Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-05-08
Words:
2,326
Chapters:
1/1
Kudos:
5
Hits:
40

Una medida algo drástica || SumiKeke

Summary:

Tang Keke está harta del comportamiento de Heanna Sumire.

Cansada de esa situación, decide tomar una medida drástica para alcanzar su objetivo.

No le importará llegar hasta las últimas consecuencias con tal de llegar a la verdad.

✿ Heanna Sumire x Tang Keke ✿

✯ One Shot ✯

••• Disclaimer: Love Live! School Idol Project no me pertenece, es propiedad de ASCII Media Works (Kadokawa), Lantis (Bandai Namco Music Live) y Sunrise (Bandai Namco Filmworks).

••• Advertencias:
*Yuri
*Girls Love
*Personalidades algo Ooc
*Datos ficticios inventados por el autor
*Algunas partes pueden carecer de sentido ;v
*Errores ortográficos

Work Text:

๑ Una medida algo drástica ๑

SumiKeke

 

            Eran las cinco de la tarde cuando Sumire terminó de organizar lo que le tocaba del Club de School Idols de Yuigaoka; y fue a las cinco y dos minutos cuando Tang Keke entró al salón del club como una exhalación, asustando y sorprendiendo a la rubia en partes iguales.

            Una vez dentro, la idol de Shanghái miró ceñuda a Sumire, quien se extrañó por ese comportamiento por parte de su amiga.

            —¿Qué es lo que…? —empezó a preguntar Sumire; sin embargo, su frase quedó cortada cuando Keke, que no tenía intenciones de escucharla, se dio la vuelta, cerró la puerta del club y le echó llave.

            Luego, se giró a mirar a Sumire y, sin despegar sus zafiros de las esmeraldas de la rubia, mostró las llaves del club que Kanon solía llevar siempre consigo y las guardó… bajo su camisa del uniforme. Según los cálculos de Sumire, era probable que ahora estuvieran en el sujetador de Keke.

            —¿Qué rayos crees que haces? —preguntó Sumire, más atónita que molesta ante el comportamiento de la primera integrante de Liella.

            —¡Aquí la que hace las preguntas soy yo! —replicó Keke, señalándola con el índice de su mano derecha—. ¡¿Qué es lo que te pasa últimamente, estúpido isópodo gigante?!

            —¡No sé de qué hablas y no me digas «isópodo gigante», friki de las idols!

            —¡Por supuesto que sabes de qué hablo! —Keke dio dos pasos hacia ella y Sumire, sintiéndose avergonzada sin saber realmente por qué, retrocedió otros dos—. ¡Pero, como sé que eres algo tonta, te lo recordaré!

            Sumire iba a decir algo ante eso último, pero Keke suspiró ruidosamente, distrayéndola.

            —¡¿Por qué me has estado evitando, Sumire?! —rugió Keke, dando la impresión de estar más dolida que enfadada—. ¡No me hablas, no discutes conmigo, ni siquiera me miras a los ojos y hasta ignoras mis insultos hacia tu persona! ¿Es que hay algo que deba saber? ¿Tienes algo que decirme?

            Sumire se quedó en silencio, mirándola con una seriedad que Keke había tenido la mala suerte de presenciar en contadas ocasiones. No obstante, la idol de Shanghái podía distinguir cierta inquietud debajo de esa rústica máscara que su amiga acababa de ponerse.

            Sumire hizo lo posible por no dejar traslucir lo que pasaba por su mente, no quería que ella se diera cuenta y supiera que tenía razón con lo que decía acerca del cambio en su comportamiento.

            Desde hacía un tiempo, Sumire, en contra de lo previsto, acabó por desarrollar sentimientos románticos hacia Tang Keke y se empecinó en guardarlos muy dentro de sí. Pensaba que podría mantenerlos ocultos hasta que desaparecieran con el tiempo. Por supuesto, eso era una completa locura, una ingenua esperanza.

