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Burning love

Summary:

Lando es el maestro de una sala de cinco años y le gusta uno de los bomberos que está en la estación pegada al jardín.

Franco es un bombero que tiene que dar una charla sobre su profesión a un grupo de niños de cinco años y le gusta el maestro de ese salón.

Notes:

Se me hizo difícil la semana la verdad, lo que iba a estar para el martes terminó para el jueves a la madrugada, pero bueno, está (?

Esto de tener que ponerle el título a lo que escribo es la peor parte de escribir, pido disculpas por la poca inventiva

Un os con fluff, sin drama y, para mí, demasiado lindo para ser real (y que alguien me explique cómo esto son 7000 palabras)

Espero que les guste

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Lando levanta su mirada hacia la estación de bomberos junto a la escuela, allí está ese alfa, limpiando el camión. Esa semana le ha tocado a él, sabe que tienen un esquema, pero no ha prestado la suficiente atención como para saber cuándo será. La remera azul se le pega al cuerpo y resalta sus músculos, el omega tiene que pasar saliva al ver esos bíceps que desea que lo rodeen y aprieten contra ese pecho.

El grito de uno de los cachorros lo quita de su trance. No ha pasado nada, solo fue un grito de emoción, pero le sirve para recordar que está en su horario de trabajo. Isack toca su mano, él le sonríe y baja a su altura para hablar con él. El niño juega con sus manos y no puede mirarlo.

—Necesito ir al baño, maestro —dice en un tono bajo y apenas modula, pero Lando ya está acostumbrado.

—Por supuesto, cariño.

Estira su mano para que el niño la tome y busca a algún compañero. Divisa a George cerca y le avisa con señas que se ausentará unos momentos. Lando ama su trabajo, ama estar rodeado de cachorros, nunca sintió aquel agotamiento que algunos docentes dicen tener. Le gusta planear actividades, juegos, pintar, enseñarles a hablar y escribir. 

Y tampoco le pasa como a otros de no querer su propio cachorro. Pero sabe que aún no es momento.

Incluso ama cuando tiene que ayudar a sus compañeros que están en maternal. El olor a leche y bebé lo tiene sonriendo por horas. Adora ayudarlos a dormir, alimentarlos e incluso limpiarlos cuando es necesario. Isack suelta su mano al volver y corre al patio para disfrutar lo último del recreo. Quiere reprenderlo, pero ha costado tanto que el niño desee compartir con sus compañeros que no puede hacerlo.

—Lan, vení un segundo, por favor.

—Sí, Char, decime.

Los omegas entran a la sala maternal donde hay dos bebés llorones que ponen en riesgo la paz de los otros tres pequeños que están durmiendo. Lily salió a supervisar a los más grandes, por lo que quedó el omega solo. Lando llega rápido a la cuna más cercana a él y sonríe cuando se encuentra con el pequeño Alex. Lo toma en brazos y lo mece despacio, el bebé se pega a su pecho aunque no se calma del todo.

—¿Puede ser que le estén saliendo los caninos?

—No está anotado, pero puede ser —le responde su compañero con la pequeña Nina en sus brazos.

El omega apenas roza sus dedos contra los labios del bebé para corroborar y suspira cuando ve las encías hinchadas del cachorro. Serán semanas difíciles para todos los que lo rodean. Los seis meses suelen traer consigo múltiples cambios de rutina, pero el séptimo y octavo traen la salida de los dientes que serán los más importantes en su vida en caso de ser alfa u omega.

Camina hasta llegar al botiquín que tienen dentro del salón y como puede busca el ungüento para calmar aquella molestia. Le quita la tapa con la ayuda de sus dientes y sonríe agradecido cuando Charles llega para ayudarlo. El llanto de Alex es mayor ni bien rozan esa zona sensible de su boca, Lando sabe que es solo por un momento, pero de todas maneras se le estruja el corazón.

Sale del salón abrazando al bebé para que no despierte al resto e intenta calmarlo acercando su nariz a su fuente de olor. No lo puede marcar, es una falta de respeto para sus padres, pero sí puede ponerlo en contacto con sus feromonas omegas para relajarlo. Lo mece despacio y acaricia su espalda cada vez que tose del llanto. Lily lleva a su clase de vuelta a su salón y le agradece con un asentimiento.

El pasillo queda vacío solo por un momento, donde se escuchan los hipidos y quejidos de Alex que no puede relajarse por completo. La puerta de entrada se abre y a la distancia puede ver al bombero entrar. Pasa saliva y se recuerda que tiene un cachorro en brazos, no importa qué tanto lo esté mirando ese alfa. 

—Buen día.

—Buen día —el hombre no deja de mirarlo, con una sonrisa de lado y postura confiada. Lando se pone nervioso y trata de contener a su lobo que se remueve dentro de él. —Me pidieron que venga.

—Te están haciendo trabajar mucho, ¿acaso es un castigo?

El alfa se ríe y niega.

—Me ofrecí yo.

—¿Qué sucede? ¿Necesitas que busque al director?

—Él sabía que estaba viniendo, me dijo que lo esperara y que me va a hacer pasar ni bien termine con algo.

—Oh, bueno, entonces…

—Voy a venir la semana que viene —le interrumpe. 

—Creí que Max vendría, él…

—Sí, él… Va a estar ocupado, pero… Vengo yo.

—Genial, solo… No sé qué te ha dicho Max, pero le ha costado manejar la emoción de tantos cachorros —le cuenta sin dejar de moverse para que Alex finalmente se duerma.

