándoles espacio para hablar mientras él miraba con curiosidad la habitación.
Se notaba que era de Juan.
Estaba muy bien decorada y ordenada, además de que el cuadro gigante del castaño no dejaba dudas sobre de quién era esa habitación. Sonrió un poco, pero volvió a ponerse alerta apenas escuchó otra voz entrar, una femenina esta vez.
—¿Juan?
—Tina...— Su voz salió más cansada de lo que le hubiera gustado, y apenas podía mantener una sonrisa cuando la chica se acercó a él, apenas con un hilo de voz.
—¿Qué fue lo que te hicieron?— La chica apenas dió un paso hasta él cuando sintió la mirada del oso, y no esperó una respuesta cuando le apuntó con su arma.— ¿Quién eres?
—¡Espera Tina! Está bien, yo lo traje.— Se apresuró a intervenir, no queriendo causar un alboroto.— Él es Spreen, estaba conmigo donde me tenían.
—¿Qué?— Apenas le puso más atención, Tina no tuvo que hacer más preguntas para saber quién era ese tipo. Las marcas de tortura estaban por todo su cuerpo, sería tonto no asumir de dónde había salido.
Guardó su arma entonces, volviendo a enfocar toda su atención en Juan.
—¿Estás bien?, ¿cuándo llegaste?, si hubiera sabido que estabas aquí habría venido antes, yo no...
—Estoy bien, Tina, de verdad, no hace falta que te preocupes.— Todos podían ver lo que estaba intentando hacer, mostrarse fuerte pese a que apenas y podía mantenerse de pie. Tina sintió un nudo en la garganta, y Spreen se apresuró a ir a su lado.
—Che, no quiero interrumpir, pero creo que es mejor que se bañe y arregle antes de hablar.
La idea no fue del todo del agrado del castaño, pero cuando notó que Tina parecía estar a punto de llorar por verlo en ese estado se rindió, aceptando arreglarse un poco. No quería que lo siguieran viendo con lástima.
—Juan, tengo otro peluche para ti.— Volvió a hablar Graf, y Juan pareció emocionarse. Hasta que el color blanco de ese peluche apareció.
—¡No!, no. No.
Se alejó tan rápido como pudo, y no fue el único en reaccionar mal. Spreen apenas vió ese color se lo arrancó de las manos, destrozandolo como si fuera un animal salvaje.
—¿¡Cuál es tu puto problema, Graf!?— Le grito la chica, enfocando toda su atención en el polaco que parecía no ser capaz de leer el ambiente.—, ¿¡estás bromeando!?
—Yo no entiendo.— Apenas habló, confundido por la reacción; y Juan se obligó a salir de su estado de pánico.
—Tina, para, no creo que fuera su intención—
—Me importa una mierda su intención, ¿cuál es su problema?— Respondió sin quitarle la mirada de encima al polaco.— ¿¡Estás demente!?, ¿¡Cómo se te ocurre traer algo así aquí!?
La castaña estaba molesta, pero se obligó a mantener su propia molestia a raya cuando vió la mirada de Juan; no era lo que necesitaba ahora, necesitaba descansar.
Se acercó a él, temiendo pasarse de la raya, apenas le tocó el hombro y le sonrió para dejarle saber que todo estaba bien.
Juan le devolvió la sonrisa, y cuando iba a caminar en dirección al baño, sintió los pasos de Spreen detrás suyo.
—Ni se te ocurra cabrón.— Lo detuvo en seco, aunque sabía que no le iba a hacer caso.— Me puedo bañar solo, Spreen.
—Capo no podías ni subir las escaleras. Dejá de ser orgulloso y déjame que te ayude.
—Que no.— Esta vez su voz salió más firme, no llegando a sonar molesto, pero necesitaba que lo dejaran solo por unos momentos. Quería estar solo.— Por favor, necesito sentir que aún puedo hacer algo por mi cuenta.
Sus palabras finalmente convencieron a Spreen, asintiendo y quedándose junto a la chica y el polaco en la habitación del castaño.