            Pero ella tenía fe en que sería así, siguió insistiendo en guardárselos para sí y esperar a que, en algún momento, se fueran de la misma forma en la que habían llegado.

            —Estás exagerando, Keke —Sumire pasó una mano temblorosa por su cabello—. No he estado evitándote y no hay nada que decir al respecto. Solo estás imaginando cosas…

            —Es por Kanon, ¿cierto? —intervino Keke, haciendo que Sumire casi se atragantara con su propia saliva.

            —¿De qué hablas? —Sumire desvió la mirada, empezando a jugar con uno de los mechones en forma de rayo de su cabello—. No… no sé qué tiene que ver Kanon en todo esto…

            —¡Claro que tiene que ver! —Keke dio un paso más y Sumire retrocedió en respuesta—. Todo esto empezó desde que comencé a pasar más tiempo con ella. Te molesta que esté todo el rato en su compañía; incluso he tenido que quedarme en su casa para poder terminar la canción de nuestro próximo concierto.

            Al mencionar esto último, Keke observó cómo una ligera mueca de molestia se formaba en el rostro de Sumire. Sin embargo, fue tan rápida que desapareció al momento. No obstante, ya era demasiado tarde: ella se había dado cuenta de que sus palabras habían tenido efecto en la rubia.

            Aunque Sumire intentó con todas sus fuerzas mantener en secreto aquellos problemáticos sentimientos, estos acabaron por manifestarse mediante factores que se le hicieron casi imposibles de controlar, como sus estados de ánimo, sus expresiones de molestia cuando veía a sus amigas juntas o la intensa necesidad de alejarse de ella tanto como fuera posible; todo con el fin de que Keke no se diera cuenta de lo que sentía.

            —Así que era por eso… —Con sus temores confirmados, Keke se llevó una mano a la cabeza—. Después de todo, sí que tenía razón…

            —¡No, no la tienes! —insistió Sumire, tan terca como de costumbre—. Lo que yo haga o deje de hacer no tiene nada que ver contigo o con Kanon. Deja de darte tanta importancia, friki, y hazte a un lado, que tengo cosas que hacer —empezó a avanzar hacia Keke, que seguía en medio del camino a la puerta, sin intención de moverse—. Te dije que te quitaras…

            —¡De aquí no saldrá nadie hasta que seas sincera conmigo, Sumire! —chilló Keke con sus gruesas cejas grisáceas más juntas de lo usual—. ¡La puerta está cerrada y yo tengo la llave! ¡A menos que quieras saltar por la ventana, tendrás que decirme qué es lo que te pasa para que pueda dejarte ir!

            Una de las cejas de Sumire comenzó a temblar y Keke, cuya determinación se tambaleaba ante las expresiones asesinas en el rostro de la rubia, intentó mantenerse impávida.

            Se miraron en silencio por largos segundos; verde y azul chocando en un intenso enfrentamiento que no parecía tener fin. Sumire se acercó más, usando su mejor expresión de molestia en un intento por intimidarla lo suficiente para que cediera y la dejara en paz. Pero Keke, pese a su linda apariencia, que en ocasiones parecía más frágil de lo que era, no era precisamente blanda y Sumire se sintió repentinamente débil frente a su adorable firmeza.

            «Esta chica…», gruñó Sumire internamente. De pronto, sintió unas intensas ganas de acercarse más, de hacer desaparecer la distancia que había entre ellas, besarla y tocarla todo lo que quisiera, dejando salir esas ganas que le tenía desde hacía tiempo. «No, ¡cálmate!».

            Aturdida por sus pensamientos, Sumire retrocedió con lentitud, procurando no demostrar que lo hacía para contenerse. Frente a ella, Keke seguía mirándola con la misma expresión y ahora tenía los brazos cruzados. Retrocedió otros dos pasos y suspiró mientras volvía a pasar una mano por su cabello.