—Creo que podré manejarlo… —El alfa hace una seña que él no logra comprender, ladea su cabeza pensando qué palabra le falta a la frase. —No sé tu nombre, omega.

El morocho sabe que se ha sonrojado apenas y que es notable, pero prefiere ignorarlo.

—Lando.

—Franco. —La puerta de la dirección se abre y ambos llevan su mirada hacia allí, el alfa saluda al director y vuelve a él. —Nos vemos, Lando.

El omega sabe que tendría que haber respondido con algo más que una sonrisa, pero ¿qué podía hacer? El alfa que le parece lindo le ha guiñado el ojo y nunca ha dejado de sonreírle. El peso en sus brazos es lo único que lo hace mantenerse en la tierra y no irse por las nubes. Suspira y se voltea mordiéndose el labio, tiene que ir a trabajar, no se puede quedar en el pasillo pensando en el alfa bonito.

 

 

 

Lando cree que la semana siguiente llega demasiado rápido y a la vez demasiado lento. No quiere hablar mucho sobre lo nervioso que está por volver a compartir con el alfa, pero George lo conoce y se ha burlado de él y su crush por más de seis meses. Ni bien entró esa mañana le hizo un comentario por estar más arreglado de lo normal y se rió de su sonrojo.

—Profe —lo llama Rebecca desde su asiento. —¿Es verdad que vienen los bomberos?

—Viene uno, si —responde con una sonrisa al captar la atención de los dieciocho niños. —Van a aprender de su trabajo.

—¿Podemos hacerle un dibujo? Por favor. 

Lando no puede negarse, no le molesta reemplazar el momento de jugar con crear algo bonito para el alfa que vendrá a su salón pronto. El salón se llena del típico bullicio de cachorros emocionados mientras dibujan algo compartiendo lápices. Todos hablan de lo que saben de los bomberos, de lo que vieron en Paw Patrol y sobre las veces que han visto a los vecinos trabajar.

El omega se ríe cuando el griterío aumenta, Franco ha tocado la puerta y se ha asomado, pero eso alcanzó para que los cachorros estén más hiperactivos. Lando se muerde el labio cuando lo ve entrar con su uniforme y casco en mano, agradece estar al fondo del salón, sentado junto a Emma, a quien estaba ayudando a pintar un camión. Se levanta despacio y camina hacia el invitado.

—Cachorros, dejen que entre al salón —pide en un tono alto en medio del bombardeo de preguntas que está recibiendo el alfa.

Franco se ha agachado para estar a la altura de ellos y hablarles como un par. Su lobo se derrite de tan solo verlo conversar con sus pequeños. Sin embargo, necesita volver a tener el orden del salón porque sino será un problema tanto para él como para el alfa.

Mis manitos hacen clap, clap, clap —empieza a cantar y aplaude, varios niños lo siguen. —Mis piecitos hacen pum, pum, pum —continúa y se escucha el sonido de los zapateos. Franco sonríe con ternura hacia el omega en lo que se levanta. —Mi boquita hace sh, sh, sh, calladito me quedo así.

Hacen la coreografía una vez más, esa vez en silencio, y el alfa imita los movimientos del omega como puede, aún sosteniendo su casco. Con una simple seña y manteniendo el orden, los niños caminan hacia sus asientos. Franco no puede creer lo fácil que ha resultado calmar a tantos cachorros, él simplemente iba a responder todo lo que escuchara sin chistar.

—Muy bien, estamos todos emocionados por nuestro invitado, pero tenemos que dejar que entre al aula y tenemos que saludar. ¿Saludaron a Franco?

El castaño se ríe cuando todos empiezan a hablar al mismo tiempo, ni siquiera hubo dos minutos de silencio. Algunos niños incluso no se pueden sentar en las pequeñas sillas y otros ya alzan sus manos para hacer preguntas. Lando le pide que se ubique en el centro y se presente, el alfa no puede quitar su vista del omega que se mueve hacia el fondo del salón, está radiante y verlo en ese contexto hace que quiera derretirse contra él.

—Me llamo Franco Colapinto, soy bombero hace tres años. Y… —el alfa mira a Lando buscando ayuda.

—¿Vos apagás incendios de verdad? —pregunta Josh, uno de sus alumnos más curiosos.

Franco sonríe y juega con el casco en sus manos. 

—Sí, son de verdad, verdad verdadera. Apago incendios grandes, chiquitos… y a veces rescato gatos que se suben a los árboles y después no saben bajar.

Los niños se ríen, pero sus ojos están fijos en el maestro al fondo que le sonríe con cariño. Su lobo le pide que haga reír al omega y hablar a solas con él, aunque en otro contexto. Les muestra su uniforme, pesado, y les cuenta cómo está hecho, también habla del casco y para qué sirve. Lando está junto a un niño que lo ha llamado y Franco se acerca despacio.

—Podés preguntar, Toby, solo…

El alfa interrumpe al maestro colocando su casco en su cabello. Los cachorros se ríen y comentan a los gritos. Franco no está acostumbrado a tanta euforia a su alrededor, solo tiene una sobrina y en sus cumpleaños él está en un sector para adultos. Los ojos verdes brillantes lo observan al hombre frente a él con una mezcla de sentimientos que el castaño no puede descifrar.

—¿Qué creen? ¿Se le quemará el pelo al profe?

Lando rodea sus ojos y escucha a los alumnos reír y vociferar sus opiniones. Deja el casco sobre la mesa con una pequeña sonrisa.

—No estaría siendo tu caso, bombero —observa.

—Señor —la voz aguda les llama la atención y los obliga a dejar de mirar al otro. —¿No le da miedo?