—¿Y a este hijo de puta qué le pasa?— Habló con rabia apenas dejaron de escuchar los pasos del castaño por el pasillo; toda su rabia fue dirigida a aquel hombre de barba, quién aún parecía confundido sobre lo que había hecho mal.— ¿Cómo se te ocurre darle una mierda de la Federación, chupa verga?
—¡Es exactamente lo que digo!, Graf, sabes la mierda por la que nos han hecho pasar, ¡mira cómo está Juan!; ¿¡Cuál es tu problema!?
Ninguno tuvo más tiempo de gritarle cuando escucharon una orda de pasos aproximarse. Tanto Spreen como Tina se pusieron a la defensiva, hasta que las personas que habían traído el desorden aparecieron por la puerta de la habitación de Juan.
—¿¡Dónde está Juan!?— Los primeros en entrar y gritar fueron Ishan, el informante del Norte y Senpai, el príncipe menor.
Seguido de ellos aparecieron varios miembros del Régimen y algunos amigos aliados del Norte.
A Tina le pareció extraño no ver entre toda la orda a cierto dictador, pero pensó que tal vez aún no había despertado.
Mientras tanto, los recién llegados exigían a gritos una explicación, y la pobre sub generalísima de guerra no tenía cabeza para pensar en qué decirles exactamente. Su propia mente era un desastre, todo en lo que podía pensar era en el rostro herido de Juan, en el terror que vió en sus ojos cuando ese horrible peluche apareció, y en lo pequeño que se veía. Algo malo le había pasado, algo lo suficientemente horrible como para no querer que nadie lo viera.
Pensó entonces en sacarlos a todos del Norte, decirles que Juan no estaba de humor para visitas, pero apenas ese pensamiento cruzó por su cabeza Juan entró a la habitación.
Se sorprendió al ver a tantos reunidos ahí, y ellos apenas lo vieron explotaron en una multitud de gritos y preguntas.
"¿Dónde estabas?"
"¿Estás bien?"
"¿Qué fue lo que te hicieron?"
Eran las preguntas que más se repetían, y las que Juan menos deseaba responder. Pero sabía que tenía que hacerlo.
Pidió entonces un momento de calma, prometió que les contaría todo, pero antes quería hablar un momento con el oso.
Salió de su habitación con el azabache, sintiendo las miradas curiosas de los demás detrás suya.
—Spreen, ¿no te quieres bañar tu también?
—No, me quedo acá con vos.
—Pero estoy bien, mírame.— Abrió los brazos, como si no fueran visibles sus golpes y ese brazo evidentemente roto que aún no había tratado.
—No me quiero ir a ningún lado.
—Spreen, voy a estar bien. Además ya hiciste mucho por mí, y tú estuviste más tiempo encerrado que yo.— Juan sabe que era carismático, y que con su sonrisa conseguía que las personas le hicieran caso. Por lo que no se sorprendió cuando apenas con unas cuantas sonrisas Spreen cedió, suspirando con frustración.— Vete a bañar mugroso, y cuando salgas comemos algo, ¿te parece bien?
Spreen le sonrió y asintió, desapareciendo en el pasillo lejos de todo el ruido que había en la habitación del segundo al mando.
Cuando Juan volvió a entrar a su habitación apenas fue capaz de decir una palabra, pues la puerta volvió a abrirse de un golpe. Todos voltearon a ver al responsable, y fue entonces que todo le hizo sentido a Tina otra vez.
El líder del Régimen estaba ahí, se notaba en su respiración que había corrido lo más rápido que había podido. Pese a que se esforzaba por siempre mostrarse como un líder frío y recto, la realidad era que Ash parecía casi desesperado, escaneando la habitación de pies a cabeza hasta que sus ojos captaron la figura de Juan.
Se acercó entonces a paso veloz, no importándole si se veía ridículo, todo lo que en su cabeza sonaba eran sus propios pensamientos.
"Juan está aquí."
"Juan está vivo."
"Juan está a salvo."
Ash olvidó que habían más personas con ellos en el momento en el que los bonitos ojos de Juan chocaron con los suyos.
Sabe que su mirada lo delató, lo sabe en el momento que Juan suelta una risita nerviosa y desvía la mirada. Era un tic que había aprendido que tenía.