            Tenía que reconocer que la voluntad de Keke era de temer; no por nada había traído a la vida el extinto club de school idols de Yuigaoka solo porque se le había antojado hacerlo. No hacía falta ser un genio ni realizar un detallado análisis para saber que no tenía más opción.

            Sumire, que ya estaba hasta el tope de toda aquella situación, decidió hacer algo que, en cualquier otra circunstancia, no habría hecho jamás: tendría que decir la verdad.

            El problema con Sumire radicaba en el hecho de que era una persona orgullosa y competitiva, por lo que, aunque ya estaba dispuesta a decir la verdad, lo haría a su manera. No se dejaría amedrentar por esa pequeña fanática obsesiva de las idols. ¡Claro que no!

            Con sus pensamientos nuevamente bajo control y la determinación fluyendo por su sistema, Sumire se irguió en su sitio, recta y digna, mirando a la chica frente a ella con creciente molestia.

            —Así que quieres saber la verdad, ¿no? —Ya mentalizada y más que fastidiada por todo aquello, Sumire retomó su avance en dirección a Keke—. Pues bien, tendrás la verdad.

            Al ver que Sumire caminaba hacia ella sin intenciones de detenerse o desviarse, Keke supo que la rubia estaba furiosa. Por lo tanto, fue su turno de retroceder mientras Sumire acortaba más y más la distancia que las separaba.

            —Sí, te he estado evitando —dijo Sumire, dando un paso hacia ella—. Y sí, es porque has estado más cerca de Kanon que he procurado mantener mi distancia contigo —caminó un poco más y Keke retrocedió sin romper el contacto visual—. Lo he hecho para no demostrar nada; me he alejado porque no quería tener una mala reacción. Me molesta verlas tan juntas, me da rabia ver cómo miras a Kanon, cómo le sonríes y te aferras a ella. Me molesta ver cómo elogias su voz y cómo siempre estás luchando para que ella se lleve la mejor parte del pastel…

            Sumire se detuvo cuando Keke, que ahora tenía la espalda pegada contra la puerta de madera, ya no pudo seguir alejándose. Sin embargo, pese a verse acorralada, la idol de Shanghái no dejó de mirarla a los ojos.

            Tal vez ya no se veía tan agresiva como al principio, ni tan molesta; de hecho, se veía algo intimidada y estaba sonrojada, lo cual la hacía ver más adorable de lo que ya era. Con todo y eso, Keke le sostuvo la mirada, y Sumire solo pudo pensar que una de las cosas que más le gustaba de esa friki de las idols eran esos hermosos zafiros.

            —Supongo que ya lo habrás deducido después de haberte dicho todo eso —siguió Sumire, que ahora tenía los puños cerrados—. De todas formas, te lo diré: el motivo por el cual me he comportado de esta forma últimamente, la razón de sentir estos dolorosos y estúpidos celos es porque tú, Tang Keke… me gustas.

            Keke abrió mucho los ojos y Sumire bajó la mirada mientras hacía lo posible por mantenerse calmada. Sentía una fuerte presión en el pecho y unas ganas intensas de salir huyendo.

            Si tan solo esa loca no tuviera las llaves de la puerta metidas en quién sabe dónde…

            —Sumire…

            —Ya estarás contenta —susurró la rubia, haciendo todo lo posible por no establecer contacto visual—. Obtuviste lo que querías; ahora, dame las llaves.

            Un pesado silencio flotó entre ellas por casi un minuto; era como si el ambiente se hubiese cargado de repente y respirar con tranquilidad se convirtiera en toda una proeza.

            —No —dijo Keke con un hilo de voz—. Sumire, yo…

            —¡Que me des las estúpidas llaves! —rugió, alzando por fin la mirada, que se le había cristalizado.

            —Sumire, escúchame…

            —¡Vienes aquí, nos encierras y exiges que te hable de mis cosas privadas! —Sumire casi pegó su nariz a la de Keke—. No tenía que decir nada, pero lo hice. Deberías estar contenta.

            —¡Pero es que no me dejas terminar de decirte que yo…!