El salón queda en silencio, como cada vez que tiene que responder una pregunta considerada importante. Observa los ojos expectantes de todos los niños y de Lando están sobre él. Suspira y asiente, intentando no pensar demasiado en aquellas veces que le ha pasado. Por suerte no han sido muchas.

—A veces sí —admite—. Pero cuando me pasa, pienso que hay alguien que necesita ayuda. Eso me sirve para seguir.

—¿Sabes, Franco? Antes de que vayamos al estacionamiento, hicimos algo para vos, ¿no?

Los alumnos se mueven eufóricos, toman sus dibujos y se lo dan, al menos eso intentan. Lando se ríe al ver al alfa rodeado de sus pequeños y papeles por doquier. Franco los toma con delicadeza y quiere ver cada uno de ellos, pero otras manos lo tocan y exigen su atención. Lo deja ser, es tierno y el encuentro terminará dentro de poco. Además, puede apreciar la vista.

El director golpea la puerta y entra, ordenan a los pequeños para poder salir al estacionamiento del jardín, cerrado, para que los niños puedan ver el camión más de cerca. Allí hay otros dos bomberos, Max y una chica que ha iniciado hace poco por lo que sabe Lando. Los alumnos se sientan frente a ellos y hablan un poco sobre las partes del camión y lo que hace.

—¿La manguera es de verdad?

—Sí, es la que usamos normal…

—¿Podemos escuchar la sirena?

—¡Si! —gritan un par de cachorros, aprobando la idea de Rebecca.

Uno a uno se suben al camión y tocan la bocina, también se dejan sacar fotos por el director para enviar a los padres. Una vez que terminan, es Max quien enciende la sirena y desata el griterío de los cachorros una vez más. Lando alza a Isack, que se siente nervioso por el ruido y, segundos más tarde, solo queda la algarabía de los pequeños.

Franco lo ayuda a llevar a los niños al salón; sus compañeros se encargarían de llevar de vuelta el camión. Lando se ve obligado a cantar la canción del silencio una vez más, aunque esa vez es más difícil calmar a los alumnos. El alfa lo ayuda a atraer la atención la segunda vez que lo intenta y logran restablecer un poco el orden.

—Vamos a hablar de los cuidados que hay que tener con el fuego —les cuenta el maestro. Tiene preparadas unas cartulinas con distintas imágenes sobre lo que deben hacer.

—Sí, emm… —Franco se pone nervioso cuando Lando se pega a él con una cartulina que muestra qué tienen que hacer cuando hay un incendio. Puede sentir su suave aroma, un poco más fuerte que antes, y solo quiere apoyar su nariz en su glándula. —Miren las imágenes.

El omega se ríe y niega.

—Hay que explicarlas, tienen cinco —le dice por lo bajo.

—Sí, sí, lo sé —responde en un susurro y vuelve su mirada a los pequeños. —Empecemos por lo primero. Hay un fuego, ¿qué hago?

Franco les habla sobre cómo evacuar y qué tienen que hacer por lo menos media hora. Los niños mantienen su atención en él gracias a sus chistes y gesticulaciones. Lando incluso se siente cautivado por su tono de voz y apenas puede mantener su vista en sus alumnos. El alfa incluso los hace practicar cómo salir del aula cuando pasa un incidente.

Una vez que terminan, logran que los niños vuelvan a su lugar con éxito y con sonrisas en sus rostros. 

—¿Tienen alguna pregunta más? —Habla Lando ni bien se forma el silencio.

Ve a algunos negando, aunque el resto se ha distraído. Nota a dos niñas hablando entre ellas en el fondo.

—Pueden venir cuando quieran a la estación, si tienen alguna duda o solo para saludar. Pidan permiso a sus papás y vengan.

—¡Yo tengo una pregunta! —grita Ella con su mano en alza.

—Decime.

—¿Cuándo se van a casar con el profe?

Lando abre sus ojos y se ahoga con su propia saliva. Franco siente el rubor en sus mejillas acompañado del calor en ellas. Ninguno dice nada, solo niegan con sus cabezas en medio de los gritos del resto de los niños diciendo que sí, que son lindos juntos y que deberían darse besos y tener cachorros. El omega apenas puede contener su vergüenza. 

—Bueno… ¿Alguien tiene alguna pregunta para el bombero sobre su trabajo? —pregunta el morocho sin haberse recuperado, el tono rosáceo se nota en su rostro a pesar de su piel bronceada. 

Nadie le responde, el bombero asiente y toma su casco, listo para irse. Saluda a los niños y les recuerda que pueden ir a la estación y hablar con cualquiera de sus compañeros o él. Lando aún no se recupera del atrevimiento de Ella. Por un momento se había olvidado de la impunidad de los pequeños para preguntar, nunca cruzó por su mente que ellos pudieran percibir que le gustara ese hombre. 

—Yo… Te pido disculpas, en serio… No sé qué… —habla por lo bajo Lando una vez que salieron del salón, deja la puerta abierta para mantener su vista en los niños.

—Lando, tranquilo, está bien, no me molestó —interrumpe mientras admira el perfil del bonito omega frente a él.

—¿Seguro? —pregunta con la mirada puesta en uno de los niños que suele alborotar más al resto.

—Sí, tranquilo —asegura con una pequeña sonrisa y le acaricia el hombro para llamar su atención por unos segundos. —No es el momento, pero si no lo hago ahora, no lo voy a hacer nunca. ¿Querés tener una cita conmigo?