Juan sintió algo cálido en su pecho, no se había dado cuenta de lo mucho que había extrañado escuchar la voz del dictador, pero ahora que lo tenía frente a él se sintió nervioso. Tal vez era porque no quería que lo viera con tantos golpes en su rostro, tal vez era porque no estaba en su mejor momento; cualquier excusa que le sirviera para justificar el inesperado latir de su corazón la iba a tomar.
—Juan, estás bien...— Lo escuchó decir, apenas con un hilo de voz.
—Lo estoy. Ya volví.— Trató de bromear y quitarle peso al ambiente, pero sabe que no es el mejor momento, no cuando tiene su habitación llena de gente expectante por una explicación.
Suspiró, llevando la mano que no tenía rota a su nuca. Se tomó unos minutos antes de finalmente tomar asiento en su mesa, listo para hablar.
—Okay, creo que varios tienen muchas dudas sobre lo que me pasó estos días, y aunque hay cosas que todavía no entiendo yo tampoco les puedo contar lo que me pasó.— Empezó, y todos los presentes guardaron silencio para que pudiera hablar sin interrupciones.— El último día que estuve aquí me había llegado una carta diciendo que alguien quería tener una cita conmigo. Eso fue una trampa de la Federación; en la noche un oficial vino por mí y me llevó en un barco.
—¿A dónde te llevaron?— Preguntó Senpai, quién empezaba a sentir su cabeza dar vueltas cuando el recuerdo de él yendo a abrazar a Juan ese día lo golpeó. Él lo había visto, vió a la Federación con él, y no hizo nada para evitarlo.
—No lo sé, Senpai, no tenía forma de ver en dónde estaba. Me lo quitaron todo, y cuando estaba en un cuarto blanco apareció Cucurucho a decirme que iba a estar ahí encerrado hasta que Aldo cumpliera con su acuerdo.
Ash sintió su mandíbula tensar, la mención de Aldo y de que tuviera algo que ver con el estado actual de Juan le hizo hervir la sangre de una forma que no podía explicar.
—Así que, ¿esto que te pasó fue culpa de Aldo?— Preguntó Maximus, viendo al castaño negar rápidamente con la cabeza.
—¡No!, ¡esto no es culpa de Aldo! Sabemos cómo es la Federación, incluso si Aldo no hubiese tenido un acuerdo con ellos no creo que hubiese pasado mucho tiempo antes de que se llevaran a alguien.
—¿Y por qué te llevaron a ti?— Preguntó Tina esta vez, apretando los pliegues de su ropa, no siendo capaz de mirar por demasiado tiempo el rostro herido de Juan.
—... No lo sé, no sé por qué decidieron que yo era el ideal para tener como garantía de que Aldo cumpliera con su parte del trato. Sólo sé que esperaban que fuera un impulso para que el cabrón terminara rápido.
Juan jugaba con los piegles de su ropa, nervioso por no querer dar tantas explicaciones sobre lo que le habían hecho estando ahí encerrado; no quería ni pensar en todas las heridas que le quemaban en la piel.
—Pero entonces, ¿cómo fue que escapaste?— Preguntó Eewron, mirando con curiosidad al castaño, no creía que en su estado actual hubiese sido capaz de irse por su cuenta.
—¡Ah! Tuve un poco de ayuda.— Se rió, volteando su mirada a Tina.— De hecho creo que Tina ya vió a quien me ayudó a salir de ahí.
—¿El oso?— Preguntó ella, ganándose la mirada confusa de todos. Sabe perfectamente qué oso fue el que se les vino a la mente, y eso solo hizo que se formara una mueca de asco.— Ew, no ese oso. Hay otro que está en nuestro baño.
—Se llama Spreen, no tuve tiempo de presentarlos pero estoy seguro que se van a llevar bien.— Mencionó, bajando la mirada mientras trataba de organizar sus ideas.— En algún momento decidieron que lo mejor era llevarme a su habitación, no sé si esperaban que me matara o qué chingados, pero no hizo nada de eso. Al contrario, los días que estuve encerrado con él creo que fueron los únicos días donde no me sentí tan... Asustado.