            —¡Ya te cumplí el capricho! —volvió a interrumpir Sumire, con la voz quebrada y luchando por no dejar escapar una sola lágrima.

            No quería escucharla, no quería tener que sufrir un rechazo cuando se sentía más débil y vulnerable que nunca. Sabía que no podría soportar algo como eso.

            —¡Tuviste lo que querías! —insistió, tratando de parecer molesta y no dolida, a punto de quebrarse—. ¡Ahora sácanos de este…!

            —¡Sumire! —la cortó Keke, llevando sus manos a las mejillas de la chica frente a ella—. ¡Como no me escuchas, no me dejas otra opción!

            —¿De qué hablas…?

            Antes de poder decir algo más, Keke apoyó sus labios contra los de Sumire, quien se quedó muy quieta, helada por lo que acababa de ocurrir. ¿Acaso Keke la estaba besando? ¿Su crush imposible, la que siempre parecía orbitar alrededor de Shibuya Kanon, le estaba robando su primer beso ahí mismo? ¿Qué rayos…?

            —¿Ves lo que me obligaste a hacer, isópodo imbécil? —preguntó Keke una vez que se hubo separado de Sumire, quien tenía una expresión embobada y sorprendida. Algunas lágrimas habían logrado escapar de sus ojos jade y se deslizaban hacia el mentón—. No me quisiste escuchar, así que tuve que mostrarte con acciones que tú… tú también… me gustas —finalizó Keke, avergonzada.

            Le costó horrores decir eso último, pero sentía que no era justo que Sumire estuviera sufriendo de esa forma por su culpa. Con cuidado, limpió otras lágrimas que se le escaparon a la rubia usando sus pulgares.

            Sumire siguió mirándola con cara de no haberse creído todavía que pudiera contar con semejante suerte. ¡Su crush le correspondía!

            Repentinamente, Sumire se echó hacia atrás, liberándose de las manos de Keke, quien la miró confundida. Luego, sacó un pañuelo de uno de los bolsillos de su uniforme y se limpió la cara. Por unos minutos, mantuvo su rostro cubierto con el pañuelo; Keke supuso que estaría llorando todavía y que se tapaba para que ella no la viera en esa faceta de vulnerabilidad.

            —¿Sumire? —Keke se acercó a ella, con cautela—. ¿Estás bien…?

            Al descubrirse el rostro y mirarla, Keke se tensó. Sumire la miraba de forma rara mientras guardaba el pañuelo una vez más. Ya no había lágrimas en sus mejillas y, aunque tenía los ojos levemente enrojecidos, Keke pudo saber que había dejado de llorar desde antes de usar el pañuelo.

            El ambiente se tornó extraño otra vez. No sabía explicarlo, pero Keke se sentía en peligro.

            —Así que también te gusto —dijo Sumire, sonriendo y acercándose a ella—. Galaxy…

            —¿Sumire? —Sin poder evitarlo, Keke retrocedió un paso. Se sentía pequeña y vulnerable, ¿qué rayos estaba pasando?—. Creo… creo que buscaré la llave…

            Decidida a desquitarse, Sumire tomó la iniciativa y, tras aproximarse a ella lo más rápido que pudo, besó a su Keke y la empujó contra la puerta, apretándose contra ella y saboreando su boca como si no hubiera un mañana.

            Las manos de Sumire, enérgicas y emocionadas, se cerraron en torno a la estrecha cintura de la que, hasta hacía solo unos segundos, era solo su amiga.

            Estaban solas en el salón del club y tenían mucho por hacer. El dolor se había esfumado como por arte de magia y los celos, la molestia y hasta la incomodidad no eran más que recuerdos que se les antojaban borrosos y distantes.

            Sumire sonrió, maliciosa, cuando Keke empezó a jadear frente a sus acciones. Ya lo había decidido, si tenía oportunidad, ella misma buscaría la manera de encontrar la llave oculta en la ropa de Keke por cuenta propia.