Lando finalmente lo mira, sus ojos verdes escanean su rostro, como si estuvieran buscando algún tipo de duda en ellos, algún indicio de que todo ello era una broma. Sin embargo, se encuentra con una pequeña sonrisa acompañada de un leve sonrojo que se notaba en su piel blanca. Su corazón se acelera y tiene que volver a mirar a los cachorros bajo su cuidado con sus mejillas igual de rosadas.

—Sí, sí, cuando quieras.

—¿Viernes?

—Después del trabajo, ¿te toca trabajar a la tarde?

—Sí, ¿te paso a buscar?

Lando casi se acerca más al salón al ver a uno de los niños caerse, pero el pequeño se ríe y luego lo hacen sus amigos. 

—Sí, sí, no hay problema.

—Entonces nos vemos en unos días, Lando —se despide con un beso en su mejilla.

—Nos vemos, Fran.




Lando se insulta a sí mismo mientras se arregla en el espejo que tiene la sala maternal. Su curso está en la hora de música y él está entrando en crisis bajo la mirada de un divertido Charles. Sus rulos están incontrolables, tuvo que limpiar su rostro cuando uno de los cachorros lo manchó con témpera, tiene su delantal que por suerte ha cubierto otras manchas y queda un poco más de una hora para que lo vaya a buscar.

—¿Por qué mierda le dijiste que sí a salir después del trabajo, Lando?

—No sé, no sé, soy un imbécil.

—Lo único que te falta es que uno de los bebés te vomite encima.

—Gracias por la buena onda, Charlie.

—Estás bien, Lan, estás bonito y ese está arrastrándose desde hace rato. ¿Pedirte salir con casi veinte niños mirando? Desesperado.

Lando se ríe y niega mientras lo mira a través del espejo. El otro omega está cambiándole el pañal a uno de los bebés, pero él no necesita verlo para saber que ha rodado sus ojos. Suspira y se intenta dar ánimos, todo saldrá bien esa tarde, es más, saldrá mejor de lo que se imagina. George se asoma a la puerta y le sonríe a su amigo.

—Ese alfa arrastrado ya ganó.

—¡George! —se queja aunque no pueda alzar la voz como le gustaría.

—¿Me cubres un segundo, Lan? Me muero por ir al baño.

—Me debes una, Geo.

—Después te regalo un chocolate… Mejor que te lo regale tu alfa, Lan, y gracias.

Lando se ríe en lo que entra al salón de George y saluda a los pocos niños despiertos, el resto está durmiendo una siesta. Ayuda a uno de ellos a pintar mientras se pregunta a dónde lo llevará, no tiene su número, no puede consultarle y la ansiedad lo consume. Los minutos pasan lento hasta que llega la hora de la salida, se queda en la puerta de su aula en lo que llama a cada niño que pasan a buscar.

Se preocupa cuando Tobías es el único cachorro que queda, pintando un dibujo, con el resto de sus útiles guardados. Mira la hora en su reloj y han pasado diez minutos de la hora que tendría que haberse ido. El pequeño levanta la mirada, el maestro le regala una sonrisa y se acerca a él para hablar de lo que está haciendo. 

Lando mira la puerta seguido, sin querer alarmar al niño, pero no es normal que no lo pasen a buscar. Frunce los labios y se acerca a él cuando lo ve llegar con unas rosas para él. Franco está mucho más presentable que él, está peinado, descansado y con ropa perfumada. Él todavía tenía su uniforme puesto y se encontró una mancha en su mano que no estaba antes.

El alfa le entrega las flores con una sonrisa y sus ojos se posan en el niño que aún estaba en el salón.

—Lo siento, ¿te molesta quedarte? No me puedo ir hasta que no se vayan todos —susurra. 

Franco asiente sin dudarlo y deja un beso en su mejilla. Lando decide tomar un poco de valor y lo abraza.

—Gracias por las flores y por esto.

—No es problema, Lando, no pasa nada.

El bombero saluda al niño y entra al salón para sentarse con él. El omega aprovecha que Franco lo entretiene para quitarse el guardapolvo y quedar con su ropa normal. No debería hacer eso, es poco profesional, pero no le importa. El alfa sonríe cuando lo ve a un costado intentando acomodarse el cabello.

—¿Van a salir?

—Vamos a pasear, sí.

—¿Y a dónde?

—A un café, uno que está cerca, en frente de la plaza.

—¿Están juntos?

—No, no, cachorro —responde Franco a las preguntas del niño con paciencia. Lando recién en ese momento logra comprender qué está haciendo.

Se acerca a ellos y se sienta junto a Tobías, el omega no sabía si el castaño comprendía que no debía dar tanta información. No cuando después gritan a los cuatro vientos lo que saben. Si el niño hablaba, mañana sería un caos. Lando cambia el tema de conversación hacia lo que está dibujando y terminan hablando de caricaturas que solo han oído de nombre, pero nunca vieron.

Franco se preocupa por la desaparición de los padres o de algún familiar a cargo cuando la media hora pasa. Ya han usado otras hojas y ya habían conversado mucho, el alfa le ha contado más de su trabajo y de su día. Ahora el pequeño está jugando en una esquina con varios juguetes. La mirada de Franco se cruza con la de Lando, que lo mira con cierta pena.

—Lando…

—Perdón, si querés podés…

—No, no, no es eso. ¿Necesitás que llame a alguien?

—Tenemos un sistema, cada día se firma la salida de cada uno, así que ya saben que sigue acá y llaman.

—Ah, bueno, me quedo más tranquilo.

—Si querés, podemos… Otro día o…

—Lando, no tengo problema —lo interrumpe y toma su mano para dejar un beso en el dorso. —No me molesta esto, me preocupa.