Las miradas curiosas de varios de posaron en el Segundo al Mando Delux; y otras pocas, las que sabían lo que se escondía debajo de esa coraza fria, miraban al líder del Régimen. Éste mismo sintió las miradas, pero decidió ignorarlas por su propio bien.
No era el momento ni el lugar de sentir celos, menos por alguien que parecía que había ayudado tanto al castaño. Decidió callarse y permitirle terminar, ahora lo importante era que Juan volviera a sentirse seguro.
—¿Él te ayudó a escapar?— Preguntó Ash, y Juan asintió.
—El día que nos soltaron a mí me llevaron para una última tortura, y a él también. Pero el cabrón aunque no lo parezca es más fuerte de lo que pensé. Mató a dos miembros de la Federación—
—¿¡Qué!?— Y de repente, toda la atención de la sala fue re dirigida a ese detalle, especialmente la de cierto dictador, quién parecía más intrigado que antes sobre este "Spreen".
Fue entonces cuando el nombre hizo click en Maximus, y por la impresión golpeó la mesa de la habitación.
—¡Ostia tú qué yo lo conozco!, ¡Spreen estuvo conmigo en la primera isla!
La voz del hombre modificado resonó por la habitación, y Juan le miró con más curiosidad de la que ya tenía.
—¿¡Si lo conociste!?, él me dijo que estuvo hace mucho tiempo en la isla, ¡Pero no sabía que se habían conocido!
—¡Claro hombre! Llegamos todos en un tren. Era bueno peleando, creo que tuvo una pelea con Roier incluso, no lo recuerdo bien. Pero...— De pronto, el español guardó silencio, como si estuviera tratando de rectificar información en su propia cabeza.— No pero, es imposible que sea él, Spreen murió en la primera isla.
—Si, eso me dijo también. Que la Federación lo hizo pasar como si estuviera muerto, pero lo agarraron y lo mantuvieron encerrado todos estos años.
—Juan, pero de eso han pasado casi 4 años... No creo que nadie haya podido sobrevivir tanto tiempo a la Federación.
—Creo que puedes preguntarle tú eso, Maximus. De hecho, yo también tengo preguntas para él.— La voz de Ash volvió a sonar, siendo tan imponente como siempre; aunque sus ojos no reflejaban esa misma energía. Todo lo que sus ojos podían ver eran los golpes del castaño, su rostro magullado y su brazo, aún sin atender.
Fue entonces que tuvo una idea, salió por un momento de la habitación, y cuando volvió, tenía un botiquín en las manos.
—Estoy seguro que todas las preguntas que tengamos para este tal Spreen las podemos preguntar después, pero por ahora lo importante es Juan.— Posó su mano con delicadeza en su hombro, llamando su atención.— Tu brazo está herido, déjame ayudarte con eso.
—No, no, Ash, ¿cómo crees? Me ocupo yo después de eso. Además, todavía tengo mucho trabajo que—
—Sé que eres un chico fuerte, Juan, pero ¿cómo pretendes ayudar a todos si aún estás tan herido?— Le interrumpió, su voz sonando apenas lo suficientemente fuerte para que sólo él lo pudiera escuchar.
Juan lo pensó un momento, y Ash agradeció que por primera vez sus hombres entendieran que quería un momento a solas con él.
A base de empujones y una curiosidad genuina por aquel prisionero de la Federación, salieron de la habitación. Tina se negó a irse, no fue hasta que Juan le aseguró que estaba todo bien ella cedió.
—Será mejor que no intentes nada, ¿oíste?— Fue la única amenaza que dejó para el líder, saliendo del cuarto y permitiendo a los 2 poder hablar con calma.
Por petición de Juan fueron a su balcón, sentados en su banca de madera mientras Ash atendía sus heridas.
—¿Cómo has estado?— Preguntó, nervioso por no saber cómo empezar su conversación.
—Bien, mejor ahora que estoy aquí de vuelta. ¿Y tú?, ¿cómo se portaron en mi ausencia?— Aunque Juan trataba de aligerar el ambiente con bromas, sabe que no son efectivas en Ash, no cuando lo está viendo con esos ojos que parecen querer romper en llanto con solo mirarlo.