—Es raro, pocas veces me pasó y nunca con él. ¿Habías reservado en algún lado?

—No, no —mintió rápido el alfa para evitar que se sintiera mal. —Iba a ser algo bastante tranquilo, para conocernos.

—Bueno, podríamos…

Lando se frena al escuchar el llanto de Tobías, Franco se tensa al no saber qué hacer. Admira al omega por moverse rápido y abrazar al niño, su consuelo es suave, tan dulce como él. Al parecer, el pequeño cree que lo han abandonado, el alfa está a punto de decir que sí, pero sabe que no puede hacerle eso a un cachorro. El maestro alza al niño y se acerca a él.

Franco acaricia la mejilla que no está apoyada en el hombro de Lando y limpia sus lágrimas.

—Amigo, está todo bien.

—No, me dejaron.

—Para mí querían que vieras que quiero estar con tu maestro.

El niño sonríe y niega.

—No.

—Para mí sí.

—¿Van a ser novios?

—No sé, yo quiero, pero tenemos que salir más antes.

—¿Y casarse?

—Eso tiene que responder Lando, cachorro.

El omega lo mira con una ceja alzada y un sonrojo notable en sus mejillas. Lando estaba escuchándolos con atención y mentiría si dijera que no le causa nada. Ya verlo hablar con niños la otra vez lo había hecho sonreír, pero ahora, con solo uno acaparando su atención, era distinto. El omega quería golpear a su lobo por solo considerar escenarios a largo plazo que no tenía por qué pensar antes de una primera cita.

La madre de Tobías llega agitada a la puerta del salón diez minutos más tarde, a Lando y Franco se les había ocurrido un juego para entretener al cachorro un poco más, pero ya se estaba aburriendo. Si le preguntan al alfa, no había estado tan mal compartir así su primer encuentro, lo ha conocido mejor en su entorno y la verdad es que le ha gustado.

La mujer le agradece y se disculpa múltiples veces con el maestro por haberse demorado, que tenía unos problemas personales y que no había podido encontrar a alguien más para retirar al niño del jardín. Lando la tranquiliza, Franco lo admira desde el pequeño asiento donde está sentado. El omega es un ser calmo, su postura inspira confianza y paciencia, al igual que su voz.

Franco se despide del cachorro y sonríe cuando ve al morocho buscar con prisa las flores y su bolso para poder irse.

—En serio perdón, tendría que haberte dicho que sea un fin de semana y…

—Lando, no me molesta.

—Pero…

—Además, mañana me toca guardia. Solo podría salir hasta media tarde como mucho.

—Ah, no sabía, yo creí que…

—Max nos obliga a hacer las guardias y siempre en distintos horarios. Eso es aparte de nuestros horarios habituales.

—Voy a quejarme con Max porque eso es explotación laboral —bromea y salen del salón. Lando cierra la puerta con llave y avanzan a la salida.

Franco toma su mano y caminan despacio hacia otra cafetería, no podrían ir a donde había reservado. Terminan comprando un café al paso y se sientan en uno de los pocos bancos libres de la plaza. Lando se da cuenta que es fácil hablar con el alfa, siempre tiene algo para decir y si no lo inventa para que no muera la conversación.

Se entera que había estudiado una carrera universitaria que dejó a medias porque no sentía que le llenara tanto como lo hacía el ser bombero y ayudar a todos los que lo necesiten. Franco se entera cómo sufrió Lando en sus primeros meses luego de graduarse, que no sabía cómo lidiar con niños y que pasó por mil tipos de enseñanza y manejo del aula hasta que entendió que muchas veces tiene que fluir.

Franco le da su campera cuando el viento frío se hace presente al bajar el sol. Los cafés ya han quedado en el olvido y ambos, sin darse cuenta, terminaron más cerca del otro. El brazo del alfa rodea los hombros del omega en un punto de la conversación sobre sus experiencias en el deporte. El morocho sostiene que no podría nunca correr como están haciendo algunos en la zona y mucho menos hacer todo el ejercicio que hace él. Franco solo puede reírse por la ternura que le causa su pequeño ceño fruncido.

Caminan tomados de la mano hasta la casa del omega, que no está muy lejos de allí. Lando no quiere que termine, nunca se ha sentido tan cómodo y feliz con un alfa como esa tarde. Franco le sonríe al llegar a la puerta y deja un beso en su mejilla como despedida. El morocho está a punto de entrar, es más, deja la puerta abierta, pero decide dejarse llevar por sus impulsos.

Le da un corto beso en los labios antes de esconderse en su hogar. 

Ambos están sonriendo por tan simple contacto y sabían que era el comienzo de una historia que no querían que terminara nunca.

 

 

 

Los compañeros de Franco se burlan de él ni bien aparece en la estación al otro día. Se rieron de él el día anterior por sus nervios que lo tenían más torpe de lo normal y ahora por la sonrisa boba que no podía irse de su rostro. Les ha dicho que todo ha salido bien y que ahora tiene su número, eso es una buena señal, ¿no? No menciona el beso, no puede hacerlo, quiere que sea algo privado, solo de ellos.

Lando le envía un mensaje casi al anochecer preguntando cómo estaba y qué tal la jornada laboral. Inician una conversación que parece no tener fin sobre las series que han visto a lo largo de los años. Uno de sus compañeros tiene que llamarle la atención porque no puede quitar la vista de su teléfono. Por supuesto que se vuelven a burlar de él incluso los que no están allí a través del grupo.

Franco planea la próxima salida, quiere que sea pronto, no quiere esperar para poder empezar a cortejar a ese omega. Decide comenzar ese mismo lunes, quiere demostrarle que va en serio, que no es un alfa que solo quiere a alguien para pasar el rato. ¿Estaría bien salir el próximo fin de semana? ¿Va muy rápido? Según sus colegas, no, ya había esperado meses para dar el primer paso.

Lando llega a su lugar de trabajo ya con sus mejillas sonrojadas, ya sabe lo que se viene y no necesita la mirada inquisitiva de ninguno de sus compañeros para saber qué quieren preguntar. Avanza rápido a su aula y finge que tiene mucho para hacer, solo tiene que responder el saludo de buenos días del alfa. Saluda a sus pequeños alumnos a medida que llegan y comienza su clase.

Unos golpes lo hacen distraerse de la explicación que está dando, están aprendiendo a escribir los números y es muy importante mantener la atención de los cachorros. Mantiene su rostro neutro mientras intenta no insultar en su mente a quien está interrumpiendo. Frunce el ceño cuando George le entrega un café de la cafetería a una cuadra.

—¿Gracias?

—No te pagué nada —le dice con una sonrisa burlona y le entrega un post-it que venía con el café. —Se ve que lo enamoraste, Landito.

Se muerde el labio al leer el deseo de buen día y buena semana, no está escrito por él, pero tiene la letra F al final. 

—Por cierto, me quedo con el budín. —Apenas lo escucha, ya está casi al final del pasillo.

—¡George! —lo reprende riéndose y vuelve su atención al salón.

Por suerte, ningún niño pregunta nada y él puede seguir con su jornada laboral con normalidad. Sus mejillas se encienden un poco cada vez que ve el vaso que ha usado, también cuando ve la nota. Estuvo pensando todo el tiempo que el alfa odió la cita, en especial el final, por eso le habló. Después creyó que él le estaba respondiendo por cortesía. Ya no sabe cómo callar a su mente, pero parece que Franco sí.

Lando se siente en deuda con el castaño, así que buscó la forma de demostrar el mismo interés al tercer café de la semana. Sabe que ese día Franco estará trabajando hasta el fin de tarde. Había hecho un brownie la tarde anterior, con mucho cacao, para poder disfrutar durante los días lluviosos que se vendrían. Cortó una buena porción y la puso en un tupper para llevarle al alfa.

Una vez que el último niño se va, toma sus cosas y camina con nerviosismo hacia la estación. Se siente nervioso y saluda en voz baja a Max y a Carlos cuando pasa por su costado. Los dos alfas están hablando juntos apoyados contra el camión. Max le señala una puerta con una sonrisa cómplice y Lando avanza completamente sonrojado hasta que llega a donde le dijeron.

Toca la puerta y la abre cuando escucha la voz del castaño. Quiere morirse cuando se da cuenta que está en el vestuario y Franco está con el torso desnudo de espaldas a él. 

—Yo… Perdón… No sabía…

El alfa voltea con sus ojos bien abiertos y se tapa apenas con la remera.

—Lando, ¿qué hacés acá?

—Me… Me dijeron que estabas acá y… Dios, me voy —logra decir con voz temblorosa y la mirada en el suelo. 

No puede explicar con palabras todo lo que se revolucionó su cuerpo con una simple mirada a su espalda. Hace mucho tiempo que no se sentía atraído a alguien como con él, no había considerado esa parte de la relación aún. Aunque sí había analizado los brazos trabajados del alfa. Franco carraspea antes de que pueda salir para llamar su atención.

—Quedate, ya… —corta solo para pasar la chomba por su cabeza y se termina de vestir en cuestión de segundos. —Ya está.

Franco está nervioso, si Lando llegaba unos segundos antes, lo hubiera encontrado en peores condiciones. Va a matar a sus compañeros, no necesita indagar mucho para saber que Max tiene algo que ver en esto. Deja la toalla que usó en el cesto después de volver a secarse el cabello. Ambos sienten el calor en sus mejillas, al igual que aquel cosquilleo en sus estómagos.

—Solo quería pasar a agradecerte por los cafés.

—No es nada, omega.

—Sí es, es mucha molestia. Por eso… —se frena para sacar el tupper de su bolsa. —Te traje esto.

Franco le sonríe y toma lo que le da sin siquiera mirar qué es. Se acerca más a él para dejar un beso en su mejilla como saludo y agradecimiento. Lando frunce los labios y se queda mirando los ojos del castaño. 

—No tenías que, pero lo aprecio mucho.

—Es… Hice brownie, espero que te guste el chocolate porque tiene demasiado. 

—¿Así que te va la repostería?

—Intento… Esto es lo que más me gusta hacer.

Franco iba a responder, pero la puerta se abre y golpea la espalda de Lando. Nico se disculpa pero frunce el ceño al ver a un omega en el vestuario para alfas, y uno que ni siquiera es bombero. Sus ojos azules van hacia su compañero y alza una ceja.

—¡No! ¡No! Ya nos vamos, Nico, fue un accidente, no…

—Avisa la próxima, Fran.

Es todo lo que le dice el hombre más grande en lo que avanza a su locker. Franco toma la mano de un aún más avergonzado Lando y los guía a la salida. Mira mal a sus compañeros que aún están contra el camión, riéndose en silencio, y los lleva al comedor. El maestro levanta por fin su mirada cuando se sientan frente al otro en la mesa.

—Perdón por eso, acá… Solemos molestar mucho al otro.

—Está bien, no hay problema, entiendo.

—¿Te molesta que pruebe tu brownie ya?

Lando le sonríe y niega.

—Si está feo, mentí, por favor.