Y no se equivocaba, Ash temió lo peor cuando escuchó que Aldo se había entregado a la Federación y que no había cumplido con su parte del trato. Temió lo peor cuando Juan no fue devuelto en el momento en el que el estúpido de Aldo desapareció. Temió nunca más poder ver sus ojos, escuchar su risa o sentir sus abrazos.
Apretó un poco el algodón con alcohol que tenía en la mano, el solo pensamiento de nunca más volverlo a ver le revolvió el estómago.
—¿La verdad? Nada se sentía igual sin ti.— Confesó, sintiéndose vulnerable por primera vez.— No sabía que te habían llevado, no sabía que era por ese acuerdo que estaban matando a mis hombres, yo no... Si lo hubiera sabido habría hecho algo antes.
—No te castigues por eso, Ash, no fue tu culpa.
—Y tuya tampoco. No tenías por qué pagar por los errores de otros.— Sabe que no es el momento de culpar a nadie, no cuando Juan aún parecía tenerle el mismo amor y devoción a cada persona del Norte.
Aún si a sus ojos no lo merecían.
Lo sintió comenzar a temblar, como si estuviera luchando por contener su llanto.
—Si era necesario que me hicieran esto a mí para que nadie más sufriera lo haría mil veces más. Haría lo mismo por todos en el Norte... Y tal vez por ti.
—No digas eso...
—Pero es la verdad. Ash, yo no quiero que nadie pase por lo que me hicieron a mí, y si puedo evitar que les hagan daño recibiéndolo todo yo no voy a dudar en hacerlo—
—Juan.— Su voz salió firme, no con la misma firmeza con la que se hacía ver intimidante. Esta vez era algo más íntimo, casi como una súplica.— No tienes por qué cargar con ese peso solo, no estás solo. Tú no tienes ni idea de lo que yo hubiera hecho por ti si me hubiese enterado antes de lo que te hicieron.
—Ash...
—No, Juan. Habría quemado cada edificio de la Federación, habría puesto a todos mis hombres en fila a recibir un tiro de gracia, me habría entregado yo mismo para morir. Mierda Juan, habría matado a quien hubiese hecho falta solo para que volvieras sano y salvo a tu hogar.— Su mano apretó un poco la del castaño, y sus propios ojos comenzaron a picar con lágrimas amargas que amenazaban con salir.— Nada se sentía igual sin ti. Investigué por mi cuenta, traté de encontrar dónde te tenían encerrado, estaba dispuesto a hacer un trato con Aldo si eso significaba que tú ibas a regresar.
Inconcientemente sus dedos se enredaron con los ajenos, y Juan sintió que el nudo en su garganta era cada vez más difícil de contener.
Si lo seguía escuchando hablar iba a romperse, y no quería eso, no cuando había logrado dejar de sentirse tan vulnerable a lo que le había pasado.
Ash lo notó, y cuando supo que, al menos no por su cuenta, Juan dejaría salir todo lo que pesaba en su pecho, pensó en una alternativa.
Fue entonces que su vista viajó a su brazo roto, y una idea cruzó por su mente.
—Ey, tu brazo está roto.— Habló de repente, ganándose una mirada confusa del castaño.— Tenemos que arreglarlo antes de que se ponga peor.
—No, no, ya fueron muchas molestias—
—Juan, tengo que acomodar tu hueso; eso tal vez duela un poco, así que si lloras por el dolor no te preocupes, yo entiendo que es sólo por eso.
Tardó unos segundos en comprender lo que estaba haciendo, pero cuando lo hizo Juan sintió su corazón estrujar. Y mientras asentía, el castaño no se sentía merecedor de todo el cariño y cuidado que el chico le brindaba.
No iba a mentir y decir que no le había dolido, porque claro que lo había hecho, pero sí sería una mentira decir que las lágrimas que cayeron una tras otra después del pinchazo de dolor que recorrió su cuerpo eran puramente por el dolor.
Su mano sana viajó hasta uno de los brazos de Ash, estrujando la ropa del chico con su puño. Sus sollozos apenas eran audibles, pero estando tan cerca, el dictador podía escuchar con claridad como con cada lágrima que se le escapaba un poco del dolor de su tortura también se iba con ella.