Franco se ríe antes de probar un poco de lo que le trajo bajo la mirada expectante del omega. El sabor a chocolate es intenso en su boca y tiene que cerrar sus ojos para disfrutar más la experiencia. Nunca había comido algo con tanto cacao, estaba riquísimo, el brownie estaba húmedo y casi no tenía ni que masticar. No tenía que mentir, no había probado algo así jamás.

—Exquisito.

Lando rodea sus ojos y se ríe.

—Tiene más chocolate que la receta original.

—Se siente, es riquísimo, Lan, gracias.

—Bueno, yo… Era solo eso, estás trabajando y...

—Salgamos mañana.

—¿Seguro?

—Sí, tengo el sábado libre y el domingo entro a la noche.

Lando asiente y se para, no quería estar allí mucho tiempo, no solo porque podría perjudicar a Franco, sino que también podría haber alguna emergencia y él solo estaría estorbando. El alfa se levanta también y se acerca al maestro. El omega alza su mano y limpia la comisura del labio del bombero, allí había quedado un poco del brownie. 

Franco se queda mirando aquellos ojos brillantes por unos segundos y se inclina sin poder evitarlo. Sus labios se rozan, el contacto dura más que la última vez. El alfa se había quedado con las ganas de besarlo mucho más aquella noche, es más, quiso besarlo por horas, pero respeta los tiempos del omega. Lando se separa despacio y le sonríe.

—Hasta mañana entonces.

—Hasta mañana —susurra y lo ve caminar hacia la salida. Sale casi corriendo cuando recuerda que no le ha dicho el plan. Para su suerte, Lando no había avanzado demasiado. —¡Te llevo a cenar!

Franco mira a sus compañeros saludar al morocho y luego lo miran con una sonrisa burlona. El alfa les enseña el dedo medio y vuelve al comedor.



 

 

La cita estuvo excelente, fue bonita y lo que Lando definiría como ideal. Franco lo esperó con un pequeño ramo de rosas y lo llevó a un restaurante pintoresco a comer pasta. Les sirvió para conocerse un poco más, reírse y aprender de los gustos del otro, pero el omega quería verlo en otro contexto, uno donde ellos se desenvolvieran de otra manera. Por eso, estaba en su descanso mirando opciones para ir a hacer una actividad al aire libre.

—Paquete para Norris —canturrea Charles con Alex en brazos, el bebé tenía sus ojos llorosos y rojos, no está llevando bien la salida de sus caninos. Lando toma el chocolate que le entrega su compañero.

—Gracias.

—¿No vas a preguntar quién te lo da?

—Charlie… Hace más de una semana que me están molestando.

—¿Es buen alfa?

—Si, Char, yo… Nunca me sentí así, ni con mi primer crush. No puedo dejar de pensar en él, en que quiero verlo en más contextos, siempre estoy esperando sus atenciones, su mensaje y… ¿Está mal?

—No, Lan —responde y acaricia su mejilla. —Te mereces vivir un amor tan lindo… Me dan ganas de vomitar.

Lando se ríe y salen de la sala de profesores para ir al salón maternal. El omega le comenta sobre sus planes y Charles le da su opinión sobre cada uno, descartando aquellos que parecían ir en contra hasta de lo que le gusta al morocho. Lando vuelve a su aula con un plan sólido, solo tendría que pedirle a Franco que se preparara con ropa deportiva.

 

 

 

El director golpea la puerta y abre sin esperar respuesta, con él trae un ramo de flores amarillas. Lando se sonroja y niega indignado, le había dicho a Franco que no quería que gastara más dinero en él. Claramente no lo escucha ni lo lee. Al otro día tendrían la cita planeada por él mismo y le dijo que no quería que llevara ningún regalo.

—¿Para quién son?

—¿Son para el maestro?

—¿Están cortejando al maestro?

—Cachorros, la respuesta es sí —responde el director con una sonrisa, buscando avergonzarlo. Le entrega el ramo y se va. Ahora tiene que lidiar con cachorros hiperactivos que quieren saber de su vida.

—¿Es el bombero? —Grita una de las niñas en medio de todo el barullo.

—Chicos, por favor… Nos estamos conociendo, somos amigos.

—Yo no les doy flores a mis amigos.

—¿No es el mismo que te dio el café?

—¿Tenés varios alfas, maestro?

—¿Están peleándose?

Lando se siente abrumado por tantas preguntas y agradece que la sirena de bomberos suene, indicando que hay una emergencia. Los niños se distraen y se preguntan qué pasó, si tal vez es un gato en un árbol, un fuego muy grande o tenían que salvar a alguien en un accidente. El omega piensa qué puede decirles, porque los conoce y sabe que volverán al tema.

—Profe, ¿entonces tenés alfa?

—Estoy en eso, cachorros, lo tengo que conocer bien antes.

El plan del día se desvirtúa por completo cuando todos comparten las historias de amor que conocen y quieren dibujar parejas. Tiene que luchar con cachorros que quieren usar el color rojo al mismo tiempo y otros que discuten cuál es el mejor regalo, si un peluche o chocolate. Su mirada se desvía a la ventana que da a la estación de bomberos casi al final del día, no han vuelto aún y está preocupado.

Su jornada termina y él no puede irse a su casa, no quiere preguntar, no va a molestar a quien se ha quedado en la estación. Se ha enterado que hay un incendio muy grande a unos kilómetros de allí y que el edificio tiene posibilidades de derrumbe, ha visto videos de las llamas de gran altura que han ayudado a aumentar su pánico. Se queda sentado junto a la puerta del jardín al menos media hora después del cierre. 

Se abraza a su bolso mientras piensa en escenarios difíciles donde Franco pueda salir herido. Se limpia una lágrima que está cayendo y se levanta rápido cuando ve volver al camión. Corre hacia la estación, habían pasado muchas horas y seguro Franco estaría deshidratado. Apenas llega ve al alfa bajar del camión sin su campera ignífuga, con el sudor recorriendo su rostro. Sus ojos lo encuentran de inmediato y frunce el ceño.

—¿Lan?

El omega lo abraza fuerte, Franco lo rodea con sus brazos sin entender. Habían ido a asistir a otra dotación, fue arduo el trabajo, pero ya no necesitaban tantos bomberos. Volvieron para tener un equipo listo en caso de que surgiera otra emergencia. Se ducharían y continuarían con la jornada en alerta porque atenderían más de kilómetros de lo usual. No se esperaba encontrarse con un Lando alterado aferrándose a él.

—¿Estás bien? Yo… —intenta hablar, sus manos perfilan su rostro, buscando algún tipo de indicio que le dijera que las cosas estaban mal. —Me preocupé, no volvían, no volvías y…

Franco besa sus labios con cariño y mantiene sus manos sobre su cintura.

—Sí, Lan, tranquilo. Fue un incendio controlado.

—Pero…

—Había muchos plásticos y papel dentro del edificio, cariño, no se apaga fácil, pero está todo bien.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Lando lo abraza y apoya su cabeza sobre el hombro del alfa.

—¿Querés agua? Sé que te deshidratas en los incendios.

—Me pregunto quién te habrá enseñado eso —dice con una sonrisa y besa su mejilla. —Estoy bien, gracias. 

—¿Tenés que volver?

—En realidad, no. Ya está por llegar mi relevo, así que me voy a casa. ¿Querés venir?

—¿Puedo?

—Obvio, Lan.

Lando besa sus labios y lo deja ir, mucho más tranquilo. Tendría que acostumbrarse a este tipo de situaciones, todavía sentía los latidos de su corazón en la boca. Franco lo mira con una sonrisa y le guiña el ojo antes de entrar al vestuario. Toma una respiración y relaja los hombros, el alfa está más que bien y esa noche dormiría entre sus brazos, fue solo un susto.



 

 

Habían pasado tres meses desde que se empezaron a conocer, siempre estaban buscando algún plan para hacer juntos. La última vez fue a un bar a disfrutar de una noche de karaoke con los amigos de ambos. Lando no podía dejar de reírse, incluso cuando su estómago dolía. Cantó con Franco canciones de amor de la forma más ridícula posible y besó aquellos labios más veces de las que podía contar. 

Una vez que llegaron a su hogar, el omega lo invitó a quedarse. El alfa le hizo un té antes de dormir, en medio de roces coquetos entre ellos. Encontró a Lando con la guardia baja cuando le pidió que sean novios en medio de una caricia en su mejilla. Estaban cantando una canción pop amorosa y él soltó la pregunta como si le estuviera preguntando del clima.

El omega se rió hasta que entendió que iba en serio.

Lando había comenzado a trabajar hacía media hora, se había quedado dormido y no le dio tiempo para hacer su rutina diaria. Los niños, por suerte, están tranquilos e incluso más amorosos de lo normal. Tiene en brazos a Isack porque había llorado por un tropezón que tuvo y que no había dejado ni siquiera un moretón. Sin embargo, se asustó bastante y le pidió consuelo a su maestro.

Están por salir al recreo cuando su puerta es golpeada, permite la entrada en lo que deja al pequeño en el suelo. Ella grita cuando reconoce al hombre en la puerta, Lando voltea para mirar quién es y sonríe al ver a Franco. Los cachorros se alborotan con la llegada del bombero, le preguntan sobre distintos temas al mismo tiempo y el omega suspira porque tenía todo bajo control segundos atrás.

—Perdón, no quise… —se disculpa con una mueca apenada. 

—¿Cantamos la canción del silencio?

—¡No! —escucha a varios responderle, Lando se ríe y niega.

—¿Cómo era? Manos clap, clap y…

—Dios, no, horrible lo tuyo.

Ambos se ríen y algunos niños se suman. Franco termina de entrar al salón y le entrega un tupper y un abrigo que claramente es de alfa. Lando los toma con cierta desconfianza bajo la atenta mirada de sus pequeños.

—Fran…

—Dijiste que no te dio tiempo a preparar el almuerzo y que te dio frío en el camino.

—Sí, pero…

—Era necesario, omega.

El morocho le sonríe y, sin pensarlo, lo besa en agradecimiento. Los gritos y expresiones de disgusto no se hacen esperar. La pareja se ríe contra los labios del otro ante el recordatorio de que estaban frente a una audiencia. Si antes los cachorros estaban alterados, ahora parecía un alboroto imposible de controlar. Franco acaricia sus hombros y deja un beso en su frente.

—¿Son novios?

—¿Es tu alfa?

—Maestro, ¡él es feo! —Franco no puede contener su risa con ese comentario.

—¿Es el de los chocolates?

El director abre la puerta para saber qué está sucediendo en la sala de cachorros de cinco años. Sabía que había dejado a Franco entrar, pero era dejar las cosas e irse. Los niños hacen silencio de repente, el hombre le señala al bombero la salida y Lando se tapa la boca para no reírse. 

—Pero, maestro, señor bombero, ¿cuándo se casan?












 

Notes:

Sepan que me quedé sin más fluff por lo menos por un mes... En la vida soy el Charles del os

Nos leemos en unas horas con un ficlet y, esperemos, con un cap de Enssas

Cuidense ♥