Se quedaron así por un rato, no sabe cuánto en realidad, solo sabe que cuando Juan terminó de llorar el sol estaba comenzando a ocultarse.
Ash terminó de vender y enyesar el brazo del castaño, y este trataba de limpiar los rastros de lágrimas que lo delataban por toda su cara.
Cuando terminó, Ash llevó con delicadeza su mano al rostro de Juan, quitando un último hilo brilloso de su mejilla. Le sonrió, y Juan sintió que sus mejillas se tintaban de rosa por la cercanía.
—Gracias, Ash... Por todo.
—No tienes nada que agradecerme, por ti haría cualquier cosa.
Un impulso llegó a su mente, y aunque sabe que no era el escenario irreal que se había imaginado, peor sería volver a sentir ese miedo sofocante de nunca más volver a ver al Segundo al Mando.
Ash se inclinó un poco hacia él, pero apenas volvió a llamarlo por su nombre pudo ver por el rabillo del ojo cómo una flecha era disparada peligrosamente en dirección a su cabeza.
Se alejó rápidamente, empujando un poco al castaño para evitar que le fueran a hacer daño.
Sacó su espada, listo para atacar a quien sea que estaba atacandolos. Aunque su expresión pasó a una de confusión cuando notó que el responsable del disparo era un tipo que no conocía de nada, alto y de cabello negro.
Juan miró en dirección a donde la flecha había venido, y cuando notó al causante del disturbio le miró con severidad.
—¿Y ahora qué traes tú cabrón?
—¡Che loco! Mira lo que me robé del cuarto de un tal Foolish.
La risa que se le escapó al castaño se sintió como una victoria silenciosa para uno, y mientras Spreen se acercaba a donde ambos estaban su mirada recorría de pies a cabeza al tipo que no conocía.
El propio Ash hizo lo mismo, recorriendo de pies a cabeza y no quitándole la vista de encima mientras se acercaba cada vez más.
—¿Y este quién es?— Cuando el oso se acercó lo suficiente, su brazo fue a parar a los hombros de Juan, abrazándolo de forma posesiva, aún sin despegar la vista del invitado.
—¡Ah! Verdad, te estabas quitando la mugre.— Juan se alejó un poco del agarre, haciendo que ambos chicos pudieran tener una mejor vista del contrario. Aún si no se habían quitado los ojos de encima desde el momento en el que se vieron.— Spreen, este es Ash, es el líder del Régimen y un muy buen amigo mío. Ash, este es Spreen, es quien les conté que me ayudó a salir de donde nos tenían secuestrados.
Juan pareció no notarlo, pero ellos dos sí que lo hicieron. Lo supieron en el momento en el que uno llegó a interrumpir su momento.
Ash lo vió en sus ojos, el mismo tipo de devoción que él conocía a la perfección, la misma desesperación de estar siempre junto al castaño para poder cuidarlo. Él sabía.
Spreen por su lado no le tomó mucho tiempo darse cuenta de que aquella cercanía que el tan llamado líder tenía con el castaño no era una cuestión política, mucho menos solo de amistad. Él sabía.
Los dos lo sabían.
Y no se lo iban a dejar fácil al otro. Ash no confiaba en alguien que pasó tanto tiempo con la Federación, quién sabe si le habían lavado el cerebro para hacerle daño a Juan. No iba a permitir que nadie le volviera a poner las manos encima a Juan, no a su chico.
Spreen no confiaba en Ash, no porque tuviera motivos, pues él no conocía de nada a este tipo; pero el haber sido capaz de verlo tratar al castaño con tanto cariño y cuidado le hizo picar el pecho con amargura. Tal vez en esta vida él tuviera ventaja por haberlo conocido antes, pero Spreen había visto y aprendido lo suficiente de este Juan para saber que si una vez pudo enamorarlo podía volverlo a hacer.
Ambos se sonrieron, eran sonrisas que escondían distintas intenciones, pero que tenían la misma energía. Las mismas intenciones de no ceder la atención del chico que los tenía a sus pies.
